sábado, 3 de septiembre de 2022

Mitomanía... Gregory Peck

 


Definido por Sheila Graham como “el amante que todas las mujeres desean: sereno, eficiente y enérgico, pero amable y benévolo”, Gregory Peck permaneció durante décadas como el galán del cine americano por antonomasia, capaz lo mismo de dar vida a un pistolero o a un cazador de fieras a los Hemingway que de encarnar con verosimilitud al rey bíblico David o al capitán Ahab, implacable perseguidor de la terrible ballena blanca.

 

Nacido en La Jolla, California, el 5 de abril de 1916, Gregory Peck fue uno de los grandes mitos del cine clásico, forjado a lo largo de seis décadas de profesión y más de cincuenta películas. Fruto de un matrimonio que se deshizo al poco tiempo, entre los tres y los seis años vivió de forma alterna con su padre, Gregory, familiarmente «Doc», un farmacéutico hijo de inmigrantes irlandeses nacido en Rochester, y su madre, Bernice, en familia «Bunny», una chica de Missouri que cuando se materializó el divorcio se marchó con un viajante de comercio.

 

A partir de entonces Gregory fue criado por su abuela materna, Kate Ayres, una fanática del cine que, a su manera, intentó paliar la ausencia de su hija con muchas películas. Esta experiencia dejó huella en él, que cuando cursaba el quinto año en La Jolla Elementary School ya participó en una producción de La caja de Pandora (1927).

 

La influencia de su padre, en cambio, fue más rígida. Él fue quien decidió su ingreso en la academia militar católica St. John de Los Ángeles, donde desde los once años recibió una formación severa y profundamente religiosa. A los doce era monaguillo, y al acabar esta etapa de su formación consideraba seriamente tomar los hábitos.

 


Mientras tanto se fue a vivir con su padre a San Diego, en un bungalow de alquiler donde apenas se veían, ya que aquél trabajaba por la noche en una farmacia local y él pasaba el día ocupado en terminar sus estudios en la San Diego High School y luego en el San Diego State Teachers College (hoy Universidad Estatal), además de trabajar como conductor de camiones en la Union Oil para costearse su futura carrera universitaria.

 

Por entonces, sin duda influido por su padre, ya no quería ser cura sino médico, y se matriculó en la Universidad de Berkeley. Pero más tarde dejó la medicina por la licenciatura en lengua, y una vez que se graduó prestó oídos a su auténtica vocación y estudió arte dramático, cursos todos ellos que se pagó de su bolsillo, con lo que ganaba en sus empleos eventuales de lavaplatos o camarero.

 

Después de encabezar el grupo de teatro de la facultad, a los veintitrés años consiguió una beca para estudiar en la prestigiosa Neighborhood Playhouse School of Theater, y con los 130 dólares que constituían su patrimonio personal, se marchó a Nueva York.

 

En Nueva York, mientras se empapaba del método creado por Konstantin Stanislavski, hizo sus primeras intervenciones en distintos espectáculos que se ofrecían en el marco de la Feria Mundial de 1939, y desde el verano siguiente en compañías de teatro estival con las que recorrió parte del estado. Pero su sueño era destacar en los escenarios de Broadway, y la primera medida que creyó decisiva para lograrlo fue quitarse el odioso primer nombre (Eldred) que hasta entonces le había pesado como una losa.

 

La amputación le dio suerte, porque hacia fines de 1941 su nombre empezaba a sonar en los circuitos teatrales neoyorquinos, aunque tampoco debieron de ser ajenos a ese incipiente éxito personal su juventud, su apostura física y, ya en 1942, su trabajo en obras como The morning star (que le valió una audición con el productor David O. Selznick) o The willow and I, del que se hizo eco la crítica más señalada.

 

Durante la primavera de 1943 representaba en el Morosco Theater Sons and soldiers, de Irwin Shaw, cuando fue llamado a Hollywood. Lo esperaban nada menos que Jacques Tourneur con Días de gloria (1944), y John M. Stahl con Las llaves del reino (1944), títulos premonitorios donde los haya porque con el primero, pese a su relativo fracaso crítico, él inició una etapa gloriosa, y con el segundo (un papel de devoto misionero católico que le reportó su primera candidatura al Oscar) consiguió ingresar en la corte de las grandes estrellas.

