Cuando
se nos pregunta por la primera película de animación de la
historia, la mayoría de nosotros pensamos en ‘Blancanieves y los
siete enanitos’ (1937) de Walt Disney, pero hubo antes otros
realizadores que hicieron cine de animación. Es el caso de la
alemana Lotte Reiniger que, pese a ser una gran desconocida para el
gran público, es una cineasta imprescindible, con un lugar propio en
la historia del cine gracias a sus películas de animación de
siluetas. Su maestría se centró en el singular arte de recortar
figuras de cartulina y darles vida gracias a la técnica de animación
cinematográfica del stop-motion,siguiendo la senda de su
admirado George Méliès e inspirada
en el teatro de marionetas y el
de sombras chinas.
Lotte vista por Isabel Ruiz Ruiz en "Mujeres 3"
Charlotte
Reiniger (Berlín, 1899 - Dettenhaussen, 1981) es conocida por sus
películas de siluetas en movimiento, sombras negras que danzan al
ser filmadas fotograma a fotograma; de este modo ideó y
realizó, durante décadas, alrededor de 60 títulos en los que
cultivó esta peculiar técnica hasta alcanzar la más absoluta
perfección, aunque siempre con el encanto y la magia de lo ‘hecho
a mano’. Sus películas son generalmente cortometrajes de unos diez
minutos de duración, basados en cuentos clásicos tradicionales o
adaptaciones de relatos de autores como los hermanos Grimm, Wilhelm
Hauff, Hans Christian Andersen y, con especial predilección, ‘Las
mil y una noches’; con títulos como: Cenicienta, El chino que finge la muerte, La gallina de los huevos de oro, Aladino y la lámpara mágica, El príncipe rana, El sastrecillo galante, La Bella Durmiente, El gato con botas, El caballo mágico, El saltamontes y la hormiga, Los tres deseos, Pulgarcita, La cigüeña califa, Hansel y Gretel, Jack y las habichuelas mágicas, El pequeño deshollinador y El príncipe rana.
Musa
de modernidad berlinesa de la década de 1920, fue amiga de Jean
Renoir, admirada por René Clair y trabajó junto a grandes
exponentes de la cultura alemana de época de la República de Weimar
(1918-1933) como Fritz Lang, Murnau, Bertold Brech, Kurt Weil, Paul
Wegener y Max Reihardt entre otros.
Lotte Reiniger con Carl Koch, su marido
Jean Renoir y Lotte Reiniger
Para
ella las películas de
siluetas «tienen una técnica muy precisa, sólo son
necesarias unas tijeras, cartón negro, papel de calcar, hilo o
alambre, algo de plomo, una cámara, bombillas, una placa de vidrio,
madera para construir una mesa de fotografía y… mucha paciencia.
Las figuras se ponen sobre una placa de cristal iluminada desde
abajo, se sujeta la cámara sobre la placa y se hacen las tomas, una
para cada imagen, luego se montan 24 imágenes por segundo».
"Tijeras, cartulina, una mesa de luz, una cámara y mucha paciencia"
Con
esta técnica realizó ‘Las Aventuras del príncipe Achmed’
estrenada en 1926, que a día de hoy es el largometraje de animación
más antiguo que se conserva, al que dedicó tres años, entre 1923 y
1926, para captar con su objetivo los más de 300.000 fotogramas que
integran la cinta de un metraje de 65 minutos. El relato, articulado
en varios cuadros o escenas, se inspira en las historias de Las Mil y
Una Noches y otros cuentos y leyendas orientales, y narra las
fantásticas aventuras del príncipe de las Indias Achmed y la
princesa Pari-Banu.
Las aventuras del príncipe Achmed (1926)
En
esta película se usó por primera vez la técnica multiplano,
conjugando varios niveles de animación mediante capas superpuestas,
que dotan de profundidad a la animación. La cámara multiplano,
ideada por Lotte Reiniger y Berthold Bartosch, se considera una de
las grandes innovaciones de la historia en el cine de animación al
conseguir el efecto de tridimensionalidad y favorecer la movilidad y
la complejidad de los elementos animados. Años más tarde, en 1933,
Ub Iwerks, uno de los fundadores de los estudios Walt Disney patentó
una cámara multiplano basada en la de Lotte, aunque perfeccionada,
atribuyéndose su autoriía. Con esta técnica se hicieron grandes
éxitos de Disney como ‘Blancanieves’ (1937) y ‘Pinocho’
(1940), antes del paso a la animación digital.
