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jueves, 1 de febrero de 2024

La tierra prometida (Nicolaj Arcel, 2023)

 


Tras su paso en 2023 por los principales festivales como Venecia, San Sebastián y Sevilla, llega a nuestras carteleras “La Tierra Prometida” un relato épico dirigido por el danés Nicolaj Arcel y protagonizada por el también danés Mads Mikkelsen, que ya trabajaron juntos en 2012 en otra producción de época, que muchos recordarán: “Un asunto real” que se desarrollaba en la corte del rey danés Christian VII.


Mads Mikkelsen y Nicolaj Arcel durante el rodaje

“La tierra prometida” también se desarrolla en la Dinamarca del siglo XVIII, y está basada en hechos reales. Es la historia de un veterano capitán del ejército, Ludvin Kahlen (interpretado por Mads Mikkelsen) que emprende, prácticamente en solitario, la dura misión de colonizar los despoblados páramos daneses de la península de Jutlandia, con el objetivo de establecer un núcleo de población permanente, para mayor gloria del rey y, a cambio, recibir un título nobiliario y experimentar el ansiado ascenso y reconocimiento social que este nombramiento conllevaría. La tarea no es fácil, el terreno es inhóspito y las condiciones climáticas no son las más adecuadas ni para el ganado, ni para el cultivo de unas tierras secularmente despobladas y baldías. No obstante, Kahlen es un hombre tozudo y tenaz que empeñará su vida en esta épica conquista de un nuevo territorio, un relato que comparte muchos de los ingredientes del western clásico: un héroe solitario y errante que se rebela ante la injusticia en un territorio agreste y "sin civilizar".




Nuestro capitán, por un lado, tendrán que enfrentarse al poderoso señor local, el tirano Frederik de Schinkel, un personaje violento y despiadado que será el gran antagonista de esta historia. Por otro lado, luchará contra la fuerza de la naturaleza, el frío y las plagas junto a la falta de mano de obra y los constantes boicots sufridos, que podrán en peligro la ejecución de su proyecto. De su lado tendrá a algunas personas: sus criados, el matrimonio formado por Johannes y Ann Barbara, antes empleados en la mansión de Schinkel, y la niña Anmai Mus, que aporta las dosis necesarias de humor y ternura en esta historia. 


Kahlen y De Schinkel

La interpretación de Mads Mikkelsen es una de las mejores bazas con las que cuenta esta cinta de algo más de dos horas de duración. Como cabía esperar, el galardonado actor por “La caza” u “Otra ronda” ejecuta aquí con habilidad el papel del capitán Kahlen con todas sus aristas, militar ambicioso, soldado feroz, hombre desarraigado, rudo y metódico, pero potencial amante y padre a la postre.

Entre los aspectos técnicos de este filme hay que destacar el diseño de producción, el vestuario y, sobre todo, la dirección de fotografía capaz de mostrar el territorio del páramo a lo largo del día y de las distintas estaciones del año. Precisamente actor, diseño de vestuario y fotografía han sido reconocidos justamente en los premios del Cine Europeo EFA 2023. 




"La tierra prometida", la propuesta danesa para el Óscar como mejor película internacional, se estrena en nuestra ciudad mañana, viernes 2 de febrero, os dejo aquí el trailer.







viernes, 26 de enero de 2024

Pobres criaturas (Yorgos Lanthimos, 2023)


 

Llega a las pantallas de nuestro país una de las películas más esperadas de 2023, 'Pobres criaturas' del griego Yorgos Lanthimos (1973). Ambiciosa, arriesgada, asombrosa, extraordinaria, generosa, creativa, radical, inteligente, divertida, delirante o deslumbrante son solo algunos de los adjetivos que han utilizado los críticos para definir esta película.

‘Pobres criaturas’ es la increíble y fantástica historia de Bella Baxter, una joven victoriana, a la que da vida Emma Stone, que tras su suicidio es devuelta a la vida por un extraño y genial médico, el doctor Godwin Baxter, encarnado por Willem Dafoe, que, mediante prácticas poco ortodoxas, le implanta el cerebro de un bebé. La renacida Bella es una mujer completamente libre: posee el cuerpo de una adulta pero la inocencia de un bebé, y como tal se mostrará ávida de conocimientos y de experiencias. Su anhelo por vivir experiencias mundanas la lleva a escaparse junto a Duncan Wedderburn, un abogado astuto y libertino, interpretado por Mark Ruffalo, y vivirán aventuras vertiginosas a través varios continentes. Libre de los prejuicios de su época, Bella se mantiene firme en su propósito de defender la igualdad y la liberación, sin vergüenza ni de pudor.

 

Ruffalo, Stone y Dafoe

 

El responsable de películas como ‘Canino’, 'Alps', ‘Langosta’, ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ o ‘La favorita’, tan hábil en su forma de analizar la realidad, especialmente en el los momentos en que la realidad parece dejar de ser real, se adentra ahora en el mundo de lo fantástico, en una historia victoriana, con regustos de cuento gótico que supone un giro posmoderno y deslenguado del mito de Frankenstein, en el que el protagonismo lo tiene, en este caso, una mujer. El guion es la adaptación de la novela homónima ‘Poor Things’ publicada en 1992 por el escritor escocés Alasdair Gray (1934-2019), que fue editada en España por Anagrama en 1996 con el título ¡Pobres criaturas!.

 


La película se mantiene fiel al libro, desplegando una contundente, satírica y grotesca crítica al modo en que las sociedades modernas oprimen al individuo, en particular a la mujer y su sexualidad. Ambientada en Glasgow y en el Mediterráneo, en que se narran la vida de dos médicos y su relación con una deslumbrante mujer creada -al menos, en parte- por uno de ellos, mediante un experimento científico similar al realizado por el doctor Víctor Frankenstein en la novela de Mary Shelley. 

