viernes, 9 de junio de 2023

Series de TV: El silencio (2023)

 

Título original: El silencio. Temporada: 1. Episodios: 6. Año: 2023. País: España. Género: Thriller. Estreno: 19 Mayo 2023 (Netflix).

Creación: Aitor Gabilondo. Dirección: Gabe Ibáñez, Esteban Crespo. Guión: Aitor Gabilondo. Fotografía: Octavio Arias, Curro Ferreira. Música: Zacarías M. de la Riva. Montaje: Miguel Doblado, Guillermo Cobo, Sebastián González, Jorge Arrieta. Producción: Alea Media. Distribuidora: Netflix.

 

Reparto: Arón Piper (Sergio Ciscar Polo), Almudena Amor (Ana Dussuel), Cristina Kovani (Marta Ortega Saiz), Aitor Luna (Cabrera), Manu Ríos (Eneko), Aria Bedmar (Greta), Ramiro Blas (Natanael Torroja),    Mikel Losada (Mikel).

 

Sinopsis:

Sergio Ciscar es puesto en libertad 6 años después de haber asesinado a sus padres, cuando aún era menor de edad. Durante ese tiempo, Sergio no ha dicho una sola palabra ni ha colaborado con la justicia, por lo que tanto las motivaciones del crimen como sus actuales intenciones son un misterio. Ana Dussuel, una joven psiquiatra y su equipo serán los encargados de determinar su potencial peligro para la sociedad observándolo en secreto día y noche, como a un animal.

 

Comentarios: 

El silencio es la historia de Sergio Ciscar (Arón Piper), un joven que fue acusado de asesinar a sus padres a sangre fría cuando era menor de edad. Tras cumplir una condena de seis años en la que apenas ha pronunciado palabra, vuelve a la sociedad, sin saber que la psiquiatra Ana Dussuel (Almudena Amor) y su equipo lo vigilarán día y noche para analizar su comportamiento y comprobar si es verdaderamente una amenaza pública.

Aitor Gabilondo ha creado un relato interesante, aunque algo descafeinado en cuanto a los personajes y las subtramas.

El silencio transcurre en una Bilbao algo oscura, pero atractiva en cuanto a su arquitectura (podría decirse que en la línea de su propio protagonista). El inicio de la serie es todo lo que se podría esperar del género de suspense, con una destacada presentación de los hechos y de los personajes y pinceladas de la tensión que acompañará al relato en el resto de capítulos.

Sin embargo, cuando una lee la premisa de la serie, lo que espera es que el silencio del protagonista dote de un misterio mayor a la historia: un relato donde los gestos, las miradas y esa falta de palabras enganchen al espectador frente a la pequeña pantalla. No obstante, esta experiencia, aunque sí se llega a vivir al comienzo de la ficción, pierde fuerza a medida que pasan los episodios. La historia no consigue exprimir al máximo la vía del silencio: el personaje principal no es que haya decidido no volver a hablar, sino que es selectivo al hacerlo. Por tanto, deja así a medio explorar un detalle que podría diferenciar la producción notablemente de otras del mismo género.




Eso sí, al César lo que es del César, ya que, indudablemente, quien se lleva la nota más alta es Arón Piper. El actor, ya asentado en la plataforma, deja ver en El silencio que no hace falta tener un diálogo denso y prolongado para desarrollar una actuación destacable. De hecho, esta miniserie podría considerarse el mejor trabajo del intérprete hasta la fecha. El español-alemán supera con creces a sus compañeros de elenco, pues algunos no terminan de convencer. De hecho, el thriller psicológico está formado por demasiados personajes que se acaban desdibujando y, lejos de aportar «chicha» a la historia, parecen incluso un grupo de espectadores más, confusos por los hechos que están presenciando.

Por otra parte, la historia juega con los cliffhanger, las traiciones cruciales y demás ingredientes del suspense, indispensables para enganchar al menos un rato. Con este thriller, Aitor Gabilondo vuelve a crear un relato sobre las luces y sombras de cualquier ser humano y la responsabilidad del contexto en los contrastes de la propia identidad. Eso sí, el sello indiscutible de Netflix se aprecia en las tramas juveniles que se entremezclan con la historia principal, las cuales no ligan con el relato en primer plano. De hecho, a El silencio le pasa un poco esto: tramas secundarias con distinto ritmo que sacan al espectador de la historia en momentos puntuales.

La hibristofilia es una parafilia por la que algunas personas sienten deseo sexual por delincuentes. Esta erotopatía ha estado muy presente tanto en casos reales de crímenes como en relatos de la ficción. El silencio construye su historia, sus personajes y su propio atractivo alrededor de esta singular filia.




Al visionar los seis episodios que forman la nueva miniserie de Netflix se siente que esa parafilia oscura tiene intenciones de traspasar la pequeña pantalla (al menos en una dosis más sana), humanizando desde el principio a su protagonista, atractivo y joven, que se encuentra observado y sin mucho margen de movimiento tras haber cumplido una pena por asesinato. Y precisamente en esta intención es donde se encuentra otro de los puntos flacos de la producción: la hibristofilia invade la historia, pero quizás no tanto al espectador. Con lo que sí se consigue empatizar es con la dificultad que tiene ‘un delincuente’ en la reinserción y, sobre todo, en confiar en aquellos que le tienden la mano.

Dejando a un lado todo aquello que tambalea, El silencio es una buena apuesta patria formada por un elenco variado de actores tanto conocidos como emergentes al que Arón Piper pone la guinda y dota de una gran proyección internacional. En conjunto, la nueva serie de Gabilondo hace justicia a su género, y ocupará un puesto como serie nacional entretenida y con una muy buena duración. Una historia casi perfecta para el formato de miniserie, que va atando cabos a medida que avanza y que juega al despiste hasta desembocar en un final, cuando menos, intrigante. (Lucía Ortega)

Recomendada (con reservas).




jueves, 8 de junio de 2023

Los osos no existen (Jafar Panahi, 2022)


 

Título original: Khers Nist (No Bears). Dirección: Jafar Panahi. País: Irán. Año: 2022. Duración: 107 min. Género: Drama.

