martes, 16 de febrero de 2016

Creed. La leyenda de Rocky, de Ryan Coogler



Título original: Creed. La leyenda de Rocky. Dirección: Ryan Coogler. País: EE.UU.  Año: 2015. Duración: 133 min. Género: Drama. Guión: Ryan Coogler, Aaron Covington y Sylvester Stallone. Producción: Robert Chartoff, William Chartoff y Sylvester Stallone, Kevin King Templeton, David Winkler y Irwin Winkler. Fotografía: Maryse Alberti. Montaje: Claudia Castello y Michael P. Shawver. Música: Ludwig Göransson. Estreno en España: 29 enero 2016.
Intérpretes: Michael B. Jordan (Adonis Johnson), Sylvester Stallone (Rocky Balboa), Tessa Thompson (Bianca), Phylicia Rashad (Mary Anne Creed), Graham Mctavish (Tommy Holiday), Will Blagrove, Juan-Pablo Veza, Andre Ward, Tony Bellew, Philip Greene, Manny Ayala, Cory Kastle, Vincent Cucuzza, Christopher Weite

Sinopsis:
Adonis Johnson no llegó a conocer a su padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed, que falleció antes de que él naciera. Sin embargo, nadie puede negar que lleva el boxeo en la sangre, por lo que pone rumbo a Filadelfia, el lugar en el que se celebró el legendario combate entre su padre y Rocky Balboa. Una vez allí, Adonis busca a Rocky y le pide que sea su entrenador. A pesar de que este insiste en que ya ha dejado ese mundo para siempre, Rocky ve en Adonis la fuerza y determinación que tenía su enconado rival, y que terminó por convertirse en su mejor amigo. Finalmente, acepta entrenarle a pesar de estar librando su propio combate contra un rival más letal que cualquiera a los que se enfrentó en el cuadrilátero.

Fotograma de Creed. La leyenda de Rocky.

