lunes, 19 de septiembre de 2022

El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915)


Título original: The Birth of a Nation. Dirección: David W. Griffith. País: USA. Año: 1915. Duración: 190 min. Género: Drama, Bélico, Cine Mudo.

Guión: D.W. Griffith, Frank E. Woods (basado en una novela de Thomas F. Dixon Jr). Fotografía: G.W. Bitzer (B&W). Montaje: David W. Griffith. Música: Joseph Carl Breil. Producción: David W. Griffith Corp.

Fecha del estreno: 8 Febrero 1915 (Los Angeles, California)

 

Reparto:

Lillian Gish, Mae Marsh, Henry B. Walthall, Miriam Cooper, Mary Alden, Ralph Lewis, George Siegmann, Walter Long, Robert Harron, Wallace Reid, Joseph Henabery, Elmer Clifton, Josephine Crowell, Spottiswoode Aitken, George Beranger, Raoul Walsh.

      

Sinopsis:

Clásico del cine mudo que narra los acontecimientos más importantes de la creación de los Estados Unidos de América: la guerra civil, el asesinato de Lincoln, etc. Ha sido tachada de racista por su glorificación del Ku Klux Klan, pero tiene el mérito de ser la primera película que cuenta una historia de modo coherente: hasta ese momento una película era un conjunto de escenas con muy poca relación entre sí. Obtuvo un enorme éxito en su tiempo.

 

Comentarios: 

En el año 1915, el cineasta D.W. Griffith firma El nacimiento de una nación, película universalmente recordada tanto por su excelencia técnica como por su polémica apología del aterrador Ku Klux Klan. Más de 100 años después de su estreno, la cinta sigue siendo un foco inagotable de vívida polémica. Las preguntas indescifrables que suscitan los sesudos análisis que de esta obra se han hecho se cuentan por cientos.

¿Qué hay realmente detrás de la concepción de esta película? ¿Es posible (o deseable) abstraerse de su explícito discurso racista y ultraconservador? ¿Qué impacto tuvo en la sociedad norteamericana de la época? ¿Se puede decir que El nacimiento de una nación es, de facto, una obra maestra? Por descontado, yo no tengo la respuesta definitiva a ninguna de estas preguntas, pero si me cedes unos minutos de tu tiempo, te regalo estas líneas que componen mi visión particular al respecto.

Teniendo en cuenta la larguísima duración de la película, no es de extrañar que su estructura esté dividida en dos partes. La primera comienza con los prolegómenos de Guerra de Secesión Norteamericana y termina con el asesinato del presidente Abraham Lincoln a manos del actor John Wilkes Booth. La segunda recorre los años posteriores a la guerra y los procesos de reconstrucción que se pusieron en marcha para reintegrar a los Estados del Sur dentro de la Unión. Cuando se recuerda El nacimiento de una nación, a menudo se sitúa el foco en el tercio final, donde se desarrolla la mayor parte del contenido polémico y flagrantemente racista de la película. Sin embargo, la primera hora de este filme es un producto totalmente alejado de los delirios segregacionistas del desenlace.

La primera parte de la cinta cuenta el antes, el durante y el después de la guerra desde el punto de vista de dos familias, los Stoneman (nordistas) y los Cameron (sudistas), que a pesar de su estrecha amistad y cariño mutuo se ven obligados a luchar en bandos contrarios durante la contienda. Acompañada de delicados acordes musicales que flotan a modo de aureola celestial sobre los espacios de lirismo esculpidos por Griffith, la película nos introduce a personajes tremendamente humanos, que viven sus livianas preocupaciones ajenos al horror que se cierne sobre sus vidas. Estos momentos iniciales suponen un delicioso exponente de costumbrismo, que nos acerca con cuidado mimo a las realidades más cotidianas de sus personajes.

Insisto en que, a pesar de incurrir en algunos estereotipos raciales propios de la época, esta primera parte nada tiene que ver con la epopeya ultra-racista de los compases finales de la cinta. El primer tercio se centra principalmente en el drama humano que supuso la Guerra Civil, que enfrentó a amigos contra amigos y se cobró más de medio millón de muertes. El cometido principal del inicio del filme es denunciar los horrores de la guerra (es innegable, no obstante, que incluso en este pasaje, la película hace gala de una notoria deferencia por el bando sudista).

Los primeros compases de esta obra son, en definitiva, un excelente producto que eleva las mayores virtudes del séptimo arte hasta terrenos vírgenes e inexplorados en aquella temprana época y redefinen el arte de contar historias.

