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jueves, 19 de enero de 2023

Judith de Betulia (David W. Griffith, 1914)

 

Título original: Judith of Bethulia. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1914. Duración: 61 min. Género: Drama, Cine Mudo.

Guión: Thomas Bailey Aldrich, David W. Griffith, Grace Pierce, Frank E. Woods. Ayudante de Dirección: Christy Cabanne. Música: Olivier Alary. Fotografía: G.W. Bitzer. Montaje: James Smith. Producción: David W. Griffith para Biograph Company.

Fecha del estreno: 8 Marzo 1914 (USA).

 

Reparto: Blanche Sweet, Henry B. Walthall, Mae Marsh, Robert Harron, Lillian Gish, Dorothy Gish, Kate Bruce, J. Jiquel Lanoe, Harry Carey, W. Chrystie Miller, Gertrude Robinson, Charles Hill Mailes, Edward Dillon.

 

Sinopsis:

Durante el asedio de la ciudad judía de Betulia por los asirios, una viuda llamada Judith seduce a Holofernes, general del ejército asirio, a quien asesina decapitándolo, convirtiéndose así en la heroína del pueblo judío.

 

Comentarios:

Interesante film antropológicamente para los cinéfilos, pues es ver la génesis de un pionero del Séptimo Arte como David Ward Griffith con un relato bíblico en lo que fue su primer largometraje.

El cineasta produce, dirige y co-guioniza adaptando la obra homónima de Thomas Bailey Aldrich, se basa en la historia bíblica de Judith y Holofernes, considerada como parte de los apócrifos por los protestantes y del Deuterocanon por los católicos, añadiendo Griffith una subtrama romántica (la de Naomi y Nathan) por imperativo comercial. Fue también el primer largometraje realizado por la pionera compañía cinematográfica Biograph, aunque el segundo que lanzó la compañía.

Para 1913, el director pionero David W. Griffith sufría las limitaciones impuestas por la negativa de Biograph a permitirle producir largometrajes. El estudio creía que ninguna audiencia sería capaz de ver una película que dure más que la de dos bobinas convencionales (unos 20 minutos), pero Griffith creía lo contrario (la taquilla dio la razón a los ejecutivos de la Biograph, no caló en el público y se convirtió en un fracaso en su estreno, no llegando a cubrir ni su costosísimo presupuesto para la época de 250.000 dólares). Entonces, se fue de Nueva York a California, dando a Biograph la impresión de que produciría seis cortos. Una vez allí comenzó la producción de Judith de Betulia. Fue un acto que resultaría en que esta fuera la última película de Griffith para el estudio. Su próxima película sería para otro estudio, Mutual. Entonces Biograph retrasó el lanzamiento de la imagen hasta 1914, después de la partida de Griffith, para no tener que pagarle en un acuerdo de participación en las ganancias que tenían.

Durante el asedio de la ciudad judía de Betulia por parte de los asirios, una viuda llamada Judith (Blanche Sweet) tiene un plan para detener la guerra ya que su pueblo sufre hambre y está lista para rendirse. La viuda se disfraza de niña de harén y va al campamento enemigo, donde engaña a un general del rey Nabucodonosor, cuyo ejército está asediando la ciudad. Judith seduce a Holofernes (Henry Walthall), luego, mientras está borracho, le corta la cabeza con un sable. Ella regresa a su ciudad, una heroína.



Obra de poco más de 60 minutos en los que se siente como un esbozo de las cualidades que están por explotar en el creador en sus obras posteriores, inspirándose seguramente en el Colosal Italiano del que era gurú Giovanni Pastrone con su gran obra “Cabiria” (1914), películas en las que no se escatimaba en presupuesto, con escenas con decenas de extras y enormes decorados, y versando sobre temas históricos. La película fue todo un logro en su día, con dirección de cientos de extras, decorados, vestuario, y ambientación de la época antigua tratados de una forma minuciosa y detallista, pero que muy pronto quedarían a años luz de los de la superproducción “Intolerancia” (1916), con las espectaculares escenas de Babilonia como copia muy mejorada, también de Griffith. Siendo lo relevante el hábil manejo de las masas de extras de Griffith, su gusto megalómano en los ampulosos decorados, el espléndido vestuario, sus ansias épicas, con enfrentamientos bélicos que con el filtro del tiempo se ven radiantes de ímpetu tanto en el cuerpo a cuerpo de las turbas, como en el intento de asalto de las murallas de Bethulia, con los arietes, las catapultas y las torres de asalto, con muertos cayendo a gran altura. Hay también algunos momentos ingeniosos como el modo de aparecer cual cortina desplegada son los arbustos que se abren impactantes ante el avance de las tropas asirias.




Lo malo es el acartonamiento del relato, la historia es más simple que el mecanismo de un vaso, los personajes son más planos que el encefalograma de Holofornes, no ayudan unas actuaciones excesivamente teatrales, hay una protagonista que es confusamente descrita (al inicio es alabada y loada, pero no se sabe porque), la tensión es escasa, hay el mencionado romance que está metido con fórceps, hay un villano que resulta grotesco en su caricatura de hedonista tirado permanentemente en un diván (y aun así tenemos que tragar con que Judith llega a sentir algo por este pelele), todo resulta harto previsible, con un final que no te despierta a sensación alguna. La realización está marcada por planos generales estáticos, aun no descubrió la cámara móvil que popularizó en “El Nacimiento de una Nación”, con clara influencia teatral, y también para captar en las tomas a todos los extras, siendo la edición un tanto ordinaria comprándola con sus posteriores largos, pero tiene un buen momento que da luz sobre el potencial de Griffith (me refiero a cuando Judith tiene dudas sobre si ‘matar’ a su enemigo, y entonces hay un corte a su pueblo sediento). Lo que deriva en notarse como un experimento de alguien buscando su lugar en el cine, pero narrativamente te implicas muy poco (siendo benévolo) con los personajes, y fuera de las vigorosas escenas de lucha queda en algo poco significativo. (T.R. / Filmaffinity)

Recomendada (con reservas).



lunes, 19 de diciembre de 2022

Las dos tormentas (David W. Griffith, 1920)


Título original: Way Down East. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1920. Duración: 165 min. Género: Drama, Cine Mudo

Guión: Anthony P. Kelly, D.W. Griffith (no acreditado) (adapta el drama teatral "Way Down East", de Joseph R. Grismer y William A. Brady, basado en la pieza teatral "Annie Laurie" (1898), de Lottie Blair Parker). Música: Louis Silvers. Fotografía: Billy Bitzer, Charles Downs, Hendrik Sartov. Montaje: James Smith, Rose Smith. Vestuario: Lucy Duff-Gordon. Producción: David W. Griffith.

