domingo, 15 de octubre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 12-10-2017



9 películas se estrenan el 12 de octubre de 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Cuatro películas son de producción estadounidense, una británica, una chilena, una francesa, una canadiense y una argentina. Nos queda sin editar en Sevilla la película argentina “Abrir puertas y ventanas” (Milagros Mumenthaler, 2011), la ganadora a Mejor Película en el Festival de Lorcarno 2011. Qué le vamos a hacer, cosas de la exhibición en nuestra ciudad. Vamos a ver cómo queda la cosa.   
 
Una mujer fantástica. (Chile, 2017). Dir. Sebastián Lelio.
El pulso entre el deseo y la ley define la esencia del melodrama contemporáneo, cuyos personajes centrales encuentran en la desobediencia el impulso para desencadenar el conflicto y, así, acceder al gesto heroico. Ya lejos de las claves del melodrama ejemplarizante, al otro lado del conflicto no aguarda necesariamente la tragedia, sino, en ocasiones, la emancipación y la conquista de una identidad. No debe de ser casual que el chileno Sebastián Lelio haya escogido el concepto de desobediencia para titular su primera incursión en el cine de habla inglesa: “Disobedience”, presentada en la última edición del festival de Toronto. Un título que le podía haber sentado tan bien a “Gloria” (2013) –su cuarto largometraje y su gran revelación internacional- como a esta “Una mujer fantástica” que, merecedora del premio al mejor guion en la Berlinale, llega ahora a nuestras pantallas.
En los tres casos, una misma constante: mujeres que desobedecen, que se rebelan contra el determinismo del rol social, los lenguajes impuestos y la tradición. En “Gloria”, Lelio mostraba a su protagonista en soledad, escuchando baladas románticas que esculpían la subjetividad femenina en modo de perpetua espera. Lo que le interesaba era el desajuste entre esos discursos sentimentales y la capacidad de su personaje para conjurarlos: Gloria acababa contando la historia de una mujer que se negaba a acomodarse al constructo social que dessexualiza y niega la gestión del placer a toda mujer (sola) de mediana edad. En “Una mujer fantástica”, Marina –una Daniela Vega que hace más que honor al título- es una transexual que, tras la muerte de su amado, emprenderá una batalla insistente y solitaria contra el entorno familiar de éste para reclamar su derecho al duelo.
Lelio aborda su relato como un problema de lenguaje que se despliega en un doble nivel: por un lado, subraya que, para sus antagonistas y según determina el prejuicio, Marina forma parte del campo semántico de la marginalidad –nadie le hablará de afecto, pero la sospecha de, entre otras cosas, el consumo tóxico no tardará en manifestarse-; por otro, deja que la propia película se transexualice constantemente, oscilando entre el melodrama y el thriller, el realismo y el desvío onírico o la extravagancia musical, las arias y la música disco, Lavoe y Aretha Franklin. “Una mujer fantástica” prolonga con coherencia el discurso de “Gloria”, pero también es una película más imprevisible y desconcertante, aunque, sobre todo, libre y felizmente abrumadora. Recomendada.

La suerte de los Logan. (USA, 2017). Dir. Steven Soderbergh.
Cuatro años después de haber anunciado su retirada del mundo del cine –una decisión poco convincente en un verdadero militante del cine-, Steven Soderbergh ha vuelto con un gesto que le engrandece: lejos de pretender un regreso triunfal por la puerta grande de la obra ambiciosa o el experimento autoral –de ambos extremos hay muestras en su filmografía-, el cineasta ha venido con un seductor e inesperado ejercicio de ligereza bajo el brazo, del que se desprende algo muy poco habitual en el moderno cine espectáculo –una contagiosa felicidad en la ejecución- y en el que se despliegan un no menos inusual amor por los personajes y un sostenido cuidado a la hora de imprimir un deje de vitalidad y originalidad a cada escena. “La suerte de los Logan” es, pues, una magnífica noticia: una película redonda que no va de película importante, casi la respuesta redneck a su “Ocean’s Eleven” (2001), tal y como sugiere uno de los muchos guiños de la película.
Channing Tatum y Adam Driver encarnan a dos hermanos empeñados en burlar una supuesta maldición familiar a través de un insensato plan de robo durante la celebración de una carrera automovilística en Carolina del Norte. El primero tiene una pierna lesionada que ha motivado su súbito despido laboral. El segundo volvió de Irak sin un brazo. “La suerte de los Logan” tiene muy claro que quiere ser una comedia: también tiene claro que la dignidad de sus personajes nunca será pisoteada para obtener una risa. La secuencia de presentación del personaje de Daniel Craig, teñido de rubio platino, recupera la capacidad del mejor cine clásico para fijar una presencia e incendiar de feliz intensidad un momento que otro cineasta menos imaginativo hubiese abordado únicamente en términos de funcionalidad narrativa.
La última de Soderbergh cuenta un robo accidentado con la seguridad en la conducción de un chófer de fugas en un atraco perfecto. La secuencia en la que Adam Driver mezcla un cóctel con un solo brazo para desafiar a unos matones posee la belleza de una irrebatible declaración de principios. Recomendada.

