lunes, 25 de diciembre de 2023

Time to Love (Metin Erksan, 1965)

 

Título original: Sevmek zamani. Dirección: Metin Erksan. País: Turquía. Año: 1965. Duración: 87 min. Género: Drama.  

Guión: Metin Erksan. Fotografía: Mengü Yegin. Música: Metin Bükey. Sonido: Yorgo Ilyadis. Producción: Troya Film.

Fecha del estreno: 21 Abril 2023 (España)

 

Reparto: Müsfik Kenter, Sema Özcan, Süleyman Tekcan, Fadil Garan, Oya Bulaner, Deniz Çakir, Ayban Erkmen, Adnan Uygur.

 

Sinopsis:

Meral, una chica de alta sociedad, viene a pasar un fin de semana a una isla donde posee una bella mansión. En la mansión se encontrará con una gran sorpresa. Halil, un pintor de casas hipersensible y enamorado de su retrato. Un extraña historia de amor surgirá entre ellos.

 

Comentarios: 

Hay muchas historias del cine. Tenemos la oficial, la que todos los que hemos estudiado cine conocemos, con sus nombres, películas y demás. Pero también hay otras, las que no conocemos, las que se reescriben cada año, porque cada año en lo más recóndito de una filmoteca o una casa olvidada, se descubren otros nombres y películas, descubriendo a cineastas que, desgraciadamente, quedaron en el olvido o muy pocos recuerdan. El nombre de Metin Erksan (Çanakkale, Turquía, 1929 – Bakirköy, Turquía, 2012), es uno de ellos, un cineasta que dirigió 42 títulos amén de una veintena de guiones para otros directores. Este descubrimiento viene con su última película, Sevmek zamani, traducida como Time to Love, en la que nos cuenta la fascinación de Halil, un pintor que decora las casas de los ricos, por un retrato, el retrato de Meral, una de esas jóvenes ricas que pasa su tiempo en casa de ricos suyas o de amigos. Los dos se conocen y se enamoran, aunque Halil tiene miedo, ese miedo del enamorado que sabe que la diferencia entre ellos, de posición social sobre todo, hará añicos el amor y por ende su vida.

El extraordinario arranque de la película con ese mar rodeado de un profundo bosque de árboles altos acompañado de un silencio sepulcral, que escenifica los barrotes de una prisión, igual que sucedía en Los amantes crucificados (1954), de Kenji Mizoguchi, nos lleva a pensar que estamos frente a un amor difícil, un “amour fou”, que mencionaba el gran Buñuel. La película ya tiene ese aroma triste y melancólico, con esa secuencia del inicio con la lluvia, una lluvia fiel compañera de este amor tan difícil como pasional, y el protagonista mirando a través de la ventana del café, y luego sale y la cámara lo sigue hasta la casa, donde entra y en soledad se queda embelesado mirando el retrato de la citada Meral. Un tono y unos paisajes tristes, desolados y vacíos que recuerdan enormemente el cine del bloque comunista, con nombres como Kieslowski y Béla Tarr, entre otros. El blanco y negro acentúa ese aire pesado y asfixiante de unas vidas sin más, unas existencias anodinas, sin esperanza y muy solitarias, en consonancia con el formato cuadrado que evidencia esa cárcel de la que hablábamos, en un gran trabajo del cinematógrafo Mengü Yegin, con más de 70 títulos a sus espaldas, y la música, constante y que resalta esas emociones contradictorias de ambos protagonistas, que firma Metin Bükey, con más de 130 películas en su filmografía, y el preciso y sólido trabajo de sonido de Yorgo Ilyadis con 80 títulos en su haber.



Halil y Meral son dos almas enamoradas, pero también son dos almas muy diferentes, pertenecen a clases sociales antagónicas, y eso lo cambia todo, porque una cosa es el amor y otra muy distinta, la del patrimonio que se dispone, porque nunca habrá un amor que no esté sometido a las leyes de lo material, y en esas están los dos personajes. Erksan construye una película tan real como poética, donde cada plano y cada encuadre evidencia la distancia y la cercanía que reside entre Halil y Meral, y ese entorno duro y agreste, donde deja claro la influencia de aquellos años sesenta, la inspiración de los “nuevos cines”, de los Antonioni, de esos paisajes dolientes y desiertos, de esas playas desiertas, donde el mar rompe y desgasta, de esos caminos pedregosos y embarrados en mitad de alguna montaña, o esos lagos, donde el agua es densa y poco clara, rodeados de naturaleza y también, de aislamiento, de ese mundo interior, tan complejo y tan difícil de interpretar, de constantes huidas y (des) encuentros y reencuentros, de diálogos en silencio, de palabras duras y cortantes, de miedos, de inseguridades, de querer alejarse o quedarse para siempre, de saber y no saber, de sentir y no saber qué sentir, de dudas, de incertidumbres, y sobre todo, de amor y otras soledades.



El cine de Erksan tiene inspiraciones literarias, que se centraba en los problemas de las gentes del campo, convierte esa isla, que no es otra que las Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, en Turquía, en la isla del amor, o mejor dicho, en la isla donde nace el amor, primero en forma de retrato/fotografía, que lo emparenta con Jennie (1948), de William Dieterle, y con Laura, de Otto Preminger y La mujer del cuadro, de Fritz Lang, ambas producidas en 1944, donde la obsesión por la imagen de una mujer deviene un trasunto más allá del amor y el deseo, con raíces más profundas donde el sujeto se sacia con la mera contemplación del retrato sin querer ir más allá cuando la mujer se manifiesta en carne y hueso. Pero no sólo están los enamorados Halil y Meral, excelentemente interpretados por Müsfik Kenter y Sema Özcan, respectivamente, componiendo ese amor tan cercano y lejano, ese amor único, ese amor bello e intenso, ese amor rodeado de las circunstancias, y los demás, como Basar, el novio de Meral, al que da vida Süleyman Tekcan, un tipo que recuerda a los matones del cine negro hollywodiense, con su séquito y toda su rabia después que su amor se haya ido con el desconocido pintor de brocha gorda, y también, está Mustafa que interpreta Fadil Garan, una especie de padre-escudero de Halil, un amigo, un confesor y una ayuda, que trabaja con él, y canta con esa voz en la que recuerda a través de su guitarra turca, en la que la melancolía y la memoria se cruzan invocando otros tiempos, otros lugares y otros sentimientos. (José A. Pérez Guevara)

Recomendada.



jueves, 21 de diciembre de 2023

Festivales de cine. El cine. La vida

 


Pilar Lebeña Manzanal

Se dice, se cuenta, se rumorea que hace más de 2000 años una ardilla podía cruzar la Península Ibérica de rama en rama, de roble en roble y de encina en encina sin que su cola atisbara polvo del camino. De norte a sur. De este a oeste. De izquierda a derecha. De derecha a izquierda. En diagonal. Sin pisar el suelo. Aparentemente una ardilla cualquiera, que a la leyenda ninguna falta le hizo una especialmente lumbrera ni poner el foco en la audacia y condiciones atléticas envidiables que el gracioso roedor posee, sino en la cantidad de foresta existente. Qué cosas, ¿no les parece?