Lotte y su equipo trabajando con la cámara multiplano
Melómana
apasionada,
también hizo
bailar sus siluetas al compás de la
música clásica.
Realizó numerosas películas musicales inspiradas enóperas como
La flauta mágica, Cosi fan tutte y Las bodas de Fígaro de
Mozart
o
Carmen
de
Bizet,
de estas
obras
las
más
conocidas son
Carmen
de 1934, una deliciosa parodia de la ópera de Bizet; y Papagenode
1935,
la
historia de
amor del
hombre pájaro, que acompaña a la Reina de la Noche, con Papagena en ‘La
flauta mágica’
de Mozart,
película
de la que
Jean Renoir
dijo que estaba a la
altura de la música de
Mozart. El
genio de Salzburgo era su
compositor favorito,
y le dedicó también
otros cortos como ‘Diez
minutos Mozart’ (1930),
en la que varias parejas
cortesanas bailan al son de la ‘Pequeña
serenata nocturna’;
así como ‘Una noche en el harén’ basado en ‘El
rapto del serrallo’.
Os
dejamos con ‘El Doctor Dolittle en territorio caníbal’
uno de los tres cortometrajes que componen el mediometraje El
doctor Dolittle y sus animales
de 1928, la primera adaptación al cine de las novelas del inglés
Hugh Lofting.
Casi al mismo tiempo que
el Kinetoscopio dejaba de ser una
atracción de feria en EE.UU. y Edison comenzaba a crear el monopolio del
negocio de la producción y distribución de películas, los Lumière se negaban a
comercializar su Cinematógrafo y poco
a poco se iban retirando del cine para enfocarse en la fotografía a color, y
Méliès sorprendía a Europa con sus trucos en la pantalla grande, en Inglaterra,
más precisamente en el pueblo costero de Brighton, surgía una camada de
fotógrafos y cineastas que iban a tener un papel importantísimo en la Historia
del Cine: La Escuela de Brighton.
Robert W. Paul
Brighton era un pequeño
pueblo pesquero al sur de Inglaterra, sobre el Canal de la Mancha, que gracias
a las visitas veraniegas de la nobleza inglesa fue transformándose en un
popular balneario. En 1841 la línea Londres-Brighton del ferrocarril fue inaugurada
y posibilitó que decenas de miles de turistas de la capital pasen la temporada
de altas temperaturas en sus playas. Fue así que muchas casas de fotografías se
establecieron en la zona para satisfacer el mercado de recuerdos y souvenirs,
junto con infinidad de negocios oportunistas o “Tourists traps” como videntes,
magos, ilusionistas y todo tipo de shows y arte callejero. Recordemos que
estamos a fines del siglo XIX, plena época del auge de los inventos y las
atracciones de feria. El famoso Kinetoscopio
de Edison, que no tenía patente inglesa, llamó la atención de unos empresarios
de Brighton, inmigrantes griegos, quienes le encargaron al inventor Robert William Paul que lo copiase y
les fabrique unos cuantos. Paul no solo lo hizo (una de esas copias fue
adquirida por Méliès) sino que se entusiasmó tanto que al año siguiente creó su
propia cámara para registrar imágenes en movimiento y producir sus películas,
ya que la mayoría de los “films” de la época eran copias piratas de las
películas de Edison.
Paul fue el primero de
nuestros pioneros amigos cineastas, conocidos como La Escuela de Brighton. James Williamson, Arthur Collins y George
Albert Smith fueron los principales exponentes de un grupo que tomó para sus
creaciones el legado de las simples películas de Lumière (filmaciones de la
vida cotidiana, por ejemplo) y las transformó en relatos dramáticos con la
incorporación de recursos narrativos, creando de esta manera un principio de
lenguaje cinematográfico.