Mal genio. (Francia, 2017). Dir. Michel Hazanavicius.  
Tercera película que se estrena en Sevilla de la sección oficial del Festival de Cannes 2017 (la dos anteriores son “La seducción”, de Coppola; y “El amante doble”, de Ozon).
Es más conocida la personalidad y la capacidad de provocación de Jean-Luc Godard que sus películas en general, y el director Michel Hazanavicius, también sobrado de personalidad y de voluntad provocadora, recoge al personaje para hacer un mixto de biografía y caricatura.
La adoración (como el rechazo) a Godard por parte de sus muchos admiradores lo convierten en una especie de divinidad, con lo que «Mal genio» es considerada una película maldita en esos círculos cinematográficos. Como no estamos dentro de un círculo, hay que admitir que Hazanavicius hace una película muy divertida e irrespetuosa con el santón, puntuando todas las contradicciones artísticas, ideológicas y sentimentales del director suizo, y ofrece sus dos caras: la más frágil física (gafas rotas) e intelectualmente y la más antipática, sectaria y de gran plasta (qué gran escena en la que Bertolucci le llama tonto).
Se basa Hazanavicius en la biografía de la actriz Anne Wiazemsky, su pareja durante «Un año ajetreado», y se ciñe a su época maoísta cuando rodó «La Chinoise» y se puso a convivir con ella. Los elementos que hacen burbujeante la película son una buena recreación de lugares y épocas, una buena reinterpretación del uso y mezcla de elementos visuales y materiales que propician un «paisaje godardiano» (cartelería, aroma documental, signos y formas), un ácido sentido del humor y una interpretación sorprendente de Luis Garrel, que le pone una perfecta vestimenta «gilí» al intocable Godard. Recomendada.

El muñeco de nieve. (Reino Unido, 2017). Dir. Tomas Alfredson.
Basada en el bestseller de Jo Nesbø, tiene mucho suspenso, buenas actuaciones y una resolución no muy satisfactoria. Michael Fassbender interpreta a un detective de la policía de Oslo, alcohólico y con una vida personal complicada, encargado de investigar a un asesino serial que deja como testigo de sus crímenes a muñecos de nieve. Lo acompaña una colega (Rebecca Ferguson) que tiene sus propios temas personales que resolver.
Tomas Alfredson (Criatura de la noche, El topo) es un director talentoso, capaz de construir un clima, ofrecer imágenes impactantes y sostener un suspenso intenso durante todo el film. Sin embargo, al depender tanto de la resolución de los crímenes termina decepcionando su conclusión por no estar a la altura de la complejidad con la que se había construido el misterio. No recomendada.


El castillo de cristal. (USA, 2017). Dir. Destin Cretton.
En “Las vidas de Grace” (2013), Destin Daniel Cretton obtenía dos logros admirables: a) esquivar los peligros del lugar común y la sensiblería, pese a trabajar con materiales potencialmente abrasivos –las experiencias de unos educadores en un centro de acogida- y b) alcanzar una palpable verdad emocional trascendiendo un registro indie mumblecore al límite de lo gastado por el uso. Era una película en la cuerda floja: tanto podía anunciar a un autor empeñado en marcar la diferencia como a un candidato a comandar producciones oscarizables previo pago de un cierto porcentaje de singularidad. “El castillo de cristal”, su nueva película, basada en el libro autobiográfico de la periodista Jeannette Walls, indica que el cineasta ha tomado la segunda opción: un lenguaje visual más aseado, más al gusto académico, se apoya en tres interpretaciones –Larson, Harrelson, Watts- que gritan de tres formas distintas “¡Agárrame esa estatuilla!”.
“El castillo de cristal” entronca con lo que ya casi parece un subgénero plenamente establecido: el ajuste de cuentas íntimo de quienes pertenecen a la generación de los hijos de la Contracultura. El consabido reproche al padre (y a la madre) que se dejó intoxicar por los vientos del cambio (y también por algunos alcoholes y otras formas surtidas de toxicidad) formulado desde la tribuna moral del integrado, del retoño que (pese a todo) ha conseguido superar esa herencia y convertirse en agente productivo del mismo sistema que impugnaba una errante vida familiar. El conflicto de la película puede activar recuerdos algo lejanos (La costa de los mosquitos, 1986) o flamantemente cercanos (Captain Fantastic, 2016), pero su inflexión es mucho más carcamal y redunda en subrayar la ideologización como manía ridícula. El desenlace es un hito en el uso hipócrita y mecánico del final redentor. No recomendada.


