domingo, 26 de abril de 2020

Series de TV: Unorthodox (2020)



Título original: Unorthodox. Temporada: 1. Episodios: 4. Año: 2020. País: Alemania, USA. Género: Drama. Estreno: 26 Marzo 2020 (Netflix)
Creator: Alexa Karolinski, Anna Winger. Dirección: Maria Schrader. Guión: Deborah Feldman, Daniel Hendler, Alexa Karolinski, Anna Thomson, Eli Rosen (basada en el libro Unorthodox: The Scandalous Rejection of My Hasidic Roots, de Deborah Feldman). Música: Antonio Gambale. Fotografía: Wolfgang Thaler. Producción: Alexa Karolinski.

Reparto: Shira Haas (Esther "Esty" Shapiro), Jeff Wilbusch (Moishe Lefkovitch), Amit Rahav (Yanky Shapiro), Alex Reid (Leah Mandelbaum), Ronit Asheri (Malka Schwartz), Gera Sandler (Mordechai Schwartz), Dina Doron (la abuela de Esty "Bubbe", Aaron Altaras (Robert), Tamar Amit-Joseph (Yael Roubeni), Aziz Deyab (Salim), David Mandelbaum (Zeidy), Delia Mayer (Miriam Shapiro), Felix Mayr (Mike), Eli Rosen (Rabino Yossele), Safinaz Sattar (Dasia), Langston Uibel (Axmed), Isabel Schosnig (Nina Decker), Laura Beckner (Vivian Dropkin), Harvey Friedman (Symcha Shapiro), Lenn Kudrjawizki (Igor), Yousef 'Joe' Sweid (Karim Nuri), Catnapp (cantante en el club de Berlín).
 
Sinopsis:
Esther "Esty" Schwartz, una mujer judía de 19 años, huye de su matrimonio arreglado y de la comunidad ultraortodoxa Satmar en Williamsburg, Brooklyn, Nueva York, a la que pertenece en búsqueda de su propio sentido de identidad.​ Huye a Berlín, donde vive su madre ausente desde su infancia, e intenta navegar por una vida secular. Conoce a un grupo de estudiantes de música de diferentes países, se hace amiga de ellos y decide ingresar al conservatorio de música. Su esposo Yakov Shapiro, quien descubre que Esty está embarazada, viaja a Berlín con su primo, por orden de su rabino, para tratar de encontrarla y retornarla a la comunidad.
Comentarios:
La historia de Esther Shapiro no es exactamente la de Deborah Feldman, pero tiene su espíritu. El de alguien que nunca se sintió cómoda en su piel, porque era una piel que estaba asfixiándola. Su historia no es vieja, y he aquí lo más terrorífico de Unorthodox (Netflix), la miniserie que Anna Winger (Deutschland 83) y Alexa Karolinski (Oma and Bella) tejieron con lo que Feldman contó en su libro de memorias: las de una judía ultraortodoxa que escapa de su comunidad en Nueva York e inicia una nueva vida en Berlín. Que estamos hablando del presente. Que Feldman nació en 1986. Que lo que narra ocurrió cuando ella tenía 17 años, es decir, en 2003. Que, en definitiva, siempre hubo otros mundos, pero todos estuvieron, desde el principio, en este.
En 2003, Feldman, como la protagonista de la serie, tuvo que pasearse por un claustrofóbico supermercado situado en algún punto de Williamsburg, el barrio en el que vivía con sus abuelos, para que la madre y la hermana de su futuro marido evaluasen la mercancía. Ni siquiera iban a intercambiar una palabra, iban a mirarla, y a decidir si era la adecuada. Que recibió lecciones sobre cómo de quieta debía quedarse en la cama para que su marido le fabricase un bebé. Que, en definitiva, fue usada como pieza de un sistema que opera en las calles de la ciudad que se tiene a sí misma por el centro del mundo pero que permite que la vida de chicas como ella sean distópicamente asfixiantes.
“Puedes hacer lo que quieras, esto es América”, le dice en un momento determinado de la historia una maestra de piano a Esty (una titánica Shira Haas, que con su físico, a la vez duro y vulnerable, y su voz y su pasado yiddish, clave en el desenlace, parece haber nacido para interpretar a esa versión desesperada de Feldman). “Williamsburg no es América”, le responde Esty. Pero ¿no lo es? Unorthodox cuestiona mucho más que el sistema abominablemente patriarcal de la comunidad jasídica: explora la pesadilla inadvertida de lo cotidiano.


