lunes, 22 de mayo de 2023

La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971)

 


Título original: The Andromeda Strain. Dirección: Robert Wise. País: USA. Año: 1971. Duración: 130 min. Género: Ciencia Ficción.

Guión: Nelson Gidding (basado en una novela de Michael Crichton). Música: Gil Melle. Fotografía: Richard H. Kline. Producción: Robert Wise (Universal Pictures).

2 nominaciones a los Premios Oscar 1971. Nominada al Globo de Oro 1971 a la Mejor Banda Sonora Original.

Fecha del estreno: 12 Marzo 1971 (USA).

 

Reparto: Sandra Drzymalska, Lorenzo Zurzolo, Mateusz Kosciukiewicz, Isabelle Huppert, Tomasz Organek, Saverio Fabbri, Lolita Chammah.

 

Sinopsis:

Después de que un satélite artificial se estrelle en una remota aldea de Nuevo México, el equipo encargado de recuperarlo descubre que casi todos los habitantes del lugar han perecido víctimas de una horrible muerte, con la misteriosa excepción de un niño y un viejo. Los supervivientes son trasladados a un laboratorio de avanzadísima tecnología situado a una profundidad de cinco pisos bajo tierra, donde los perplejos científicos tratan de determinar la naturaleza del mortífero microbio antes de que cause estragos en todo el mundo.

 

Comentarios: 

Trascendidos los años sesenta, damos hoy comienzo a una fecunda década en la que el cine de ciencia-ficción cambiará de forma radical sus postulados dirigiéndolos hacia los patrones que habían marcado dos producciones de los diez años anteriores que, sin proponérselo, se convirtieron en ejes fundamentales de la transformación del género. Huelga decir que dichas producciones son '2001: una odisea en el espacio' ('2001: A Space Odissey', Stanley Kubrick, 1968) y 'El planeta de los simios' ('Planet of the Apes', Franklin J. Schaffner, 1968), dos títulos que daban un categórico semblante de madurez a un género que hasta entonces no había conocido muchas simpatías por parte de la crítica.

La ciencia-ficción en general y el cine del género en particular salió de esta manera del rincón al que hasta entonces había sido relegado, convirtiéndose en un auténtico fenómeno intelectual que lo consideraba como el mejor medio para dar salida a los temores y ansiedades que recorrían el planeta de polo a polo. Dichos miedos, que se movían entre la interiorización plena del pánico a lo nuclear y las tensiones a escala mundial tanto políticas, como bélicas y raciales, fueron el caldo de cultivo perfecto para que la industria del cine abrazara a la ciencia-ficción sin remisión, abordando la producción casi en masa de todo tipo de propuestas llamadas, al menos sobre el papel, a dignificar al género —cosa muy distinta será, como veremos, que lo consiga siempre— mediante relatos en las que abundaban los futuros distópicos y las historias de anticipación.

Y para comenzar nuestra andadura por estos años que tan marcados estuvieron por las tendencias de las modas y la estética imperantes del momento, nada mejor que hacerlo con un nombre que ya había dejado su indeleble huella en el género dos décadas antes, que asistiría mediante el título que hoy nos ocupa en la transición hacia las nuevas fórmulas y que, a finales de los años setenta, volvería a jugar un papel importante en la "spaceoperización" —ahí queda la palabreja— de la ciencia-ficción. A Robert Wise, como digo, le debíamos esa maravilla de principios de los cincuenta que es 'Ultimatum a la Tierra' ('The Day the Earth Stood Still', 1951) una cinta diametralmente opuesta a la adaptación que, con guión de Nelson Guidding, se hará en 1971 de 'La amenaza de Andrómeda', primera novela de ciencia-ficción que Michael Crichton firmó con su nombre —hasta entonces había utilizado seudónimos— y uno de los mejores trabajos de su prolífica carrera.

Tanto la novela como su adaptación —que sigue de forma fidedigna lo planteado en las páginas del relato original— narran los sucesos que llevan a un grupo de científicos a encerrarse en una base subterránea en el desierto de Nuevo México después de que un agente biológico desconocido arrase un pueblo cercano dejando sólo vivos a un anciano y un recién nacido. A muchos metros bajo tierra, en unas instalaciones completamente controladas por ordenador, la carrera contra el reloj por descubrir qué es Andrómeda —el nombre clave que se da al agente— y cómo se le puede parar va subiendo la tensión en una narración que, en las páginas del libro, mantenía al lector atenazado hasta el final.



La cinta, no obstante, es harina de un costal algo diferente. En el empeño porque su duración refleje de la manera más fiel posible lo trazado por Crichton, el libreto de 'La amenaza de Andrómeda' ('The Andromeda Strain', 1971) se olvida en no pocas ocasiones que debe tratar de mantener, antes que cualquier otra disquisición, la atención del público, perdiéndola de forma intermitente cuando se centra en el calco de la jerga tecno-científica que tantísimo abunda en las líneas originales redactadas por el literato estadounidense. Tal insistencia lastra —aunque no sobremanera, no crean— un metraje de duración excesiva al que no le habrían venido mal unos cuantos tijeretazos que ajustaran los 130 minutos a unos 100-110, un cambio que habría repercutido sin duda alguna en un mejor ritmo de la narración.

Con todo, la precisa y creíble labor interpretativa de un elenco formado a partir de actores con un largo historial televisivo anterior y posterior a la presente producción entre los que destaca la presencia de David Wayne —el actor que más repitió apariciones junto a Marilyn—, el soberbio pulso con el que Robert Wise dirige toda la función sacando en muchos momentos tensión de la nada y, por supuesto, un diseño de producción que haría palidecer a muchos filmes actuales por su rabiosa contemporaneidad y espléndida expresión minimalista, son factores más que suficientes para justificar el visionado de este pequeño clásico que quizás no ofrezca disquisiciones tan ricas como las que se derivan de las dos obras maestras comentadas al principio, pero sirve para centrar el inicio del discurso de un género del que nos aguardan más de una veintena de propuestas antes de poder pasar a los despreocupados años 80. (Sergio Benítez)

Recomendada.



domingo, 21 de mayo de 2023

Black Beach (Esteban Crespo, 2020)

 

Título original: Black Beach. Dirección: Esteban Crespo. País: España. Año: 2020. Duración: 110 min. Género: Thriller, Drama.