Una de las principales
diferencias de la Escuela de Brighton respecto a Lumière y Méliès, fue que
estos pioneros británicos se animaron a tomar riesgos en la filmación de sus
películas. Desatornillaron la cámara del piso y empezaron a moverla. Así, filmando
desde diferentes ángulos, aportando diferentes puntos de vista, dotaron a las
películas de una expresividad que hasta entonces el cine no tenía (Méliès había
experimentado con algunos inserts y/o
primeros planos, pero eran simplemente para mostrar efectos especiales, no como
recurso narrativo).
Williamson, Collins y
Smith tomaron de Lumière la idea de filmar la vida cotidiana y de Méliès los
recursos técnicos, pero se diferenciaron por contar historias en vez de filmar
documentales, relatos en lugar de espectáculos. Por ejemplo, Méliès generaba
una puesta de escena teatral en sus películas: cámara fija en el centro, plano
general y los actores en el escenario. Nuestros amigos de Brighton le dieron
movilidad a la cámara y por ende al relato. El hecho de que la cámara se mueva
y haya diferentes puntos de vista de la acción le dio libertad a los actores
para desplazarse por todo el campo visual, no solo a lo ancho sino hacia
“adelante” y “atrás”. El cine adquirió profundidad escénica.
George Albert Smith era un psíquico,
hipnotista y actor nacido en Londres que se instaló de pequeño en Brighton con
su familia. Ya para 1885 realizaba trucos de hipnotismo y demás en los
escenarios del pueblo para deleite de los turistas, actos por los que tuvo un
pequeño problema con la Sociedad para la Investigación Psíquica. La SIP
finalmente terminó aceptando que sus actos eran genuinos y Smith estuvo de gira
por Gran Bretaña con su show. Una noche en Londres asistió a una presentación
de películas de los Lumière y a la vuelta, vio los films de Robert Paul en
Brighton y terminó de convencerse de que quería ser parte de esa novedad.
Como venía del palo del
show business sus películas también tenían trucos al estilo de Méliès y, como
el francés, también usaba muchos planos generales, como podemos ver en Santa Claus (1898), la primera
representación en el cine de Papá Noel, y que además constituye uno de los
primeros ejemplos de la acción en paralelo (que luego sería reemplazado por el
“Montaje en paralelo”).
Sin embargo estos planos
no le servían para expresar todo lo que pretendía, entonces a Smith se le
ocurrió intercalar planos más cortos dentro de la misma escena. La primera
película que incluyó un primerísimo primer plano o close-up fue Grandma´s Reading Glass (La lupa de la abuela) en
1900.
El primer plano es usado
para mostrarle al espectador lo que está viendo la protagonista. Algo similar
ocurre en As Seen Through a Telescope (A
través de un telescopio) también de 1900. Aquí el personaje, un “voyeur”
aprovecha su telescopio para espiarle el tobillo a una dama que se encuentra a
varios metros de distancia. Smith utiliza el primer plano para que veamos lo
mismo que el personaje.
Esta técnica de
“compaginación” no configuraba todavía un recurso narrativo pero fue utilizada
de manera funcional al relato. El pretexto para usarla, su razón de ser, era un
dispositivo óptico y no tenía por objetivo crear un significado. Servía para
que nosotros, espectadores, también veamos a través de la lupa y el telescopio
y nada más.
El primer caso de
compaginación narrativa con el objetivo de significar o tener un valor
narrativo apareció en 1903 con Sick Kitten (Gatito enfermo) en el que Smith
intercala entre dos planos generales un primer plano.
Tengamos en cuenta que
estos cortes que hoy nos parecen lo más normal y tan acostumbrados estamos que
casi ni nos damos cuenta cuando ocurren en una película, en ese entonces fueron
revolucionarios, pues todos los films previos tenían un solo punto de vista.
James Williamson era un fotógrafo escocés
que se estableció en las afueras de Brighton a fines de las década del 80. Su
negocio era variado, vendía películas, hacía revelados, copias, etc. Su
acercamiento al cine fue en la escuela de operadores de cine de los Lumiere.
Comenzó haciendo películas al aire libre, mostrando a la gente en el muelle de
Brighton o en una feria, pero rápidamente pasó a contar historias utilizando
cortes, diferentes puntos de vista y variados planos para lograr efectos
dramáticos y expresivos.
En Attack on a China Mision (Ataque a una misión en China), de 1900,
Williamson incorporó el “reverse angle
shot” (contracampo) es decir una toma filmada desde al ángulo opuesto al
anterior, algo nunca antes hecho.
