lunes, 21 de mayo de 2018

Con faldas y a lo loco


Pero tú no eres una mujer. Eres un hombre.
Ni en broma puedes casarte, ¿y el porvenir?




Chicago, 1929: Jerry (Jack Lemmon) y Joe (Tony Curtis), un par de músicos frustrados, son testigos involuntarios de una matanza entre gánsteres. Huyendo de sus perseguidores, se suben a un tren con destino a Florida disfrazados de miembros de una orquesta femenina. Ambos se las arreglan con la farsa de forma distinta. Joe, alias Josephine , se enamora de la infeliz cantante de ukelele Sugar Kane (Marilyn Monroe) y busca maneras de deshacerse de su disfraz. Jerry, en cambio, empieza a cogerle cariño a su papel de Daphne. Y es que ha encontrado a un admirador ardiente-y sobre todo rico- en el canoso industrial Osgood Fielding III (Joe E. Brown).Los líos inevitables alcanzan su punto culminante cuando Botines Colombo (George Raft) y su banda se hospedan precisamente en el mismo hotel…


¿Por qué rodó Billy Wilder su película más famosa, para muchos la comedia más perfecta de todos los tiempos, en blanco y negro? Sólo hay que imaginarse en technicolor a dos hombres maquillados para intuir las complicaciones artesanales de un argumento tan simple en apariencia. Pero “Con faldas y a lo loco” es mucho más que una comedia de travestidos. El film es un homenaje a los primeros años del cine, a las películas de gánsteres de Hollywood, a las comedias locas de los años 40 y también al slapstick o cine de payasadas de los Hermanos Marx. Con esos ingredientes y todos sus recursos artísticos, Wilder prepara un cóctel lleno de chispa y efectos desenfrenados que apunta directamente a la carcajada y le debe su sabor agridulce al verdadero tema: el sexo.


Si alguien vio la película por última vez en la infancia, no la reconocía. Incluso los diálogos más inocentes contienen alusiones obscenas al amor libre, la homosexualidad o la impotencia. En la versión original, el lamento resignado de Sugar I always get the fuzzy end of the lollipop, despierta asociaciones que sólo podían escapar a los censores. En la versión española, la frase se tradujo como: “Siempre me toca cargar con la peor parte” y así, aunque ese es su significado, se pierde el sentido fálico que la palabra “lollipop”, pirulí en español, le confiere al original.


No menos atrevida fue la coherencia de Wilder al organizar su comedia en torno a crueles contradicciones: sexo y dinero, vida y muerte, realidad y apariencia, gánsteres y músicos, hombres y mujeres. Toda la comicidad se basa en esos opuestos y en una forma de invertirlos que pone los pelos de punta. Para impresionar a Sugar, el viril Joe se disfraza de magnate del petróleo corto de vista y con problemas de impotencia. Así, pues, la cita en el yate de Osgood no sólo sirve para seducirla, sino también para que ella le seduzca. La constante preocupación de Wilder por obligar a sus héroes a ir disfrazados durante casi toda la película provoca gags cada vez más delirantes. Pero, en realidad, se trata únicamente de sobrevivir; aunque al pensar en la luna de miel con Osgood (Él quiere ir a la Riviera, pero yo me inclino por las cataratas del Niágara), Jerry desearía estar muerto.


Todo es leyenda en esta película, desde el vestido casi invisible que lleva Marilyn mientras canta I wanna be loved by you, hasta la asombrosa reacción de Osgood ante la verdadera identidad de Daphne: “Nadie es perfecto”. La larga búsqueda de esta última línea de texto fue tan rocambolesca como las pruebas de vestuario con el diseñador de ropa Orry-Kelly. A Billy Wilder y a Tony Curtis, el rodaje caótico con Marilyn Monroe les ofreció tema de conversación suficiente para toda una vida. Unas veces, la actriz no se presentaba en el plató; otras, necesitaba más de cuarenta tomas para una frase tan simple como: ¿Dónde está el coñac?  Para Curtis y Lemmon, los tiempos de espera significaron un martirio con los zapatos de tacón puestos y, según contó Wilder, él sufrió un ataque de nervios. No obstante, el director quedó entusiasmado después con la presencia de la estrella en la pantalla y su sentido del ritmo de la comedia, que ambos perfeccionaron juntos en esta película.


Con faldas y a lo loco narra también la triste historia de la desesperada diosa del sexo Marilyn Monroe. Empujada a la bebida por sus ideales románticos y por hombres irresponsables, Sugar suspira por un compañero comprensivo. ¿Fue una casualidad que, con el heredero con gafas de la petrolera Shell, Wilder le estuviera sirviendo el vivo retrato de su esposo intelectual, Arthur Miller?


Sea como sea, en el corazón de la alocada historia se encuentra un sentimentalismo que supera con soltura al cinismo de Wilder, a menudo censurado. Sugar recibe el beso redentor de una mujer, el ligón reconvertido Joe, que no vacila en revelar sus verdaderos sentimientos en medio del escenario y travestido. Al final, él y Jerry han experimentado lo que la otra mitad soporta todos los días. Marilyn Monroe murió pocos años después. Su película más hermosa aún vive.


En su autobiografía, Tony Curtis escribió sin tapujos sobre una dura infancia judía en Brooklin y sobre la inapreciable ventaja de ser guapo. Su atractivo le abrió las puertas de Hollywood a Bernard Schawrts, pues ése fue su verdadero nombre de bautismo en la lejana Hungría. Después de los primeros éxitos en películas de época triviales como The son of Ali-Babá (1952), Curtis se convirtió en el primer ídolo para adolescentes de la fábrica de sueños: una seria competencia para James Dean. Le ofrecieron pocos papeles de galán, en cambio, actuó en epopeyas como Espartaco (1960) y Taras Bulba (1962), haciendo a menudo de hijo “adoptivo” de Kirk Douglas, Burt Lancaster Yul Brinner o Cay Grant. Fugitivos (1958) un drama sobre el racismo de Stanley Kramer, fue su primer intento por hacerse respetar como actor de carácter. El estrangulador de Boston (1968), el segundo y último. Su talento cómico fue el responsable de sus mayores éxitos y de más de un fiasco artístico. En total rodó unas 120 películas. Tony Curtis estuvo toda la vida en los focos de la prensa amarilla. Después de casarse con Janet Leigh, la estrella de Hitchcok en Psicosis, y con la actriz alemana Christine Kauffman, luchó durante años contra sus problemas con las drogas. El amante de los automóviles veloces y las mujeres hermosas, tiene sucesora en su hija la actriz Jamie Lee Curtis.
                                                      