Comentarios:
¡No me lo puedo creer! Sylvester Stallone parte como favorito en la quiniela de los Óscar 2015, como Mejor actor secundario, poniéndose nuevamente el traje de Rocky. No quiero ni pensarlo, pero escucho a Navarro hablar de la cinta y no tengo más remedio que ir a ver a Rocky en esta sexta o séptima entrega. No recuerdo cuál es.
Y es que Ignacio Navarro nos habla de este filme diciendo que el cine de este pasado año 2015 será recordado, entre otras cosas, porque los mayores éxitos de taquilla han coincidido con secuelas de películas que, en cierto modo, ya pueden considerarse clásicos modernos, aunque la formidable cantidad de dinero que han recaudado haya excedido el fenómeno de la fanbase y afectado también a nuevos espectadores. En efecto, las dos vencedoras en cartelera han sido La guerra de las galaxias: El despertar de la fuerza (Star Wars: The Force Awakens, J.J. Abrams) y Jurassic World (Colin Trevorrow), cuyas cintas originales, de 1977 y 1993 respectivamente, marcaron un antes y un después en la cultura del merchandising, el panorama del blockbuster y los efectos digitales, especialmente en el caso de la epopeya de George Lucas. Aunque como decíamos los responsables de actualizar estas historias han tenido en cuenta el marco más actual y su nuevo público potencial, se trata sobre todo de cultivar ese sentimiento tan infalible para el ser humano como es la nostalgia. Volver a ver a nuestros héroes del pasado, aunque ahora bastante más maduros o en contextos más modernos, y reencontrarnos con un mundo que ha alcanzado en la conciencia colectiva una mitología insospechada (y, todo hay que decirlo, un tanto absurda), supone un gran placer incluso para el más escéptico o cínico. Pues bien, en esta tendencia por desenterrar viejas narrativas de comprobado éxito también se enmarca Creed. La leyenda de Rocky (Creed, Ryan Coogler), cuyo propio título traducido al español pone el acento en ese componente mitológico al que nos referíamos, ausente sin embargo en el título original, que adelanta que el protagonista es otro en este nuevo capítulo del célebre boxeador.
Fue en 1976 cuando Rocky comenzó sus andaduras, cosechando entonces varias nominaciones al Óscar, incluida una para su intérprete Sylvester Stallone. Desde entonces se han sucedido otras cinco entregas de su saga, de mucha peor acogida que la primera, hasta llegar a la que ahora nos ocupa. La misma debería cerrar un círculo, no sólo porque, como adelantábamos, apuesta por un enfoque a priori distinto, sino también porque recupera la calidad perdida de la serie, y con ello Stallone ha vuelto a ganarse una nominación a la estatuilla dorada, ahora como mejor actor secundario (en la que por cierto parte como favorito). En efecto, la historia que nos narra Creed gira más bien en torno a un tal Adonis Johnson (Michael B. Jordan), hijo ilegítimo de Apollo Creed, antiguo rival del propio Rocky, que no aparece hasta más avanzado el metraje. Su arranque nos hace partícipes del comportamiento problemático de Adonis, pasando por varios reformatorios y enzarzándose en varias peleas (por ahora fuera del ring), antes de ser acogido por la esposa de su fallecido padre. Pasan los años y nuestro héroe ha mejorado su aspecto y sus costumbres, e incluso cuenta con un elegante empleo burocrático. Pero enseguida lo abandona para perseguir su auténtico sueño, más claro todavía después de conocer su filiación: el de ser boxeador. Tan importante es el legado para él que el mismo determina todo su conflicto interno y le lleva a buscar al retirado Rocky para que lo entrene, en Philadelphia como no podía ser de otro modo. A partir de entonces la narración se desarrolla siguiendo en gran medida las pautas habituales del género, sucediéndose las pruebas tanto físicas como mentales previas al combate final, nada menos que frente al campeón imbatido de la categoría (Tony Bellew). Asimismo se incluyen, para no perder la costumbre, el oportuno enlace amoroso, aquí con una cantante en ciernes con problemas de audición (Tessa Thompson); y el antagonismo que se va construyendo de forma un tanto forzada con el que será el contrincante dentro del cuadrilátero.
Con todo, pese a su escasa originalidad, lo cierto es que en general la historia funciona bastante bien. Coogler ya había demostrado su talento para adaptar hechos previos y conocidos, con su riesgo innato a la previsibilidad, y dibujar a partir de ahí un relato sensible y con ritmo. Hablamos de su ópera prima Fruitvale Station (2013), la historia real de un afroamericano asesinado sin causa por la policía. Aquel era ya interpretado por Michael B. Jordan, que entonces apuntaba maneras y que en este segundo largometraje del mismo director se confirma como actor dotado de gran carisma, y por tanto como futurible estrella. Su ascenso desde chico huérfano hasta ídolo de masas resulta pues muy creíble, además de satisfactorio para el espectador. Por otro lado, lo que también resulta admirable en esta cinta es su apartado técnico, ya que la paciencia y el tacto que como decíamos demuestra Coogler con su trama y sus personajes se apoyan en una planificación igual de refinada y orgánica. Para ello se combinan las escenas más breves e intercaladas, que nos van dando información sobre la vida personal del protagonista, en particular los encuentros que comparte con su novia; con secuencias más extendidas a través de planos secuencia repletos de virtuosismo, y que dentro o en las inmediaciones del ring resultan muy provechosos para reproducir la coreografía del combate. En otras palabras, en esta armonía rítmica no parece que sobre ningún plano, y a la vez cada uno tiene su protagonismo propio, de forma que el montaje en su conjunto huye del frenesí y de la confusión que suelen adueñarse de este subgénero de acción. Pero no por ello se pierde intensidad, conseguida gracias a la suma de esos elementos propios del dinamismo visual, el portento actoral y otros aspectos igual de afortunados como una banda sonora en la que en alguna ocasión se cuela el famoso tema en el que todos estamos pensando. En definitiva, Coogler y su equipo combinan ingredientes novedosos y consabidos para obtener una fórmula que, por definición, sigue una estela determinada, pero que al mismo tiempo nos sorprende y nos entusiasma. Cosas de la nostalgia. 


jueves, 11 de febrero de 2016

Las madres en el cine (I)


Repasando la infinidad de madres  a las que nos  ha permitido acceder el séptimo arte, nos damos cuenta de la riqueza y variedad de personalidades reflejadas. Cada una tiene sus matices, sus facetas, sus luces y sombras personales e intransferibles. Vamos a mostrar varios tipos de madres, aunque hay muchas más películas cuya principal protagonista es la madre aquí nos vamos a fijar en: la  madre tradicional, la madre terrible y la madre en tiempos de guerra.