El 9 de abril de 1865, el general confederado Robert E. Lee firma en el condado de Appomattox (Virginia) la rendición definitiva de los ejércitos del sur (episodio que es breve y brillantemente retratado en la película) marcando el final de la guerra. El cese de las hostilidades marcó el inicio de la llamada reconstrucción, plan orquestado por el presidente Abraham Lincoln para reintegrar a los territorios secesionistas en la Unión. La visión magnánima y benevolente de Lincoln hacia los vencidos, que contemplaba el armisticio y la concesión de la ciudadanía a los excombatientes sudistas, chocaba frontalmente con la visión del ala radical de su partido, encabezada por Thaddeus Stevens, que exigía tratar a los Estados del sur como «territorios conquistados».



Si bien al principio se impuso la visión del presidente, este fue asesinado poco después del final de la guerra, y los poderes de la presidencia recayeron sobre el demócrata Andrew Johnson. A pesar de que Johnson siempre trató de mantener vivo el legado de Lincoln, las políticas llevadas a cabo en el sur por el nuevo mandatario fueron más tajantes y severas de las que seguramente habría promulgado Lincoln si hubiera vivido hasta el final de su mandato. Estos procesos de reeducación fueron vistos como un ultraje y una humillación por buena parte de la población del sur. Los principales damnificados fueron los estirados aristócratas y los dueños de plantaciones de algodón, que tras la guerra se vieron obligados a liberar a los esclavos y perdieron buena parte de sus fortunas.

Este caldo de cultivo dio lugar a una corriente literaria e historiográfica denominada narrativa de la causa perdida (Lost Cause Narrative), que tradujo el descontento de la vieja aristocracia sudista en un discurso político-cultural, presente en numerosos escritos y autores de la época, que romantizaba la causa de la confederación y demonizaba grotescamente a los afroamericanos y a los soldados nordistas.

Esta corriente historiográfica trataba de desvincular, o al menos de diluir, la asociación entre la causa confederada y la execrable institución de la esclavitud. Haciendo uso de un estilo narrativo engalanado y preciosista, estas obras pretendían narrar la guerra desde el punto de vista del sur. Sin embargo, esta narrativa supuso un ejercicio desesperado de revisionismo histórico que intentó reescribir los hechos acontecidos durante la segunda mitad del siglo XIX sobre un lienzo de falsedades que, por desgracia, dejó honda mella en el imaginario colectivo estadounidense.

De hecho, Woodrow Wilson, el que fuera presidente de Estados Unidos entre 1913 y 1921, fue uno de los autores más notorios de esta corriente debido a la publicación de su libro A history of american people (1901), donde ofrecía una visión histórica que se alineaba claramente con la narrativa de la causa perdida. También sería Wilson el que organizaría un pase exclusivo de El nacimiento de una nación en la Casa Blanca.

Es innegable que El nacimiento de una nación es partícipe explícito de esta nociva narrativa. La película no solo glorifica la causa confederada, sino que además perpetúa innumerables estereotipos grotescamente falsos e insultantes hacia la comunidad negra y justifica las terroríficas acciones del Ku Klux Klan, una secta racista, protonazi y asesina. Todo el valor que tiene la carga costumbrista e intimista de la primera mitad de la película se diluye en el tercio final en un delirante baile de falsedades históricas, mentiras flagrantes y apología del supremacismo blanco.

A pesar de las pioneras técnicas empleadas en el rodaje de la batalla final, que introdujeron rompedores arquetipos argumentales y líneas de lenguaje cinematográfico imposibles para la época, es una difícil tarea la de abstraerse por completo del abominable y vomitivo mensaje con el que Griffith martillea una y otra vez la pantalla. Porque ni siquiera es una cuestión de contextualizar la época en la que se hizo la película, pues la moraleja filofascista de esta cinta era tan polémica y rechazable ayer como lo es hoy.

Sin embargo, creo que si tenemos en cuenta el hecho de que D.W. Griffith nació en el Kentucky de la posguerra (en 1875), en pleno proceso de reconstrucción, podremos entender la concepción que hizo de esta obra no tanto como un ejercicio de odio irracional sino como un reflejo de la triste realidad social de aquel contexto geográfico y político. De hecho, el propio Griffith sintió que su obra había sido malinterpretada, lo que le llevó a realizar Intolerancia (1916), que es un relato pacifista y buenista con el que el director trató de sacudirse la etiqueta de racista sureño que le había granjeado su anterior cinta. Además, unos años antes Griffith había dirigido el cortometraje La rosa de Kentucky (1911), donde condenaba explícitamente las prácticas violentas del Ku Klux Klan. La figura de Griffith sigue estando, por lo tanto, envuelta en un enigmático halo de misterio y contradicciones.

