lunes, 4 de mayo de 2020

Una segunda madre (Anna Muylaert, 2015)


Título original: Que Horas Ela Volta? Dirección: Anna Muylaert. País: Brasil. Año: 2015. Duración: 108 min. Género: Drama.
Anna Muylaert (Guión). Fabio Trummer, Vitor Araújo (Música), Bárbara Alvarez (Fotografía), Miriam Biderman (Sonido), Africa Filmes. Globo Filmes. Gullane Filmes (Producción).
Premios Ariel 2016 a la Mejor película iberoamericana. Premio del Público en la Sección Panorama del Festival de Berlín 2015.
Estreno en España: 26 Junio 2015

Intérpretes: Regina Casé, Camila Márdila, Karine Teles, Lourenço Mutarelli, Michel Joelsas, Helena Albergaria.

Sinopsis:
Val es una asistenta interna que se toma su trabajo muy en serio. Sirve a un adinerado matrimonio de São Paulo día y noche, y cuida a su hijo adolescente, al que ha criado desde su infancia y con el que tiene una relación muy especial. El orden de este hogar parece inquebrantable, hasta que un día llega desde su ciudad de origen la inteligente y ambiciosa hija de Val, Jessica, a la que había dejado al cuidado de unos familiares en el norte de Brasil trece años atrás. La presencia de la joven pone en peligro el balance de poder en la casa. Esta nueva situación pondrá en tela de juicio las lealtades de Val y le obligará a valorar lo que está dispuesta a perder.


Comentarios: 

La película Que horas ela volta?, traducida al español como Una segunda madre fue realizada en 2015 por la cineasta brasileña Anna Muylaert (São Paulo, Brasil, 1964). Se trata de su  cuarto largometraje, los tres anteriores se titularon Durval Discos (2002), É Prohibido Fumar (2009) y Chamada a Cobrar (2012). En sus 4 películas la ciudad de São Paulo es el escenario principal y a través de sus protagonistas nos revela la contrastada sociedad paulista desde la clase trabajadora, pasando por la media, hasta llegar a las élites.

Una segunda madre (2015) plantea la realidad emigratoria de una población, originaria  del medio rural o de las regiones del interior, que, en este caso, procede del Noroeste de Brasil (zona amazónica), y busca una mejor vida en la gran capital de São Paulo, a unos 4000 kms de su lugar de origen, distancia casi continental. Se trata de un éxodo de mujeres solas, que se ven obligadas a dejar a sus hijos pequeños al cuidado de familiares o vecinos, para  emigrar y conseguir un empleo en el servicio doméstico, en las mansiones de la élite socio-política y económica del país, en las ciudades de São Paulo y/o Río de Janeiro. Estas mujeres, procedentes de las debilitadas y empobrecidas regiones del norte de Brasil, sobrevivientes a generaciones de injusticia, esclavitud, expolio de los recursos naturales, caciquismo y enfermedades endémicas (dengue, tuberculosis, malaria entre otras), solo aspiran a trabajar como servidoras de los “nuevos” y “modernos” caciques urbanos que ahora no usan látigo, porque no se lleva, pero sí poseen una actitud cínica, hipócrita, prepotente e impositiva, revestida de una cierta “tolerancia paternalista”, de un relativo  “modernismo”, ¿democrático o civilizado?, frente a los servidores domésticos, originarios de las “bárbaras” tierras del interior. Por ello una cuestión que plantea la película de Anna Muylaert es el estructural  desequilibrio regional del Brasil que se manifiesta en la secular emigración forzosa (desplazamiento forzoso) desde las áreas del interior a las megalópolis del centro del país que, pese a su pretendida modernidad y discurso futurista, continúan inmersas en rígidas y arcaicas estructuras sociales y mentales, heredadas de la época colonial, aunque maquilladas de una “pseudo-modernidad”. La cineasta así lo testimonia: “Esa estructura ya viene de todo el periodo colonial, del periodo de esclavitud, y nunca se ha cerrado. Así como en EE.UU. ha habido un racismo incluso mayor, también ha habido un contra-racismo muy fuerte que lo ha hecho visible y, por tanto, más fácil de combatir. Pero en Brasil el racismo, que está relacionado con todo el problema social porque la mayoría de la población es negra y pobre, siempre ha estado disfrazado y no se ha podido combatir. Ha sido mucho más difícil. Existen unas reglas más o menos educadas: la señora siempre da un beso [a la criada], le llama querida… parece que son casi iguales, pero están esas reglas invisibles que vienen de ese pasado.”