  • La madre tradicional:


Para hablar del papel capital desempeñado por la madre se suele utilizar la metáfora del pegamento. Ella es la que haciendo mil y un equilibrios, consigue armonizar las piezas y no consiente las desuniones, actúa con más fuerza que la goma arábiga.


En Adivina quién viene esta noche Christina Drayton (Katherin Hapburn) ha conseguido conciliar los caracteres dispares de ella y Matt (Spencer Tracy), su marido, y de ambos y su hija Joey (Katharina Houghton), permitiendo que cada uno se sienta libre para exponer sus opiniones, para actuar por su cuenta, sin producirse encontronazos, logrando que cualquier perturbación quede diluida. Hasta que entran en juego los prejuicios y el inmovilismo, cuando todo equilibrio puede romperse. Y esto sucede cuando el doctor Jhon Prentice (Sidney Poitier), llega a la casa con Joey para anunciarles que se van a casar. El prometido de Joey es de raza negra.
  
El guionista William Rose es consciente de estar escribiendo la despedida de Tracy, ya muy enfermo y quiere rendir homenaje a una pareja que, al igual que los jóvenes de su guión, construyó su relación a pesar de las adversidades. Katherin Hepburn fue galardonada con un Oscar, el segundo de su carrera y declaró que consideraba el premio compartido con Spencer por no poder dárselo a él; murió pocos días después de finalizar el rodaje y en aquel tiempo la Academia no entregaba premios póstumos. La película es de 1967.

Con una forma muy nuestra de entender la maternidad Benito Zambrano nos la muestra con su espléndida opera prima Solas.



María Galiana es la madre (en un papel magníficamente interpretado), de la que, muy significativamente, sólo conoceremos su nombre -Rosa- casi al final de la película; el resto del tiempo es “madre”, “abuela”, “mujer”, alguien a quien se define por el rol que ocupa en el núcleo familiar.

Solas saca a la luz a una de tantas mujeres analfabetas por obligación, a las que no se permitía estudiar porque “no lo necesitaban”, que primero servían en casa  y luego hacían lo propio con sus maridos, malviviendo entre continuas humillaciones.


El guión es un prodigio de sensibilidad, buen gusto y contención, cuando las dos actrices protagonistas madre e hija (Ana Fernández) lo convierten en realidad. Sin perder la dignidad ni dar pie a equívocos, la mujer hace amistad con un vecino (Carlos Álvarez-Novoa) tan enfermo de soledad como ella. En una carta póstuma la hija le dice a la madre todas las palabras que no pudieron (o no supieron) decirse, todo lo que alguien cercenó, rebrota ahora.

  • La madre terrible:


En La Loba, una desabrida crónica familiar situada en el profundo Sur de 1900, escrita por Lillian Hellman, ha quedado para la galería de villanas inolvidables el personaje de Regina Giddens, rol que mitificó e inmortalizó a Bette Davis.

Su colaboración artística con Willian Wyler quedó interrumpida debido a sus irreconciliables diferencias artísticas a la hora de construir la oscura personalidad de semejante anti-heroína. La tiranía de Regina se despliega en el feudo familiar y su existencia está regida por una codicia extrema. Esta misma ansia  conducirá a la señora Giddens a dejar morir a su esposo sin prestarle ayuda cuando sufre un ataque al corazón.

                                             
Toda la disciplina henchida de totalitarismo que ejerce sobre su hija Alexandra para transformarla en un mero títere queda frustrada cuando la hija le comunica que se marcha tras la muerte de su padre al que estaba muy unida. La mirada feroz de La Loba, enmarcada perpetuamente en un rictus de teatro kabuki nos detalla a la perfección el averno infinito de la avaricia.

