martes, 21 de febrero de 2017

Desde allá (Lorenzo Vigas, 2015)


La película venezolana de Lorenzo Vigas hace gala de su título Desde Allá, pues todo se observa, se contempla, a veces “sin implicación”, lo que confiere al film una contención narrativa, sin apenas diálogos, todo es silencio, gesto, y rostro hecho mirada.

Su argumento, grosso modo, podría recordarnos el film colombiano La Virgen de los sicarios (1999) de Barbet Schroeder, ya que trata de la relación de un varón maduro, de 50 años,  de clase media urbana que busca en la periferia de su ciudad al chico marginal, al sicario, que satisfaga su deseo, deseo reprimido. Pero en la obra de Lorenzo Vigas, a diferencia de la de Barbet Schroeder, apenas hay diálogos,  predomina la ambigüedad y  la indefinición, por lo que rompe con los clichés. Al respecto la crítica lo ha señalado como “uno de los grandes aciertos del film el de no encajar en moldes prefabricados que, con una puesta en escena aséptica y distanciada, desarrolla una relación a priori de tintes pasolinianos” (1).

El film prescinde de la música incidental que es sustituida por  el ruido de la caótica ciudad de Caracas, aunque existe una sobriedad estética al no recrearse excesivamente en la miseria como suelen hacer otros filmes latinoamericanos que están proyectados al aplauso de un público europeo y norteamericano; no obstante, en cierta medida, somos espectadores del mundo de los chicos de la calle; pero ese no es el objetivo que busca Lorenzo Vigas en este su primer largometraje, por ello en reiteradas ocasiones el campo visual está intencionadamente borroso, se difumina o se intuye el contexto; pero lo importante es  que el espectador se centre en los dos personajes principales: en el complejo y enigmático hombre maduro, Armando (Alfredo Castro), y en el joven Elder (Luis Silva). Dos actores excelentes: uno profesional y otro de la calle que interpreta su propia historia. La puesta en escena es impecable. Los dos protagonistas son gesto y mirada, y por su habla delatan la procedencia socio-económica.


El film ofrece dos ritmos narrativos: por un lado, el mundo exterior, plagado de ruidos, confuso y vertiginoso; por otro lado, los espacios interiores recreados por la cámara fija y los planos-detalle de los objetos, que nos hacen intuir la historia y la identidad de los personajes. De este modo, el mundo de las cosas, de lo pequeño e intrascendente, adquiere una categoría protagónica que interpela al espectador; pero, si los objetos juegan con nosotros cuando intentamos desentrañar su valor simbólico; por otro lado,  la cámara fija,  impasible y enigmática,  marca frontera entre los actores y el espectador, convertido este en un testigo mudo y en suspense.

La película de Lorenzo Vigas nos revela como a los dos protagonistas, pese a ser diametralmente opuestos en edad, valores, educación, etnia y clase, les une la vivencia común del padre ausente y maltratador, fenómeno muy habitual en las estructuras familiares latinoamericanas, fundamentadas en valores machistas, que justifican y retroalimentan la irresponsabilidad  y la violencia de los varones. Padres ausentes que, en América Latina han significado la alienación a un líder y el consecuente triunfo de los mesianismos religiosos  y/o de los caudillismos políticos que, en Venezuela, se ha visto plasmado en la veneración de los desprotegidos hacia el “padre” Hugo Chávez. Al respecto Lorenzo Vigas señala: “en las sociedades latinoamericanas son las madres las que crían a los hijos, pero el poder del macho es muy importante. Y como no está en casa, lo queremos encontrar en el caudillo, en Chávez, en Perón. Estamos esperando una figura salvadora” (2).


Lorenzo Vigas, a pesar de no describir documentalmente el espacio urbano, sí nos deja entrever el mundo exterior: la ciudad de Caracas, llena de contrastes, donde alternan lujosos edificios y barrios residenciales (islas de bienestar) junto a un centro ruidoso, violento, descuidado, y caótico, de bloques de viviendas “multifamiliares” que son auténticos semilleros de delincuencia juvenil. No hay que irse a los “ranchitos” periféricos para filmar la miseria, pues el centro de la ciudad está lleno de pobreza.  Una ciudad en la que predomina el machismo y la homofobia, plagada de jóvenes sicarios sin futuro que deambulan por las calles delinquiendo, y a los que la “Revolución Bolivariana” no ha sabido dar respuesta o no ha querido “encauzar”, quizás, porque las lacras estructurales de una sociedad neocolonial e injusta no puedan desaparecer de la noche a la mañana, y también porque las “Revoluciones” jamás deben instalarse en el poder apelando a vanos discursos populistas y despóticos de “todo para el pueblo; pero sin el pueblo”. Caracas es una de las ciudades más violenta del mundo con 119 homicidios por cada 100.000 habitantes (3). 

En este film casi nada es lo que parece, la confusión y la desconfianza se erigen como elementos constitutivos de una sociedad enferma y en crisis que ha perdido el valor de la verdadera comunicación entre las personas. Así lo define el propio Lorenzo Vigas: “Estamos viviendo una crisis de comunicación entre las clases. La falta de tolerancia empieza por una falta de comunicación. Ya no hay diálogo ni entre las clases sociales ni entre el Gobierno y el pueblo. Y el personaje de Armando no tiene comunicación emocional con la gente: aunque no era mi intención, me he dado cuenta que es una metáfora para la situación actual” (4).




Lorenzo Vigas, director de "Desde Allá"

Lorenzo Vigas  nació en la ciudad de Mérida de los Andes (Venezuela) hace 50 años. Realizó sus  estudios en EEUU: cursó la Licenciatura de Biología en la Universidad de Tampa (Florida); en Boston inició una Maestría en Biología Molecular, pero la abandonó: “No aguantaba más. No me imaginaba encerrado en un laboratorio ni como profesor universitario. Tenía que expresarme a través de las imágenes” . Sustituyó el microscopio por la cámara de cine. En la Universidad de Nueva York estudió cine y en los EEUU realizó algunos filmes experimentales. Regresó a Venezuela en 1998 y allí dirigió series documentales y anuncios comerciales. Actualmente  es director, guionista y productor de cine. Entre su filmografía cuenta con un corto de 2003 Los elefantes nunca olvidan rodado en México; y el largometraje Desde allá, coproducido por México y Venezuela en 2015 y que obtuvo el “León de Oro” en la muestra de Venecia.

Lorenzo Vigas, hijo del pintor venezolano Oswaldo Vigas,  jamás sintió pasión por la pintura pero cuenta que cuando se trasladó a México para aprender  guiones cinematográficos sintió que llevaba en sí una herencia, una genética visual, esencial para realizar cine. 



María Dolores Pérez Murillo


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