domingo, 23 de diciembre de 2012

Escopofilia en cine: espejo de dos caras


Durante la preparación de mi trabajo sobre el erotismo en el cine, a presentar en breve, dentro del impagable programa confeccionado por nuestro ilustre Paco Bellido para este curso, he tenido ocasión de adentrarme en unas consideraciones para espectadores  de cine que me han parecido interesantes.

En mi condición de cinéfilo “pardillo” confeso, como saben los que conocen mis primeras aportaciones a estas páginas, siempre he tenido una cierta aprensión al llamado cine independiente cuando sus temáticas y contenidos, más que contribuir al esparcimiento, te suministran molestas inquietudes, durante y después del visionado de las películas.

Cuando, además, ese tipo de cine aborda problemáticas costumbristas y está realizado con asombrosa sencillez, de tal manera que la cámara parece haber entrado en casa de cualquier vecino, cuando no en la nuestra, para rodar vivencias humanas reales y no ficticias, aquellas inquietantes sensaciones llegan a resultarnos más perturbadoras todavía.

Hemos visionado y comentado recientemente el corto “Luisa no está en casa”, de Celia Rico, que bien podría acercarnos a lo que quiero referirme. Pero después, sacando datos para ilustrar el trabajo a que aludía al principio, me he topado casualmente con una película, del mismo corte intimista, titulada “Año bisiesto” y dirigida por un tal Michael Rowe en el 2010. Me llamó la atención, al encontrarla en un listado de supuestas películas eróticas, por la controversia que había originado entre los espectadores su inclusión en el mismo. Después de haberla visto, coincido con quienes no ven en la cinta unos parámetros para clasificarla como tal. Si bien el componente sexual prevalece y de manera explícita durante todo el metraje, su estética resulta desagradable y sórdida, aunque le aporta una credibilidad inusitada, que es el asunto a que venía a referirme.

Como os decía también, he escudriñado en las influencias de ese cine en nuestras sensaciones y descubierto personalmente algunas de sus motivaciones, muy relacionadas con el grado de sensibilidad del espectador y de sus circunstancias, por otra parte. Francamente, desconocía el término “escopofilia” de escopo (espejo) y filia. Aunque puede aplicarse a otros conceptos, parece tener mucha relación con el cine, en su acepción de placer de percibir o algo por el estilo. Y es su distinción con el voyeurismo puro y duro, tan clásico del cine erótico por cierto, lo que puede llamar la atención si consideramos el mucho mayor recorrido de aquel otro vocablo, en películas con cargas de profundidad abundantes aunque no aparezcan submarinos.

Porque, efectivamente, la sensación escopofílica tiene unas vertientes más subjetivas. Se trata de que lo que vemos en la pantalla, haya veces que tiene mucho de contenido, pero poco de placer el cómo lo percibimos. De ahí mi alusión al espejo de dos caras. Y eso sucede cuanto más nos involucramos con unos personajes y situaciones que, lejos de retratar sus existencias en tiempos históricos, quiméricos futuros o situaciones de peregrina credibilidad, se nos acercan peligrosamente hasta la misma butaca. Si esto se consigue, además, con la perfección que exhiben muchas de estas producciones, de escaso presupuesto crematístico pero con derroches de inteligencia en su realización e interpretación, cuesta trabajo abstraerse de que lo que se nos ofrece sea ficción. Ahora me explico yo que, de muchas películas, haya salido uno escopofílico perdido, incluyendo algunas eróticas, dicho sea de paso.






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