Mostrando entradas con la etiqueta Víctor Erice. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Víctor Erice. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de octubre de 2023

El sur (Víctor Erice, 1983)

 

Título original: El sur. Dirección: Víctor Erice. País: España. Año: 1983. Duración: 93 min. Género: Drama.

Guión: Víctor Erice (basado en una historia de Adelaida García Morales). Música: Varios, Enrique Granados. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: Pablo González del Amo. Producción: Elías Querejeta.

Fecha del estreno: 19 Mayo 1983 (España).

 

Reparto: Omero Antonutti, Icíar Bollaín, Sonsoles Aranguren, Rafaela Aparicio, Lola Cardona, Francisco Merino, Aurore Clément.

 

Sinopsis:

“La Gaviota” es un caserón situado en las afueras de una ciudad del norte de España. En ella viven Agustín, médico y zahorí, su mujer, maestra represaliada por el franquismo, y su hija Estrella. La niña, desde su infancia, sospecha que su padre oculta un secreto.

 

Comentarios:

El Sur la realizó Víctor Erice en 1983. No había rodado ningún largometraje desde que, diez años antes a esa fecha, sorprendiera a propios y extraños con la madurez artística de El espíritu de la colmena, su primer filme si obviamos el episodio de Los desafíos, cuyos otros segmentos firmaban Claudio Guerín Hill y José Luis Egea. La escasa vegetación de su bosque filmográfico se entiende si se han visto El espíritu de la colmena y El Sur. Ambas están muy elaboradas narrativamente, son poemas visuales que subyugan nuestros ojos y fascinan nuestra sensibilidad a través de calculadísimas iluminaciones, planificación excelsa, elipsis virtuosas, elegantes movimientos de cámara, silencios aterradores, etcétera. Y ambas gozan también del mismo tema, o de los mismos temas. A saber, el recuerdo de un pasado apestando siempre la atmósfera del presente y el descubrimiento por la criatura infantil del mundo adulto. Descubrimiento que pasa continuamente por espacios mágicos, sobrenaturales, ya sea mediante la evocación del monstruo del doctor Frankenstein, ya a través del poder hechizante de un péndulo de zahorí.

En el caso concreto de El Sur, más que de descubrimiento hay que hablar de descubrimientos, pues la niña Estrella accede al propio tiempo al conocimiento de varias verdades, entre las cuales se sitúa en primer término la atracción por la figura abstracta, enigmática, del padre, mitificado y desmitificado casi en una misma mirada.

Y el Sur, claro, ese sur esencial que ha de condicionar el futuro de la niña como condicionó el pasado de su familia. Espacio omnipresente aunque cinematográficamente en off, cuando ha de visualizarse cae el telón. El productor Elías Querejeta activó la guillotina y se adueñó del corten propio del director. Como las películas pueden ser tanto del director como del productor, mal haríamos en reprochar a Elías Querejeta su criterio. El Sur, sinfonía inacabada, está bien como está, es una obra maestra de recorrido interior, de sensaciones, de emociones, tristezas y alegrías. De vidas por las que la cámara recorre sólo los momentos que forzosamente han de quedar registrados en la memoria. Por eso sus elipsis son tan sesgadoras.

La autora de la narración homónima que está en la base de El Sur es Adelaida García Morales, ganadora del premio Herralde de novela en 1985 con El silencio de las sirenas, recreación onírica de una pasión sentimental. El Sur fue publicada tras el estreno del filme con una segunda parte que narra las vivencias de la hija a partir de la muerte del padre. (Jordi Batlle)

Recomendada.




sábado, 28 de octubre de 2023

El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992)

 

Título original: El sol del membrillo. Dirección: Víctor Erice. País: España. Año: 1992. Duración: 139 min. Género: Documental.

Guión: Víctor Erice. Música: Pascal Gaigne. Fotografía: Javier Aguirresarobe, Ángel Luis Fernández, José Luis López-Linares. Producción: Igeldo P.C, María Moreno P.C, ICAA.

Premio del Jurado y Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Cannes 1992. Hugo de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cine de Chicago 1992.

Fecha del estreno: 30 Octubre 1992 (España).

