Título
original: El sur. Dirección: Víctor
Erice. País: España. Año: 1983. Duración: 93 min. Género:
Drama.
Guión: Víctor Erice (basado en
una historia de Adelaida García Morales). Música:
Varios, Enrique Granados. Fotografía:
José Luis Alcaine. Montaje: Pablo González del Amo.Producción: Elías Querejeta.
“La Gaviota” es un
caserón situado en las afueras de una ciudad del norte de España. En ella viven
Agustín, médico y zahorí, su mujer, maestra represaliada por el franquismo, y
su hija Estrella. La niña, desde su infancia, sospecha que su padre oculta un
secreto.
Comentarios:
El Sur
la realizó Víctor Erice en 1983. No había rodado ningún largometraje desde que,
diez años antes a esa fecha, sorprendiera a propios y extraños con la madurez
artística de El espíritu de la colmena, su primer filme si obviamos el
episodio de Los desafíos, cuyos otros segmentos firmaban Claudio Guerín
Hill y José Luis Egea. La escasa vegetación de su bosque filmográfico se
entiende si se han visto El espíritu de la colmena y El Sur.
Ambas están muy elaboradas narrativamente, son poemas visuales que subyugan
nuestros ojos y fascinan nuestra sensibilidad a través de calculadísimas
iluminaciones, planificación excelsa, elipsis virtuosas, elegantes movimientos
de cámara, silencios aterradores, etcétera. Y ambas gozan también del mismo
tema, o de los mismos temas. A saber, el recuerdo de un pasado apestando
siempre la atmósfera del presente y el descubrimiento por la criatura infantil
del mundo adulto. Descubrimiento que pasa continuamente por espacios mágicos, sobrenaturales,
ya sea mediante la evocación del monstruo del doctor Frankenstein, ya a través
del poder hechizante de un péndulo de zahorí.
En el caso concreto de El
Sur, más que de descubrimiento hay que hablar de descubrimientos, pues la
niña Estrella accede al propio tiempo al conocimiento de varias verdades, entre
las cuales se sitúa en primer término la atracción por la figura abstracta,
enigmática, del padre, mitificado y desmitificado casi en una misma mirada.
Y el Sur, claro, ese sur
esencial que ha de condicionar el futuro de la niña como condicionó el pasado
de su familia. Espacio omnipresente aunque cinematográficamente en off, cuando
ha de visualizarse cae el telón. El productor Elías Querejeta activó la
guillotina y se adueñó del corten propio del director. Como las películas
pueden ser tanto del director como del productor, mal haríamos en reprochar a
Elías Querejeta su criterio. El Sur, sinfonía inacabada, está bien como
está, es una obra maestra de recorrido interior, de sensaciones, de emociones,
tristezas y alegrías. De vidas por las que la cámara recorre sólo los momentos
que forzosamente han de quedar registrados en la memoria. Por eso sus elipsis
son tan sesgadoras.
La autora de la narración
homónima que está en la base de El Sur es Adelaida García Morales,
ganadora del premio Herralde de novela en 1985 con El silencio de las
sirenas, recreación onírica de una pasión sentimental. El Sur fue
publicada tras el estreno del filme con una segunda parte que narra las vivencias
de la hija a partir de la muerte del padre. (Jordi Batlle)
Título
original: El sol del membrillo. Dirección: Víctor
Erice. País: España. Año: 1992. Duración: 139 min. Género:
Documental.
Guión: Víctor Erice. Música: Pascal Gaigne. Fotografía: Javier Aguirresarobe, Ángel
Luis Fernández, José Luis López-Linares.Producción: Igeldo P.C,
María Moreno P.C, ICAA.
Premio del Jurado y
Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Cannes 1992. Hugo de Oro a la Mejor
Película en el Festival de Cine de Chicago 1992.
Fecha del estreno: 30 Octubre 1992 (España).
