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martes, 17 de octubre de 2023

Jordi Dauder (1938-2011)



El actor Jordi Dauder fue sin duda un actor significado, un activista de izquierdas que creía que en la capacidad de agitación del teatro. Fue también un notable actor de cine. Este intérprete catalán, se alzó con el Goya al Mejor Actor Secundario en 2009 por su papel de cura del Opus Dei en la película de Javier Fesser “Camino”.

 

Dauder debe su popularidad a sus papeles en el cine y también al doblaje. En su filmografía destacan “Los sin nombre” de 1999; “Caricias”, 1998; “No se puede tener todo”, 1997; “El porqué de las cosas”, 1995 y “Los mejores años”, 1994, entre otros muchos títulos. Como actor de doblaje, prestó su voz, entre otros, Gregory Peck, Rod Steiger, Nick Nolte o Richard Harris. Su voz también aparece en películas ya legendarias como “Gladiator” o “La guerra de las Galaxias”.

 

En teatro, quedaron en la memoria colectiva sus trabajos en obras clásicas como “Medea” y obras de Chéjov y Shakespeare, que presentó en escenarios como el Teatre Nacional de Catalunya, el Mercat de les Flors, el Teatre Lliure, la Sala Beckett o el Centro Dramático Nacional. Dauder destacó especialmente en dos montajes de gran éxito: “El burdel de Llüisa Cunillé” con la dirección de Xavier Albertí y “Aprés moi, Le déluge de Llüisa Cunillé”, bajo la dirección de Carlota Subirós.

 


En Cataluña además, su participación protagonista en la teleserie de TV-3 “Nissaga de Poder” (1996-1998), donde encarnaba al malvado y retorcido Narcís Montsolís, le valió el salto a la fama, después de haber cosechado diversos galardones por sus interpretaciones.

 

Jordi Dauder era de Badalona, vivió en el barrio Sant Crist donde intervino en distintas luchas vecinales y a favor de la dignificación de las escuelas. También organizó ciclos de cine árabe en Castilla y León. Acudía donde podía ayudar, donde podía incidir. Discutir era una de sus grandes aficiones. Un conversador, un polemista incansable. ¿Mal carácter? Los que le conocían aseguran que no, que todo lo contrario. "Era un seductor", comentan. Eso a pequeña escala, siempre actuó allá donde se le demandara.

 

Fue muy activo en las manifestaciones contra la guerra de Irak y la participación española bajo los gobiernos de José Maria Aznar. Xavier Giró, profesor de Comunicación de la Universitat Autònoma de Barcelona recuerda: "Jamás ocultó su impresión al leer Mi Vida de Trotski, no ocultó una manera de entender la vida y la política: era trotskista". "Veías que se iba haciendo mayor y que esas convicciones no las perdía, al revés; se ratificaba, luchaba contra la justicia, contra la desigualdad. Estaba muy comprometido", asegura sobre Dauder Sergi Belbel, director del Teatre Nacional de Catalunya.

 

Jordi Dauder falleció el 16 de septiembre de 2011, en la provincia de Madrid.


                     Lleida dedica un carrer al actor Jordi Dauder



martes, 21 de febrero de 2023

Historias de película reales como la vida misma.

 Un artículo de PILAR LEBEÑA MANZANAL 


Tan de moda para unos. Tan fuera de lugar para otros. Tan desmedido para otros. Tan oportunista para unos. Tan necesario para todos los demás. Extenderse aquí en explicar en qué consiste el movimiento Me Too, innecesario, tanto se lleva escribiendo, hablando y debatiendo desde 2017. Tal vez sí recordar que no nace hace cinco años tras la denuncia por acoso machista y abusos contra el todopoderoso, laureado e intocable productor de Hollywood Harvey Weinstein desde las páginas del New York Times primero, la  denuncia  de la actriz Alysa Milano después, y la de otras muchas a continuación, sino en 1996 cuando la activista Tarana Burke escuchó en el campamento infantil para niñas donde trabajaba ese verano el testimonio de abuso por parte de un familiar a una de ellas al que no pudo hacerle frente. Ahí prendió la chispa del movimiento Me Too, centrado en mujeres jóvenes víctimas de abuso, agresión o explotación sexual.

 

Tal dimensión ha conseguido que parte del ocio nocturno ha implantado ya el protocolo contra ataques machistas. Y si no que le pregunten a Dani Alves. Tras la denuncia por acoso sexual en la fiesta posterior a los Premios Feroz 2023, la Academia de Cine diseña a su vez un protocolo específico contra cualquier tipo de agresión y/o acoso sexual durante la gala de los Premios Goya y fiesta posterior celebrada el pasado 11 de Febrero.

 

¿Y si en lugar de Me Too el movimiento se hubiera llamado Por Qué? Perdón, Why, por aquello de seguir con el inglés que siempre da más caché. O Por Qué Por Qué, es decir, Why Why, sin coma en medio ni signos de interrogación, que por qué y por qué por qué, sin coma en medio ni signos de interrogación es muy propio de ese mundo infantil maravilloso en busca constante de respuestas que no pocas veces se topan con un desganado porque sí. O porque no. O porque lo digo yo.

 

Niños. Niños del cine. Niños prodigio. Esa fórmula importada de Estados Unidos y su industria cultural antes que la coca cola, las hamburguesas, Halloween o el Black Friday.  Eso sí, con veinticinco años de retraso que para cuando aterrizó por estos lares, Shirley Temple, Judy Garland o Micky Rooney eran ya ex de estados varios, incluido el de ex niños/as prodigio.