Pero no se me vayan a venir abajo que hoy se puede hacer exactito lo mismo trolley en ristre repiqueteando sus ruedas por las aceras de España de festival de cine en festival de cine sin despeinarse… Los que tengan pelo, claro. De la Seminci de Valladolid al de Málaga. Del de San Sebastián al de Sevilla, sin olvidar el de Valencia y pasando por el de Sitges. Pero también el de Gijón, desvío a Tui y de ahí al de Tarifa. Del de Lleida a Tenerife, pasando por el de Madrid o Menorca. Del de Santander al de Huelva. Del de Cáceres a Boltaña, desviándonos al de Las Palmas de Gran Canaria, al de Ávila o al de Benidorm. O enfilar al de Vigo y de ahí al que se celebra en Elche. A gusto del consumidor o consumidora. ¿Será problema el cómo planificarlo o por dónde empezar primero?

Y es que, ¿saben ustedes cuántos festivales de cine se celebran en este país anualmente? Casi 60. De todo tipo y colores, temáticas y empaque donde poder empaparse de diversidad. Desde cine europeo como exhibe el de Sevilla hasta de derechos humanos como el de Barcelona que lleva a la pantalla la emergencia climática, la libertad de expresión, la pobreza o el acoso escolar.

Necesarios todos ellos.

Certámenes cinematográficos de categoría A como el de San Sebastián, inaugurado en 1953 y a donde acude lo más granado de la industria nacional e internacional, a otros más humildes o de reciente creación. Festivales donde se presentan largometrajes, cortos, cine documental, de terror, de animación, cine fantástico, de mujeres. También cine independiente, iberoamericano, de autor, cine africano, de música de cine…

Festivales de cine todos ellos que sirven de plataforma y trampolín para que la industria cinematográfica muestre su trabajo, comparta con colegas y público, promocione y distribuya las películas, además de ser foros de debate entre cineastas y público en medio de una fiesta. La gran fiesta del cine donde el público se reúne a consumir cine.


Festivales de cine a los que hay que apoyar, mimar y proyectar porque son cultura. Arte fundamental en nuestro ocio que nos hace reír, llorar, reflexionar, madurar, enriquecer el pensamiento, cuestionarnos y cuestionar. Acongojarnos unas veces con vidas ajenas en las que atisbamos pinceladas de las nuestras para aliviarnos otras con historias en las que no nos reconocemos. Olvidar el mundo por un rato sin salir de él. Nunca indiferentes. Viajar sin salir de una sala oscura que enriquece el intelecto y el alma mientras la vida nos regala y nos impone. Nos quita y nos devuelve. Caprichosa, pasa por encima nuestro no siempre pidiendo permiso previamente. Lugares de encuentro que enriquecen la mochila del espectador. Y es que el cine es ante todo mirada. Mirada que remueve conciencias.

Presentada en competición en el festival de cine de Venecia donde su protagonista, Seydu Sarr, gana el Premio Marcello Mastroianni al mejor actor emergente y Matteo Garrone el León de Plata a la mejor dirección. Exhibida posteriormente en diferentes festivales, entre ellos el de San Sebastián donde obtiene el premio del público y, posteriormente, en el europeo de Sevilla, además de ser la apuesta de Italia a los Óscar de Hollywood, la película italiana en coproducción con Bélgica, Yo capitán (Io capitano) pone cara, historia y vida a esos negros subsaharianos que, si no se hunden antes en un mar inmisericorde carente de flotadores complacientes, consiguen alcanzar la tierra prometida. Que nadie se moleste por lo de negro pues eso de persona de color no me digan que no resulta incongruente, considerando que de color somos todos, solo que cada uno es del que le ha tocado en suerte.


Con guión de Matteo Garrone, Massimo Ceccherini, Massimo Gaudioso y Andrea Tagliaferri, la película cuenta la épica y conmovedora historia de dos chicos que, macuto al hombro y con los ahorros de trabajillos realizados aquí y allá a escondidas de sus familias cuando salen del colegio, planifican abandonar Dakar para cumplir su sueño en el paraíso llamado Europa. Porque, ¿acaso no es legítimo que un adolescente en cualquier parte del mundo sueñe con convertirse en estrella del rap, tener millones de fans, ganar dinero a espuertas y ayudar a su familia? ¿Que pese más la certeza al alcance de la mano de hacer realidad su sueño que la de creer Seydu a su madre cuando le asegura entre lágrimas que el camino está sembrado de cadáveres y le suplica que desista de tales pensamientos? ¿Acaso el paraíso anhelado no está a la vuelta de la esquina cuando lo único que precisan para alcanzarlo es el dinero ya ahorrado?

Su modesta vida en Dakar. El intenso y conmovedor viaje de sus protagonistas, Seydu y Moussa, dos primos convencidos de su sueño que deciden dejar atrás su ciudad natal, cruzar Mali, Niger, el desierto del Sahara, Libia, y de un salto llegar a Europa. Como si recorrer los casi 4000 km que separan Senegal de Sicilia fuera una excursión escolar entre risas con final feliz, ignorando que se trata de un interminable viacrucis minado de hienas humanas para quienes el drama de la inmigración ilegal no significa otra cosa que la palabra dinero tatuada en mayúsculas en la frente y el escrúpulo.

