viernes, 22 de septiembre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 22-09-2017




5 películas se estrenan el 22 de septiembre 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Una película es estadounidense, dos británicas, una alemana y una francesa. Ningún estreno español en la cartelera sevillana y se queda sin editar en nuestra ciudad la maravillosa película danesa nominada al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa “A war (Una guerra)” (Tobias Lindholm, 2015), que pudimos ver en nuestra ciudad gracias al SEFF (Festival de Cine Europeo de Sevilla). Nada que recomendar esta semana de gran interés.
 
La reina Victoria y Abdul. (Reino Unido, 2017). Dir. Stephen Frears.  

De un lado, una mujer fastuosamente rica, obscenamente poderosa, naturalmente vieja y evidentemente obesa (además de irascible, perezosa e insoportable). Es decir, una señora adverbial. Y reina. Del otro, un hombre joven, inmigrante y musulmán. Es decir, un tipo adjetival y pobre. Sobre la novela de Shrabani Basu, Stephen Frears recrea un episodio de la historia del imperio británico tan extravagante como poco conocido. En sus últimos días, la reina, de la que Oscar Wilde dijo aquello de que a la vista de cómo trataba a sus prisioneros no se merecía tener ninguno, se encaprichó de un hombre completamente ajeno a su mundo, a su corte, a todo. Victoria, eternamente deprimida tras la muerte de su esposo, encontró en Abdul Karim, descendiente de fabricantes de alfombras indio, a un confidente para sus penas y un aliciente para su curiosidad. Lo hizo traer a Londres, lo colocó a su lado y con él comenzó a aprender urdu.

El director se limita a registrar con el rigor debido el ruido del contraste. Como ya hiciera en “The Queen” o en “Philomena”, las dos referencias claras, el pulso de la película se mantiene en el límite exacto entre la comedia más obvia y el drama más formal; siempre atento a la evidencia, a la efectividad tanto de la carcajada como del llanto. La iniciativa, por supuesto, siempre es de una Dench no tanto perfecta como sencillamente inevitable. La actriz cuyo Oscar se lo debe a otra reina (Isabel I en “Shakespeare in love”) oficia con majestad en unos dominios que sabe suyos. Come, se mueve, rompe a reír, se desespera y llora de la única manera posible que la amiga de Wilde habría osado.
Bien es cierto que, a fuerza de conservadora y consciente de sus virtudes, la cinta acaba por resultar casi enfermizamente esquemática. El guión olvida cualquier tipo de progresión dramática y cae enamorado quizá del divertido contrasentido de ver a la más poderosa del planeta encandilada por el más miserable, con perdón, de sus súbditos. Frears sabe que, hoy por hoy, pocos placeres como el de una reina en pleno lucimiento de sus reales y hasta miserablemente majestuosas funciones reales. Frears se empeña en confeccionar un discurso eminentemente político, comprometido y hasta ligeramente transgresor, desde un material perfectamente popular. Frears quiere ridiculizar a los que se pavonean de sus privilegios para reivindicar así la posibilidad del entendimiento. Y hacerlo con un folletín de digestión fácil, emotiva e instantánea. Fuera los grandes discursos intelectualizados o barnizados de un progresismo estomagante. Ahora, la idea es reconocer el simple poder de lo evidente desde la evidencia y con una película evidentemente obvia. Además de evidente. Frears o la política popular. No Recomendada.
 
Bye bye Germany. (Alemania, 2017). Dir. Sam Garbarski. 
Es un judío alemán que ha sobrevivido al Holocausto y, recién acabada la II Guerra Mundial, sueña con emigrar a Estados Unidos, pero el personaje al que da vida Moritz Bleibtreu con su habitual solvencia podría perfectamente ser el protagonista de cualquier novela picaresca española del Siglo de Oro. Porque su único objetivo es sobrevivir día a día y tirar siempre para adelante, sin mirar atrás. Para ello, se convierte en un artista de la mixtificación; por un lado, monta, con otros judíos, una red de estafas a pequeña escala para aprovecharse del sentimiento de culpa de sus paisanos y, por otro, edulcora los recuerdos de su estancia en el campo de concentración para que la memoria no se convierta en un tormento permanente.
Sin llegar a ser una tragicomedia, sí cabe definir al filme como una comedia amarga, porque, aunque las situaciones humorísticas son mayoría, el trasfondo es demasiado serio como para tomárselo a broma. Y luego está el inesperado final, que demuestra que al ser humano no hay quién lo entienda. No Recomendada.