Ahora que pensamos más que nunca en los vecinos, y en lo poco o nada que sabemos de ellos, Unorthodox, con esos planos de Haas corriendo por las calles de Brooklyn, demuestran que cualquier calle puede ser una trampa cuando existe un depredador. Y ese depredador existe, y lo sabemos, lo sabe Yael (Tamar Amit-Joseph), la israelí que Esther conoce en Berlín. Pero ¿acaso se hace algo para acabar con su poder? “Su poder está en tu cabeza”, le dice a Esther su maestra de piano. “Las normas son imaginarias”, le dice también. Pero ¿y si esas normas son todo lo que ha tenido? Alguien ha permitido que no siga estudiando, y que se la aísle, en nombre de una práctica sectaria intocable, y lo ha hecho en América.
Williamsburg también es América, y la envidiable tarea de Winger y Karolinski, y, sobre todo, Haas, en cuatro trepidantes y, por momentos, en extremos poéticos, capítulos —¿acaso se ha visto en la televisión de este año algo más profunda y poéticamente liberador que su baño en el lago, la manera en que se deshace de la peluca, símbolo de una idea de mujer impuesta por la propia mujer?—, no solo es trasladar el infierno que padece aquel que intenta escapar a un destino fatal e impuesto. También es la de reconstruir la intimidad con, incluso, el propio cuerpo, inaugurar una libertad de la que nunca se disfrutó, y hasta acabar con todos los dioses, en especial, los propios. Porque, en realidad, el dios de Esty fue siempre su abuela, a la que quiso agradar, y a la que solo sabía querer sometiéndose a sus aparentes deseos, algo que queda claro cuando se lamenta por el hecho de que “Dios esperaba demasiado de mí”.
Berlín ejerce en la historia una doble culpa en la protagonista. No solo está traicionando a su familia al regresar a la ciudad de la que procede y en la que vive su madre, que supuestamente la abandonó al abandonar la comunidad, sino también está traicionando a todos los judíos al instalarse en la ciudad que para ellos representa el Mal. Se contraponen la luz, y las calles, de Berlín, a la oscuridad y el confinamiento de Nueva York. Lo que comparten ambas ciudades es el miedo, el fantasma que viaja con la protagonista, y que, se diría, es lo que comparte con Feldman, que lo único que lamenta es no haber explotado como lo hace Esty con su marido en el último episodio. La realidad es siempre más cruel que la ficción. (Laura Fernández)
Recomendada.


sábado, 25 de abril de 2020

El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972)


Título original: The Godfather. Dirección: Francis Ford Coppola. País: USA. Año: 1972. Duración: 175 min. Género: Drama.
Francis Ford Coppola, basado en la novela The Godfather de Mario Puzo (Guión), Gordon Willis (Fotografía), Nino Rota (Música), William Reynolds, Peter Zinner (Montaje), Charles Grenzbach, Richard Portman, Christopher Newman (Sonido), Anna Hill Johnstone (Vestuario), Warren Clymer (Dirección artística), Albert S. Ruddy (Producción). 
Oscar 1972 a la Mejor Película, al Mejor Actor (Marlon Brando) y al Mejor Guión Adaptado. Globo de Oro 1972 a la Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor (Marlon Brando), Mejor Guión Adaptado y Mejor Banda Sonora Original.
Estreno en España: 20 Octubre 1972

Reparto:
Marlon Brando (Don Vito Corleone), Al Pacino (Michael Corleone),James Caan (Sonny Corleone), Richard S. Castellano (Clemenza), Robert Duvall (Tom Hagen), Sterling Hayden (Capt. McCluskey), John Marley (Jack Woltz), Richard Conte (Barzini), Al Lettieri (Sollozzo), Diane Keaton (Kay Adams), Abe Vigoda (Tessio), Talia Shire (Connie), Gianni Russo (Carlo), John Cazale (Fredo), Rudy Bond (Cuneo), Simonetta Stefanelli (Apollonia), Angelo Infanti (Fabrizio), Corrado Gaipa (Don Tommasino), Franco Citti (Calo), Saro Urzì (Vitelli), Joe Spinell.