Reparto:
Antonio López
Sinopsis:
Ésta es la historia de un
artista (Antonio López) que trata de pintar, durante la época de maduración de
sus frutos, un árbol —un membrillero— que hace tiempo plantó en el jardín de la
casa que ahora le sirve de estudio. A lo largo de su vida, casi como una
necesidad, el pintor ha trabajado sobre el mismo tema en muchas ocasiones. Cada
año, con la llegada del otoño, esa necesidad se renueva. Lo que el artista no
ha hecho nunca en su pintura del árbol es introducir entre sus hojas los rayos
del sol. Desde el estilo que le es propio —un estilo que parte de la exactitud—
esa tentativa posee una gran dificultad, se revela, según las circunstancias,
casi como una imposibilidad. En esta ocasión decide afrontarla. Pero lo hace
como es habitual en él, con una tensión razonable, sin perseguir siquiera el
acabado del cuadro, sin otro afán que permanecer unas semanas junto al frágil y
generoso árbol. La película da cuenta de esta experiencia y, a la vez, de todo
aquello (el paso de los días, la rutina cotidiana de personas y cosas...) que
gravitan sobre esa casa y ese jardín. Un espacio y un tiempo —otoño de 1990—
donde el artista trabaja y los frutos del árbol llegan al momento de su máximo
esplendor. Cuando el invierno empieza a anunciar su llegada, los membrillos maduros,
al caer de las ramas, ponen punto final a la labor del pintor, iniciando en
tierra el proceso de su descomposición. Es entonces cuando, en la noche, el
pintor nos cuenta un sueño.
Comentarios:
El filme español El
sol del membrillo, obra del cineasta Víctor Erice sobre el pintor Antonio
López, provocó en Cannes 1992 una fuerte división de opiniones. Durante la
proyección ante no menos de 2.000 periodistas acreditados, muchos de ellos se
desentendieron de la pantalla y salieron de la sala. No obstante, fueron más
quienes se mantuvieron ante la pantalla hasta el final y muchos también quienes
la aplaudieron. Para unos, esta recepción equivale al rechazo de una película a
la que consideran aburrida y fallida; para otros, en cambio, es el resultado
previsible de su carácter insólito, sorprendente y sin precedentes en la
historia del cine reciente.
El sol del membrillo
es una obra cinematográfica compleja y difícil, meticulosamente concebida y
elaborada contra la corriente a lo largo de dos años de rodaje y montaje. Es
una película que se escapa de los códigos convenidos del comercio
cinematográfico actual: no tiene trama argumental de ningún tipo y, no
obstante, está lejos de ser encasillable en el género documental. Va mucho más
lejos. Se trata de un ejercicio muy arriesgado -sobre todo a causa de la
parquedad y austeridad de los elementos que baraja y combina- de puro lenguaje
visual: un poema cinematográfico, una metáfora cuyas reglas se aceptan con
pasión o se rechazan con indiferencia o incluso con hostilidad. De ahí que,
donde se proyecte, El sol del membrillo generará controversia, y esto,
en medio del adocenamiento que hoy invade el consumo de cine convencional, es
de por sí un mérito no desdeñable. Queden para los detractores de la película
-que los tiene, y no son pocos- desarrollar las argumentaciones de ese su
rechazo. Esta crónica es parcial, porque quien la escribe considera que Víctor
Erice y Antonio López han logrado una obra de gran vigor artístico, una
investigación poética seria, honda y elegante, que contiene algunos de los
momentos más bellos, originales e incatalogables logrados por el cine español
en los últimos años.
La película investiga
dentro de uno de los misterios indescifrables del comportamiento humano y en
concreto del comportamiento artístico: la búsqueda por el creador genuino de lo
imposible, su intento tozudo y persistente de alcanzar lo inalcanzable. En este
caso nos encontramos frente al paciente y minucioso esfuerzo del pintor Antonio
López por atrapar dentro de la quietud de un lienzo, a través de la persecución
por su mirada de los movimientos de la luz del sol y de la evolución de un
árbol, la fluencia del tiempo.
El pintor, obviamente,
fracasa en su intento y finalmente abandona su tentativa de conseguir un cuadro
sobre algo imposible. La cámara de Erice indaga con igual minuciosidad en los
entresijos de este esfuerzo aparentemente inútil del pintor, hasta que nos hace
descubrir que su derrota ante lo inalcanzable tiene en realidad el valor de una
conquista, de una victoria. Y el fracaso estético del artista se convierte de
esta manera en un triunfo ético.
La audacia, la sutileza y
la hondura de la película son, a nuestro juicio, más que evidentes. Pero como
totalidad El sol del membrillo está lejos de ser una obra perfecta,
redonda. Adolece, en efecto, de varios alargamientos innecesarios del metraje
que -si se tiene en cuenta que en todo poema visual lo que no es estrictamente
necesario sobra- daña su relación con el espectador y hacen que éste, durante
casi media hora de las dos y veinte minutos que dura la película, vea
sobrecargada su retina con reiteraciones e insistencias dilatorias no
significativas, por no decir insignificantes. Si se tiene en cuenta que El
sol del membrillo propone de manera muy radical un retorno al casi olvidado
cine-lenguaje, y por ello un rechazo indirecto de las pautas del
cine-espectáculo, hoy abrumadoramente dominante, su capacidad para generar
controversias está garantizada. Es por tanto más que probable que, a lo largo
de estas crónicas, tengamos que detenernos a recoger los ecos del paso por
Cannes 92 de esta notable película española, que muchos consideran -no sin algo
de razón- fuera de lugar en la selección oficial competitiva de este
multitudinario festival.