Guión: Jafar Panahi. Fotografía: Amin Jaferi. Producción: Jafar Panahi.

Premio Especial del Jurado del Festival de Cine de Venecia 2022. Sección Oficial del Festival de Cine de Valladolid (SEMINCI 2022).

Fecha del estreno: 2 Junio 2023 (España).

 

Reparto: Jafar Panahi (Jafar Panahi), Mina Kavani, Naser Hashemi (El jefe del pueblo), Vahid Mobasheri (Ghanbar), Bakhtiyar Panjeei (Bakhtiar), Mina Khosrovani, Bülent Keser, Sinan Yusufoglu (Sinan), Reza Heydari (Reza), Narges Delaram (La madre de Ghanbar), Javad Siyahi (Jacob) Yousef Soleymani (El tio de Jacob), Amir Davari (Solduz), Darya Alei (Gozal).

 

Sinopsis:

Dos historias de amor paralelas en las que los deseos de las parejas se ven frustrados por obstáculos ocultos e inevitables, la fuerza de la superstición y la mecánica del poder.

 

Comentarios: 

De todas las artes, el cine quizá sea la que mejor engaña. Tan cerca está de los mecanismos con los que la conciencia se acerca a la realidad que se diría una copia de ella, un burdo truco de magia cuyo mayor o único mérito no sea otro que el de imaginar vidas ajenas para escapar ilusoriamente de la propia. Pero también quizá, y por la misma razón, el cine es el más logrado y depurado de los artefactos con el que construir alternativas, espacios de liberación y, sobre todo, de resistencia. El cine configura desde la más evidente e impúdica evidencia la propia conciencia. Somos lo que vemos y, más radical aún, lo que desde la pantalla nos ve a nosotros.

Jafar Panahi, director de cine iraní, lleva años dándole vueltas al asunto un poco por la exigencia misma de su profesión y el resto por simple necesidad. En 2010 se le prohibió trabajar, es decir, rodar, y hace poco entró en prisión. Después de ser defenestrado por participar en una manifestación contra el gobierno de su país, ha completado cuatro películas desde la clandestinidad y a riesgo de casi todo. Todas ellas discuten el criterio mismo de lo real. Todas fabulan la posibilidad de un cine entendido como un lugar problemático, político en su sentido más noble y, sobre todo, libre. 'Esto no es una película' (2011), 'Closed Curtain' (2013), 'Taxi Teherán' (2015) y 'Tres caras' (2018) se mueven entre el documental y la ficción, y desde esa frontera tenue y vibrante a la vez, se antojan sencillamente revolucionarias. Son auténticos cataclismos que nos miran directamente a los ojos.

'No bears', la película presentada en la competición oficial de la Mostra de Venecia, sigue moviéndose en este mismo campo magnético, digámoslo así, pero su textura es más carnal, existencial, menos intelectualizada si se quiere. También, y para completar la descripción, se trata de una obra maestra tan triste, tan bella y tan clara que asusta. Se cuentan dos historias de amor, las dos imposibles. La primera de ellas discurre en la película documental que un director de cine encarnado por el propio Panahi rueda desde la distancia. Éste se encuentra en un pueblo de la frontera entre Irán y Turquía y vía internet da las órdenes a su equipo de Estambul sobre cuestiones tales como el ritmo, la forma y hasta el sentido del argumento. Recuérdese se trata de un documento, que no ficción, de una pareja que pretende desde Turquía escapar hacia la Europa. El otro relato se sitúa en el mismo pueblo en el que el personaje de Panahi se ve recluido. La ruptura de una boda pactada enfrenta a los enamorados con las tradiciones de la comunidad. Y una posible foto accidental del director es el centro de todas las disputas.

El único punto de contacto de las dos historias es el propio cineasta a la vez testigo de lo que ocurre muy lejos y de lo que sucede muy cerca. Él reconfigura con sus órdenes la película que se rueda al otro lado de la frontera y él puede sellar el destino de dos amantes si enseña la foto que demuestra su amor. Toda 'No bears' (No hay osos, sería la traducción como referencia de los miedos inventados que surgen en la oscuridad) discurre a la vez en la pantalla y fuera de ella. La película, como en sus trabajos anteriores, está ahí para discutir el sentido y profundidad de la imagen, del cine, de la propia conciencia transformada por lo que ve. Pero esta vez, la tragedia aparece como algo más que una posibilidad. Ahora todo es más oscuro, más duro, infinitamente más triste.

El resultado es, por una parte, la culminación de todo el cine que Panahi lleva a cabo desde que fue condenado a, precisamente, no hacer cine. Pero, por la otra parte (la más importante), toda la reflexión digamos metatextual es depositada en la superficie de la misma carne, en el dolor de unas vidas condenadas una y otra vez a estrellarse contra la arrogancia de las reglas impuestas, contra la brutalidad de lo dado, contra la irreflexión tozuda de un mundo tozudo. E irreflexivo. Lo que queda es una película como poco tremenda, por lo épico, pero también desconsoladamente triste. Admirable. Y libre. Sobre todo, empeñada hasta la angustia en ser libre.

La película se completó poco antes de que Jafar Panahi fuera encarcelado con una condena de seis años. Es premonición y es, ya se ha dicho, obra maestra. (Luis Martínez)

Recomendada.



miércoles, 7 de junio de 2023

La quietud en la tormenta (Alberto Gastesi, 2022)

 


Título original: Gelditasuna ekaitzean. Dirección: Alberto Gastesi. País: España. Año: 2022. Duración: 97 min. Género: Drama.

Guión: Alberto Gastesi, Alex Merino. Música: Iñaki Carcavilla. Fotografía: Esteban Ramos. Producción: Vidania Films, ETB.

Fecha del estreno: 12 Mayo 2023 (España).

 

Reparto: Loreto Mauleón (Lara), Iñigo Gastesi (Daniel), Aitor Beltrán (Telmo), Vera Milán (Vera).