Guión: Esteban Crespo, David Moreno. Música: Arturo Cardelús. Fotografía: Ángel Amorós. Producción: David Naranjo Villalonga, Lazonafilms, Macaronesia Films, Scope Pictures, Producciones Africanauan S.L.

6 nominaciones a los Premios Goya 2020. Sección Oficial del Festival de Cine de Málaga 2020.

Fecha del estreno: 23 Agosto 2020 (España).

 

Reparto: Melina Matthews (Susan), Candela Peña (Ale), Emilio Buale (León Ndong), Raúl Arévalo (Carlos), Paulina García (Elena).

 

Sinopsis:

Carlos, un alto ejecutivo a punto de convertirse en socio de una gran empresa, recibe el encargo de mediar en el secuestro del ingeniero de una petrolera americana en África. El incidente está poniendo en peligro la firma de un contrato millonario.

 

Comentarios: 

En el más común de los mundos, un hombre de acción es un salvaje, un ser sin conciencia al que le mueven los apetitos más básicos. Y lo que vale para el ser humano, sirve igual para el cine. Al cine de acción sólo anima, en efecto, el más simple de los deseos: ganar dinero. Pues bien, Esteban Crespo no está del todo de acuerdo. Es más, Crespo es un spinozista cabal que, como el filósofo judío, está convencido de que las pasiones no han de ser por fuerza consideradas vicios, sino fuerzas para potenciar o disminuir la acción. Hay que comprender, nos dirían los dos, el poder de los apetitos del cuerpo y del alma para moderarlos. Y llegados a este punto, ahí está Black Beach, una película de acción, pero consciente de que se puede correr, saltar y hacer estallar cosas, pero sin perder la cabeza, con las ideas claras. Es más, con conciencia.

El filme cuenta la historia de un alto ejecutivo (es decir, malo) que antes fue miembro de una ONG (es decir, bueno). Una vez más, Raúl Arévalo vuelve a demostrar que lo de actor se le queda corto. Él puede ser lo que se proponga. Un buen día, nuestro héroe (que también tiene algo de villano) recibe el encargo de mediar en el secuestro de un ingeniero de una petrolera estadounidense en África. Lo que sigue es una aproximación (modesta, pero efectiva) al universo de Bourne, o incluso de Graham Greene, en el que las intrigas, las carreras, los disparos y las escenas filmadas con dron lo ocupan casi todo, pero no lo más importante. Crespo, como ya hiciera en el corto nominado al Oscar Aquel no era yo, demuestra su facilidad para hacer mucho con lo justo y sin perder de vista que lo que sigue a la acción no es tanto la reacción como la conciencia. Hemos llegado. (Luis Martínez)

Recomendada (con reservas).



sábado, 20 de mayo de 2023

Comportarse como adultos (Costa-Gavras, 2019)

 


Título original: Adults in the Room. Dirección: Costa-Gavras. País: Francia. Año: 2019. Duración: 124 min. Género: Drama.

Guión: Costa-Gavras (basado en un libro de Yanis Varoufakis) Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Producción: Agat Films, Peripheria Productions, Karoninka.

Sección Oficial (fuera de competición) del Festival de Cine de Venecia 2019.

Fecha del estreno: 21 Septiembre 2019 (España).

 

Reparto: Christos Loulis (Yannis), Alexandros Bourdoumis (Alexis), Ulrich Tukur (Wolfgang), Josiane Pinson (Christine),Valeria Golino (Dea), Daan Schuurmans (Jeroen), Christos Stergioglou (Sakis), Themis Panou (Siagas), Aurélien Recoing (Pierre), Vincent Nemeth (Michel), Cornelius Obonya (Wims), Francesco Acquaroli (Mario).

 

Sinopsis:

Adaptación del libro escrito por el ex-Ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis durante la crisis griega de 2015.

 

Comentarios: 

Hay un momento, en la vida de cada persona más o menos formada, en que los juegos que marcan el día a día suben uno o dos puntos el nivel de dificultad. Lo que antes resultaba sencillo ahora es extremadamente complicado... hasta antojarse prácticamente imposible. Es la también conocida como entrada en la edad adulta, ese período crítico en el que teóricamente se accede habiéndose superado todos los entrenamientos, y en el que consiguientemente ya no se admiten errores. Porque a estas alturas ya somos seres plenamente preparados, y porque lo que está en juego (todo) es siempre de una importancia crucial, que no admite ningún matiz en su valoración.

Pongamos, por ejemplo, que lo que aquí está sobre la mesa es ni más ni menos que la viabilidad de un país entero. Tenemos, en un bando, a una nación en la bancarrota. A nivel económico, claro, pero también político. El aparente milagro con el que se había cimentado el crecimiento que la había llevado a la gloria a lo largo de las últimas décadas, era poco más que humo. Una sarta de mentiras que, cuando quedaron al descubierto, solo dejaron un panorama de ruinas humeantes. Esto, y claro está, un pueblo hambriento, desahuciado, apaleado... humillado. Fue el terrible despertar de Grecia en el seno del Unión Europea, el otro bando en esta tragedia.

El año es 2015, y las cuentas no cuadran. Ni en Atenas, ni en París, ni en Berlín, ni en Bruselas. La prima de riesgo sigue su escalada imparable, los inversores (que ahora son básicamente acreedores) se suben por las paredes y nosotros caemos en la cuenta de que, efectivamente, el terreno de juego es un patio de recreo de uso exclusivo para las mentes más privilegiadas (y claro, adultas) del Viejo Continente. Y así retrata Constantin Costa-Gavras el convulso panorama de aquellos días críticos: con la certeza de que no había mayores críos que los adultos que tenían que sacarnos de este escandaloso lío.