Annabelle: Creation. (USA, 2017). Dir. David F. Sandberg.
El modo de estrujar las gallinas de los huevos de oro en cierto cine contemporáneo está llevando a un ensanchamiento del lenguaje pocas veces visto. Los éxitos se convierten pronto en franquicias, y de estas van surgiendo ramas en todas direcciones que, finalmente, hay que acabar explicando con una mezcla de nuevas palabras en español y términos ingleses aún sin traducción exacta. Como aquí: “Annabelle: Creation” es una precuela de “Annabelle” (2014), a su vez spin-off ―película secundaria, derivada de una principal u original― de “Expediente Warren: The Conjuring” (2013), sorprendente éxito de James Wan que, por otro lado, derivó en una secuela, “Expediente Warren: el caso Enfield” (2016), de la que pronto surgirá otro spin-off de la familia original, “The nun” (2018).
De lo que se trata en este complicado árbol genealógico, aparte del dinero, claro, es que entre tantos destilados haya un proyecto con un estilo común que beba del ideario de Wan, productor en todas ellas, y contente a sus seguidores. Y, en ese sentido, “Annabelle: Creation” cumple con las expectativas por un sencillo motivo: ni “Expediente Warren”, la película primigenia que dio sentido a todo, era tan buena como para tener tantos hijos directos e indirectos, ni sus sucesivos desgajamientos han bajado demasiado el listón. El resultado es una película que, como no podía ser de otro modo, huele a ya vista y oída, pero que se las ingenia bien para trasladar a la platea un universo inquietante, al menos en parte.
Como una especie de variante rural del gótico sureño, ambientada en una granja reconvertida en orfanato religioso para niñas y adolescentes, la película sabe crear un espacio físico con cierto poder para el desasosiego ―la belleza sombría de la casa y cada una de las habitaciones―, un espacio humano con posibilidades terroríficas ―un padre ultraconservador, una madre desgajada del fantasma de la ópera, una cría con secuelas de la polio― y un terrible trauma que sobrevuela toda la película, narrado con potencia narrativa en la primera secuencia del relato. No Recomendada.


Canción de Nueva Yoork. (USA, 2017). Dir. Marc Webb.
Los ricos, como les supongo informados, también lloran. Es más, son ellos los que jimplan. El resto aprieta los dientes. Qué remedio. Marc Webb insiste en “Canción de Nueva York” en su empeño de reinventar la comedia románica desde el lado de atrás, desde la masculinidad frágil, desde las dudas, desde el escorzo de las miradas reflejadas en el espejo. Tan intenso. Tan cursi. Y de fondo, una canción de Paul Simon sencillamente memorable: The Only Living Boy in New York. El problema de un director que funda un universo en su ópera prima, “(500) días juntos”, es que todo lo que sigue es cuesta arriba. Da pereza. Ni sus dos versiones de Spider-Man ni “Un don excepcional”, pese a su éxito, daban la talla.
Un joven (Callum Turner) descubre que su elegante padre (Pierce Brosnan) tiene una amante (Kate Beckinsale). Una ocasión única para, atentos, probar el amor en brazos de la mujer madura. De por medio, una suerte de ángel triste vestido con la voz siempre profunda de Jeff Bridges. Entre “El graduado” (el autor de la canción hace que la referencia sea obligada), Manhattan y una nueva entrega del más confundido de los superhéroes, Webb se las arregla para tejer una historia que habla de un universo (la parte alta de Nueva York) tan enfermo de sí mismo como poblado por unos personajes incapaces de ordenar el desmedido tamaño de sus posesiones. Y sus obsesiones. Y así, lo que quiere ser una reflexión sobre el ejercicio de crecer acaba enfangado en un drama sentimental incestuosamente ridículo. En efecto, es una tragedia ser pijo. No Recomendada.
  