 Al recibir el León de Oro en Venecia Lanthimos tuvo palabras de agradecimiento para el autor de la novela, y para la actriz Emma Stone, que ha colaborado en la producción de este trabajo, afirmando que “esta película no existiría sin lo que Emma aportó delante y detrás de la cámara”. La colaboración entre Stone y Lanthimos arrancó en ‘La Favorita’ (2018), continuó con el cortometraje mudo ‘Bleat’ (2022), y con estas ‘Pobres criaturas’, teniendo previsto para el presente año 2024 el estreno de otro largometraje titulado ‘Kind of Kindness’.

 


Emma Stone, protagonista indiscutible

 


Este filme viene avalado por el León de Oro en Venecia, sendos Globo de Oro como Mejor película (comedia o musical) y Mejor actriz principal para Emma Stone (por la que muchos consideran la mejor interpretación de su carrera), once nominaciones a los premiso Oscar y otras once para los BAFTA.





domingo, 21 de enero de 2024

Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955)


La extraordinaria película sobre la fe de Carl Theodor Dreyer

Comentario de Joaquín Carlos Martín Muñoz



Para el espectador ordinario, y me incluyo a mi mismo, Ordet es una película en la que es difícil entrar. Pero una vez que estás dentro, es imposible escapar” (Roger Ebert, rogerebert.com).

Un trabajo extraño, maravilloso e impactante. Una vez vista, probablemente no te abandonará” (Dave Calhoun, Time Out).


Breves apuntes sobre el director Carl Th. Dreyer (Dinamarca 1889-1968)

Nació como hijo ilegítimo en Copenhague, siendo abandonado por su madre, que regresó a Suecia, quedando en un orfanato, aunque pronto, en 1891, fue acogido por la familia Dreyer. Recibió el nombre de su padre de adopción, Carl Theodor Dreyer. Sus padres adoptivos eran rígidos luteranos, por lo que es muy probable que esta educación influyera posteriormente en la temática y realización de sus filmes.

Dreyer trabajó muy joven como periodista, y comenzó a escribir los intertítulos de películas, y posteriormente también redactó guiones cinematográficos. Sus inicios como director de cine, en 1918, tuvieron un éxito limitado.

La primera película con la que destacó fue Du skal ære din hustru (El amo de la casa, 1925). El éxito de esta película no lo fue solo en su país danés, sino también en Francia. Debido a ello la Société Genérale des Films francesa le encargó la realización de un largometraje sobre alguna heroína nacional: Juana de Arco, Catalina de Médicis o María Antonieta; por sorteo, salió la primera.

Rodó en Francia una de sus más renombradas películas: La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d'Arc) estrenada en 1928. Fue coguionista de este film, basándose en las transcripciones del verdadero juicio a esta heroína. La película tenía notables influencias del expresionismo cinematofráfico. No en balde el responsable de los decorados fue el berlinés Hermann Warm, autor también de los decorados de una de las películas culmen del expresionismo: El gabinete del doctor Caligari (1919).

Fotograma de La pasión de Juana de Arco


Su siguiente película, rodada por completo en decorados naturales, fue sobre una bruja vampiro: (Vampyr – Der Traum des Allan Grey, 1932). Vampyr contiene algunos planos inolvidables, como la secuencia del enterramiento mostrada con la mirada del “muerto”, en una excepcional cámara subjetiva, que logra sobrecogernos. La película era originariamente muda, pero posteriormente se le añadieron diálogos hablados. Sin embargo fue un fracaso económico y durante diez años Dreyer no rodó más que documentales. En 1943 dirige Dies irae (Día de ira), una crítica a las creencias en la brujería y a la terrible represión en las “famosas” hogueras. En esta película Dreyer ya muestra la técnica que desarrollaría en el resto de sus filmes: planos con sumo cuidado en todos los detalles, fotografía en blanco y negro y tomas muy largas, siendo frecuentes los planos-secuencia.
En la década de los 50 Dreyer rodó una sola película, en 1955: Ordet (La palabra), basada en la obra de teatro homónima de Kaj Munk. En ella combina una fervorosa historia de amor en el medio campesino con un examen acerca de la fe. Esta película le valió el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia en 1955.
Su vida profesional ganó posteriormente estabilidad, al encargarle la dirección del cine en su país, aunque siguió con el desarrollo de proyectos propios.
La última obra de Dreyer fue Gertrud (1965). Aunque distinta a sus anteriores filmes, es una especie de testamento artístico del autor, queriendo destacar Dreyer la potente fuerza del amor.


Ficha técnica de la película Ordet

Director: Carl Theodor Dreyer. Título Original: Ordet (La palabra en castellano). Año: 1955. País: Dinamarca. Productora: Palladium Films. Duración: 25 min. Formato: BN. Guión: Carl Theodor Dreyer (basado en la homónima obra teatral de Kaj Munk). Fotografía: Henning Bendsten. Música: Paul Schierbeck. Reparto: Henrik Malberg, Emil Hass Christensen, Preben Lerdorff Rye, Cay Kristiansen, Brigitte Federspiel, Ann Elizabeth, Ejner Federspiel, Sylvia Eckhausen. Fecha estreno: 10/01/1955.


Sinopsis

El argumento muestra a la familia Borgen, en la Dinamarca rural de la década de 1920, en el área de Jutlandia. El devoto viudo Morten es el patriarca de la familia, y es también un prominente miembro de la comunidad. Morten tiene tres hijos: Mikkel, el mayor, está casado con Inger y esperan el nacimiento de su tercer hijo. Johannes, quien perdió la cordura al estudiar la obra de Søren Kierkegaard (según afirma su propio hermano Mikkel), delira, cree ser Cristo y condena la falta de fe que observa en su época, incluyendo a su familia. El hijo más joven, Anders, está enamorado de la hija del sastre Peter, que es a su vez el líder de una comunidad religiosa de reglas sumamente estrictas y severas, que colisionan con la idea religiosa más abierta y tolerante de Morten.