Ver juntas en La casa de Bernarda Alba a Irene Gutiérrez Caba y Florinda Chico es, sencillamente entrar en otra dimensión; poco más puede añadirse sobre la magnífica interpretación de la primera, la segunda deja clara su categoría para resaltar la humanidad de su personaje, Poncia, criada fiel de años y años, la única que se atreve a llevarle la contraria, la única voz disidente que Bernarda escucha aunque sea para menospreciarla y humillarla.


Mario Camus encierra a sus personales, los asfixia, sentimos el calor, el agobio, la atmósfera irrespirable, a lo que ayuda la ausencia de música (con la excepción de la voz de Bernarda de Utrera en los créditos) para que ese silencio que tanto reclama la matriarca sepulte los dolores, las contrariedades, las carencias, las traiciones, y de ese modo no sea capaz de prever el drama que atropella a todas las mujeres de la casa.


Bernarda impone su código de silencio, su criterio, sus órdenes, su autoridad.

  • La madre en tiempos de guerra:


No hay retina de un buen amante del cine que no haya grabado escenas o secuencias de La decisión de Sophie que son imposibles de olvidar. La agónica secuencia  en que un oficial nazi en el campo de concentración de Auschwitz fuerza a Sophie a elegir de entre sus dos hijos quién puede vivir y  quién debe ser conducido a la muerte ocupa en el recuerdo un sobrecogedor impacto.



El absorbente film de Pakula sigue fielmente la controvertida novela de Willian Styron, y al igual que ella, tiene en la trágica figura de Sophie Zawistowski (Meryl Streep), la católica de origen polaco que sufre sobre si muchos de los horrores del Holocausto y terminará sus días en el Brooklyn de finales de los años cuarenta, la columna vertebral de una historia intensa y devastadora. Meryl Streep realizó en La decisión de Sophie uno de esos trabajos que han entrado por derecho propio en la antología de las actuaciones míticas de la Historia del cine.

Esa desgraciada época de la guerra y la postguerra española  se escribe en pequeños capítulos y Benito Zambrano nos muestra en La voz dormida la historia de dos hermanas valientes. Está basada en la novela de Dulce Chacón, escritora extremeña, de Zafra, que murió a los 49 años sin ver la película.


Inma Cuesta es Hortensia y María León es Pepita. Tanto una como otra bordan sus personajes. Hortensia nos impresiona, nos impregna de ese espíritu de coraje que tiene toda madre que sufre por su hija recién nacida, manteniendo la dignidad y sus ideales.


Pepita es la encarnación de la dulzura, la inocencia, la pureza; lucha por su hermana, por su sobrina, su lucha es por amor. Algunos críticos la catalogaron de maniqueísmo, pero la interpretación de las dos actrices está por encima de todos los comentarios.

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Seguiremos más adelante con otros tipos de madres tratados en magníficas películas.



Ana Márquez



miércoles, 10 de febrero de 2016

La gran apuesta, de Adam McKay



Título original: The Big Short. Dirección: Adam McKay. País: EE.UU. Año: 2015. Duración: 130 min. Género: Drama. Guión: Adam McKay y Charles Randolph, basado en el libro “Un sueño posible, Moneyball”, de Michael Lewis. Producción: Brad Pitt, Dede Gardner, Jeremy Kleiner y Arnon Milchan. Diseño de Producción: Clayton Hartley. Fotografía: Barry Ackroyd. Montaje: Hank Corwin. Música: Nicholas Britell. Decoradora: Linda Lee Sutton. Dirección Artística: Elliot Glick. Vestuario: Susan Matheson. Estreno en España: 22 enero 2016.
Intérpretes: Christian Bale (Michael Burry), Steve Carell (Mark Baum), Ryan Gosling (Jared Vennett), John Magaro (Charlie Geller), Finn Wittrock (Jamie Shipley), Brad Pitt (Ben Rickert), Hamish Linklater (Porter Collins), Rafe Spall (Danny Moses), Jeremy Strong (Vinnie Daniel), Marisa Tomei (Cynthia Baum), Melissa Leo (Georgia Hale), Stanley Wong, Byron Mann, Tracy Letts, Karen Gillan (Evie), Max Greenfield, Margot Robbie, Selena Gomez, Richard Thaler y Anthony Bourdain.