VIRGINIA RIVAS ROSA






sábado, 19 de mayo de 2018

Los estrenos en Sevilla de 18-05-2018


8 películas se estrenan el 18 de mayo de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos producciones son estadounidenses, dos británicas, una francesa, una sueca, una italiana y una española. Hemos de agradecer que entre los estrenos de esta semana en Sevilla se haya recuperado la película española “Noctem” (Marcos Cabotá, 2017) que se quedó sin editar en nuestra ciudad hace un par de semanas. Además, seguir lamentando que esta semana se quede sin editar en la cartelera sevillana la película polaca “Dos coronas” (Michał Kondrat, 2017), una especie de autobiografía de Maximilian Kolbe. Tampoco aparece en nuestra cartelera el thriller español “El ataúd de cristal” (Haritz Zubillaga, 2017) ni la película rumana “Pororoca” (Constantin Popescu, 2017) que estuvo presente en la sección oficial del Festival de San Sebastián 2017 y obtuvo el Premio al Mejor Actor (Bodgan Dumitrache). Muchas ausencias en la cartelera de esta semana, a pesar de la avalancha de estrenos. Como decimos siempre, lo peor puede ser que se quede sin estrenar lo mejorcito de la semana. Y vamos con nuestro repaso semanal de lo estrenado en Sevilla.       


Lean on Pete. (Reino Unido, 2017). Dir. Andrew Haigh.
Premio al Mejor Joven Actor o Actriz emergente para Charlie Plummer en el Festival de Venecia 2017.
Drama sobre la vida rural norteamericana interpretado por Charlie Plummer, Travis Fimmel, Steve Buscemi, Chloë Sevigny y Steve Zahn.
“La interpretación es esa cosa extraña y misteriosa que ellos (los actores) pueden hacer y yo no”, afirmaba el británico Andrew Haigh en una entrevista. Y quizá en esa humildad haya que encontrar el secreto de la poética de Haigh, cuya cámara captura a sus actores como si estuviera asistiendo a un milagro: al acto asombroso de que un gesto sutil amplifique un significado, diga lo que no puede reducirse a palabras y proyecte un eco persistente, como, sin ir más lejos, sucedía con ese ligero temblor en los labios de Charlotte Rampling que cerraba “45 años” (2015). En “Lean on Pete”, su nuevo trabajo, Haigh emprende su aventura americana, sin sucumbir a la fetichización mitómana de un imaginario ajeno, ni rendirse al acto reflejo de contener señas de identidad para ampliar mercado.
“Lean on Pete” es una historia de iniciación que se propone como un soterrado western inverso: aquí el camino es del oeste al este y, también, de la intemperie al cobijo de un hogar que siempre parece situado más allá del horizonte. Tras la muerte de su padre –espíritu libre que concilió afecto y vida caótica- y un profundo desengaño vital –el que le sirve en bandeja su primer jefe, un buscavidas en las zonas marginales de la hípica-, Charley, joven de 15 años, emprende una huida a través de los desiertos de Oregón, en compañía de un viejo caballo de carreras; su objetivo es salvarle la vida al caballo, pero también encontrar para sí mismo un techo de afecto.
A Haigh le interesan más sus actores que los gestos estéticos, aunque la elaborada toma en continuidad que da paso al tercer acto es contundente y virtuosa. En el punto de destino, de nuevo, un pequeño gesto que lo dice todo y eleva esta película donde la fragilidad del joven Charlie Plummer se mide con el expeditivo descreimiento de Steve Buscemi y la comprensiva madurez de una gran Chloë Sevigny. Partiendo de la novela del músico y escritor Willy Vlautin, Haigh describe una América deprimida, pero sin perder de vista la universalidad de su humana materia prima. Recomendada.



Hannah.  (Italia, 2017). Dir. Andrea Pallaoro.
Premio a la Mejor actriz (Charlotte Rampling) en el Festival de Venecia 2017.
Drama italiano protagonizado por Charlotte Rampling, André Wilms, Stéphanie Van Vyve y Simon Bisschop.
Los modos de narración del italiano Andrea Pallaoro en los primeros minutos, casi media hora, de “Hannah” son implacables. Elipsis en las partes del relato supuestamente más interesantes, eliminación casi total de los diálogos, y visualización minuciosa de los aparentes tiempos muertos: trayectos en metro o en coche, comidas en silencio, chapuzones en una piscina pública, desganados deseos de buenas noches en una pareja de ancianos, en la cama, con el sonido burocrático de la obligación, del que ya nada tiene que decirse. Modos implacables, y también rigurosos, exactos, excitantes, en una película de complicada digestión pero de frutos maduros, jugosos y trascendentes.
Hay alguien en la cárcel. Al principio no se sabe bien quién ni por qué. Y hasta el minuto 25 no llega la primera pista del guion, sutil pero definitiva en la narración, porque a partir de ese instante se abre un panorama nuevo y terrible, descorazonador e implacable, por irresoluble. Sin banda sonora musical, con planos muy hermosos pero nada grandilocuentes, y con la espectacular guía del rostro felizmente marchito de Charlotte Rampling, naturalísimo, tan bello como siempre, tan distinto del de su juventud, tan el mismo, la película de Pallaoro es una muestra más del género en el que se ha convertido la actriz británica, premio a la mejor interpretación en el Festival de Venecia de 2017, durante la última fase de su carrera: un retrato más de la dramática fuerza de una mujer en lucha con una sociedad que la ningunea, la desprecia o la rechaza.
Como no lo hace la película hasta bien tarde, nos guardaremos de ofrecer indicios de hacia dónde se dirige el relato de Pallaoro, también coguionista, pero digamos que tiene mucho que ver con temas candentes, con el papel que juega la mujer en una sociedad que acaba juzgando tanto o más que los profesionales de la judicatura, y en cómo se encaran desde el núcleo familiar las contaminantes desgracias y malevolencias de cualquiera de sus miembros. El retrato atroz de lo fuertes y largos que pueden ser los tentáculos de un monstruo llamado sospecha. Recomendada.



