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miércoles, 15 de febrero de 2023

Inland Empire (David Lynch, 2006)

 

Título original: Inland Empire. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 2006. Duración: 176 min. Género: Drama, Intriga.

Guión: David Lynch. Música: David Lynch, Krzysztof Penderecki. Montaje: David Lynch. Fotografía: David Lynch, Odd-Geir Sæther. Producción: David Lynch, Mary Sweeney.

Fecha del estreno: 23 Febrero 2007 (España).

 

Reparto: La percepción de la realidad de una actriz (Laura Dern) se va distorsionando cada vez más. Al mismo tiempo descubre que, quizá, se está enamorando de su partenaire (Justin Theroux) en un remake polaco inconcluso y supuestamente maldito.

 

Sinopsis:

Laura Dern, Justin Theroux, Harry Dean Stanton, Grace Zabriskie, Jeremy Irons, Diane Ladd, William H. Macy, Julia Ormond, Karolina Gruszka, Krzysztof Majchrzak, Jordan Ladd, Mary Steenburgen, Laura Elena Harring, Nastassja Kinski, Scott Coffey, Naomi Watts, Peter J. Lucas, Terryn Westbrook, Stanley Kamel, Jason Weinberg, Jan Hencz, Amanda Foreman, Kat Turner, Cameron Daddo, Kristen Kerr, Emily Stofle, Michelle Renea, Nae, Terry Crews, Weronika Rosati.

 

Comentarios:

En Cigarette burns (2005), de John Carpenter, un crítico de cine, que tuvo la suerte (o la desdicha) de asistir a la única proyección de la película maldita Le fin absolue du monde, decide dedicar su vida a glosar lo que ha visto. Su casa es un laberinto de hojas mecanografiadas en cuyo centro palpita la imposibilidad de capturar el sentido de ese clásico esquivo y letal. Se podría consagrar una vida entera a descifrar Inland empire, pero el empeño también estaría condenado a un razonable margen de fracaso. Cabría utilizar el psicoanálisis lacaniano o la física cuántica como hojas de ruta, pero este viaje alucinante al fondo de una identidad escindida, con la forma de un ataque de pánico que se dilata en los pasillos de un hotel Overlook rediseñado por Escher y el Mago de Oz, exige, ante todo, ser experimentado. En las afueras de toda racionalización.

Rodada en vídeo digital con una modesta cámara Sony PD-150 a lo largo de tres años, Inland empire habla, como Cigarette burns, de una película maldita y, como Arrebato (1979), de Zulueta, o Videodrome (1982), de David Cronenberg, indaga en el poder vampírico y tóxico de la imagen. Podrían buscarse otras afinidades: la coreografía del doble de Meshes of the afternoon (1943), clásico experimental de Maya Deren y Alexander Hammid; el terror subjetivo de Necronomicon (1967), o Venus in Furs (1969), de Jesús Franco, anomalías como Carnival of souls (1962), de Herk Harvey, o Dementia (1955), de John Parker...

Pero Inland empire es inconfundiblemente lynchiana y orgullosamente autorreferencial: Carretera perdida (1997) y Mulholland drive (2001) no eran sino el camino hacia la experiencia extrema que ahora propone el cineasta, que ocupa la mayor parte de sus tres horas de metraje con las derivas oníricas reservadas, en esos títulos, a los momentos climáticos del relato. El elemento más desconcertante del conjunto es la integración de algunas escenas de Rabbits (2002), serie creada originalmente por Lynch para su página web personal y que bien podría ser el modelo de telecomedia que Samuel Beckett podría estar escribiendo desde el más allá.

Lynch cumple, finalmente, el sueño de los surrealistas: lograr que el inconsciente doblegue de una vez por todas a la narrativa convencional. Aquí está la primera obra maestra del poscine. (Jordi Costa)

Recomendada.




martes, 10 de enero de 2023

Mulholland Drive (David Lynch, 2001)

 

Título original: Mulholland Drive. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 2001. Duración: 147 min. Género: Drama, Thriller.

Guión: David Lynch. Música: Angelo Badalamenti. Fotografía: Peter Deming. Montaje: Mary Sweeney. Ayudante de Dirección: Scott Cameron. Producción: Neal Edelstein, Tony Krantz, Michael Polaire, Alain Sarde, Mary Sweeney.

Premio al Mejor Director en el Festival de Cine de Cannes 2001. Premio al Mejor Director en el Festival de Cine de Toronto 2001. Nominada al Oscar 2001 a la Mejor Dirección. 4 nominaciones a los Globos de Oro 2001.

Fecha del estreno: 8 Marzo 2002 (España).

 

Reparto: Naomi Watts, Laura Elena Harring, Justin Theroux, Ann Miller, Robert Forster, Brent Briscoe, Jeannie Bates, Melissa George, Dan Hedaya, Lori Heuring, Billy Ray Cyrus, Rena Riffel, Katharine Towne, Bonnie Aarons.

 

Sinopsis:

Betty Elms (Naomi Watts), una joven aspirante a actriz, llega a Los Ángeles para convertirse en estrella de cine y se aloja en el apartamento de su tía. Allí conoce a la enigmática Rita (Laura Harring), una mujer que padece amnesia a causa de un accidente sufrido en Mulholland Drive. Las dos juntas deciden investigar quién es Rita y cómo llegó hasta allí.

 

Comentarios: 

En uno de los puntos de fuga de este laberinto, estructurado según una implacable lógica onírica, yace un cadáver putrefacto que al crítico británico Graham Fuller le recuerda al de la actriz Marie Prevost, estrella del cine silente que, según recoge Kenneth Anger en Hollywood Babilonia, ahogó en bourbon su desdicha de poseer un acento que no casaba con su aspecto romántico y frágil. Mulholland Drive es, al igual que Como plaga de langosta, de John Schlesinger, ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, ¿Qué le pasa a Helen?, de Curtis Harrington, Barton Fink, de los Coen, o las historietas de Kim Deitch –en especial, Hollywoodland–, una aproximación en clave alucinatoria a una fábrica de sueños que, en realidad, envasa pesadillas al vacío. La película describe un descenso, en espiral, hacia esa manifestación sumamente terrena del Infierno, disfrazada de espejismo pseudorreligioso, que llamamos Hollywood.

