Hace
más o menos veinticinco años, en la siniestra sala de espera conocida como la "Habitación Roja” (the "Red Room”) y en presencia del no menos siniestro enano-guardián,
la difunta Laura Palmer (Sheryl Lee) le anunció al agente Cooper (Kyle MacLachlan)
que se reencontraría con él, en efecto, pasado un cuarto de siglo. El plazo venció, por lo tanto, en abril de
este año 2015, y ha sido justo en estas fechas cuando hemos sabido que David
Lynch, director y padre de “Twin Peaks” junto con Mark Frost, ha llegado finalmente
a un acuerdo con la cadena de televisión Showtime para rodar los nueve
capítulos de la que va ser, tantos años después, la tercera temporada de la
serie, y que para ello va a contar, en la medida de lo posible, con los actores
del reparto original.
Cuando
a finales de los ochenta Lynch y Frost le propusieron a la ABC la idea de la
serie, ésta les solicitó un guión y un episodio piloto para tomar una
decisión. Éste, de una duración de
ciento veinte minutos y rodado en 35 mm. en los boscosos alrededores de
Seattle, se estrenó el día ocho de abril de 1990 tras una intensa campaña
publicitaria en la que se le planteaba al público la gran pregunta, que poco
tiempo después llegó a nuestro país (recordaréis bien): “¿Quién mató a Laura
Palmer?”. A partir de ahí todo fue
éxito: millones de personas en todo el mundo enganchadas a la serie y, como se
pudo comprobar en pocos años, una verdadera revolución en el propio concepto de
“serie de televisión”, que de “género menor” pasó a convertirse en propuesta
artística sustantiva y autónoma.
Son
muchas las cosas que se podrían debatir sobre “Twin Peaks”, desde el grado real
de participación de Lynch en su desarrollo (rodó personalmente seis de los
capítulos, incluidos el piloto y el episodio final, el veintinueve, además de
la supervisar con Frost todos los demás) hasta las causas de su decadencia y de
su previsible interrupción al final de las segunda temporada, por no hablar de
todas sus enormes cualidades cinematográficas, desde los guiones y el diseño de
los personajes hasta la fotografía y los inolvidables temas musicales de Angelo
Badalamenti. Pero todo eso y mucho más
se puede encontrar en los manuales, en internet y en la edición en DVD y
Blu-Ray que circula por ahí. Yo prefiero
hacer una reflexión más personal al hilo de haber visto de nuevo toda la serie
y después de haber frecuentado el cine de Lynch durante los últimos veinticinco
años.
En
su momento “Twin Peaks” me pareció algo genial, un auténtico volcán de
personajes poderosos y de historias cautivadoras que salían de esos bosques del
Noroeste de los Estados Unidos. Cuando
me sentaba cada semana ante un capítulo de “Twin Peaks”, me sentía como el
agente Cooper al adentrarse por primera vez en esos bosques: fascinado por
aterrizar en un mundo tan bello y tan misterioso. Sobre todo me parecía genial cómo Lynch (por
entonces sabía muy poco del director) lograba hacer creíble lo increíble, de
modo que los personajes se enfrentaban a la locura, a lo insólito, incluso a lo
sobrenatural, con la naturalidad del que se come un dónut en la oficina del
sheriff o una tarta de cerezas de la dulce Norma Jennings. Por ello, cuando en la segunda temporada el
guión se adentró por meandros erráticos y repletos de personajes irrelevantes
y, en una palabra, por el delirio argumental, me sentí tremendamente
decepcionado. Pero en el capítulo veintinueve
me reencontré de golpe con la
personalidad del director, con los pesados cortinajes de la “Red Room” y con un
desenlace desconcertante que sólo alcanzo a comprender porque Lynch pensaba
darnos nuevas claves en una tercera temporada que nunca se rodó. La sensación final fue, pues, agridulce.
En
estos años he visto mucho Lynch, incluida la “precuela” de la serie que se
estrenó en 1992 como “Fuego camina conmigo” (“Fire walk with me”), en mi
opinión una de las películas más negras del director. Después de “Terciopelo azul”, “Carretera perdida”
o “Mulholland Drive”, he aprendido a atisbar con él esas grietas en la
superficie del mundo por las que asoman las orejas del infierno, siempre
inquietante, siempre ahí, a pesar de la costra dulzona. Twin Peaks está surcado por esas grietas de
parte a parte, y a través de una charca como las que esquiva el protagonista de
“Cabeza borradora” se accede a su antesala, la habitación roja en la que
esperan Cooper y Palmer. Ahora que he vuelto
a ver “Twin Peaks”, he tenido la misma sensación de obra inacabada y de cúmulo
de oportunidades perdidas: ¡tantos personajes, tantas historias entrecruzadas
que se no se merecían tantos desatinos y tanta negligencia! Creo que Lynch se equivocó al dar a conocer
–al parecer, presionado– la identidad del asesino de Laura Palmer al comienzo
de la segunda temporada, pero no porque ello le restara interés a la serie –muy
por encima de una crónica policial–, sino porque fue el comienzo del extravío
argumental y de un descenso de la audiencia que certificó su final.
Twin
Peaks, con sus 51201 habitantes –como marca el célebre cartel junto a la
carretera de los títulos iniciales– veinticinco años después. Un compromiso que parece que va a cumplirse y
que espero que cierre con honor un círculo que todavía no se ha
completado. Laura Palmer dijo entonces:
“I’ll see you again in 25 years.
Meanwhile…” (“Te veré de nuevo dentro de 25 años.
Mientras tanto…”). Mientras tanto
nos quedamos con la inquietud de que el “Doppelgänger” que dice el enano, el
“doble maligno”, parece haber abandonado la habitación roja para
atormentarnos. No sé qué nos tendrá que
decir Lynch veinticinco años después. En
todo caso es motivo de celebración saber que nos aguarda otra entrega de su
genio.
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