martes, 1 de noviembre de 2011

Coppola: el fascinante horror





"Es imposible para las palabras describir lo que es necesario para aquellos que no saben lo que el horror significa. El horror. El horror tiene una cara... y uno debe hacerse amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son, son enemigos a los que hay que temer. Son enemigos de verdad".
Coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando)




Por razones generacionales no pude asistir al estreno de “Apocalypse now” y en los siguientes años, en sucesivas reposiciones televisivas, el tema de la guerra de Vietnam me daba algo de grima, por lo que una película sobre un conflicto casposo que había ocupado buena parte de los informativos durante toda mi niñez me repelía un tanto, aunque siempre tuve anotado en mi debe visionar aquella película que todos consideraban una obra maestra.


Corría el año 2001, una tarde de calor africano, la sala grande del Alameda Multicines, a lo sumo 10 acólitos que habíamos acudido a cumplimentar al “pope” Coppola… y mi intolerable deuda cinéfila fue saldada, de forma brutal, desgarradora y fascinante; la versión “Redux” me aprisionó en la butaca durante 200 minutos, con sentimientos encontrados por la fuerza épica de las imágenes, el mantra hipnótico de su música enroscada como una serpiente a la película, la vesania retratada con un realismo que te podía hacer llegar a la náusea, el homicidio bélico sin honor ni reglas, tal y como prístinamente fuera descrito por Homero en su Ilíada… en suma el HORROR, que termina hastiando a Martin Sheen/Willard hasta colmar su medida y equipararse en hartazgo a Brando/Kurtz, acercando paradójicamente a asesino y víctima, que en un memorable final intercambian papeles, ofreciéndose como víctima quien tiene el poder absoluto, llegando al fin del horror el inmolado y traspasando la carga de dolor al sacrificador, en ilógica subversión del fin último de todo sacrificio ritual.

Dudo mucho que en nuestros días de “democracias consolidadas” y políticamente correctas alguien recibiera financiación y facilidades para filmar una historia sobre crímenes de guerra cometidos por la nación que debe poner la plata para hacer realidad ese proyecto, aunque el maestro Coppola recibió el ninguneo de la Academia, recibiendo sólo dos oscars menores –sonido y fotografía- de los ocho por los que fue nominada la película : director, película, actor de reparto –Robert Duvall-, guión adaptado, dirección artística y montaje, “justo” premio a una actividad tan antiamericana. De hecho, el presidente “demócrata” Carter prohibió el estreno en USA de la película, que sólo consiguió ser estrenada tras ganar la Palma de Oro en Cannes.

Anotar en el haber de esta película algunas de las escenas más memorables de la historia del cine: Duvall ordenando surfear bajo el bombardeo, o en su despiadada y psicopática glosa del napalm, el ataque de los helicópteros al son de la cabalgata de las valkirias de Wagner, los monólogos de Brando describiendo el horror que le ha llevado hasta su lúcida locura, el asesinato ritual que culmina la película… y entre estas escenas memorables otras que han quedado igualmente indelebles en la retina colectiva de los cinéfilos: la onírica y surreal exploración de la selva, con la subyugante fotografía de tonos verdes y azules, abruptamente interrumpida por la irrupción del tigre, las contraposiciones entre dos mundos que se producen en Vietnam, donde conviven la ingenuidad de los nativos atrapados en el conflicto bélico que no alcanzan a comprender del todo, plasmada en escenas como la de los habitantes del campamento que curiosean en la celda de Willlard como si este fuese una atracción circense, o la del río plagado de piraguas que parsimoniosamente abren paso a la lancha; como contrapunto a este ambiente de “locus amoenus”, los americanos se desplazan al fin del mundo con toda la parafernalia occidental, con el ejemplo de la escena de la fiesta en mitad de la selva con conejitas de playboy incluidas.




Sobre el rodaje, comentar que transcurrió tan infernal como el argumento en sí, pues se prolongó durante más de ocho meses en la selva de Filipinas, teniendo que sobreponerse Coppola al rodaje en las condiciones más duras, al infarto sufrido por Sheen, a un Marlon Brando que se presentó a regañadientes, cebado y rapado al cero, negándose a memorizar su guión –tuvo que filmar conversaciones improvisadas con él-, el despido de Harvey Keitel y su sustitución por Martin Sheen, los continuos coqueteos –bueno, tórridos romances- de Sheen y Dennis Hopper con el alcohol y las drogas –casi todo el equipo las consumió durante el rodaje-, compartir los helicópteros prestados por el dictador Marcos con expediciones militares reales contra la guerrilla filipina, un montaje que se prolongó durante más de un año, el empeño de toda la fortuna personal de Coppola para financiar aquella locura –sólo el caché de Brando eran tres millones de dólares de 1979- que le llevó a pensar en el suicidio en tres ocasiones. Para una mejor comprensión de la forja de esta locura, resulta imprevisible el visionado del documental "Hearths of darkness. A filmmaker's apocalypse", realizado cámara en mano por la esposa de Coppola.

Sobre las fuentes literarias en las que Coppola y John Millius basaron el guión, además de la conradiana “El corazón de las tinieblas” que sirve de armazón del argumento, se inspiraron en una serie de ensayos etnográficos de James George Frazer, “La rama dorada”, y en una investigación de Jessie Weston acerca de las raíces del mito del Santo Grial, “Del Ritual al Romance”. Además, en algunos diálogos, se filtran versos de los poemas “Los hombres huecos” y “La canción de amor de J. Alfred Prufrock” de T.S. Eliot y “Si” de Rudyard Kipling y, como si esto fuera poco, durante toda la película, según lo afirmara el mismo Milius, sobrevuela el espíritu de “La Odisea” homérica.

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