 

Sinopsis:

Lara vuelve de París con su pareja, Telmo, a instalarse definitivamente en San Sebastián. Daniel nunca ha salido de la ciudad; ahora vive con su novia, Vera, y trabaja para la inmobiliaria de su madre. Las vidas de Lara y Daniel se cruzan en la visita a un piso en venta, pero quizás esta no sea la primera vez que se hayan encontrado. A caballo entre el pasado y el presente, La quietud en la tormenta explora la historia de amor de dos personas cuyas vidas, en otras circunstancias, en otros tiempos, pudieron haber tomado otros caminos.

 

Comentarios: 

Hay dos elementos de esta película, la primera que dirige Alberto Gastesi, que le aportan una gran dosis de calidad y riesgo, la fotografía en blanco y negro de Esteban Ramos y un guion osado que juega sutilmente con el tiempo, la realidad y los anhelos indetectables del alma. De hecho, un ligero golpe de timón en un momento de la o las historias cambia radicalmente la percepción de ellas. Podría haber sido una más de pareja que quiere comenzar una nueva vida y se encuentra con algunos contratiempos, pero el volantazo de guion la convierte en nueva, sugerente, reflexiva y difícil de explicar. Tiene algún condimento que podría recordar a ‘La vida en un hilo’, de Neville, aunque su tono y su intención es completamente distinta.

Está ubicada en un San Sebastián lluvioso y grisón, matizado por la fotografía en blanco y negro, al que llega una pareja joven que ha vivido en París y quiere ahora establecerse en su ciudad, en la que, naturalmente, ambos tienen un pasado. A la historia sólo le interesa el de ella, Lara, interpretada por Loreto Mauleón con gran sentido de lo que quiere transmitir, algo así como una felicidad entre interrogaciones, como envuelta entre precaución y añoranza.

En su estructura conviven lo que parecen ser dos acciones paralelas, dos relaciones, la presente y otra que alude al pasado, más romántica, más empapada de lluvia e inquietudes. Y ese encuentro entre las dos líneas argumentales rompe en un largo desenlace con las dos palabras esenciales del título, quietud y tormenta, muy entusiasmado en su propio lirismo y confusión con la pareja de actores, Loreto Mauleón e Íñigo Gastesi, entre diálogos que no se suelen oír, ni decir.

Atraviesa algún momento impostado, alguna escena de conversación y grupo o algún aire jazzístico (no en lo musical, sino en lo interpretativo y textual) que no le aporta gran cosa al fundamento, pero, con sus cosas, resulta una película inesperada y rica. (Oti Rodríguez Marchante)

Recomendada.



lunes, 5 de junio de 2023

Els encantats (Los encantados) (Elena Trapé, 2023)


 

Título original: Els encantats. Dirección: Elena Trapé. País: España. Año: 2023. Duración: 108 min. Género: Drama.

Guión: Miguel Ibáñez Monroy, Elena Trapé. Música: Anna Andreu. Fotografía: Pau Castejón. Producción: Coming Soon Films, A Contracorriente Films.

Premio al Mejor Guión en el Festival de Cine de Málaga 2023

Fecha del estreno: 2 Junio 2023 (España).

 

Reparto: Dèlia Brufau, Aina Clotet, Laia Costa, Pep Cruz, Ainara Elejalde, Daniel Pérez Prada.

 

Sinopsis:

Tras su reciente separación, Irene se enfrenta por primera vez a la ausencia de su hija de cuatro años, que está pasando unos días con su padre. Incapaz de adaptarse a esta nueva realidad, decide viajar a un pequeño pueblo del pirineo catalán donde tiene una casa, buscando recuperar la seguridad y la calma que siente que hace tiempo ha perdido. Pero el lugar, que en el pasado fue tan familiar, se presenta poco a poco tan abrumador como su nueva vida y la acabará forzando a dejar de huir para enfrentarse a sus miedos.

 

Comentarios: 

Frente a los guiones esqueléticos que aparentan decir mucho más de lo poco que en realidad expresan, y a los libretos con exceso de escritura, en los que todo se cuenta, se verbaliza y se explica, he aquí un guion lleno de reveladores silencios, miradas verdaderamente expresivas y pequeños gestos que envuelven complejas interioridades. Un relato visual de exquisita puesta en escena, que trasciende la letra para abrazar un concepto tan básico como en el fondo difícil de lograr: el cine.

Els encantats (Los encantados), tercera película de ficción de Elena Trapé, comandada por otra interpretación mayúscula de Laia Costa tras la de Cinco lobitos, desarrolla además un relato de joven mujer y madre con hombres al fondo que rompe cualquier expectativa, tanto en la estructura del relato como en el arco del personaje principal. La película se abre de un modo insólito: un largo prólogo en la ciudad, perfecto en la composición de su mirada, que muestra con sutileza y sin remilgos a una joven familia que se acaba de resquebrajar. Una situación que Trapé y sus magníficos intérpretes muestran del modo más sutil (el cabizbajo modo de caminar hacia el coche del padre, mientras la madre amarra en la sillita a la pequeña hija), con el exacto tono de desencanto en las conversaciones, y con la rendija abierta a una nueva vida en soledad, pero quizá mucho más placentera que la que se deja atrás: un matrimonio fracasado por unas razones que nunca se explican (para bien), pero en las que todo se entiende.

Los tardíos títulos de crédito iniciales (¿casi a los 20 minutos?) dan paso a un nuevo escenario, plenamente contemporáneo en el cine español: el regreso al pueblo, donde quizá se forjó un modo de ser, de sentir y de gozar, y a una sucesión de encuentros con personajes de toda edad y condición que, en esencia, tampoco le ayudan demasiado a ese examen de conciencia consigo misma, con un presente incierto y un futuro que ni siquiera se alcanza a vislumbrar. Y ahí, de nuevo, Trapé escapa de los habituales manuales de guion, esos que acaban con cualquier posibilidad de extrañeza por parte del receptor de la historia. Un espectador que, a poco que se haya fijado en lo que ha ido viendo estos años, estará a la espera del alivio postrero de esa madre ordenada hasta lo indecible, necesitada de cariño y respeto, pero también de libertad. A ese plano final tan habitual en el cine de hoy, con el personaje hundido en su desesperación durante todo el metraje, que finalmente esboza una sonrisa que calma a la platea porque da a conocer que tendrá un futuro en paz consigo mismo.