Sinopsis:
América, años 40. Don Vito Corleone es el respetado y temido jefe de una de las cinco familias de la mafia de Nueva York. Tiene cuatro hijos: Connie, el impulsivo Sonny, el pusilánime Fredo y Michael, que no quiere saber nada de los negocios de su padre. Cuando Corleone, en contra de los consejos de 'Il consigliere' Tom Hagen, se niega a participar en el negocio de las drogas, el jefe de otra banda ordena su asesinato. Empieza entonces una violenta y cruenta guerra entre las familias mafiosas.

Comentarios:
Era octubre del 72 cuando vi por primera vez El Padrino. En su estreno en el cine Palacio de la Música, en aquella Gran Vía que olía a cine, que podías recorrer incansablemente observando los enormes y aromáticos cartelones que anunciaban las películas. Conocí a principios de los años setenta los rincones más exóticos de aquel Madrid inmenso y que desconocía buscando el infatigable atracón de cine a través de los programas dobles en los infinitos cines de barrio. Hice involuntario exhaustivo turismo en función del amor al cine. También hubiera intentado recorrer de punta a punta el Amazonas o la Antártida no para descubrir sus exóticos y maravillosos paisajes, sino porque allí se programara la mejor historia del cine.
Aunque no dispusiera de dinero para frecuentar las salas de estreno, me las ingenié para disfrutar de El Padrino el día de su estreno, y el siguiente y el siguiente... Y por supuesto, había leído la crítica en la sagrada revista Triunfo que la calificaba de película fallida, convencional producto de Hollywood y otras negativas certidumbres que sonaban a manifiesto dadaísta. Cuarenta años más tarde, cuando se empiezan a difuminar en el recuerdo personas y cosas que consideraba imprescindibles, habiendo renunciado por voluntad propia o por necesidad de supervivencia a enganches que parecían eternos, sigo frecuentando con renovada fascinación e inmarchitable amor, cada seis meses más o menos, antes en el cine y progresivamente en vídeo, DVD y Blu-Ray, esta saga de casi diez horas titulada El Padrino. Ese conocimiento tan exhaustivo como obsesivo que te permite reconocer de memoria cada palabra que va a salir de la bocas de protagonistas y secundarios, el tono en el que van a pronunciarlas, sus gestos histriónicos o leves, lo que va a ocurrir en cada secuencia, los momentos que van a estar ambientados con música y las imágenes desnudas, lo que pretende ser realista y lo que se limita a sugerir, el armonioso empleo del flash-back y las elocuentes elipsis, la violencia evidente o subterránea y un intimismo que llega a ser doloroso, la mezcla de espectáculo, lírica y reflexión, la simultánea empatía, comprensión y horror que te hacen sentir esos personajes complejos y sus casi siempre siniestras circunstancias, no priva jamás de su encanto ni de su hipnosis a esta obra perfecta, no te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez, tienes la sensación de que es imposible contar mejor esa historia de múltiples ramificaciones aunque siempre arranque con una celebración y acabe con una tragedia.
Coppola, que nunca ha demostrado demasiado entusiasmo por su criatura más prodigiosa (independientemente de que esta le hiciera el justo favor de convertirle en millonario a perpetuidad), que declara haberse sentido mucho más realizado con otras de sus películas, concebidas con vocación y amor y que no alcanzaron el éxito, consiguió algo que está más allá del elogio, sin la menor relación con eso tan efímero y frívolo de las modas, clásico, vivo, apasionante, intemporal.


