
Un día, en 1896,
contrató a dos actores de teatro y filmó algo que, a partir de entonces, iba a
repetirse en miles y miles de películas: el primer beso de la historia del
cine.
Edison era ambicioso.
Basándose en la patente de su invento y en la de otro sistema de proyección
llamado vitascope, que también diseñó él, quiso desembarazarse del
cinematógrafo y asegurarse el monopolio de las películas en el territorio de
los Estados Unidos. Gracias a su influencia consiguió el apoyo del Gobierno y
del fabricante de celuloide George Eastman e impuso a los distribuidores de filmes
la obligación de contar con un certificado entregado por su empresa. Si la
película no tenía ese sello era confiscada.
Muchas veces a punta de pistola. Esta «guerra de patentes» duró hasta 1908 y
tuvo dos importantes consecuencias: fue el germen de nuevas empresas que
lucharon tenazmente contra Edison
para continuar con su actividad y, a la vez, algunas de aquellas pequeñas
empresas huyeron del Este y se marcharon a trabajar a California, una tierra
soleada y alejada de la influencia de los pistoleros de Edison.
Fuente: “El
cine contado con sencillez”,
Juan Zavala,
Elio Castro-Villacañas y Antonio C. Martínez.
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