Sin embargo, Trapé encarrila su magnífica propuesta desde otro lugar muy distinto: con un monólogo al teléfono que, en lugar de cerrar frentes, abre otros aún más complejos, y alejados de cualquier maniqueísmo de género. Conformando así el resto de una vida que nunca dejará de tener encrucijadas vitales en torno a las decisiones más drásticas que se puedan tomar, por ejemplo, en torno a la ruptura de una familia, o frente a hombres que la cagan casi en todo momento sin siquiera sospechar de qué modo la están cagando.

Las relaciones maternofiliales que dominan la película se ven acompañadas así de algo tan vaporoso pero tan decisivo como saber exactamente el momento en que no quieres compartir tu vida con una persona. Tras Blog (2010), estimulante “película de chicas” ambientada en la ESO, y Las distancias (2018), retrato de esa generación de treintañeros con las expectativas rotas y alergia a la madurez, alrededor de una joven embarazada, Trapé confirma su solidez femenina con un paso más en Els encantats, la historia de una joven madre española de hoy en día. (Javier Ocaña)

Recomendada.



domingo, 4 de junio de 2023

Mitomanía... Helmut Berger

 

Helmut Berger saltó a la fama a inicios de los setenta de la mano del director italiano Luchino Visconti, del que fue protegido y amante, convirtiéndose rápidamente en todo un mito erótico de los setenta e icono de una época libertaria y experimental. Bautizado por la prensa como «el hombre más bello del mundo», los excesos de su agitada y descontrolada vida personal acabarían eclipsando una carrera cinematográfica que se iba desmoronando lentamente tras la desaparición de su mentor, aunque, a pesar de tanto desenfreno y un manifiesto desprecio por su labor en las pantallas, Berger nos ha dejado una larga serie de trabajos sobre los que quizá sea el momento de poner un poco de luz.

 

Helmut Steinberger nació en Salzburgo en 1944, hijo de una acomodada familia dedicada a la hostelería. Su escaso interés en el negocio de sus padres y la durísima educación recibida en un colegio de maristas en Friburgo le hace tomar la decisión de escaparse a Londres con tan solo 18 años, donde sobrevive alternando trabajos ocasionales, entre otras cosas como modelo fotográfico. Al mismo tiempo comienza a tomar clases de interpretación, afición que continuará tras instalarse en Italia poco después, frecuentando los cursos de teatro de la Universidad de Perugia. Es en esta ciudad donde se produce su primer encuentro con Visconti en 1964, cuando el joven Helmut visita el rodaje de Sandra (Vaghe stelle dell’orsa, 1964) que el aristocrático director milanés rodaba con Claudia Cardinale y Jean Sorel. Fascinado por la belleza andrógina del austriaco lo incorpora a su círculo íntimo, se convierte en su mentor y amante, e intenta en un primer momento montar una adaptación de la novela de Robert Musil “El joven Torless” para su lucimiento, aunque este proyecto acabaría finalmente en manos del alemán Volker Schlondorff, quien escoge a un primerizo Mathieu Carrière para el personaje titular. Visconti decide entonces cambiar de estrategia y preparar el lanzamiento de su protegido de manera progresiva, enseñándole las bases del oficio y propiciando su debut en el cine con un pequeño papel de sirviente en su episodio “La bruja quemada viva” para el film coral Las brujas (Le streghe, 1967), espectacular vehículo para la fascinante Silvana Mangano.

 



Tras este discreto debut y tomando definitivamente el seudónimo de Helmut Berger, rueda un par de películas intrascendentes que le sirven para ir cogiendo tablas mientras Visconti prepara el film que supondrá su lanzamiento definitivo, La caída de los dioses (La caduta degli dei, 1969). Sin duda una de las mejores películas del realizador italiano, este fresco ambientado en los albores de la Segunda Guerra Mundial narra la decadencia y destrucción de los Von Essenbeck, con Berger interpretando al joven vástago Martin que actuará como catalizador de la desintegración definitiva de su familia. Su primera aparición en el film se produce con una espectacular secuencia en la que aparece travestido de Marlene Dietrich interpretando un sugestivo número de cabaret. La propia diva germana felicitaría personalmente al joven actor por su imitación tan bien lograda. El éxito internacional de la película confirma el estatus de Visconti como uno de los mejores realizadores del viejo continente, lanza la carrera de Berger en modo sensacional y propicia futuros proyectos del binomio actor-director bajo el sello del prestigio y la controversia.

 

Convertido de la noche a la mañana en un sex symbol andrógino y provocativo, en consonancia con la turbulenta y alocada década de los setenta, no tardan en solicitarlo para interpretar papeles escabrosos y decadentes, y el primero de ellos será uno que parece escrito a su medida. En El retrato de Dorian Gray (Il dio chiamato Dorian, 1970) Massimo Dallamano lo requiere para encarnar el icónico personaje creado por Oscar Wilde. No estamos evidentemente ante ninguna obra maestra, sobre todo si la comparamos con el relato original en que se basa, aunque tampoco se trata de una película tan infame como las críticas asesinas han repetido hasta la saciedad. Ciertamente el regusto kitsch de la operación orquestada por Harry Allan Powers es omnipresente, pero Berger resulta el actor ideal para semejante producto y, además, está rodeado de un reparto muy aparente: Margaret Lee, Maria Rohm, Eleonora Rossi Drago y Richard Todd se dan de codazos mientras van cayendo bajo la seducción imparable de un Gray que permanece eternamente joven e irresistible. En la vida real de Berger todo parece reflejar la historia de Dorian Gray por unos instantes, aunque su realidad acabará más bien convirtiéndose con los años en el retrato, que envejece de manera vil e implacable.