Sólo se vive una vez. (Argentina, 2017). Dir. Federico Cueva.
“No es Arma letal”, rezaba el eslogan publicitario de “Tiempo de valientes” (2005), segundo largometraje del argentino Damián Szifron y uno de los muchos ejemplos de una memoria generacional –asociada al blockbuster de acción de los ochenta- que empezaba a manifestarse en forma de farsa/tributo o ajuste de cuentas. “Solo se vive una vez”, con sus citas a Kiss y la rotulación tan enfática como posibilista de sus títulos de crédito, prolonga de manera algo extemporánea esa misma tendencia: su principal problema radica en que su grado de originalidad y su potencial para el retorcimiento cómico están ya anticipados en su mismo título.
Especialista de secuencias de acción y técnico de efectos visuales, Federico Cueva debuta con una comedia de acción que parece llegar diez años tarde y que difícilmente dejará alguna imagen memorable en la cabeza del espectador: si acaso, el plano en que Hugo Silva, en la piel de un asesino rumano, ametralla a unas palomas en el pico más forzadamente incorrecto de la película. Honra a Cuevas que tenga a bien citar “Las locas aventuras de Rabbi Jacob” (1973), de Gérard Oury, como lejano referente de las peripecias de este chantajista que deberá disfrazarse de rabino para huir de un grupo de mafiosos. También acredita cierto bagaje cinéfilo que, en el clímax, evoque el cine de Harold Lloyd, pero, lamentablemente, no es suficiente y “Solo se vive una vez” no logra trascender en ningún momento su condición de funcional carta de presentación ante el gremio de directores. No Recomendada.

Operación Cacahuete 2. Misión: Salvar el parque. (Canadá, 2017). Dir. Cal Brunker.
La película canadiense “Operación cacahuete” demostró hace tres años de qué modo puede ejecutarse el proceso de domesticación de un creativo cortometrajista de animación en su ansiado salto al cine de grandes aspiraciones comerciales. Peter Lepeniotis, que en 2005 había creado el personaje protagonista de su película de debut en el corto “Surly Squirrel”, abrazó la versión en largometraje de su historia original rebajando las expectativas artísticas y narrativas en beneficio de un academicismo tan digno como ramplón.
Así que la llegada de “Operación cacahuete 2” viene acompañada de tres sorpresas. Primera, su mera existencia. Segunda, esta relativa, que Lepeniotis ya no forma parte de un proyecto que había nacido en su mirada propia. Y tercera, que esta segunda entrega es bastante mejor que la primera, al menos en cuanto a dibujo, diseño de personajes, trabajo de los fondos en el encuadre y animación en sí misma. Un apartado formal en el que brilla el exquisito tratamiento de la luz, tanto diurna como nocturna.
Eso sí, en torno al cine de aventuras animal, y con algún guiño de metalenguaje cinematográfico con cierta gracia ―ese impulso entrecortado por adentrarse en el musical disneyano―, la historia en sí misma la hemos visto ya decenas de veces. Con su dicotomía entre la naturaleza y la manufactura, entre el impulso y la vaguería, entre la lucha y el atajo; con su enésimo villano de corte político, un alcalde corrupto con tejemanejes inmobiliarios; con su elogio al ecologismo y la sostenibilidad. No aporta nada nuevo, pero al menos su nuevo director, Cal Brunker, parece moverse mejor que Lepeniotis en los terrenos del convencionalismo comercial de usar y tirar. No Recomendada.

viernes, 13 de octubre de 2017

La música en el Cine de... Marisa Bravo


Programa nº 18 de "La música en el Cine".
13 de octubre de 2017.  Radiopolis (88.0 FM)
http://linternamagicasevilla.blogspot.com.es/p/radiop.html

"La música en el Cine" es un programa de Linterna Mágica en Radiopolis

 

miércoles, 11 de octubre de 2017

El ciclo "Cine sueco actual" de la Filmoteca de Andalucía, llega a CICUS



Con la llegada del otoño el Auditorio de CICUS acoge de nuevo, las tardes de los lunes, la programación de la Filmoteca de Andalucía en Sevilla. Arraca el curso con un ciclo de cine sueco actual. El país escandinavo es uno de los referentes de la cinematografía mundial: cineastas como Sjöström, Bergman o Torel, o actores como Ingrid Bergman, Max von Sydow, Greta Garbo o Ingrid Thulin son nombres claves en la historia mundial del séptimo arte. Los sucesivos gobiernos suecos han invertido en el fomento del cine, entendiéndolo como una de las señas de identidad del país. De esta cinematografía, en las últimas ediciones del Festival de Cine de Sevilla hemos podido ver títulos tan interesantes como "Turist / Fuerza mayor" (Ruben Östlund), Giraldillo de Oro y premio a Mejor Guión en SEFF´2014; "Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia" (2014, Roy Andersson), Mejor Comedia en los European Film Awards 2015; y "Un hombre llamado Ove" (2015, Hannes Holm), Mejor Comedia en los European Film Awards 2016.

El ciclo que ahora nos trae la Filmoteca andaluza, auspiciado por la Embajada de Suecia en España, supone una aproximación diversa en cuanto a géneros y temática, al cine de este país nórdico. Lo integran un total de once títulos (algunos de ellos premiados en festivales como San Sebastían o Tribeca) estrenados en los tres últimos años y que no han tenido distribución comercial en España. Las proyecciones tendrán lugar en la sede principal de la Filmoteca, Sala Val del Omar de Córdoba, así como en las sedes de Almería y Sevilla (CICUS).