La historia del amor. (Francia, 201). Dir. Radu Mihaileanu. 
Un largo (y falso) plano secuencia que parte, en blanco y negro, de la empalizada de una granja para culminar, a todo color, en un corazón grabado sobre el tronco de un árbol, mientras, a vista de pájaro, el recorrido ha ido borrando del paisaje las heridas de la Historia, ocupa el prólogo de “La historia del amor”, sexto largometraje de Radu Mihaileanu, que adapta la novela homónima publicada por Nicole Krauss en 2005. Las primeras palabras que escucha el espectador son un “Érase una vez” que, en principio, debería colocarle en el territorio de la fabulación más pura, pero las imágenes están diciendo otra cosa. Y la están diciendo a gritos: ¡Atentos, que entramos en el Olimpo de las Grandes Palabras, del Cine Literario Autoconsciente de su Importancia, Autosatisfecho Consigo Mismo! En suma, el ámbito de ese tipo de afectación irredimible que jamás sucumbirá a la tentación de pedir perdón. Da la impresión de que el cineasta afronta su película con el objetivo de que cada espectador abandone la sala con la sensación de haberse leído las cerca de trescientas páginas que escribió Nicole Krauus: lo que consigue, por el contrario, es que uno salga al exterior tan magullado como si una ciclópea reproducción en mármol de Carrara de un novelón de un millar de páginas se le haya derrumbado encima.
Con una trama que recorre siete décadas de amores contrariados, éxodos, exilios, amistades traicionadas, cruces azarosos y apropiaciones literarias para finalmente desembocar en un momento de trascendencia compartida, “La historia del amor” quiere hablar del poder transformador y redentor de la literatura, asociándolo a la pervivencia de un amor purísimo. Mihaileanu, el director rumano que menos rumano parece, traslada con claro sentido de legibilidad los diversos niveles narrativos de la historia, pero su estilo engola ridículamente la voz. No Recomendada.
 
Kingsman: El círculo de oro. (Reino Unido, 2017). Dir. Matthew Vaughn.  
Si 'Kingsman: Servicio secreto' (2014) se mostraba razonablemente eficaz -y eficazmente entretenida- reiventando los clichés propios de las películas de James Bond, esta continuación no parece saber muy bien qué hacer consigo misma aunque recicle intacto el gusto de su predecesora por la violencia de 'cartoon' y las moralejas reaccionarias -ahora como entonces, las causas progresistas son retratadas como el mal extremo-. 'El círculo de oro', de hecho, funciona como tres secuelas en una, argumentalmente saturada como está por tramas de dominación criminal, nuevas organizaciones de espías y reapariciones de superespías a los que dimos por muertos tras la primera entrega.
La saturación queda subrayada por el hecho de que la mayor parte de su estelar reparto se limita a pasar por ahí. Actores como Channing Tatum, Jeff Bridges y Halle Berry ofrecen poco más que cameos extendidos; mientras tanto, ninguno de los intérpretes principales ofrecen un ápice del carisma que los hizo memorables en primer lugar, en parte porque funcionan al servicio de un argumento que cuanto más metraje dedica a explicarse a sí mismo -y lo hace de forma consistente e incansable-, menos sentido tiene.
Por lo que respecta a las secuencias de acción, asumen la misma forma ahora que entonces, a través de una cámara que se mueve constantemente en busca de la imagen más brutal y que usa los planos de cabezas reventadas como si fueran emojis risueños. La práctica totalidad de esas escenas tratan de rivalizar con la masacre en la iglesia baptista que se convirtió en el punto álgido de la primera película, pero ninguna logra ofrecer niveles similares de energía o de capacidad de impacto.
De hecho, nada en esta película tiene impacto ni peso real. Tomarse a broma una amenaza mundial no es grave; las películas de 007 lo estuvieron haciendo hasta que llegó Daniel Craig. Pero 'El círculo de oro' está demasiado ocupada haciendo gracietas como para molestarse en crear sentido alguno de conflicto. Quizá la mejor ilustración de su actitud general esté en la gratuita inclusión en la trama de Elton John para que escupa obscenidades como una metralleta: tiene gracia un rato, y luego cansa. Más o menos lo mismo puede decirse de la trayectoria seguida por esta saga en solo dos películas. No Recomendada.
 
La LEGO Ninjago película. (USA, 2017). Dir. Charlie Bean, Paul Fisher y Bob Logan. 