 




Tras esta adaptación, Berger prosigue su carrera con varios papeles igualmente decadentes y morbosos, empezando con un estupendo giallo dirigido por Tonino Valerii, Una mariposa con las alas ensangrentadas (Una farfalla con le ali insanguinate, 1970), y siguiendo con dos producciones de Sergio Gobbi: El bello monstruo (Un beau monstre, 1970), en la que atormenta y da mala vida a una bellísima Virna Lisi, y Corrompido y deseado (Les voraces, 1971) donde baja un poco el pistón tratando de seducir a una sofisticada Françoise Fabian. El actor se mostró siempre extremadamente crítico con estos trabajos alimenticios (que no dudaba en calificar directamente de basura en algunas entrevistas de la época), probablemente influenciado por la exigente mirada de su protector Visconti, que le instaba sin descanso a ser más selectivo con sus películas.

 

No cayeron totalmente en saco roto dichos consejos, y entre tanta Serie B el actor austriaco encontraba de vez en cuando alguna obra de prestigio que mantenía a flote una carrera que aún necesitaba de una confirmación definitiva. La primera gran película que Berger protagoniza dejando al margen sus trabajos para Visconti es, sin lugar a dudas, El jardín de los Finzi Contini (Il giardino dei Finzi Contini, 1970) que rueda bajo las órdenes de un crepuscular Vittorio de Sica junto a los maravillosos Dominique Sanda y Lino Capolicchio y que se llevaría el Oscar a la mejor película extranjera. Muchísimo menos conocida, pero no por ello exenta de interés, resulta La colonna infame, dirigida en 1972 por el poeta, documentalista y cineasta Nelo Risi y donde se codea con Lucía Bosé y nuestro Paco Rabal.

 



La consagración definitiva del actor llegaría el año siguiente de la mano de Visconti en una biopic fastuosa, grandiosa y con el soplo de una ópera wagneriana: Luis II de Baviera, el rey loco (Ludwig, 1973). Para este proyecto desmesuradamente ambicioso el director milanés no repara en medios, exigiendo de su protegido una preparación exhaustiva durante seis meses antes de iniciar el rodaje, que se desarrollará igualmente durante medio año completo. Las expectativas ante semejante obra, en la que además reaparecía Romy Schneider incorporando una versión adulta y realista del personaje de Sissi que la había llevado a la fama tres lustros atrás, eran enormes. Los cuchillos estaban afilados y preparados para desmenuzar al advenedizo Berger, pero a todo el mundo no le quedó más remedio que cerrar la boca ante una prestación inmejorable, sutil, misteriosa y medida con todo detalle bajo la atenta mirada del maestro milanés, en la que quedará para la historia del cine como su mejor interpretación.

 

Tras este aldabonazo, el cine europeo siguió solicitando a Berger para proyectos de prestigio, o al menos de cierto empaque, como por ejemplo Miércoles de ceniza (Ash Wednesday, 1973 de Larry Peerce), donde seducía a una desesperada Elizabeth Taylor entre las montañas nevadas de Cortina d’Ampezzo en un (de nuevo decadente) papel de gigoló, o la enésima adaptación del clásico teatral La ronda de Arthur Schnitzler efectuada por el alemán Otto Schenck (Reigen, 1973) y en la que se sueltan la melena un plantel de bellezas encabezado por Senta Berger, Maria Schneider y Sydne Rome.

 



Por esta época la vida personal del austriaco ya empieza a hacer las delicias de la prensa internacional. Bisexual notorio y declarado, asiduo empedernido de la jet-set y de los círculos más exclusivos, encadena fiestas, orgías, alcohol, drogas, desenfreno y múltiples relaciones con personajes del mundillo artístico, en una lista interminable de conquistas entre ambos sexos a lo largo y ancho del viejo continente. De entre tanto glamour y exceso, probablemente la relación más seria fue la que mantuvo con la actriz y supermodelo Marisa Berenson, con la que estuvo a punto de casarse, aunque la cosa no acabase de llegar a buen puerto a pesar de lo enamorados que estuvieron el uno del otro. Para sofocar su disgusto llegaría a su lado otra Marisa, la también austriaca e igualmente andrógina Marisa Mell, que se iba a convertir a partir de ese momento en compañera infatigable de mil y un desvaríos y desmadres.

 

Parecía estar siempre Visconti al rescate de un cada vez más desenfrenado e incorregible Berger, quien según las palabras del propio actor trataba cada vez peor a su mentor, con desplantes, escándalos y borracheras en público y en privado, probablemente debido entre otras cosas al enorme desfase generacional entre ambos. Su último trabajo conjunto llega en 1974 con una película de marcado carácter autobiográfico, Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno) en el que un estupendo Burt Lancaster incorpora un personaje inspirado por el director italiano mientras que Berger parece interpretarse a sí mismo en un enésimo rol de gigoló alcoholizado y mantenido por la siempre divina Silvana Mangano.

 



Encadena el año siguiente otra excelente película dirigida por Joseph Losey, La inglesa romántica (The Romantic English Woman, 1975), donde da la réplica a una estupenda Glenda Jackson en el papel de (¡cómo no!) un irresistible seductor. A estas alturas, y al margen de la calidad indiscutible de la película, Berger está convirtiéndose peligrosamente en una caricatura de sí mismo, aunque a él parece no importarle lo más mínimo. El cine sigue llamando a su puerta para financiar su atolondrado tren de vida, aunque a partir de ahora las obras de calidad serán cada vez más y más escasas. La llegada en su filmografía de la excesiva Salon Kitty (Salon Kitty, 1976) de Tinto Brass parece abrirle de par en par las puertas del cine más descaradamente explotativo, comercial y sensacionalista, a años luz de la exquisitez e inteligencia del maestro Visconti. El fallecimiento de su mentor ese mismo año deja a nuestro divo totalmente desamparado, como bien se preocupó de demostrar durante el multitudinario funeral en el que no vaciló al ejecutar una histérica y escandalosa escena de celos al constatar la presencia de Alain Delon, su predecesor en los favores del director milanés, gritando enfurecido que «la viuda era él y nadie más».