Las estrellas de cine no mueren en Liverpool. (Reino Unido, 2017). Dir. Paul McGuigan.
Tres nominaciones en los Premios BAFTA, incluido el Mejor actor (Jamie Bell) y Mejor actriz (Annette Bening).
Drama anclado en los años setenta interpretado por Annette Bening, Jamie Bell, Julie Walters, Vanessa Redgrave y Stephen Graham.
Isaki Lacuesta abría su documental “La noche que no acaba” (2010) buscando una rima entre dos rostros: el de la esplendorosa Ava Gardner de “Pandora y el holandés errante” (1951) y el de la misma estrella en “Harem” (1986), con la mirada crepuscular de quien acaba de “beberse la vida”, como diría Marcos Ordóñez, autor del libro que inspiraba ese brillante trabajo. “Las estrellas de cine no mueren en Liverpool” es, también, una película que bascula entre los dos rostros de una misma mujer, aunque, en este caso, la distancia temporal que separa a la Gloria Grahame vital y veterana que seduce (o, más bien, enamora) al joven actor británico Peter Turner y la actriz enferma que busca el calor del afecto familiar en un hogar de Liverpool es mucho más corta: apenas dos años.
Partiendo del libro de memorias de Turner, Paul McGuigan ha firmado la película más emotiva, delicada y compleja de su carrera: un trabajo que se beneficia de la propia saturación de significados que una figura como la Gloria Grahame cargaba –su temprana participación en ¡Qué bello es vivir! (1946) parecía anticipar la inquietante cercanía entre la luz y la sombra- y que tiene en una soberbia Annette Bening a una lujosa médium para canalizar tanto el fulgor como la fragilidad de la actriz.
Con sus arriesgados y elegantes saltos temporales resueltos en la propia continuidad de la escena, la película de McGuigan no juega a la mitomanía necrófila, ni se muestra interesada en hurgar en las heridas de la decadencia. Su interés primordial es descifrar una historia de amor sin pasar por alto ninguno de sus matices: que la escena de la ruptura merezca dos puntos de vista supone, así, una transparente declaración de principios en un trabajo donde el estilo sublima y no emborrona. Recomendada.



El taller de escritura. (Francia, 2017). Dir. Laurent Cantet.
Presentada en la Sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2017 y en la Sección Oficial del SEFF 2017 (Festival de Cine Europeo de Sevilla).
Drama situado en La Ciotat, sur de Francia, con guión de Robin Campillo y Laurent Cantet, interpretado por Marina Foïs, Matthieu Lucci, Florian Beaujean y Mamadou Doumbia.
En La Ciotat, localidad de pasado industrial cercana a Marsella, que no es el mejor lugar del mundo para según qué cosas, Olivia (excelente Marina Foïs) imparte un taller de escritura. Entre los alumnos destaca Antonie por su sensibilidad artística, pero también por su capacidad para encender al variopinto grupo. El chico, un manojo de contradicciones, esconde a la vez la atracción que siente por la escritora y su fascinación por las armas. Entre todos tratan de sacar adelante una novela negra, contexto propicio para que se disparen los instintos.
Laurent Cantet, uno de los grandes cineastas franceses nacidos en los años sesenta, compone una película sencilla y atípica, que reflexiona menos sobre el proceso de creación que sobre el germen de la violencia. A la escritora los chicos le hacen plantearse la autenticidad de su obra, mientras que estos son incapaces de instaurar fronteras entre realidad y ficción.
El mayor mérito de Cantet, que vuelve a trabajar con el guionista Robin Campillo (también conocido por la serie «Les revenants»), es lograr que su película, a la fuerza discursiva y pedante, no aburra ni peque de académica. Los personajes están vivos y logran implicarnos en sus sentimientos, quizá porque los autores saben retratar a la juventud francesa actual, tan «multi»: racial, cultural, religiosa... Recomendada.



Borg McEnroe: La película. (Suecia, 2017). Dir. Janus Metz Pedersen.
Nominada a Mejor film de la Unión Europea en los Premios David di Donatello 2017.
Drama basado en hechos reales y dentro del mundo del deporte, interpretada por Sverrir Gudnason, Shia LaBeouf, Stellan Skarsgard y Tuva Novotny.
Rotura. Ventaja. Nada. Una frase de André Agassi sobreimpresionada en la pantalla acerca de los términos del tenis y sus paralelismos con la vida misma, con el acontecer, con el triunfo y el fracaso, las expectativas y la decepción, los vaivenes mentales y sociales, abre con soberbia exactitud la película sueca “Borg McEnroe: La película”. Porque, tras esa sentencia de carácter psicológico, lo que se va a disfrutar en el relato no es exactamente la celebración retrospectiva de un partido mítico, la final de Wimbledon del año 1980, la posible quinta victoria consecutiva para Björn Borg, mente cuadriculada, brazo de martillo pilón, caballero del deporte, o la primera para John McEnroe, tenista punk, niñato respondón, sangre a borbotones saliendo de su boca y de su muñeca. Lo que se va a ver es un thriller anímico, una intriga sin crimen a través de un duelo mental.
Como escribió David Foster Wallace en su extraordinario ensayo autobiográfico “Deporte derivado en el corredor de los tornados”, el tenis es “pura geometría”, “un ajedrez en movimiento”, una batalla mental para pensadores de carácter casi científico. Y es ahí donde entra la figura del sueco Borg; en principio, el personaje plano e insulso de aquel duelo, en comparación con el torrente de emociones que era McEnroe. Un rol que, sin embargo, en su primera obra de ficción, Janus Metz Pedersen convierte en el eje de la película, un fascinante ser humano lleno de contradicciones, un aparente bloque de hielo que esconde un controlador profesional de fuegos interiores.
Con una puesta en escena muy expresiva, el director afronta los días alrededor del torneo y de la final con continuos mensajes de forma —juegos con el sonido, encuadres de enorme elocuencia, fotografía con ligero grano y de colores contrastados—, pero manteniendo en todo momento su esencia de fondo: el combate mental, no contra el otro sino contra sí mismos, que representaron en esos días dos estilos antagónicos de jugar al tenis y de experimentar la vida. Y no solo eso. Como en la reciente “Yo, Tonya”, Pedersen y su guionista, Ronnie Sandahl, tienen tiempo para aproximarse a la lucha de clases sociales en un deporte de imposiciones casi aristocráticas, y más en Wimbledon, a la irrespirable presión de representantes, patrocinadores y hasta cargos federativos, e incluso para reflejar sus vidas privadas nocturnas, personificadas en la figura de Vitas Gerulaitis, al que la película refrenda como lo que siempre intuimos tras su melena y sus rizos: como un tenista de bola de discoteca.
Consciente de que el clímax debe coincidir con la final del torneo, para no cansar, Pedersen apenas muestra el tenis durante dos tercios del relato, y en esa última parte se luce con la magnífica verosimilitud física de sus actores —qué gran actor es Shia LaBeouf— y del deporte, únicamente dubitativa en las jugadas más largas y barrocas, cuando los muy meritorios efectos digitales no logran calcar del todo la velocidad de la bola. Apenas una nimiedad en una película sorprendentemente compleja y apasionante, una de las mejores aproximaciones de la ficción cinematográfica a la realidad del deporte. Recomendada.