'The Lego Ninjago Movie', spin-off de 'La LEGO Película', cuenta la atribulada historia de seis jóvenes ninjas que unen fuerzas para proteger su hogar de los monstruos y villanos que amenazan la ciudad. Estos seis adolescentes también tienen que lidiar con tener una doble vida, ya que por el día tienen que vivir de forma normal y por la noche deberán enfrentarse a los enemigos que intenten poner en jaque a la ciudad de Ninjago. En su reparto original, el trabajo dirigido por Charlie Bean cuenta con nombres como el de Dave Franco, Justin Theroux, Fred Arminsen, Abbi Jacobson, Olivia Munn o Michael Peña. Esta es la tercera película de animación de la saga "LEGO". Sigue siendo divertida, pero la fórmula empieza a flaquear. A veces le cuesta mantener el ritmo. No Recomendada.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 16-09-2017



5 películas se estrenan el 15 de septiembre 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Una película es estadounidense, dos británicas y dos francesas. Ningún estreno español en la cartelera sevillana y se queda sin editar en nuestra ciudad la película mexicana “La región salvaje” (Amat Escalante, 2016), ganadora del premio a Mejor Director en el Festival de Venecia 2016. Veamos que podemos recomendar.
 
Detroit. (USA, 2017). Dir. Kathryn Bigelow.
Es el mes de julio de 1967 en Detroit, Michigan. Pero bien podrían ser los meses de julio y agosto de 1919 en Chicago, Illinois. O mayo de 1980 en Miami, Florida. O el salto entre abril y mayo de 1992 en Los Ángeles, California. O Fergusson, Virginia, casi en cualquier época. O Charlottesville, Virginia, en agosto de 2017. Es decir, no ayer o anteayer, sino ahora, hoy mismo. He ahí el problema social: su contemporaneidad. Y he ahí la mejor virtud de la película: su vigencia, su pertinencia, pese a ser una reconstrucción histórica de unos sucesos de hace 50 años y del juicio posterior. Es “Detroit”, la nueva obra de Kathryn Bigelow, con su habitual intensidad dramática, con la capacidad para inocularte la sangre, el sudor y las lágrimas de una raza a la intemperie. Vivir y morir en EE UU siendo negro. Disturbios raciales, esa compleja categorización.
En las películas de Bigelow siempre te da la sensación de estar allí. Su manejo de la puesta en escena y del montaje, entre el brío y un concertado desconcierto, te coloca en medio de la tragedia. Sus películas se huelen. “Detroit”, como ya lo eran “En tierra hostil” (2008) y “La zona más oscura” (2012), bélicos políticos con la trascendencia de haberse convertido en retratos de la historia americana de los primeros años del siglo XXI, es una película fundamentalmente física que acaba trasladándose al orden mental. Y Mark Boal, habitual guionista de Bigelow, vuelve a demostrar que le bastan unos trazos, apenas unas pinceladas de carácter, para describir el interior de un grupo de seres humanos a la deriva. Y no tanto como retrato de un colectivo, que también, sino con el talento para componer individualidades donde, en principio, solo hay marco temporal y espacial.
“Detroit” tiene tal credibilidad que, a pesar de que la directora, en una extraordinaria labor de montaje, va introduciendo pasajes audiovisuales reales de la época, sus imágenes recreadas nunca contrastan con las de los airados momentos televisivos y documentales. El engranaje es perfecto, ayudado por una serie de magníficas interpretaciones, en las que el subtexto principal del relato queda meridianamente claro sin necesidad de subrayarlo con el texto: el temblor de un grupo humano, el negro, indefenso ante el poder blanco.
Los primeros minutos de metraje, como una suerte de fábula animada tintada de ensayo histórico, político y antropológico, quizá lo más discutible de la película, sobre todo por antiestético, intenta ofrecer luz a las tinieblas. Pero el infierno sigue allí, sin explicación posible. Repitiéndose, pese a las conquistas individuales. Chispas de odio. Explosiones de rabia. Tibieza en las soluciones. Y hasta la próxima. Recomendada.