La magnífica interpretación de sus protagonistas a pesar de no ser actores profesionales. La decisión del director de posar la mirada en el joven Seydu. La espléndida fotografía de Paolo Carner. La excelente música de Andrea Farri. Toda la historia resonando aún en los sentidos a pesar de haber salido del cine hace un rato largo ya. De nuevo entre el bullicio de la gente. Con la película pellizcando el corazón, vienen sin querer a la mente las palabras de Albert Camus en su obra póstuma El primer hombre donde escribe que la miseria es una fortaleza sin puente levadizo para añadir: “La memoria de los pobres es la memoria del corazón que es la segura, dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo, olvida más rápido bajo el peso de la fatiga. El tiempo perdido solo lo recuperan los ricos. Para los pobres el tiempo solo marca los vagos rastros del camino de la muerte. Y, además, para soportar, no hay que recordar demasiado. Hay que estar pegado a los días, hora tras hora”.

La vuelta a la realidad con la película martilleando la conciencia. Caminar por la rutina diaria con el piloto automático de la prisa, la inmediatez. La premura de llegar a una cita mientras el móvil suena y el semáforo parece no tener prisa por cambiar a verde. Gente que se cruza en un ir y venir aparentemente despreocupado, feliz. Ensimismados en su realidad y sus pensamientos. Calle céntrica peatonal de una ciudad cualquiera cuya amplia acera se cubre aquí y allá de telas blancas sobre las que reposan bolsos, pañuelos, gafas o zapatillas de deporte cuidadosamente alineadas, listas para ser vendidas. Chicos jóvenes, negros, espigados, ocupados en vender la mercancía que les permita regresar al día siguiente si la autoridad lo permite. Rostros en los que detenerse de soslayo sin poder evitar preguntarse cuántos son Seydu intuyendo que Seydu son todos y cada uno de ellos. Portadores de una vida anterior arropada por el hogar de unos padres, juegos de niños, hermanos con los que se compartió infancia, amigos del alma con los que tal vez se proyectó la necesidad incontrolada de partir en busca de una vida mejor para sus seres queridos. Para ellos mismos. Sueños rotos en un camino sembrado de traficantes de seres humanos sobrados de crueldad y desprecio. Avaricia humana por el maldito dinero que deshumaniza hasta conseguir que la vida ajena no valga nada. La maldita mala suerte de que te toque nacer en un lugar donde los conflictos bélicos, el cambio climático extremo, la miseria o todo junto te arroje a abandonar un Sahel sin visos de mejora.


A bordo de barcazas, cayucos o zodiac. Cáscaras de nuez atiborradas en las que no cabe un suspiro ni un anhelo más. Rostros que se antojan idénticos rellenan informativos en un día de la marmota interminable mientras al otro lado de la pantalla seguimos almorzando inmunes a tanto sufrimiento.

Muy posiblemente pisar exhaustos Europa les hizo creer que llegaban por fin al final de las desgracias. Que ganaron la guerra cuando aún les quedaba sortear agrias batallas. La de los interrogatorios, los centros de menores, el racismo, la xenofobia. La soledad. La discriminación. El futuro con el que soñaban, intentando mantenerse en vilo. El presente, entretanto, apostarse cada día en la acera de una céntrica ciudad cualquiera, despreocupada y bulliciosa, sobre la que extender un trozo de tela blanca que proteja la mercancía que han de vender para seguir sobreviviendo.

La pobreza no tiene voz”, escribió el periodista, escritor, ensayista y poeta polaco Ryszard Kapuscinsky. Él lo sabía de sobra que para eso fue cronista en primera persona de numerosos conflictos bélicos, especialmente en el tercer mundo, además de uno de los grandes referentes del periodismo moderno.

Sí. El cine es uno de los vehículos fundamentales para que la pobreza abandone el silencio. Grite en medio del sosiego de una sala de cine con tal fuerza que traspase la puerta de la calle alojada en las conciencias de espectadoras y espectadores.

Tras exhibirse en diferentes festivales, Yo capitán llega el próximo 3 de enero a las salas de cine. Que la disfruten y se les cuele por entre las entretelas de la empatía y el compromiso como regalo de reyes en medio del despropósito que nos rodea.

Mientras tanto, levantemos la copa para brindar por una larga y fructífera vida a los festivales de cine. Al cine. A la vida.

Siempre.


miércoles, 20 de diciembre de 2023

El pan y la calle (Abbas Kiarostami, 1970)

 

Título original: Nan va Koutcheh. Dirección: Abbas Kiarostami. País: Irán. Año: 1970. Duración: 10 min. Género: Comedia dramática, Cortometraje.

Guión: Abbas Kiarostami, Taghi Kiarostami. Fotografía: Mehrdad Fakhimi. Sonido: Harayer. Montaje: Manuchehr Oliai. Música: Varias. Ayudante de dirección: Arapik Baghdasarian. Producción: Kanun-e Parvaresh-e Fekri Kukadan va Nuyavanan (Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes).

 

Reparto: Reza Hashemi, Mehdi Shahrvanfar.

 

Sinopsis:

Un niño se dirige a su casa llevando con él una barra de pan. En un callejón por el que debe pasar se encuentra un perro que le bloquea el camino. Temeroso, el niño intenta seguir a un hombre mayor que parece llevar su misma ruta, pero inesperadamente este toma otra dirección. El niño decide entonces sortear al perro lanzándole un trozo de pan.

                      

Comentarios:

Un niño regresa a casa contento y tranquilo después comprar el pan en un día soleado en lo que bien podría ser un suburbio de Teherán. Juega dando patadas a una lata. Por el camino, aparece un perro callejero que comienza a ladrar impidiéndole el paso. El niño se asusta al encontrar al perro, aunque parece un chucho pacífico, e intenta buscar ayuda en los viandantes aunque sin éxito. Temeroso, el niño intenta seguir a un hombre mayor que parece llevar su misma ruta, pero repentinamente este toma otra dirección. Tendrá que arreglárselas para poder pasar y finalmente le lanza un trozo de pan al perro para calmarle y así poder volver a casa.

"El pan y la calle" es el primer cortometraje del director iraní Abbas Kiarostami. Se trata de un trabajo que nos remite al más primigenio estilo neorrealista. Rodado en blanco (como muchos de sus trabajos) y sin diálogos en el año 1970, al igual que hizo en su segundo cortometraje "El recreo" (1972). Con esta obra, el realizador de Teherán nos introduce directamente en su universo cinematográfico, donde observamos su búsqueda de un cine de realidades cercanas y simplistas, de una calidad grandiosa, y con la infancia y las costumbres como temas recurrentes en su filmografía.