 

Todo parece ir cuesta abajo a partir de este momento para Berger, quien tras una tentativa malograda de suicidio en 1977 se abandona cada vez con más desenfreno a interminables noches libertinas salpicadas de alcohol, escándalos, drogas y sexo, descuidando al máximo su carrera que se hunde en el terreno de la serie B y los subproductos alimenticios como El clan de los inmorales (José G. Maesso, 1975), Los jóvenes leones (Il grande attaco, Umberto Lenzi, 1978) o Ferocidad (La belva col mitra, Sergio Grieco, 1977), alucinante festival de violencia no carente de interés en el que nuestro actor acomete una enloquecida interpretación como un psicópata imparable que arrastra en su camino hacia la destrucción a una despistada (y despelotada) Marisa Mell. Ambos se abandonan al victimismo en varias sesiones fotográficas de alto voltaje que sirvieron para promocionar la película y que inundaron la prensa de la época, consolándose mutuamente por sus recientes desaventuras personales.

 



Entre tanto descontrol y desfase surge de vez en cuando alguna interesante película como Túnel (Eroina, 1980) en la que su director, Massimo Pirri, presenta una descarnada, veraz y sorprendente bajada a los infiernos de una pareja de heroinómanos protagonizada por el actor y Corinne Clery. Esta obra de tintes autobiográficos inspirada en la vida de Pirri junto a la actriz Paola Montenero gana enteros gracias a la banda sonora compuesta e interpretada por el grupo rock The Pretenders. Otro trabajo rescatable de este periodo es el remake televisivo en cuatro episodios del mítico Fantomas acometida por el prestigioso Claude Chabrol ese mismo año y para el que Berger interpreta con sorprendente brío al personaje titular. Totalmente olvidable resulta en cambio Mujeres (Femmes, Tanya Kaleya, 1982), un almibarado y soporífero film erótico al hilo de los que por aquella época puso de moda David Hamilton, cuyo esteticismo de revista para adultos puede resultar insoportable hoy en día, y en el que junto a la sublime Alexandra Stewart descubrimos a una juvenil starlette española hoy día olvidada, Eva Cobo, quien se vanagloriaba en aquel momento de haber abofeteado a Berger por su descaro.

 

Es por esta época precisamente cuando Berger recala en España, a donde llega para incorporar el papel principal del interminable fresco histórico ¡Victoria! (1982-1984) dirigido por Antoni Ribas en Barcelona a lo largo de dos años de costosísimo y accidentado rodaje, y presentado en tres largometrajes que muy poca gente se tomó el interés de descubrir en las salas de cine. Para matar el tiempo en los descansos del rodaje, Berger se entretuvo tratando de conquistar a su compañera de reparto, una por aquel entonces morena y primeriza Norma Duval, e invitando a su inseparable Marisa Mell para desvariar en las noches barcelonesas del fin de semana.

 



Volvería a trabajar Berger para otro español, aunque en este caso sobre suelo parisino y en una obra mucho más disfrutable. Hablamos nada más y nada menos que de Jess Franco y su referencial Los depredadores de la noche (Les prédateurs de la nuit, 1988), en la que incorpora a un cirujano desquiciado intentando recuperar la belleza para el rostro de su hija desfigurada gracias a sangrientos trasplantes de los jóvenes rostros de otras desventuradas doncellas, ayudado para tal menester por la glacial belleza de Brigitte Lahaie. Antes de ponerse bajo las órdenes del tío Jess nuestro divo austriaco ya se había embarcado hacia la soleada California para incorporarse al rodaje de la, por aquel entonces, archipopular teleserie Dinastía (Dynasty, 1981-89). Y, ¿a qué no adivináis qué personaje interpretaba? ¡Bingo! Un decadente vividor de la jet-set adicto al buen champagne y a las mujeres millonarias. Tras nueve episodios en los que el actor deambula en piloto automático, los productores le dan las gracias y le ponen en un avión de vuelta a Europa, escandalizados por su decadente estilo de vida que imitaba al de su personaje. ¿O bien es al revés? Poco importa. En cualquier caso, y con una ironía desarmante, el actor reconocía poco después que «lloraba en su limusina cada vez que iba al rodaje pero se reía cuando iba de camino al banco a recoger su cheque».

 

Algunos años más tarde, y contra todo pronóstico, llegaría una de sus películas más prestigiosas, El padrino III (The Godfather: Part III, 1990), donde se pone bajo las órdenes de Francis Ford Coppola en un pequeño pero vistoso rol de banquero del Vaticano, donde demuestra que sabe ser un buen actor entre las manos adecuadas. Este papel y la llegada de los noventa parecen dar un nuevo ímpetu su carrera, con papeles en películas más ambiciosas que hacen buen uso de su ya muy desmejorado aspecto, cada vez más decrépito y donde todo rastro de seducción y sex-appeal van desapareciendo a gran velocidad. De esta manera retoma el papel de Luis de Baviera en 1993 para Ludwig 1881 dirigido por Donatello y Fosco Dubini en una prestación impactante por su patente decadencia física. También se pone a las órdenes del interesante director marroquí Souheil Ben Barka para L’ombre du pharaon en 1996 donde se reencuentra con su amiga Florinda Bolkan, e incorpora a un avejentado Yves St Laurent para la inspirada biopic sobre el diseñador de moda realizado por Bertrand Bonello en 2014 titulado simplemente St Laurent.