Jacques. (Francia, 2016). Dir. Jérôme Salle.
En un viejo libro de Jacques Yves Cousteau, el protagonista de “Rushmore” (1998) se encontraba una nota manuscrita en los márgenes: “Cuando un hombre, por cualquier motivo, tiene la oportunidad de llevar una vida extraordinaria, no tiene derecho a guardársela para sí mismo”. Era una frase del célebre oceanógrafo, personaje que tuvo que desempeñar un importante papel en la educación sentimental de Wes Anderson, toda vez que el cineasta volvió a él dedicándole una película entera –The Life Aquatic (2004)-, donde le imaginaba como su padre simbólico: una inmadurez melancólica bajo icónico gorro rojo que había dejado afectos filiales desatendidos en cada puerto.
“Jacques”, el biopic que Jérôme Salle ha consagrado a Cousteau, es como el complemento de no ficción al fantaseo generacional de Anderson: aquí también hay un padre remoto y no uno, sino dos niños perdidos, castigados por el fulgor narcisista del patriarca. Uno de ellos, Philippe, será el predilecto y, al mismo tiempo, el mayor problema de ese descendiente del capitán Nemo al que nunca le gustará demasiado que se las canten claras en cuestiones de afecto familiar y coherencia medioambiental. El otro, Jean-Michel, autor de uno de los dos libros –Mon père le commandant- que sirven de base documental para la película -el otro es Capitaine de La Calypso, de Albert Falco e Yves Paccalet, miembros de la tripulación-, condenado a ser el eterno segundón, el no elegido para prolongar el proyecto paterno. En la superficie de Jacques, una idea disfuncional de la familia mece su crispación sobre el silencio y la belleza inabarcables de ese mundo submarino que Cousteau convirtió en refugio y territorio de su propia automitificación.
La relación entre Jacques y su hijo Philippe proporciona a esta película su conflicto central, mientras no deja de sonar el rumor de la ruina económica sobre el pulso entre utopía y pragmatismo que define la trayectoria de su icono colocado en el cadalso del biopic insidioso. Esa relación paternofilial se revela más llena de matices y contradicciones que la interpretación de un Lambert Wilson que ahoga todo trazo amable o positivo que podría aportar al personaje. La película resume la vida del comandante como el viaje épico desde su propio ombligo a la toma de conciencia (ecológica), mientras una puesta en escena, obcecada con el sentido del espectáculo, le da idéntico énfasis a un correteo infantil por el campo y al encuentro con una imponente ballena. No Recomendada.
 
Camina conmigo. (Reino Unido, 2017). Dir. Marc Francis y Max Pugh.
El maestro zen de origen vietnamita Thich Nhat Hanh contempla divertido a un gato de peluche que se revuelca de risa en el suelo de un Duty Free en una de las imágenes más desconcertantes de este documental rico en hallazgos aparentemente paradójicos. En otro plano de la película, uno de los fieles del monje, situado a sus espaldas en un ritual de meditación, no puede evitar encadenar un par de llamativos bostezos, antes de rascarse nerviosamente su testa, rasurada en su día como promesa de entrega a las virtudes reflexivas del Mindfulness, disciplina de filiación budista orientada a obtener una plena conciencia del momento presente.
Cualquiera podría pensar que esas dos imágenes delatan una aproximación irreverente a ese microcosmos de privaciones contrapunteado con frases como “el sufrimiento es la iluminación”, casi siempre acompañadas de su reverso –“La iluminación es el sufrimiento”-, pero nada más lejos de la realidad. “Camina conmigo”, de Marc J. Francis y Max Pugh, tiene algún que otro rasgo disuasorio –una locución demasiado pomposa de Benedict Cumberbatch, unas imágenes que a ratos se dejan tentar por un esteticismo casi publicitario-, pero lo cierto es que la película proporciona una sintética y esclarecedora vía de acceso a una tradición de pensamiento capaz de entender la existencia como flujo, proceso y cambio frente a todo espejismo de inmutabilidad. El viaje a Estados Unidos de los seguidores del maestro, con sus reencuentros con familiares y viejos conocidos, proporciona al desenlace unos cuantas catarsis emotivas anteponiendo serenidad humanista a sentimentalismo. No Recomendada.
 