 


Peck reinó como nadie el resto de los años cuarenta, cuando muchos de los galanes enviados al frente durante la Segunda Guerra Mundial trataban de reencaminar su carrera, y en los cincuenta, consolidado junto a los mejores de ellos como una figura imprescindible, y aún en los primeros sesenta, homenajeado por fin por Hollywood.

 

Una de sus mejores bazas fue saber defender su independencia en una época en que casi todas las primeras figuras estaban «atadas» a las productoras. Él, en cambio, firmó contratos simultáneos con cuatro compañías -RKO, 20th Century Fox, Selznick Productions y Metro Goldwyn Mayer-, lo que le permitió protagonizar todo tipo de papeles y rehuir así el encasillamiento. En este sentido, valga como ejemplo referir que rechazó protagonizar Solo ante el peligro (1952) porque ya había hecho un personaje similar.

 

La calidad de su trayectoria y su capacidad para abordar los personajes más dispares en casi todos los géneros quedan expuestas en una filmografía que contiene algunos títulos míticos de la historia del cine, como Recuerda (1945) y El proceso Paradine (1947), de Alfred Hitchcock; Duelo al sol (1946), de King Vidor; Vacaciones en Roma (1953) y Horizontes de grandeza (1957), de William Wyler; El hombre del traje gris (1956), de Nunnally Johnson; Moby Dick (1956), de John Huston; Mi desconfiada esposa (1957), de Vincente Minnelli; Los cañones de Navarone (1961) y El cabo del terror (1962), de J. Lee Thompson, o Arabesco (1966), de Stanley Donen.

 

Con excepción de Pauline Kael, que en la cúspide de la carrera de Peck escribió en The New Yorker que era un actor «competente pero siempre un poco aburrido», críticos y comentaristas elogiaban su versatilidad y solían destacar la mezcla de fortaleza y ternura como la gran arma de seducción que desplegó ante estrellas irrepetibles como Ingrid Bergman, Jean Simmons, Susan Hayward, Ava Gardner, Lauren Bacall, Audrey Hepburn o Sophia Loren.

 


En la vida real, más contenido, Peck se casó en 1942 con la diseñadora finlandesa Greta Konen Rice, madre de sus tres primeros hijos -Jonathan, reportero de televisión que se suicidó de un disparo, Stephen y Carey-, con la que compartió la parte más dulce de su juventud. Se divorciaron de común acuerdo en 1954, y la Nochevieja de 1955 contrajo nuevo matrimonio con la periodista francesa Veronique Passini, con la que tuvo otros dos hijos, Anthony y Cecilia, ambos actores, y que fue su compañera hasta su muerte, a punto de celebrar sus bodas de oro.

 

De forma paralela a su carrera delante de la cámara, Peck, un liberal en toda regla, era conocido por su compromiso en favor de causas y obras solidarias. Fue el presidente fundador del American Film Institute, y en 1947 creó en su ciudad natal la Academia de Arte Dramático La Jolla Playhouse, aún en plena actividad.

 

Ése fue el año en que el político republicano Joseph McCarthy fue nombrado senador e inició su particular «caza de brujas» a través del Comité de Actividades Antiamericanas, y Peck, que padeció el famoso interrogatorio, y otros ilustres colegas crearon en contraposición el Comité de la Primera Enmienda, una iniciativa que contribuyó a la destitución del senador en 1954.

 

También fue vigorosa su campaña en contra de la guerra de Vietnam, e incluso produjo el filme The trial of the Cantonsville nine (1972), un alegato antibelicista que le valió un puesto destacado en la lista negra de los enemigos del entonces presidente Richard Nixon.

 

Jane Fonda, mascarón de proa de aquella lucha, le proporcionó en 1989 (como productora y como compañera) su último papel protagonista en el cine (en televisión trabajó casi hasta el final, incluso ganó un Globo de Oro en 1999 por la versión de Moby Dick). Pese a su corrección, Gringo viejo, dirigida por Luis Puenzo, no cubrió las expectativas que habían puesto en ella sus responsables, y el fracaso comercial empañó el broche de oro que habría correspondido a una trayectoria como la de Peck. Para muchos, la conciencia moral de Hollywood.