Deadpool 2. (USA, 2018). Dir. David Leitch.
Película de superhéroes dentro del Universo Marvel. Secuela con guión de Rhett Reese, Paul Wernick y Ryan Reynolds del cómic de Rob Liefeld y Fabian Nicieza. Protagonizada por Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Morena Baccarin y Julian Dennison
El score compuesto por Tyler Bates.
“¿A quién se ha follado este Deadpool para tener película propia?”, se preguntaba un personaje en una de las mejores líneas de guion de la película homónima, efervescente sorpresa comandada por uno de los superhéroes secundarios de la casa Marvel, que hacía de la irreverencia, la autoparodia y la referencialidad sus armas de destrucción cómica masiva. Unas peculiaridades de tono, narración y estilo, con las que sus responsables vuelven a jugar un nuevo combate en Deadpool 2, dos años después de la primera entrega, con la que ya no cabe la descacharrante extrañeza de la original, pero sí una nueva fiesta de fábrica de colores e insultos, de benditas insustancialidades en tiempos de, para algunos, sobrecarga de superheroísmos y pretenciosidades. Esta segunda parte está pensada para el fan más recalcitrante que le perdonará a su héroe lo que sea, y aunque divierte, se siente como una oportunidad desperdiciada. No Recomendada.



Sanson. (EE.UU., 2018). Dir. Bruce Macdonald.
Acción y drama de corte histórico interpretado por Jackson Rathbone, Billy Zane, Taylor James, Rutger Hauer y Caitlin Leahy.
Según asegura el Viejo Testamento, Sansón mató al menos a 4.040 hombres y a un león, y su vida estuvo llena de sexo y morbo. Lamentablemente, esta enésima adaptación de su biografía echa por tierra el potencial dramático de todos esos elementos a base de efectos especiales baratos, barbas postizas, actores petrificados, diálogos expositivos y declamatorios y vestimentas con aspecto de saco. El resultado es tan deslustrado que hasta los espectadores más naturalmente atraídos por todo lo bíblico desearán que en esta ocasión las tijeras de Dalila hubieran sido utilizadas para cortar algo más que la melena del protagonista. No Recomendada.



Noctem. (España, 2017). Dir. Marcos Cabotá.
Película de intriga española interpretada por Adrián Lastra, Álex González, Esteban Piñero, Ernesto Alarcón y Raquel Arroyo.
La película 'Noctem' se basa en hechos reales vividos por el actor Adrián Lastra. La idea nace manos del director Cabotá, que tras poder observar con sus propios ojos las imágenes donde se podían ver algunas cosas extrañas e inexplicables que le sucedieron en su propia habitación una noche. La trama comienza cuando Adrián y Esteban llevan un año desaparecidos, nadie sabe nada de lo que le ocurrió a estos dos amigos y la policía se encuentra en un punto muerto. La ley tiene en su poder los objetos personales de ambos que se encontraron en Cozumel, una isla cercana a la Riviera Maya. Su amigo Álex consigue hacerse con la posesión de sus teléfonos móviles, y los utiliza para comenzar la que será una investigación paralela a la de las fuerzas del orden. Lo que no espera es la cantidad de sucesos espeluznantes que están por suceder. No Recomendada.


jueves, 17 de mayo de 2018

La música en el Cine: Stanley Kubrick

Programa nº 003 de "La música en el Cine".
18 de mayo de 2018.  Radio Tomares (92.0 FM)

"La música en el Cine" es un programa de Linterna Mágica en Radio Tomares

lunes, 14 de mayo de 2018

Universo Kieslowski: Dekalog, Piec

Ya que he visto recientemente algunos capítulos pendientes del Decálogo de Kieslowski, pensé en escribir en el blog sobre esta obra. Afortunadamente consulté antes si había ya algo al respecto. Esto me ha permitido rescatar palabras que leería en su día y que ahora tienen un valor añadido. Al pie de la entrada están los enlaces para que podáis refrescar la memoria y recordar las reflexiones de buenos compañeros.

Capítulo 5: No matarás.


Dirección: Krzysztof Kieslowski.
Guión: Krzysztof Kieslowski y Krzystof Piesiewicz.
Fotografía: Slawomir Idziak.
Música: Zbigniew Preisner.
Sonido: Malgorzata Jaworska.
Dirección Artística: Halina Dobrowolska.
Montaje: Ewa Smal.
Producción: Ryszard Chutkowski para Zespol Filmowy TOR y la Televisión Polaca.
Duración: 57'

Intérpretes:
Miroslaw Baka (Jacek), Krzysztof Globisz (Piotr), Jan Tesarz (el taxista), Zbigniew Zapasiewicz (jefe de la comisión), Bárbara Dziekan-Vajda (Beatka, la cajera), Aleksander Bednarz (el verdugo), Jerzy Zass (director de la cárcel), Zdzislaw Tobiasz (el juez), Artur Barcis (el joven operario), Krystyna Janda (Dorota), Olgierd Lukaszewicz (Andrzej).

Sinopsis:
En una Varsovia gris, vacía, pobre y triste, Jacek, un joven sin perspectivas ni futuro, asesina brutalmente a un taxista, por lo que es encarcelado. Piotr, un joven abogado sin experiencia, se encarga de su defensa pero Jacek es juzgado, condenado a muerte y ejecutado en la horca. Y Piotr se plantea si, en nombre de la sociedad, el sistema legal tiene derecho a matar a sangre fría.

Dos víctimas: el taxista y Jacek

El Decálogo 5 era el que en un principio pensó Kieslowski reservarse para dirigirlo él, aunque finalmente se encargó de todos y lo que cambió fue el director de fotografía para cada capítulo. Para costear el proyecto, realizó las versiones cinematográficas de los capítulos 5 y 6 que se estrenaron en 1988, consiguiendo premios internacionales. La película No matarás obtuvo el Premio del Jurado y el Premio FIPRESCI del Festival de Cannes de ese año, así como el Premio a la Mejor Película en el Festival de Cine Europeo en su primera edición. Tiene una duración de hora y media pero no tiene diferencias significativas con la versión televisiva: solo se eliminaron  para ésta secuencias de poca relevancia.