En su libro The Death Of Cinema, Paolo Cherchi Usai escribe que el cine es el arte de la destrucción de la imagen en movimiento. De alguna manera, toda película es un frustrado intento de trascendencia: el espejismo de un sueño esculpido sobre material perecedero. Mulholland Drive es, esencialmente, la historia de un sueño que se pudre, según la misma fatalidad que condena al Technicolor más radiante a la corrupción del celuloide. Dicho esto, puede apuntarse que este último Lynch contiene muchas películas posibles, entre el candor de una investigación policial casi en clave Enid Blyton y el horror abstracto que una criatura onírica parapetada en un callejón podría guardar en un cubo polisémico. También es un melodrama estremecedor de amores y amistades traicionadas y una elegía bufa por la integridad acosada. Poniendo en evidencia el carácter acomodaticio de una narrativa cinematográfica que se conforma con tocar dos notas de un teclado inagotable, el film, en su indescriptible clímax final, rompe concatenaciones temporales, identidades, asideros y percepciones lineales, logrando que todos los elementos de su sinfonía rimen, que no haya cabo suelto y que, a la vez, se abran ventanas de sentido para demostrar, finalmente, que todos los sueños, las historias de amor y las ilusiones de Hollywood acaban durmiendo el sueño eterno en la cama de Marie Prevost (o Diane Selwyn). (Jordi Costa)

Recomendada.




sábado, 10 de diciembre de 2022

Carretera perdida (David Lynch, 1997)

 

Título original: Lost Highway. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 1997. Duración: 134 min. Género: Triller, Cine Negro.   

Guión: David Lynch, Barry Gifford. Fotografía: Peter Deming. Música: Angelo Badalamenti. Sonido: David Lynch. Montaje: Mary Sweeney. Efectos especiales: Gary D'Amico. Diseño de producción: Patricia Norris. Escenografía: Leslie Morales. Maquillaje: Debbie Zoller. Dirección artística: Russell J. Smith. Vestuario: Patricia Norris.  Producción: Deepak Nayar, Tom Sternberg, Mary Sweeney.

Fecha del estreno: 17 Marzo 1997 (España)

 

Reparto: Bill Pullman, Balthazar Getty, Patricia Arquette, Robert Loggia, Robert Blake, Gary Busey, John Roselius, Michael Massee, Richard Pryor, Louis Eppolito, Jack Nance, Lucy Butler, Henry Rollins, Giovanni Ribisi, Natasha Gregson Wagner, F. William Parker, Leslie Bega, Marilyn Manson, Jeordie White.

 

Sinopsis:

Fred Madison, un músico de jazz que vive con su esposa Renee, recibe unas misteriosas cintas de vídeo en las que aparece una grabación de él con su mujer dentro de su propia casa. Poco después, durante una fiesta, un misterioso hombre le dice que está precisamente en su casa en ese instante. Las sospechas de que algo raro está pasando se tornan terroríficas cuando ve la siguiente cinta de video....

 

Comentarios:

El cine de David Lynch se ha caracterizado por estar dotado de atmósferas extrañas y perturbadoras, llenas de símbolos que han fascinado al público a través de los años, al grado de hacer de lo «lynchiano» un símil de categoría estética. Sus imágenes parecen viajar arbitrariamente entre dos mundos —no necesariamente opuestos— divididos por un hilo tan frágil que cualquier mínimo movimiento puede vulnerarlo: el sueño y la realidad se manifiestan como enigmas de una existencia oscura y brutal, pero también, por momentos, compasiva; tenemos ahí el viaje emocional de Jeffrey Beaumont en Blue Velvet (1986) o la excentricidad y ternura de Lula y Sailor en Corazón salvaje (1990). Existe entonces una dualidad que nos vemos confrontados a comprender, un misterio que comienza, pero quizá nunca termina (ahí todo Twin Peaks).

En ese sentido, Carretera perdida (Lost Highway, 1997) nos presenta el derrumbe mortal de la psique de Fred Madison (Bill Pullman), saxofonista de free jazz, quien en los primeros 40 minutos de la película es víctima de una serie de alteraciones que irrumpen inexplicablemente su vida. La primera, de orden interior, consiste en su incapacidad para satisfacer a Renee, su atractiva mujer (una maravillosa Patricia Arquette), en lo que deriva en visiones constantes de celos reprimidos. La segunda, de tipo exterior, involucra un extraño mensaje donde se le informa que «Dick Laurent está muerto» y varias cintas de video de lo que parece ser una presencia omnisciente espiándolo en la intimidad. Al final, en una de ellas, se ve a sí mismo —como si de una premonición se tratara— en un estado psicótico, junto a su esposa asesinada; acto seguido, lo vemos enfrentar las consecuencias del crimen y ser condenado a muerte. Como Madison, nos sentimos consternados: ¿es realmente víctima de fuerzas desconocidas que se han confabulado en su contra —existe la sugerencia de que es el Hombre Misterioso (un terrorífico Robert Blake quien protagoniza la que sea quizá la más escalofriante escena de la cinta), quien está detrás de toda esa pesadilla— o su desgracia oculta ambigüedades inimaginables?



Ya en la cárcel, Fred desaparece y en su lugar lo sustituye un joven y aturdido Pete Dayton (Balthazar Getty) —que no tiene idea de cómo ha llegado ahí—; el enigma solo se amplifica. Pete, aún consternado, regresa a casa de sus padres y, después de unos días, también al taller mecánico donde trabaja. Contrario a Fred, aún confundido y sin poder recordar nada, Pete es alguien mucho más realizado, hace lo que quiere, es atractivo y popular, tiene el cariño y respeto de sus congéneres, incluyendo a Mr. Eddy, un mafioso que le confía el servicio de sus autos y por quien conoce a Alice Walkfield, su amante y actriz de películas porno (interpretada una vez más por Patricia Arquette, ahora en cabellera rubia) la cual, sin él decir una sola palabra, se siente inmediatamente atraída por él y, pese al peligro que involucra su unión, decide iniciar una aventura.