Esta deliciosa película de Abbas Kiarostami que es poesía pura, de diez minutos de duración, fue una de las primeras producciones del Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes, también llamado Kanun. El guion del cortometraje fue escrito por el hermano del director, Taghi Kiarostami, y está basado en las experiencias de su niñez.

El trabajo de sonido en "El pan y la calle" es digno de mención. La calidad de la edición de sonido es enorme. Y la música enfatiza en todo momento el elemento dramático de la narración. Escuchamos una curiosa versión instrumental de "Ob-La Di Ob-La Da" de los Beatles a cargo del saxofonista de jazz Paul Desmond que acompaña la situación mientras el niño camina alegremente. Cuando aparece el perro la música se detiene y apreciamos el sonido real de la calle, lo cual acentúa el realismo del corto pero vuelve a sonar, esta vez una música intrigante, cuando el pequeño intenta buscar ayuda para acto seguido volver de nuevo al silencio. Hay que ver cómo el maestro centra su atención en los silencios. Finalmente, cuando el protagonista consigue librarse del perro y así poder volver a casa, la música es relajante acompañando a las imágenes de un modo placentero. A medida que va avanzando la historia, Kiarostami consigue yuxtaponer el tiempo real con el tiempo de la narración. El uso de la iluminación mientras la cámara sigue al niño y cómo juega con las sombras el ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes por "El sabor de las cerezas" (1997), con la ayuda de la excelente fotografía de Mehrdad Fakhimi, es excelente teniendo en cuenta que es su primer trabajo. También destaca la cantidad de distintos planos que utiliza en unas calles muy estrechas.



En resumen, Kiarostami logra un brillante, tierno y luminoso ejercicio de técnica cinematográfica. El uso de la iluminación y el empleo del sonido destacan sobre todo en una historia muy sencilla sobre un chiquillo que llega a su casa a través de calles muy angostas donde el realizador iraní remarca algunos de los aspectos cotidianos y más amables de su país natal y nos acerca a lo que es el mundo árabe. Aquí observamos temas que serán recurrentes en su filmografía como la figura del niño como protagonista, lo cotidiano, lo tedioso, lo rural, cierto tono documental y monotonía e influencias del neorrealismo y la nouvelle vague.

El trabajo obtuvo muy buena acogida tanto entre el público como a nivel crítico. De hecho ganó el Gran Premio del Festival de Cine Infantil de Teherán en 1970 junto con otros cortometrajes de animación, precisamente también producidos por el Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes. Esto hizo que la sección cinematográfica del Centro fuera en una parte muy importante del mismo, aumentando el número de las producciones audiovisuales.

Pasará mucho tiempo antes de que logremos calibrar el gran legado de Abbas Kiarostami, la mayor figura representativa del cine iraní.

Recomendada.

VER EL CORTOMETRAJE



martes, 19 de diciembre de 2023

La espera (F. Javier Gutiérrez, 2023)

 

Título original: La espera. Dirección: F. Javier Gutiérrez. País: España. Año: 2023. Duración: 100 min. Género: Thriller, Terror.

Guión: F. Javier Gutiérrez. Música: Zeltia Montes. Fotografía: Miguel Ángel Mora. Producción: Spal Films, Nostromo Pictures, Unfiled Films, Canal Sur, Junta de Andalucía.

Sección Oficial del Festival de Cine Fantástico de Sitges 2023.

Fecha del estreno: 15 Diciembre 2023 (España)

 

Reparto: Víctor Clavijo (Eladio), Ruth Díaz (Marcia), Pedro Casablanc (Don Francisco), Luis Callejo, Manuel Morón, José Luis Rasero, Antonio Estrada, Nico Montoya (Camarero).

 

Sinopsis:

Eladio (Víctor Clavijo), guarda de una finca, acepta el soborno de un cazador. Semanas después su vida entera colapsa. Lo que parecía un vuelco favorable del destino se convertirá en un macabro descenso a los infiernos en el que Eladio verá puesta a prueba su cordura.

 

Comentarios: 

La imagen del caos ordena el mundo. Dicho así suena tremendo, pero, en realidad, no es más que un eslogan que, a su modo, resume el empeño de la célebre teoría del caos por ofrecer un método para observar cierta pauta donde antes solo apreciábamos el azar, la irregularidad o, sencillamente, lo inesperado. El cine de F. Javier Gutiérrez tiene mucho de caótico, de impredecible. Por lo menos de entrada. El espectador es invitado a presenciar un universo opaco, lejano, incómodo y, sin embargo, extrañamente familiar. Se diría que la puesta en escena barroca, sudorosa y agobiante hasta la exasperación está ahí para hacer daño. Y lo consigue. Y así hasta que las reglas no tan ocultas que mueven el mundo (el impulso a la supervivencia, la codicia o el miedo) hacen acto de presencia. Es entonces cuando todo se ordena, cuando el temblor de lo inaudito, el espasmo del misterio y el terror de lo inefable (lo tremendo, podríamos decir) se hacen presentes y el mundo, el mundo según F. Javier Gutiérrez, cobra sentido y, en su caos, se ordena.

'La espera' llega a las pantallas entre mil estrenos más y se diría que condenada a pasar inadvertida. En un panorama de un cine español demasiado pendiente de sus nuevas olas y sus logros en festivales de prestigio, el cine de género parece condenado. Por muy personal y de autor que se pretenda. Tiempo atrás fue '3 días' (2008) la cinta que señaló a Gutiérrez como una voz única. Su lectura atmosférica de un apocalipsis a la vez posindustrial, devastado y contradictoriamente agrario sorprendió por lo que tenía de magnético, de impactante y de íntimo. Todo a la vez. Entremedias, 'Rings', su propuesta-secuela de la saga ideada por Hideo Nakata, se veía lastrada por el corsé de un guión cuanto menos errático. O solo malo.