 

Nuestro primer niño prodigio fue Alfredo Hurtado, “Pitusín” quien, con apenas siete años, protagonizó Los Granujas, en 1924.

 

Muchos años después vendrían Joselito, Pili y Mili, Marisol, Rocío Dúrcal, Conchita Goyanes, Pedro Mari Sánchez, Ana Belén. ¡Qué buenos ratos nos hicieron pasar! ¡Qué felices parecían que incluso cuando estaban tristes se antojaban felices! ¡Cómo actuaban! ¡Qué voces! ¡Qué suerte la suya!  ¡Quién fuera ellos!

 

¿Convirtieron su sueño, si es que lo tenían, en realidad o fue el sueño de otros? ¿A qué precio?  ¿Fueron la gallina de oro para ellos o para los dueños del gallinero?

 

Niños. Inocentes. Cándidos. Confiados.



 

Marisol tiene treinta y un años cuando le hace las siguientes declaraciones al periodista José Luis Morales: “A los ocho niños que formábamos el grupo Los Joselitos del cante nos contrató un empresario para que hiciéramos una gira por todo el país. Yo tenía ocho añitos y dormía en la misma cama que la querida del empresario, una tal Encarna, que me daba unas palizas de muerte, pero con saña y mala sangre. Me tenía ojeriza. En Lérida me dio una paliza que me dejó el cuerpo como el de un nazareno. El empresario me invitó a comer en Gerona y me dijo que me levantara el vestido. Cuando me vio, pidió llamar a mi padre y me mandó para Málaga. Cómo tenía que estar yo que cuando llegamos al corralón donde vivíamos, mi abuela al verme se desmayó en la hamaca. Y otra cosa quiero decirte, cuando yo dormía con aquella tía, el empresario se acostaba con ella y hacían de todo, así que cuando llegué a Madrid estaba ya más rascada que la estera de un baño”.

 

Poco después, la niña Pepa Flores abandonará para siempre ese corralón de Málaga donde vivía con su familia y cincuenta y seis más con derecho a letrina. Manuel Goyanes la ha visto en televisión, ha llegado a un acuerdo con sus padres y se la lleva a Madrid.

 

Le cambia el nombre, le tiñe el pelo de rubia y le opera la nariz. Vive con la familia Goyanes mientras a su madre cuando la visita la mandan a una pensión de mala muerte. Cuando crezca un poco le vendarán los pechos y le pondrán peso sobre la cabeza para que no siga creciendo. Se le impide salir de la casa, relacionarse con gente.

 

“En las fiestas que tenían, como yo era la distracción, me levantaban de la cama a las doce o la una de la madrugada para que les cantara. Me pusieron profesores de cante, baile y ballet. Me estaban preparando para todo lo que me harían pasar después. Desde los ocho años tuve la responsabilidad de una persona mayor. Salí de casa para resolverle la papeleta a mi familia, pero yo nunca he sido artista”.

 

Con doce años rueda Un rayo de luz. En 1960 recibe el premio a la mejor actriz infantil en la Mostra de Venecia. Actúa en diez películas. Horas interminables de rodaje, firmas de autógrafos, sesiones de fotos, entrevistas… Cromos sobre ella. Muñecas con su cara. Su voz, su rostro y su sonrisa angelicales cruzan fronteras. Participa en Nueva York en el show de Ed Sullivan. Hace giras por Japón, África, Latinoamérica. Una fuente inagotable de ganar dinero. Para otros.



 

“En uno de esos días que estaba yo en el estudio durante una sesión de fotos, el fotógrafo, amigo de la familia Goyanes, se puso a desnudarme, a meterme mano y a preguntarme si ya me había hecho mujer. Yo estaba asombradita. Le tenía miedo a todo en aquella casa, ten en cuenta que yo no podía ni rechistar. Te amenazaba para que no dijéramos nada. Un día, tiempo después, descubrimos en la cocina muchas fotos de niñas desnudas con vendas en los ojos. Se lo dijimos a Goyanes y se quedó como si nada. Aquella noche cuando bajamos a cenar, el fotógrafo estaba sentado a la mesa tan risueño como si no pasara nada”.

 

Pepa Flores habla en plural sin dar más nombres que el suyo.

 

“Yo era intocable, ¿entiendes? Yo estaba como secuestrada. Cuando ya siendo mayor quería conocer chicos, me lo prohibían. Y si de los que conocía me gustaba alguno, me lo aislaban inmediatamente. Yo era su negocio”.

 

La Fundación Francisco Umbral guarda las conversaciones de lo que iba a ser una biografía de Marisol que nunca vio la luz. En esas charlas con el escritor cuenta cosas como: “Me llevaban a un chalet del Viso y allí acudía gente importante, gente del régimen, a verme desnuda, a mí y a otras niñas. A mi madre cuando venía a verme a Madrid la ponían a comer en la cocina”.

Luis García Gil, autor de la última biografía de Marisol, Corazón Rebelde, afirma: “Cuando Pepa ya se había separado de Goyanes y estaba con el bailarín Antonio Gades, tuvo un momento que parecía que iba a hablar abiertamente de lo que pasó. Lo deslizó en alguna de sus entrevistas, pero al final no dio nombres y apellidos.

 

En Málaga, la gente, sin dar nombres, te cuenta cosas de las que le pasaron. Hablo de gente muy fiable, desde arquitectos, escritores… que me han explicado encuentros furtivos en sitios a los que la llevaban forzada. Pero no he podido contrastarlo. Es que la verdad no se puede contar, no se puede contar. No podemos sumar más de lo que ella ya ha dicho porque nos metemos en un lío”.