El Padrino habla con lenguaje inoxidable y hermoso de cosas que siempre han alimentado a las tragedias más profundas. Habla de la familia como refugio presuntamente invulnerable y de su lacerante quiebra, de las grandezas y miserias del poder, de las barbaridades que hay que cometer para no perderlo, de la fatalidad y el destino obligando a asumir responsabilidades y metas opuestas a lo que habías pretendido que fuera tu vida, de la traición y la venganza, del crimen organizado y sus múltiples tentáculos de corrupción, incluido el soborno de los pilares de la ley, la política, la justicia y el orden, de los inmigrantes forzosos y sus códigos de supervivencia en ese mundo nuevo y hostil, de rituales ancestrales y violentos, de la mentira cotidiana intentando disfrazar la hipocresía y salvar los asideros vitales, de las pérdidas y las rupturas más brutales que impone el mantenimiento de un trono permanentemente amenazado por las conjuras, de la soledad cósmica a la que está destinado el monarca de la jungla.
Todo ello está descrito con una visión profunda que te hace comprender las razones de todos para ser como son y actuar como actúan. La primera parte de El Padrino es modélica, pero lo que narra en la segunda y la forma de hacerlo, incluida la costumbrista y maravillosa reconstrucción de la infancia y juventud de Vito Corleone, posee el aliento, la atmósfera, la intensidad y la lírica de las mejores tragedias de Shakespeare. Y hay un bajón en la tercera, la incómoda sensación en algunos momentos de que Coppola está autoplagiándose y repitiendo una fórmula infalible, también sobra la empalagosa interpretación de su hija Sofia, pero tiene secuencias grandiosas.
El genial Brando solo aparece durante media hora, pero su aplastante presencia flota durante toda la saga. La interpretación de un contenido y sutil Pacino es una obra de arte. Como la de Duvall y De Niro. Pero hasta el último de los secundarios construye un personaje veraz. Si juntas a diez amantes de El Padrino es probable que difieran los momentos y los personajes que más les impresionan. Pero todos te confesarán que esta saga tan larga les parece muy corta. Que si durara cien horas en vez de diez, su felicidad sería completa. (Carlos Boyero)
Recomendada.

viernes, 24 de abril de 2020

Cafarnaúm (Nadine Labaki, 2018)


Título original: Capharnaüm. Dirección: Nadine Labaki. País: Líbano. Año: 2018. Duración: 126 min. Género: Drama.  
Konstantin Bock, Laure Gardette (Montaje), Christopher Aoun (Fotografía), Nadine Labaki, Jihad Hojeily, Michelle Kesrouani (Guión), Khaled Mouzanar (Música), Khaled Mouzanar, Michel Merkt (Producción), Akram Safa, Fouad Mikati, Candice Abela, Samer Rizk, Georges Sarraf, Sylvio Sharif Tabet, Ray Barakat, Chady Eli Mallar, Antoine Khalife, Joslyn Barnes, Danny Glover, Wissam Smayra (Producción ejecutiva), Chadi Roukoz (Sonido), Zeina Saab Demelero (Vestuario), Hussein Baydoun (Dirección Artística), Jennifer Haddad (Casting).
Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2018. Nominada a Mejor Película de habla no inglesa en los Oscars 2018.
Estreno en Sevilla: 15 Febrero 2019.

Reparto:
Zain Al Rafeea (Zain), Yordanos Shiferaw (Rahil), Boluwatife Treasure Bankole (Yonas), Kawthar Al Haddad (Souad), Fadi Kamel Youssef (Selim), Cedra Izam (Sahar), Alaa Chouchnieh (Aspro), Nadie Lebaki (Nadine).

Sinopsis:
Tribunal internacional. Zain, un niño de 12 años, declara ante el juez. El juez: ¿Por qué has demandado a tus propios padres? Zain: Por darme la vida. 

Comentarios:
La directora libanesa Nadine Labaki presentó «Cafarnaúm» en el Festival de Cannes y recibió el Premio del Jurado; también recibió críticas muy encendidas, tanto a favor como en contra, y por el mismo motivo: cuenta una historia de altísimo contenido emocional, con una cámara pegada y absorbente que recoge la terrible peripecia de un chiquillo de doce años en el paupérrimo paisaje de un Beirut deshecho y la indigencia familiar.
La película arranca de un lugar y una situación extraordinarios: la sala de juicio en la que ese niño demanda a sus propios padres por haberlo hecho nacer, y la explicación de tal demanda es la historia, la descripción de Labaki de la vida de ese chiquillo en un lugar hacinado e insano donde convive con una montonera de críos aún más pequeños que él, con un padre indolente y una madre de nuevo embarazada, con una hermanita a la que venden por cuatro gallinas a un hombre zafio e ignorante… Ahí todo es hambre, miseria, abuso y humillación…
El marco es terrible, y lo que “molesta” -a quienes le molestan esas cosas- es que el cuadro que contiene, en cambio, no lo es: Labaki suaviza las llamas del infierno con elementos puramente cinematográficos, como un actorcito tan expresivo y genial que hipnotiza por completo, lleno de rabia y humanidad, que convierte una película indeseable a los ojos en otra que hace imposible apartarlos de ella. Se llama, es, como el propio personaje, Zain, y todo su recorrido, en especial el que comparte con un bebé al que ayuda a sobrevivir (el bebé es prodigioso, es Chaplin con patines), tiene tanta fuerza, belleza ácida, ternura e intención que desarma por completo una mirada esponjosa. Y es, precisamente, ese entregar las armas ante ella algo también molesto para la crítica más “compacta”. (Oti Rodríguez Marchante)
Recomendada.