Fecha del estreno: 3 Septiembre 1920 (USA).

 

Reparto: Lillian Gish, Richard Barthelmess, Lowell Sherman, Burr McIntosh, Kate Bruce, Mary Hay, Creighton Hale, Emily Fitzroy, Porter Strong.

 

Sinopsis:

Anna Moore es una joven que va a visitar a su acaudalada tía de Boston para que ayude a su familia a salir de la pobreza, pero una vez allí un hombre rico la engaña con un matrimonio falso para aprovecharse de ella. Cuando Anna se queda embarazada es abandonada a su suerte.

 

Comentarios:

Nadie puede negar hoy día que David W. Griffith es uno de los directores más importantes de la historia del cine, y que su contribución a la creación del lenguaje fílmico fue absolutamente esencial. Pero eso no quita que algunas películas – o, mejor dicho, algunos aspectos de sus películas – no han soportado muy bien el paso del tiempo, al menos en lo que se refiere al contenido. Este argumento puede justificarse por el mismo hecho de que la carrera de Griffith cayera en decadencia en los años 20 después de haber sido ni más ni menos que el director más importante del mundo. Y si bien es cierto que su caída en desgracia vino determinada también por otros factores ajenos a su obra, el creciente desinterés del público de entonces hacia sus nuevas películas resulta sintomático.

Griffith había basado su obra en una serie de premisas e influencias que le fueron de mucha ayuda a la hora de consolidar el cine como medio para contar historias complejas: la novela de Dickens, el melodrama burgués, el teatro, etc. Sin embargo, una vez dio el salto completo al largometraje, uno puede notar que esa insistencia en volver a los mismos temas y tópicos estaba empezando a dar lugar a obras algo fuera de lugar. En mi opinión ese gusto por temas tan anclados en la ideología victoriana por entonces pasada de moda junto a cierta pomposidad o grandilocuencia en la forma le acabaron pasando factura a nivel de calidad. Por ejemplo, en el caso de “Las dos tormentas” Griffith nos ofrece al inicio del film una serie de rótulos que dicen grandes cosas sobre el Hombre y la Mujer y su relación a lo largo de los tiempos que sinceramente sigo sin ver del todo claro a cuento de qué vienen. Ese tratamiento sumado a la consabida historia de joven inocente y virginal que pierde su honra engañada por un seductor hacen de “Las dos tormentas” un producto potencialmente poco atractivo hoy en día respecto a otras películas de la época (de hecho ya entonces la obra original se consideraba absolutamente anticuada, por ello cuando Griffith pagó sus carísimos derechos para adaptarla al cine muchos lo tomaron por loco).



No obstante, tampoco pretendo con esta introducción ser excesivamente crítico con la presente película ya que, de hecho, considero “Las dos tormentas” un buen trabajo, y a nivel comercial fue uno de los mayores éxitos de la carrera de Griffith. Simplemente quiero exponer ya de entrada un rasgo del film que acabó convirtiéndose en un handicap que luego influyó en la decaída de la carrera de Griffith.

La protagonista del film es Anna, encarnada por Lillian Gish, una de las actrices predilectas del director en su clásico papel de joven inocente, pura y virginal. Encarna a una muchacha empobrecida que es animada por su madre a visitar a sus tíos ricos con la esperanza de que les ayuden económicamente. El plan no resultará, pero a cambio conocerá a Lennox, un acaudalado mujeriego que la seduce y engaña con una boda falsa. Una vez se cansa de Anna, Lennox la abandona embarazada a su suerte.

Un tiempo después Anna se ve sola en el mundo (ha perdido a su madre y su hijo) buscando un trabajo para subsistir. Lo encontrará en la granja regentada por Squire Bartlett, quien la contrata desconociendo su pasado. Su hijo David se enamora enseguida de Anna, pero ésta le rechaza porque su pasado no la hace digna de casarse con ningún hombre. Para complicar más su situación, Lennox resulta ser un vecino de la granja Bartlett e intentará convencerla para que abandone su trabajo al serle una molestia tenerla tan cerca.



Ciertamente a los conocedores de la obra de Griffith les será más que familiar el argumento melodramático de “Las dos tormentas”. No obstante, ello no constituye el principal impedimento para disfrutar del film, sobriamente dirigido con profesionalidad y con una Lillian Gish que como es de esperar hace totalmente suyo ese tipo de papel que tan bien conocía. El problema para mí reside sobre todo en la peculiar combinación de melodrama y humor. Y es que el film está poblado de pequeños personajes humorísticos casi deudores del slapstick que crean una visión paródica de la América pueblerina cristiana y bienpensante. La combinación entre melodrama y humor no tendría por qué ser contraproducente (véase “El Chico”, de Chaplin, estrenada solo un año después), pero en este caso creo que Griffith no acaba de encontrar el tono de humor adecuado para su historia. Los personajes secundarios tienen unos rasgos tan cómicos que se hacen casi imposibles de tomar en serio y los gags resultan algo burdos. El contraste de este tipo de situaciones con el melodrama de Anna basado en la pérdida de su inocencia y su caída en desgracia resulta algo chocante.

Mucho mejor es en cambio el tramo final de suspense en que Anna escapa en mitad de una terrible tormenta de nieve. Dicha escena no sólo es la más llamativa de la película sino que, el rodaje de la misma en exteriores naturales, ya forma parte de la historia del cine. En cualquier artículo que se recuerden rodajes accidentados siempre habrá una referencia a la filmación del final de “Las dos tormentas”, durante la cual el equipo y, especialmente, Lillian Gish, tuvieron que soportar las frías temperaturas durante horas. En el caso de la actriz, incluso sufrió algunas secuelas de importancia: como consecuencia de mantener su mano derecha sumergida en el agua congelada tantos minutos ésta le quedó afectada durante el resto de su vida.

Pero más allá de las anécdotas conocidas, la escena destaca por su magnífica factura visual. Muy pocos directores de la época crearon clímax visuales como éste en que se aprovecha de tal manera la naturaleza como elemento dramático, con la excepción de la escuela sueca (Victor Sjöstrom, Mauritz Stiller) que probablemente fue la principal influencia de Griffith.