Cartel del largometraje


En el conjunto del Decálogo, algunos preceptos se enjuician según el contexto, como ocurre en el capítulo 8: el no mentirás pierde su rigor si se trata de salvar la vida de un niño, por ejemplo. Sin embargo, el no matarás se admite categóricamente. El imperativo deja poco margen al relativismo moral: denuncia tanto el asesinato frío que comete el joven desorientado como el asesinato legal que supone la pena de muerte, tan violento uno como otro. La última ejecución de un condenado a muerte en Polonia se produjo un mes después del estreno del largometraje. El gobierno firmó una moratoria de cinco años para las penas de muerte pendientes. Luego cayó el Muro de Berlín y la pena de muerte se abolió.

Jacek se rebela ante la inminencia de la ejecución

El personaje del abogado, Piotr, transmite el deseo de una ley más justa, como es propio de alguien que se inicia en la profesión de la abogacía, una ley que no se limitara a ejecutar una venganza. Dice: “el castigo es venganza, sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen”. A Piotr se le otorga voz a lo largo del capítulo para que exprese opiniones que sin duda compartía Krzystof Piesiewicz, coguionista del Decálogo de quien parte la idea de su realización y que ejerció como abogado, no mucho tiempo pero sí el suficiente para tener material que tomar de base.

Krzysztof Globisz interpreta a Piotr, el abogado

Todos los capítulos facilitan la empatía con uno u otro personaje o, al menos, plantearse qué hacer en esa situación. Este es en el que la identificación sea seguramente más lejana por la forma negativa en que las dos víctimas son retratadas. El joven asiste impávido a la paliza de un individuo por parte de dos tipos, ahuyenta a las palomas cuando una anciana le pide que las deje tranquilas, tira una piedra a los coches desde lo alto de un puente, empuja a un joven a la suciedad de unos aseos. El taxista no se hace simpático: es desagradable en el trato, lascivo, rehúsa llevar al enfermo protagonista del Decálogo 2. Y, sin embargo, la historia no deja de conmover, ya que el dolor y la culpa son temas universales que están también muy presentes aquí.

Muchas veces los actos violentos en el fondo buscan la autodestrucción. Puede ser el caso de Jacek, que arrastra la carga de la culpa desde que su hermana muriera siendo una niña: una muerte que ha podido ser la que origina todo lo que sucede aquí, ya que la siente como su víctima. La conversación con su abogado revela esto y aporta luz a secuencias previas: la  importancia de la foto que conserva, la emoción ante la canción infantil en la radio, la única sonrisa dirigida a unas niñas que ve a través del cristal, cristal que termina manchando…

Jacek sonríe al ver a las niñas y luego mancha el cristal

En todos los capítulos del Decálogo, aparece un personaje sin nombre que suele aparecer en los créditos como “el joven” que aparece en los momentos clave de cada película (solo no lo vemos en el capítulo 7, porque parece ser que se estropeó la toma, ni en el 10 porque Kieslowski decidió que no casaba con el tono de comedia negra del episodio). Lo incluyó como resultado del consejo del asesor literario del proyecto. En el Decálogo 5 aparece en dos ocasiones, momentos antes de cada asesinato. Interpretado como un ángel o como la conciencia, el director decía que lo interesante era lo que el personaje significaba para cada uno. Para él era un aviso, una señal, alguien que observa nuestra vida y no está muy contento con lo que ve.

El actor Artus Barcis busca la mirada de Jacek
Artus Barcis momentos antes de la ejecución

Si todo el capítulo es amargo, la frase final que repite el abogado defensor deja una sensación desoladora. No sabemos a quién las dirige, pero si Kieslowski buscaba la interpretación del espectador, a mí me parecen las palabras de un hombre, formado en la tradición católica aunque distanciado de posturas eclesiales, que se estremece ante una realidad que le supera y solo le queda increpar a quien le han enseñado que es el Hacedor. Otra opción es que su odio personalice al régimen comunista que aprobaba la pena capital y se dirija a él.

Piotr expresa su rabia

En sus aspectos técnicos, destaca la dirección de fotografía a cargo de Slawomir Idziak. Ya había trabajado con Kieslowski dos veces anteriormente y en esta ocasión le dio libertad absoluta. Es el único capítulo del Decálogo que tiene una ruptura radical respecto a los demás en lo que a estilo visual se refiere y supone un punto de inflexión en cuanto al aspecto cromático del cine posterior del director.

Filtro verde acentuado por la luna del taxi

Usa filtros verdes (alrededor de seiscientos diferentes) así como el efecto máscara, consistente en oscurecer y nublar el contorno del plano. Obviamente esta estética no es gratuita sino que se utiliza con sentido expresivo: los filtros potencian la crudeza y el efecto máscara oprime al personaje. Estos efectos cromáticos se usan durante todo el metraje, ya que los individuos desde el comienzo son ya víctimas de una colectividad en la que no se ve esperanza posible.

Filtro y efecto máscara

Kieslowski quedó muy satisfecho con el trabajo de Idziak, ya que era la forma visual adecuada para expresar su mensaje de soledad, inseguridad y tensión de la sociedad polaca de la época, de modo que contó también con él para La doble vida de Verónica (1991) y Azul (1993).

Esta fotografía novedosa no desdice la sobriedad narrativa que impera en toda la obra del Decálogo. Esta quinta entrega es un ejemplo más de la capacidad de observación de Kieslowski que comenzó ejercitando en el campo del documental y continuó cultivando durante toda su carrera. Reflexionaba sobre la realidad para luego hacernos regalos como este.

Jacek se derrumba al escuchar la canción infantil


sábado, 12 de mayo de 2018

Los estrenos en Sevilla de 11-05-2018


9 películas se estrenan el 11 de mayo de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Tres producciones son estadounidenses, tres francesas, una portuguesa, una alemana y una española. Hemos de agradecer que entre los estrenos de esta semana en Sevilla se haya recuperado la película alemana “Lou Andreas-Salome” (Cordula Kablitz-Post, 2016) que se quedó sin editar en nuestra ciudad hace un par de semanas. No se trata de una buena película, pero lo importante es que haya la posibilidad de verla si el público así lo desea. Por otro lado, seguir lamentando que esta semana se queda sin editar en la cartelera sevillana la película bélica estadounidense “The Wall” (Doug Liman, 2017) y la película española de intriga “Noctem” (Marcos Cabotá, 2017). Tampoco aparece en nuestra cartelera el film español “Media hora (y un epílogo)” (Epigmenio Rodríguez, 2018) ni el documental español “Arizmendiarrieta, el hombre cooperativo” (Gaizka Urresti, 2018). Muchas ausencias en la cartelera de esta semana, a pesar de la avalancha de estrenos. Lo peor es que, a veces, se queda sin estrenar lo mejorcito de la semana. Y vamos con nuestro repaso semanal de lo estrenado en Sevilla.       