 



Cada vez más decrépito y patético, Berger tiene que hacer frente a sucesivas humillaciones y desventuras, como el incendio que asedia su residencia en Roma mientras estaba borracho destruyendo varios cuadros de Miró y Dalí así como todos los recuerdos de su vida pasada con Visconti, su precaria situación económica una vez dilapidada su fortuna dependiendo de una muy modesta pensión, y su participación en la versión alemana del reality show Supervivientes que, además, se vio obligado a abandonar debido a sus problemas de salud. Se casó en 1994 con Francesca Guidato, una desconocida actriz de la que se divorciaría cinco años después bajo las acusaciones de bigamia, maltratos y un estilo de vida muy decadente. Volvería a reincidir con otro fugaz matrimonio de tres escasos meses con un tal Florian Wess, concursante de reality shows treinta y cinco años más joven que él, en lo que pareció ser una mera operación publicitaria.

 

Aunque el actor había ya escrito una primera autobiografía en 1998, acuciado por sus deudas volvió a la carga en 2014 con otro libro de confidencias en el que se explayaba sin mesura sobre todo tipo de detalles de su vida privada. Si bien no tuvo reparos en disparar los nombres de sus más notables conquistas amorosas femeninas, sospechamos que silenciaba muchas de las masculinas, teniendo en cuenta su notoria y asumida condición de bisexual irresistible. En cualquier caso, los curiosos tienen aquí una de esas jugosas y chismosas biografías que, sin embargo, no tuvo el éxito de ventas esperado. Los tiempos cambian y probablemente el nombre de Berger no significaba ya nada para las nuevas generaciones. El último escándalo llega en 2015 durante el Festival de Venecia cuando se presenta el documental Helmut Berger, actor dirigido por Andreas Horvath. El público boquiabierto descubre al antiguo sex-symbol viviendo en el destartalado apartamento de su madre, rodeado de medicinas, botellas de vodka vacías y totalmente alucinado, perdido entre sus recuerdos, inesperados ataques de ira, y blasfemias escupidas a diestro y siniestro. Entre tanta decadencia hay también algún que otro reconocimiento a su carrera, como el Teddy Award que se le concede durante la celebración de la Berlinale de 2007.

 




Para su última película en 2019 vuelve a ponerse a las órdenes de un español, el controvertido Albert Serra en Liberté, trabajo que tiene su origen en la obra de teatro del mismo título que Serra había montado anteriormente en Berlín y que se presentó en la sección “Un certain regard” del Festival de Cannes de ese mismo año. Es en ese momento que el actor austriaco decide anunciar su retiro definitivo, incapaz ya de asumir las condiciones de un rodaje cinematográfico profesional.

 

El agente de Helmut Berger anunció el fallecimiento de su cliente el pasado 18 de mayo de 2023 a las 4 de la mañana con las siguientes palabras: «Ha disfrutado a tope durante toda su vida, convirtiéndola en una auténtica dolce vita», como si fuese el final de cualquiera de sus muchas juergas terminadas al alba. Y probablemente lo fue. Queda también para el recuerdo de los cinéfilos la figura de un icono transgresivo, precursor en vehicular la imagen de una sexualidad fluida y desprejuiciada en una época de machos alfa y féminas delicadas, aunque probablemente su potencial de actor quedase tempranamente sepultado por la losa de Visconti en el momento de su muerte.




sábado, 3 de junio de 2023

Cine para leer: El acto de creación en el cine, de Alain Bergala

 


Intento identificar en este libro el corazón mismo de la creación cinematográfica, en términos de matrices de creación [---], pero también en sus aspectos más impuros como el de la relación creador-criatura, o las imágenes ausentes que pueblan la obra visible”. Así define Alain Bergala el objetivo principal de esta obra, que rescata sus facetas como director de cine, crítico y, sobre todo, pedagogo. Su trabajo en este caso se centra no en compartir “las emociones de los personajes […], sino las emociones de su autor, las alegrías y las dificultades de la creación” (Nabokov).


Ficha técnica:

    Autor: Alain Bergala

    ISBN: 978-84-09-50347-6

    EAN: 9788409503476

    Editorial: ESCUELA CINEMATOGRAFIA MADRID

    Colección: IMPRENTA DINAMICA

    Idioma: Castellano

    Año de edición: 2023

    Formato: RUSTICA

    Número de páginas: 380

    Tamaño: 230x160

    Fecha de publicación: 17-05-2023


En esta tarea la subjetividad es un elemento crucial, en especial para alguien que encuentra a sus mejores armas al margen del estructuralismo y del posestructuralismo y se mueve mejor por los caminos de la crítica idealista con toques típicamente galos. Para su inmersión en estas aguas pantanosas, Bergala recupera y actualiza textos escritos entre 1991 y 2010 sobre obras y cineastas de su excelso canon cinematográfico: Bergman, Renoir, Vigo, Mizoguchi, Hitchcock, Scorsese, Truffaut, Godard, Rohmer…

De sus seis capítulos, los tres primeros sientan los cimientos de su espléndida obra: En el primero el autor se faja con las criaturas reales o imaginarias que dan vida a las películas y que hacen del cine un arte impuro, puesto que, a diferencia de la literatura o de la pintura, este no puede deshacerse de lo real, de los objetos y de los cuerpos que lo habitan. Esta dificultad obliga a los directores a resolver tres cuestiones previas (escoger, encontrar y elegir a sus actores) en las que entran en liza, además, otros factores como el juego del deseo entre cineasta y actriz. Este punto de partida da lugar a un deslumbrante análisis de “Una partida de campo” (Jean Renoir, 1936) en torno a la erótica del rodaje de la película y a una originalísima visión del motivo del cabello femenino, del que Hitchcock es su más ilustre representante (recordemos “Vértigo”), pero en cuyas filias militan también Buñuel, Godard o Bergman.



El capítulo siguiente profundiza en el acto cinematográfico en sí a partir de otras tres operaciones básicas: elegir (localizaciones, espacio), disponer (luces, sonido) y “atacar” (filmar). De estos tres momentos cada director tiene preferencias por uno o por otro, tal y como demuestran sus aproximaciones a “Pasión” (Godard, 1984), o a “Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle” (Rohmer, 1986), con su predilección por el “ataque”.