En Fire (Fuego), de 1901, película que cuenta un incendio y cómo los
ocupantes de un edificio en llamas son rescatados por los bomberos, Williamson
alterna planos y tomas no solo desde diferentes ángulos sino que “inventa” el
montaje paralelo para mostrar lo que ocurre al mismo tiempo dentro y fuera de
ese edificio.
Y en The Big Swallow
(1901) tenemos el primer zoom in y primerísimo primer plano de la historia:
El estilo de Williamson
es un antecedente directo del western y abrió el camino para los films de
aventuras. Siguió filmando hasta aproximadamente 1905, cuando comienza el
predominio de las películas norteamericanas, y abandonó el cine para instalarse
en el negocio de suministros y reparación de equipos cinematográficos.
Arthur Collins es el tercer miembro más
importante de la Escuela de Brighton. Collins era un fotógrafo que también se
estableció en Brighton a principios de los 1890 y comenzó a filmar sus propias
películas. Su aporte es la comedia y los dramas “reales”. Utilizó la elipsis
(omisión de tiempos, o tiempos y espacios débiles o muertos en una narración),
la toma panorámica y el contracampo, respetando el mismo valor del plano
(medio-medio, corto-corto, etc). Por ejemplo: hombre perseguido, hombre
persiguiendo.
Collins aportó nuevas
posibilidades narrativas y contenidos más trascendentes. Filmó la pobre vida de
los marineros, un despido masivo en una fábrica, y la dura vida cotidiana de un
minero, por ejemplo. Lamentablemente casi todos su films no se conservaron.
Muy poco conocida por el
gran público, la Escuela de Brighton fue fundamental en la Historia del Cine.
Le dio dinamismo y movilidad a los relatos, incorporó los recursos inventados
hasta la época y aportó los suyos, novedosos y revolucionarios: primeros
planos, montajes paralelos, diversos ángulos, panorámicas, elipsis, alternancia
de escenarios, etc. Todo esto fue el puntapié inicial para dar inicio al
lenguaje cinematográfico tal cual lo conocemos hoy y que comenzó a
desarrollarse del otro lado del océano. (Rodrigo Álvarez)
Aunque
a las generaciones más jóvenes les pueda parecer increíble, hubo un tiempo en
el que la televisión no existía. No, los muchachos no tenían las teleseries
para satisfacer semanalmente su sed de aventuras maravillosas y su mitomanía;
pero contaban con un sucedáneo igual de seductor: los seriales
cinematográficos.
El
formato de serial fue una moda que comenzó en 1912 y se prolongó hasta 1956,
pero sería en la década de los treinta cuando se produjo la verdadera eclosión
de esa variedad cinematográfica. Fue entonces cuando hubo ejecutivos que
reconocieron el potencial económico de las tiras de cómic y adoptaron no sólo
sus personajes, sino, hasta cierto punto, su formato por entregas. Cada sábado,
los chicos acudían al cine para asistir al estreno de un nuevo capítulo de las
peripecias de su héroe favorito, capítulo que se proyectaba durante el resto de
la semana y hasta el sábado siguiente, cuando era sustituido por el episodio
consecutivo.
Cada
episodio duraba unos veinte minutos y venía acompañado de dibujos animados,
algún cortometraje y, finalmente, una película de imagen real (el western era
el género más común). El capítulo solía abrirse con un resumen de la historia y
terminaba con los héroes a punto de sufrir un horrible destino, con lo que se
obligaba al espectador a regresar la semana siguiente para averiguar cómo
conseguían salir del embrollo. La aventura se prolongaba así alrededor de tres
meses (de doce a quince entregas), pudiendo luego la productora remontar los
episodios en forma de largometraje para su venta a los mercados extranjeros.
Los
seriales murieron en la década de los cincuenta, cuando la televisión vino a
suplantar en buena medida al cine como principal y más barata forma de
entretenimiento.