 

Reparto: Antonio López

 

Sinopsis:

Ésta es la historia de un artista (Antonio López) que trata de pintar, durante la época de maduración de sus frutos, un árbol —un membrillero— que hace tiempo plantó en el jardín de la casa que ahora le sirve de estudio. A lo largo de su vida, casi como una necesidad, el pintor ha trabajado sobre el mismo tema en muchas ocasiones. Cada año, con la llegada del otoño, esa necesidad se renueva. Lo que el artista no ha hecho nunca en su pintura del árbol es introducir entre sus hojas los rayos del sol. Desde el estilo que le es propio —un estilo que parte de la exactitud— esa tentativa posee una gran dificultad, se revela, según las circunstancias, casi como una imposibilidad. En esta ocasión decide afrontarla. Pero lo hace como es habitual en él, con una tensión razonable, sin perseguir siquiera el acabado del cuadro, sin otro afán que permanecer unas semanas junto al frágil y generoso árbol. La película da cuenta de esta experiencia y, a la vez, de todo aquello (el paso de los días, la rutina cotidiana de personas y cosas...) que gravitan sobre esa casa y ese jardín. Un espacio y un tiempo —otoño de 1990— donde el artista trabaja y los frutos del árbol llegan al momento de su máximo esplendor. Cuando el invierno empieza a anunciar su llegada, los membrillos maduros, al caer de las ramas, ponen punto final a la labor del pintor, iniciando en tierra el proceso de su descomposición. Es entonces cuando, en la noche, el pintor nos cuenta un sueño.

 

Comentarios:

El filme español El sol del membrillo, obra del cineasta Víctor Erice sobre el pintor Antonio López, provocó en Cannes 1992 una fuerte división de opiniones. Durante la proyección ante no menos de 2.000 periodistas acreditados, muchos de ellos se desentendieron de la pantalla y salieron de la sala. No obstante, fueron más quienes se mantuvieron ante la pantalla hasta el final y muchos también quienes la aplaudieron. Para unos, esta recepción equivale al rechazo de una película a la que consideran aburrida y fallida; para otros, en cambio, es el resultado previsible de su carácter insólito, sorprendente y sin precedentes en la historia del cine reciente.

El sol del membrillo es una obra cinematográfica compleja y difícil, meticulosamente concebida y elaborada contra la corriente a lo largo de dos años de rodaje y montaje. Es una película que se escapa de los códigos convenidos del comercio cinematográfico actual: no tiene trama argumental de ningún tipo y, no obstante, está lejos de ser encasillable en el género documental. Va mucho más lejos. Se trata de un ejercicio muy arriesgado -sobre todo a causa de la parquedad y austeridad de los elementos que baraja y combina- de puro lenguaje visual: un poema cinematográfico, una metáfora cuyas reglas se aceptan con pasión o se rechazan con indiferencia o incluso con hostilidad. De ahí que, donde se proyecte, El sol del membrillo generará controversia, y esto, en medio del adocenamiento que hoy invade el consumo de cine convencional, es de por sí un mérito no desdeñable. Queden para los detractores de la película -que los tiene, y no son pocos- desarrollar las argumentaciones de ese su rechazo. Esta crónica es parcial, porque quien la escribe considera que Víctor Erice y Antonio López han logrado una obra de gran vigor artístico, una investigación poética seria, honda y elegante, que contiene algunos de los momentos más bellos, originales e incatalogables logrados por el cine español en los últimos años.

La película investiga dentro de uno de los misterios indescifrables del comportamiento humano y en concreto del comportamiento artístico: la búsqueda por el creador genuino de lo imposible, su intento tozudo y persistente de alcanzar lo inalcanzable. En este caso nos encontramos frente al paciente y minucioso esfuerzo del pintor Antonio López por atrapar dentro de la quietud de un lienzo, a través de la persecución por su mirada de los movimientos de la luz del sol y de la evolución de un árbol, la fluencia del tiempo.

El pintor, obviamente, fracasa en su intento y finalmente abandona su tentativa de conseguir un cuadro sobre algo imposible. La cámara de Erice indaga con igual minuciosidad en los entresijos de este esfuerzo aparentemente inútil del pintor, hasta que nos hace descubrir que su derrota ante lo inalcanzable tiene en realidad el valor de una conquista, de una victoria. Y el fracaso estético del artista se convierte de esta manera en un triunfo ético.

La audacia, la sutileza y la hondura de la película son, a nuestro juicio, más que evidentes. Pero como totalidad El sol del membrillo está lejos de ser una obra perfecta, redonda. Adolece, en efecto, de varios alargamientos innecesarios del metraje que -si se tiene en cuenta que en todo poema visual lo que no es estrictamente necesario sobra- daña su relación con el espectador y hacen que éste, durante casi media hora de las dos y veinte minutos que dura la película, vea sobrecargada su retina con reiteraciones e insistencias dilatorias no significativas, por no decir insignificantes. Si se tiene en cuenta que El sol del membrillo propone de manera muy radical un retorno al casi olvidado cine-lenguaje, y por ello un rechazo indirecto de las pautas del cine-espectáculo, hoy abrumadoramente dominante, su capacidad para generar controversias está garantizada. Es por tanto más que probable que, a lo largo de estas crónicas, tengamos que detenernos a recoger los ecos del paso por Cannes 92 de esta notable película española, que muchos consideran -no sin algo de razón- fuera de lugar en la selección oficial competitiva de este multitudinario festival.