Para ello, el director franco-griego pone en imágenes las memorias (aún en caliente) de Yanis Varoufakis, ministro al cargo de las -calamitosas- finanzas de la nación helena, y líder destacado de esa primera línea de políticos que tenían que cambiar la funesta dinámica marcada por una Europa que mostraba demasiados síntomas de irse al garete. Lo que viene a continuación, responde a las expectativas y sospechas levantadas tanto por la memoria cinéfila como por el sentido del mundo que habitamos. ‘Adults in the Room (Comportarse como adultos)’ es, al fin y al cabo, el resultado lógico de las convicciones, el saber hacer y, por qué no decirlo, la avanzada edad de un cineasta de principios.

Se trata de un biopic concentrado y falto de perspectiva histórica; de una crónica hecha con la sangre todavía en el punto -óptimo- de ebullición. Costa-Gavras en su salsa: usando el cine como herramienta didáctica, pero al mismo tiempo como catalizador del sentimiento de indignación en el espectador, también conocido como la chispa necesaria para cambiar aquello que nuestros supuestos salvadores no pudieron (o no quisieron) remediar. Así pues, hay en la película la voluntad de mirar atrás para ajustar cuentas con el pasado más inmediato, y no tanto el intentar obtener una imagen fría, nítida y completa de él.

La crónica se comporta como una interpretación muy subjetiva de los hechos. Una apuesta explicada, cinematográficamente, a través de la omnipresencia de la voz en off del personaje central en esta trama de enredos geo-políticos. Yanis Varoufakis como faro cuya luz ilumina los rincones donde se urden las intrigas que, tarde o temprano, van a golpearnos en toda la cara. Lo que pasa es que este único narrador está, por definición, condicionado por las limitaciones humanas... lo cual no parece quitarle el sueño a Costa-Gavras. Se podría decir que la fusión entre el autor original, su alter ego en la pantalla y el cineasta al cargo de la adaptación es total.

O sea, que el veterano director y guionista reconstruye, siempre desde la perspectiva de su nuevo objeto de culto, una crisis mucho más europea que griega; un escándalo económico, político, humanitario... y muy infantilizado. La aproximación autobiográfica como ejercicio de empatía, siempre al borde de la propaganda. Como era de esperar, el rigor periodístico cede ante un idealismo de izquierdas incorruptible... y peligrosamente herido en el orgullo. Sirve todo para reconciliarse con el lado más humanista de la política, para reivindicar el sabor ácido en la sátira, pero también (y ahí está lo incómodo) para apuntar el dedo acusador hacia los considerados como traidores a la causa. Esto es, todo el mundo excepto menos Varoufakis.

A su lado, Alexis Tsipras se queda en fraudulento contenedor de esperanzas. Y sí, en parte debería ser así, pero si por lo menos se le hubiera otorgado el derecho a réplica, quedaría la sensación de estar ante un retrato capaz de salir del maniqueísmo del “blanco y negro”. No es así, pero en el fondo no importa demasiado. Costa-Gavras nos habla de “buenos y malos” porque no ve más que a críos intentando (en vano) comportarse como adultos. Es el juego de los mayores, explicado para que no escape ni al entendimiento de un mocoso. Porque ya va tocando perder el miedo a lo inaccesible... porque a lo mejor esto no sea más que un juego de niños. (Víctor Esquirol)

Recomendada (con reservas).



jueves, 18 de mayo de 2023

Asedio (Miguel Ángel Vivas, 2023)

 

Título original: Asedio. Dirección: Miguel Ángel Vivas. País: España. Año: 2023. Duración: 99 min. Género: Thriller, Drama.

Guión: Marta Medina (basado en una historia de Miguel Ángel Vivas, José Rodrigo). Música: Sergio Acosta. Fotografía: Rafael Reparaz. Producción: Apache Films, RTVE, México City Project, Amazon Prime Video.

Fecha del estreno: 5 Mayo 2023 (España).

 

Reparto: Natalia de Molina (Dani), Bella Agossou (Nasha), Francisco Reyes (Trajano), Fran Cantos (Coria), Chani Martín (Cervantes), Jorge Kent (Rivero), Efraín Rodríguez (Lolo), Lucas Nabor (Marcos), Federico Pérez Rey (Santos), Luis Hacha (Miranda).

 

Sinopsis:

¿Qué es ser español? Dani lo tiene muy claro. En su caso es servir a su país como antidisturbios, honrar su bandera y hacer cumplir la ley. Siempre pensó que ser policía era una forma de proteger a la gente, de hacer justicia. Pero durante un desahucio en un barrio conflictivo de Madrid, Dani se encontrará con un dinero escondido, una trama de corrupción policial y un crimen que harán que tenga que huir por su vida en un territorio hostil, en el que no conoce el idioma, no es bien recibida y su autoridad no vale nada. Sólo podrá contar con la ayuda de Nasha, una joven nigeriana a la que acaba de desahuciar, y su hijo Little. Y será entonces cuando se dé cuenta de que si el sistema para el que trabaja no sólo no es la solución, sino que quizás siempre fue parte del problema.

 

Comentarios:

Se coge aire al principio y ya, luego, al final; entre tanto transcurre una desenfrenada historia policial que se desarrolla en tiempo casi real y en un escenario casi único, un edificio en el que durante un desahucio intervienen unos equipos especiales de la Policía. Un guion preñado de acción, tensión, motivaciones de toda índole, desde la codicia a la generosidad, escrito por Marta Medina y puesto en escena, con garra y conocimiento, por Miguel Ángel Vivas, un director que sabe colocar los acentos en las palabras con las que construye el thriller.