Ali & Nino. (Reino Unido, 2016). Dir. Asif Kapadia.
Unas crudas imágenes en vídeo doméstico muestran el remanso de una celebración de cumpleaños en un domicilio proletario de South Gate. Los jóvenes empiezan a entonar suavemente el cumpleaños feliz, hasta que, de pronto, una de las chicas brilla sobre el conjunto, se separa del grupo y desgrana sus versos con una intensidad que permite reconocer en ella a la estrella que será (aunque todavía no su destino trágico). La chica era Amy Winehouse y así arrancaba “Amy” (2015), el brillante documental elaborado a partir del montaje de imágenes ajenas con el que Asif Kapadia prolongó las estrategias que ya sostuvieron el excelente resultado de su previa “Senna” (2010). Ambos trabajos revelaban a Kapadia como autor consciente de la necesidad de aportar nuevos sentidos narrativos y dramáticos a documentos testimoniales del ingente archivo audiovisual a disposición de todo creador con un buen discurso entre manos.
En una secuencia de “Ali & Nino”, su última película de ficción, la cámara pasa de deleitarse con el fastuoso plumaje de un pavo real a encontrarse con una María Valverde leyendo lánguidamente un libro, apoyada en un tronco de árbol en un jardín oriental. No solo el preciosismo y la afectación de la imagen ponen en evidencia que, en esta ocasión, Kapadia se sitúa muy lejos del mundo de Amy: también suponen la constatación de que, si bien el cineasta sabe muy bien lo que hacer con las imágenes que encuentra, no parece tenerlo tan claro con las imágenes que rueda. Ni la misma sensibilidad, ni la misma inteligencia creativa de sus documentales se manifiesta en este melodrama histórico que también marca las distancias con esa opera prima, “El guerrero” (2001), que en su día supo ganarse el aplauso crítico.
Esta epopeya de amor entre príncipe azerbaiyano y princesa georgiana sobre las turbulencias de la guerra acumula tantos tópicos narrativos –pese a contar con todo un Christopher Hampton en su guion- y estilísticos –los subrayados musicales, las enfáticas imágenes ralentizadas- que se diría todo un extraño caso de estudio: el del cineasta que pareció envejecer cincuenta años de una película a la siguiente. No Recomendada.
 
Alibi.com, agencia de engaños. (Francia, 2016). Dir. Philippe Lacheau.
Al tándem formado por Nicolas Benamou y Philippe Lacheau no les debe de provocar demasiada simpatía esa blanda tradición de comedia costumbrista francesa que, en los últimos años, ha encontrado en Danny Boon a su figura totémica. Lo demostraron en su primer trabajo conjunto –Se nos fue de las manos (2014)-, así como en su secuela, y han seguido demostrándolo en sus siguientes trabajos en solitario. Al reciente recuerdo del “A fondo” (2016) de Benamou –un tour de force cómico a 130 kilómetros por hora- se suma este “Alibi.com” en el que Lacheau explicita los ingredientes de una fórmula que se mira en el espejo de la farsa grosera estadounidense de penúltima generación, pero también busca a sus posibles ancestros en la memoria de la comedia local: no parece arbitraria la presencia en el reparto de Didier Bourdon, miembro de la formación de culto Les Inconnus, cuya última incursión cinematográfica –Tres hermanos y una herencia (2014)- fue recibida por la crítica francesa como una extemporánea descarga de grosería.
Comedia de cuernos en torno a una empresa facilitadora de coartadas a infieles, “Alibi.com” caracteriza a sus personajes a través de sus mitomanías de derribo –el cine de Jean-Claude Van Damme, el más azucarado pop francés de los ochenta- y trasplanta a suelo europeo algunas constantes crueles o eméticas del toque Farrelly –violencia bufa sobre mascotas y planos detalle testiculares incluidos-, sin darse cuenta de lo anacrónico de su juego. No obstante, algún gag aislado –esa lámpara mata-mosquitos que aporta épica sonoro/galáctica a un torpe combate con luces fluorescentes-, el frenesí expositivo del conjunto y las distancias marcadas con las corrientes dominantes de la comedia comercial francesa logran que este trabajo, como en su día “Tres hermanos y una herencia”, sea una razonable alternativa para el espectador saturado de Boon (o Clavier). No Recomendada.

jueves, 14 de septiembre de 2017

La música en el Cine de... Manolo Blanco


Programa nº 16 de "La música en el Cine".
Fecha de emisión: 15 de septiembre de 2017. 22,00 horas.
Radiopolis (88.0 FM)

"La música en el Cine" es un programa de Linterna Mágica en Radiopolis

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Visita guiada a la Exposición "Ocaña: La pintura travestida"



La Sala Atín Aya de Sevilla acoge hasta el próximo 1 de octubre la exposición `Ocaña, la pintura travestida´, una muestra antológica organizada por el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla-ICAS y comisariada por Joaquín Recio y José Naranjo Ferrari, que recupera la obra desarrollada en los últimos años de vida del malogrado artista de Cantillana José Pérez Ocaña (1947-1983). 