Una obra de marcado carácter minoritario se hubiera sentido más cómoda en el marco de la sección Una cierta mirada, que está destinada a exhibir y debatir las películas que contienen innovaciones del lenguaje cinematográfico. Así, El sol del membrillo hubiera tenido posibilidad de ser discutida públicamente, tras sus proyecciones, que es una vieja costumbre que mantiene esta sección y que enriquece y da vida a las películas que se exhiben y debaten en ella. Finalmente, en Cannes, consiguió el Premio del Jurado y el Premio FIPRESCI. Todo un logro para esta propuesta tan innovadora. (Ángel Fernández-Santos)

Recomendada.



martes, 24 de octubre de 2023

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)

 

Título original: El espíritu de la colmena. Dirección: Víctor Erice. País: España. Año: 1973. Duración: 94 min. Género: Drama.

Guión: Ángel Fernández Santos, Víctor Erice. Música: Luis de Pablo. Fotografía: Luis Cuadrado. Montaje: Pablo G. del Amo. Vestuario: Peris. Sonido: Luis Rodríguez, Eduardo Fernández. Dirección Artística: Jaime Chavarri. Producción: Elías Querejeta, CB Films.

Concha de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cine de San Senastián 1973.

Fecha del estreno: 8 Octubre 1973 (España).

 

Reparto: Fernando Fernán Gómez (Fernando), Teresa Gimpera (Teresa), Ana Torrent (Ana), Isabel Tellería (Isabel), Ketty de la Cámara (Milagros), Estanis González (Guardia civil), José Villasante (Monstruo de Frankenstein), Juan Margallo (El Fugitivo), Laly Soldevila (Doña Lucía, la profesora), Miguel Picazo (El Doctor).

 

Sinopsis:

En un pequeño pueblo de Castilla, en plena postguerra a mediados de los años cuarenta, Isabel y Ana, dos hermanas de ocho y seis años respectivamente, ven un domingo la película "El Doctor Frankenstein". A la pequeña la visión del film le causa tal impresión que no deja de hacer preguntas a su hermana mayor, que le asegura que el monstruo está vivo y se oculta cerca del pueblo.

 

Comentarios:

En 1973 nació la que posiblemente es la más hermosa película española del siglo XX, que aún ostenta ese rango porque Elías Querejeta impidió que otra película del mismo director, en 1984, pudiera arrebatárselo. Uno de los pocos filmes españoles realmente poéticos, en el sentido real de la palabra, que nada tiene que ver con cantar las odas de un mundo onírico, o con imágenes celestiales de belleza sólo aparente, sino sobre todo, con la energía de la realidad, de la vida misma, a ras de suelo, que es el verdadero territorio de los grandes poetas. Porque la vida misma, tal cual, se sustenta en conexiones poéticas auténticas, que desafían toda razón.

Víctor Erice sólo había filmado de manera profesional, hasta entonces, un segmento del filme colectivo ‘Los desafíos’, y pocos podían presagiar tal despliegue de sabiduría, serenidad, humildad y sensibilidad. Cuenta, Erice, varias películas dentro de una película. Una película que es, en el fondo, un canto de amor al cine primigenio: el de las salas de cine de barrio que descubría, a los hombres y mujeres de los pueblos, los grandes títulos norteamericanos de la época. Pero más que eso: una indagación lírica del descubrimiento del mundo, precisamente, a través del cine. La niña Ana (Ana Torrent, una actriz mucho más interesante cuando todavía no era totalmente consciente de sí misma…) se encuentra, por primera vez, con la muerte.

La infancia, por tanto, como universo en el que las mismas sombras, o los más sencillos sonidos, conforman constelaciones sensoriales, que nos hacen creer que todo es posible. A medida que crecemos, crece también nuestra autoconciencia, pero disminuyen nuestras percepciones. Para Erice, que sabe que nunca seremos tan sabios como cuando éramos niños, la conciencia no es vehículo de la belleza pura, sino la percepción. En realidad, es una declaración de principios estética, que rechaza un cine narrativo, lógico, en favor de un cine sensorial, en el que las emociones y las imágenes más sencillas son las que dictan todo el sentido.