Pese a ciertos aspectos que la hacen algo desigual y ese tono y contenido algo anticuados, “Las dos tormentas” ha acabado siendo una de las obras más recordadas de Griffith y está considerada una de las mejores. Yo personalmente sigo prefiriendo la preciosa “Lirios rotos” (1919) ya que disfruto más de ese melodrama más tierno y sencillo que de su faceta grandilocuente, pero no cabe duda de su calidad. Con la perspectiva que tenemos hoy día podemos considerar “Las dos tormentas” como una de las últimas obras de Griffith en que los temas y personajes más típicamente victorianos y su estilo clásico encajaron con los gustos del público. (Guillermo Triguero)

Recomendada.



sábado, 19 de noviembre de 2022

Lirios rotos (David W. Griffith, 1919)


Título original: Broken Blossoms. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1919. Duración: 90 min. Género: Drama, Bélico, Cine Mudo.

Guión: David W. Griffith (basado en el cuento “The Chink and the Child”,

de Thomas Burke1). Fotografía: G.W. Bitzer (B&W). Música: Joseph Turrin (DVD del 2001). Montaje: James Smith. Producción: David W. Griffith.

Fecha del estreno: 13 Mayo 1919 (EE.UU.)

 

Reparto:

Lillian Gish (Lucy Burrows), Richard Barthelmess (Cheng Huan), Donald Crisp (Battling Burrows), Arthur Howard (Gerente de Buroows), Edward Peil Sr. (Ojo malvado), George Beranger (El espía), Norman Selby (Un boxeador).

 

Sinopsis:

Una inocente joven que vive en un claustrofóbico ambiente en el barrio londinense de Limehouse, es brutalmente maltratada por su padre, un ex boxeador alcohólico. En este sórdido lugar, vive una historia de amor con un noble chino, que, incluso lejos de su tierra, trata de vivir conforme a su filosofía de paz y armonía, pero su idealista visión del mundo choca con la cruda realidad.

 

Comentarios: 

Cuando el director, productor y guionista D.W. Griffith llevó a cabo todas esas funciones para desarrollar Lirios rotos (Broken Blossoms, 1919), la teoría de los géneros cinematográficos todavía no se había desarrollado, y estos todavía tendrían muchos cambios por dar. Por tanto, aunque es lógico considerar dicho filme como un melodrama, no se trata de lo que se entiende como melodrama clásico —una idea que llegaría posteriormente, en plenos años veinte. La cinta de Griffith es, en cambio, un melodrama victoriano, la base más firme del género cinematográfico pero que presenta considerables diferencias con respecto al grueso del citado modo narrativo. Del melodrama siempre se ha señalado la intensidad de sus emociones, el grosor de las temáticas, que son explicitadas a través de lo que se conoce como una estética del exceso. Todas estas características aparecen en el melodrama victoriano, que destaca por presentar un reducido espectro de personajes arquetípicos, que se relacionan en base a temas principalmente amorosos, y en el que la presencia de la muerte en forma de asesinato es casi una constante. La diferencia clave que permite marcar un antes y un después en la evolución del melodrama consiste en la posibilidad de señalar a un antagonista concreto o no. Mientras que en ejemplos de melodrama clásico como Stella Dallas (King Vidor, 1937) o Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Allows, Douglas Sirk, 1955) no hay un antagonista claro, no hay un personaje al que señalar como el causante de todos los males de quien protagoniza la historia, sino que es el modelo de sociedad y sus normas la que lo provoca, en la película analizar es evidente que sí lo hay —en este caso, el padre de la protagonista, un violento y borracho boxeador. Por tanto, cuando se habla de Lirios rotos se está haciendo referencia a un melodrama victoriano.

Resulta tremendamente estimulante recorrer los años previos a la producción de la cinta para entender toda una serie de decisiones que condicionan Lirios rotos de manera determinante. Era 1919 cuando Griffith estrenó la obra. Por aquel entonces ya había rodado sus dos tótems cinematográficos, El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915) e Intolerancia (Intolerance, 1916). Es bien conocida la historia que relaciona a ambas, siendo la segunda la respuesta inmediata a la oleada de críticas que sufrió el realizador por su manera de retratar a la comunidad afroamericana en la primera. Pero no se trataba solo de un lavado de cara, sino de un mensaje subliminal a sus detractores. Al crear una historia sobre la intolerancia, el autor trataba de mostrarse como una persona tolerante y comprometida con las causas sociales, pero a la vez acusaba a la audiencia de ser, precisamente, intolerante con su manera de hacer cine. La decisión muestra la cara narcisista de un creador megalómano que se consideraba a sí mismo un auténtico artista, en una época en la que este tipo de términos no se utilizaban con frecuencia en Hollywood. De hecho, se podría asegurar que Griffith contribuyó en gran medida al desarrollo del concepto de director de cine como autor, y no como un simple artesano insertado en la maquinaria de estudio que siempre ha fomentado la meca del cine.



La creación de una película como Lirios rotos atiende a otro ataque de narcisismo por parte de Griffith, quien, más allá de que estuviera en lo cierto o no, consideraba que sus obras no eran tomadas suficientemente en serio. A pesar de tener gran fama y ser conocido por sus proyectos mastodónticos, decidió cambiar radicalmente la aproximación a su modelo de cine para la producción de su nueva cinta. En este caso no habría grandes presupuestos, decorados colosales ni metrajes kilométricos. De hecho, la cinta apenas costó 70.000 dólares, una cifra que el propio director se aseguró de que se hiciera pública, para reforzar el mensaje que trataba de mandar. Cuando se asiste a la proyección del filme se explicita hasta qué punto el autor se esforzó por dar dicha imagen sobre su trabajo. Ya desde los títulos de crédito hay una serie de evidencias inequívocas. Para empezar, cada uno de los intertítulos aparecen firmados con las letras “DG”, que corresponden a sus iniciales, queriendo enfatizar la autoría del responsable de aquello que se quería mostrar como una obra de arte. Por otro lado, los textos que aparecen en dichos intertítulos están escritos utilizando un lenguaje poético, tremendamente recargado, como si de esta manera se quisiera aproximar a la vertiente literaria del arte —aparte del hecho de que la cinta adapta un relato literario, The Chink and the Girl, escrito por Thomas Burke.