La fábrica de nada. (Portugal, 2017). Dir. Pedro Pinho.   
Giraldillo de Oro a la Mejor película en el SEFF 2017 (Festival de Cine Europeo de Sevilla). Premio Fipresci en la sección “Quincena de realizadores” del Festival de Cine de Cannes 2017.
Drama sobre el mundo laboral interpretado por Carla Galvão, Dinis Gomes, Américo Silva y José Smith Vargas.
Un final sin fin. Un apocalipsis sostenible. Un estado de permanente excepción con estudiado retraso del hundimiento colectivo. Con estas durísimas frases se define en “La fábrica de nada”, película del portugués Pedro Pinho, la situación social y laboral de Europa en general y de su país en particular, donde la lucha obrera se da de bruces con las estrategias del poder empresarial, donde la adopción de posiciones de fuerza choca con subterfugios como la “reorganización”. Una obra extrema, de fundamentada radicalidad en el fondo, en las formas y hasta en su duración, tres horas, que emociona desde su absoluta coherencia con sus postulados políticos.
“La fábrica de nada” es una ficción que se desarrolla a través de no pocas esencialidades del cine documental, incluidas las entrevistas a cámara, pero con la valentía de su libérrima actitud, representada incluso por una loca secuencia musical. Pinho, en su cuarta película, dos de ellas documentales puros, aborda así el desmantelamiento de una fábrica de ascensores, con una profunda reflexión acerca de la perdurabilidad de las tradicionales tácticas de lucha obrera, en un siglo XXI que quizá demande nuevos tipos de defensa y de ataque. Y lo hace con una propuesta viva y doliente, de vuelo lírico, rodada en 16 mm, sin alharaca alguna, en la que nunca se busca la expresividad formal ni en la puesta en escena ni en la luz ni en el montaje.
El resultado de todo ello es un trabajo apasionante, de numerosos paralelismos con las históricas “Numax presenta…” (1980) y “Veinte años no es nada” (2005), ambas de Joaquin Jordá, con el que el espectador no tiene más remedio que inmiscuirse personalmente, convertirse en uno de los trabajadores, quizá porque lo sea en esencia, y en una situación en la que deambulará entre las diversas posiciones, individualistas de “toma el dinero y corre”, o de grupo sindical, como uno de los ascensores que ya no se manufacturan en la fábrica de nada en la que se puede convertir Europa. Recomendada.



Maria by Callas.  (Francia, 2017). Dir. Tom Volf.
Película documental que muestra un íntimo retrato de la vida y el trabajo de la cantante de ópera Maria Callas.
El destino es el destino y no tienes escapatoria. Lo dice Maria Callas en una de las entrevistas recuperadas en este documental sobre la soprano griega nacida en Estados Unidos. Ella habría dejado de cantar. Pero su madre y su marido, de quien acabaría separándose, le impidieron dejar los escenarios. Así creció un personaje grandioso pero insatisfecho. Como dice en otros momentos del documental, habría preferido ser madre, cuidar de sus hijos y tener una vida más tranquila.
Callas fue una figura arrebatada pese a su calculada introversión. El filme de Tom Volf muestra todas sus facetas, sus éxitos líricos, su papel en la evolución del bel canto, los enfrentamientos con la prensa, las caídas en desgracia y el regreso triunfal, la relación con Aristóteles Onassis, las enfermedades y depresiones.
El montaje combina entrevistas con la lectura de sus cartas y un atractivo material de archivo, inédito o poco visto, con actuaciones, alguna película doméstica, el rodaje de “Medea” de Pier Paolo Pasolini o unos ensayos operísticos con Luchino Visconti. No pueden faltar fragmentos de “Norma”, “Madame Butterfly”, “Un ballo in maschera”, “Carmen”, “Macbeth”, “La traviata”, “La sonnambula” y “Tosca”, con el público de los teatros, y el que contempla en una sala de cine esta película, rendidos a una voz y presencia únicos.
Callas dominaba la escena en toda su amplitud. La diva en esta puro, cercana y a la vez tan lejana, amable pero precavida. No era tan solo los márgenes de los escenarios de los teatros más importantes del mundo en los que actuó. También los encuentros multitudinarios con la prensa y las entrevistas más directas. Su estudiada gestualidad imponía sin que lo pareciera, como demuestran los planos utilizados de una entrevista en blanco y negro de mediados los años 60: la convicción en ella misma es absoluta incluso cuando habla de sus penas.
Pero Callas no pudo controlar del mismo modo su vida personal, trazada a partir de unas convicciones conservadoras en cuanto a la idea de familia y el concepto de relación de pareja. "Mi aventura con él fue un fracaso, mi amistad fue un éxito", dice sobre Onassis, y hay tanta amargura como agradecimiento en estas palabras.
La cantante también hace suya una frase cantada decenas de veces en “La Traviata”: "De regenerarse en lo que un día cayó, su esperanza es nula". La utiliza cuando comenta el linchamiento mediático del que fue objeto en enero de 1958 por cancelar, a causa de una bronquitis, una actuación en Roma. Callas cantó como nadie pero, como certifica cada escena de este documental, su paso por la vida fue más áspero que agradable. Recomendada.