"Linterna Mágica" ha visitado la exposición de la mano del profesor Juan-Ramón Barbancho, que nos ha guiado por esta muestra, compuesta por obras de varias técnicas (óleos, acuarelas, acrílicos y aguatintas) prestadas para esta ocasión por los familiares del artista de Cantillana. Pertenecen a la última época de Ocaña, entre 1975 y 1983, que está considerada por la crítica en general y por gran parte de su público como lo mejor de su pintura. El dramático suceso que acabó con la vida del pintor en 1983 truncó un momento lleno de vitalidad artística. Esta etapa fue muy prolífica y sus temas populares o religiosos tomaban vida en soportes innovadores como papel de embalar o cartones. Ocaña nunca dejó de crear con imaginación y fantasía. 
En 2017 se conmemoran el 70º aniversario del nacimiento del pintor, y Sevilla fue una ciudad vital para el artista, por lo que una exposición de estas características había sido largamente demandada; ahora se puede disfrutar de la luz y el color de un artista que hoy se reconoce como un revolucionario de nuestra contemporaneidad.

Han hecho falta cuatro años de intensa labor para lograr traer a Ocaña a la actualidad cultural de Andalucía. En “Ocaña, la pintura travestida” los comisarios han seleccionado de la amplia y prolífica obra del artista cantillanero lo mejor de sus distintas épocas pictóricas, ofreciendo por primera vez en Sevilla todos los acrílicos de su obra final, justamente antes de su fatal muerte. La de Sevilla será una de las exposiciones más grandes dedicadas a este artista, y en ella el espectador podrá descubrir los matices de su pintura (incluso de su escultura-se expone una de sus criaturas de papel maché-) además de conocer la personalidad del pintor a través de objetos personales y elementos que describen al personaje que interpretó como mito contracultural: bombín, gafas y apuntes.


En palabras de Joaquín Recio Martínez, "Ocaña exploró diferentes expresiones artísticas, incluyendo las obras performáticas: no se puede entender a Ocaña sin ese volcán creativo que le hacía considerar las exposiciones como lugares habitables. Era un artista pleno y su vida estaba rodeada de su intuitiva mirada de artista”.


Entre las obras expuestas destaca ‘Mi Velatorio’ o ‘Premonición’ (1982), una obra de gran formato nunca vista en la ciudad de Sevilla, recientemente restaurada por la Diputación de Córdoba, en la que Ocaña asiste a su propio velatorio junto a amigos como Alejandro, Nazario o Fernando Roldán. 


viernes, 8 de septiembre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 08-09-2017



5 películas se estrenan el 8 de septiembre 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos películas tienen producción francesa, una estadounidense, una británica y una mexicana. Advertir una vez más la carencia de estrenos españoles y agradecer el reestreno en salas de la interesante película argentina “El otro lado del corazón” (Eliseo Subiela, 1992), basada en un poema de Mario Benedetti. Seguimos recomendando poco, no queremos mojarnos para luego recibir rapapolvos.   
 
It. (USA, 2017). Dir. Andrés Muschietti.
Lo que hace de 'It' una de las novelas esenciales de Stephen King no es tanto que hable de un payaso asesino llamado Pennywise, que también, como que explora a conciencia las ansiedades universales consustanciales a la pubertad. Es lógico, pues, que aquí el director Andy Muschietti no se centre solo en el villano de la cara pintada sino en el tormento que para los niños protagonistas encarnan otros niños, padres abusivos, hormonas desatadas y hermanos fallecidos. Son esos traumas lo que allana el terreno para la llegada de Pennywise, aunque por otra parte Muschietti rechace considerarla una mera representación física de aquellos.
'It' es destacable por varias razones: es una aventura juvenil excitante y conmovedora, que se toma su tiempo dotando a sus personajes de carne y de hueso y que no solo da miedo sino que resulta genuinamente perturbadora, al tiempo que va amplificando la tensión hasta su espectacular final (cuya aparatosidad, es cierto, no casa con la modestia del resto de la película). Muschietti en todo caso mantiene el tono sorprendentemente ligero y travieso, filtrando la depravación alojada en los rincones más oscuros de la película a través de la mentalidad de los chavales que la experimentan, cuyas dinámicas de grupo evocan las de los Goonies o de los héroes de 'Stranger Things'.
Cierto que 'It' carece de la complejidad temática necesaria para unirse a títulos como 'Carrie' y 'El resplandor' en el panteón de las pocas adaptaciones mayúsculas de la obra de King. No es el tipo de película capaz de provocar incontables noches sin dormir (excepto, quizás, para quienes realmente tengan miedo de los payasos). Pero captura con asombrosa precisión la combinación de arrogancia, ternura e inocencia propia de la adolescencia, y conmueve como retrato de un grupo de muchachos dispuestos a hacer cuanto sea necesario para tomar el control de su propio destino. Recomendada (con reservas).
 