Una obra de marcado
carácter minoritario se hubiera sentido más cómoda en el marco de la sección Una
cierta mirada, que está destinada a exhibir y debatir las películas que
contienen innovaciones del lenguaje cinematográfico. Así, El sol del
membrillo hubiera tenido posibilidad de ser discutida públicamente, tras
sus proyecciones, que es una vieja costumbre que mantiene esta sección y que
enriquece y da vida a las películas que se exhiben y debaten en ella. Finalmente,
en Cannes, consiguió el Premio del Jurado y el Premio FIPRESCI. Todo un logro
para esta propuesta tan innovadora. (Ángel Fernández-Santos)
Título
original: El espíritu de la colmena. Dirección: Víctor
Erice. País: España. Año: 1973. Duración: 94 min. Género:
Drama.
Guión: Ángel Fernández Santos,
Víctor Erice. Música: Luis de Pablo.
Fotografía: Luis Cuadrado. Montaje: Pablo G. del Amo. Vestuario:
Peris. Sonido: Luis Rodríguez,
Eduardo Fernández. Dirección Artística:
Jaime Chavarri. Producción:
Elías Querejeta, CB Films.
Concha de Oro a la Mejor
Película en el Festival de Cine de San Senastián 1973.
Fecha del estreno: 8 Octubre 1973 (España).
Reparto:
Fernando Fernán Gómez (Fernando), Teresa
Gimpera (Teresa), Ana Torrent (Ana), Isabel Tellería (Isabel), Ketty de la
Cámara (Milagros), Estanis González (Guardia civil), José Villasante (Monstruo
de Frankenstein), Juan Margallo (El Fugitivo), Laly Soldevila (Doña Lucía, la
profesora), Miguel Picazo (El Doctor).
Sinopsis:
En un pequeño pueblo de
Castilla, en plena postguerra a mediados de los años cuarenta, Isabel y Ana,
dos hermanas de ocho y seis años respectivamente, ven un domingo la película
"El Doctor Frankenstein". A la pequeña la visión del film le causa
tal impresión que no deja de hacer preguntas a su hermana mayor, que le asegura
que el monstruo está vivo y se oculta cerca del pueblo.
Comentarios:
En 1973 nació la que
posiblemente es la más hermosa película española del siglo XX, que aún ostenta
ese rango porque Elías Querejeta impidió que otra película del mismo director,
en 1984, pudiera arrebatárselo. Uno de los pocos filmes españoles realmente
poéticos, en el sentido real de la palabra, que nada tiene que ver con cantar
las odas de un mundo onírico, o con imágenes celestiales de belleza sólo
aparente, sino sobre todo, con la energía de la realidad, de la vida misma, a
ras de suelo, que es el verdadero territorio de los grandes poetas. Porque la
vida misma, tal cual, se sustenta en conexiones poéticas auténticas, que
desafían toda razón.
Víctor Erice sólo había
filmado de manera profesional, hasta entonces, un segmento del filme colectivo
‘Los desafíos’, y pocos podían presagiar tal despliegue de sabiduría,
serenidad, humildad y sensibilidad. Cuenta, Erice, varias películas dentro de
una película. Una película que es, en el fondo, un canto de amor al cine
primigenio: el de las salas de cine de barrio que descubría, a los hombres y
mujeres de los pueblos, los grandes títulos norteamericanos de la época. Pero
más que eso: una indagación lírica del descubrimiento del mundo, precisamente,
a través del cine. La niña Ana (Ana Torrent, una actriz mucho más interesante
cuando todavía no era totalmente consciente de sí misma…) se encuentra, por
primera vez, con la muerte.
La infancia, por tanto,
como universo en el que las mismas sombras, o los más sencillos sonidos,
conforman constelaciones sensoriales, que nos hacen creer que todo es posible.
A medida que crecemos, crece también nuestra autoconciencia, pero disminuyen
nuestras percepciones. Para Erice, que sabe que nunca seremos tan sabios como
cuando éramos niños, la conciencia no es vehículo de la belleza pura, sino la
percepción. En realidad, es una declaración de principios estética, que rechaza
un cine narrativo, lógico, en favor de un cine sensorial, en el que las
emociones y las imágenes más sencillas son las que dictan todo el sentido.