Estas emigrantes, criadas-niñeras, que sirven en las casas de las élites urbanas, entregan toda su capacidad de amor maternal, ¿frustrado?, a los hijos de sus nuevos amos, niños que son víctimas de padres triunfadores, siempre ocupados, sin tiempo, poco empáticos y, sobre todo, ausentes. Mujeres como la protagonista del film, Val (Regina Casé), se convierten en una madre de segunda categoría, en una “segunda madre” del hijo de los amos (Fabinho), y también (una segunda madre) de su propia hija biológica (Jéssica), a la que dejó a miles de kilómetros, al cuidado de familiares.

Esta migración de mujeres solas está llena de contradicciones, pues la mujer, que abandona su lugar de origen, lo hace con la finalidad, casi obsesiva, de criar a sus hijos biológicos en el bienestar material y con las oportunidades de las que ella careció en la infancia. En principio se trata de una emigración temporal ¿uno, dos, tres...años?,  pero la realidad es otra, pues el precario salario de la servidora doméstica apenas le permite “ahorrar” para retornar con la dignidad material que todos esperan de ella. Así el tiempo de ausencia se dilata y dilata indefinidamente, a pesar de la insistente pregunta sin respuesta que hace la hija, niña de 5 años, sobre su madre tras la despedida: Que horas ela volta? (A qué hora ella vuelve).


Lo referido, más arriba, da lugar a otra cuestión planteada por la cineasta, Anna Muylaert, acerca de los paradigmas familiares latinoamericanos según la clase social: en el grupo de los desfavorecidos abundan las madres luchadoras, que toman las riendas de la economía doméstica, dando el salto al vacío de la emigración sin fecha de retorno, ausentándose con gran dolor de las vidas de sus hijos, y siempre anhelantes del “reagrupamiento familiar” que ponga fin al involuntario auto-exilio. Por otro lado, hallamos la tipología familiar de la élite, donde los niños están satisfechos, casi “empachados”, de caprichos materiales pero carentes del más básico de los afectos, del calor humano de sus padres, y esa pobreza afectiva es cubierta, no sin paradoja, por una criada, pobre materialmente, pero que, desde las carencias de una maternidad biológica frustrada por el desgarro migratorio,  derrocha amor y es naturalmente empática hacia el niño rico, pobre de los más elementales afectos.



La cámara de Anna Muylaert, aséptica e impecable, adopta una posición fija y testimonial, con predominio de planos generales donde radiografía con gran precisión un mundo de contrastes: el de los de arriba y el de los de abajo. De forma recurrente y reiterada, la cineasta revela con su cámara fija un plano general de una escalera interior que accede a las habitaciones de los amos, al sancta sanctorun de la mansión, como metáfora de la escala social. Metáforas de esos espacios-frontera, clausurados a los criados, y solo exclusivos para el disfrute de los amos son, además de las estancias interiores (dormitorios y salón), la piscina y el jardín donde que transcurre gran parte del trabajo de los criados en el mantenimiento y limpieza. Curiosamente, los que mantienen su limpieza son tratados por los amos como seres “contaminantes” o “infectados”. La piscina es un espacio ambivalente: por un lado es símbolo de vanidad, de “cara a la galería”, pero también puede convertirse en un lugar de transgresión, casi de asalto, para los excluidos cuando nada tienen que perder. La propia cineasta manifiesta  que el tratamiento del espacio y parte del guion se inspiró en la idea que le dio su directora de fotografía (Bárbara Álvarez): “el cuento de La Casa Tomada de Julio Cortázar que sigue un poco esa misma estructura de ’invasión para luego expulsión’”.