El amante doble. (Francia, 2017). Dir. François Ozon.
Segunda película que se estrena en Sevilla (la primera fue la de Sofia Coppola) perteneciente a la sección oficial del Festival de Cannes 2017.
"Se le erizó el cabello y se desplomó exánime del horror que sentía. ¿Y cómo no? El señor Goliadkin había reconocido enteramente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo...". Es el terror ante uno mismo, o quizá el terror de uno mismo. El ruso F. M. Dostoyevski, en su novela de 1846 El doble, fue uno de los primeros autores en acercarse desde una perspectiva plenamente psicológica a la figura de lo que los alemanes llaman doppelgänger, nuestro gemelo fantasmagórico, ahora de moda, siempre presente desde la mitología griega a la literatura de muy diferentes épocas. Y esas dos preposiciones escritas en cursiva, ante y de, son de nuevo la clave en el pen(último) acercamiento a la figura del gemelo malvado: "El amante doble", intriga de François Ozon basada en un relato de Joyce Carol Oates, que abarca no solo un juego de espejos interior sino también una duplicación exterior de múltiples referencias literarias y cinematográficas. Seguramente demasiadas.
En la nueva película del francés, de filmografía tan interesante como desigual, el combate entre el sueño y la razón, entre lo que se muestra y lo que existe, entre lo que vemos y lo que creemos ver, presente en obras como "Swimming pool" (2003) y "En la casa" (2012), resurge con potencia en ciertos aspectos. La carga de erotismo de "El amante doble", el desafío interior de su personaje protagonista, una joven perdida entre la represión y el deseo, y la inquietante belleza exterior de su intérprete, Marine Vacth, llevan a la película hasta lo inapelable. Ozon, cada vez más preocupado por la forma, despliega una imagen visual de tonos pardos, apesadumbrados, sin llegar a la fascinante grisura ocre de Enemy, de Denis Villeneuve, el mejor acercamiento al tema del doble de los últimos tiempos, pero con el estilo de quien arriesga incluso con la duplicación de imágenes en pantalla.
Sin embargo, por mucho que Ozon acepte como principal referencia el perverso universo de Luis Buñuel ―del ojo de "Un perro andaluz" en su primera secuencia, a la sensual duplicidad de "Ese oscuro objeto del deseo"―, hay mucho más de Brian de Palma ―como siempre en este, vía Hitchcock―, de Roman Polanski ―la quimérica vecina de tintes taxidermistas― y, sobre todo, de David Cronenberg, que del maestro aragonés. Hay demasiado de Inseparables y del director canadiense en "El amante doble": de su cine del cuerpo, de sus anomalías en la anatomía, de sus mutaciones morfológicas que desembocan en la mente y el alma. Incluso aspectos de la trama y secuencias calcadas: la pasión por un par de hermanos gemelos, uno de ellos perverso y dominante; la fantasía erótica siamesa; la pelea en el restaurante con copa de vino al rostro del hermano maligno.
Más allá de la validez del giro final, que es casi lo de menos, hay en "El amante doble" una desquiciante ausencia de autenticidad que, sin embargo, no evita que uno se vaya tragando cada secuencia con el regusto de lo inevitable: es nuestro lado perverso, nuestra vil sombra que no puede dejar de ver el juego prestidigitador de una mujer fascinante. Recomendada (con reservas).
 
Churchill. (USA, 2017). Dir. Jonathan Teplitzky.
La silueta de Winston Churchill se recorta imponente sobre el paisaje, como un colosal monumento a la granítica integridad del alma británica. En diversos momentos de esta película, la lente se ajusta para fijar en impecable nitidez las imágenes desenfocadas que han abierto la secuencia. Son dos motivos estilísticos que subrayan que de lo que se trata aquí es de limpiar (la imagen) y erigir (la estatua): un uso del biopic a la medida del Gran Hombre en mayúsculas, convenientemente colocado sobre el pedestal de la posteridad. Un rótulo final remacha que el primer ministro ha sido el británico más célebre de toda la Historia. Ninguna tentación, pues, de hurgar en claroscuros. Estamos muy lejos, también, del método Larraín, consistente en convertir al biografiado en enigma que tiene que ser desvelado mientras se le aplican capas de ambigüedad y se le cuestiona a cada trazo.
"Churchill" captura la esencia del personaje fijando su atención en un momento particular: las dudas del líder frente a los riesgos de la operación militar aliada que culminaría en el desembarco de Normandía. Una elección que sitúa al personaje en el territorio inestable de la crisis personal: Brian Cox lo encarna como un león enjaulado, una fuerza de la naturaleza enfrentada al abismo de su propia caducidad, que, finalmente, reformulará su aparente derrota en el arte del liderazgo asumiendo su condición de símbolo –la secuencia de la conversación entre Churchill y el rey Jorge VI, encarnado por James Purefoy, es el corazón de una película que, de hecho, parece más movida por las turbinas de un mecanismo infalible (el del biopic para masajear el orgullo nacional) que por algo realmente vivo y falible-.
Este trabajo de Jonathan Teplitzky engrosa las filas de ese cine británico de auto-exaltación para la era Brexit que ha tenido en las recientes Su mejor historia y Dunkerque a sus cabezas de pelotón. De hecho, el personaje de esa secretaria que, en el clímax final, se rebela ante Churchill –y, de paso, le inspira- parece salido directamente de la película de Lone Scherfig y sirve a un claro uso propagandístico: los británicos pueden estar tranquilos, porque su Madre Patria no dejará a nadie atrás. Que Miranda Richardson dé vida a Clementine Churchill en clave de madre de un entrañable e irascible bebé grande demuestra que, donde podría haber algo susceptible de ser problematizado, la película prefiere la simpática funcionalidad del arquetipo. Recomendada (con reservas).
 
