sábado, 26 de febrero de 2011

Los cinéfilos pardillos… ¿también vamos al cielo? (I)


   Esperemos que sí, para así conocer a Gary Cooper y a los angelitos negros de Machín en resucitado y en directo. Pero de momento - porque no tenemos ninguna prisa en comprobarlo -, yo pido la venia al ilustre administrador de este blog, para poder aportar unas primeras reflexiones en mi calidad de cinéfilo pardillo de toda la vida; y si me permite, aderezadas con unos toques de guasa sana, sabiendo que en Sevilla no es lo mismo estar de guasa que tener guasa. Con eso, además, animo a algunos colegas de la asociación un poquito asustados con el nivel derrochado en las primeras entradas, que desde aquí celebro no obstante. Los de mi generación –nací exactamente en la mitad cronológica del pasado siglo, algo que no pueden decir todos – íbamos mucho al cine, pero el que más y el que menos no pasó de pardillo en su cultura cinematográfica. A saber, uno iba a ver una película de Jonvaine o de Jamestevar, convencido de que el director era el último mono del filme, como atestiguaba su posición en los títulos de crédito (vulgo las letras); yo mismo, que presumía de saber de cine por el sólo hecho de ver muchas películas, estaba al tanto de la existencia de un tal John Ford y de un cual Cecil B. de Mille, pero poco más. En cambio, los actores y actrices (vulgo artistas) eran como de la familia, y estábamos más al tanto de los devaneos de la Liz Taylor que de los de nuestra prima ligera de cascos de La Algaba. Y aunque no llegamos a espantarnos con unas imágenes de un tren llegando a la estación, bien es verdad que nuestro corazón se aceleraba cuando pudimos acceder a las primeras películas para mayores con o sin “reparos” y no digamos a las “gravemente peligrosas”; aún recuerdo mi asistencia cuasi furtiva en un cine de verano - merced a la connivencia de un amigo con el portero -, para presenciar a Rossana Podestá en “Sodoma y Gomorra” de la guisa en la fotito y aún más, con un trapo detrás y otro delante. Pornografía pura y dura, vamos.

    En algún momento, bajo el eufemismo de “Cine de arte y ensayo”, pudimos acceder a una filmografía no ya para mayores, sino para presuntos intelectuales con la suficiente madurez para entenderlo. Y aquí quería yo llegar. Recuerdo que mi enamoramiento de Julie Christie en “Doctor Zhivago” se vio defraudado tras a asistir a “Petulia”, una película de Richard Lester (este dato es de ahora mismo) y de la que les confieso que salí en blanco. En esa línea, los gustos cinematográficos de la mayoría exigían que toda película tuviera sus correspondientes planteamiento, nudo y desenlace, faltaría más. Aún hoy utilizo una frase de mi abuela materna cuando, sin lugar a dicho desenlace, aparecen las letras al final de la película del tirón y sin avisar, y que rezaba literalmente: “Me he quedao como la madre del Caena”. Confiesen ustedes que les ha pasado más de una vez. Hoy día, ya sabemos que eso son “finales abiertos” o algo parecido, y que al que Dios se las dé, San Pedro se las bendiga, para interpretar cada uno los desenlaces como les vengan en gana, que para algo ya estamos en democracia. Pero aún así, la cosa tenía un cierto matiz de estafa al espectador, al que se negaba su derecho a conocer – tras la compra de la entrada - si el asesino recibía su merecido o si el muchacho llegaba a casarse con la hija del terrateniente. Hoy por fortuna, con el Internet, además de permitirnos lujos como entrar en estas páginas, podemos enterarnos de las películas después de haberlas visto y exclamar nuestro “aahhh” correspondiente al saber más o menos de qué iba la cosa, como a mí me pasó – pardillo que es uno – con “Mulholland Drive” de David Lynch. Pero vamos, que no creo que yo fuera el único. Ya nos contaréis en algún comentario y ya seguiremos tratando estos temas, con permiso de los cinéfilos profesionales.





No hay comentarios:

Publicar un comentario