Otro de los espacios-clausura, exclusivo y excluyente, es el salón, que la cineasta muestra de forma fragmentada, visto desde la cocina, a través planos subjetivos que son la mirada de los criados y, concretamente, la mirada y la escucha curiosas de la protagonista principal, Val (Regina Casé). En este sentido señala la realizadora lo importante que fue para ella empatizar con la mirada del otro: “Yo nací en el salón y conseguir el punto de vista de la cocina unos días antes [de rodar] me produjo una gran satisfacción: por primera desde la cocina veía el punto de vista de la empleada, lo patético de esa situación, y eso me produjo muchas emociones”.



Siguiendo con los espacios de la gran mansión elitista, siempre cimentada en los de abajo, descendemos al sótano-cárcel en el que habita la empleada interna, nunca mejor dicho “cuerpo de casa”, cimiento vigilante durante día y noche del bienestar de los amos. La cámara de Muylaert, según sus propias palabras, es una cámara política, de denuncia, de ese submundo de los excluidos, heredado y fundamentado en un orden social colonial, ya referido más arriba. El habitáculo de Val es caótico, es como una celda entre barrotes, sin apenas ventilación, insana, plagada de mosquitos, y sobre todo llena de objetos que forman el ajuar de Val, ese ajuar que espera  ¿el retorno o el re-encuentro? El espacio habitacional de Val es una especie de  “horror vacui”, provisional y expectante, pleno de incertidumbres como el alma “errante” de quienes experimentan el exilio migratorio: “cuanto más quería volver, menos podía hacerlo y así pasaron diez años”.

De los personajes de la película damos unas breves pinceladas:

Fabinho, hijo de los señores, al que Val cuida con el cariño de una madre, aunque su rol sea secundario y en la sombras, en el sótano de su habitáculo al que siempre Fabinho acude cuando se siente solo e incomprendido,  ¿transgrediendo? las normas impuestas por el “aislamiento” estamental y clasista al uso. Val siente por el hijo de sus amos admiración y así lo expresa “eres un chico guapo, de ojos azules, te pareces al príncipe de Inglaterra” lo que denota en la empleada su “desclasamiento”,  no exento de etnocentrismo y racismo, pues Val solo aprendió a mirar y mirarse a través del espejo de sus amos.



Otro personaje es “doña Bárbara”,  cuyo nombre no se corresponde con el  mundo “civilizado” al que pertenece, es una mujer arribista, frívola y superficial, aunque pretenda dar una imagen o un estilo “auténtico”, mostrando cierta actitud abierta y tolerante hacia los criados, pero la vaciedad de su discurso es expresión de un corazón, materialista y egocéntrico, incapaz de amar y sentir empatía por sus congéneres.


El dueño de la casa es “don Carlos”, de cara al exterior o “José Carlos” en la intimidad, un rico heredero, con apariencia de “pobre hombre” que puede dedicarse al ocio creador de la pintura. Él es el motor económico de su familia, pero no es valorado ni por su esposa ni por su hijo, lo que lleva a buscar fuera los afectos, adoptando un comportamiento, algo excéntrico para su status social, una actitud, medio bohemia, acompañada de un discurso “pseudo-intelectual” y de cierta pose entre paternal y seductora para adolescentes como Jéssica.


Jéssica es la hija de Val que ha volado hasta São Paulo para presentarse a la selectividad en la FAU (Facultad de Arquitectura y Urbanismo). Jéssica representa a las nuevas generaciones, a un nuevo Brasil que, solo a través del trabajo y del estudio, puede liberarse de la esclavitud y sumisión en la que han vivido generaciones anteriores. Así lo expresa la cineasta: “Esta película me ha provocado una lucha muy larga para poder encontrar el final y la historia que yo quería contar, y eso no trata tanto de técnica como de locura. Antes de empezar a filmar, seis meses antes, [el personaje de] Jéssica iba a llegar a  la ciudad para cumplir un destino cliché: quería ser peluquera, llegaba a Sao Paulo, se hacía niñera… pero quería sacarla de ese destino fatal. Me encerré en casa durante unas semanas porque tenía la necesidad de decir algo diferente, de tener la oportunidad de decirlo con una actriz excepcional además. Se me ocurrió esa idea de que Jéssica fuera a estudiar arquitectura, con ese sentimiento de ciudadanía, y que fuera un poco a romper esas reglas invisibles que se hacen visibles”.