 

La elección de número uno entre el centenar de héroes de la lista elaborada por el American Film Institute fue el último reconocimiento que recibió el célebre actor, una semana antes de su muerte. Su personaje de Atticus Finch en Matar a un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan, el abogado que defiende a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca en la Alabama de los años treinta, se convirtió en el más votado gracias a algunas cualidades esenciales (firmeza al defender sus creencias, sólida fe en la justicia, tolerancia y rechazo de la violencia) que, en una época en que las luchas por los derechos civiles encabezadas por Martin Luther King empezaban a concienciar a buena parte de la sociedad estadounidense, lo hicieron tan memorable como la interpretación de Peck, que le valió el único Oscar de su carrera a la quinta nominación.

 



 

Filmografía esencial.

 

·        1989 | Gringo viejo | Dir. Luis Puenzo

·        1980 | Lobos marinos | Dir. Andrew W. McLagen

·        1978 | Los niños del Brasil | Dir. Franklyn J. Schaffner

·        1977 | MacArthur, el general rebelde | Dir. Joseph Sargent

·        1976 | La profecía | Dir. Richard Donner

·        1974 | Billy Dos Sombreros | Dir. Ted Kotcheff

·        1971 | Círculo de fuego | Dir. Henry Hathaway

·        1970 | Yo vigilo el camino | Dir. John Frankenheimer

·        1969 | Atrapados en el espacio | Dir. John Sturges

·        1969 | El oro de Mackenna | Dir. J. Lee Thompson

·        1969 | La sombra del zar amarillo | Dir. J. Lee Thompson

·        1968 | La noche de los gigantes | Dir. Robert Mulligan

·        1966 | Arabesco | Dir. Stanley Donen

·        1965 | Espejismo | Dir. Edward Dmytryk

·        1964 | Y llegó el día de la venganza | Dir.

·        1963 | El capitán Newman | Dir. David Miller

·        1962 | Matar a un ruiseñor | Dir. Robert Mulligan

·        1962 | El cabo del terror | Dir. J. Lee Thompson

·        1962 | La conquista del Oeste | Dir. H. Hathaway, J. Ford, G. Marshall  

·        1961 | Los cañones de Navarone | Dir. Jack L. Thompson

·        1959 | La hora final | Dir. Stanley Kramer

·        1959 | La cima de los héroes | Dir. Lewis Milestone

·        1959 | Días sin vida | Dir. Henry King

·        1958 | Horizontes de grandeza | Dir. William Wyler

·        1958 | El vengador sin piedad | Dir. Henry King

·        1957 | Mi desconfiada esposa | Dir. Vincente Minnelli

·        1956 | Moby Dick | Dir. John Huston

·        1956 | El hombre del traje gris | Dir. Nunnally Johnson

·        1954 | El millonario | Dir. Ronald Ncame

·        1954 | Llanura roja | Dir. Robert Parrish

·        1954 | Decisión a medianoche | Dir. Nunnally Johnson

·        1953 | Vacaciones en Roma | Dir. William Wyler

·        1952 | Las nieves del Kilimanjaro | Dir. Henry King

·        1952 | El mundo en sus manos | Dir. Raoul Walsh

·        1951 | El hidalgo de los mares | Dir. Raoul Walsh

·        1951 | David y Betsabé | Dir. Henry King

·        1951 | Solo el valiente | Dir. Gordon Douglas

·        1950 | El pistolero | Dir. Henry King

·        1949 | Almas en la hoguera | Dir. Henry King

·        1949 | El gran pecador | Dir. Robert Siodmak

·        1948 | Cielo amarillo | Dir. William A. Wellman

·        1947 | El proceso Paradine | Dir. Alfred Hitchcock

·        1947 | La barrera invisible | Dir. Elia Kazan

·        1947 | Pasión en la selva | Dir. Zoltan Kordan

·        1946 | El despertar | Dir. Clarence Brown

·        1946 | Duelo al sol | Dir. King Vidor

·        1945 | Recuerda | Dir. Alfred Hitchcock

·        1945 | El valle del destino | Dir. Tay Garnett

·        1944 | Las llaves del reino | Dir. John M. Sthal

·        1944 | Días de gloria | Dir. Jacques Tourneur

 



Recordemos una vez más la magnífica interpretación que hizo Peck de Atticus Finch, un abogado que defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Aunque la inocencia del hombre resulta evidente, el veredicto del jurado es tan previsible que ningún abogado aceptaría el caso, excepto Atticus Finch, el ciudadano más respetable de la ciudad. Personaje y actor se funden en un mismo crisol…


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