Se
trataba de cintas rodadas a la máxima velocidad y con el presupuesto y recursos
mínimos, destinadas a un público poco exigente, básicamente juvenil. Los
géneros abarcaban desde el western al espionaje, de los superhéroes a las
aventuras en la jungla. Como sucede en todos los medios, existieron
profesionales que consiguieron, dadas las limitaciones con las que trabajaban,
extraer lo máximo de tal escasez financiera y ofrecer un producto
razonablemente digno, pero en general eran obras de consumo rápido en el que no
había tiempo, lugar ni dinero para consideraciones estéticas. Eran, por tanto,
formatos desdeñados por los grandes nombres del gremio (Fox, Metro, Warner,
Paramount). En cambio, los pequeños estudios, como Republic, Columbia y
Universal encontraron en ellos una fuente importante y regular de ingresos.
Los
Estudios Universal lideraron el género de terror y ciencia-ficción durante los
años treinta. Deseando expandirse con el menor coste posible, la empresa puso
los ojos en algunos de los más exitosos personajes de cómic de prensa
distribuidos por la King Features Syndicate. En 1936, ambos llegaron a un
acuerdo en virtud del cual la Universal adquiría los derechos de adaptación
cinematográfica de varios de esos héroes de papel. Flash Gordon, el popular héroe espacial creado para las viñetas en
1934 por Alex Raymond fue el primero.
Flash
Gordon había nacido originalmente como una réplica de Buck Rogers, pero no
tardó en consolidarse por méritos propios, consiguiendo una gran y perdurable
popularidad. Entre 1935 y 1936 disfrutó de un serial radiofónico en la Mutual: The Amazing Interplanetary Adventures of
Flash Gordon; hubo un intento –frustrado, sólo duró un número– de lanzar
una cabecera pulp con su nombre, Flash
Gordon´s Strange Adventure Magazine (1936) y el mismo año Raymond firmó
(aunque probablemente no escribió) una novela: Flash Gordon in the Caverns of Mongo).
En
años venideros se producirían cuatro series de televisión tanto de acción real
como animada; dos series de seis libros cada una durante los setenta y ochenta,
por no mencionar los abundantes comic-books, su larga permanencia en su formato
original –las tiras de prensa– y la película de 1980. Pero sin duda, en el
ámbito audiovisual, su mayor éxito fueron los seriales que ahora comentamos.
Universal
puso manos a la obra para crear un gran serial que contaría con el triple de
presupuesto de lo normal para estos proyectos: 360.000 dólares (500.000 según
otras fuentes). Elevando el nivel, el estudio esperaba obtener la atención del
espectador adulto además de los más jóvenes.
La
historia estaba protagonizada por el propio Flash Gordon (Larry «Buster»
Crabbe), el profesor Zarkov (Frank Shannon) y la hermosa Dale Arden (Jean
Rogers). Los tres viajan en la nave construida por el científico hasta el
planeta Mongo, en ruta de colisión con la Tierra. Allí se encuentran con el
líder de ese mundo, el tirano Ming el Cruel (Charles Middleton).
Los
siguientes doce capítulos –dirigidos por Frederick Stephani, quien además
ejerció de guionista– el trío protagonista y sus aliados emplearán sus energías
en impedir que el dictador y sus seguidores destruyan la Tierra.
En
el mediocre mundo de los seriales, Flash
Gordon está habitualmente considerado como uno de los mejores jamás
producidos. El diseño de producción está muy por encima de la media. Es
necesario recordar que Flash Gordon pertenece a una época en la que muchas
aplicaciones de la electricidad (la electrónica ni se imaginaba), el teléfono y
la radio eran considerados tecnología punta. El cohete está remachado con
mamparos metálicos y controlado mediante volantes, válvulas y manómetros. Asimismo,
el vestuario es sobresaliente. Jean Rogers luce muy sexy gracias a los vestidos
con bikinis incorporados. Ming aparece ataviado con impresionantes batas
fajadas de cuello alto mientras que Flash viste túnicas y calzones. El
departamento de vestuario histórico de la Universal fue saqueado para vestir a
los soldados de Ming como centuriones romanos.
Sin
embargo, a la hora de retratar la exótica variedad de las diferentes especies
alienígenas que pueblan Mongo, el diseño no está a la altura. Los Hombres León
no son más que hombretones barbudos; los Hombres Tiburón se distinguen sólo por
sus bañadores, gorros de baño y extrañas botas; el orangapoide no es más que un
actor embutido en un disfraz de mono con un cuerno en la frente; y el Tigrón no
es sino un tigre normal y corriente. Inesperadamente, los menos ridículos son
los Hombres Halcón, equipados con cascos alados y grandes alas adheridas a sus
espaldas.