Viendo ‘El doctor
Frankenstein’, Ana se topa por primera vez con la muerte, de manera directa y
brutal. Los cuentos de terror como evocadores de los más profundos miedos, que
se extienden sobre todo lo que desconocemos. Tanto ella como Isabel asisten a este
simulacro de muerte, que es cuando la criatura lanza al mar a la niña, al
haberse quedado sin pétalos. Ana, sin embargo, carece de un cierto sentido
sádico o cruel, que es natural en Isabel. De modo que pronto el relato se
desgaja, y mientras la segunda se acerca a la muerte de una forma, Ana lo hará
de otro. Así, palpitan en la secuencia, imágenes perturbadoras, como el momento
en que Isabel estrangula al gato, o cuando se hace pasar por muerta con
increíble convicción.
Ana es muy diferente, es
más contemplativa, no participa tanto de la muerte como lo que le interesa
averiguar lo que sepa de ella misma. Cree las mentiras de Isabel, y quizá su
autoconciencia sabe que miente, o que prefiere pensar que miente, pero algo en
su interior le empuja, primero, a visitar al maquis que se esconde en la casa
abandonada (Ana no pretende usar a la muerte, como Isabel, sino mirarla de
frente). Y segundo, tomando la seta alucinógena y enfrentándose directamente a
sus miedos. De modo que también podemos decir que hay un profundo poso
espiritual y luminoso en esta película, pues en su fondo conviven los miedos a
la muerte con la negación de esta como ente real. La muerte como liberadora de
un mundo de sombras, o quizá, simplemente, como una mentira de un mundo de
ficción. Pero hay más enfrentamientos directos con la muerte, como el crucial
en el que Ana mira al tren llegar, de pie sobre la vía, imagen que entronca
también, por supuesto, con los inicios del cine.
No por casualidad dice
Víctor Erice, en el documental ‘Huellas de un espíritu’, que a fin de cuentas
lo que Ana tiene es una fe extraordinaria. Porque de fe se trata, una fe
coloreada de miel, que parece el alimento del alma. Las colmenas como imagen
representativa de la vida de la posguerra, pero también del estado en
ebullición de personajes perdidos, melancólicos, como el de Fernando Fernán
Gómez o Teresa Gimpera, que interpretan a seres que son meras sombras,
anonadados por la tristeza de un mundo que se ha derrumbado y para el que ya no
encuentran motivos de alegría. Son fantasmas para Ana, que se adentrará en una
peligrosa senda del conocimiento sin la ayuda de sus tutores, aunque al final
pueda beber el agua de la fuente que tan lejos parecía encontrarse.
Luis Cuadrado, el
operador, y Victor Erice, colorean de miel los interiores, mientras despojan de
toda luz solar (y por tanto vital) los exteriores. Las composiciones lumínicas
parecen inspiradas, directamente, en la obra pictórica de Vermeer, pero no hay
nada exageradamente pictórico en ellas, sino que son el punto de partida para
espacios en los que parece que el estado anímico de los personajes está a punto
de explotar, por lo que son imágenes de gran potencia visual, que flotan por
encima del suelo con mayor energía que cualquier intento de poesía barata
concebida a base de preciosismos o hiperrealismos.
Muchos, sin embargo, no
entran en este estilo de poesía en imágenes, sino que proclama su absoluta
incomprensión o hartazgo de una antitrama concebida, precisamente, como
respuesta a todo cine predigerido o comercial. Los autores de la historia,
Erice y Ángel Fdez-Santos, nos hablan de sus recuerdos, de su niñez, y elaboran
los fantasmas y los vericuetos de otra niñez, como portadora de los verdaderos
enigmas de una vida de imágenes sinuosas.
El filme ganó la Concha
de Oro en el Festival Internacional de cine de San Sebastián (de hecho, fue la
primera película española en ganarla), y aupó a su director al exclusivo grupo
de auténticos autores cinematográficos, que son muy pocos, y cada vez menos.
Aunque su carrera quedó parcialmente frustrada por la infame mutilación del
rodaje de ‘El sur’, que podría haber sido una obra maestra todavía con más peso
que esta. (Adrián Massanet)
Título
original: Cerrar los ojos. Dirección: Víctor
Erice. País: España. Año: 2023. Duración: 169 min. Género:
Drama.
Guión: Víctor Erice, Michel
Gaztambide. Música: Federico Jusid. Fotografía: Valentín Álvarez. Montaje: Ascen Marchena.Producción: Cristina Zumárraga, Pablo
E. Bossi, Víctor Erice, José Alba, Odile Antonio-Baez, Pol Bossi, Maximiliano
Lasansky.