La programación prevista para este mes de octubre en Sevilla, la integran los tres siguiente títulos: 

Lunes, 16 de octubre:
DRIFTERS (TJUVHEDER)
Dir: Peter Grönlund (2015. 92 min, V.O.S.E.)


Esta ópera prima de Peter Grönlund sorprendió en la 63ª edición del Zinemaldia. Es la dura historia de Minna, que se gana la vida trapicheando droga, tiene dificultades para pagar el alquiler, por lo que, tras timar a unos delincuentes, huye con el dinero. Se encuentra con Katja, una madre a la que los servicios sociales han retirado la custodia de su hijo. Ambas se trasladan a una residencia ilegal a las afueras de la ciudad, donde un grupo de personas ha decidido unirse y elegir sus propias condiciones de vida. Pero uno de los hombres a los que Minna engañó la anda buscando, lo que acarreará consecuencias impredecibles a todos los habitantes de la residencia.

Lunes, 23 de octubre:
TSATSIKI, DAD AND THE OLIVE WAR (TSATSIKI, FARSAN OCH OLIVKRIGET)
Dir: Lisa James Larsson (2015. 91 min, V.O.S.E.)


Tsatsiki anhela las vacaciones de verano y su viaje a Grecia para a ver a su padre, Yanis. Cuando llega a Agios Ammos, el pueblo ha cambiado. Los hoteles y restaurantes están desiertos. Hay una crisis financiera en Grecia y su querida aldea no es como recordaba. Cuando Yanis le dice que podría tener que vender su hotel y el olivar, Tsatsiki se viene abajo, pero su madre le ha enseñado a no rendirse nunca. Se da cuenta de que le toca a él salvar el hotel y el olivar, de lo contrario su querida casa en Grecia se perderá para siempre. Junto con la salvaje e intrépida Alva, una niña de 12 años llena de humor y valentía, comienza una misión de rescate que convierte sus vacaciones de verano en un viaje lleno de aventura, amistad y amor.

Lunes, 30 de octubre:
A SERIOUS GAME (DEN ALLVARSAMMA LEKEN)
Dir: Pernilla August (2016. 115 min, V.O.S.E.)


Un drama ambientado en Suecia, a principios del siglo XX. Arvid Stjärnblom, un joven periodista, y Lydia Stille, hija de un pintor, se enamoran locamente. Pero su ideal de una pasión pura e incondicional choca con la realidad de la época; sin dinero y con miedo al futuro, con el tiempo se casan con otras personas. Años después, y atrapados en sus matrimonios vacíos se reencuentran.

Todas las proyecciones tendrán lugar a las 20:00 horas, en el Auditorio de CICUS, con entrada libre hasta completar aforo. 



martes, 10 de octubre de 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 06-10-2017



8 películas se estrenan el 6 de octubre de 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Cuatro películas son de producción estadounidense, dos españolas, una francesa y una argentina. La cosa sigue regular para arrojarse a la piscina de las recomendaciones. Vamos con ello.  
 
Blade Runner 2049. (USA, 2017). Dir. Denis Villeneuve.
Es muy pronto para adivinar si 'Blade Runner 2049' alcanzará el estatus que posee 'Blade Runner' (1982) pero, en todo caso, la nueva película no es mera nostalgia ni reciclaje ni cínico mercadeo. Toma las cuestiones planteadas por su precursora acerca de la fina línea que separa lo natural de lo artificial y las lleva a territorios más ambiguos y reflexivos, y en el proceso se erige en una de las películas de ciencia-ficción más profundas y provocativas que se recuerdan. También en una de las más hermosas, una obra capaz de proveernos de una sobrecogedora mezcla de imágenes, sonidos y atmósferas.
No es, pese a lo que los tráilers sugieren, cine de acción, sino un meditabundo misterio 'noir' sobre una persona desaparecida y la crisis existencial que el caso provoca en el agente K (Ryan Gosling), un replicante que poco a poco toma conciencia de su propia humanidad. El director Denis Villeneuve, de hecho, no tiene reparos en recrearse en la lentitud, la quietud y el silencio y, dadas sus casi tres horas de metraje, a la película quizá no le harían falta tantos momentos de circunspección por mucho que, mientras tanto, también construya muchas escenas de tensión irrespirable.
El gran problema acerca de 'Blade Runner 2049', eso sí, es otro: pese a su hondura y su inventiva visual resulta inevitable sentir que la película es en sí misma algo parecido a un replicante, y no solo porque maneja elementos de género que 'Blade Runner' creó y otros títulos han explotado; también, sobre todo, porque debe buena parte de su resonancia a la relación que el espectador tiene con la primera película, y convierte algunas subtramas de aquella en misterios que deben ser resueltos. Pero parte de la magia del original está en lo que faltaba; al mostrarnos solo un rincón de su universo, aquella película echó a volar nuestra imaginación. Nos hizo necesitar verla una y otra vez. 'Blade Runner 2049' hace parte del trabajo por nosotros, y por ello carece del aura misteriosa de su magistral predecesora. Que cada cual decida si eso se echa de menos. Recomendada.