 

Marisol, Pepa Flores, denunció tímidamente pero no tuvo la repercusión debida. Mejor mantener en el recuerdo el recuerdo de aquella niña con voz maravillosa y expresión angelical que, quizás, solo quizás, no necesitaba rebuscar mucho en su interior para ponerse en situación cuando precisaba poner expresión triste y ausente ante la cámara. O quedarse con la Marisol de la portada de Interviú en 1976. Aquel desnudo que dejó ojiplático a un país saliendo de una dictadura. Unas fotos publicadas sin su consentimiento, guardadas en un cajón hacía seis años cuando su recién estrenado marido Carlos Goyanes le pidió al fotógrafo César Lucas que se las hiciera para una película extranjera con Alain Delon que le había pedido el director. Record de ventas. Más de un millón de ejemplares vendidos. “La libertad revelada en el cuerpo de Marisol”, escribió Umbral. No sabemos si a Delon también le pidieron la misma libertad de la que escribió Umbral.


 

El escritor José Aguilar afirma: “La belleza y la juventud resultan afrodisiacas y hay gente que no tiene límite. En su momento hubo grandes productores importantísimos que no puedo nombrar, porque todavía viven sus familias, que abusaban de su poder, pero si Pepa hablara se caería España”.

 

Adiós al foco mediático con 36 años. Como Greta Garbo pero a la española. Medio denunció lo mejor que pudo y supo los abusos y el maltrato a los que se vio sometida. Para nada. Se pasaron por alto como si nada hubiera dicho. En su entrevista habló también de dos intentos de suicidio. Nada. Solo recibió silencio. Toca construir una vida alejada del foco. Una vida esta vez elegida. Dejar de ser Marisol y ser por fin Pepa Flores.

 

Pili y Mili solo declararon alguna que otra vez que en los rodajes les ofrecían unas pastillitas para trabajar mejor. Pastillitas. Pobre Judy Garland a la que no solo le vendaban los pechos también, sino que la empastillaban e inyectaban en medio de rodajes interminables, convirtiéndola en adicta de por vida. Corta vida.

 

Conchita Goyanes era ya una mujer más que adulta, casada y con hijos grandes, cuando un día cualquiera durante un trayecto en autobús, la presencia de un abuelo sentado tranquilamente en un asiento cercano le hizo sentir tan incómoda que se bajó en la siguiente parada sin entender qué le sucedía. Un psiquiatra le contaría tiempo después que los niños guardan bajo el candado del olvido experiencias dolorosas para seguir viviendo como si nada sucediera. 


Hija de un cirujano y una actriz, hermana de famosas actrices, debuta a los seis años en la obra de teatro Fuenteovejuna, dirigida por Adolfo Marsillach. En el cine lo hace con nueve años en la película Un fantasma llamado amor. Sobrina de Manuel Goyanes, su madre no quiso que trabajara en Un rayo de luz, pero parece ser que nadie pudo protegerla de todo lo que tendría que vivir de niña. En 2006 y tras ir recordando con terapia lo sufrido, ella sí habló públicamente de cómo fue sometida a maltratos y a abusos cuando era una niña prodigio. “Fue terrible. Aquellos hombres me decían cosas como, eres una niña mala, me miras así y me provocas para que te haga todas esas cosas”. Declaró haber sufrido varios abusos sexuales y malos tratos en los equipos de rodaje.


“No era consciente de lo que me sucedía… Según los psiquiatras que después, ya de muy adulta me trataron, los niños tienen la capacidad de supervivencia tan desarrollada que disfrazan la realidad para que las cosas duras que les suceden no les destruyan. Sin embargo, todo eso queda como una herida latente y después, ya de adulto, comienza a darte problemas cuando menos lo esperas porque un cadáver que se esconde bajo la alfombra termina oliendo mal”.


Por qué. Por qué por qué preguntan los niños y las niñas en busca de respuestas que no siempre llegan. Porque Me Too llegó. Se instaló. Se tomó conciencia. Que los unos y los otros dejen de cuestionar por qué. Porque hacía falta. Porque ya era hora. Porque sí.




sábado, 11 de febrero de 2023

As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022)



Hoy se celebra en nuestra ciudad la 37ª Edición de los Premios Goya en una esperada gala sin restricciones en la que el protagonista sea el cine. El ranking de nominaciones lo lidera As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022) con diecisiete, entre ellas a Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Guión Original, y se perfila como favorita.


Desde que estuviera nominado como Mejor Director Novel por Stockholm (2013), el buen hacer de Sorogoyen ha destacado en trabajos como Que Dios nos perdone (2016), el corto Madre (2017), galardonado con el Goya a Mejor Cortometraje de Ficción y nominado a los Oscar, a partir del cual realizaría además un largometraje, y El reino (2018), por el que obtuvo el Goya a Mejor Director y Mejor Guión Original, junto con Isabel Peña, su colaboradora habitual.


Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen


El guión de As bestas también está firmado por el tándem Sorogoyen-Peña y es una de sus mejores bazas. Cuando se le pregunta al director por su trabajo conjunto, comenta que funciona bien esta colaboración gracias a su modo similar de ver la vida que hace que coincidan a la hora de acentuar unos aspectos sobre otros.