Pero la disciplina artística que mayor influencia tiene sobre Lirios rotos, también conocida como La culpa ajena, es la pintura. Por un lado, es normal que esto suceda, puesto que podría considerarse que el cine es el nieto metafórico de esta —con la fotografía como nexo generacional entre ambos—, pero la influencia va más allá de lo básico. Empezando por lo más evidente, Griffith utilizó el tintado de fotogramas, algo que en 1919 distaba de ser novedoso. Por otro lado, el tipo de iluminación es determinante. Gracias al trabajo de fotografía de su colaborador habitual, G.W. Bitzer, el director utilizó una luz suave, que, junto con el uso de una profundidad de campo estrecha, permitía la creación de fondos difuminados. Estas decisiones se explicitan en los momentos en los que filmó en primer plano a su protagonista, a quien daba vida su actriz fetiche, Lillian Gish. La actriz era iluminada desde arriba, sin sombras en la cara y con un cierto halo alrededor del pelo. Todo ello, sumado al citado fondo difuminado, daba lugar a un plano de corte artístico que se aproxima a la estética de la pintura. Pero quizás el recurso estilístico que termina de confirmar esta teoría es el uso de los tableaux vivants, que consisten en, precisamente, utilizar actores y escenarios para representar imágenes que recuerdan de manera inequívoca a cuadros. Los tableaux son recursos muy habituales en el melodrama —y en esta cinta son una constante—, puesto que son momentos en los que el tiempo parece detenerse, de tal manera que se potencia la idea del género, que, a diferencia del resto de modos narrativos, lejos de focalizarse en contar una historia, en lo que se interesa es en desarrollar una emoción y forzar al público a que la viva junto a sus protagonistas. Mediante el uso de tableaux, el tiempo narrativo se detiene y la audiencia posa su mirada sobre la situación para pararse a vivir la emoción del relato.



El sufrimiento que vive el público llega de la mano de la protagonista de la cinta, Lucy, conocida como La Chica. La joven vive en casa de su padre, Battling Burrows (Donald Crisp), quien la maltrata física y psicológicamente, hasta el punto de hacer su vida un auténtico infierno. Su deseo de escapar se potencia cuando entra en contacto con el personaje conocido como El Hombre Amarillo (Richard Barthelmess), un asiático que ha emigrado al embrutecido y salvaje Occidente para tratar de transmitir las enseñanzas vitales de Oriente, que se basan en la bondad y la compasión. Entre ellos se establece una relación amorosa que los podría salvar de la pesadilla en la que viven, pero la sociedad, encarnada en la figura del padre, conspirará para impedirlo. Los melodramas son narrativas sobre la moral, y, por tanto, en sus historias siempre aparece un aspecto de la sociedad y sus normas de conducta que sirve de base sobre la que construir el conflicto. En este caso, existe una ley no escrita que prohíbe las relaciones interraciales. Aunque en este caso, como ya se ha mencionado, existe una figura concreta que ejerce de antagonista, este funciona como la personificación de la moral social. Cuando el padre de la chica impide el contacto entre los amantes, actúa en nombre de la comunidad, que es la que se opone a que esto suceda. Por tanto, los melodramas son, al menos en el cine comercial estadounidense, historias sobre lo imposible, que normalmente, pero no siempre —sin ir más lejos, como en el caso del subgénero conocido como melodrama masculino o melodrama trágico, en el que se engloban cintas como Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, Nicholas Ray, 1955) o La ley del silencio (On the Waterfront, Elia Kazan, 1954)—, es un amor imposible.



Otro aspecto que determina el modelo del melodrama es lo que se conoce como texto de mudez. Lo normal en este género es que se vea con total claridad cuál es el conflicto de la película, pero que nadie hable sobre ello, ya sea porque es un tabú o porque, como forma parte de las normas sociales de conducta, todos, tanto los personajes como la audiencia, la conocen de sobra, por lo que ni siquiera hace falta explicarla. Uno de los recursos narrativos más prácticos para desarrollar la idea consiste en crear un personaje que no forme parte de dicha sociedad, o de dicho espectro de la sociedad. Al ser un extraño, un intruso, se evidencia la norma, ya sea porque el personaje no la comprende o porque es el germen del conflicto. En este caso, no hace falta ser explícito en el relato acerca del rechazo que existía en la sociedad de la época ante las relaciones interraciales. Por ello, sin que haya referencias claras e insistentes con respecto al problema, cualquier persona que vea Lirios rotos entenderá sin ningún problema qué es lo que genera los conflictos sociales y la angustia en sus personajes.



Esta característica estilística del melodrama permite el desarrollo de la clave del mismo: la estética del exceso. Puesto que existe una serie de normas que se aplican con mano dura, pero de las que no se habla, la única manera en que la película puede comunicarlo, si no es mediante las palabras de los personajes, será mediante sus acciones o la estética. En la película abundan momentos de melodramatismo intenso, en los que Lillian Gish llora angustiada o directamente grita desesperada de terror. La propia estética de la imagen ayuda, con momentos en los que, mediante la iluminación, Griffith tontea con las claves visuales del terror, como las escenas en las que el padre golpea o amenaza a su hija, siendo el ejemplo paradigmático el momento en el que el boxeador rompe con un hacha la puerta del armario en el que la joven se había encerrado, una escena que probablemente influyó en la posterior La carreta fantasma (Körkarlen, Victor Sjöström, 1921) y que se convirtió en un auténtico icono pop gracias a El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980), hasta el punto de ser homenajeada de manera mimética en cintas como Cobra: el brazo fuerte de la ley (Cobra, George Panos Cosmatos, 1986).



El exceso también llega desde lo narrativo. El hecho de que los melodramas se centren en desarrollar emociones, y no historias, provoca que el tempo narrativo sea muy distinto al de cualquier película comercial hollywoodiense de la época. Sin ir más lejos, si se compara con las obras previas de Griffith citadas al principio del texto, se llega con facilidad a la conclusión de que tanto el número de situaciones que tienen lugar a lo largo del metraje como el ritmo con que se narran es claramente inferior en el caso de Lirios rotos. Al tener lugar pocas acciones, se permite que cada una de ellas se desarrolle hasta la extenuación, exprimiendo los sentimientos hasta el paroxismo. Para ello el ritmo debe ser lento, como así ocurre, lo que a su vez permite que en los momentos clave la narración literalmente se detenga para crear los citados tableaux vivants. Todavía faltaban años para que el melodrama solidificase sus claves estilísticas y narrativas, pero ya en 1919 Griffith mostró un amplio conocimiento del género. Aun tratándose de un melodrama victoriano, las características principales del modo narrativo aparecen con claridad, lo que le permiten desarrollar el proyecto de una manera más artística. No parece casual que el autor estadounidense escogiera precisamente uno de los géneros del cine comercial que menos atención le presta al guion, de tal manera que se vieran satisfechas sus intenciones de crear una pieza de arte, y no de entretenimiento. Aunque ingenuo, explícito, por momentos hasta lo burdo, e incluso mostrando una imagen tremendamente racista de sí mismo a pesar de que pretendía hacer todo lo contrario —ese tratamiento paternalista y estereotipado del mundo oriental—, D.W. Griffith logró su objetivo de mostrar al mundo que su talento iba más allá de la producción de filmes técnicamente espectaculares. (Yago Paris)

Recomendada.




lunes, 19 de septiembre de 2022

El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915)


Título original: The Birth of a Nation. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1915. Duración: 190 min. Género: Drama, Bélico, Cine Mudo.