La mujer que sabía leer. (Francia, 2017). Dir. Marine Francen.
Premio Nuevos Realizadores en el Festival de Cine de San Sebastián 2017.
Drama ambientado en el siglo XIX, interpretado por Geraldine Pailhas, Pauline Burlet, Iliana Zabeth, Alban Lenoir y Françoise Lebrun.
La belleza pictórica de las obras de Camille Corot y Jean-François Millet, los paisajes del primero, las escenas de granjeros y campesinos del segundo, entre lo clásico y lo romántico, ambos contemporáneos del tiempo en el que se desarrolla la película, confluyen con una trama casi distópica, de sociedad alejada de lo convencional, quizá de lo ideal, donde un elemento difícilmente explicable domina un conjunto que abre caminos para la especulación social y la garra crítica. Son elementos en apariencia inconciliables, pero con los que Marine Francen, su directora y coguionista, se mueve con soltura, en una compleja fusión entre delicadeza y vigor, entre armonía y desafío. Es “La mujer que sabía leer”, una película abierta, que aborda el pasado para trascender hasta el presente, e incluso hacia el futuro.
Ese tiempo en el que se ambienta el relato es el imperio de Napoleón III, hacia 1852. Y el elemento perturbador es la ausencia total de hombres en una pequeña y aislada aldea, a causa de la represión gubernamental. Así, la desesperación, el aislamiento y el dolor de las mujeres por sus maridos e hijos provoca un nuevo orden social: un mundo en femenino. “Están en edad de ser mujeres y madres”, dice una de las ancianas respecto de las jóvenes generaciones, que acaban, primero entre risas, luego con absoluta sinceridad, estableciendo un pacto: si aparece un hombre, lo compartirán.
Y, claro, aparece. Con estos mimbres son múltiples las posibilidades de desarrollo de la historia, basada en una novela de Violette Ailhoud, escrita en 1919 a los 84 años de edad, de título original bien distinto al del estreno español de la película, “El hombre semen”, y de corte autobiográfico: ella era una adolescente cuando en verdad su pueblo se quedó sin hombres por las guerras. ¿Qué le ocurre a los cuerpos y a las mentes ante semejante tesitura?
Francen prefiere el sosiego y un cierto onirismo a la desesperación y el combate abierto, lo que en algún momento lleva al pensamiento de que algunos aspectos del relato pueden estar desaprovechados. Sin embargo, con la metáfora de la siembra siempre presente, la directora francesa, debutante tras ser ayudante de dirección de Olivier Assayas y Michael Haneke, aporta reflexión y mesura, y deja abiertos los posibles paralelismos con un presente donde el feminismo en lucha ha llegado para quedarse. Recomendada.



Lou Andreas-Salomé. (Alemania, 2016). Dir. Cordula Kablitz-Post.
Biopic de la escritora rusa Lou Andreas-Salomé (1861-1937), interpretado por Nicole Heesters, Katharina Lorenz, Liv Lisa Fries, Helena Pieske y Matthias Lier.
Entre las dos encarnaciones cinematográficas más completas de la figura de la escritora y psicoanalista Lou Andreas-Salomé median cuarenta años de distancia, con los cambios de sensibilidad y focalización que ello implica. Cuando, en 1977, Liliana Cavani dirige “Más allá del bien y del mal”, título paradigmático de su poética equidistante entre lo culterano y lo sensacionalista, lo que le interesa es la fundación de una nueva moral: el supuesto ménage à trois que unió a Andreas-Salomé con Friedrich Nietzsche y Paul Rée encontraba su correspondencia con un discurso capaz de entreverar ideas filosóficas e imágenes de impacto, empeñadas en pulverizar tabúes de representación. A pesar de sus escenas de cruising decimonónico y danza homoerótica y de la recordada set-piece que, tras mostrar a Andreas-Salomé orinando en un florero, desvelaba todas las tensiones sexuales del trío, la película de Cavani proponía una idea valiosa: entender al personaje como plausible encarnación del superhombre nietzscheano.
La “Lou Andreas-Salomé” de Cordula Kablitz-Post se enmarca en el contemporáneo contexto de la reivindicación militante de figuras femeninas cuya importancia se ha visto relativizada por su proximidad a relevantes personajes masculinos. Aquí, no solo Nietzsche y Rée, sino también Rilke y Freud funcionan solo en tanto que oraciones subordinadas a ese vector de desafío y modernidad que fue la autora de “Friedrich Nietzsche in seinen Werke”. En su primer largometraje de ficción, Kablitz-Post coloca a una madura Andreas-Salomé en el centro de la reconstrucción de su propia vida, mientras el fuego nazi intentaba reducir a cenizas la cultura judía. Con discutibles recursos estilísticos –esas feas postales tridimensionalizadas- y propósito didáctico, la película parece confirmar, no obstante, que Andreas-Salomé sigue condenada a que, antes que en sus ideas, el énfasis se ponga en lo que le sucedía –o lo que decidía- de cintura para abajo. No Recomendada.



Verdad o reto. (USA, 2018). Dir. Jeff Wadlow.
Película de terror que combina elementos sobrenaturales, interpretada por Lucy Hale, Tyler Posey, Violett Beane, Nolan Gerard Funk y Hayden Szeto.
El viejo juego de verdad o atrevimiento nunca fue del todo inocente, pero convertirlo en una película de terror denota cierta ansiedad. «Verdad o reto» llega avalada por los éxitos de la productora Blumhouse –«Déjame salir» y «Múltiple» son las más conocidas–, pero la originalidad de estos títulos se pierde en manos de Jeff Wadlow («Kick-Ass 2») y sus coguionistas. Entre todos saquean el almacén de los tópicos, lleno de recursos contrastados, eso sí, en las numerosas sagas del género. Por ello y por su astuta ambición viral, lo más normal es que los adolescentes se maten por dejarse el dinero en la taquilla.
El esquema tampoco es nuevo, por otro lado. Los jóvenes protagonistas van cayendo, víctimas de una maldición mexicana que habría sido más justo aplicar a algunos políticos: mueren cuando no dicen la verdad o incumplen sus retos. El demoniaco truco final del filme consiste en una especie de filtro fotográfico que dibuja espantosas sonrisas en los rostros de los semidesconocidos actores. Si no ha salido ya al mercado, están tardando en lanzarlo.
Casi todo lo dicho es perdonable, pero la cinta termina de despeñarse por lo irritante de su argumento, coronado por un final del que solo preocupaba que quedara abierto. Lo mejor de «Verdad o reto» es que puede verse con el móvil encendido, a ser posible con el sonido activado. No pierde casi nada. No Recomendada.