En el argumento se agolpan el deber y la corrupción policial, la propia adrenalina que transpira el edificio, un territorio hostil habitado por víctimas y ejecutores de la inmigración (la excelente fotografía de Rafael Reparaz lo convierte en un protagonista más) y ese ingrediente imprescindible para la mirada a estos lugares y hechos que es ‘lo social’. La historia tiene y mantiene el desparpajo de la duda, el titubeo, sobre la integridad que acompaña a los personajes, especialmente al principal, Dani, una antidisturbios con esquinas a la que acompaña la cámara continuamente y que interpreta, con esas dudas éticas y titubeos, Natalia de Molina, actriz muy apropiada aquí por su talento para transmitir fortaleza y fragilidad al tiempo, y sacando, en cierto modo, a su personaje del sobeteado mundo de los clichés.

El director hace un uso modélico de los espacios de la acción, con un modo de planificarla que rompe las líneas con el género de terror, con planos largos, como los pasillos; tensos, como los rincones y agujeros; con la luz, la atmósfera y los imprevistos del fuera de campo. Una película lóbrega pero rica en su gama de grises, morales y sociales.

Natalia de Molina es la niña del ojo de la cámara, pero junto a ella enriquecen la historia el resto de actores, y Bella Agossou le disputa el centro del ring en alguna ocasión y otros como Francisco Reyes (esa serenidad maliciosa) o Chiani Martin juegan un papel estelar en la potencia y suciedad de la trama. (Oti Rodríguez Marchante)

Recomendada (con reservas).



miércoles, 17 de mayo de 2023

Blanquita (Fernando Guzzoni, 2022)

 

Título original: Blanquita. Dirección: Fernando Guzzoni. País: Chile. Año: 2022. Duración: 94 min. Género: Drama.

Guión: Fernando Guzzoni. Música: Chloé Thévenin. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Producción: Don Quijote Films.

Sección Oficial del Festival de Cine de Venecia 2022.

Fecha del estreno: 12 Mayo 2023 (España).

 

Reparto: Laura López (Blanquita), Alejandro Goic (Manuel), Amparo Noguera, Marcelo Alonso, Daniela Ramírez, Ariel Grandón.

 

Sinopsis:

Blanca, una residente de un hogar de acogida de 18 años, es la testigo clave en un escándalo que involucra a niños, políticos y hombres ricos que participan en fiestas sexuales. Sin embargo, cuantas más preguntas se hacen, menos claro se vuelve exactamente cuál es el papel de Blanca en el escándalo.

 

Comentarios:

Película oscura y no sólo por el tratamiento visual que le imprime su director, el chileno Fernando Guzzoni. Está basada en un hecho real ocurrido en Chile en 2003 en el que un empresario y varios parlamentarios fueron acusados de participar en una red de abusos sexuales a menores. El guion, del propio Guzzoni, escoge para centrar la narración a una joven, la Blanquita del título, y al sacerdote encargado del hogar infantil de acogida donde está refugiada, junto a su bebé.

La joven actriz Laura López condensa en su personaje una seriedad sombría y una determinación y arrojo que le dan varias lecturas a la historia, y una de ellas es que lo conecta en cierto modo con Emma Zunz, la chica vengadora del cuento de Borges. Su relación con un chico del orfanato, Carlos, muy castigado por los abusos; su relación con el sacerdote, su gran valedor, y su relación con su propio pasado, con un padre maltratador y con la prostitución callejera, le proporcionan una cicatriz visible y una idea indestructible sobre lo que es la justicia, la verdad y el desquite.

Gran parte de la acción consiste en los careos con abogados y fiscales, en el intento de todos ellos, y también en el espectador, de llegar no exactamente a la verdad (que ofrece pocas dudas) sino a las capas de engaño que hay que atravesar para llegar a ella, que es la que es independientemente de la ficción en que se envuelva. Es una película más que amarga tanto por lo que revela como por lo que esconde y por las conclusiones a las que llega sobre la ambigüedad social, también moral. Desgarra el relato y no encuentra apósito ni consuelo en el modo huraño de contarlo. (Oti Rodríguez Marchante)

Recomendada.



martes, 16 de mayo de 2023

Banda Sonora Original: El capitán Blood

 

La primera partitura original del compositor de origen checoslovaco Erich Wolfgang Korngold, quien conoció a Max Steiner en Viena, y desde su primera partitura se mostró dispuesto a seguir los pasos de éste ayudando a introducir un estilo que supuso el gran avance de la música en el cine sonoro. Como Steiner, Korngold hacía gala de un rico sinfonismo rebosante de grandilocuencia y romanticismo. La música de ambos compositores resultó ser el complemento ideal para los films de aventuras que han convertido a Errol Flynn en un mito.

 

Al igual que en las partituras del mismo autor para Robin de los bosques (1938) o El halcón del mar (1940), el tema principal de El capitán Blood es una fanfarria espectacular y triunfalista, que en los títulos iniciales simboliza el carácter heroico del protagonista y sirve de anticipo del raudal de acción que contiene el film. Siguiendo la fórmula habitual de Korngold, la fanfarria deja paso a una pieza de contenido más lírico, que resulta ser el tema de amor; este tipo de comienzos responde a la formación clásica del autor, ya que se trata de una característica habitual en obras de Mozart, Haydn y Beethoven. Después de los títulos iniciales, en el film el tema principal no aparece hasta que Blood realiza su primera acción audaz: durante el ataque español a Port Royal, el héroe aprovecha la confusión y se lanza al agua para obtener una barca que servirá para alcanzar uno de los buques, mientras se halla en el agua, una tímida aparición de su tema musical indica la valentía de su acción. Una variante mucho más brillante acompaña a Blood y sus hombres cuando se hacen a la mar después de derrotar a los españoles. La última aparición notable de dicho tema tiene lugar en la batalla final, cuando los cañonazos del barco de Blood destrozan por completo un buque francés en el en la misma bahía de Port Royal.