Viendo ‘El doctor Frankenstein’, Ana se topa por primera vez con la muerte, de manera directa y brutal. Los cuentos de terror como evocadores de los más profundos miedos, que se extienden sobre todo lo que desconocemos. Tanto ella como Isabel asisten a este simulacro de muerte, que es cuando la criatura lanza al mar a la niña, al haberse quedado sin pétalos. Ana, sin embargo, carece de un cierto sentido sádico o cruel, que es natural en Isabel. De modo que pronto el relato se desgaja, y mientras la segunda se acerca a la muerte de una forma, Ana lo hará de otro. Así, palpitan en la secuencia, imágenes perturbadoras, como el momento en que Isabel estrangula al gato, o cuando se hace pasar por muerta con increíble convicción.



Ana es muy diferente, es más contemplativa, no participa tanto de la muerte como lo que le interesa averiguar lo que sepa de ella misma. Cree las mentiras de Isabel, y quizá su autoconciencia sabe que miente, o que prefiere pensar que miente, pero algo en su interior le empuja, primero, a visitar al maquis que se esconde en la casa abandonada (Ana no pretende usar a la muerte, como Isabel, sino mirarla de frente). Y segundo, tomando la seta alucinógena y enfrentándose directamente a sus miedos. De modo que también podemos decir que hay un profundo poso espiritual y luminoso en esta película, pues en su fondo conviven los miedos a la muerte con la negación de esta como ente real. La muerte como liberadora de un mundo de sombras, o quizá, simplemente, como una mentira de un mundo de ficción. Pero hay más enfrentamientos directos con la muerte, como el crucial en el que Ana mira al tren llegar, de pie sobre la vía, imagen que entronca también, por supuesto, con los inicios del cine.

No por casualidad dice Víctor Erice, en el documental ‘Huellas de un espíritu’, que a fin de cuentas lo que Ana tiene es una fe extraordinaria. Porque de fe se trata, una fe coloreada de miel, que parece el alimento del alma. Las colmenas como imagen representativa de la vida de la posguerra, pero también del estado en ebullición de personajes perdidos, melancólicos, como el de Fernando Fernán Gómez o Teresa Gimpera, que interpretan a seres que son meras sombras, anonadados por la tristeza de un mundo que se ha derrumbado y para el que ya no encuentran motivos de alegría. Son fantasmas para Ana, que se adentrará en una peligrosa senda del conocimiento sin la ayuda de sus tutores, aunque al final pueda beber el agua de la fuente que tan lejos parecía encontrarse.



Luis Cuadrado, el operador, y Victor Erice, colorean de miel los interiores, mientras despojan de toda luz solar (y por tanto vital) los exteriores. Las composiciones lumínicas parecen inspiradas, directamente, en la obra pictórica de Vermeer, pero no hay nada exageradamente pictórico en ellas, sino que son el punto de partida para espacios en los que parece que el estado anímico de los personajes está a punto de explotar, por lo que son imágenes de gran potencia visual, que flotan por encima del suelo con mayor energía que cualquier intento de poesía barata concebida a base de preciosismos o hiperrealismos.

Muchos, sin embargo, no entran en este estilo de poesía en imágenes, sino que proclama su absoluta incomprensión o hartazgo de una antitrama concebida, precisamente, como respuesta a todo cine predigerido o comercial. Los autores de la historia, Erice y Ángel Fdez-Santos, nos hablan de sus recuerdos, de su niñez, y elaboran los fantasmas y los vericuetos de otra niñez, como portadora de los verdaderos enigmas de una vida de imágenes sinuosas.

El filme ganó la Concha de Oro en el Festival Internacional de cine de San Sebastián (de hecho, fue la primera película española en ganarla), y aupó a su director al exclusivo grupo de auténticos autores cinematográficos, que son muy pocos, y cada vez menos. Aunque su carrera quedó parcialmente frustrada por la infame mutilación del rodaje de ‘El sur’, que podría haber sido una obra maestra todavía con más peso que esta. (Adrián Massanet)

Recomendada.




miércoles, 4 de octubre de 2023

Cerrar los ojos (Víctor Erice, 2023)

 

Título original: Cerrar los ojos. Dirección: Víctor Erice. País: España. Año: 2023. Duración: 169 min. Género: Drama.

Guión: Víctor Erice, Michel Gaztambide. Música: Federico Jusid. Fotografía: Valentín Álvarez. Montaje: Ascen Marchena. Producción: Cristina Zumárraga, Pablo E. Bossi, Víctor Erice, José Alba, Odile Antonio-Baez, Pol Bossi, Maximiliano Lasansky.