Morir. (España, 2017). Dir. Fernando Franco.  
No hay lugar para la complacencia en el cine de Fernando Franco. Si en “La herida”, su ópera prima, planteaba con soberbio rigor formal y narrativo la existencia dual de una mujer bipolar, en “Morir”, su segunda película, reflexiona sobre la agria posibilidad, particularmente terrible y plausible, de que a la hora de la enfermedad y el fin nos convirtamos en peores personas de lo que fuimos en vida.
Franco nunca miente, ya desde su título. Y tampoco reconforta: acaba su película unos tres minutos después de lo que podría haber sido un plano reparador (las manos) para tanta agonía física, mental y artística; y tras el simbolismo de la ventana y las cortinas, decide seguir unos instantes más con una cotidianidad absurda y maravillosamente desabrida. Como su ausencia de profundidad de campo, cada vez más palpable conforme avanza el relato, figura metafórica de una vida a la que tampoco se le vislumbra un gran fondo. Como su montaje, abrupto, que hace que la película nunca fluya, porque la existencia de su joven pareja protagonista, un hombre con un tumor y su aguerrida mujer, tampoco mana, sino que se entrecorta. Como su banda sonora, copada por la música desde dentro, diegética, con un estilo noise lejos de la melodía de la vida.
Andres Gertrúdix, excelente, y Marian Álvarez, la perfección, en tono, expresión facial y corporal, valiente y vulnerable, pareja también en la vida real (enseñanzas malsanas del maestro Kubrick), componen dos personajes que no lo son. Podemos ser héroes, aunque solo sea por un día, como en la canción de David Bowie, que precisamente suena en la película en una versión que escuece, que eriza, pero ese heroísmo nunca tiene premio. Ni siquiera consolará. Es el coraje de la antiestética, de fregar un suelo con vómito, de poner una lavadora tras cambiar la funda del colchón de la cama, de simplemente estar ahí. En el derrumbe físico de la agonía y en el derrumbe emocional del miedo. Los últimos días siempre llueve. Recomendada (con reservas).
 
El último traje. (Argentina, 2017). Dir. Pablo Solarz.
En este segundo largometraje del guionista Pablo Solarz como director, el protagonista, anciano judío que ha escapado de su inminente ingreso en un geriátrico, es despertado por la propietaria del hotel madrileño en que se aloja, tras haberse quedado dormido y perder el tren que debía llevarle a Polonia. Ella es una estupenda Ángela Molina en la piel de una mujer descreída en lo afectivo, pero enérgica en la gestión de su vida cotidiana. Él es Miguel Ángel Solá, un sesentón dando vida a un octogenario que, por fortuna, no encaja en el común arquetipo ternurista del abuelo a la fuga tan querido por el cine de melaza y golpe bajo. El modo en que el personaje se despierta en esa secuencia, pasando de la confusión a la lucidez, recuperando trabajosamente el control tanto de su cabeza como de las articulaciones de su cuerpo, da la medida del minucioso trabajo del actor a la hora de dar vida a este Abraham Bursztein que recorrerá medio mundo –y atravesará el espacio de un trauma- para cumplir una vieja promesa.
Con la concreción de un viejo cuento judío, “El último traje” narra el desarrollo de un viaje de redención personal cuando todo toca a retirada. Los actores, con Solá y Molina a la cabeza, son la gran fortaleza de una película que no esquiva todo tópico, ni parece ambicionar mucho más que una parca corrección, pero logra trazos de originalidad en su descripción de la comunidad judía argentina como subterráneo universo paralelo. Recomendada (con reservas).