Con estos elementos, Lynch construye un thriller que se inscribe dentro del neo noir donde violencia, sexo y horror permiten entender a Fred y Pete como dos caras de la misma moneda, a saber, la de una imaginación perturbada, pues indulgente y autocompasiva, su fantasía es una negación de sus incapacidades. Sin embargo, a pesar de que tanto Renee como Alice son vistas a través de esa mirada masculina del deseo, aquí su representación de la femme fatale, inocente y despiadada al mismo tiempo, termina por colocarnos frente a una figura desdibujada, precisamente por la imposibilidad que tienen ellos de poseerla. De esta manera, lo sexual se presenta como un anhelo tortuoso. Fred, ante su impotencia, reimagina otra vida, ahí donde puede suplir y dar placer, pero sin que ello le sea suficiente ya que, aún en la piel de Pete, Alice se va haciendo cada vez más inaccesible, sus pretensiones y pensamientos son otros, lejos de la esfera de sí donde él creía contenerla, revelando de esta forma las contrariedades que el choque de simulacro —sin que este obligatoriamente sea falso— y realidad desprenden.


En algún momento, a propósito de las cintas de video que ha estado recibiendo y ante el cuestionamiento de un par de detectives incompetentes sobre el caso, Fred revela su aversión hacia las videocámaras pues, según argumenta, le gusta recordar las cosas a su manera, «no necesariamente de la forma en que sucedieron». Si bien esto puede dar pie a una variedad de reflexiones sobre la impronta cinematográfica —no por nada la película se desarrolla en Los Ángeles y sería el primer acercamiento del director al mundo precario y sombrío de Hollywood, que llegaría al extremo en Mullholland Drive (2001) e Inland Empire (2006)—, lo que Lynch trata de decirnos, conforme va avanzando el filme, es que más que una fantasía idealista, los sueños son el espacio de un terror absoluto. Renee o Alice, Fred o Pete, todos son uno y lo mismo, espectros de un viaje sin rumbo, perdidos en una noche eterna y lóbrega, atrapados en un ciclo perpetuo del que no hay escapatoria, porque el de la impotencia es un viaje sin retorno, urdido en las entrañas de un delirio oscuro que es como un grito sin respuesta en medio de la inconsolable soledad de lo imposible. (César Mariano)

Recomendada.



jueves, 10 de noviembre de 2022

Corazón salvaje (David Lynch, 1990)

 

Título original: Wild at Heart. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 1990. Duración: 125 min. Género: Drama, Thriller, Road-Movie.

Guión: David Lynch (basado en la novela de Barry Gifford). Fotografía: Frederick Elmes. Música: Angelo Badalamenti. Sonido: Randy Thom. Maquillaje: Michelle Bühler. Montaje: Duwayne Dunham. Vestuario: Amy Stofsky. Efectos especiales: David Domeyer, Don Power. Producción: Steve Golin, Monty Montgomery, Sigurjon Sighvatsson.

Palma de Oro en el Festival de Cine cde Cannes 1993. Nominada al Oscar 1990 a Mejor Actriz de Reparto (Diane Ladd). Nominada al Globo de Oro 1990 a Mejor Actriz de Reparto (Diane Ladd).

Fecha del estreno: 1 Febrero 1991 (España).

 

Reparto: Nicolas Cage, Laura Dern, Diane Ladd, Willem Dafoe, Harry Dean Stanton, J.E. Freeman, Isabella Rossellini, Grace Zabriskie, William Morgan Sheppard, Jack Nance, Sherilyn Fenn, Freddie Jones, Sheryl Lee, Crispin Glover, Calvin Lockhart, Marvin Kaplan, David Patrick Kelly.

 

Sinopsis:

Durante un permiso carcelario, Sailor va a ver a su novia Lula y ambos deciden huir a California. La madre de la chica, que se opone a esta relación, se pone en contacto con un mafioso para que elimine a Sailor. En realidad, quiere deshacerse de él porque el joven presenció cómo ella y su amante asesinaban a su marido. La huida de Sailor y Lula va acompañada de turbios acontecimientos y sórdidos recuerdos.

 

Comentarios:

Hablamos de la película que convertiría a Lynch en un autor estrella, con ella pone la quinta marcha en cuanto a salvajismo y radicalidad (la escalofriante ‘Carretera perdida’ significará poner la sexta marcha…). Regresan los freaks retorcidos y violentos de Lynch, y también las criaturas bondadosas y llenas de luz. Filme por tanto libérrimo, sugerente, absolutamente inclasificable, que convierte a ‘Terciopelo azul’ en una aventura ordinaria y clásica. Un Lynch desatado, una historia de amor ultraviolenta y ultraromántica, cine de autor sin concesiones.

Adaptación bastante libre de la novela de Barry Gifford ‘Sailor & Lula’ (cuya lectura recomendamos encarecidamente), a cargo del propio Lynch, que se enamoró de la historia pero le cambió el final y algunos elementos más, la película es una extraña “road movie” pasada por el particular e inimitable tamiz del director, que ya había dirigido el piloto de ‘Twin Peaks’ cuando empezó con este rodaje. De modo que estamos con un Lynch en lo más alto de su carrera, tanto profesional, como de éxito, como personal (salía con Isabella Rossellini).

Podría describirse esta historia como la de dos adolescentes enamorados, cuyo amor se va a poner a prueba por toda serie de avatares, comenzando por la desquiciada madre de ella, Marietta (magnífica, brutal Diane Ladd) dispuesta a matarle a él con tal de seguir utilizando a su hija para lo que le venga en gana. A Sailor le da vida un a ratos entrañable, a ratos tenebroso, Nicolas Cage, y a ella una atractiva, sexy y maravillosa Laura Dern (hija de Diane Ladd), que repite con Lynch. Pero hay varios actores lynchianos apareciendo aquí y allá en la historia, como Crispin Glover, David Patrick Kelly o Grace Zabriskie.