Para concluir solo cabe señalar que la película de Anna Muylaert es una propuesta, un granito de arena, una esperanza de que la lucha de clases es posible, que hay que transgredir los límites del “orden social”, impuesto en la época colonial y basado en un apartheid racista y estamental, que en América Latina lleva implantado más de 500 años. Y esa liberación es una toma de conciencia, una valoración de la propia imagen, un dejar de mirarse en el espejo de los amos, tomando conciencia de ciudadanía que haga realidad un nuevo orden, utópico ¿por qué no? Así nos lo testimonia la propia cineasta: “Brasil siempre ha estado gobernado por ricos desde que llegaron los portugueses. Los presidentes siempre han pertenecido a la clase alta aunque fueran de izquierdas, como en el caso de Fernando Henrique Cardoso -que era rico-, hasta la llegada de Lula, que fue la primera vez que alguien de la clase baja llegaba al poder. Lula llevó a cabo muchos cambios, otros se quedaron porque no dio tiempo y no se pueden hacer milagros, pero uno de los cambios importantes fue el cambio de la “autoimagen”, la mejora de cómo se veían los brasileños [...]. Pero podría decirse que Jéssica también va más allá. Sería un poco la utopía”. (María Dolores Pérez Murillo)
Recomendada.


domingo, 3 de mayo de 2020

Series de TV: Sex Education (2019)


Título original: Sex Education. Temporada: 1. Episodios: 8. Año: 2019. País: Reino Unido. Género: Comedia. Estreno: 11 Enero 2019 (Netflix)
Creator: Laurie Nunn. Dirección:  Kate Herron, Ben Taylor. Guión: Bisha K. Ali, Sophie Goodhart, Laura Hunter, Laura Neal, Laurie Nunn, Freddy Syborn, Mawaan Rizwan. Música: Oli Julian, Ezra Furman. Fotografía: Jamie Cairney, Oli Russell. Producción: Jon Jennings.

Reparto: Asa Butterfield (Otis Milburn), Gillian Anderson (Dra. Jean F. Milburn), Ncuti Gatwa (Eric Effiong), Emma Mackey (Maeve Wiley), Connor Swindells (Adam Groff), Kedar Williams-Stirling (Jackson Marchetti), Alistair Petrie (Michael Groff), Mimi Keene (Ruby), Aimee Lou Wood (Aimee Gibbs), Chaneil Kular (Anwar), Simone Ashley (Olivia), Tanya Reynolds (Lily Iglehart), Mikael Persbrandt (Jakob Nyman), Patricia Allison (Ola Nyman), James Purefoy (Remi Milburn).

Sinopsis:
Como el inseguro de Otis tiene respuesta para cualquier duda sobre sexo gracias a que su madre es sexóloga, una amiga lo anima a abrir una consulta en el instituto. ​

