domingo, 27 de febrero de 2011

Los cinéfilos pardillos… ¿también vamos al cielo? (II)



   Conseguida la venia solicitada para mi primera entrega, gracias a la amabilidad de los administradores del blog, abordo ésta segunda al hilo del final de la anterior cuando aludía a los cinéfilos profesionales, o cinéfilos eruditos que además se curran el tema. Y los que participen, conozcan e incluso padezcan el taller de cine a que muchos de nosotros asistimos, saben a quiénes me refiero, con el nunca bien ponderado maestro Paco Bellido a la cabeza, alma máter y responsable de tan singular seminario. Hasta mi ingreso en sus cursos – voy por mi tercer año académico y no es coña -, no he sido realmente consciente de mi “pardillez” cinematográfica anterior; y digo anterior porque ya empieza uno a sentirse otra cosa cuando habla del séptimo arte con los amigos aún en pañales. Qué gusto comenzar a expresarse con propiedad, referirse a secuencias y hasta a planos secuencias, picados y contrapicados o profundidad de campo, en lugar de aquellos comentarios simples con muchos “cuando” y muchas “y”, algo así como “...y cuando sale la Lollo en combinación y salta y dice…”. Pero claro, en todo en la vida hay que pagar un precio y en nuestro caso – en concreto los que tienen el álbum casi lleno – es ni más ni menos que tener el cielo ganado, el mismo del título de estas entradas. Porque, por ejemplo - en este curso - no sólo se trata de haber visto todas y cada una de las películas de don Alfred Hitchcock, sino de ¡sabérselas de memoria!; y hasta en los detalles más nimios, como el de un primer plano con la ruedecita de una caja fuerte, cromo que me salió el otro día.

   Lo malo que tiene pasar de la calidad de cinéfilo pardillo a la de aspirante a erudito, es volverse más dubitativo a la hora de visualizar filmes (vulgo ver películas), a la de revisarlos y no digamos a la de enjuiciarlos o evaluarlos. Sobre todo las grandes superproducciones. Asistimos hoy además a un desarrollo de las técnicas audiovisuales, que en el caso de la cinematografía eleva a la categoría de espectáculo cualquier obra medianamente bien ejecutada. Se recrean de tal manera los ambientes, escenarios y épocas, se utilizan unos medios tan sofisticados para ofrecernos la acción, que reducen a la categoría de cómics lo que antaño nos resultó fascinante. Y así, al revisar algunos de los títulos emblemáticos en nuestra vida, sentimos cierta decepción sólo enjugada por el carácter entrañable que les otorgamos. Sin embargo y por otra parte, algunos conservamos nuestra condición de pardillos al no digerir del todo ese cine al que aludía en la primera entrega, sin acabar de encontrarnos cómodos con esos guiones bastante incoherentes cuando, al estar pendientes de descifrar el hilo argumental de lo que se nos ofrece, dejamos de recrearnos en su estética. He vivido esa experiencia este pasado verano, descubriendo casualmente en una emisión televisiva nocturna al director chino Wong-Kar-Wai con su película “Chungking Express” - ¿a que se nota que ya estoy en el tercer año? – del que me llamó la atención dicha estética, y le seguí la pista hasta conocer sus trabajos más famosos como “My blueberry nights”, “2046” o “Deseando amar”. Quedé encantado con la fotografía de estas películas, sus temas musicales, la interpretación de sus protagonistas, hasta con su lento ritmo narrativo, pero - salvo la primera citada – olvídense de seguirle el hilo a las otras dos, porque entraran en un laberinto sin salida si no han consultado previamente las instrucciones en Internet. Vamos, que ese tío pasa de seguir los guiones y hasta utiliza a los mismos actores para representar personajes distintos – consortes y amantes en la última cinta mencionada -, liando la guita todo lo que puede y consiguiendo un gazpacho con todos sus avíos, difícilmente digerible pero con un estupendo sabor. Es el típico cine con el que mi abuela materna, ya mencionada, terminaba tomándose un optalidón para el dolor de cabeza. A ella le pasaba con las películas como con las comidas, que tenían que ser comestibles, valga la redundancia; y en la gastronomía china ya se sabe, hasta cigarrones en adobo.

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