Anders les confiesa a Mikkel e Inger su amor por Anne, la hija del sastre Peter. Inger hace de mediadora con Morten, para convencerle de que acepte esta unión y permita el matrimonio. Morten se niega, pero cambia de parecer cuando descubre que el mismo Peter ha rechazado a su hijo Anders como futuro yerno. Morten discute con Peter para que permita el compromiso, a cambio Peter intenta adoctrinar en su fe a Morten. Mientras la discusión se encarniza, Morten recibe una llamada anunciando que Inger ha entrado en parto y su vida está en riesgo. Peter argumenta que las complicaciones médicas son un castigo de Dios hacia la familia Borgen por no cambiar de religión. Anders y Morten vuelven a su hogar mientras el doctor aborta el parto y con esto logra salvar la vida de Inger. Una vez que el doctor se ha marchado, Johannes con su delirio hace enojar a su padre al decirle que la muerte se acerca y se llevará a Inger. Morten se resiste a escuchar, pero tal como dijo Johannes, Inger muere esa misma noche. Comienzan los preparativos para el funeral de Inger y Peter se arrepiente de haber deseado la muerte de Inger y ofrece aceptar el matrimonio de su hija como gesto de reconciliación. Johannes interrumpe el velatorio y proclama que Inger puede resucitar si la familia lo pide a Dios. La hija de Inger toma la mano de Johannes y le pide impaciente que resucite a su madre.


Una cuestión previa: ¿película original o remake?

¿Podría ser Ordet, una de las más reverenciadas obras maestras de la historia del cine, un remake? Esta es una interesante cuestión, que no puede ser ajena a los cinéfilos. Existen dos películas Ordet, que están basadas en la obra teatral homónima de Kaj Munk, escrita en 1925 y estrenada a principio de los 30, que Dreyer vio y admiró, apuntándose la idea de adaptarla a la pantalla. Kaj Munk fue un escritor y religioso danés que, a pesar de haber mantenidos opiniones filofascistas revueltas con su rigorismo teológico a finales de los 30, se mostró en contra de la ocupación alemana de Dinamarca, razón por la que fue detenido por la Gestapo y asesinado en 1944. Su cuerpo por cierto se encontró en una cuneta y allí se plantó una cruz que aparece en dos ocasiones en Ordet de Dreyer, rodada en la misma localidad donde Munk ejercía su ministerio. En 1943, estando él aún vivo pero sin que posiblemente pudiera verla, porque no se estrenó en Dinamarca hasta después de su muerte, la Svensk Filmindustri produjo el primer Ordet, dirigido por Gustav Molander. Que el trabajo de Dreyer no es un remake de el de Molander se aprecia claramente, pues los críticos confirman que son totalmente distintas, tanto en su concepción fílmica como en su planteamiento intelectual. Sin embargo, curiosamente Dreyer sí es posible que viera el primer Ordet en Suecia, pues precisamente en ese momento estaba allí huyendo de la ocupación nazi y allí dirigió, para poder comer, una película de la que él mismo renegaría posteriormente por su mediocridad: Dos personas (Två människor, 1945).

En conclusión, de forma unánime los críticos cinematográficos asumen que el Ordet de Dreyer es único y auténtico, pues precisamente el hecho de que su autor pudiera tener presente la primera versión para cine puede ser esgrimido como la prueba definitiva de que no quiso rehacerla, sino construir otra cosa distinta, ese monumento a la luz y a la carne que nada tiene que ver con la, para la crítica interesante pero más convencional, propuesta de Gustav Molander.


La singular estructura fílmica de Ordet y su lenguaje cinematográfico

La película se compone de 114 planos, de los cuales 55 son planos secuencia, una técnica que requiere del constante movimiento de la cámara y de la circulación fluida de los personajes. La estructura de Ordet la podemos dividir en cuatro Unidades Secuenciales. Cada una de estas Unidades se compone de varias escenas. En la primera podemos ver la presentación de la familia Morten, la locura de uno de sus hijos y la oposición al noviazgo entre Anders y Ann. En la segunda, se nos presenta a la otra familia, el enfrentamiento de las dos familias por el noviazgo de sus hijos y la confrontación antagónica entre Johannes y el Pastor de la iglesia. En la tercera vemos los problemas de parto de Inger, la muerte de la madre y su hijo y cómo esto afecta a las respectivas familias. En la cuarta nos encontramos con el velatorio de Inger, el funeral, la reconciliación de las dos familias y el milagro.

Ordet se abre con un plano general con una panorámica de izquierda a derecha del exterior de la granja de la familia Borgen, seguida de un plano corto con el mismo movimiento sobre el nombre de la propiedad (Borgensgaard). No es un detalle casual, por cuanto el movimiento en panorámica va a ser un recurso formal que Dreyer va a emplear con frecuencia en el film. El siguiente plano de la película es una nueva panorámica en el mismo sentido (izquierda a derecha) desde la imagen del hijo menor de los Borgen, Anders (Cay Kristiansen), al que vemos incorporándose de su cama, hasta el lecho vacío de su hermano Johannes (Preben Lerdorff Rye) seguida del movimiento inverso (derecha a izquierda) para re encuadrar de nuevo a Anders.