 


Quizá por ser la primera de su autor o quizá por el poco tiempo que el músico dispuso para llevar a cabo la composición (tres semanas), la partitura no tiene el protagonismo ni la extensión de otras posteriores; se distinguen dos bloques temáticos bien diferenciados: junto a una serie de temas románticos destinado a reforzar la relación entre Arabella y Blood, hallamos una parte mucho más extensa y descriptiva para las escenas de acción, con subrayados trepidantes para el ataque de los españoles, las diferentes imágenes que muestran la carrera ascendente de Blood como pirata o la impresionante batalla final. La conquista de Port Royal por parte de los españoles da origen a un tema de cierto sabor hispánico, que ilustra la optimista marcha de éstos con el botín momentos antes de ser barridos por sus propios cañones.

 


La falta de tiempo obligó a Korngold a aceptar la ayuda de Hugo Friedhofer como orquestador, en una práctica habitual en la composición para cine de la época, pero que desagradó al compositor. También se vio obligado a incluir música ya compuesta en la escena final del duelo entre el héroe y el capitán Levasseur (Basil Rathbone), con una adaptación de un fragmento del poema sinfónico Prometheus, de Frank Liszt. A pesar de ser un pasaje breve en comparación con el resto de la banda sonora, la modestia del compositor le impulsó a exigir al estudio que su trabajo quedara acreditado como “Arreglos Musicales de Erich Wolfgang Korngold”, lo que le impidió acceder a una probable candidatura a los Oscars de aquel año. Se vería compensado al año siguiente, en que su trabajo para Anthony Adverse (1936) le proporcionaría la primera estatuilla (recogida por el director musical del estudio Leo F. Forbstein). 

Os dejamos con una suite de esta espléndida banda sonora original.



 

lunes, 15 de mayo de 2023

La hija eterna (Joanna Hogg, 2022)

 


Título original: The Eternal Daughter. Dirección: Joanna Hogg. País: Reino Unido. Año: 2022. Duración: 96 min. Género: Drama, Intriga.

Guión: Joanna Hogg. Fotografía: Ed Rutherford. Producción: BBC Film, JWH Films, A24, Element Pictures, Sikelia Productions.

Sección Oficial del Festival de Cine de Venecia 2022. Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2022).

Fecha del estreno: 12 Mayo 2023 (España).

 

Reparto: Tilda Swinton, Joseph Mydell, Carly-Sophia Davies, August Joshi, Zinnia Davies-Cooke, Alfie Sankey-Green.

 

Sinopsis:

Una mujer y su anciana madre deben enfrentarse a secretos enterrados hace mucho tiempo cuando regresan a su antigua casa familiar, una antigua gran mansión que se ha convertido en un hotel casi vacío lleno de misterio.

 

Comentarios: 

Después de su extraordinario díptico autobiográfico The Souvenir I y The Souvenir II (2019-2021), la británica Joanna Hogg, a sus 63 años, ha pasado a ser una cineasta de referencia en el panorama europeo. Su nueva película, La hija eterna, se estrena en salas comerciales españolas fuera del circuito de festivales. Un acontecimiento que al fin reivindica a una autora capaz de dotar a sus imágenes de elegancia y misterio porque se construyen desde el peso de la experiencia y la vida, entendida esta última como un acto creativo.

La hija eterna está unida por el cordón umbilical de la autoficción con sus dos anteriores filmes y por eso conviene rememorar de dónde nacen los personajes principales de una historia que explora el amor maternofilial más allá de los límites de la realidad, recordándonos de una forma tan hermosa como dolorosa el insondable enigma de un vínculo marcado por el amor, pero también por un inevitable temor: para una hija su madre es un espejo nada fácil de cruzar sin quedar atrapada de por vida.

El personaje principal de The Souvenir I y II era Julie Hart, alter ego de la directora que evocaba sus inicios en la escuela de cine y en el Londres de los ochenta a través de un idilio marcado por la tragedia de la heroína. Tilda Swinton y su hija en la vida real, Honor Swinton Byrne, interpretaban a madre-hija en su juventud para dar ahora un triple salto mortal en el tiempo hasta viajar a la madurez de la hija-cineasta y a la vejez de su sobria y flemática madre, ambas desdobladas esta vez en una descomunal Swinton. 

La hija eterna se sitúa en el territorio de lo sobrenatural y fantasmagórico porque eso son también las relaciones maternofiliales, un arcano lleno de rincones secretos. Un lugar que remite a otra película reciente, la delicada Petite maman, obra maestra de la francesa Céline Sciamma que atrapaba con una poética insólita el desconsuelo madre-hija ante la orfandad. Hogg, desde la mirada vulnerable de la madurez, y Sciamma, desde la tierna audacia infantil, indagan en un nudo afectivo que el cine ha tratado, sobre todo, desde el drama y el melodrama, o desde patologías a lo Grey Gardens, y no tanto desde el incomparable amor que estas cineastas invocan desde las paredes de una vieja casa familiar.

En el caso de La hija eterna, lo doméstico está representado por el peso de la tradición a través de un viejo caserón en el campo. Un espacio reconvertido en hotel pero aún repleto de recuerdos y antepasados. Un laberinto de puertas y pasillos que permiten al espectador navegar por el tiempo, los estados de ánimo y las emociones de dos mujeres enfrentadas a su inseparable relato. Allí, madre e hija se mirarán de frente sin atreverse del todo a mirarse, acompañadas en todo momento por un perro que la maestría de Hogg convierte en un elemento clave para guiarnos entre las capas de un filme en el que la identidad también va ligada a la hermosa lealtad animal, una idea que, por ejemplo, también cruza el cine de la estadounidense Kelly Reichardt, y no solo cuando vivía su perra Lucy. Envuelta en la belleza de un cuento gótico, entre los trampantojos de paredes enteladas y pesadas cortinas, La hija eterna habla de vivos y muertos y de una mujer que transita por esa madriguera, real o figurada, que siempre habita una madre. (Elsa Fernández-Santos)

Recomendada.



domingo, 14 de mayo de 2023

La mala familia (Nacho A. Villar, Luis Rojo, 2022)

 

Título original: La mala familia. Dirección: Nacho A. Villar, Luis Rojo. País: España. Año: 2022. Duración: 81 min. Género: Documental, Drama.