Digamos que el director recobra ahora su pulso perdido y regresa al camino que mejor conoce y que dejó sin explorar del todo. De nuevo, como en su primera película, un soberbio y siempre visceral Víctor Clavijo es el protagonista y, otra vez, lo que importa es la irrespirable sensación de pánico, de vacío y, ya se ha dicho, de caos. Todo tremendamente gratificante. Sin embargo, esta vez la propuesta se antoja de mucho más riesgo e infinitamente más enferma. Ahora no se habla de futuros distópicos, sino de un tiempo sin tiempo que igual puede ser el pasado cercano que el futuro próximo que el presente continuo. 'La espera' tiene tanto de tragedia 'lorquiana' en la España rural eterna como de fantasía turbia 'lovecraftiana'; tanto de reflexión política sobre las rémoras de un franquismo que no cesa como de metáfora existencial con forma de 'western' sobre el destino. Y así hasta el desasosiego más evidente.

Se cuenta la historia de un pobre hombre pobre obligado a decidir entre obedecer al amo y poner en peligro la vida de los suyos, o ser fiel a sí mismo, desobedecer y matar de hambre a los suyos de antes. Es cine costumbrista con la misma fuerza que fantástico; de terror con la misma claridad que tragedia clásica; realista sin renunciar al sueño. Es cine, en definitiva, que se alimenta del caos hasta la perfecta e incómoda descripción de la pauta que alimenta nuestros miedos. F. Javier Gutiérrez es una de las anomalías más felices del cine español y está de vuelta. (Luis Martínez)

Recomendada.



lunes, 18 de diciembre de 2023

Nader y Simín, una separación (Asghar Farhadi, 2011)



Título original: Jodaeiye Nader az Simin. Dirección: Asghar Farhadi. País: Irán. Año: 2011. Duración: 123 min. Género: Drama.  

Guión: Dana Idisis. Fotografía: Mahmuoud Kalari. Música: Sattar Oraki. Montaje: Hayedeh Safiyari. Diseño de producción: Keyvan Moghaddam. Producción: Asghar Farhadi.

Oscar 2011 a la Mejor Película de habla no inglesa. Globo de Oro 2011 a la Mejor Película de habla no inglesa, Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cine de Berlín 2011. Mejor Película Extranjera en los Premios César 2011.

Fecha del estreno: 7 Octubre 2011 (España)

 

Reparto: Peyman Moaadi (Nader), Leila Hatami (Simin), Sareh Bayat (Razieh), Shahab Hosseini (Hodjat), Sarina Farhadi (Termeh)..

 

Sinopsis:

Nader  y Simin son un matrimonio iraní con una hija. Simin quiere abandonar Irán en busca de una vida mejor, pero Nader desea quedarse para cuidar a su padre, que tiene Alzheimer. Ella le pide el divorcio y se muda a vivir con sus padres. Nader no tiene más remedio que contratar a una mujer que cuide a su padre. Una negligencia de la asistenta provoca un conflicto de grandes dimensiones..

 

Comentarios: 

Asghar Farhadi hace cine puro, del bueno; ese tipo de cine que te permite disfrutar de una experiencia única porque te sientes capaz de colocarte dentro del mundo de ficción que te ofrecen durante unos minutos. Nader y Simin, una separación es el ejemplo claro.

Aunque a algunos les parezca imposible, el cine iraní es extraordinario y, afortunadamente, se ha convertido en una herramienta con la que nos podemos acercar a una cultura, a un tipo de vida, que creemos muy lejana cuando, en realidad, es muy parecida a la nuestra. Farhadi es uno de los mejores realizadores iraníes y el que muestra su país con mayor naturalidad y detalle.

Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin (A separation), 2011) es una película que habla sobre lo cotidiano, sobre cómo la vida puede cambiar con un gesto o una palabra, sobre los prejuicios, los estereotipos y la falta de comunicación en las sociedades actuales de todo el mundo. Porque, lo cierto es que puede cambiar el continente y quedar intacto el contenido. Y, por ello, una sociedad retratada sin dejar de trazar los contornos de los miedos, los lastres, las frustraciones o los complejos, retrata a las demás. Aquí encontramos una de las grandezas del cine de Asghar Farhadi: es universal. Ya lo dejó claro con A propósito de Elly y repitió con esta película.

Nader y Simin, una separación nos cuenta como es Teherán; una ciudad normal y corriente en la que suceden cosas normales y corrientes. Y utiliza un vehículo narrativo muy original que es el proceso de separación de los protagonistas dando forma de juicio a ese camino tan enrevesado y, de paso, a la película en su totalidad. El padre de él sufre alzheimer. Ella quiere salir de Irán en busca de una nueva vida. Él no quiere abandonar al anciano. Y ella deja la casa para regresar a la de sus padres buscando la reacción de su marido. Él contrata a una mujer ultrarreligiosa para cuidar del anciano y, así, poder seguir trabajando a diario. Y ocurre algo que cambia a todos de forma radical.

Todo ello se narra con una economía de medios absoluta. Tanto económicos como técnicos. Una economía que abarca, por supuesto, los materiales narrativos. La cámara parece no existir, la naturalidad con que ocurren las cosas es inmensa, los encuadres precisos, los diálogos van de lo inquietante a lo sorprendente, la tensión narrativa es la misma de principio a fin y muy alta. Las interpretaciones de Peyman Moaadi (Nader) y Leila Hatami (Simin) son maravillosas. Sareh Bayat (Razieh) lo mismo.

Y, mientras, la cinta avanza sin obligarnos a juzgar (porque la cámara tampoco lo busca), descubrimos que en el universo de Nader y Simin se elige entre el padre y la madre, entre el corazón y la razón (el corazón de él y la razón de ella); descubrimos una clase social acomodada y flexible con los aspectos religiosos y otra pobre atenazada por las cosas de Dios. Nos colocan delante de una disyuntiva: Irán sí o Irán no. El punto de vista cambia con rapidez y las elipsis se ordenan con maestría ayudando a entender a un espectador que no juzga lo que ve sino que lo comprende. En realidad, nos cuentan desde el proceso de separación lo que representa la separación en el seno de las sociedades.

La fotografía es espléndida y la firma Madmoud Kalari. Busca en todo momento la naturalidad, la luz neutra y el retrato de unos personajes de los que llegamos a conocer hasta el más mínimo detalle. Nader y Simin, una separación es una magnífica película, una ventana desde la que se puede ver la naturalidad de otra cultura, un enorme juicio en el que se mantiene una distancia adecuada, en él se puede observar (a través de una gigantesca lupa) la tradición y la modernidad. Por tanto, es una película más que necesaria. (Gabriel Ramírez)

Recomendada.



domingo, 17 de diciembre de 2023

Concha Velasco (1939-2023)

 

Concha Velasco ha sido quizás la última actriz que estaba en el imaginario colectivo de todos los españoles con edad de votar. Entre otras cosas, porque su trayectoria profesional ha sido espectacular, teniendo en cuenta que se inició a sus 15 años y la ha desarrollado hasta hace poco. Su estado de salud se empezó a deteriorar en 2022, hasta el punto de que sus hijos decidieron que sus cuidados solo se podían llevar a cabo en una residencia.