Los
decorados están bien conseguidos, especialmente la sala del trono de Ming, que
aunque pueda parecer un tanto vacía para los estándares actuales, estaba
claramente diseñada para causar impacto en la gran pantalla. Con todo, y a
pesar de su considerable presupuesto, los productores optaron por reciclar
muchos de sus decorados y accesorios de otras películas del estudio (La momia –1932–, La novia de Frankenstein –1935–, Una fantasía del porvenir –1930–) llegando incluso a reutilizar
metraje de esas cintas.
Es
una lástima que el despliegue de imaginación quede mutilado por la pobreza de
los efectos especiales. En la aventura hay momentos de gran potencial estético,
como la ciudad de los Hombres Tiburón liberándose de sus anclajes y emergiendo
a la superficie; los Hombres Halcón volando en formación de combate; su ciudad
flotando en los cielos entre rayos de luz… Sin embargo, es esa misma
simplicidad visual producto del primitivismo técnico, lo que, de alguna forma,
dota de energía y entusiasmo al conjunto.
Para
uno de aquellos muchachos que acudían con los ojos abiertos por la emoción a la
proyección de los sábados por la mañana, la deficiencia técnica de aquellas
imágenes (burdas maquetas movidas por hilos, trucos ópticos de baratillo,
metraje documental reciclado, rayado del celuloide para representar los láser,
iluminación prehistórica…) no era lo más importante. Son imágenes que
inspirarían la mente juvenil de, por ejemplo, George Lucas, quien años más
tarde trató de conseguir los derechos para realizar sus propias películas de Flash Gordon. Al no tener éxito, decidió
crear su propia aventura espacial: Star
Wars.
Efectivamente,
hay algo emocionante en Flash Gordon.
Parece capturar la esencia fundamental de las space operas de E.E. Doc Smith. Basta con ver los primeros minutos,
cuando el meteorito golpea el avión en el que viajan Flash y Dale y ambos se
ven obligados a abandonarlo. Tras llegar a tierra, son secuestrados a punta de
pistola por el Dr. Zarkov y obligados a acompañarle al interior de su fálico cohete
casero. El despegue, acompañado de chispas proyectadas desde la parte trasera
del ingenio y con los personajes sentados al frente de controles que parecen
sacados de un cuarto de calderas es igualmente ingenuo y encantador.
Después
llega el aterrizaje en Mongo, con imágenes del cohete rodeando un castillo
construido en una montaña (un plano que se reciclaría varias veces en el mismo
serial) y el ataque de un lagarto hipervitaminado antes de hacer su aparición
los guardias imperiales, embutidos en armaduras tan escasamente útiles como sus
cascos.
Ya
en esos primeros momentos del primer capítulo, sin importar lo primitivos que
nos resulten los efectos especiales, los adolescentes de entonces se sentían
transportados a un nuevo y excitante universo. El cine ya había mostrado
anteriormente el viaje espacial en la pantalla, pero en general carecían de la
emoción y la fantasía de Flash Gordon,
prefiriendo concentrarse en la construcción del cohete y los avatares del
viaje. Nunca antes de este serial se había creado una aventura visual que
lograra transportar a los espectadores a una realidad exótica donde la aventura
ocupaba el lugar central. De hecho, Mongo es un mundo destilado a partir de los
clásicos del género, una cultura que combinaba la ciencia más avanzada y los
artilugios tecnológicos más sorprendentes con una estética reminiscente del
Imperio Romano regida por un villano de aspecto asiático. Hay encuentros con
seres de lo más exótico, versiones humanizadas de tiburones, halcones, simios,
tigres… Y Flash no es sino una variación del clásico cowboy, un héroe que actúa
en base a su infalible sentido del bien y del mal.