Guión: Nacho A. Villar, Luis Rojo, Raúl Liarte, Eva Piaskowska. Música: Olivier Arson. Fotografía: Michal Babinec. Producción: Icónica, Tasio, Birth, Blur.

Seción “Las Nuevas Olas” del Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2022).

Fecha del estreno: 5 Mayo 2023 (España).

 

Sinopsis:

Un grupo de amigos, que lleva un tiempo sin poder verse, aprovecha el permiso penitenciario de Andresito para reencontrarse y disfrutar de un caluroso día de verano a las afueras de Madrid. Con la caída del sol, tendrán que enfrentar un problema del pasado que amenaza con meterles a todos en la cárcel.

 

Comentarios:

Imposible no recordar la secuencia en la que los golfos de Saura se daban un chapuzón en el Manzanares. Tras múltiples atracos de poca monta y sufridos intentos de triunfar en el toreo, los protagonistas de la ópera prima del director aragonés vacacionaban en ese río al alcance de cualquiera, hasta de los más desfavorecidos.

Imposible también no pensar en ese momento al ver La mala familia, debut de Nacho A. Villar y Luis Rojo articulado alrededor de una excursión al pantano de San Juan de un grupo de colegas que, como en aquella, festejan su amistad hasta que las tensiones latentes fruto de sus problemas con la justicia acaban explotando en forma de pelea.

Villar y Rojo se acercan así a planteamientos como el de Isaki Lacuesta en Entre dos aguas, ficciones de actores naturales que ponen en escena sus vidas llenando de verdad la pantalla. Su aproximación al barrio huye de los clichés a la hora de representar a las clases sociales bajas o las minorías raciales a la vez que construye un artefacto cinematográfico profundamente sugerente, incluido ese grupo de WhatsApp por el que se comunican los chavales, tan realista como visualmente refrescante. (Andrea G. Bermejo)

Recomendada.



sábado, 13 de mayo de 2023

Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979)

 

Título original: Mad Max. Dirección: George Miller. País: Australia. Año: 1979. Duración: 90 min. Género: Acción, Ciencia-Ficción.

Guión: James McCausland, George Miller. Fotografía: David Eggby. Música: Brian May. Montaje: Clifford Hayes. Sonido: Brian May Producción: Byron Kennedy.

Fecha del estreno: 5 Febrero 1980 (España)   

 

Reparto: Mel Gibson (Max Rockatansky), Joanne Samuel (Jessie Rockatansky), Steve Bisley (Jim "el Ganso" Rains), Hugh Keays-Byrne (Cortadedos), Roger Ward (Fred Macaffee), Tim Burns (Johnny the Boy), Geoff Parry (Bubba Zanetti), Sheila Florence (May Swaisey), Jonathan Hardy (Labatouche), Brendan Heath (Sprog Rockatansky), Vincent Gil (Crawford Montazano, el Jinete Nocturno).

 

Sinopsis:

En un futuro posnuclear, Max Rockatansky, un policía encargado de la vigilancia de una autopista, tendrá que vérselas con unos criminales que actúan como vándalos, sembrando el pánico por las carreteras. Cuando, durante una persecución, Max acaba con Nightrider, el líder del violento grupo, el resto de la banda jura vengar su muerte.

 

Comentarios:

Hasta comienzos de los años setenta, nadie relacionaba las palabras Australia y Cine. El que el noveno arte de las antípodas experimentara entonces una especie de eclosión –siempre modesta, pero eclosión al fin y al cabo– vino dado tanto por la modernización general que estaba experimentando el país, como por la aparición de un panorama cultural y artístico cada vez más pujante, así como de un apoyo decidido al cine por parte del gobierno, tanto mediante exenciones fiscales y subvenciones como estableciendo una escuela nacional de cine en la que formar a una nueva generación de profesionales. Esa coyuntura, a su vez, atrajo a empresarios que ahora sí veían posible obtener un beneficio a partir de la financiación de películas.

Amparada por esa favorable coyuntura surgió lo que se dio en llamar la Nueva Ola Australiana, en la que se desarrollaron dos vertientes cinematográficas. Por un lado, producciones elegantes de temática costumbrista, social o histórica, firmadas por realizadores como Gillian Armstrong, Peter Weir o Fred Schepisi; por otro, cintas de serie B que desplegaban una frescura y energía narrativas cada vez más inusuales en las películas norteamericanas.

En esta última división debutó el realizador George Miller con Mad Max, una historia de acción futurista que cosechó un gran éxito en su país, y aunque en Estados Unidos sólo obtuvo una tibia acogida, no impidió que se convirtiera allí en un film de culto para un creciente número de aficionados. Pero, sobre todo, fue la primera película independiente que se aprovechó de la nueva fascinación de Hollywood por las trilogías.

Max Rockatansky (Mel Gibson), es un duro oficial de policía que patrulla por las carreteras australianas de un futuro decadente, que está dejando rápidamente atrás la civilización para sumergirse en la barbarie. En una escaramuza, Max mata al Jinete Nocturno (Vincent Gil), un homicida demente, y los camaradas de éste, una banda de motociclistas liderados por el Cortadedos (Hugh Keays-Byrne), se entregan al pillaje, la violación y los asesinatos. Cuando el compañero de Max, Jim «Goose» Rains (Steve Bisley), se enfrenta a ellos, lo queman vivo en el interior de su coche. A continuación, la banda se vuelve contra Max, arrollando a su mujer (Joanne Samuel) e hijo (Brendan Heath) en la carretera. Enloquecido por la pena y la sed de venganza, roba un coche del cuartel de la policía y se lanza a perseguir a los motociclistas, decidido a tomarse la justicia por su mano.