Operación: Huracán. (USA, 2018). Dir. Rob Cohen.
Película estadounidense de acción y catástrofes, protagonizada por Toby Kebbell, Maggie Grace, Ryan Kwanten, Ralph Ineson y Ben Cross.
A casi nadie le sonará a estas alturas el nombre de Mikael Salomon, celebrado director de fotografía de origen danés que, tras dos décadas de recorrido en su país natal, desembarcó en Hollywood a mediados de los 80, donde probó suerte como director y donde lleva años abducido por la realización televisiva. En “Hard Rain” (1998), su segundo largometraje, un guión del responsable literario de “Speed. Máxima potencia” (1994) de Jan de Bont –uno de esos blockbusters con toque de distinción- le inspiró un estimulante cruce de géneros a partir de la historia de un robo desarrollado durante el transcurso de una severa inundación: cine de catástrofes, thriller y película de piratas se daban la mano en un afortunado ejercicio que introducía el desparpajo y la capacidad de sorpresa de la mejor serie B en el paisaje de un cine de consumo dominado por lo previsible.
La película de Rob Cohen podría ser la hija bastarda de ese trabajo. La fórmula es extremadamente similar: un grupo de atracadores decide aprovechar el paso de un tifón para hacerse con un cuantioso botín y escapar al amparo del acotado y frágil paréntesis de bonanza que ofrece el ojo del huracán. De nuevo, un híbrido genérico, algo menos imaginativo y seductor que el que dirigió Solomon y que añade al cóctel algún que otro gesto de desarmante ingenuidad: el prólogo dramatiza el trauma fundacional de los personajes principales y se remata con la imagen de una voraz calavera manifestándose sobre la textura del fenómeno meteorológico. Un destello de kitsch emocional que, en realidad, suma y no resta, porque “Operación: huracán” no promete más que la metralla efectista que ofrece, activa su dispositivo narrativo desde el primer minuto y se revela producto a medida para una agitada –y mojadísima- sesión de cine en 4D. No Recomendada.



Mi familia del Norte. (Francia, 2018). Dir. Dany Boon.
Comedia francesa sobre la familia, interpretada por Dany Boon, Line Renaud, Valérie Bonneton, Laurence Arné y Guy Lecluyse.
El estreno en España de “Mi familia del Norte”, nueva apuesta de Dany Boon por el estereotipo cómico regional tras el espectacular éxito de “Bienvenidos al Norte” (2008), viene marcado por un problema de base seguramente irresoluble: más del 80% de los diálogos y de los gags están basados en el modo de hablar de la zona, en el llamado ch’tis, caracterizado, entre otros aspectos, por las grandes semejanzas de sonido en tres de las cinco vocales, por la ausencia del modo subjuntivo, y por la presencia de palabras y expresiones autóctonas, procedentes de un dialecto del picardo, que en el resto de Francia son desconocidas.
¿Cómo se traduce eso en una película para cines españoles? En la versión doblada se ha optado por una mezcla de acentos y vocablos de distintas partes de la geografía española, que, aunque no sean exactos ni comparables, intentan trasladar la (presunta) comicidad, sobre todo en contraposición al acento parisino. Y en la versión original subtitulada, se han escrito los diálogos tal y como suenan, con las palabras con letra “s” escritas como “ch”, y con la grafía calcando el sonido, al modo de ciertos escritores españoles que, en sus novelas u obras de teatro, querían representar con su escritura un determinado acento de sus personajes —lo hay, por ejemplo, en alguna novela de Max Aub de su serie “El laberinto mágico”, y en abundantes piezas de Arniches—, o incluso el de la traducción de algunas prestigiosas novelas de escritores de habla inglesa, que también jugaban con la grafía de los acentos en su versión original, como en el caso de buena parte de “Llámalo sueño”, de Henry Roth.
De modo que, si ya en la literatura la fórmula es de dudosa eficacia, en cine se hace ardua: ¿puede tener gracia una película asentada en este tipo de comicidad para alguien que no sepa francés y deba leer el subtitulado? Difícilmente.
Con independencia del problema para los no francófonos, la película tiene cierta simpatía, un par de buenos giros de guion —el golpe en la cabeza de su engolado protagonista, que reniega de sus orígenes, y que lo hace volver a hablar ch’tis, y el hecho de que una pija parisina quiera aprenderlo por amor—, y una acerada crítica, una más, al arte contemporáneo. Pero, como en lo del idioma, Boon siempre prefiere lo fácil a lo complejo, lo popular a lo sofisticado. Y ahí la secuencia del ultramoderno baño es paradigmática: pudiendo acudir a Jacques Tati, se inclina por la senda de Jean-Marie Poiré y “Los visitantes”. No Recomendada.



Niñato. (España, 2017). Dir. Adrián Orr.
Documental español premiado a Mejor Película en el BAFICI 2017 (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente). Mejor Película en la sección “Las nuevas olas” del SEFF 2017 (Festival de Cine Europeo de Sevilla).  
Adrián Orr ha tenido una nutrida trayectoria de festivales y premios con este largometraje que, según explica, prolonga un corto que hizo hace unos años con los mismos protagonistas. Estamos pues ante un documental de seguimiento, un formato que parece que inventó Linklater con «Boyhood» pero que tiene ilustres precedentes en el cine de no ficción. Es, de hecho, una idea fuerte para el proyecto documental: volver al «lugar de los hechos» para ver como el tiempo y la vida han cambiado dichos hechos cuando la cámara no estaba delante.
El protagonista es amigo directo del director y lo que vemos es su vida cotidiana, que tiene algo de lucha. Preside una familia monoparental criando a tres hijos que le dejan poco tiempo para su antigua vocación de convertirse en rapero; se entiende que no lo tiene fácil y hasta su hijo rapea con más gracia que él. Orr mira de cerca, muy de cerca, la intimidad de la familia, como si temiera que se le fuera a escapar la esencia de esta pequeña crónica familiar. Habrá que esperar a la siguiente entrega de la saga…
La crítica argentina, a raíz de su premio en BAFICI, se dijo de este filme español que era un regalo demasiado grande para un filme pequeño. Una magnífica escena en la que un niño canta en una ducha un rap no salva una película. No Recomendada.



Sherlock Gnomes. (USA, 2018). Dir. John Stevenson.
Película de animación donde los famosos gnomos de jardín Gnomeo y Julieta contratan a un mundialmente conocido detective: Sherlock Gnomes.
La búsqueda a ultranza de nuevos personajes e historias para el muy rentable género de animación ha llevado a una decena de guionistas y argumentistas poco imaginativos a recurrir a esos gnomos de cerámica con los que algunas familias inglesas adornan los jardines de sus hogares y a parodiar las figuras de Sherlock Holmes y el Dr. Watson, reducidos a su mismo tamaño, y de su archienemigo, el profesor Moriarty, para hacer un largometraje farragoso. 
Lo primero que se promete es aventura, misterio e, inevitablemente, lo que al momento se pregunta un espectador adulto es si acaso sabe alguno de los espectadores de muy pocos años a los que se destina la película quiénes son esas figuras, casi podría decirse mitos, de la literatura y del cine de intriga. La referencia a Romeo y Julieta y sus amores dificultosos tampoco ayudan a la eficacia de la parodia y la animación es correcta, como era de esperar en una producción de este tipo, en la que se nota la influencia mal asimilada de obras maestras de la factoría británica Aardman. No Recomendada.