jueves, 23 de abril de 2020

Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015)


Título original: An. Dirección: Naomi Kawase. País: Japón. Año: 2015. Duración: 113 min. Género: Drama.
Naomi Kawase, basado en la novela “An” de Durian Sukegawa (Guión). David Hadjadj (Música), Naomi Kawase, Tina Baz (Montaje), Shigeki Akiyama (Fotografía), Kyoko Heya (Dirección artística), Yasuhiro Ohta (Iluminación), Roman Dymny (Diseño de sonido), Masa Sawada, Koichiro Fukushima, Yoshito Oyama (Producción).
Sección oficial de la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2015. Sección oficial del Festival de Cine Internacional de Valladolid (Seminci 2015).
Estreno en España: 6 noviembre 2015.

Intérpretes: Kirin Kiki (Tokue), Miyoko Asada (Propietario de la tienda), Etsuko Ichihara (Yoshiko),  Miki Mizuno, Masatoshi Nagase (Sentaro), Kyara Uchida (Wakana).

Sinopsis:
Sentaro tiene una pequeña pastelería en Tokio en la que sirve dorayakis (pastelitos rellenos de una salsa llamada "an"). Cuando una simpática anciana se ofrece a ayudarle, él accede de mala gana, pero ella le demuestra que tiene un don especial para hacer "an". Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a prosperar. Con el paso del tiempo, Sentaro y la anciana abrirán sus corazones para confiarse sus viejas heridas.

Comentarios:
Ya advertía Paul Schrader en su fundamental El estilo trascendental en el cine que “sólo se puede extraer una obra de su cultura hasta cierto punto”, antes de pasar a analizar las singularidades de la espiritualidad oriental de Yasujiro Ozu en relación con las modulaciones occidentales de la espiritualidad de Dreyer y Bresson. En una curiosa inercia del ejercicio crítico, a la japonesa Naomi Kawase le está cayendo una y otra vez el sambenito de estar haciendo cine new age, cuando, en realidad, lo suyo tiene bastante más que ver con la continuidad –sumada a una modulación personal- de la mirada zen: sus personajes forman parte –si bien contingente, frágil y minúscula- del orden natural y saben que la trascendencia nunca está más allá, sino más acá, en la aceptación serena de un lugar en el mundo. Si homologar el sentido místico de su cine a lo new age es, por tanto, un síntoma de jet lag cultural, también implicaría caer en un error de bulto emparentar este último trabajo con la trivial obsesión contemporánea –y occidental- por el fenómeno de la street food. Una pastelería en Tokio apunta más alto y cala más hondo.
Por primera vez en su carrera, Kawase adapta obra ajena –la novela An (Mermelada de judía roja) de Durian Sukegawa- y centra su mirada en Tokio para proponer un relato de vocación clásica en un camino hacia la accesibilidad del discurso que no supone renuncia alguna a los firmes fundamentos de su identidad autoral. A partir de elementos mínimos –la relación entre un solitario vendedor de dorayakis y la veterana cocinera que emplea en su puesto callejero-, Una pastelería en Tokio propone un diálogo entre dispares formas de exclusión social –una de ellas vinculada a motivos de salud; la otra, a imperativos económicos- para ir construyendo un sensible discurso sobre la posibilidad de construir comunidades afectivas provisionales a fin de combatir la intemperie social y reconstruir la armonía con ese orden natural que siempre es más grande que lo humano.
Como señalaba Schrader, en efecto “sólo se puede extraer una obra de su cultura hasta cierto punto”: con los mismos materiales, Occidente habría podido hacer una película realmente temible, sobrecargada de golpes bajos sentimentales e impostados aspavientos. (Jordi Costa)
Recomendada.