Comentarios:
Todo el mundo hablaba de Sex Education, en redes sociales. Se acababa de estrenar su segunda temporada, y yo, que no soy muy de ver series y maratonear, aún no me había sentido atraída por ella, a pesar de que llevara un año entre las sugerencias que me daba la plataforma Netflix. Sin embargo, muchos comentarios acerca de una escena relacionada con unión femenina me hicieron decidirme a verla.
Esta es una producción inglesa, que hoy tiene 2 temporadas, de 8 capítulos cada una, que duran aproximadamente 50 minutos. Su argumento se basa en la historia de Otis, un joven de 16 años, que cursa la secundaria y es hijo de una sexóloga. Un día, se atreve a dar un consejo sexual a un compañero, a pesar de su nula experiencia y, al salir todo bien, inicia una ‘clínica’ de asesoría sexual, con Maeve, una de sus compañeras, para ganar dinero.
Con una premisa como esta y un lenguaje totalmente abierto, fue casi inevitable no seguir la historia y querer saber qué pasaría en el siguiente capítulo. Y es que Sex Education, desde su primera entrega, se reafirma como una serie que no tiene censura ni ningún reparo en hablar de experiencias sexuales explícitas, mostrar desnudos y abordar muchos de los temas que surgen referentes al propio cuerpo, al propio placer y a las prácticas para alcanzarlo con una pareja.
Sus personajes son muy diversos, tanto racial como sexualmente. La comunidad LGBTQI es representada, sin caer en estereotipos, y su realidad se muestra con naturalidad, así como toda la variedad de gustos, posiciones, formas y conexión que pueden generar la atracción y el coito, entre los seres humanos.
Lo mismo sucede con las razas y los cuerpos, ya que no buscan enseñar un patrón de belleza establecido ni relaciones políticamente correctas, lo que la convierte en una gran muestra de realidad, sin todas las prevenciones del mundo en el que vivimos, contenida en una ficción.
Uno de los papeles que más me impactó, y el que podría considerar como mi favorito, es Eric, el mejor amigo de Otis, un chico negro, gay, irreverente y a quien de vez en cuando le gusta maquillarse o vestirse con prendas que han sido comúnmente usadas por mujeres. Este es un personaje que vive su homosexualidad sin guardar las apariencias, que derrocha seguridad en sí mismo, libertad y amor propio. Para mí fue muy refrescante, pues, aunque conozco personas que son así en mi mundo, creo que me estaba acostumbrando a que, en los medios, este tipo de roles tuvieran una sombra de trauma. Eric es interpretado majestuosamente por el actor de origen ruandés Ncuti Gatwa.
A su vez, la relación que tiene con Otis, que obtiene vida a través del actor Asa Butterfield, es un ejemplo del poder de la amistad verdadera, en la que no importan las diferencias para construir lazos fuertes de amor, confianza y mucho respeto por el otro, pues, en este caso, el protagonista es un chico con mucha inseguridad en sí mismo y a quien le gustan las mujeres.
Por su parte, la actriz Emma Mackey le da vida a Maeve, una joven intelectual y contestataria que tiene que hacerse cargo de sí misma, debido a las malas decisiones de sus padres. Con ella también se derriban barreras sobre el potencial académico o capacidades, pues las circunstancias difíciles de su vida familiar nunca la convierten en una mala estudiante o en una mala persona.
También resalto el regreso de la actriz Gillian Anderson, conocida por quienes crecimos en los 90’ como la agente Scully, de X Files. Ella tiene el papel de la doctora Jean Melburne, la mamá de Otis, una mujer liberada, abierta a hablar de sexo con su hijo y a no ponerse límites cuando un hombre le gusta, algo que nuevamente luce raro, al no ser el común denominador en lo que el sistema nos ha dictado sobre las madres en el mundo, pero que para esta época resulta ser muy necesario.


Con todo esto, pronto empecé a preguntarme quién había tenido la gran idea de hablar así de sexo, en un contenido que se centra en adolescentes, y me llevé una grata sorpresa al conocer a Laurie Nunn, su creadora y guionista, nacida en 1985, en Inglaterra. Fue maravilloso ver cómo esta hazaña televisiva había salido de la cabeza de una mujer tan joven, que no solo se planteó el objetivo de mostrar qué pasaría si se diera asesoría sexual real en los colegios, sino que lo hizo teniendo en cuenta la diversidad, inclusión y honestidad que nuestra época requieren.
La escritora presenta las múltiples realidades o papeles en los que el sexo puede ponernos a todos, las frustraciones, las dudas, los riesgos, con una visión que no sigue las normas sociales o religiosas, y sin juzgar a sus personajes, lo que termina trasladándose a los espectadores, que logramos sentir empatía e identificación con las situaciones.
También, se nota que Nunn supo que aquí podría abordar temas feministas, sin limitarse al mero discurso. Un claro ejemplo es cómo presentó el aborto y el acoso sexual del que todas somos víctimas en algún -o muchos- momentos de nuestras vidas, así como la solidaridad femenina, que quizá no sea un común denominador en todas las sociedades, pero que ella se encarga de enfatizar como un ejemplo de la manera en que las mujeres debemos apoyarnos.
Todas esas características hacen parte de la serie, pero, sin duda, la historia no podía dejar de lado al sistema, al mundo conservador que se niega esta realidad, y que se encuentra representado en el señor Groff y el colegio que dirige, la Secundaria Moordale, el lugar donde parece haber más limitantes para que los estudiantes vivan abiertamente el sexo, pero también donde inicia la revolución.
Esa batalla se percibe gracias a la integración entre la modernidad y apertura de mente de los personajes, jóvenes y adultos, con la escenografía que luce un poco más anticuada, y podría considerarse como una analogía de la forma en que la evolución humana de aceptar abiertamente diferencias sexuales y de pensamiento, que son proclamadas en cientos de constituciones en el mundo, aún se encuentran enfrascadas en contextos y mentes que parecieran vivir en el pasado.
Así, con todo este descubrir de una narrativa sin ataduras y de entretenimiento que habla abiertamente, terminé viendo, en menos de una semana, las 2 temporadas, y muero por más. Su tercera entrega ya está confirmada, y espero que con ella se sigan rompiendo moldes y estereotipos, abarcando otras identidades e impartiendo la importancia del respeto a la diferencia y a la humanidad que se encuentra contenida en una de las palabras que más nos cuesta decir en voz alta: Sexo. (Camila Caicedo)
Recomendada.