Veamos otro ejemplo del genial lenguaje cinematográfico de Dreyer. Pocos minutos después del inicio de la película, en el interior de la granja encontramos a Inger (Birgitte Federspiel) conversando con su suegro, Morten Borgen (Henrik Malberg), la cámara inicia un movimiento panorámico hacia la derecha hasta recoger la entrada en la estancia de Johannes, el cual sigue desplazándose hacia la derecha hasta llegar frente a un par de candelabros situados ordenadamente sobre un escritorio; toma ambos candelabros, los lleva al pie de una ventana (siempre en movimiento hacia la derecha, los enciende “Para que mi luz pueda brillar en la oscuridad” y sale de la estancia, momento en el que vemos aparecer a Inger a la derecha del plano para coger los candelabros y devolverlos a su posición original (seguida por la cámara en el movimiento contrario al de Johannes, de derecha a izquierda). La idea renovadora de la fe, representada por el gesto de Johannes de acercar los candelabros a la ventana “Rezaba para que fuera el hombre con voz de profeta, el renovador”, se lamenta el viejo Morten recordando los tiempos en los que impulsó a su hijo a estudiar teología para convertirse en pastor, antes de caer preso de la locura, es reprimida, de manera inconsciente, por el acto de Inger de devolverlos a su ubicación preestablecida.



En cuanto a la técnica fílmica de Ordet, es necesario referirse a la puesta en escena de la película. Los objetos materiales que componen las diferentes escenas, el mobiliario y los vestidos de los personajes, que son los auténticos de los campesinos de esa región de Dinamarca, poseen siempre una significación precisa y en absoluto han sido escogidos arbitrariamente, esto es, la selección de su número, la disposición del encuadre y la sobriedad ornamental están en perfecta concordancia con el contenido del filme.

La cámara se desplaza en función del espectador, es decir, como si la cámara fuese nuestra propia mirada, pero en realidad es la que Dreyer desea que adoptemos. Hay veces en que el espectador parece anticiparse a los movimientos de los personajes, cual si estuviese en el escenario con ellos. Por ejemplo, en la secuencia en que Inger y Morten se encuentran junto a la mesa de la estancia principal tomando café, inesperadamente vuelve la mujer la cabeza hacia su espalda, en dirección a la puerta que hay detrás, a la derecha del campo visual. La cámara se desplaza entonces, con suavidad, también a la derecha, recorriendo la distancia hasta la puerta mediante un plano vacío de presencia humana pero cargado de tensión, y constatamos que el ruido que provoca el giro de la cabeza y de parte del cuerpo de Inger lo acaba de producir Johannes, que entra en la habitación. La cámara se detiene en este último personaje mientras pronuncia unas extrañas palabras: “Un cadáver en el salón”, para volver de nuevo en recorrido inverso hacia la mesa y podamos así comprobar la inquietud que la frase de Johannes origina en sus oyentes, sobre todo en la candorosa Inger. Cualquier película de la época hubiera hecho uso, en una escena con una situación similar, del plano-contraplano; Dreyer, en cambio, lo suprime radicalmente. No hay un solo plano-contraplano en Ordet.

La utilización del plano circular también es revolucionaria. En la famosa escena en que Johannes y Maren mantienen esa conversación maravillosa y tan llena de naturalidad en la que la niña le pide a su tío que si su madre (Inger) se muere, la despierte, el prodigio en verdad consiste, de un lado, en el extraordinario movimiento circular que la cámara describe alrededor de ambos personajes, quienes cambian ligeramente de posición a medida que la cámara se desplaza, y, de otro, en el tiempo interior del plano mismo, tan rítmicamente pausado y acorde con el tono y el contenido de lo que hablan Johannes y su sobrina. Este travelling circular está considerado por todos los críticos como uno de los más memorables de la historia del cine.

El frecuente empleo del plano-secuencia contrasta con el limitado uso de los primeros planos, de los que sólo hay tres en toda la película. Pero el auténtico contraste se establece, por lo que al empleo de los primeros planos se refiere, entre Ordet y La pasión de Juana de Arco, esta última tan abundante de primeros planos, sobre todo en las escenas del juicio. La razón de ello consiste en que en Juana de Arco lleva Dreyer hasta el límite las posibilidades expresivas del cine mudo, como si intuyese o se adelantase al sonoro, mientras que en Ordet el ritmo y el tempo son otros. Los movimientos y los gestos de los personajes no sólo no se sustraen a esta singular concepción del tiempo cinematográfico, sino que forman una unidad con él. Más que actuar al modo normal, los actores simulan interpretar para sí mismos, reflexionan cuando hablan, parecen estar suspendidos, como gravitando, sobre todo Johannes.

En la película también está cuidada hasta en sus más mínimos detalles la composición de los personajes y de los objetos en el espacio. La panorámica sobre las cabezas de los asistentes a la ceremonia religiosa en casa de Peter el sastre, es un prodigio de composición de cuerpos en el espacio, y nos recuerda algunos cuadros de la pintura holandesa del siglo XVII, sobre todo de Rembrandt. En otras ocasiones, el encuadre escogido, los objetos y pequeños enseres domésticos que hay dentro de él, el empleo de la luz y la profundidad de campo, nos sugieren ciertos lienzos de Vermeer.


La trascendencia de Ordet en su milagro

El personaje de Johannes, el hermano enloquecido de la familia protagonista, es el producto de la lucha entre la religión y la razón. Como ejemplo de ello, hay un plano de la película en su comienzo, en el cual el doctor pregunta a Mikkel, hermano mayor de Johannes, por el origen de su locura:

— ¿Fue por un desamor?
— No, no. Fue por Soren Kierkegaard.