La escala (The Stopover). (Francia, 2017). Dir. Delphine Coulin y Muriel Coulin.
Premiada al Mejor Guión en Cannes 2017 en la sección “Una cierta mirada”.
“Hemos pasado de los burkas a los tangas”, exclama un soldado francés, tras su misión en Afganistán, al entrar en el complejo hotelero chipriota donde él y el resto de sus compañeros van a sumergirse en unas jornadas de descomprensión, antes de reingresar en la vida civil. Los soldados contemplan desde un mirador a un grupo de turistas en una terraza, bailando a ritmo de machacona rave, en una imagen que sintetiza la abismal distancia entre la banalidad de retaguardia y quien vuelve del frente con muchos números en el interior de su petate para engendrar un síndrome post-traumático. La imagen encontrará una equivalencia hacia el final de la película, cuando una de las protagonistas cruce la mirada con un puñado de inmigrantes detenidos en un furgón. El grupo de ex combatientes que centra la atención de las hermanas Delphine y Muriel Collin en su segundo largometraje, La escala, ocupa un territorio de exclusión que le impide reconocerse en ninguna de esas dos miradas lanzadas, respectivamente, en la introducción y en el desenlace de la película: lo que vuelve del frente no son otra cosa que espectros heridos, tan ajenos al dolor del refugiado como incapaces de sumirse en el hedonismo idiota del turista del Primer Mundo.
En "La escala", las hermanas Coulin parten de la novela escrita por una de ellas, Delphine, para colocar a ese problemático grupo humano entre paréntesis, sumiéndolo en un acotado limbo vacacional que, en realidad, será el espejismo que camufle una terapia de gestión del trauma a través de la reconstrucción virtual. “Esta realidad es patética”, afirma el personaje interpretado por Soko, mientras contraplanos de clientes de hotel comiendo en el restaurante o manejando sus teléfonos móviles ilustran el choque entre las magulladuras morales de la soldado y el vacío alrededor. Soko y la siempre entregadísima Ariane Labed llevan el peso de una película que esquiva todo aspaviento dramático para abordar la naturaleza tóxica de la violencia y la imposibilidad de un regreso a casa –o un regreso al punto de partida- para quienes se han convertido en peones desechables del nuevo desorden mundial. No Recomendada.
 
La vida inmoral de la pareja ideal. (Mexico, 2016). Dir. Manolo Caro.
Esta comedia mexicana nos presenta a dos jóvenes adolescentes: Lucio y Martina, apasionados e inocentes, que se conocen en los primeros cursos del colegio. Desde el primer momento hay en ellos una conexión única que no comparten con nadie más y se prometen mutuamente comerse el mundo y convertirse en lo que siempre han querido ser. Su ingenuidad no les había advertido de que la vida es más complicada, por lo que tras unos conflictos se acabarán separando. Nada los había preparado para que 25 años después, precisamente por las mismas casualidades del destino se reencuentren de una manera inesperada. ¿Cómo reaccionarán? 'La vida inmoral de la pareja ideal' es una peculiar película escrita y dirigida por Manolo Caro, también director de 'Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando' o 'No sé si cortarme las venas o dejármelas largas'. La historia del flashback se vuelve cada vez más tonta y aburrida según avanza la película. Los Martina y Lucio de ahora tienen más chispa, pero el film falla a la hora de mantener la emoción del inicio. No Recomendada.