El guión, basado en una historia real, cuenta cómo una pareja francesa, Antoine (Denis Ménochet) y Olga (Marina Foïs), instalada en una aldea gallega para llevar una vida tranquila en contacto con la naturaleza, entra en conflicto con sus vecinos, los hermanos Anta (Luis Zahera y Diego Anido). Los franceses se niegan a abandonar la aldea para que se instale un parque eólico en la zona. Es el quijote ante el gigante.


Antoine (Denis Ménochet) ante su molino de viento

La sombra del molino-gigante le oscurece la cara

La hostilidad va creciendo entre ellos y los planos secuencia con zoom muy lento contribuyen a aumentar la tensión. Un ejemplo de esto tenemos en la secuencia memorable en el bar en la que Luis Zahera explica cómo no ha elegido vivir allí, cómo ve el pueblo como una trampa ahora que vislumbra la oportunidad de escapar.


Los hermanos Anta (Luis Zahera y Diego Anido)

El francés, en cambio, ha elegido, ha perseguido su sueño y lo ha logrado: el sueño de desplazarse en el sentido contrario e instalarse en el pueblo. Pero el sueño se va convirtiendo en pesadilla cuando el conflicto crece para convertirse en violencia.


La película, que comenzaba con el ritual de la Rapa das Bestas, tiene en su parte central otra secuencia que traza un paralelismo con ella, con la lucha y el dominio por la fuerza como protagonistas. De este modo, As bestas se estructura claramente en dos partes: la primera, con un predominio de lo masculino, de la fuerza bruta y la violencia; en la segunda, gana relevancia lo femenino, la fuerza de la dignidad, la introspección. La apuesta del guión es arriesgada porque lo habitual es ir incrementando el ritmo a medida que avanza el metraje. Lo contrario podría producir el aburrimiento del espectador, que éste pierda interés. Pero eso no ocurre. Y no es solo por la expectativa de la resolución del caso, sino por el personaje de Olga y la excelente interpretación de la actriz Marina Foïs que, mientras en la primera parte del film había sido poco más que la compañera de vida, la que compartía unos ideales y trabajaba codo con codo, la observadora de un mundo de hombres, se convierte en ejemplo máximo de resiliencia y nos hipnotiza.


Olga (Marina Foïs)

La presencia femenina se complementa con el papel de la hija del matrimonio francés, que tiene otra secuencia respetable de reproches cruzados con su madre. Y una última intervención femenina, mínima en duración pero importante en su mensaje, es la de la madre de los Anta, a la que Olga tiende una mano, una llamada a la convivencia en paz.


Marie Colomb interpreta a la hija de Antoine y Olga


La madre de los hermanos Anta

Muy buenas las interpretaciones de los cinco actores principales cuyos trabajos han sido reconocidos con sendas nominaciones a los Goya. Según mi criterio, destaca Luis Zahera, pero podría ver que se le escapa el galardón en la categoría a Mejor Actor de Reparto si vence en la balanza el que, por edad, sea la ocasión idónea para que lo gane Ramón Barea.


En As bestas Rodrigo Sorogoyen alcanza su cima de solidez hasta la fecha. Veremos si la Academia reconoce este trabajo. Pudiera ser que ocurriera como en la edición de 2019 en la que se optó por repartir y, aunque El reino de Sorogoyen se llevó más premios, incluído el de Mejor Director, fue Campeones, de Javier Fesser, la película propuesta para representar a España en los Oscar, la que obtuvo el de Mejor Película. ¿Ocurrirá este año algo similar con Alcarrás, de Carla Simón?


lunes, 25 de julio de 2022

Los Coordinadores de Intimidad, una nueva profesión en el cine

 


Nadie del equipo la conocía. Ni tampoco entendían exactamente por qué había aparecido en el plató. No la habían fichado como cineasta, ni actriz, ni técnica. ¿Qué pintaba allí Amanda Blumenthal? Ella misma lo explicó, con una charla ante todo el equipo. “Nuestra labor es garantizar que en las secuencias de desnudo, sexo o intimidad haya seguridad y respeto; y, a la vez, ayudar al director a lograr su visión creativa”, lo resume ahora. Pero entonces, allá por 2018, la figura del coordinador de intimidad apenas empezaba a ser una profesión. Tanto que algunos se le acercaron a contarle los problemas que tenían en casa con sus relaciones.

 

“Todavía ocurre. Pero muy poco”, se ríe. Porque en tres años ha habido una revolución en cine y series. Su figura profesional, ya habitual en el teatro, es hoy casi omnipresente en los rodajes de Hollywood. Sobre la ola del movimiento Me Too, han surgido empresas ad hoc y escuelas de formación, además de un trabajo codo con codo con el sindicato de intérpretes de EE. UU. La serie The Deuce, de HBO, fue la primera en incorporar a estos profesionales en 2017. Pero Euphoria, Sex Education, Gente normal, It’s a Sin, Podría destruirte y hasta obras menos centradas en el sexo como Watchmen, Succession o el último filme de James Bond han seguido el mismo camino. Prácticamente todas las grandes plataformas, de Netflix a Amazon Prime Video, cuentan con ellos en sus filmaciones. Y, ahora que los rodajes vuelven a la senda habitual tras los parones por la pandemia, los coordinadores de intimidad buscan dar el salto definitivo: la normalización. Del sexo cinematográfico como coreografía pactada y preparada que no incomode a quien la realiza. Y de su presencia fija en cualquier plató. Blumenthal estima que tal vez en cinco o seis años sea incluso obligatoria. Aunque en España y en casi toda Europa, salvo en el Reino Unido, apenas hay trazas de ellos.