La respuesta de Mikkel es una síntesis muy expresiva de cómo Johannes ha cortocircuitado al tratar de armonizar una fe profunda con el pensamiento del siglo XX. El resto de personajes oscila entre la religiosidad fanática pero vacía de los padres y el descreimiento de Mikkel, el hermano mayor. Johannes, por el contrario, parece sugerir que una auténtica vivencia cristiana solo es posible mediante la locura y la regresión. Esto es, mediante el rechazo a la razón y una vuelta a los orígenes del credo.

Desde esta perspectiva, Johannes resulta una presencia fascinante. Porque aun estando físicamente junto al resto de personajes, compartiendo plano con ellos, su espíritu está en otro lugar. Esto es, por una parte, una cuestión semántica: su extrañeza frente al resto de personajes radica en la extrañeza de sus palabras, que para estos últimos (“contaminados” de razón) no constituyen una forma suficiente de comprender el mundo. Dicho de otro modo, Johannes no comparte con los demás las normas de uso básicas de la realidad. Por otra parte, Dreyer es muy meticuloso al llevar a sus imágenes esta ajenidad de Johannes. Atendamos primero al plano de apertura, horizontal, por la granja de la familia Borgen en la que transcurre casi todo el metraje:



Dreyer posteriormente pasa a un plano de interior: Anders, el hermano menor, despierta y sus ojos buscan a Johannes. El desplazamiento de la cámara sigue su mirada para encontrar el lecho vacío. Observen cómo, puestos uno al lado del otro, el encuadre inicial y final del plano son idénticos en la composición. Las sábanas, las cortinas, el marco de la ventana silueteado por el estor. La diferencia más perceptible es que Johannes no está. Está su huella en la cama sin hacer, y la evidencia en la similitud de encuadres de que comparte con su familia el mismo desempeño de funciones vitales en un hogar compartido. Pero Dreyer ya nos está marcando que a Johannes no hay que buscarle aquí, que el espacio que le corresponde no es ese interior doméstico. Johannes, nos dice el gesto de Anders, está fuera. Fuera de los dominios domésticos, fuera de su lenguaje y fuera de su (nuestro) entendimiento. La mirada de Anders es la nuestra como espectadores. Traza unas coordenadas reconocibles. Podemos ver lo que ve él, y de ahí que el siguiente plano recoja el objeto de su escrutinio desde la ventana:



Johannes atraviesa la frontera entre la granja y el horizonte que veíamos en la panorámica de apertura, fácilmente reconocible gracias a la ropa blanca tendida. Atraviesa la línea divisoria del escenario y pasa a un dominio cuya visión, en dicha apertura, nos quedaba vedada. Enseguida, Anders alerta de la escapada de su hermano y los hombres de la familia acuden en su búsqueda. No tardan en encontrarlo, en lo alto de un promontorio, profetizando al viento la llegada del juicio final.

Dreyer nos pone por primera vez frente a Johannes, acercando progresivamente el plano. En contrapicado, lo vemos lanzar su proclama a una audiencia invisible. La disposición de este plano parece interpelar a un interlocutor a espaldas de la cámara, parece invocar la presencia de un contraplano. Pero ese contraplano nunca se materializa. Su padre y sus hermanos intervienen y se llevan a Johannes.

Con estos pocos elementos, Dreyer ya nos ha marcado una delimitación de dominios muy discernible, a los que llamaremos lo humano y lo trascendente. La casa de la familia, principal escenario, queda configurada como expresión del dominio humano. Todo en ella está manufacturado y reglado por unas normas de uso mundanas. La depuración que practica Dreyer sobre la escenografía, llamativamente despojada de ruido, hace rotunda la presencia de cualquier elemento de atrezo. Todos los objetos que vemos en ese interior están puestos ahí. Tienen un dueño, un sentido y una función identificable. El único elemento discordante, el único que traza una incoherencia con estas normas de funcionamiento, es Johannes. El personaje que, recordemos, está pero no está.

Lo trascendente, que no puede ser visible, queda condensado en la carencia de contraplano tras el sermón de Johannes. Solo un elemento perceptible queda asociado a sus dominios: el viento. El viento que agita las hierbas y las ropas de Johannes durante el sermón, y que luego soplará continuamente de fondo durante las escenas de interior (es decir, durante casi todo el metraje). Ese vendaval que bate los ventanales susurra sin parar una amenaza: el interior, y con ello sus normas, puede quedar arrasado si la corriente arrecia. El viento, valga señalar, no admite una representación visual directa: solo se percibe por sus efectos sobre otros objetos. De ahí que, en Ordet, sea la asociación perfecta de lo trascendente.

Johannes, entonces, está en el mismo espacio y tiempo que los demás, pero no en la misma dimensión. Esta discordancia se traduce en una presencia molesta, tanto para su familia como para nosotros. El efecto es buscado por Dreyer, que, por ejemplo, pidió al actor que mantuviera la entonación aguda e irritante que caracteriza al personaje. Extrapolando un poco, la presencia de un lenguaje o pensamiento (ambas cosas vienen a ser lo mismo) puramente trascendente solo es una molestia. Dreyer no parece querer juzgar al resto de personajes por haber dejado atrás la fe «auténtica», sino constatar la imposibilidad de su armonización en una era donde se ha impuesto el pensamiento moderno, racional y positivista. Incluso los dos padres de familia, los caracteres más tradicionalistas y dogmáticos, expresan una claudicación a los tiempos cuando admiten que ya no son posibles los milagros, que son una cosa de otra época.

Esta misma discordancia vuelve a verse en la escena de los candelabros, movidos por Johannes y que Inger devuelve a su sitio y restaura el orden. Al momento, nos devuelve a la vida mundana de la casa al cambiarlos en sus manos por una cafetera. Inger, pues, viene a ser la garante de la armonía doméstica. Porque es el ama de casa, obviamente, pero eso no es lo más importante. Esta panorámica revertida nos sugiere su papel de mediación entre Johannes y el resto de la familia. Ella, como los demás, no habla su idioma. Pero sí irradia una fuerza de la que, por ejemplo, carece (u oculta) el patriarca: el amor, nexo entre lo humano y lo divino.