 

 

George Miller estudió medicina en la Universidad de Nueva Gales del Sur, pero su verdadera pasión era el cine. Durante su último año de carrera, en 1971, rodó un corto, Violence in Cinema: Part 1, con el que ganó un premio, y un año más tarde se asoció con Byron Kennedy para fundar su propia productora.

Mad Max fue un tributo a su entusiasmo por el cine, pues las dificultades que hubieron de superar y las estrecheces presupuestarias a las que tuvieron que amoldarse hubieran desanimado a muchos otros.

Para empezar, el gobierno australiano tendía a favorecer con sus subvenciones a películas de arte y ensayo, y no a fantasías futuristas donde se exaltase la violencia. Los propios Miller y Kennedy trabajaron tres meses como médicos de urgencia para reunir parte del modesto presupuesto (unos 350.000 dólares) con el que esperaban rodar la película. Ya comenzada la producción, recurrieron a coches de policía retirados del servicio. Estos debían ser pintados una y otra vez para utilizarlos en diferentes escenas, como si fueran vehículos diferentes. A menudo había que rodar con ellos sin haberse secado la pintura, pues el rodaje se realizó en tan sólo 12 semanas. Hasta tal punto se vieron ahogados financieramente que se tuvieron que olvidar de muchas escenas de acción, y el propio Miller hubo de donar su propia furgoneta para destrozarla en la secuencia de persecución inicial. Los actores no vestían ropa de cuero, sino de vinilo barato, y las motocicletas fueron donadas por Kawasaki.

Ni siquiera contaban con dinero para contratar verdaderos extras y la banda de motoristas que aparecía en la película era una de verdad, los Vigilantes, que tenían que acudir todos los días al rodaje en sus motos, vestidos con sus propios atuendos y llevando las armas de atrezzo (lo cual generó no pocas preocupaciones para el director, que les proveyó de una carta para mostrar a la policía en caso de ser detenidos y en la que se explicaban las peculiaridades del rodaje en el que participaban, pidiendo la comprensión y cooperación de las fuerzas del orden. Una solución que sólo podría imaginarse y tener posibilidades de funcionar en un país como Australia).

La edición final de imagen y sonido se realizó en el propio dormitorio de Byron Kennedy utilizando una montadora casera construida por su padre, ingeniero de profesión.

 

 

Con todas sus limitaciones, la combinación de acción automovilística y violencia histriónica convertiría a Mad Max en la película australiana más taquillera de la historia. Probablemente a ello no fue ajeno el culto al coche que existe en ese país de enormes distancias y larguísimas carreteras. Hasta cierto punto, la película roza la sátira exagerando ese rasgo nacional hasta casi el nivel de fetichismo: nadie parece conducir a menos de 150 km/h y la única forma de detenerse parece ser dando un frenazo que levante una nube de polvo y humo azul de los neumáticos quemados. El director de fotografía David Eggby llena la pantalla de rugiente energía cinética, colocando las cámaras junto a furiosos motores para capturar la belleza del poder mecánico desatado. Las escenas de persecución se resuelven con pericia gracias a un excelente trabajo de los especialistas.

En Estados Unidos, en cambio, su resultado comercial dejó mucho que desear, en buena medida a causa del innecesario y burdo doblaje que la distribuidora impuso al pensar –incorrectamente– que el acento australiano resultaría incomprensible para los espectadores norteamericanos.

 

 

Mad Max tendría tres secuelas: Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981), Mad Max 3: Más allá de la Cúpula del Trueno (1985) y Mad Max: Furia en la carretera (2015). Sin embargo, existe una diferencia muy respetable entre la primera y sus continuaciones en cuanto al tono y la ambientación. Aquélla tiene lugar en un mundo en plena decadencia, pero en el que todavía existe un cierto orden social y un esfuerzo por mantenerlo. Pero entre la primera y la segunda parece haber tenido lugar un holocausto, nuclear o económico, dejando un panorama desolador y una especie humana sumida en la barbarie. Mad Max 2 es una película de ciencia-ficción que puede disfrutarse por su desbordante acción y energía y que apelaba a los espectadores adolescentes que habían quedado fascinados por Star Wars. En cambio, Mad Max sintonizaba mejor con los seguidores de Sam Peckinpah, las películas de Charles Bronson y las cintas de moteros de los setenta. En Mad Max 2 la violencia se muestra de forma casi lúdica, con un toque jovial e irreal, como si se tratara de una película de Arnold Schwarzenegger; Mad Max, por el contrario, es sombría, totalmente desprovista de humor y con una violencia más salvaje (hay gente quemada viva en el interior de sus vehículos o ataques con hachas) a la que se acaba rindiendo un Max más enloquecido e implacable que nunca.

Es más, en el periodo que medió entre Mad Max y Mad Max 2, George Miller mejoró considerablemente su estilo de dirección. Mad Max es una película de serie B con mejor factura de lo habitual; Mad Max 2 juega ya en primera división. En la primera entrega, George Miller, como hemos mencionado, tuvo que trabajar con un presupuesto muy ajustado y aunque consiguió hacer milagros con él, no pudo evitar que muy a menudo la puesta en escena se vea deslucida. El apartado de sonido (diálogos y efectos) es mediocre y a ello tampoco ayuda una banda sonora compuesta por Brian May que mezcla de forma fatigosa el espíritu western y la música de las películas de gangsters de los años cincuenta.