El jardín de Jeannette. (Francia, 2016). Dir. Stéphane Brizé.
¿Qué supone crecer, hacerse mayor, abandonar la protección de la infancia? El luto tarda más o menos, pero siempre llega. Doloroso, implacable, arrinconándote contra la evidencia de que la vida es injusta y el mundo, hostil. Ante eso, existen dos opciones: la dureza para seguir peleando o seguir siendo un niño. La protagonista de “El jardín de Jeannette” escoge lo segundo, amparada por la sobreprotección de unos padres aristócratas que quieren demasiado a su hija única como para hacerla encarar ciertos disgustos.
La aniñada Judith Chemla es la actriz ideal para encapsular los más de 20 años de vida de esta mujer imaginada por Guy de Maupassant. Un verdadero golpe sobre la mesa de la literatura decimonónica sobre mujeres aburridas y adúlteras. Jeanne no es Madame Bovary ni tampoco la señora Karenina. Ella se enamora realmente de su futuro marido y es feliz en la acolchada vida que construyen juntos, cerca de papá y mamá –tierna Yolande Moreau– pero lejos del mundo adulto de verdad. Es él –inquietante Swann Arlaud– quien la engaña a ella, propiciando una toma de conciencia que nunca llega. Una trama encorsetada en el siglo XIX pero que sería fácilmente transportable al nuestro.
Stéphane Brizé es consciente de ello pero, tras sus terrenal “La ley del mercado”, parece no querer renunciar a la abstracción que supone ambientar la historia durante los años en los que escribió Maupassant. Es doble la constricción temporal, pues la película recorre la biografía de Jeanne construyendo su propio tiempo, fragmentos de vida en apariencia irrelevantes, tan cotidianos como una tarde en el parque, naturalistas, iluminados con luz natural y una puesta en escena pendiente de los detalles. Así arma Brizé este collage impresionista tan bello por fuera como amargo por dentro. Recomendada (con reservas).

La montaña entre nosotros. (USA, 2017). Dir. Hany Abu-Assad.
La épica del llamado Milagro de los Andes resulta insuperable. Sobre todo para el cine, que ya se acercó al suceso en 1993 con la muy digna “¡Viven!”, pero en cuyas imágenes apenas si se rozaba la magnitud de la odisea real. A pesar de ello, la traslación a la pantalla del accidente de avión del equipo uruguayo de rugby que se estrelló contra un risco andino en octubre de 1972, y del que sobrevivieron 16 personas, encontradas 72 días después, tenía dos componentes indiscutibles para la emoción: uno interno, las condiciones de canibalismo que les habían permitido seguir con vida; y otro externo, que se trataba de un hecho auténtico.
Ante tal antecedente, adentrarse en una película en la que dos personas que se han conocido apenas un rato antes viven una tragedia aérea semejante a bordo de una avioneta, pero en la que el interés, y el subtexto principal, residen en si en tales condiciones de soledad puede surgir el amor verdadero, parece un suicidio artístico y emocional.
Basada en una novela de corte romántico, publicada por Charles Martin en 2011, “La montaña entre nosotros” presenta además a dos personajes que, a pesar de su formación, un neurocirujano y una fotógrafa de prensa especializada en conflictos internacionales, siempre tienen una rara habilidad para tomar las decisiones más incomprensibles y equivocadas en vías a su posible rescate, lo que apenas ayuda a la empatía del espectador.
Qué se la ha perdido en este pastel al palestino Hany Abu-Assad, hasta ahora autor de interesantes películas sobre el conflicto político de su tierra ―las magníficas “Paradise now” (2005) y “Omar” (2013), y la fallida “Idol” (2015)―, es otro de los misterios de un relato que nunca te traslada la desesperación vital y las ansias de supervivencia, y todavía menos el prurito romántico del amor desbocado en condiciones extremas. No Recomendada.

Toc, Toc. (España, 2017). Dir. Vicente Villanueva.
Estrenada el 13 de diciembre de 2005 en el teatro del Palais Royal en París, “Toc, Toc”, segunda obra teatral del cómico polifacético Laurent Baffie, vivió una intensa historia de amor con el público español a partir del montaje en lengua castellana que presentó Esteve Ferrer en 2009. Con seis personajes con diferentes variedades de trastornos obsesivo compulsivos esperando a su Godot (en este caso, terapeuta) particular en una sala de espera, “Toc, Toc” jugaba a la comedia de la disfuncionalidad desde la barrera, con la misma condescendencia en la mirada que, por ejemplo, una serie como “The Bing Bang Theory” aplica sobre lo friqui: el resultado acababa estando demasiado cerca de un sketch alargado –un sketch de Primero de sketches, para entendernos- y confiaba su eficacia en el arrojo y la entrega de sus repartos para lidiar con un material un tanto abrasivo.
La versión cinematográfica de Vicente Villanueva es fiel reflejo de las debilidades de ese material de partida: sería razonable que cualquier espectador desease escapar cuanto antes de esa sala de espera, de no estar ahí, por ejemplo, una Alexandra Jiménez refinando cada vez más su lenguaje corporal o un Paco León que no necesita forzar el tono para colocar a su personaje a medio camino de lo irritante y lo entrañable. Otros actores no tienen más suerte: el slapstick de Adrián Lastra, con algo del toque acrobático de un joven Jerry Lewis, hubiese requerido que el director fuera mejor cómplice de sus códigos.
Con todo, lo más doloroso de “Toc, Toc” es seguir comprobando cómo un director con una obra en cortos tan personal como la de Vicente Villanueva sigue sin encontrar su lugar –y su tono- en el largometraje. Una lástima, toda vez que el toque Villanueva revelaba un alto y firme potencial de conexión popular. No Recomendada.
 