 

Concha Velasco, que nació en Valladolid el 29 de noviembre de 1939, no fue solo una trabajadora incansable. Representó un retrato en vivo que ha ido mostrando la evolución de un país, de una sociedad, en su propia carne. Evolucionó casi al mismo ritmo y del mismo modo que lo hacían los jóvenes de su época. Bebió en la cultura franquista (su relación con el cineasta José Luis Sáenz de Heredia la situaba en esas coordenadas), aunque cambió ideológicamente hasta convertirse en toda una roja, al relacionarse con un entorno formado mayoritariamente por antifranquistas, y en especial con un muy comprometido políticamente Juan Diego, por entonces militante del Partido Comunista. Y ahí se mantuvo hasta su muerte.

 


De la Iglesia católica también vivió un distanciamiento, aunque no de la religión cristiana, que practicó toda su vida. “A veces me dicen ‘¿y esto cómo se come?’. Pues divinamente. He llegado a los 80 con unas convicciones muy claras. Encima he tenido la suerte de pedir perdón a tres hombres muy importantes en mi vida, a los que he hecho daño voluntariamente. Los tres están vivos, pero ni sueñes que te diga quienes son; incluso a mi marido Paco Marsó, porque igual su vida fue equivocada porque yo le obligué a que lo fuera”, decía hace dos años de su único marido, con el que tuvo un hijo, aunque también crio y dio sus apellidos al mayor de los hermanos, Manuel, del que Concha se quedó embarazada en una relación con el director de fotografía Fernando Arribas.

 

Entre los 10 y los 20 años, estudió ballet clásico, danza española y solfeo en el Conservatorio Nacional de Música y Danza de Madrid y Arte Dramático. A los 15 años empezó a participar como figurante en películas. El mundo del cine la reclamó desde sus inicios, y pasó por las manos de los más prestigiosos directores de la época, además de participar en proyectos por los que empezó a colarse aire fresco que se alejaba de la moral franquista. Claro que eso fue todo un proceso de décadas que empezó con Javier Elorrieta, Antonio Román, Jerónimo Mihura, Rafael J. Salvia, Pedro Lazaga, Fernando Palacio, José Luis Sáez de Heredia y fue abriéndose a realizadores como Mariano Ozores, José María Forqué, Javier Aguirre, Francisco Rovira Beleta, José A. Nieves, José Luis García Sánchez, Antonio Drove, Francisco Regueiro…

 

A los 15 años participó en La reina mora, y cuatro años más tarde le llegó el éxito de Las chicas de la Cruz Roja, la primera de sus seis películas con Tony Leblanc. En 1965, en Historias de la televisión canta La chica ye-yé, que le abre, para su sorpresa, una carrera musical.

 


Al final de la dictadura, Concha Velasco se convirtió en una pieza importante de un nuevo cine que emergió con fuerza de manos de directores que la reclaman constantemente, como su gran amigo Pedro Olea, Antonio Artero, Jaime Camino, Roberto Bodegas, Angelino Fons, Fernando Fernán Gómez, Mario Camus, Jaime de Armiñán, Josefina Molina, Luis García Berlanga, Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, Jesús Bonilla, David Trueba y una nómina de nuevos realizadores. De hecho, confesó que perseguía a los directores que le interesaban para salir de un cine encasillador, para dejar de ser la chica ye-yé, para no participar en comedias cutres. Son los años de ¡Pim, pam, pum… ¡fuego!, Las largas vacaciones del 36, La colmena, Esquilache (su primera candidatura al Goya) y Más allá del jardín (segunda candidatura al Goya). “Mi carrera terminó con París-Tombuctú, porque ya no tengo a quién perseguir”, señalaba hace pocos años para explicar cómo fue a por Berlanga hasta que trabajó bajo sus órdenes en su película testamento. “Yo antes iba detrás de los directores que me interesaban, siempre lo he hecho y si hace falta me pongo de rodillas, lo que sea… Lo cierto es que a una mujer no se la permite envejecer con dignidad, a un hombre sí”, concluía, dejando claro que al menos siempre tenía el teatro lleno siendo ya octogenaria. “Mira tú por dónde, toda la vida queriendo llegar a los ochenta y cuando llegas no hace ninguna gracia”, afirmaba con esa contagiosa risa suya. En 2013 recibió el Goya de honor, y en 2020 apareció en su última película, Malasaña 32.

 


Llevaba los escenarios en el ADN. Desde los años cincuenta del pasado siglo los pateó, tanto para abordar revista (trabajó con la mítica Celia Gámez), como grandes textos, musicales o autores clásicos y contemporáneos, no solo españoles.

 

Era una época en la que las actrices populares, como ella, hacían teatro, mucho teatro, pero no para prestigiarse a la manera anglosajona. Lo hacían a la manera española, para comer y porque siempre estaba el fantasma del teléfono en silencio. Aceptaban todos los trabajos que llegaban y si había que quitarse horas de sueño para rodar o grabar por la mañana, ensayar por la tarde y hacer una o dos funciones diarias, sin librar ningún día de la semana, pues se hacía. Y una vez hechos se sabía si eran trabajos alimenticios o servían para prestigiarse y ser mejor valorada en la profesión.

 

Velasco nunca ignoró que el teatro era adictivo y cada vez que le llegaba un proyecto se involucraba hasta la médula y se vaciaba el bolsillo si era necesario. Se entregaba en cuerpo, alma y monedero al teatro y fueron numerosísimos sus trabajos. Todos le gustaban y a todos les entregaba mucho de ella. Solo cogió manía a Hécuba, un personaje grecolatino que interpretó entre 2013 y 2014: “Era malvada y algo me hizo porque fue cuando apareció el cáncer y seguro que Hécuba estaba detrás”.