Apreciamos, en una invisible línea parabólica, cuatro generaciones que conviven entre sus muros. El abuelo del retrato, el patriarca Morgen, el primogénito Mikkel y el niño que lleva Inger en su vientre. El notorio parecido entre el abuelo y Morgen podría sugerir una herencia tranquila del fundamentalismo religioso del que este hace gala, y que en el descreído Mikkel se ha truncado. Entre ambos, Inger. Comprensiva, servicial y sufrida, tal y como podemos atisbar en su posición, acto y semblante. El niño en sus entrañas está ahí como esperanza de futuro, de un entendimiento que supere la ruptura generacional. Como ya lo intenta Inger, la única que, con su dulzura, sabe mediar entre su marido y su suegro. La misma que mediará entre Johannes y los demás, la que viajará entre el más allá y el más acá como objeto del famoso milagro final. Inger, en Ordet, es sinónimo del amor. Y el amor es un lenguaje universal. Dreyer nos llena en su película con este concepto: Inger ama, Inger es amada, y Dreyer ha conseguido que nosotros también la amemos. De ahí que, cuando cae enferma y se cierne la amenaza de la muerte, se activa el temor a su pérdida y un deseo: que permanezca con nosotros. El deseo se va intensificando y los personajes encuentran formas indirectas de enunciarlo. Veamoslo.

Por lo que respecta a su marido Mikkel, en cuanto sale del cuarto en el que su mujer acaba de morir, este se vuelve hacia el reloj de pared y detiene sus cuerdas. Junto al viento, este ha sido el sonido más machacón en la película. Con su gesto en este plano, un Mikkel roto de dolor enuncia el deseo más desesperado ante la muerte: el de parar el tiempo.

Pero también tenemos una expresión de pensamiento mágico, típico de la mentalidad infantil, que es mostrado por Maren, la pequeña de la casa. No hemos hablado hasta ahora de Maren, la pequeña de la casa. La única capaz de una sintonía con Johannes por una razón muy sencilla. Que, como niña, es capaz de interiorizar el pensamiento mágico. Ocurre en la famosa escena en la que Maren pide a Johannes que resucite a su madre, con el singular travelling circular que ya se comentó en el apartado de lenguaje cinematográfico.



La vuelta a la vida de Inger comienza con una mirada fija entre ella y Mikkel, pero enseguida culmina con este gesto. Un gesto, en principio, poco cercano al lenguaje místico de la fe. La carnalidad de los labios de Inger sobre la mejilla de su marido, la rotundidad de sus lágrimas y su saliva en primerísimo plano... Todo es absolutamente mundano, voluptuoso incluso. Y esta escena final de este memorable film nos plantea dos elecciones respecto del milagro con el que finaliza Ordet, que puede incluso ser considerado como paradójico. Pues se puede considerar como producto de una construcción religiosa (que tiene referencias en todo el film) y que se concreta en un milagro emanado de la fe religiosa. Pero también se puede creer que este milagro es un producto del amor. Su naturaleza es trascendental, pero se plasma finalmente por un deseo de permanencia terrenal. Mikkel proclama a la resucitada que al fin ha encontrado su fe, pero ella cierra escueta el diálogo: “La vida”. Esa es la última palabra de Ordet. La palabra vida pronunciada por el amor.



Consideraciones finales sobre Ordet

La primera vez que que vi esta película fue gracias a su emisión en el ya famoso programa de José Luis Garci “Qué grande es el cine”. En la introducción, uno de los tertulianos aseguró que si el espectador era un hombre de fe, esta era su película. Pero que si no cree en la fe, también era su película, pues difícilmente había otra película en la historia del cine que hubiese plasmado mejor, mediante una exquisita técnica cinematográfica, la esencia de la fe pero también del amor. Tras esta aseveración, vi con sumo interés el film, que no me defraudó. Es difícil superar su expresión de fe y de amor, unidos, inseparables. Es difícil no emocionarse con la escena final.

Es por ello que estoy también muy de acuerdo con la reflexión que encontré al preparar la comunicación sobre este filme de un cinéfilo anónimo, y es que nos es muy difícil pensar en el rodaje de esta película, en que hay charlas y risas entre los diferentes técnicos, pausas del bocadillo, etc. No entra esto fácilmente en nuestra cabeza, porque creo que esta inefable belleza de película nos proyecta hacia lo trascendente.


Nota práctica: Ordet está disponible en la plataforma Netflix.




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lunes, 15 de enero de 2024

El rapto (Marco Bellocchio, 2023)

 

Título original: Rapito. Dirección: Marco Bellocchio. País: Italia. Año: 2023. Duración: 125 min. Género: Drama.

Guión: Marco Bellocchio, Susanna Nicchiarelli, Edoardo Albinati, Daniela Ceselli. Música: Fabio Massimo Capogrosso. Fotografía: Francesco Di Giacomo. Producción: Kavac Film, IBC Movie, Ad Vitam Production, Match Factory Productions, RAI Cinema, Emilia-Romagna Film Commission.

Sección Oficial del Festival de Cine de Cannes 2023. Mejor Guión en el Festival de Cine de Valladolid (SEMINCI 2023).

Fecha del estreno: 12 Enero 2023 (España)

 

Reparto: Filippo Timi (Cardenal Giacomo Antonelli), Fabrizio Gifuni (Pier Gaetano Feletti), Barbara Ronchi (Marianna Padovani Mortara), Paolo Pierobon (Papa Pio IX), Fausto Russo Alesi (Salomone Mortara), Enea Sala (Edgardo Mortara cuando era un niño), Leonardo Maltese (Edgardo Mortara cuando era adolescente).