 

‘Sex Education’ es una de las series que ha utilizado coordinadores de intimidad

“Buena parte del trabajo es previo. Por un lado, hablar con el director sobre su idea para la secuencia. Y, por otro, entender las preocupaciones de los actores: ‘Te parece bien este beso, dónde está tu límite’. Un ‘tal vez’ es un ‘no’. Y hay que saberlo claramente porque así se puede confiar en los síes. Entonces se construye una especie de danza del cuerpo, con su ritmo y las pautas de cómo y dónde tocarse. Cuando todos están contentos entra el equipo. Aunque si hay desnudos, es importante que sea un espacio privado”, explica Ita O’Brien, una de las principales impulsoras británicas de la coordinación de intimidad. Además, memorizan los contratos y sus cláusulas para que se cumplan y nadie se exceda, estudian ropa y estratagemas para mantener cubiertas y alejadas las partes íntimas, median en el caso de discrepancias, escuchan dudas e inseguridades de los intérpretes y buscan soluciones satisfactorias también para los cineastas. O’Brien lo compara con la coordinación de los especialistas en secuencias de acción o de combates: “Se vuelve una cosa como otra cualquiera del trabajo para hacerla lo mejor posible”.

 

Los ejemplos concretos, tras tres años de plena actividad, se multiplican. Blumenthal recuerda a una actriz que había aceptado una secuencia de sexo simulado donde se vieran sus nalgas. Pero, una vez en el plató, resultó que se incluía un plano amplio con toqueteos y desnudo integral. La intérprete trasladó su miedo a la coordinadora de intimidad, que pactó con el director filmar esa imagen bajo las sábanas. Y Meleza Morris, que lleva apenas dos meses ejerciendo, tras recibir la formación de Blumenthal, cita otro caso: “En un corto un papá debía azotar a una niña. Ninguno de los dos había actuado jamás y de golpe tenían que representar una secuencia de violencia, así que la directora me pidió que estuviera presente”. Finalmente, la chica llevó pantalones protegidos, como los de patinaje, y encontraron la manera de que el hombre nunca la tocara, recuerda Morris. Y sugiere que su presencia también podría ampliarse en el futuro a desfiles de moda o rodajes pornográficos.

 

Una de las escenas íntimas de "The Girlfriend Experience"

Aunque no siempre rige tanto consenso. Las tres coinciden en que la experiencia ha hecho más conocido su trabajo y reducido el escepticismo. Pero las dudas persisten. Tanto que todas insisten en que en ningún momento pretenden censurar o limitar a directores y guionistas. “Es más, tener una persona en el plató dedicada a estas funciones permite a un cineasta liberarse de ello y centrarse más en su trabajo”, asegura Morris. En un reciente reportaje de The Hollywood Reporter, la creadora de la serie Dead to Me, Liz Feldman, declaraba que contar con una coordinadora de intimidad le había supuesto “cierto alivio”.

 

“Puede haber resistencia. Actores que no quieren ensayar o se ponen más nerviosos, productores que te invitan a comprobar todo con los intérpretes y luego echarte a un lado, o directores que sienten que les pisas”, enumera O’Brien. Incluso en ocasiones parte del equipo ha señalado a la producción que consideraba innecesaria la presencia de un coordinador de intimidad. “He trabajado en platós donde se intentaba forzar a los intérpretes a hacer cosas que no querían. La mayoría tiene límites muy serios respecto al desnudo y al final es su cuerpo el que permanecerá en la pantalla por la eternidad”, agrega Blumenthal. Ambas aseguran que contratos y castings ambiguos siguen siendo fuentes de conflictos. Una actriz se quedó pasmada cuando Blumenthal le preguntó si estaba preparada para la secuencia con el pecho desnudo que iba a filmar, algo que ella desconocía.

 

Secuencia del film ‘Call me by your name’

Pero los problemas también pueden venir de los propios coordinadores de intimidad. Morris, de origen panameño, es una de las pocas trabajadoras del sector ni blanca ni 100% anglosajona. Con menos de un centenar de profesionales en todo el planeta, la representatividad de distintas etnias, orientaciones e identidades sexuales o procedencias geográficas es muy limitada. En España hay una aprendiz de O’Brien que apenas está dando sus primeros pasos, según considera su formadora. Las mujeres dominan, en todo caso, la profesión. De la sesentena de coordinadores que le constan a Blumenthal, solo cinco son hombres.

 

Algunas profesionales también han demostrado poco entrenamiento y demasiado afán de protagonismo en el plató, según el artículo de The Hollywood Reporter. De ahí que Blumenthal haya colaborado en la reciente elaboración de unas pautas emitidas por el sindicato de actores de EE. UU. para profesionalizar más a los coordinadores de intimidad. Entre otras medidas, se plantea la obligatoriedad de acumular formación y experiencia y un registro oficial. Ellas mismas están de acuerdo con reforzar las garantías. Se trata, al fin y al cabo, de su terreno de trabajo: la confianza. (Tommaso Koch)


Secuencia de la serie "Normal People"

viernes, 3 de junio de 2022

Ruben Östlund, Palma de Oro en Cannes 2022

 

Solo el alemán Michael Haneke (La cinta blanca y Amor) y el danés Bille August (Pelle el conquistador y Las mejores intenciones) habían logrado ganar dos Palmas de Oro con dos películas consecutivas. Ahora, el sueco Ruben Östlund (Styrsö, 48 años) se suma a esta pareja gracias a Triangle of Sadness, Palma de Oro entregada por el jurado que presidía Vincent Lindon. Hace cinco años, el cineasta sueco ya la había ganado con otra sátira. Si en esta ocasión se burla de la moda y de la opulencia económica de los multimillonarios, en 2017 se centró en el arte en The Square. En aquel momento Östlund ya estaba con el guion de este filme, que ha logrado acabar navegando entre confinamiento y confinamiento de la covid, su sexto largometraje y el cuarto estrenado en Cannes.