Y la primera secuencia ya establece el tono y permite a los despistados salirse de la sala: Lynch no engaña a nadie, y aquí avisa muy pronto de qué tipo de salvajismos (nunca mejor dicho) vamos a ver. De hecho la película estuvo a punto de ser calificada X en Estados Unidos por su violencia bestial y su tenebroso estilo. La secuencia de la tortura de Johnny Farragut (Glover) provocaba la deserción de algunas salas. Pero Lynch no cortó nada.

De hecho, esta película es impensable si se mutilan algunos de sus tramos. Toda ella es una irregular balada de jazz, densa, impredecible y críptica. Comienza como un sueño dorado para sus protagonistas (que sólo piensan en bailar, conducir, follar y hablar) y poco a poco se va tornando una pesadilla alucinógena, sobre todo a partir del inolvidable encuentro con el breve personaje de la preciosa Sherilyn Fenn, que ya había tenido una aparición importantísima en ‘Twin Peaks’.

Algunos de los personajes más monstruosos y fascinantes de Lynch se encuentran en esta película, y de todos ellos el más grimoso y abyecto es el Bobby Peru de Willem Dafoe, una caracterización extrema (imposible no acordarse de sus dientes) para la misma encarnación del mal. Pero también vemos nada menos que a Perdita Durango, interpretada por una enigmática Isabella Rossellini, y otros como el gran J.E. Freeman (que ese mismo año había protagonizado la esencial ‘Muerte entre las flores’ de los Coen) o la misma Zabriskie componen personajes muy extremos para una galería de secundarios poco menos que siniestra.

Esta película es de las que dividen al personal. De las que enamoran definitivamente a los seguidores, o convencen a los detractores de que el cineasta en cuestión ha perdido completamente el norte. Yo me encuentro en el primer grupo, como puede el lector suponer, aunque eso no me impide comprender en parte las quejas del segundo. Lynch abandona todo academicismo, todo lugar común, y se entrega a una anti-narrativa radical, indivisible de lo que está contando.

Supongo que para muchos espectadores fue demasiado que Lula viera a su madre vestida de bruja mala, persiguiéndoles al lado de la carretera, como lo es que el perro atrape la mano mutilada y se la lleve, o que Marietta simule ser una gata con Farragut. Y es posible que en esta película Lynch perdiera parte de coherencia interna. Pero lo que perdió en eso, lo ganó en sugerencia, en misterio, en coraje, en lirismo.

Me parece difícil que alguien considere más lírica ‘Terciopelo azul’ que ‘Corazón salvaje’. Esta, con sus limitaciones, es más arrebatada, más apasionada que aquélla, sin ningún género de dudas. Lynch propone un repaso a los mitos más duraderos (y trágicos) de la cultura americana. No sólo Oz, sino también Marilyn Monroe, Elvis Presley, el cine de género. Lo homenajea todo y a la vez lo pone en duda.

Su extraño montaje, sincopado, aparentemente ilógico; su guión irregular y alambicado; su abstracción, el manierismo del diseño de producción. No resulta fácil acercarse a esta película. Recibió terribles críticas en Estados Unidos, pero en Cannes se alzó con la Palma de Oro. Hoy es una pieza esencial en el cine de su director. La más juvenil y salvaje de sus películas, la más irreal y la más romántica. La que de forma más emocionante mezcla una entrañable ingenuidad con una insidiosa maldad. (Adrián Massanet)

Recomendada.



martes, 25 de octubre de 2022

Dune (David Lynch, 1984)

 

Título original: Dune. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 1984. Duración: 145 min. Género: Ciencia-Ficción, Aventuras.

Guión: David Lynch (basado en las novelas de Frank Herbert). Fotografía: Freddie Francis. Música: Toto, Brian Eno. Dirección artística: Pier Luigi Basile, Benjamín Fernández. Sonido: Alan Splet. Maquillaje: Giannetto De Ross. Montaje: Antony Gibbs. Escenografía: Giorgio Desideri. Vestuario: Bob Ringwood. Efectos especiales: Brian Smithies. Producción: Raffaella De Laurentiis, José López Roder (Universal Pictures, Dino de Laurentiis Cinematographica, Estudios Churubusco).

Nominada al Oscar 1984 al mejor Sonido.

Fecha del estreno: 4 Marzo 1985 (España).

 

Reparto: Kyle MacLachlan, Francesca Annis, Jürgen Prochnow, Patrick Stewart, Kenneth McMillan, Sting, Max von Sydow, Sean Young, Virginia Madsen, Brad Dourif, Sian Phillips, José Ferrer, Everett McGill, Dean Stockwell, Freddie Jones, Alicia Witt, Richard Jordan, Jack Nance, Linda Hunt, Silvana Mangano, Ernesto Laguardia, Paul Smith, Leonardo Cimino, Honorato Magaloni, Danny Corkill, Judd Omen.

 

Sinopsis:

Por orden imperial, la familia Atreides debe hacerse cargo de la explotación del desértico planeta Arrakis, también llamado "Dune". Es el único planeta donde se encuentra la especia, una potente droga que es indispensable para los vuelos espaciales. Antes el planeta había sido gobernado por los Harkonen, cuyo despotismo había dejado una huella indeleble en la población. Cuando, con el beneplácito del emperador, los Harkonen atacan el planeta para recuperar el poder perdido, Paul, el hijo del duque Leto Atreides, tiene que huir al desierto. Allí, además de afrontar múltiples peligros, se le presenta una oportunidad de derrocar a los Harkonen.

 

Comentarios: 

Dune es la película más controvertida realizada nunca por David Lynch. Amada y odiada a partes iguales, su costosa adaptación de la novela de Frank Herbert supuso un revés en su carrera que le serviría para afrontar los siguientes proyectos exigiendo una mayor libertad creativa. Tras iniciarse en la más pura independencia con Cabeza borradora (1977) y entrar en el cine de estudio por la puerta grande con El hombre elefante (1980), Lynch fue requerido por el productor Dino de Laurentiis para que fuera el encargado de adaptar en imágenes una novela inadaptable que llevaba años siendo un proyecto maldito que había pasado por las manos de Alejandro Jodorowsky o de Ridley Scott sin concretarse.