Guión: D.W. Griffith, Frank E. Woods (basado en una novela de Thomas F. Dixon Jr). Fotografía: G.W. Bitzer (B&W). Montaje: David W. Griffith. Música: Joseph Carl Breil. Producción: David W. Griffith Corp.

Fecha del estreno: 8 Febrero 1915 (Los Angeles, California)

 

Reparto:

Lillian Gish, Mae Marsh, Henry B. Walthall, Miriam Cooper, Mary Alden, Ralph Lewis, George Siegmann, Walter Long, Robert Harron, Wallace Reid, Joseph Henabery, Elmer Clifton, Josephine Crowell, Spottiswoode Aitken, George Beranger, Raoul Walsh.

      

Sinopsis:

Clásico del cine mudo que narra los acontecimientos más importantes de la creación de los Estados Unidos de América: la guerra civil, el asesinato de Lincoln, etc. Ha sido tachada de racista por su glorificación del Ku Klux Klan, pero tiene el mérito de ser la primera película que cuenta una historia de modo coherente: hasta ese momento una película era un conjunto de escenas con muy poca relación entre sí. Obtuvo un enorme éxito en su tiempo.

 

Comentarios: 

En el año 1915, el cineasta D.W. Griffith firma El nacimiento de una nación, película universalmente recordada tanto por su excelencia técnica como por su polémica apología del aterrador Ku Klux Klan. Más de 100 años después de su estreno, la cinta sigue siendo un foco inagotable de vívida polémica. Las preguntas indescifrables que suscitan los sesudos análisis que de esta obra se han hecho se cuentan por cientos.

¿Qué hay realmente detrás de la concepción de esta película? ¿Es posible (o deseable) abstraerse de su explícito discurso racista y ultraconservador? ¿Qué impacto tuvo en la sociedad norteamericana de la época? ¿Se puede decir que El nacimiento de una nación es, de facto, una obra maestra? Por descontado, yo no tengo la respuesta definitiva a ninguna de estas preguntas, pero si me cedes unos minutos de tu tiempo, te regalo estas líneas que componen mi visión particular al respecto.

Teniendo en cuenta la larguísima duración de la película, no es de extrañar que su estructura esté dividida en dos partes. La primera comienza con los prolegómenos de Guerra de Secesión Norteamericana y termina con el asesinato del presidente Abraham Lincoln a manos del actor John Wilkes Booth. La segunda recorre los años posteriores a la guerra y los procesos de reconstrucción que se pusieron en marcha para reintegrar a los Estados del Sur dentro de la Unión. Cuando se recuerda El nacimiento de una nación, a menudo se sitúa el foco en el tercio final, donde se desarrolla la mayor parte del contenido polémico y flagrantemente racista de la película. Sin embargo, la primera hora de este filme es un producto totalmente alejado de los delirios segregacionistas del desenlace.

La primera parte de la cinta cuenta el antes, el durante y el después de la guerra desde el punto de vista de dos familias, los Stoneman (nordistas) y los Cameron (sudistas), que a pesar de su estrecha amistad y cariño mutuo se ven obligados a luchar en bandos contrarios durante la contienda. Acompañada de delicados acordes musicales que flotan a modo de aureola celestial sobre los espacios de lirismo esculpidos por Griffith, la película nos introduce a personajes tremendamente humanos, que viven sus livianas preocupaciones ajenos al horror que se cierne sobre sus vidas. Estos momentos iniciales suponen un delicioso exponente de costumbrismo, que nos acerca con cuidado mimo a las realidades más cotidianas de sus personajes.

Insisto en que, a pesar de incurrir en algunos estereotipos raciales propios de la época, esta primera parte nada tiene que ver con la epopeya ultra-racista de los compases finales de la cinta. El primer tercio se centra principalmente en el drama humano que supuso la Guerra Civil, que enfrentó a amigos contra amigos y se cobró más de medio millón de muertes. El cometido principal del inicio del filme es denunciar los horrores de la guerra (es innegable, no obstante, que incluso en este pasaje, la película hace gala de una notoria deferencia por el bando sudista).

Los primeros compases de esta obra son, en definitiva, un excelente producto que eleva las mayores virtudes del séptimo arte hasta terrenos vírgenes e inexplorados en aquella temprana época y redefinen el arte de contar historias.

El 9 de abril de 1865, el general confederado Robert E. Lee firma en el condado de Appomattox (Virginia) la rendición definitiva de los ejércitos del sur (episodio que es breve y brillantemente retratado en la película) marcando el final de la guerra. El cese de las hostilidades marcó el inicio de la llamada reconstrucción, plan orquestado por el presidente Abraham Lincoln para reintegrar a los territorios secesionistas en la Unión. La visión magnánima y benevolente de Lincoln hacia los vencidos, que contemplaba el armisticio y la concesión de la ciudadanía a los excombatientes sudistas, chocaba frontalmente con la visión del ala radical de su partido, encabezada por Thaddeus Stevens, que exigía tratar a los Estados del sur como «territorios conquistados».



Si bien al principio se impuso la visión del presidente, este fue asesinado poco después del final de la guerra, y los poderes de la presidencia recayeron sobre el demócrata Andrew Johnson. A pesar de que Johnson siempre trató de mantener vivo el legado de Lincoln, las políticas llevadas a cabo en el sur por el nuevo mandatario fueron más tajantes y severas de las que seguramente habría promulgado Lincoln si hubiera vivido hasta el final de su mandato. Estos procesos de reeducación fueron vistos como un ultraje y una humillación por buena parte de la población del sur. Los principales damnificados fueron los estirados aristócratas y los dueños de plantaciones de algodón, que tras la guerra se vieron obligados a liberar a los esclavos y perdieron buena parte de sus fortunas.

Este caldo de cultivo dio lugar a una corriente literaria e historiográfica denominada narrativa de la causa perdida (Lost Cause Narrative), que tradujo el descontento de la vieja aristocracia sudista en un discurso político-cultural, presente en numerosos escritos y autores de la época, que romantizaba la causa de la confederación y demonizaba grotescamente a los afroamericanos y a los soldados nordistas.