Su pasión por la sátira procede de dos cineastas que considera sus maestros: Luis Buñuel y su compatriota Roy Andersson, el gran adalid del humor en el cine y en la vida. “A mí siempre me ha interesado Buñuel porque jugaba con sensaciones y jamás fue políticamente correcto”, ha pontificado Östlund cada vez que se le pregunta por el maestro español. Esta vez se la ha jugado con una película a ratos de trazo grueso, dividida en tres episodios, que va de más a menos. “Queríamos que fuera una montaña rusa para adultos, entretenida y divertida, para verla en un cine juntos y al salir tener algo de lo que hablar”, contaba hace días en Cannes. Triangle Of Sadness (el título se refiere al entrecejo, el primer lugar donde se aplica botox para quitar arrugas) es su primera película en inglés y con reparto de diversas nacionalidades. “Yo quería unir a lo mejor del cine estadounidense, que prima la diversión y el entretenimiento, con la gran ventaja del europeo, más entrado en lo intelectual. Muchas veces los europeos no somos un buen público, nos sentamos a ver las películas demasiado serios, con los brazos cruzados”, asegura. “Por eso me he pasado al inglés. Como director quieres llegar a la mayor cantidad de gente posible. Aunque a la vez me duele la dominación anglosajona en el cine y en los medios de comunicación en general. Tenemos que hacer algo con eso, aunque no tengo la solución”.


Fotograma de Triangle Of Sadness


Si The Square se burlaba de su condición de divorciado con dos hijos, con la sensación de estar fuera de lugar, Triangle Of Sadness se basa en experiencias de su segunda esposa. “Hace ocho años conocí a mi actual mujer, Susanna, que es fotógrafa de moda, y me introdujo en ese mundo. Empezamos a conversar sobre cómo se maneja la belleza como un valor de mercado, y de que, por eso, la belleza puede resultar a la vez atractiva y aterradora”. Algo muy atractivo para un cineasta conocido por su rotundidad y su ego, del que se burla muy a menudo. En 2014 llegó a la puerta de los Oscar con Fuerza mayor (Turist), ganadora del premio del jurado en la sección Una cierta mirada. La lectura de las nominaciones de los premios de Hollywood la vivió de una webcam junto a su productor en un hotel de Nueva York. Cuando llego el momento de los finalistas al Oscar a mejor película de habla inglesa (entonces se llamaba así), y oyó que su drama no pasaba la criba final, Östlund saltó histérico y rebosante de ira, y salió disparado de la habitación. “Me bajé a Central Park a llorar. No lo entendía. Cuando subí y mi productor me dijo que había grabado el vídeo y que qué hacía con él, decidí que lo colgara en internet”, contaba.

El cineasta es un apasionado del esquí, y comenzó filmando películas sobre este deporte (de ahí le viene su pasión por las larguísimas secuencias) antes de estudiar cine en la Universidad de Gotemburgo, a cuyo municipio pertenece el pequeño pueblo en que nació. “Siempre me ha entusiasmado la sociología, me viene de mi madre, y creo que eso puede verse también en mis largometrajes”.

Tras el éxito de The Square, el sueco, confiesa, pasó una crisis, atenazado por el miedo. “Por suerte, ya estaba el guion en marcha, no se podía parar”. Con un presupuesto del doble que sus trabajos anteriores, Triangle of Sadness sufrió dos parones por la covid. “Y me vino bien, porque así pude madurar algunos aspectos de la película, que la considero la más compleja de las mías”. Empezó a rodar en enero de 2020, paró en marzo —en junio aprovechó unos días en los que Woody Harrelson, que encarna al capitán de un crucero de lujo, pudo volar a Suecia— y volvió aquel otoño tras las cámaras en Grecia. De nuevo, debió de detener la filmación, que a la tercera, en 2021, pudo rematarse. Con la sátira acaba una trilogía. “No estaba pensada así en sus inicios, pero al final Fuerza mayor (Turist), The Square y Triangle of Sadness reflexionan sobre las expectativas de la masculinidad, y sobre lo que significa ser hombre hoy en día”.




Lo que no va a abandonar es el absurdo. “Mi siguiente trabajo se desarrolla en un vuelo de largo recorrido de 14 horas. Nada más despegar, la tripulación avisa que el sistema de entretenimiento del avión no funciona. No hay pantallas, solo pasajeros y mundo analógico para disfrutar”, aseguraba en Cannes. Y se titula, no podía ser menos, El sistema de entretenimiento se ha caído.

Con la Palma en la mano, en la sala de prensa, Östlund se declaró absolutamente feliz. “La primera vez que gané era la primera vez que estaba en el Concurso. En esta ocasión no he pensado en nada de eso, sino en disfrutarlo y pasármelo bien estos días con mi equipo”, aseguraba. “A eso le he sumado que he conocido a algunos de los otros directores, como Lukas Dhont, y ha sido estupendo. Siento que formamos una comunidad de cineastas de autor. A mí me inspira hacer cine que reflexione sobre cosas importantes, y que a la vez sean divertidos, como las películas de Buñuel o Lina Wertmüller”, contaba antes de explicar sus próximas horas: “Lo voy a celebrar y luego vuelvo a casa a cuidar de mi hijo de 18 meses y a cambiar más pañales”. (Gregorio Belinchón)


Ruben Östlund

jueves, 21 de abril de 2022

La masacre de Columbine. De la realidad al cine.