Flash Gordon también disfrutó de una historia más competente de lo
que era habitual en los seriales de la época, quizá porque los primeros ocho
capítulos se ajustaron de forma razonablemente fiel al primer año de la tira de
Raymond. Por una vez, el argumento no se limitaba a ofrecer una mera sucesión
de resortes narrativos artificiosos con el fin de hacer avanzar una historia
vacía. Por desgracia, el último cuarto del serial queda lastrado por las
escenas de persecución por el palacio. Da la sensación de que están forzadas
para rellenar la duración obligada y carecen del vívido sentido de la aventura
que se había conseguido al comienzo con los protagonistas visitando los
diferentes reinos de Mongo.
El
tratamiento de los personajes deja mucho que desear en ocasiones, como el que
baste un simple beso de Barin para que la princesa Aura abandone su obsesión
por Flash; y, especialmente hacia el final, muy plano en su representación de
lo que debería ser el enfrentamiento definitivo del héroe y el villano: Flash
acepta con total naturalidad la palabra del sacerdote de que Ming ha fenecido
en el Templo de Tao, da la vuelta y se marcha a casa. Sin duda se pretendía
dejar preparado el camino para una secuela, pero la forma de hacerlo es torpe y
poco creíble.
La
acción es emocionante y los momentos climáticos con los que terminaba cada
episodio son mejores que los de cualquier otro serial de la época. Ello es en
buena parte achacable a su atlético actor protagonista, quien no necesitó de
especialistas para doblar sus escenas de acción. Larry «Buster» Crabbe había
nacido en Oklahoma, pero creció en Hawaii, lugar en el que se convirtió en una
estrella de la natación. Su talento deportivo le llevó a participar en los
Juegos Olímpicos de 1928 y 1932, ganando en estos últimos una medalla de oro en
los 400 metros estilo libre.
Pero
en realidad su sueño era licenciarse en Derecho, para lo que se matriculó en la
Universidad de Southern California, en Los Ángeles. Para pagarse los estudios,
empezó a realizar trabajos como especialista cinematográfico de escenas de
acción. Y he aquí que alguien en la Paramount debió pensar que Crabbe podía ser
otro Johnny Weissmuller, quien tanto dinero había hecho ganar a la Metro
encarnando a Tarzán en 1932. Así, intentando replicar ese éxito, Crabbe fue
seleccionado para interpretar a Kaspa, una burda copia del héroe de Burroughs,
en King of the Jungle (1933), y luego
al propio Tarzán en el serial independiente Tarzán
de las fieras (1933).
Pero
su popularidad la obtuvo gracias a los seriales de Flash Gordon y Buck Rogers
(1939). Crabbe tenía un físico ideal para el papel de imbatible héroe galáctico
y su interpretación tenía tanta seguridad y convicción como escasez de humor e
impavidez, ya fuera batiéndose contra soldados y luchadores enmascarados,
combatiendo contra el orangapoide o enfrentándose a los Hombres Bestia.
Ming
está interpretado por Charles Middleton, un actor que solía hacer de villano en
muchos westerns de la época. En lugar de inflar su actuación al estilo de la
versión que del personaje hizo Max Von Sydow en el remake de 1980 u otros
villanos modelados a partir de Darth Vader, Middleton lo encarna destacando su
mezquindad y testarudez. Jean Rogers, en el papel de Dale Arden, desarrolla una
combinación de inocencia virginal y mujer de acción, aunque su papel (como en
el cómic) consiste básicamente en ser secuestrada, como cuando Ming la
hipnotiza para que se case con él.
Priscilla
Lawson interpreta a la hija de Ming, Aura, la seductora mujer fatal de la
historia: la forma en que acaricia los brazos de Flash cuando se esconden en
las cavernas no deja lugar a dudas de la naturaleza de sus intenciones. El que
más fuera de lugar parece estar es Frank Shannon en su papel de Dr. Zarkov,
aunque en su favor hay que decir que éste fue el único científico de la época
que parecía militar en el bando de los «buenos».
Tras
remontarlo para convertirlo en largometraje, el serial de Frederick Stephani
recibió un nuevo título, Rocketship
(más adelante, Atomic Rocketship
cuando llegó a la pequeña pantalla). Rocketship
se proyectó como complemento de otro serial, rodado tras el éxito del filmado
por Stephani: Marte ataca a la Tierra
(Flash Gordon’s Trip to Mars, 1938), de Ford Beebe y Robert F. Hill. (Manuel
Rodríguez Yagüe)