Sección "Cannes
Premiere" (fuera de competición) del Festival de Cine de Cannes 2023.
Fecha del estreno: 29 Septiembre 2023
(España).
Reparto:
Manolo Solo (Miguel Garay), Ana Torrent, José
Coronado (Julio Arenas), María León, Soledad Villamil, Ginés García Millán, Petra
Martínez, Mario Pardo, Josep Maria Pou, Juan Margallo, Helena Miquel.
Sinopsis:
Un célebre actor español,
Julio Arenas, desaparece durante el rodaje de una película. Aunque nunca se
llega a encontrar su cadáver, la policía concluye que ha sufrido un accidente
al borde del mar. Muchos años después, esta suerte de misterio vuelve a la
actualidad a raíz de un programa de televisión que pretende evocar la figura
del actor, ofreciendo como primicia imágenes de las últimas escenas en que
participó, rodadas por el que fue su íntimo amigo, el director Miguel Garay.
Comentarios:
En Tiempo de vivir,
tiempo de revivir, memoria de Antonio Drove sobre su encuentro con el
cineasta Douglas Sirk y sobre la construcción de una identidad a través del cine,
Drove decía: “De repente, me doy cuenta de cuál es la verdadera trama de este Tiempo
de revivir: es la historia de una filiación, la búsqueda de un padre”. Es
imposible no evocar a Drove y a otros tantos amigos de Víctor Erice, de Manolo
Marinero a Jos Oliver, después de ver su última película, la conmovedora Cerrar
los ojos, relegada por la dirección del festival de Cannes de forma
inexcusable a una sección residual como Cannes Première pese a que existía la
posibilidad de que hubiese inaugurado la Quincena de cineastas con una sesión
homenaje y a la enorme expectación despertada ante el último largometraje del director
de El espíritu de la colmena.
Cerrar los ojos
es la historia de un reencuentro, el de dos amigos que se perdieron la pista
cuando uno de ellos desapareció, y de la fe perdida en el cine como identidad y
memoria. Uno era el director de una película que viajaba a Shanghái y el otro,
su actor principal, cuya huella se borró de forma misteriosa en medio del
rodaje dejando la película inacabada. La voz de Erice se cuela en el arranque
del filme, cuando se congela la imagen de aquella aventura truncada y el propio
cineasta nos introduce en la historia. A partir de ahí, la película bucea en
los restos del naufragio de un director sin películas interpretado por un gran
Manolo Solo que busca a su mejor amigo, un actor con amnesia en la piel de José
Coronado, que está espléndido.
Para la generación de
Erice, de 82 años, el cine es una historia de familias elegidas y de vieja
camaradería. El cine como milagro y religión. Por eso, en uno de los momentos
más bonitos de esta emocionante película, un grupo de amigos se sientan
alrededor de una mesa frente al mar y cantan My Rifle, My Pony, and Me,
himno del clásico de Howard Hawks Río Bravo y de todos los amantes del
wéstern. La secuencia provocó tal descarga de sentimientos en la sala Debussy
que el público prorrumpió en una ovación cerrada.
En Cerrar los ojos
palpitan muchas películas, pero sobre todo las del propio Erice, también las
que fueron mutiladas o jamás rodadas. Viajamos a El Sur a través de un
baúl lleno de tesoros que evocan los libros de Stevenson que se quedaron por
aquel camino; de la mano de dos secuencias del más hermoso celuloide,
descubrimos maravillados qué podría haber sido La Promesa de Shanghái o
volvemos a ver a Ana Torrent abrir sus ojos e invocar su identidad como lo
hacía al final de El espíritu de la colmena.
Aquella vieja pantalla de
un cine de la posguerra encuentra ahora su reflejo en la memoria perdida de un
padre amnésico, Coronado, cuyos ojos cerrados y el sonido de una bobina cierran
el círculo que se abrió hace cincuenta años. Torrent tiene otra secuencia
preciosa junto a Manolo Solo en la cafetería del Museo del Prado, el único
lugar que para Erice rivaliza con una sala de cine y en el que tanto se ha
alimentado su ojo de cineasta.
Cerrar los ojos
es una película austera, de largos diálogos, y con esos fundidos en negro marca
de la casa que permiten al espectador establecer su propia respiración y
vínculo con la pantalla. Crece de forma extraordinaria en su tramo final, a
partir de la llegada a la humilde residencia de ancianos. Todo lo que ocurre
entonces, su manera de llegar a la esencia, justifica el mito de Víctor Erice.
(Elsa Fernández-Santos)