 

Lo más terrible que puede ocurrirle a un padre o una madre es perder a un hijo. A Susan Klebold le sucedió: su benjamín, Dylan, murió con 18 años recién cumplidos. Con una particularidad: él mismo se quitó la vida, minutos después de habérsela robado a otras 13 personas. El 20 de abril de 1999, Dylan Klebold y su amigo Eric Harris abrieron fuego contra sus compañeros del instituto Columbine, en Colorado (EE. UU.), matando a 12 estudiantes y un profesor. Otras muchas personas resultaron heridas. Las imágenes de la matanza —la más terrible cometida hasta entonces en un centro escolar en Estados Unidos— dieron la vuelta al mundo; el hijo pequeño de Susan Klebold fue uno de los asesinos de la tristemente famosa “masacre de Columbine”.

 

Ahora, 17 años después, Susan Klebold ha publicado un libro titulado A mother’s reckoning: Living in the aftermath of tragedy (Balance de una madre: viviendo las secuelas de una tragedia), en el que da respuesta a las preguntas que a todo padre y madre que conozca los hechos se le han pasado alguna vez por la cabeza: ¿Cómo se vive con ese suceso clavado en la memoria; con la culpa por un crimen que uno no ha cometido; con el rechazo de otros por su parentesco con un criminal? Y, quizá aún más terrible: ¿cómo es que no se dio cuenta antes de lo que su hijo era capaz de hacer, del odio que se cocía en su interior? ¿Hasta qué punto se siente responsable, al vivir 18 años con un potencial asesino de masas? ¿Le carcome el pensamiento de que, de algún modo, ella, como madre, pudo haberlo evitado?

 

La idea que subyace en la historia de la señora Klebold es que su drama le podía haber acaecido a cualquiera. Era una madre normal: no uno de esos padres o madres conflictivos que viven en una maltrecha caravana en un barrio marginal. Educados y de clase media, ella y su marido, Tom Klebold, eran pacifistas; estaban en contra del uso de armas por particulares. Tenían convicciones religiosas —luteranos practicantes— y el trabajo de Susan consistía en conceder becas de informática a discapacitados (su marido, del que se divorció en 2014, es geofísico). Habían puesto a su hijo menor el nombre de Dylan por el poeta británico Dylan Thomas. El mayor se llama Byron.

 

Dylan Klebold y su amigo Eric Harris

En su libro, cuyos derechos de autor serán donados íntegramente a organizaciones dedicadas a enfermedades mentales, Susan empieza mostrando su dolor: “Daría mi vida para reparar lo que pasó ese día. De hecho, la daría con gusto a cambio de cualquiera de las vidas que se perdieron”, escribe. Y enseguida procede a describir su familia. “Tom y yo éramos padres cariñosos, atentos y comprometidos, y Dylan era un niño entusiasta y afectivo”. Y añade: “Lo corriente de nuestras vidas antes de Columbine quizá será lo más difícil de entender de mi historia. Para mí, es también lo más importante”.

 

La noción de que un criminal adolescente puede surgir hasta en las mejores familias la ha recalcado poco después en las pocas entrevistas que ha concedido. “Una de las cosas aterradoras sobre esta realidad es que la gente que tiene familiares que hacen cosas como esa son como el resto de nosotros”, declaró la señora Klebold a The Guardian. “He conocido a varias madres de asesinos de masas, y ellas son tan dulces y agradables como cualquiera. Uno sería incapaz de saber, si nos viera juntas en una habitación, qué es lo que tenemos en común”.

 

Madres amorosas que, sin embargo, pasaron por alto que tenían un monstruo en casa. Y eso que Dylan daba pistas. De niño tranquilo y feliz, el chico se convirtió en un problemático adolescente. En su tercer año de instituto, él y su amigo Eric fueron detenidos por robar en una furgoneta materiales electrónicos. Poco después, Dylan fue multado y expulsado temporalmente por rayar la puerta de una taquilla de vestuario. Ni siquiera cuando pidió a sus padres como regalo de Navidad una escopeta —un año antes del crimen— ella ató cabos. “Sorprendida, le pregunté para qué la quería, y me dijo que creía que ir de vez en cuando a un campo de tiro podría ser divertido”, evoca en el libro. “Dylan sabía que soy enemiga acérrima de las armas, así que la propuesta me dejó de piedra (…) Y como nunca habría permitido un arma bajo nuestro techo, su petición no despertó en mí ninguna alarma”. Como su madre se negó a comprarle la escopeta, él por su cuenta y a escondidas se hizo, junto con su amigo, con un arsenal.

 

Susan Klebold

Tras la matanza salieron a la luz unos vídeos en los que Dylan y Eric, en vísperas de su mortífero ataque, exhibían su arsenal y fanfarroneaban de ello. Algunos fueron rodados en el sótano de la casa de Dylan, lo que hizo que los medios los titularan The basement tapes (“las cintas del sótano”), igual que unas grabaciones de otro Dylan, el músico Bob. “No teníamos ni idea de que esos vídeos existieran”, escribe Susan. “Mi corazón casi se rompe cuando vi a Dylan y escuché su voz: aparecía y sonaba justo como lo recordaba, el chico al que tanto echaba de menos (…) [Sin embargo] nunca había visto esa expresión de burlona superioridad en su cara. Me dejó boquiabierta el lenguaje que usaban: abominable, lleno de odio, racista, con palabras despectivas que nunca había escuchado en mi casa”.

