lunes, 28 de febrero de 2011

Los cinéfilos pardillos… ¿también vamos al cielo? (y III)


   En esta tercera y última entrega de mi estreno en el blog - no te quejarás, profe -, y dado que ya tenemos más o menos claro lo de ir al cielo – sobre todo alguna colega con su álbum de Hitchcock casi al completo, a la chita callando – vamos a reflexionar sobre las peculiaridades para llegar a ser cinéfilo, desde la condición de pardillo a la calidad de erudito y profesional. Evoco el título de una buena película, “Sentido y sensibilidad”, que funciona para entrar en materia aunque no vaya a referirme a ella, sino a sus enunciados. Dando por hecho que el sentido, en su acepción de juicio o sensatez, y sobre todo el común – ya sabemos que el menos pródigo – es determinante para caminar por la vida sin más batacazos que los precisos e inevitables, vamos a incluirlo como condición sine qua non el ser amante del cine conlleva poseer aceptables criterios – aunque sean subjetivos -, para discernir sobre una forma de arte, entenderla y admirarla. Pero, a mi juicio, es el otro concepto – la sensibilidad – el que ha marcado mi condición de cinéfilo, desde que mis padres me llevaron a la primera sala de cine, entonces cine a secas o en todo caso salón. En mi fase actual de pardillo tirando a enteraíllo, después de haber llovido lo suyo y un poquito más – períodos de sequía incluidos –, me reafirmo en esa cualidad del séptimo arte, cuando las sensaciones de nuestra parte racional resultan invadidas por buenas dosis de emoción o sentimiento presenciando una película que nos llega, también con todo el subjetivismo que vosotros queráis. Yo creo que por ahí nos engancha el cine a la mayoría y con la adicción, alcanzamos la cinefilia. Fin de la parrafada. Ahora, es cuestión de opiniones en qué proporción intervienen las sensaciones y los sentimientos a la hora de valorar la calidad de una obra cinematográfica. Pero esa es otra historia, como decía el tabernero de “Irma la dulce”.

   Y como, con todos los respetos, estamos todavía en mi tercera y última – por el momento – entrada, permitidme personalizar sobre el asunto de la sensibilidad, y después os invito a opinar sobre lo divino y humano en el mundo del cine desde estos aspectos. Como en otras facetas de nuestra existencia recordamos con precisión datos y detalles, cuando hemos tenido alguna vivencia sonada - aún en la infancia -, es curioso cómo evocamos hasta las salas o salones (vulgo cines) dónde vimos tal o cual película que nos impactó, e incluso las circunstancias en que asistimos a su proyección. Supongo que a todos nos pasa. Conservo en mi memoria referencias de algunos ejemplos: una noche de verano con mis padres en el Palacio Central (con refrigeración Baviera), viendo “La quimera de oro” y hartándome de llorar tras el sueño de Charlot; unos expositores publicitarios de cartón en el vestíbulo del Imperial cuando fui a ver “Ben-Hur”, y mi aturdimiento con las escenas de las galeras y el fragor de las carreras de cuadrigas, cual si hubiera actuado de extra en el filme; los cortinajes de damasco rojo del Cervantes, abriéndose lentamente tras los primeros compases de timbales para “Lawrence de Arabia” de la partitura de Jarré; la insistencia a mi madre en comprarme una camisa morada para emular al Bernardo de “West Side Story", al salir del Florida, y así podría llegar a varias decenas de títulos más. Pero la reminiscencia más precisa, en cuanto jugaron los sentimientos a tope, corresponde a “Romeo y Julieta” de Franco Zeffirelli en el cine Villasís; puede que por mi edad cuando se estrenó, jovencito romántico – e iluso, añado ahora -, sufrí un enamoramiento tal de Olivia Hussey que me llevó a birlar una cartelera con su primer plano del expositor, única e inocente experiencia de cinéfilo-chorizo que conservo. Recuerdo que el amigo y compañero de estudios con que fui a ver la película por primera vez, comparó mi expresión a la salida del cine con la de Charlton Heston al bajar del Sinaí tras entrevistarse con el Altísimo en “Los diez mandamientos”. Después de conocer a aquella niña Julieta no era para menos. Son las cosas mágicas que nos da nuestro amado cine para estar en el cielo sin que sea preciso morir, como diría Ana Belén. Claro está que los cinéfilos – pardillos o no – vamos al cielo. Y muchas veces.

1 comentario:

  1. Luis comentarte que me he visto reflejado en no pocas cosas de las que has comentado en estas tres entregas de tu interesante artículo.

    Por cierto, me ha gustado mucho como lo has redactado.

    Un abrazo.

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