Esta corriente historiográfica trataba de desvincular, o al menos de diluir, la asociación entre la causa confederada y la execrable institución de la esclavitud. Haciendo uso de un estilo narrativo engalanado y preciosista, estas obras pretendían narrar la guerra desde el punto de vista del sur. Sin embargo, esta narrativa supuso un ejercicio desesperado de revisionismo histórico que intentó reescribir los hechos acontecidos durante la segunda mitad del siglo XIX sobre un lienzo de falsedades que, por desgracia, dejó honda mella en el imaginario colectivo estadounidense.

De hecho, Woodrow Wilson, el que fuera presidente de Estados Unidos entre 1913 y 1921, fue uno de los autores más notorios de esta corriente debido a la publicación de su libro A history of american people (1901), donde ofrecía una visión histórica que se alineaba claramente con la narrativa de la causa perdida. También sería Wilson el que organizaría un pase exclusivo de El nacimiento de una nación en la Casa Blanca.

Es innegable que El nacimiento de una nación es partícipe explícito de esta nociva narrativa. La película no solo glorifica la causa confederada, sino que además perpetúa innumerables estereotipos grotescamente falsos e insultantes hacia la comunidad negra y justifica las terroríficas acciones del Ku Klux Klan, una secta racista, protonazi y asesina. Todo el valor que tiene la carga costumbrista e intimista de la primera mitad de la película se diluye en el tercio final en un delirante baile de falsedades históricas, mentiras flagrantes y apología del supremacismo blanco.

A pesar de las pioneras técnicas empleadas en el rodaje de la batalla final, que introdujeron rompedores arquetipos argumentales y líneas de lenguaje cinematográfico imposibles para la época, es una difícil tarea la de abstraerse por completo del abominable y vomitivo mensaje con el que Griffith martillea una y otra vez la pantalla. Porque ni siquiera es una cuestión de contextualizar la época en la que se hizo la película, pues la moraleja filofascista de esta cinta era tan polémica y rechazable ayer como lo es hoy.

Sin embargo, creo que si tenemos en cuenta el hecho de que D.W. Griffith nació en el Kentucky de la posguerra (en 1875), en pleno proceso de reconstrucción, podremos entender la concepción que hizo de esta obra no tanto como un ejercicio de odio irracional sino como un reflejo de la triste realidad social de aquel contexto geográfico y político. De hecho, el propio Griffith sintió que su obra había sido malinterpretada, lo que le llevó a realizar Intolerancia (1916), que es un relato pacifista y buenista con el que el director trató de sacudirse la etiqueta de racista sureño que le había granjeado su anterior cinta. Además, unos años antes Griffith había dirigido el cortometraje La rosa de Kentucky (1911), donde condenaba explícitamente las prácticas violentas del Ku Klux Klan. La figura de Griffith sigue estando, por lo tanto, envuelta en un enigmático halo de misterio y contradicciones.

A pesar de las  controversias y del deleznable mensaje que impregna el final de la película, creo que sería un acto de deshonestidad irracional y puritana desechar por completo los numerosísimos méritos del filme. Tanto por su íntima, lírica y brillante primera parte, como por sus irrepetibles logros en el apartado técnico, su puesta en escena, sus deslumbrantes decorados, su sobrecogedora música y sus sorpresivas escenas de acción, El nacimiento de una nación es, sin duda alguna, una gran obra maestra y uno de los mayores hitos de la historia del cine. En cuanto a su aterradora y bochornosa semántica racista, que quede para siempre como un recordatorio de los siniestros lugares hostiles de los que provenimos y a los que no debemos, bajo ningún concepto, retornar. (Carlos Portolés)

Recomendada.




viernes, 19 de agosto de 2022

Intolerancia (David W. Griffith, 1916)


Título original: Intolerance. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1916. Duración: 197 min. Género: Drama, Cine Mudo.  

Guión: David W. Griffith. Fotografía: G.W. Bitzer (B&W). Música: Joseph Carl Breil (Película muda). Montaje: David W. Griffith, James Smith, Rose Smith Producción: David W. Griffith (The Triangle Film Corporation, Wark Producing Corporation).

Fecha del estreno: 5 Agosto 1916 (USA)

 

Reparto: Lillian Gish, Mae Marsh, Robert Harron, Constance Talmadge, Miriam Cooper, Alfred Paget, Walter Long, Seena Owen, Elmo Lincoln, Bessie Love.

 

Sinopsis:

Clásico del cine mudo que muestra a través de varios episodios históricos las injusticias provocadas por la intolerancia religiosa y social. La idea inicial de Griffith era narrar las sangrientas huelgas de 1912 en EE.UU. (un huelguista es acusado de la muerte de su patrón), pero después decidió rodar tres episodios más: "La caída de Babilonia, "La Pasión de Cristo" y "La noche de San Bartolomé" (sangriento episodio de las luchas entre hugonotes y católicos que tuvo lugar en París en 1572).

 

Comentarios: 

Una humilde madre de familia intentando salvar a su marido de la horca por un crimen que no ha cometido. La caída de Babilonia en manos del rey persa Ciro el Grande. La masacre del día de San Bartolomé en la Francia del siglo XVI. La crucifixión de Jesucristo. Cuatro historias separadas por siglos de diferencia que aparentemente no tienen nada en común. ¿A quién se le podría haber ocurrido la temeridad, y más en una fecha tan temprana como 1916, mezclar todos esos argumentos en una sola película?

La respuesta es ni más ni menos que D.W. Griffith, el gran pionero del cine norteamericano y el cineasta más importante de su época. Griffith había logrado ya un hito aparentemente insuperable con El nacimiento de una nación (1915), una de las obras más importantes de la historia que trazó el camino que seguiría el cine en adelante. ¿Cómo sobrepasar algo así? Lejos de amedrentarse por el reto, el ambicioso realizador concibió una película que superara la anterior en todos los aspectos: más larga, más épica y más compleja. Intolerancia (1916) era un filme en que combinaría cuatro historias situadas en contextos totalmente distintos, pero con un hilo conductor común: el reflejo de la intolerancia a lo largo de los años (un tema que el cineasta eligió precisamente como acto de expiación y en respuesta a las críticas que recibió por el posicionamiento inequívocamente racista de El nacimiento de una nación).

Con unos gastos de producción absolutamente astronómicos, Griffith literalmente lo puso todo en Intolerancia: no escatimó en recursos construyendo el decorado más grande jamás hecho hasta entonces para las escenas babilónicas, se documentó sobre las épocas de cada trama para ser lo más fiel posible a la realidad y llevó su célebre manejo del montaje a unos niveles nunca visto hasta entonces. Pero lo que hace de ésta una obra tan extraordinaria es que consigue mantener sus gigantescas dimensiones al mismo tiempo que no descuida los pequeños detalles ni su dimensión humana.