Tras muchos meses de escritura de guion, Lynch acabó inmerso en una producción mastodóntica sin la capacidad necesaria para trabajar sus ideas. Fue la única vez que no tuvo el final cut del proyecto, de hecho, en declaraciones posteriores, el director ha manifestado que «se vendió» a la industria y que su creatividad quedó engullida bajo los parámetros de producción que constreñían su personalidad como director. Por ejemplo, Lynch tenía planeado que la duración de su película alcanzara las 3 horas y fuese la primera de una trilogía que adaptase otras obras relacionadas con los mundos planteados en Dune por Herbert. Sin embargo, la necesidad de cubrir las cuotas de proyecciones en los cines para recaudar un dinero que no se consiguió, obligó a recortar la película hasta los 137 minutos. El director quedó tan hastiado y desencantado durante el transcurso del rodaje que, cuando posteriormente se le ha ofrecido en varias ocasiones la posibilidad de realizar un director’s cut para añadir más metraje, siempre se ha negado en rotundo por considerar que las escenas eliminadas también «están corruptas».

He de reconocer que Dune es la película que menos me interesa de su director y en la que me cuesta más esfuerzo hallar elementos de su particular universo. Me pasa lo mismo con la versión de 2021 efectuada por Denis Villeneuve, otro autor al que venero, así que más bien mi problema radique en una falta de conexión con el enrevesado texto que propone Herbert en sus novelas. La combinación de intrigas artúricas en un contexto fantástico con elementos bíblicos o referencias mitológicas me resulta finalmente indigesto por muchas ganas y atención que le ponga.



Resumir la sinopsis en cuatro líneas es muy complicado. Pero si alguien no conoce la historia podríamos decirle a grosso modo que trata sobre la lucha existente entre la familia Atreides y los Harkonen por controlar el planeta Arrakis, único lugar donde se encuentra «la especia», una droga necesaria para los vuelos espaciales y que expande la conciencia. Paul Atreides (Kyle MacLachlan) será «el elegido» para iniciar una nueva era y derrocar el despotismo de los malvados Harkonen. Más o menos sería algo así, pero la multitud de subtramas y personajes que van apareciendo durante la película hace necesaria una introducción explicativa inicial para no perderse, en especial los que no conozcan previamente la novela, mientras que en muchas otras ocasiones se recurre a la voz en off para identificar cuáles son los verdaderos pensamientos de los personajes.

Lynch, en pocos años, pasó pues de estar rodando junto a un reducido grupo de amigos a liderar una superproducción con más de 1.700 personas en el equipo y en más de 80 decorados construidos para la ocasión. Aún así, pese al fracaso económico y crítico que supuso, en Dune podemos adivinar la presencia de un director inquieto que fue capaz de trascender el estilo visual de la ciencia-ficción de la época. Vista la película con ojos de hoy en día aún sigue siendo una auténtica rara avis dentro del género con algunas ideas innovadoras y otras descabelladas.



La primera mitad del filme es donde la narrativa aguanta mejor el envite, pero luego se notan en exceso los recortes efectuados en la sala de montaje, volviéndose precipitada y, también, algo plomiza e ininteligible. Solo algunos arrebatos visuales y de puesta en escena la mantienen a flote como son el diseño de los gigantescos gusanos cabalgados en el desierto o, en general, todo el imaginario estilístico que se desarrolla en los distintos planetas y en dónde incluiría los apartados de vestuario, decorados o la fotografía de Freddie Francis. Bajo el caparazón mesiánico de las novelas Herbert, encontramos igualmente algunas de las obsesiones habituales de Lynch como son la presencia de lo onírico, la perversión del mal y la enfermedad como símbolo de decadencia.

En ese sentido, el personaje que más perdura en nuestra memoria, tal vez, por lo repulsivo que resulta, es el Baron Vladimir Harkonnen (Kenneth McMillan), el antagonista de Paul Atreides. Es un tipo obeso con el cuerpo lleno de abultadas fístulas que utiliza un extraño mecanismo para desplazarse volando. Es la representación del mal absoluto y de la perversión lynchiana en el que muchos quisieron ver una representación negativa de la homosexualidad asociada al SIDA, aunque en realidad no deja de ser un personaje típico dentro del universo Lynch en el que se asocia la enfermedad física al lado oscuro y de putrefacción moral.



La primera frase de Dune la pronuncia la Princesa Irulan (Virginia Madsen): «Un comienzo es una época incierta». Pese a tratarse de su tercera película, en cierto modo, supuso para Lynch un nuevo comienzo. Aprendió de sus errores y tomó la decisión de no volver a inclinarse ante la majestuosidad de una gran superproducción que coartase su libertad creativa. Poco después rechazaría la oferta de George Lucas para dirigir El Retorno del Jedi. A partir de entonces todas sus obras incidirán en un mundo personal apegado a lo extraño, una reverberación amplificada y depurada de sus primeros cortometrajes y, evidentemente, de Cabeza borradora.

Así pues, no todo fue malo para Lynch en esta película. También le unió a Kyle MacLachlan con el que trabajaría más tarde en Terciopelo Azul y Twin Peaks, consolidando igualmente su amistad colaborativa con otros miembros del elenco técnico y artístico con los que continuaría trabajando a lo largo de los años. Dune es una obra que podríamos considerar inabordable en toda su extensión, al mismo tiempo fascinante en lo visual y malograda en lo puramente narrativo. Es una película maldita dentro de la filmografía de su autor que ha adquirido un estatus reivindicativo de culto con el paso de los años. (Daniel Farriol)

Recomendada.



sábado, 10 de septiembre de 2022

El hombre elefante (David Lynch, 1980)

 

Título original: The Elephant Man. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 1980. Duración: 125 min. Género: Drama.

