lunes, 27 de junio de 2011

Pilar Miró y Henry Purcell en "El pájaro de la felicidad"



 


Uno de los elementos mas singulares de El pájaro de felicidad es, sin duda, su banda sonora.  Temas españoles, ingleses e italianos de los siglos XVI, XVII y XVIII, interpretados –y versionados a veces– por Jordi Savall con instrumentos originales, se unen a la pintura, a la fotografía de José Luis Alcaine, a la poesía de Ángel González y, sobre todo, a la dirección de Pilar Miró para dar como resultado una obra estéticamente impecable y, al menos para mí, algo mucho más importante: una película excelente. 

El disco compacto con la banda sonora, que en su día editó AUVIDIS (como el de Tous les matins du monde –1991–, la célebre película de Alain Corneau que dio a conocer a Jordi Savall ante el gran público), incluye todas las piezas que se oyen en la película y algunas más, pero con una excepción clamorosa.  En un momento culminante del guión, justo cuando Carmen (Mercedes Sampietro) se queda por fin sola, con la única compañía de su nieto y de su perro, comienza a sonar una de las arias más hermosas de la ópera barroca y de la historia de la música: el “lamento de Dido” de Dido and Aeneas  de Henry Purcell. 

Según nos cuenta Virgilio en su Eneida, el troyano Eneas, hijo de Venus y Anquises, había conseguido escapar del desastre de Troya y, de camino hacia Italia, donde estaba llamado a ser el fundador de la estirpe de los romanos, llegó con su nave a Cartago, de la que era reina por entonces la hermosa Dido, hija del rey Belo de Tiro.  Venus, que velaba por la seguridad de su hijo, recurrió a Cupido para infundir en Dido un amor irresistible por el troyano cuando éste relataba ante la reina los terribles sucesos de los últimos días de Troya.  La pareja termina entregándose al amor, pero Júpiter, preocupado por el destino del héroe, envía ante Eneas a su hijo Mercurio para instarlo a abandonar Cartago.  Dido, desesperada por la partida de su amor, ordena encender una pira y se arroja a ella ante el espectáculo de las naves que partían.


Nahum Tate, el libretista de Purcell, deja de lado semejante final, introduce a una hechicera que, haciéndose pasar por Mercurio, conspira contra el amor de la pareja, y retrata a Eneas como un personaje vacilante, que decide marcharse y que se arrepiente acto seguido, aunque sea ya inútil, pues Dido, despechada, lo expulsa para siempre de su lado.  Justo cuando el troyano ha partido, Dido muere en el regazo de su hermana Belinda, lamentándose de su amor desdichado y rogándole que se acuerde de ella, pero no de su destino fatal.



Thy hand, Belinda, darkness shades me.
On thy bosom let me rest.
More I would, but Death invades me;
Death is now a welcome guest.
When I am laid in earth,
May my wrongs create
No trouble in thy breast;
Remember me, but ah!, forget my fate.

[¡Tu mano, Belinda! La oscuridad me envuelve.
¡Déjame reposar en tu pecho!
¡Qué más quisiera…! Pero me invade la Muerte.
A la Muerte le doy ya la bienvenida.
Cuando yazga en la tierra,
que mis errores no causen
turbación en tu pecho.
¡Recuérdame, pero, ay, olvida mi destino!]




El día de la proyección se sugirió que la elección de esta aria (ausente del CD) por parte de Pilar Miró era, en parte, un homenaje a Tatiana Troyanos, que la interpreta en la película acompañada por Sir Charles Mackerras.  Seguro que esto es así.  Pero no lo es menos que hay una justificación artística para que justo en ese momento irrumpa el lamento de la reina Dido.  Carmen ha sido abandonada por su nuera, Nani (Aitana Sánchez-Gijón), y renuncia también a retomar la relación con el vacilante Eduardo (José Sacristán), que es víctima de su miedo al compromiso.  Pero más allá de paralelismos más o menos forzados, lo cierto es que la música de Purcell y la letra de Tate calan con hondura en la soledad a la que se ve condenada Carmen, a pesar de sus compañeros de travesía (el bebé y el perro), como punto final de un viaje hacia sí misma, hacia los desérticos paisajes de Almería, donde el afecto y la independencia, tan contrarios y tan imprescindibles, dejan un final triste y abierto como lo es la vida humana:

"Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores, y vivir es igual que haber vivido ya, sin que ese haber vivido suponga -por desgracia- estar ya muerto."   (Ángel González)

Aunque el aria comienza con When I am laid in earth… (“cuando yazga en la tierra…”), os enlazo a una maravillosa interpretación de la soprano Jessye Norman de la pieza completa, con el recitativo en el que Dido se dirige a su hermana y le pide su mano y su pecho en el momento final.



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