martes, 5 de enero de 2016

Nadie quiere la noche, de Isabel Coixet



Título original: Nadie quiere la noche. Dirección: Isabel Coixet. País: España, Francia y Bulgaria. Año: 2015. Duración: 118 min. Género: Aventuras, Drama. Guión: Miguel Barros. Productores: Andrés Santana y Jaume Roures. Fotografía: Jean Claude Larrieu. Montaje: Elera Ruiz. Música: Lucas Vidal. Estreno en España: 27 noviembre 2015.
Intérpretes: Juliette Binoche (Josephine Peary), Rinko Kikuchi (Allaka), Gabriel Byrne (Bram), Matt Salinger, Velizar Binev, Ciro Miró, Reed Brody, Alberto Jo Lee (Odaq).

Sinopsis:
Josephine (Juliette Binoche), una mujer rica y culta, inicia una expedición al Polo Norte para reunirse con su marido, el explorador Robert Peary. Durante el viaje se encuentra con una humilde mujer esquimal (Rinko Kikuchi). Pese a sus numerosas diferencias culturales y personales, ambas tendrán que unirse para poder sobrevivir a las duras condiciones climáticas de la tundra.

Juliette Binocje en "Nadie quiere la noche"

Comentarios:
El último trabajo de la realizadora catalana Isabel Coixet se pudo ver en la pasada edición de la Berlinale, dentro de la sección oficial a concurso. Nosotros, en España, hemos tenido que esperar casi un año para poderla ver estrenada en las carteleras. No obstante, el paso por la cartelera de esta aventura, con toques dramáticos, basada en hechos reales, ha sido “visto y no visto”. Pocos días en cartel, a pesar de sus 9 nominaciones a los Goya 2016, incluida la nominación a Mejor Película. Que le vamos a hacer, son cosas de la exhibición del cine español en nuestra querida ciudad.  
La nueva película de Coixet, tal como declara el crítico Luis Martinez, es fundamentalmente la historia fría, pautada y cruda de un viaje. Radical y pleno. Desde la inmensidad de un paisaje eterno y blanco, hasta el profundo vacío de la noche; desde dentro hacia fuera; desde el deseo a la realidad. Y así. Sin duda, la película más ambiciosa de una filmografía presidida por la necesidad de entender lo pequeño, lo más íntimo.
Estamos en la Groenlandia de 1908. Josephine busca a su marido, Robert Peary. Y lo hace sin atender a razones. El explorador, eso fue él, vive entregado a la idea de alcanzar el punto exacto en el que las brújulas seguramente explotan. Ellas, rica, burguesa y nada acostumbrada a los rigores de nada, sólo desea estar cerca de la persona que ama. Lo de Josephine, para entendernos, es simplemente un viaje.
Y aquí conviene hacer una pausa. Una cosa es viajar y otra bien distinta, ir de compras. De otro modo, todo lo que no sea viajar de verdad, es simplemente acercarse a las rebajas. Salir de viaje parte de la firme convicción del riesgo. Se sabe cómo se empieza, pero el desenlace, el cómo se acaba, es un enigma que componen a lo largo del trayecto, con paciencia y algo de nerviosismo, la imaginación y el miedo. Cuando se sale a la aventura, eso es viajar, uno tiene que tener claro que no hay camino de vuelta. Nadie vuelve ileso. Cuando se va a la rebajas es distinto. No necesariamente peor, pero diferente. Ahí la única que sufre para no volver a ser la misma es la tarjeta de crédito. Pero eso es otro asunto.
Sobre un guión de Miguel Barros, no es exagerado decir que la directora filma ahora el primer 'western' de su carrera. Tan extraño. Y el resultado es, si se quiere, un sobrio ejercicio por alejarse de sí misma. Si hasta ahora toda la filmografía de Coixet se había ofrecido al espectador en equilibrio tan inestable como el caracol que camina sobre el filo de una navaja (según el sueño de Kurtz), ahora quiere la directora pegarse a los hechos, dejar que sean los personajes, los paisajes y el frío que los envuelve los protagonistas. Todo pesa más. La cámara, para entendernos, no atropella la narración sino que, simplemente, la deja estar.
Cuenta la directora que "no se hace responsable" de la hiperactividad que en el margen de dos años le ha llevado a completar cuatro películas. También dice que su empeño por cambiar de género (recientemente le hemos visto un 'thriller, 'Mi otro yo' y hasta una comedia, 'Aprendiendo a conducir') es sólo el resultado de su resistencia al aburrimiento. Pero, insiste ella en que su cine siempre se mantiene intacto ante el asombro de lo más íntimo. "¿Qué hace que dos personas lleguen a compartir una vida entera? Es un misterio que nunca ha dejado de asombrarme". Y ahí lo deja.
Cuando Josephine alcance el punto límite de sus posibilidades, de su felicidad y de su dolor, se verá con otra mujer, la amante esquimal de su señor marido, aventurero de postín. Cae la noche de seis meses sobre el Ártico y allí no queda más que la oscuridad y dos mujeres enfrentadas en todo menos en un par de cosas: la necesidad de sobrevivir y la no menor necesidad de amar. ¿Cómo se quedan?
Toda la película está ofrecida a Juliette Binoche. Ella es Josephine y por su sufrimiento y felicidad camina entera 'Nadie quiere la noche'. Ella sabe o, mejor, lo aprenderá en su viaje que, como dijo Borges, no hay felicidad o dolor que sean sólo físicos, siempre intervienen el pasado, las circunstancias, el asombro y otros hechos de la conciencia.
Sin duda, habrá quien eche de menos, nosotros también por qué no, esa emoción pretendidamente ingenua que tan bien y carnalmente presidió sus primeros y más sorprendentes trabajos (aquí, 'Mi vida sin mí'). Ahora, ya se ha dicho, todo es más frío. Se echa en falta un final a la altura de la desoladora tragedia que se ofrece. No hay camino vuelta y eso hay que sufrirlo. Y no ocurre. Pese a todo, el resultado es una película de una incuestionable belleza que ofrece al espectador la irrefutable posibilidad de un viaje. Con todo lo que eso significa. 


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