viernes, 1 de mayo de 2020

Cine y Primero de Mayo




El Primero de Mayo celebramos el Día Internacional del Trabajo con una jornada que sigue teniendo todavía un carácter reivindicativo, en lo que relativo a mejoras en los derechos sociales y laborales de las clases trabajadoras. Al mismo tiempo, esta fecha sirve para conmemorar las primeras luchas sindicales que, a rz de la revolución industrial, y especialmente a lo largo de todo el siglo XIX, fueron consiguiendo una serie de mejoras en la calidad de vida de los trabajadores, y especialmente uno de sus logros fundamentales, el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas, haciendo valer la máxima de “ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso”.

Esta larga batalla en favor de los derechos sociolaborales no ha pasado desapercibida para el cine, más bien todo lo contrario, desde los mismos inicios el cine ha dirigido su objetivo hacia el mundo del trabajo y y nos ha mostrando la situación laboral de muchos de los protagonistas. Los padres del cinematógrafo, los Hermanos Lumière, en una de sus primeras películas, fechada en 1895, nos mostraban “La salida de los obreros de la fábrica”, era una breve toma filmada frente a la puerta de la fábrica que la familia Lumière tenía en Lyon, en la que vemos salir a los obreros, al final de la jornada de trabajo. Luego vendrían otros títulos como “La Huelga”, un film de 1925 al mismo tiempo reivindicativo y propagandístico, del ruso Sergei M. Eisenstein; la satírica “Tiempos Modernos” dirigida y protagonizada por Chales Chaplin en 1936, o la inolvidable ¡Qué verde era mi valle! De 1941 de John Ford. Y así tantas otras… sería por tanto imposible hacer aquí un repaso pormenorizado por todo el cine de temática laboral. Por eso, en esta ocasión nos limitaremos a poner el foco en una pequeña selección de títulos recientes que se caracterizan por mostrarnos distintas realidades sociolaboral de sus protagonistas. Son seis películas de diferente nacionalidad, estrenadas en la última década del presente siglo XXI, que demuestran que este subgénero de "cine laboral" está tan vivo como siempre, ¿por qué será?.


Pago justo (Nigel Cole, 2010. Reino Unido)


Basada en hechos reales, narra la lucha por la igualdad salarial entre hombres y mujeres, en una factoría de la Ford. La reivindicación la lideraron en 1968 las casi 200 costureras que integraban la división textil de la planta automovilística de Ford en Dagenham, Londres; organizaron una huelga para reivindicar la igualdad de salarios con respecto a los hombres. La unión de todas ellas consiguió que se aprobara en el año 1970 la Equal Pay Act, una ley que garantiza la igualdad de salario para hombres y mujeres en el Reino Unido. Más de 50 años después esta reivindicación sigue vigente tanto en Reino Unido, como en otros países, donde la igualdad de salario no está consolidada.