La principal de las cuatro historias, titulada La madre y la ley, es la que tiene una ambientación contemporánea. En contraste con el resto de subtramas, en ésta Griffith apuesta por un estilo más realista para reflejar con fidelidad los problemas que sufre la pareja protagonista: un joven matrimonio (Mae Marsh y Robert Harron) que intenta salir adelante como puede hasta que él se deja tentar por el mundo del crimen. En sus primeras escenas, Griffith nos muestra los conflictos obreros que tenían lugar en aquellos años a través de una huelga obrera que desemboca en una cruenta masacre con la aparición de la Guardia Nacional. Los planos de las masas enfervorecidas que acaban pereciendo a manos de los disparos contrastan con la imagen del capitalista, sentado solo en su despacho, totalmente ajeno a lo que está sucediendo fuera. Fiel a ese retrato tan pesimista de las realidades sociales de esos años, el filme no muestra ninguna solución para los obreros. No le queda otra a la pareja protagonista que emigrar a otra ciudad y empezar de cero. Allí, incapaz de encontrar trabajo, él se ve abocado al crimen y empieza a frecuentar malas compañías, como una mujer de mala vida encarnada por Miriam Cooper. El director nos contrapone el hogar familiar (simbolizado por el personaje Mae Marsh, la madre de corazón puro) con los peligros de la calle (simbolizados por Miriam Cooper), que acaban llevando al personaje a la perdición incluso cuando decide reformarse. Pero lo más interesante de todo es que, más allá de esta previsible dicotomía tan propia de Griffith, nos muestra un tercer elemento: las mujeres reformistas que, aunque teóricamente velan por los valores tradicionales, aquí se convierten, sin ser conscientes de ello, en antagonistas. La huelga que da inicio al filme de hecho se provoca indirectamente por su culpa, y cuando el marido de la protagonista acaba en la cárcel, le quitan a la sufrida madre su bebé porque la toman por una mujer alcohólica y de mala vida. En uno de los instantes más emotivos de la cinta, la pobre madre, impotente y sola, llora desconsolada mientras acaricia el patuco del hijo que acaba de perder.


Fotograma de "Intolerancia"

Resulta interesante cómo Griffith consigue contrastar el tono tan realista e intimista de esta historia con la majestuosidad del segmento dedicado a la caída de Babilonia. Solo la construcción de sus espectaculares decorados a tamaño real (de dimensiones tan enormes que hubo que diseñar una torre sobre raíles, de manera que el cámara pudiera filmarlos desde las alturas consiguiendo así uno de los travellings más espectaculares del cine mudo) salieron más caros que toda la producción de El nacimiento de una nación, que ya había sido inusualmente costosa. El gran objetivo de Griffith con el segmento babilónico era superar a los famosos peplums italianos de la época como Cabiria (1914), y lo logró. De hecho, incluso hoy día dichas escenas siguen apabullando por su espectacularidad.

Pero lo que no hay que olvidar es que, por mucho que invoque aquí la faceta del cine como gran espectáculo, no por ello descuida la historia y sus personajes. En este caso Griffith nos propone un contraste con las heroínas puras a las que no tiene acostumbrados (como la madre del segmento contemporáneo) y apuesta por una heroína de carácter fuerte y descarado, conocida como la chica de la montaña (Constance Talmadge). De esta manera, el cineasta combina escenas corales que son puro espectáculo como la batalla o la suntuosa celebración posterior, con otras centradas en nuestra protagonista, que es la única que sospecha que los sacerdotes están preparando un golpe contra el rey. La Historia en mayúsculas se entrelaza con las pequeñas historias individuales, igual que ya hizo en El nacimiento de una nación.

 Es una pena que, en contraste, las otras dos tramas acaben siendo tan anecdóticas dentro del conjunto. Debido a que el montaje inicial de tres horas y media era excesivamente largo, Griffith decidió recortar ambas historias haciendo que acaben siendo prácticamente meras anécdotas. La que está dedicada a la masacre de los hugonotes en Francia de nuevo combina los hechos históricos con una pequeña historia de amor entre la conocida como “Ojos Marrones” (Margery Wilson) y Prosper Latour (encarnado por un irreconocible Eugene Pallette), que intentará salvar a su amada de la desgracia. Desafortunadamente, hemos podido disfrutar tan poco de estos personajes, que aquí sí que la Historia engulle a la pequeña historia, quedándonos sobre todo con los sucesos generales y la crueldad de los soldados durante la masacre. En cuanto al segmento dedicado a Jesucristo, el hecho de que sea un relato de sobras conocido por el público favorece que su carácter fragmentario no juegue demasiado en su contra, pero precisamente al contener tan pocas escenas da más la sensación de una suma de retablos (impecables por otro lado) que una narración continuada.


Fotograma de "Intolerancia"

Como broche final, el último segmento de la película propone un frenético montaje paralelo entre los desenlaces de las cuatro historias: el intento de ahorcamiento del marido acusado injustamente de asesinato, la derrota de los babilonios a manos de los persas, la masacre de los hugonotes y la crucifixión de Jesucristo. De las cuatro tramas, es la contemporánea la que destaca con luz propia con un frenético rescate al último momento en que entran en juego coches y trenes mientras vamos viendo con horroroso detalle cómo se ultiman todos los preparativos para la ejecución. Significativamente, en un pequeño atisbo de esperanza, será la historia contemporánea la única que tendrá un desenlace feliz.

El público de la época nunca se había visto algo semejante y en consecuencia hubo muchos espectadores que tuvieron problemas para seguir una película que combinaba tramas tan distintas. Por muy tópico que suene, realmente en aquellos años Griffith estaba muy avanzado para su época, dándose la curiosa paradoja de que Intolerancia fuera una superproducción y al mismo tiempo una obra vanguardista para los estándares de entonces.

Griffith pagaría caro por sus ambiciones: aunque la película fue muy bien recibida, no pudo recuperar sus costes tan desmesurados. En consecuencia, el cineasta se pasó el resto de su vida teniendo que arrastrar consigo las deudas acarreadas en Intolerancia, y cuando murió décadas después era un hombre arruinado y totalmente olvidado por la industria que había ayudado a convertir en una forma de arte. Aunque para él fue un precio duro a pagar, a cambio había creado una de las obras más importantes de la historia del cine. Todos los jóvenes cineastas de la época (desde futuros directores de éxito en Hollywood como Tod Browning, King Vidor o Erich von Stroheim a la escuela soviética vanguardista) tendrían Intolerancia como punto de referencia, tomando nota de todas las innovaciones que Griffith había expuesto en la película. Pocas veces se ha dado en la historia del cine que un filme causara un impacto tan grande por sí solo y que influyera a tal variedad de artistas de todo el mundo. En ese aspecto realmente Intolerancia estuvo a la altura de las ambiciones de su creador. (Guillermo Triguero)

Recomendada.




domingo, 10 de abril de 2022

Las dos huérfanas (David W. Griffith, 1921)

 

Título original: Orphans of the Storm. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1921. Duración: 150 min. Género: Drama, Cine Mudo.  