 

Sinopsis:

Bolonia. Año 1858. Los soldados del Papa irrumpen en la casa de los Mortara para secuestrar a su hijo de siete años, Edgardo. La película sigue la lucha de la familia para tratar de recuperar a su hijo ante esta acción de la Iglesia Católica.

 

Comentarios: 

En el último tramo de la filmografía de Marco Bellocchio, la Historia es un sueño, o una pesadilla, de la que resulta difícil zafarse, siendo imposible distinguir en ella la realidad de la fantasía. He ahí una convicción que llegó a su cima en la serie Exterior noche (2022), sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro –un suceso que el cineasta ya había tratado en Buenos días, noche (2003)–, y que ahora culmina en El rapto, su último largo, sobre el caso real de otra sustracción, la de un bebé judío alevosamente arrebatado a sus padres por el Vaticano, siguiendo intrincadas razones políticas, a mediados del siglo XIX, y férreamente educado según la ideología católica. Desde el principio, Bellocchio se niega a filmar un drama de época o a construir una simple ‘película-denuncia’. Al contrario, el relato va y viene, evoluciona entre luces y sombras, en elaboradas secuencias en claroscuro, que incluyen momentos gloriosamente oníricos: la imagen de Cristo descendiendo de la cruz por su propio pie y paseándose como si tal cosa por una iglesia, desde el punto de vista alucinado del niño protagonista, constituye el más atrevido de todos ellos, una escena digna del Saura o el Fellini de los años setenta. Y todo ello forma parte de algo aún más amplio, de la fe y la religión vistas igualmente como un cúmulo de fantasías mentales, casi una sucesión de psicosis, que pueden (mal)formar la identidad hasta resquebrajarla, una estrategia que Bellocchio considera (acertadamente) mucho más subversiva que cualquier descripción realista.

El rapto se puede permitir así convertirse poco a poco en una película que transcurre en la mente de su protagonista, en sus dudas y tormentos, incluso cuando muestra lo que éste no puede ver o ni siquiera aparece en pantalla, y que inesperadamente acaba enlazando con los films de juventud de su director, de Las manos en los bolsillos (1965) a En el nombre del padre (1971), sobre todo en el estremecedor primerísimo plano con que (casi) se cierra: este es también el retrato de una identidad escindida entre lo simbólico y lo imaginario, que diría Lacan. (Carlos Losilla)

Recomendada.




domingo, 14 de enero de 2024

Saltburn (Emerald Fennell, 2023)

 

Título original: Saltburn. Dirección: Emerald Fennell. País: Reino Unido. Año: 2023. Duración: 127 min. Género: Drama, Thriller.  

Guión: Emerald Fennell. Fotografía: Linus Sandgren. Música: Anthony B. Willis. Montaje: Victoria Boydell. Producción: LuckyChap Entertainment, Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), MRC Film, Media Rights Capital (MRC). Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Amazon Prime Video.

2 nominaciones a los Globo de Oro 2023.

Fecha del estreno: 22 Diciembre 2023 (Prime Video)

 

Reparto: Barry Keoghan (Oliver), Jacob Elordi (Felix), Rosamund Pike (Elsbeth), Richard E. Grant (Sir James), Carey Mulligan (Pamela), Alison Oliver (Venetia), Archie Madekwe (Farleigh).

 

Sinopsis:

Mientras lucha por encontrar su lugar en la Universidad de Oxford, el estudiante Oliver Quick se ve arrastrado al mundo del encantador y aristocrático Felix Catton, que le invita a Saltburn, la extensa finca de su excéntrica familia, para pasar un verano inolvidable.

 

Comentarios:

A estas alturas, ya resulta indiscutible que Emerald Fennell se está convirtiendo en un nombre propio del cine actual. La joven cineasta británica encandiló al mundo y nos dejó con la boca abierta por su descaro con su poderosa ópera prima “Una joven prometedora”, una fascinante y tarantiniana gamberrada que provocó reacciones virulentas a favor (es mi caso y con devoción) y en contra, donde nunca cabe la indiferencia. “Saltburn” es un portentoso paso adelante en la carrera de Emerald Fennell porque consigue superarse con creces tanto en continente como en contenido creando un film imprescindible y gozosamente misántropo y cáustico, a medio camino entre Tom Ripley y Michael Haneke.

Desde sus créditos iniciales, en una tipografía maravillosamente setentera y con un gran plano secuencia, sabemos que estamos ante un film que ha nacido con vocación de perdurar en la memoria del espectador. Emerald Fennell se sabe superdotada y está dispuesta a demostrarlo a través de un brillantísimo ejercicio de estilo espectacular, creando planos de una belleza que corta la respiración y demostrando que en el mundo de la caligrafía visual aún queda espacio para la innovación. La película es una gozada para la vista del cinéfilo más exigente, que no sabe con cuál plano magistral quedarse conforme se van derrochando unos tras otros, gracias además a una épica dirección de fotografía de contrastados colores y juegos constantes de luces y sombras firmada por Linus Sandgren.

Pero que nadie vaya a pensar que estamos ante un mero virtuosismo visual. Lo mejor está en su contenido, en el espléndido guión de la propia Emerald Fennell que actualiza y rejuvenece a un nuevo Tom Ripley (con algunas escenas fuertemente provocadoras de clara inspiración en el cine de mi adorado Michael Haneke), tan despiadado y carente de escrúpulos como el original, que no tiene límites a la hora de introducirse y escalar posiciones en el seno de una familia británica riquísima que vive en un castillo y que interpreta como nadie más podría hacerlo en todo el mundo Barry Keoghan. Este joven actor nació para inquietar y atemorizar al espectador. Yo lo descubrí en una de las películas de mi vida, “El sacrificio de un ciervo sagrado” de Yorgos Lanthimos y, desde entonces, no ha hecho más que progresar e incidir en unos personajes malsanos, extraños, perturbadores, desagradables… Barry Keoghan quiere convertirse en el más grande y, qué duda cabe, va por el mejor camino posible para lograrlo.