Sinopsis:
Cuando cuatro tipos fuera del sistema descubren que los grandes bancos, los medios de comunicación y el gobierno se niegan a reconocer el colapso de la economía, tienen una idea: "La Gran Apuesta"… pero sus inversiones de riesgo les conducen al lado oscuro de la banca moderna, donde deben poner en duda todo y a todos...

Fotograma de "La gran apuesta"

Comentarios:
Basado en el libro “Un sueño posible, Moneyball” de Michael Lewis, que reflexiona sobre la quiebra del sector inmobiliario norteamericano que originó la crisis económica mundial en 2008, nos llega esta producción de Adam McKay coronada con 5 nominaciones a los Premios Óscar 2016, incluida la de Mejor Película.
Alguno de los protagonistas de este retrato del gangsterismo económico que estalló en el infausto año 2007 y que prolonga sus brutales efectos al aquí, allí, ahora y en el futuro, se afirma en algo tan obvio y elemental que podría entender hasta un bebé: “Esta crisis solo la pagarán los pobres y la clase media. Como siempre”. Normal. Hasta los disminuidos psíquicos saben que los creadores de la crisis, las agencias de calificación, los banqueros, los muy ricos, además de no pisar esos lugares tan poco civilizados llamados cárceles, de disfrutar de amañada impunidad, aumentaron considerablemente sus incontables fortunas. Los grandes robos, como siempre, están legalizados. Y los débiles, los hijos de los débiles, incluso sus nietos, seguirán pagando a perpetuidad la factura que les impusieron los grandes canallas, la rapiña de los pobladores menos legendarios de la historia universal de la infamia.
Carlos Boyero nos cuenta que “La gran apuesta”, como antes el tenebroso documental “Inside job” y la lúcida “Margin call”, habla de las raíces de la hecatombe, de la metodología delincuente de los que jugaron con el dinero ajeno, de su complicidad con otros poderes para crear esa torre que podía derrumbarse en cualquier momento.
Al parecer, lo que cuentan el libro de Michael Lewis y su adaptación al cine, realizada por el director Adam McKay, es dolorosamente cierto. Nos muestra a varios hombres especializados en fondos de inversiones que descubren aterrados como la pirámide económica ha sido construida con cimientos falsos, con un material basado en la nada, y el caos universal que provocará el derrumbe del mercado de inversión dedicado a las hipotecas, la burbuja inmobiliaria, las trampas con las que se ha montado el repugnante negocio. Y a partir de su estupefacción ante las dimensiones monstruosas del gran timo, y sabiendo que no pueden vencer al sistema, intentarán sacar provecho de él, jugar fuerte después de conocer las claves de lo que está ocurriendo.
En este sentido, Oti Rodríguez nos comenta que hay una posición moral clara en la película: casi todos son desaprensivos, incluidos los héroes de ella, los que apostaron su fortuna a favor de la quiebra global (tal vez las dudas del personaje de Steve Carell o la filosofía del que interpreta Brad Pitt tienen algún brochazo de ética), pero las motivaciones generales tienden a la falta de escrúpulos. Y hay una posición narrativa también clara: no se escabulle de la complejidad económica de la trama, y recurre a la jerga de términos y conceptos de ese mundo selvático, lo cual produce una ansiedad añadida en el espectador, un poco a la defensiva como si le hablara su asesor fiscal o su farmacéutico; pero McKay tiene el acierto de combinar explicación con ironía y sentido del humor mediante las apariciones, sin venir a cuento, de rostros famosos para aclarar mirando a cámara las entretelas del asunto. Grandes nombres de Hollywood se reparten el peso protagonista, y todos ellos (y los demás) consiguen que no te aburras y que se entienda al menos la letra gorda del mensaje, lo cual ya es un milagro.