Guión: David Lynch, Eric Bergren, Christopher De Vore. Fotografía: Freddie Francis. Música: John Morris. Maquillaje: Christopher Tucker. Montaje: Anne V. Coates. Vestuario: Patricia Norris. Producción: Stuart Cornfeld, Jonathan Sanger, Mel Brooks.

Mejor Película Extranjera en los Premios César 1981. Mejor Película en los Premios BAFTA 1980. 8 nominaciones a los Oscars 1980. 4 nominaciones a los Globos de Oro 1980.

Fecha del estreno: 31 Marzo 1981 (España).

 

Reparto: Anthony Hopkins, John Hurt, Anne Bancroft, John Gielgud, Wendy Hiller, Freddie Jones, Dexter Fletcher.

 

Sinopsis:

A finales del siglo XIX, el doctor Frederick Treves descubre en un circo a un hombre llamado John Merrick. Se trata de un ciudadano británico con la cabeza monstruosamente deformada, que vive en una situación de constante humillación y sufrimiento al ser exhibido diariamente como una atracción de feria.

 

Comentarios:

El hombre elefante es una película capital dentro de la cinematografía de David Lynch, un salto cualitativo tan inesperado como asombroso que, sin arrinconar del todo a aquel cineasta experimental de su etapa estudiantil, le sirvió para demostrar la capacidad que tenía también para moverse dentro de la industria comercial con un filme de corte más clásico y tremendamente humanista que estaba destinado a un público mayoritario. No en vano el filme obtuvo 8 nominaciones a los Oscar, aunque por desgracia no consiguiera llevarse ninguno. El proyecto llegó a sus manos de manera imprevista a través del director Mel Brooks que, fascinado por su ópera prima Cabeza borradora (1977) decidió arriesgarse y darle una oportunidad al joven e inexperto cineasta al que apodó como «el James Stewart de Marte». Posteriormente, para que la gente no asociara la película con su fama de cómico y tuviera una idea equivocada de lo que iba a presenciar, Brooks decidió retirar su nombre de los créditos.

La historia de El hombre elefante está inspirada libremente en la historia real de Joseph Carey Merrick (conocido por todos como John), un hombre inglés nacido en Leicester en el año 1862 que padecía una rara y severa deformidad física. Su corta vida, murió a los 27 años, es la base de este relato, al igual que dos obras publicadas sobre su persona, «El hombre elefante y otras reminiscencias» (1923) de Sir Frederick Treves y «El hombre elefante: un estudio sobre la dignidad humana» (1973) de Ashley Montagu. En cambio, la película no tiene nada que ver con la obra de teatro de Bernard Pomerance que se representaba durante esa misma época. Pese a contar con un referente real, el guion de la película ficciona por completo la vida que tuvo Merrick en pos del desarrollo melodramático de la acción, incluyendo muchos episodios que nunca sucedieron.

El hombre elefante es un filme que ahonda en las mismas obsesiones de siempre del cine de David Lynch, eso sí, dejando de lado el tono experimental/surrealista que únicamente reserva para las secuencias de apertura y cierre (que los productores quisieron eliminar). En la primera vemos a una mujer gestante que es atacada por unos elefantes, es una escena onírica y en tono de pesadilla que nos remite a los primeros trabajos del autor y que sirve para dar una explicación «lógica» a la deformidad física del protagonista, al menos eso es lo que cuentan en la barraca de feria al inicio del espectáculo. En realidad, no se supo hasta muchos años después cuál era la condición genética que padecía Merrick, tras diversos análisis posteriores de su ADN se especuló con una neurofibromatosis (NF) tipo I y, finalmente, con el síndrome de Proteus.

Para la escena final en el que aparece el rostro de la madre de Merrick mediante unas transparencias sobre el universo, imagen que anticipa momentos que se repetirán en Twin Peaks y otras obras del autor, Lynch emplea el poema «Nada morirá» de Alfred Tennyson sobre los acordes del impresionante «Adagio» de Samuel Barber. La decisión de dormir acostado como un hombre normal (algo que no podía hacer por el peso de su cabeza) otorga a Merrick, hombre/personaje, un final de tragedia shakespeariana para elevarlo a la calidad de mito. Entre esas dos escenas donde Lynch da rienda suelta a su capacidad visual «más raruna», tan solo hay otra escena que simboliza un sueño en la que se aparta de una narrativa más académica y, si se quiere, convencional para lo que nos tiene habituados, pero que está repleta de detalles maravillosos que la convierten en una joya imperecedera.



David Lynch juega con las expectativas y la curiosidad del espectador a la hora de mostrar el rostro de El hombre elefante. Es un símil de lo que hace el malvado Bytes (Freddie Jones) en la feria para que la gente pague por verlo. Por eso tarda 14 minutos en mostrarlo por primera vez a través de los ojos de asombro y piedad del Dr. Frederick Treves (Anthony Hopkins), uno de los planos más bellos que tiene la película donde la cámara se acerca ligeramente al doctor para hacernos partícipe de sus emociones más profundas. Pero para nosotros aún seguirá siendo una sombra, una silueta recortada en claroscuro a través de una cortina de hospital o reflejada en una pared, un monstruo que esconde su rostro bajo una capucha de tela. Así irá tomando forma en nuestra imaginación como si estuviéramos en una película de terror hasta que pasada la media hora de proyección lo vemos mediante el impacto de horror que le produce a una enfermera cuando entra en su habitación. En cambio, para nosotros el terror termina ahí y empezamos a ver al hombre.

Hasta entonces, Lynch despliega todos los recursos expresionistas de la apabullante fotografía en blanco y negro de Freddie Francis, una obra de arte en sí misma. Las escenas de la feria se inspiran en La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932), vemos el rótulo «Freaks» que aparece en el centro de un plano, mientras que el recorrido que hace el doctor por los pasillos de la feria hasta la barraca donde está expuesto Merrick (John Hurt) como un animal, parece una escena de filme de terror producido por la Hammer. Más allá de la ambientación victoriana de los interiores, las calles nocturnas que filma Lynch son las mismas que había en Cabeza borradora, la misma ciudad decrépita e industrial de su época de estudiante en Filadelfia que tanto le marcó. El sonido vuelve a ser envolvente, irreal, descriptivo, mientras sobresale la banda sonora a ritmo de carrusel compuesta por John Morris que ayuda a recrear una atmósfera decadente de tradición felliniana.