Guión: David W. Griffith (basado en una novela de Adolphe d'Ennery, Eugène Cormon). Fotografía: Paul H. Allen, G.W. Bitzer, Hendrik Sartov (B&W). Música: William Frederick Peters, Louis F. Gottschalk, Brian Benison (Versión restaurada de la película muda). Montaje: James Smith, Rose Smith. Producción: David W. Griffith (United Artists).

Fecha del estreno: 28 Diciembre 1921 (USA)

 

Reparto: Lillian Gish (Henriette Girard), Dorothy Gish (Louise), Joseph Schildkraut (Caballero de Vaudrey), Frank Losee (Conde de Linières), Catherine Emmet (Condesa de Linières), Morgan Wallace (Marqués de Praille), Lucille La Verne (Madre Frochard), Frank Puglia (Pierre Frochard), Sheldon Lewis (Jacques Frochard), Creighton Hale (Picard), Leslie King (Jacques-Forget-Not), Monte Blue (Danton), Sidney Herbert (Robespierre), Lee Kohlmar (Luis XVI), Louis Wolheim (verdugo).

 

Sinopsis:

La historia se sitúa en el siglo XVIII francés, antes y durante la Revolución Francesa. Louise nació de la unión de una aristócrata con un plebeyo, y fue abandonada a las puertas de la catedral de Notre Dame de París. Allí la recogió el padre de Henriette, un buen hombre de condición humilde, que la crió como si fuera su propia hija. Pasado el tiempo, Louise y Henriette son unas lindas señoritas que se quieren como hermanas, y los padres de la segunda han muerto. Ante la ceguera que padece Louise, ambas hermanas viajan a París, con la esperanza de que un doctor pueda curarla. Allí las desgracias se suceden. Un aristócrata pervertido rapta a Henriette, mientras que una mezquina anciana quiere aprovecharse de Louise para recabar limosna. A todo esto la Revolución estalla, y cobran protagonismo Danton y Robespierre. El primero es pintado como un humanista que busca el bien de Francia, el otro como un hombre resentido para el que el fin justifica los medios.

 

Comentarios:

Si los hermanos Lumière inventaron el cine como artilugio, David Wark Griffith lo inventó como arte. Él fue quien ensayó en sus películas la mayor parte de los recursos cinematográficos que dieron sustancia al cinematógrafo como arte distinto de los dos de los que partía más claramente, la fotografía y el teatro. Suyos son los primeros travellings (sí, ya sé que la Academia dice que en español debe decirse “travelín”, con acento en la “i”, pero me parece de lo más “ridiculín”…) del cine, y los primeros efectos de acercamiento o alejamiento de la cámara que posteriormente se conseguirían mediante lentes de zoom. Eso por no hablar de otros principios teóricos del cinema, como la utilización del fuera de campo como otro recurso más del lenguaje fílmico, entre otras muchas aportaciones.

Pero, por encima de esos descubrimientos fundamentales que cimentaron el cine de la etapa silente y pusieron las bases del posterior de los años treinta y cuarenta, hasta que Orson Welles puso patas arriba la sintaxis cinematográfica con Ciudadano Kane, lo cierto es que el cine de Griffith se caracterizó también por su poderoso pulso narrativo, por su percutante capacidad persuasiva hacia el espectador, al que casi mesmerizaba con obras (hay que ponerse en el lugar de aquel público, prácticamente virgen de cualquier tipo de representación figurativa que no fueran las tres paredes del teatro) que hechizaban a las masas. Filmes como El nacimiento de una nación e Intolerancia sentaron las bases del cine tal y como se concibió durante décadas, y esta Las dos huérfanas supuso la visión de Griffith sobre la Revolución Francesa, vista por el cineasta con cierta reticencia, tan reluctante hacia la felonía de una clase aristocrática que sojuzgaba impunemente a su pueblo, como hacia los revolucionarios (con un mefistofélico Robespierre a la cabeza), que abocaron al país a la anarquía y franquearían el paso, sin quererlo, a la dictadura imperial de Napoleón.

Las dos huérfanas es un melodrama químicamente puro. Basada en la obra teatral Les deux orphelines, de Adolphe d’Ennery y Eugène Cormon, narra la historia de dos huérfanas, una de ellas adoptiva, que viajan a París para buscar la cura de una de ellas (la putativa precisamente), que está ciega. Allí se verán involucradas primero en los diletantes juegos de los canallescos nobles, y después, al estallar la Revolución, estarán en el punto de mira de los jerifaltes del nuevo régimen.

Por supuesto, Las dos huérfanas es, vista desde la perspectiva del siglo XXI, una obra de arqueología, no muy diferente de lo que puede ser un resto arquitectónico hallado de la antigua Sumeria o del Egipto de los faraones. Pero ello no quiere decir que no posea virtudes que la hagan moderna: el trepidante ritmo de toda la parte final, cuando Danton ha de vencer obstáculos sin cuento para evitar el ajusticiamiento de la heroína, está rodada y montada con una modernidad que admira: si hoy se hiciera de nuevo Las dos huérfanas, esa secuencia podría copiarse plano a plano, y resultaría espectacularmente actual. Claro que hay estatismo en otras muchas escenas: estamos en 1921, el cine aún está en pañales, todavía está definiendo sus diferencias con el resto de las artes (todas la demás) de las que beberá pero de las que terminará separándose. Pero aquí, como en Intolerancia o El nacimiento de una nación, empezó todo.

El cine tiene una inmensa deuda de gratitud con este curiosísimo cineasta, este precursor atávicamente conservador, que fue David Wark Griffith. Quizá alguna vez un director moderno y exquisito, como Scorsese, le rinda un homenaje tan merecido como el que tributó a Georges Méliès en La invención de Hugo.

En el reparto hay que destacar el protagonismo de Lillian Gish, que rodó a las órdenes de Griffith más de cuarenta títulos: eso es fidelidad, y lo demás es cuento… Aparte de ello, la gran Lillian interpretó, varias décadas después, ya convertida en venerable ancianita, el personaje principal de la extraordinaria La noche del cazador, la única película que dirigiría el actor Charles Laughton, una perla inclasificable. (Enrique Colmena)

Recomendada.