Come, duerme, muere (Gabriela Pichler, 2012. Suecia)


Rasa es una joven impulsiva, deslenguada, directa, con poco tiempo para pensar en si misma. Trabaja desde los dieciséis años en una fábrica de envasado de lechugas, ella paga las facturas y cuida de un padre dependiente y sin recursos económicos. Pese a su inagotable energía y a ser una de las trabajadoras más eficientes, su empresa, en un proceso de recorte de personal, decide prescindir de ella. Rasa no se amedrenta y no deja de buscar trabajo, pero va a encontrarse con un obstáculo difícil de sortear: su nombre y su origen montenegrino le van a cerrar demasiadas puertas en un país hipócritamente racista. Giraldillo de Oro del Festival de Sevilla 2012.


Pride (Matthew Warchus, 2014. Reino Unido)


También está basada en hechos reales, en concreto en los sucesos ocurridos durante la huelga convocada por el Sindicato Nacional de Mineros (NUM) en el verano de 1984, en contra de las medidas adoptadas por el gobierno de Margaret Thatcher. Paralelamente, durante la manifestación del Orgullo Gay en Londres, un grupo de lesbianas y gais deciden recaudar fondos para ayudar a las familias de los mineros. Pero surge un pequeño problema, el sindicato no acepta su dinero. Los activistas no se desalientan, deciden saltarse al sindicato y llegar directamente hasta los mineros: escogen un pueblecito de Gales al que llegan en una furgoneta. Así empieza la extraordinaria historia de cómo dos comunidades totalmente diferentes se unen por una causa común. Esta comedia dramática ganó una de las palmas de Oro del Festival de Cannes.


Dos días una noche (Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, 2014. Bélgica)


Los hermanos Dardenne son unos magníficos exponentes del cine social europeo. En esta ocasión contaron con Marion Cotillard para interpretar a la protagonista de esta historia, Sandra, un mujer que ha estado de baja por problemas psiquiátricos y a la que por teléfono le comunican que va a ser despedida, tras una decisión consensuada. En un contexto de disminución de beneficios para la empresa, los dueños le han trasladado el problema a los empleados: ¿prefieren mantener una paga extra de 1000 euros?, o ¿despedir a uno de ellos?. Sandra sólo dispondrá de un fin de semana (“dos días y una noche”) para convencer, uno a uno, a sus compañeros para que voten a favor de mantenerla a ella en la empresa, a cambio de renunciar al bonus previsto. Junto a este dilema ético de enfrentar el “yo” al “nosotros”, se abordan otros temas de calado como la precariedad laboral, el aislamiento y el egoísmo en nuestra sociedad.

La camarista (Lila Avilés, 2018. Mexico)


La debutante directora Lila Avilés nos aproxima de forma minimalista y sosegada a la rutina diaria de Eve, una persona entregada totalmente a su trabajo pero al mismo tiempo casi invisible para los demás. Evelia es una mujer que trabaja como camarista (camarera de habitaciones) en un lujoso hotel de Ciudad de México, tiene un hijo de cuatro años, pero a penas tiene tiempo para ocuparse de él. Su rutina diaria no está exenta de frustración, explotación y desdén, que ella conjunta con su ilusión de conseguir un ascenso, y con las muestras de solidaridad que recibe de algunos de sus compañeros de trabajo.



Sorry We Missed You (Ken Loach, 2019. Reino Unido)


¡Naturalmente, no podía faltar en este repaso un director tan comprometido con las causas sociales como Ken Loach!. Su último título narra la vida de una familia británica de clase obrera, en la que el padre trabaja como repartidor de paquetería a un ritmo extenuante y la madre es cuidadora a domicilio de ancianos y enfermos. Ambos trabajan de sol a sol, pero pese a eso no llegan a fin de mes, sus problemas crecen y la unidad familiar se desquebraja. Y no es el siglo XIX, sino en el XXI. Loach hace una rotunda crítica al régimen de los falsos autónomos y a su falta de derechos laborales, al mismo tiempo que propone una reflexión sobre las injusticias que sustentan el sistema laboral capitalista, las nuevas formas de explotación y la falta de oportunidades, pese al esfuerzo de los protagonistas.