El tercer capítulo está consagrado al “intervalo”, basado en el examen de la “distancia” (sinónimo en español de intervalo) entre las figuras y entre estas y la cámara. Esta cuestión crucial dentro del proceso de creación se sustancia con vibrantes ejemplos presididos por la obra de Mizoguchi. Bello y suntuosamente editado, el libro ofrece asimismo una amplia selección de fotogramas que ilustran de forma fehaciente el contenido de las disquisiciones del autor, como sucede con el llamado plano-acuario (asociado a “L´Atalante”, de Vigo, 1934), o con el sentimiento de culpa (relacionado con el pecado original) en la obra de Hitchcock, cuya expresión son sus reconstrucciones de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. En este quinto capítulo hay lugar también para lúcidas introspecciones sobre la pulsión de Rohmer en torno a las rodillas adelantadas de sus jóvenes protagonistas o sobre la pasión por la semejanza de “Vértigo”.

Finalmente, el libro concluye con un sexto capítulo, menos interesante, dedicado a las autobiografías secretas de varios cineastas, con “India” (Rosellini, 1959), como eje nodal. (Antonio Santamaría)




jueves, 1 de junio de 2023

Frida Kahlo (Ali Ray, 2020)

 



Se estrena “Frida Kahlo”, una producción de 2020 que llega con retraso a las pantallas españolas. Un documental en el que se hace un repaso por la vida y la obra de la célebre artista mexicana, centrado en dar a conocer a la Frida artista y alejándose de otros aspectos biográficos, tal vez más conocidos, pero muchas veces ajenos a su arte.

Para su directora, la británica Ali Ray, más familiarizada con la dirección y producción para televisión, es este su primer largometraje, aunque pronto se estrenará el segundo, otro documental dedicado también a una pintora: la impresionista Mary Cassatt. Este trabajo, ‘Frida Kahlo’ forma parte de la serie ‘Exhibition on Screen’ (exposición en pantalla), largometrajes documentales para cine que pretenden acercarnos a grandes exposiciones y a colecciones de arte, como son los títulos dedicados a la obra de Hopper, Vermeer, Pissarro, Cézann o Gauguin, entre otros.

Ali Ray pretende darnos a conocer a la verdadera Frida, llevándonos a ver su obra, acompañados por la opinión de expertos, entre ellos su principal biógrafa y varios directores de museos mexicanos, así como una de sus familiares. Así, nos lleva hasta la famosa Casa Azul, en Coyoacán, México, casa en la que Frida nació en 1907, en la que vivió la mayor parte de su vida y en la dejó de existir en 1954, y que, desde 1958, gracias al labor de Diego Rivera, se convirtió en un museo abierto al público, en el que se mantiene vivo su legado artístico y personal.


Casa Azul, Museo Frida Kahlo


El hilo conductor es la propia voz de la artista, a través de sus cartas, entrevistas y manuscritos, como elementos determinantes para obtener una visión diferente de una artista a la que todos conocemos como figura icónica del siglo XX. Frida era apasionada, activista de muchas causas, amante de hombres y mujeres, una mujer fuerte y con una creatividad febril, pero al mismo tiempo los documentos y las cartas nos muestran a alguien vulnerable y con una vida nada fácil.

En las obras de sus inicios, afirma Ray, antes de conocer a Diego Rivera, Kahlo está más próxima a las tendencias artísticas europeas, teniendo en cuenta que ella era una mujer muy cultivada y con un padre alemán, y poco tienen que ver con los autorretratos en los que aparece con indumentaria indígena o mexicana. De hecho, la película relaciona la obra de Frida con algunas de las corrientes y los iconos de la historia del arte europea, entre ellos la tradición de retratos de vírgenes e incluso en uno de sus autorretratos Kahlo se sitúa al mismo nivel que Jesucristo al pintarse a sí misma con una corona de espinas, en este caso rodeando su cuello. La directora dice piensa que Frida estuveo influida por el catolicismo de su madre y, aunque no fuera especialmente religiosa, adoptó la iconografía católica, incluso en alguna entrevista, ha llegado a afirmar que "si no se hubiera casado con Diego Ribera quizá habría vivido una relación más estrecha con las tendencias artísticas europeas".


Fotografíada  por Toni Frissell para una portada de VOGUE de 1937

Aunque muchas de sus obras sean vistas como surrealistas, Frida Kahlo, comenta la cineasta, no se consideraba surrealista, porque "ella decía que no partía en su obra de los sueños, sino de su propia realidad, quizá es que tenía una realidad muy onírica"; y que en el fondo, "Frida no quería que se la encasillara en ningún movimiento artístico, pero es indudable que hay elementos de surrealismo en su obra y quizá la obra más clara sea 'Lo que el agua me dio', en la que aparecen elementos que para ella eran reflejo de su vida".

Este documental es un homenaje a aquella mujer que confesaba: “Comencé a pintar por puro aburrimiento de estar encamada durante un año. Y sin darme mucha cuenta. Realmente no sé si mis pinturas son o no surrealistas, pero sé que son la más franca expresión de mí misma. He pintado sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción de, antes que todo, darme gusto, y después poder ganarme la vida con mi oficio”.


Interior del Museo de Coyoacan


No es el primer documental sobre la artista mexicana, ha habido ya otras aproximaciones a su figura desde este género, tanto en producciones para cine como para televisión, entre las que se encuentran: 'Yo soy Frida' (2007, Héctor Tajonar), 'En casa de Frida Kahlo' (2011, Xavier Villetard), 'Frida: Viva la vida' (2019, Gianni Troilo).


Frida en el cine


En el género de ficción hay que hacer referencia al drama biográfico 'Frida, naturaleza viva' (1983, Paul Leduc) de producción mexicana, y a la cinta norteamericana 'Frida' (2002, Julie Taymor) protagonizada por Salma Hayek, que es seguramente la más conocida por el gran público. Ambas se centran en la biografía de esta artista, aunque en realidad ninguna llega a ser un recuento estricto; más bien, la persona se convierte en personaje y en algunos casos en caricatura.