Sección "Cannes Premiere" (fuera de competición) del Festival de Cine de Cannes 2023.

Fecha del estreno: 29 Septiembre 2023 (España).

 

Reparto: Manolo Solo (Miguel Garay), Ana Torrent, José Coronado (Julio Arenas), María León, Soledad Villamil, Ginés García Millán, Petra Martínez, Mario Pardo, Josep Maria Pou, Juan Margallo, Helena Miquel.

 

Sinopsis:

Un célebre actor español, Julio Arenas, desaparece durante el rodaje de una película. Aunque nunca se llega a encontrar su cadáver, la policía concluye que ha sufrido un accidente al borde del mar. Muchos años después, esta suerte de misterio vuelve a la actualidad a raíz de un programa de televisión que pretende evocar la figura del actor, ofreciendo como primicia imágenes de las últimas escenas en que participó, rodadas por el que fue su íntimo amigo, el director Miguel Garay.

 

Comentarios: 

En Tiempo de vivir, tiempo de revivir, memoria de Antonio Drove sobre su encuentro con el cineasta Douglas Sirk y sobre la construcción de una identidad a través del cine, Drove decía: “De repente, me doy cuenta de cuál es la verdadera trama de este Tiempo de revivir: es la historia de una filiación, la búsqueda de un padre”. Es imposible no evocar a Drove y a otros tantos amigos de Víctor Erice, de Manolo Marinero a Jos Oliver, después de ver su última película, la conmovedora Cerrar los ojos, relegada por la dirección del festival de Cannes de forma inexcusable a una sección residual como Cannes Première pese a que existía la posibilidad de que hubiese inaugurado la Quincena de cineastas con una sesión homenaje y a la enorme expectación despertada ante el último largometraje del director de El espíritu de la colmena.

Cerrar los ojos es la historia de un reencuentro, el de dos amigos que se perdieron la pista cuando uno de ellos desapareció, y de la fe perdida en el cine como identidad y memoria. Uno era el director de una película que viajaba a Shanghái y el otro, su actor principal, cuya huella se borró de forma misteriosa en medio del rodaje dejando la película inacabada. La voz de Erice se cuela en el arranque del filme, cuando se congela la imagen de aquella aventura truncada y el propio cineasta nos introduce en la historia. A partir de ahí, la película bucea en los restos del naufragio de un director sin películas interpretado por un gran Manolo Solo que busca a su mejor amigo, un actor con amnesia en la piel de José Coronado, que está espléndido.

Para la generación de Erice, de 82 años, el cine es una historia de familias elegidas y de vieja camaradería. El cine como milagro y religión. Por eso, en uno de los momentos más bonitos de esta emocionante película, un grupo de amigos se sientan alrededor de una mesa frente al mar y cantan My Rifle, My Pony, and Me, himno del clásico de Howard Hawks Río Bravo y de todos los amantes del wéstern. La secuencia provocó tal descarga de sentimientos en la sala Debussy que el público prorrumpió en una ovación cerrada.

En Cerrar los ojos palpitan muchas películas, pero sobre todo las del propio Erice, también las que fueron mutiladas o jamás rodadas. Viajamos a El Sur a través de un baúl lleno de tesoros que evocan los libros de Stevenson que se quedaron por aquel camino; de la mano de dos secuencias del más hermoso celuloide, descubrimos maravillados qué podría haber sido La Promesa de Shanghái o volvemos a ver a Ana Torrent abrir sus ojos e invocar su identidad como lo hacía al final de El espíritu de la colmena.

Aquella vieja pantalla de un cine de la posguerra encuentra ahora su reflejo en la memoria perdida de un padre amnésico, Coronado, cuyos ojos cerrados y el sonido de una bobina cierran el círculo que se abrió hace cincuenta años. Torrent tiene otra secuencia preciosa junto a Manolo Solo en la cafetería del Museo del Prado, el único lugar que para Erice rivaliza con una sala de cine y en el que tanto se ha alimentado su ojo de cineasta.

Cerrar los ojos es una película austera, de largos diálogos, y con esos fundidos en negro marca de la casa que permiten al espectador establecer su propia respiración y vínculo con la pantalla. Crece de forma extraordinaria en su tramo final, a partir de la llegada a la humilde residencia de ancianos. Todo lo que ocurre entonces, su manera de llegar a la esencia, justifica el mito de Víctor Erice. (Elsa Fernández-Santos)

Recomendada.