 

 

Con todo, Miller consigue insuflar en Mad Max una energía desbordante desde el primer momento, con esa escena de persecución automovilística en la que el Jinete Nocturno provoca el caos, se embisten caravanas, vehículos de todo tipo e incluso cabinas telefónicas mientras se va presentando poco a poco al protagonista, Max, mediante planos cortos de las botas, gafas oscuras, la barbilla reflejada en el retrovisor… y finalmente su rostro. Esos primeros planos forman una especie de muro narrativo impenetrable contra el que se vienen a estrellar las frenéticas escenas de persecución del enloquecido villano.

Ese poderoso comienzo, sin embargo, decae rápidamente cuando Miller intenta perfilar con más detalle a su protagonista. La extensa parte central de la cinta nos cuenta cómo Max, asqueado por su embrutecedora profesión y la pérdida de sus amigos ante una justicia inoperante que deja en libertad a maniacos homicidas, decide abandonar la policía y dedicarse a su familia, con la que inicia un viaje que terminará en tragedia. Este segmento se antoja demasiado lento, arrastrándose hacia lo que todos los espectadores están esperando: el explosivo y violento clímax, en el que el director recupera su vigoroso ritmo inicial y margina los diálogos en beneficio de una acción acelerada.

 

 

Mad Max es un thriller de venganza de aspiraciones modestas, una película de serie B con algunos puntos de interés. Algunos críticos han mencionado entre estos la forma en que Miller explora cómo la angustia y la venganza pueden cambiar el carácter de un hombre. Pero en realidad este tema ya había sido bien establecido antes en películas como El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974), de Michael Winner, protagonizada por Charles Bronson. Su reiteración durante la década de los setenta y ochenta en innumerables cintas de justicieros solitarios hace que Mad Max no resulte particularmente original en este sentido.

De hecho, Mad Max es un batiburrillo en el que se pueden identificar claramente elementos tomados del spaghetti western y las road movies de los sesenta, siendo en cambio mucho menos evidentes aquellos que la relacionen con la ciencia-ficción. En este sentido, resulta notable la economía de medios con la que el director evoca un mundo cotidiano que se desliza hacia la anarquía, y lo rápido que nuestra especie puede degenerar en cuanto las bases de la civilización empiezan a colapsarse.

 

 

Miller, obligado por consideraciones presupuestarias, muestra sólo lo necesario, pero lo elige con acierto, dejando que el espectador imagine qué acontecimientos han llevado a ese evidente declive social y económico. El derrumbe total está cerca, pero aún no ha llegado. Los salvajes ya casi dominan las carreteras, pero la policía aun es capaz de plantarles cara. Mientras tanto, en las pequeñas poblaciones, la ley y el orden están perdiendo la batalla frente a la anarquía y el caos. Asimismo es de destacar la construcción de una eficaz atmósfera claustrofóbica y amenazante aun cuando toda la acción transcurre en los inmensos espacios abiertos de Australia.

Mad Max le ofreció a Mel Gibson –nacido en realidad en Estados Unidos, aunque criado en Australia– su primer papel protagonista, consagrándole como héroe de acción y «duro» cinematográfico. En realidad se debió a una mera casualidad, puesto que acudió al casting acompañando a un amigo tras una agitada noche en la que una pelea de bar le había dejado la cara hecha un cromo. Su amoratado aspecto llamó la atención de algún responsable de dicho casting, que le dijo que volviera en tres semanas para realizar una audición porque necesitaban «tíos raros». Para entonces, sus magulladuras ya habían sanado, pero no solo logró participar en la película sino que, a sus 23 años, obtuvo el papel protagonista.

 

 

A pesar de contar con escasas líneas de diálogo, Gibson supo equilibrar las dos facetas de su personaje: la imperturbabilidad ante el peligro que conlleva diariamente su trabajo y la calidez de un hombre cariñoso con su familia. Su atractivo era innegable. Sin embargo, no se puede decir que Mad Max supusiera el gran trampolín internacional de Mel Gibson. De hecho, siendo como era un desconocido, la promoción y trailers de la película en Estados Unidos se centraban no en él, sino en las escenas de persecuciones y choques de coches. En todo caso, sí le dio a conocer entre otros realizadores de su país, especialmente Peter Weir, que le escogió para protagonizar Gallipolli (1981) y El año que vivimos peligrosamente (1982), dramas ambos de considerable éxito de crítica y público. Su regreso al papel de Max en Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera (1981) no haría sino confirmar su capacidad para encarnar duros héroes de acción. A partir de ahí, y a pesar de algunos tropiezos, Gibson consiguió lanzar su carrera hasta convertirse en una de las figuras internacionales más importantes del cine contemporáneo, ganando dos Oscar de la Academia y triunfando como productor y director además de como intérprete.

 

 

También la carrera George Miller experimentó un considerable avance tras el éxito de Mad Max 2. Steven Spielberg le invitó a dirigir el que resultó ser el mejor de los episodios que componían la película En los límites de la realidad (The Twilight Zone, 1983), y asimismo firmó la cinta fantástica sobre la guerra de sexos Las Brujas de Eastwick (1987), contando con un reparto estelar. Su carrera como director decaería a continuación, siendo más destacable su faceta de producción, con cintas como Calma total (1989) o Babe (1995). Y ya en el siglo XXI, volvió a triunfar como director en el campo de la animación con Happy Feet (2006) y su secuela.

Mad Max, la primera entrega de la saga, ha recibido elogios más exagerados de los que realmente merece, y sospecho que ello ha sido debido, más que a sus propios méritos, a su secuela, mucho más exitosa e influyente a todos los niveles, que a sus propios méritos. Se trata, en resumen, de una película más recomendable por su estilo directo, vigoroso y descarnado que por su escaso contenido, demostrando que no son necesarios unos costosos efectos especiales para retratar con sobria eficacia un mundo futuro al borde del abismo. (Manuel Rodríguez Yagüe)

Recomendada.