Pero no está solo este aprendiz de Tom Ripley en este camino, porque el resto del elenco actoral trata de aguantarle el pulso interpretativo a Barry Keoghan, destacando especialmente para mí unas impresionantes Rosamund Pike como siempre y una estelar Alison Oliver como nunca en su papel de hermana del coprotagonista rico de esta extraña relación sentimental homosexual, magnífico Jacob Elordi.

La música de Anthony B. Willis acaba de cerrar el círculo del cine imprescindible en una partitura inteligentemente completada con bastante buena música electrónica que acaba aumentando la sensación de perturbación en el espectador. (Sergio Berbel)

Recomendada.



martes, 9 de enero de 2024

Yo, capitán (Matteo Garrone, 2023)


Título original: Io capitano. Dirección: Matteo Garrone. País: Italia. Año: 2023. Duración: 121 min. Género: Drama.  

Guión: Massimo Ceccherini, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso, Andrea Tagliaferri. Fotografía: Paolo Carnera. Música: Andrea Farri. Producción: Archimede, RAI Cinema, Tarantula, Pathé, Logical Content Ventures, Proximus.

Premio del Público al Mejor Film Europeo en el Festival de Cine de San Sebastián 2023. León de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de Cine de Venecia 2023. Nominada al Globo de Oro a Mejor Película de habla no inglesa 2023.

Fecha del estreno: 3 Enero 2024 (España)

 

Reparto: Seydou Sarr (Seydou), Moustapha Fall (Moussa), Bamar Kane  (Bouba), Issaka Sawadogo (Martin), Hichem Yacoubi  (Ahmed), Oumar Diaw.

 

Sinopsis:

Seydou y Moussa son dos jóvenes que abandonan Dakar para emprender camino a Europa. Una odisea contemporánea a través de los peligros del desierto, los horrores de los centros de detención en Libia y los peligros del mar.

 

Comentarios:

“Yo, que vosotros, no iría”. La frase, pronunciada por un mediador al final del primer acto de la película, resuena en el resto del relato. En el interior de los dos protagonistas, dos primos (e íntimos amigos) de 16 años, habitantes de Dakar, en Senegal, que sueñan con una vida en Europa y andan indagando, con la ilusión metida en las tripas y sus camisetas desteñidas del Barça y el Madrid, acerca de sus posibilidades económicas. Pero también retumba en el interior de los espectadores, sucesivamente sobrecogidos con el periplo de los chavales, heroico, desgarrador y criminal, que les lleva a través de medio continente africano hasta la costa italiana. Y en ese sentido, Yo capitán, regreso del excelente director que es Matteo Garrone a sus orígenes en el largo, a dos títulos sobre la inmigración que no fueron estrenados en cines españoles, Terra di mezzo y Ospiti, se configura como una película moral, casi aleccionadora. “Yo, que vosotros, no iría”.

Ahora bien, con una particularidad interesante. Por desgracia, Yo capitán, León de Plata a la mejor dirección en Venecia, premio del público en San Sebastián, nominada al Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y probable candidata al Oscar, se verá en medio mundo, pero en el primer mundo; difícilmente en los cines de Senegal, Níger o Malí. Así, junto a la denuncia de las mafias que en cada estación del recorrido aprovechan para hacer dinero a costa de los seres humanos, del retrato de la pobreza, de la degradación y, por qué no, también de la ingenuidad, Garrone apuesta por el contraste además de por el aviso: los primeros minutos de su historia, ambientados en Dakar, en torno a una familia sin padre, con una madre vendedora de huevos en un puesto en el que ayuda el hijo migrante, son especialmente luminosos. En medio de unas calles deplorables, sin asfaltar, en una casa austera, pero en la que hay comida cada día, reina la espontaneidad, incluso la alegría en torno a la música, los partidos de fútbol y el carnaval.

El director no nos lo dice de un modo explícito, pero lo da a entender: mejor ese día a día en Dakar que el robo de su dinero en cualquiera de las fronteras, la cárcel en Níger en medio de la corrupción policial, la muerte en el desierto del Sáhara, la humillación en Libia o la letal sed en medio del mar rumbo a Sicilia. Frente al ansia de los chicos, ningún mafioso se pringa. Todos sacan provecho. No existe la piedad, solo el crimen y la puntual solidaridad entre los que están abajo. Garrone, magnífico narrador, más clásico que nunca en Yo capitán, lejos de la prosa cinematográfica navajera de Gomorra, Reality y Dogman, ha compuesto una obra emocionante y, pese a todo, cálida. Una crónica exhaustiva, aderezada con unas gotas de onirismo y un montaje templado por medio de elegantes encadenados que hacen que el relato, de unos meses, parezca abarcar toda una vida.

Desde América, América (Elia Kazan, 1963) hasta In This World (Michael Winterbottom, 2002), pasando por Lamérica (Gianni Amelio, 1994), son infinidad las películas que han narrado ese periplo desde el barro hasta el sueño del supuesto paraíso. Yo capitán es una más, y de las notables. El negocio de la inmigración no cesa ni cesará mientras haya sueños. Y, sobre todo, como nos viene a decir Yo capitán, mientras exista la crueldad humana. Yo, que vosotros, no iría. (Javier Ocaña)

Recomendada.