En la segunda mitad de El hombre elefante todo cambia. A los 40 minutos descubrimos que Merrick puede hablar y comunicarse como una persona normal y, no solo eso, su sensibilidad e inteligencia están por encima de la media. El filme vira hacia el melodrama para que Lynch nos hable de nuevo sobre la monstruosidad y la enfermedad, pero no se refiere solo a la física sino a la inherente a la propia condición humana. Por ejemplo, los personajes de Bytes o del celador son un nítido reflejo de la podredumbre moral de los hombres, mientras que tenemos como antagonistas al Dr. Frederick Treves o Mrs. Kendal (Anne Bancroft) que parecen tener la humanidad suficiente para ofrecerle algo de paz y felicidad a alguien que no estaba acostumbrado a ser bien tratado por los demás.

Pero no todo es blanco y negro en la película, incluso el propio Dr. Treves duda de sí mismo cuando le pregunta a su esposa: «¿Soy un buen hombre? ¿O un hombre malo?». ¿Qué le llevó a acudir aquella noche a la barraca de feria o a exponerlo después ante la comunidad científica? ¿Existen diferencias? Está claro que el médico es un hombre que busca redimirse con el trato que posteriormente dispensa al enfermo, pero Lynch hace un retrato poco halagador de la aristocracia y del género humano en todas sus vertientes. La bondad y el mal, junto a todos sus grises intermedios.



Cuando Merrick era tratado como un animal la gente pagaba por verlo en la feria, pero cuando luego adquiere cierta notoriedad ante la opinión pública, son otros los que acuden a visitarlo para tomar el té con él para poder demostrar generosidad y compasión, aunque en realidad es un acto de hipocresía totalmente egoísta que les permite mantener el estatus de su propia imagen (máscara) ante los demás, pero por dentro siguen viendo a Merrick como un monstruo, tal como muestra esa mujer a la que le tiemblan las manos al sujetar una taza. Es por eso, que las reflexiones de la película son mucho más complejas de lo que aparentan si miramos la película de manera superficial.

El hombre elefante es una Obra Maestra que no ha perdido ni un ápice de su capacidad de emocionar con el paso del tiempo, por muchas veces que la veas es imposible no llorar. Además de los temas expuestos, Lynch insiste en otro, menos evidente, pero de igual calado en su cine como es el poder de la imaginación, de la creatividad del artista. Es por eso que el director consigue identificarse tanto con una historia que, a priori, podría parecer ajena a su mundo habitual. Lo vemos muy claro cuando Merrick se dedica a construir con piezas de cartón la iglesia St. Philips de la que puede ver la torre a través de la ventana del hospital. Sí, es una metáfora sobre su propia vida (rota por unos indeseables, una y otra vez, y vuelta a reconstruir al final), pero el detalle de que pueda construirla entera sin poder verla por completo es una forma de hablarnos del poder que tiene el artista en la creación de vida a través de su imaginación (esas mismas ideas están presentes en sus cortos y primeras obras).



Es por eso que cuando Merrick asiste por primera vez al teatro alcanza su plenitud como persona. La fantasía es la vía de escape definitiva de la vida real que te toca vivir. Lynch superpone las imágenes de la obra representada en el escenario sobre la mirada del hombre que observa desde el palco con el mismo asombro de un niño. Es increíble la interpretación que realiza John Hurt bajo esos quilos de maquillaje que le obligaban antes de rodar a permanecer de siete a ocho horas diarias para aplicárselo más otras dos horas para quitárselo al final de cada jornada. El resto del reparto también está brillante, en especial, un contenido Anthony Hopkins, pero también Anne Bancroft, John Gielgud (como Carr Gomm), Freddie Jones o Hannah Gordon (como Mrs. Treves), están estupendos.

Para el recuerdo quedarán muchos momentos que serían innumerables aquí, es una película que te mantiene con el corazón encogido todo el tiempo por lo que cuenta y que alucina igualmente por su puesta en escena, pero una de las escenas más memorables es aquella que acontece en la estación de tren y que se diría fue inspirada por el linchamiento de Frankenstein. Merrick tras ser perseguido y acorralado, grita: «¡No soy un elefante! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Yo soy un hombre!». Luego, silencio, no hay nada más que poder decir. El hombre elefante es una Obra Maestra incontestable y una de las películas de su autor más accesibles por parte de todo tipo de público. (Luis Tormo)

Recomendada.



miércoles, 10 de agosto de 2022

Eraserhead (Cabeza borradora) (David Lynch, 1977)

 


Título original: Eraserhead. Dirección: David Lynch. País: USA. Año: 1977. Duración: 90 min. Género: Drama, Fantástico, Cine Experimental.  

Guión: David Lynch. Fotografía: Frederick Elmes, Herbert Cardwell (B&W). Música: Peter Ivers. Sonido: David Lynch, Alan Splet. Montaje: David Lynch. Efectos especiales: Frederick Elmes, David Lynch. Diseño de producción: David Lynch. Producción: Jack Nance, Charlotte Stewart, Jeanne Bates.

Fecha del estreno: 28 Septiembre 1977 (Nueva York)

 

Reparto: Jack Nance, Charlotte Stewart, Allen Joseph, Jeannie Bates, Judith Roberts, Darwin Joston, T. Max Graham.

 

Sinopsis:

Henry Spencer, un joven depresivo y asustadizo, sufre desde pequeño unas extrañas pesadillas de las que intenta liberarse a través de su imaginación. Un día, su amiga Mary lo invita a cenar a casa; se entera entonces de que ha sido padre de un bebé prematuro y no humano. Mary y el extraño bebé se instalan en casa de Henry, donde un escenario iluminado tras el radiador muestra la presencia de una mujer.