Tu mejor amigo. (USA, 2017). Dir. Lasse Hallström.
La distancia que separa “Mi vida como un perro” y “Tu mejor amigo” es la que hay entre una carrera cinematográfica incipiente con todo por decir y la de un director acabado sin nada que contar. Y es una tristeza, pero la cuesta abajo profesional de Lasse Hallström no parece tener fin.
El director sueco, que con “Mi vida como un perro” (1985), su sexta película, la episódica y agridulce odisea vital de un travieso niño sin padre y con una madre enferma, y su peregrinación por hogares de acogida, el fin de la inocencia y el despertar del placer, llegó a obtener dos candidaturas a los Oscar ―mejor dirección y mejor guion adaptado―, ganándose así el pasaporte para exportar su tono melodramático, entre lo social, lo dulce y lo terrible, a muy buenos proyectos del Hollywood de los noventa, ha acabado, ya septuagenario, haciendo un lacrimógeno engendro familiar sobre la reencarnación de los perros que convierte a la remilgada “Siempre a tu lado (Hachiko)”, de 2009 y también con coprotagonista canino, en una película con cierta trascendencia.
También episódica y agridulce, como aquella película que le llevó a poder hacer excelentes obras de artesano de encargo en EE UU ― ”Querido intruso”, “¿A quién ama Gilbert Grape?” y “Las normas de la casa de la sidra”―, “Tu mejor amigo”, basada en un best-seller de W. Bruce Cameron, es una loa al amor a las mascotas más allá de la vida.
Y de la razón. Porque entre padres borrachos, lesiones deportivas de por vida y romances que atraviesan el espacio y el tiempo, hay que aguantar un cierto toque “101 dálmatas” para adultos, que en realidad lo que esconde es un “Mira quién habla” con perros. Hallström, que ya venía de dos melifluas adaptaciones del novelista rosa Nicholas Sparks ― ”Querido John” y “Un lugar donde refugiarse”―, ha tocado fondo. No Recomendada.

La cabaña. (USA, 2017) . Dir. Stuart Hazeldine.
Hijo de misioneros criado en Nueva Guinea, el canadiense William P. Young escribió “La cabaña” con el modesto horizonte de expectativas de ofrecérselo a tan solo quince lectores: sus seis hijos y un reducido círculo de amigos. Entre estos hubo quien le alentó para que se replantease el alcance del libro: sucesivos rechazos editoriales culminaron en una autoedición de largo alcance. Y se pasó de la anécdota al fenómeno editorial: “La cabaña” se convirtió en imbatible best-seller para creyentes y, también, en objeto de polémica entre los integristas cristianos que lo tildaron de herético por, entre otras cosas, su universalismo –todos serán salvados- y su pintoresca manera de lidiar con el misterio de la Santísima Trinidad.
“La cabaña”, adaptación cinematográfica aprobada por el autor, permite intuir por dónde van los tiros para quienes no se han leído el libro: con su look de lacrimógeno telefilme de sobremesa sobrealimentado con kitsch digital, variante new age, y golpes de efecto en el reparto –¡Octavia Spencer es Dios! (y no es una metáfora; ni, probablemente, una valoración crítica del papel)-, la película de Stuart Hazeldine –director que ya había imaginado lo que le pasaría a Jesucristo en un instituto británico en su corto “Christian” (2004)- cuenta la historia de un tipo que, tras haber matado en la infancia a su padre alcohólico y maltratador con un poco de estricnina, pierde a su hija pequeña a manos de un psicópata y, en plena demolición espiritual, es convocado por el Altísimo para una cita personal en una cabaña. Allí, la Madre, el Hijo –un israelí con camisa de leñador- y el Espíritu Santo –una japonesa- le impartirán un cursillo acelerado en torno al perdón de efectos, inevitablemente, transformadores. 
Por grotesca que pueda parecer la sinopsis no hay que desestimar su potencial para inspirar una película de controvertida espiritualidad, pero la incapacidad para convocar el vértigo de lo inefable a través de imágenes y palabras es manifiesta: quizá novela y película sean heréticas, pero parece que estemos ante un perfecto síntoma de esa espiritualidad de supermercado que ya cuenta con nutrida oferta en el mercado editorial. No Recomendada.