 

La actriz tuvo autores fetiche, como Antonio Gala, que llegó a escribir obras especialmente para ella, como Carmen Carmen. O Adolfo Marsillach (que también la dirigía), cuyo éxito Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? llevó al cine su gran compañero y amigo José Sacristán. Y como director nadie la manejaba tan bien como José Carlos Plaza.

 


Atrás quedaron sus primeros autores, entre los que estaban Alfonso Paso, Alonso Millán, Buero Vallejo, José Martín Recuerda y éxitos sonoros como su interpretación en 1979 y en 2006 de Filomena Marturano, de Eduardo di Filippo, o los musicales arrevistados como Mamá quiero ser artista o Hello, Dolly!. Su final en los escenarios fue tras protagonizar una obra de Ernesto Caballero y dos de su hijo Manuel M. Velasco.

 

También la televisión la captó en numerosas ocasiones y para muy distintas intervenciones. No solo series destacadas como Teresa de Jesús, que siempre aseguró que la había influido mucho, así como las últimas y exitosas Herederos, Las chicas de oro, Gran hotel y Las chicas del cable, entre otras muchas. En cuanto a programas de la pequeña pantalla, su participación en Cine de barrio logró aumentar aún más su popularidad.

 

Concha Velasco recibió tantos y tan importantes premios que es difícil saber si existe alguno en su modalidad que no se le haya concedido. Pocas personas han sido más queridas que esta mujer y aún muchas menos, quizás ninguna, se va dejando atrás 140 premios, 16 discos, 83 películas, dos cortometrajes, 36 obras de teatro, 18 series televisivas, 26 grandes acontecimientos para la pequeña pantalla, 11 Estudios 1, y todo envejeciendo dignamente: “Como no me he operado, se me permite enseñar las varices, la artrosis de una mano, o el cuello…”, señalaba el día que cumplió 80 años.

 

Concha Velasco murió el pasado 2 de diciembre de 2023 a los 84 años en Madrid.




sábado, 16 de diciembre de 2023

Robot Dreams (Pablo Berger, 2023)

 

Título original: Robot Dreams. Dirección: Pablo Berger. País: España. Año: 2023. Duración: 102 min. Género: Animación, Comedia dramática, Ciencia-Ficción.

Guión: Pablo Berger (basado en la novela gráfica de Sara Varon). Música: Alfonso de Vilallonga. Dirección artística: José Luis Ágreda. Montaje: Fernando Franco. Mezclas de Sonido: Fabiola Orodoyo. Producción: Ibon Cormenzana, Ignasi Estapé, Sandra Tapia, Jèrôme Vidal.  

Sección Special Screenings en el Festival de Cine de Cannes 2023. Mejor Película de Animación en los Premios del Cine Europeo 2023. Nominada a la Mejor Película de Animación en los Premios Goya 2023.

Fecha del estreno: 6 Diciembre 2023 (España).

 

Sinopsis:

Dog es un perro solitario que vive en Manhattan. Un día decide construirse un robot, como amigo. Su amistad crece, hasta hacerse inseparables, al ritmo del Nueva York de los 80. Una noche de verano, Dog, con gran pena, se ve obligado a abandonar al robot en la playa.

 

Comentarios: 

Sin diálogos, tierna, sabia, adulta e infantil. Dicho así parece fácil, pero Robot Dreams, cuarto largometraje del director bilbaíno Pablo Berger, es un logro artístico complejo: una película de animación que remite a personajes de trazos sencillos y a emociones puras y profundas. Una historia sobre un perro, un robot y una ciudad que transporta al espectador a un lugar que Berger evoca con inspirada melancolía.

Dog es un perro que vive solo en el Manhattan de los años ochenta y que un día decide comprarse un robot para tener compañía. La soledad siempre fue especialmente dura en la ciudad que no duerme, en la que Berger vivió durante una década. En ese entorno, el perro y el juguete descubrirán una feliz y leal amistad que se forjará al compás de September, hit disco funk del grupo Earth Wind & Fire, y de un Nueva York que Berger reconstruye a través de la iconografía pop de una época que resucita cargada de nostalgia: del interior del apartamento donde vive el personaje central a la calle y su fauna, y del metro a la playa en la que se desencadenará el drama de esta delicada y preciosa historia.

Pese a ser una película de animación, Robot Dreams no está tan lejos de los dos primeros largometrajes de Berger. Sin palabras, como Blancanieves (2012), y retro, como su ópera prima, Torremolinos 73 (2003). Pero sobre todo demuestra la heterodoxia creativa Berger, esa manera de ir por libre que une a todos sus proyectos.

Los dibujos de Robot Dreams son entrañables, tienen magia, humor y sentimiento. Dibujos que conectan detalles de la cultura popular que florecieron y desaparecieron durante aquella época —como la lata de cola Tab, una bolsa de deportes de Naranjito o los ubicuos boombox de los tiempos del breakdance—, con referentes cinematográficos clásicos, como el solitario Charlot y El mago de Oz, cuyo camino de baldosas amarillas se transformará en una coreografía floral a lo Busby Berkeley con un robot suplantando al hombre de lata y con las Torres Gemelas de fondo, coronando el falso espejismo de la tierra prometida de Oz.

Minimalista en su forma, como las cuatro líneas de dibujo del pasaje de los pajaritos que nacen junto al robot en la playa, Robot Dreams conduce la candidez de sus ilustraciones y el fetichismo de su nostalgia hacia algo tan profundo como los sentimientos de soledad y abandono y esa incapacidad para borrar de una ciudad las huellas de las personas que nos hicieron felices en ella. Lugares y melodías a ritmos neoyorquinos de los ochenta, de soul o de salsa. Aunque el corazón de la extraña pareja pertenezca a September y a su famosa introducción: “Do you remember?”.

De eso va Robot Dreams, de recordar, aunque duela: una vieja amistad, una vieja ciudad, un mundo analógico que lidiaba a su manera con la soledad y, como siempre, una canción que lo abrocha todo. (Elsa Fernández-Santos)

Recomendada.



viernes, 15 de diciembre de 2023

Anatomía de una caída (Justine Triet, 2023)

 

Título original: Anatomie d'une chute. Dirección: Justine Triet. País: Francia. Año: 2023. Duración: 150 min. Género: Drama, Thriller.

Guión: Arthur Harari, Justine Triet. Fotografía: Simon Beaufils. Montaje: Laurent Sénéchal. Producción: Les Films Pelléas, Les Films de Pierre.

Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes 2023. Mejor Película en los Premios del Cine Europeo 2023.

Fecha del estreno: 6 Diciembre 2023 (España).

 

Reparto: Sandra Hüller (Sandra Voyter), Swann Arlaud. (Maître Vincent Renzi), Milo Machado Graner (Daniel), Antoine Reinartz (Abogado), Samuel Theis (Samuel Maleski), Jehnny Beth (Marge Berger).

 

Sinopsis:

Sandra, una escritora alemana, vive con su marido Samuel y su hijo ciego, Daniel, en un chalé en medio de los Alpes franceses. Cuando Samuel fallece en misteriosas circunstancias, la investigación no puede determinar si se trata de un suicidio o de un homicidio. Sandra es arrestada y juzgada por asesinato, y el proceso pone su tumultuosa relación y su ambigua personalidad en el punto de mira.

 

Comentarios:

Las películas sobre procesos o dramas judiciales forman un verdadero subgénero, dentro del más amplio del thriller o policiaco. Y es que el cine ha encontrado quizá aquí la única manera de mostrar el derecho como algo divertido. Todo conflicto que no pueda ser resuelto de manera amistosa tiene que plegarse a los trámites y a la jerga jurídicos, por lo que es casi obligada esta recurrencia del cine de dicho subgénero cuando todo aquel tiene como una de sus notas definitorias, al menos según la ortodoxia del guión, la de plantear y eventualmente resolver un conflicto determinado. Si se quiere desgranar este con minuciosidad, apelando a un tratamiento más racional que pasional, pero sin renunciar a la fascinación (de ahí la diversión) que despierta todo análisis de algo desconocido o incierto, la investigación criminal o el proceso judicial se prestan bien a tal labor. Es casi como el equivalente de una autopsia, para el forense, que al examinar las entrañas de un cadáver descubre toda la descomposición que ha podido conducir a su muerte. En una investigación o en un proceso, también se trata de levantar capas para revelar el meollo de un crimen, usando la palabra en lugar del bisturí, aunque aquella puede funcionar igualmente como herramienta de incisión y disección. Por ello es afortunado el título del magistral drama judicial, Anatomía de un asesinato, dirigido por Otto Preminger y protagonizado por James Stewart en 1959. Al mencionar ya el asesinato en el título, quedaba claro el tipo delictivo sobre el que giraría toda la película.

Para su tercer trabajo, que ha decidido integrar en todo este subgénero, Justine Triet sigue aquel referente clásico y lo titula Anatomía de una caída. Sin embargo, en este caso no se hace referencia directa a un crimen, teniendo en cuenta por lo demás que la caída en cuestión tiene dos acepciones: física y psicológica. Un hombre cae desde el ático de su casa sobre el suelo nevado, pero ello desencadena (o refleja) una caída de otro tipo, la de su familia, y en particular la de su mujer (Sandra Huller). Enseguida ésta aparece como sospechosa, pues no habría motivo para que este hombre se precipitara, fatal y voluntariamente, desde lo alto de su domicilio, ni de que otra persona entrara, vil y subrepticiamente, en su interior para empujarlo. El matrimonio vivía en una casa aislada, y su hijo único estaba paseando a su perro. Tales son los hechos que observamos en el primer tramo de metraje, antes de que sean recreados y valorados hasta la saciedad en la instrucción y el juicio subsiguiente. Esto último concentra el grueso del metraje y Triet y su coguionista Arthur Harari lo desarrollan con gran verosimilitud, tanto narrativa como estrictamente jurídica (se nota en este punto el asesoramiento experto). Con todo, el filme ya destaca en su parte anterior, la antes relatada, porque ya entonces advertimos muchos detalles significativos. Por ejemplo, la transición entre el instante posterior al fallecimiento del hombre (antes no se le ha visto, solo se le intuía fuera de campo) escrutado por el perro, y el siguiente plano en que este animal camina por la casa ya ocupada por los agentes, hasta una foto de su antiguo amo (es la primera imagen suya, solo retratada, sin vida). Se establece pues un vínculo temprano entre hombre y mascota (aunque esta sea más bien custodia del niño), en apariencia anodino, que luego será clave para desentrañar todo este misterio.



Esta primera parte de la historia, además de impulsar muy oportunamente el drama, es muy ajustada desde un punto de vista técnico, aunque de nuevo, de primeras, no lo parezca. Seguimos hablando de las transiciones, en este caso mediante el empleo de la imagen y el sonido, como por ejemplo los planos sucesivos y progresivamente alejados de la casa, con la reducción en volumen de la música diegética, para poco después volver al interior de esa localización, una vez acontecida la desgracia, y con otro número paralelo de planos detalle, otra vez con aquella música, mostrar desde varios ángulos el lugar del “crimen”. Valgan estos ejemplos para dejar constancia de uno de los grandes méritos de esta cinta, que es presentar como fortuitos o espontáneos, ya sea narrativa o técnicamente, elementos que en el fondo están muy pensados y que tienen mucho sentido. Este fondo concienzudo se corresponde bien con el mentado género de Anatomía de una caída, y con su voluntad de revelar, progresiva pero incansablemente, todas las dimensiones de esa caída, tanto la del hombre solo como la de su matrimonio. Realmente, quien toma el protagonismo es su mujer, en cuyo papel Sandra Huller nos regala una actuación tan portentosa como matizada, en varios registros y en dos idiomas alternos. Guión e interpretación son así los puntos fuertes de la película, si bien como decíamos su puesta en escena tampoco es descuidada. No estamos ante una obra demasiado original, pues sigue la estela de todos sus referentes cinematográficos, pero apenas se le pueden encontrar fallos en su concepción y ejecución, precisamente por su grado de detalle. Hasta cabe mencionar uno que podría restar verosimilitud al conjunto, como es la conversación recordada por un testigo años después, para resolver una duda, recurso habitual en este género pero que sería imposible en la vida real (nadie tiene tan buena memoria). Pues bien, hasta esto tiene aquí su explicación. En cualquier caso, no todo es expositivo sino que se deja margen para la interpretación, incluyendo, como suele suceder, la culpabilidad de la acusada y las circunstancias reales del mediático crimen, por lo que el espectador tendrá que tomar partido en todo un juego que, por mucha prueba y verdad que se aporten, no deja de ser puramente subjetivo. (Ignacio Navarro)

 Recomendada.