 

Comentarios: 

Cuando uno come algo pesado por las noches, o bien, estando en una temporada de mucho stress o nerviosismo, no hay nada mejor para perder nuestra única oportunidad de tranquilizarnos (que es durante el reparador descanso) que tener una excelente pesadilla. ¿Qué implica tener una pesadilla? Bueno, desde un punto de vista práctico, es estar atrapado en un laberinto de angustia. Puede ser estar acorralado por un monstruo o bien estar en la oficina con cientos de pilas de trabajo atrasado. Las pesadillas trabajan sobre la parte emocional y un buen prólogo de toda buena pesadilla sería (tomado del Dante): "Perded toda esperanza todo aquel que ingrese aquí". Eraserhead (Cabeza borradora) comienza con un torso humano horizontal sobreimpreso contra un cerebro. El torso progresa hacia arriba y luego desciende. En un momento su boca se abre y surge una especie de espermatozoide superalimentado que escapa rápidamente. Son 3 ó 4 minutos, pero sirven como óptima referencia de lo que estamos por ver, que no es otra cosa que una pesadilla.

Plantearse durante una pesadilla el desciframiento o la comprensión de los hechos que presenciamos es completamente absurdo e inútil. Si estamos siendo perseguidos por un monstruo con tentáculos y nuestro vehículo avanza cada vez a menor velocidad, a pesar que estamos pisando el pedal acelerador con más ímpetu, jamás nos pondremos a pensar en ese quiebre de la ley de causa y efecto, así como tampoco en la imposibilidad de la existencia de monstruos tentaculares que persigan seres humanos. Pasando ahora a la película que nos ocupa, intentar comprender la naturaleza del hijo monstruoso del protagonista o la explicación lógica de que exista un teatro de vodevil detrás de su radiador es igualmente de absurdo.

Portadora de su propia lógica, Eraserhead (Cabeza borradora) posee una ambigüedad impenetrable que permite que solo se le puedan encontrar significados alegóricos de manera superficial: ni siquiera el propio director David Lynch ha esclarecido el significado completo, por un lado, debido a que esa tarea le compete al espectador y por el otro, porque carece (tal y como cualquier sueño) de una significancia absoluta. Henry Spencer, a quien distinguimos por su excéntrico peinado y por sus ropas un par de talles más chicas, vaga por una jungla industrial y urbana, sin encontrarse con nadie. A lo largo de la película va sufriendo todo tipo de situaciones difíciles: primero va a cenar a la casa de los padres de su novia topándose con un panorama decididamente surrealista; su situación cambia cuando se entera que ha sido padre de un bebé prematuro; convive con su novia y la primer noche ella le abandona porque no puede soportar el llanto del bebé; a partir de ahí debe afrontar toda una noche en vela, cuidando a esa criatura informe (que parecería un feto de oveja más que de ser humano); por momentos fantasea con que existe un teatro de vodevil detrás del radiador de su habitación, y, eventualmente ingresa en su propia fantasía, pero para ser decapitado poco después.

Henry tal vez es una alegoría no de una persona sino de un tipo de mentalidad humana. Sufre en carne propia todas aquellas cosas que no afronta (matrimonio, paternidad, rechazo). Es víctima de todo tipo de sucesos que no tienen explicación (y Henry tampoco intenta explicarlos, sino que los acepta como son). Finalmente, su propia fantasía le autodestruye y lo convierte en una goma de borrar. Renacido de sus cenizas cede a los impulsos animales y primero se da al adulterio con su vecina de enfrente y luego destruye a su supuesto hijo, dando pie a algunas de las escenas más bizarras jamás vistas en una pantalla.

Lynch ofreció una propuesta cinematográfica arriesgada y comprometida. Por momentos dentro del campo del cine surrealista iniciado por Luis Buñuel, Lynch plantea una especie de "hard surrealismo". Viendo Un Chien Andalou (Un Perro Andaluz) (Luis Buñuel, 1929) recibimos claros mensajes individuales contrarios a la clerecía, a las instituciones, a la religión, a la hipocresía, etc. Pero con Eraserhead (Cabeza borradora) tenemos un abanico demasiado amplio y solo podemos atinar a clasificarle dentro del siempre vigente "cine experimental". Su concepción visual es, dentro del rígido blanco y negro, una obra maestra. Por momentos Lynch juega con el espacio, hay animaciones cuadro por cuadro, hay momentos de poesía fílmica (como cuando Henry hace el amor con su vecina), hay escenas de morbo por doquier (desde casi el principio cuando la madre de su novia besa el cuello de Henry) y, por supuesto, sangre y tripas. La narrativa es también de avant-garde. Durante la primera mitad de la película Lynch se toma su tiempo para mostrar las caminatas de Henry, su subida por el ascensor, sus momentos de reflexión frente al radiador, las miradas con los padres de su novia. A partir de que queda solo con el bebé, los tiempos se abrevian, y tenemos un episodio pesadillesco tras otro. Ambas caras de la misma moneda (el desarrollo lento del principio y el dinamismo del final) se contrapesan de igual manera y son igual de absorbentes. Mención aparte merecen los estupendos efectos especiales de la criatura (Lynch nunca hace referencia al tema de que materiales usó para elaborar ese feto antinatural) y su visión, paradójicamente, no es surrealista sino todo lo contrario. Sus movimientos y jadeos, sus gemidos continuos, esas llagas purulentas y el tono de gris enfermizo de su piel son un triunfo del propio Lynch (que se encargó de los efectos especiales en persona).

Es de notar también el continuo y asfixiante susurro que acompaña las imágenes durante toda la película. Siempre de fondo, se escucha un pegajoso siseo que bien puede ser una máquina industrial trabajando o meramente el viento. En cualquier caso, cumple a la perfección con darnos sofocantes sensaciones que se añaden al ya sofocante panorama visual. Hay un par de temas musicales que canta la chica del radiador (uno de Fats Waller y "Lady in the Radiator" tema de Peter Ivers), y aún en esas escenas, el siseo de fondo persiste. Si uno pudiera gozar durante una pesadilla, Eraserhead (Cabeza borradora) sería la pesadilla que todos quisieran tener.

Recomendada.