 

Las cintas del sótano impactaron aún más en esta madre que el atentado perpetrado por su hijo. Lo explicaba en estos términos para The Guardian: “Pienso que Dylan fue víctima de alguna clase de disfunción de su cerebro. El Dylan que conocí y crié era una persona amable, considerada, por eso me resulta tan difícil de entender. Pido disculpas a quien le ofenda, pero no odio a mi hijo, ni le juzgo, porque es mi hijo y, además, sea lo que fuese que mató a los otros, también lo mató a él”.

 

Imágenes reales de la masacre


Fotograma del film "Elephant"


Esa ignorancia en la que vivía es lo que ha convertido a Susan Klebold en diana del odio de víctimas supervivientes, familiares y cierta parte de la opinión pública. Para muchos es culpable por omisión. Reacción que ella entiende. “Nunca he dejado de pensar en cómo me sentiría yo si estuviera en el otro lado y uno de sus hijos hubiera disparado al mío”, admitió a ABC News. “Estoy completamente segura de que sentiría exactamente lo mismo que ellos”.

 

Su vida, como es natural, cambió por completo. Destrozada, Susan pensó en marcharse a vivir a otra ciudad, cambiar su apellido (recuperando el de soltera) y empezar de cero. “Muchas veces”, admitió en una entrevista para la edición estadounidense de Marie Claire. “Todavía podría hacerlo, pero debería tener una buena razón. Me doy cuenta de que realmente no puedo escapar de esto. Puedo cambiar mi nombre, mudarme, pero aún tendría que vivir con el hecho de que mi hijo mató a otras personas”.

 

Como suele ocurrir con los golpes más duros, hacen más fuertes a las parejas o las destruyen. “La única persona en el mundo que podría haber comprendido por lo que estaba pasando era Tom, mi marido, pero la brecha que se había abierto entre nosotros en los primeros días tras la tragedia se fue ensanchando”, expone en el libro. Después de 43 años juntos, los Klebold se divorciaron en 2014. Los abultados gastos en abogados tampoco ayudaron. “La primera factura que recibimos fue una conmoción. No teníamos idea de cómo la pagaríamos (…) Mi madre había estado pagando un seguro de vida para sus nietos, mis hijos, desde niños, y toda esa cantidad sirvió para pagar la primera factura. Pero fue una sola gota en el cubo, porque nos esperaban años de facturas por delante”, relata. El seguro se hizo cargo de las indemnizaciones a las víctimas, por valor de 1,3 millones de euros.

 

También ha cambiado su forma de pensar. Ahora se pone en la piel de las madres de los criminales (“Cuando oigo sobre terroristas en las noticias pienso: ‘Es el hijo de alguien”, asegura) y ha convertido su vida en una cruzada no contra las armas, sino contra el suicidio: “Creo que un asesinato-suicidio es una manifestación de suicidio y, si nos centramos en este, pienso que podemos prevenir sucesos como el de Columbine”, declaró.

 

El atentado de Dylan y Eric tuvo un enorme eco social y cultural. Michael Moore dedicó un documental a los hechos (Bowling for Columbine, 2002) y Gus Van Sant rodó una película (Elephant, 2004). En 2021, Fran Kranz, escribe y dirige la película MASS, donde muestra cómo, años después de esta tragedia, dos parejas de padres están por fin dispuestas a hablar en un intento de seguir adelante con sus vidas.

 


En 2000, Marilyn Manson publicó el álbum Holy wood (in the shadow of the valley of death) como reflexión tras aquella tragedia (en su día se dijo que las canciones de este músico de rock habían podido instigar a los dos muchachos a llevar a cabo su plan, y Manson llegó a escribir un artículo defendiéndose en Rolling Stone). Una repercusión que Susan ha llevado mal. “Para mí, Dylan me pertenecía. Y cuando veo películas, obras de teatro o escucho canciones dedicadas a aquello tengo la sensación de que alguien me lo está arrebatando, que está reclamando la propiedad de algo de lo que no saben nada en absoluto”, dijo a The Guardian.

 

Fotogramas del film "MASS"

Lo que no ha mutado en estos años ha sido su alergia a usar el verbo “matar” en relación a lo que hizo su hijo. “No pasa un día sin que piense en la gente a la que Dylan hizo daño. Para mí es más fácil decir ‘hacer daño’ que ‘matar’, incluso después de tanto tiempo”, dijo a ABC News. “Es muy duro vivir con el hecho de que alguien a quien amaste y criaste mató brutalmente a gente de ese modo horrible”.

 

Su libro, que aparece salpicado con desgarradores comentarios de su diario personal, concluye con una descripción de su agonía: “Desearía haber sabido lo que tramaba Dylan”, asegura. “Desearía haberlo detenido. Desearía haber tenido la oportunidad de intercambiarme por aquellos que perdieron su vida. Pero al margen de un millón de deseos apasionados, sé que no puedo volver atrás”. Y extrae una moraleja: “Debemos centrar nuestra atención en investigar y concienciar acerca de esas enfermedades [mentales], no solo para el beneficio de quienes las padecen sino también para los inocentes que seguirán siendo sus víctimas si no lo hacemos”. (Miguel Ángel Bargueño)


Susan Klebold y su hijo Dylan