A pesar de las  controversias y del deleznable mensaje que impregna el final de la película, creo que sería un acto de deshonestidad irracional y puritana desechar por completo los numerosísimos méritos del filme. Tanto por su íntima, lírica y brillante primera parte, como por sus irrepetibles logros en el apartado técnico, su puesta en escena, sus deslumbrantes decorados, su sobrecogedora música y sus sorpresivas escenas de acción, El nacimiento de una nación es, sin duda alguna, una gran obra maestra y uno de los mayores hitos de la historia del cine. En cuanto a su aterradora y bochornosa semántica racista, que quede para siempre como un recordatorio de los siniestros lugares hostiles de los que provenimos y a los que no debemos, bajo ningún concepto, retornar. (Carlos Portolés)

Recomendada.




sábado, 17 de septiembre de 2022

Moros y cristianos (Luis García Berlanga, 1987)

 

Título original: Moros y cristianos. Dirección: Luis García Berlanga. País: España. Año: 1987. Duración: 116 min. Género: Comedia.  

Guión: Rafael Azcona, Luis García Berlanga. Fotografía: Domingo Solano. Montaje: José Luis Matesanz. Decorados: Víctor Alarcon. Vestuario: Mercedes Sánchez Rau. Productor ejecutivo: José Luis Olaizola M. Productor asociado: Alfonso Ronda. Director de producción: Ricardo García Arrojo. Producción: Félix Tusell.

Goya 1987 a la Mejor Actriz de reparto (Verónica Forqué).

Fecha del estreno: 28 Octubre 1987 (España)

 

Reparto: Fernando Fernán Gómez (Don Fernando Planchadell), Agustín González (Agustín Planchadell), Pedro Ruiz (Pepe Planchadell), Rosa María Sardá (Cuqui Planchadell), José Luis López Vázquez (Jacinto López), María Luisa Ponte (Marcella), Andrés Pajares (Marcial), Luis Escobar (Fray Félix), Verónica Forqué (Monique), Chus Lampreave (Antonia), Antonio Resines (Olivares), Joan Monleón (Joan), Luis Ciges (ropero), Diana Peñalver (criada), Jorge Roelas (empleado), Pedro Romero, Florentino Soria (Florentino), Emilio Laguna (camarero), Chari Moreno (esposa de Pepe), Juan Tamarit (fotógrafo), Elena Santonja (Elena Santonja), José Luis Coll (José Luis Coll), Antonio de Senillosa (Antonio de Senillosa), Jaime Ojeda (Jaime Ojeda), Félix Dafauce (doctor Cervera), Pilar Ordóñez (policía municipal), Juan de Pablos, Marisa Tejada (mujer en televisión), Antonio Gómez Rufo (Palomares), José María Sacristán, Jack Wu (criado), Xavier Domingo, Adriano Domínguez, Gaspar Cano.

 

Sinopsis:

Una familia, propietaria de una fábrica de turrones, va a Madrid para promocionar sus productos en una feria gastronómica. Esta decisión la toman contra la opinión del patriarca y creador de la empresa, don Fernando Planchadell, que, fiel a sus principios, se resiste a toda innovación. Los maestros Berlanga y Azcona, aunque lejos de su mejor época artística, se vuelven a rodear de excelentes actores para conseguir uno de los mayores éxitos comerciales de su carrera.

 

Comentarios:

Moros y cristianos sigue, en su esquema argumental y en los mecanismos de comportamiento de los personajes en la pantalla, las huellas de algunas de las más audaces películas de Berlanga, sobre todo de su obra maestra, Plácido, un filme genial, una de las obras cumbres del cine europeo. Es la imagen del hormiguero humano, de la representación de los sórdidos vaivenes de una piña humana que actúa por encima o por debajo de los individuos que la componen y que parece obedecer a crispadas y arrolladoras leyes cómicas, en virtud de las cuales esa piña adquiere personalidad propia e independiente de quienes la componen. Es lo mismo que, sin la perfección de Plácido, Berlanga puso en práctica con más claridad en Vivan los novios, y que visualizó allí en su famosa imagen final -vergonzosamente amputada por la censura y por la empresa productora- del bicho, es decir de la conversión de ese grupo cómico en una entidad zoológica autónoma.

Pero lo que en Plácido era un estado de gracia, en Moros y cristianos parece en cambio haberse deslizado hacia un estado de desgracia: se percibe el mecanismo, pero no sus efectos; se conserva la lógica de la representación pero despojada ésta de signos profundos de humor y de vida. Y el aparato degenera en aparatosidad.

Berlanga, en vez de dominar las formas de representación cómica creadas por él, se ha dejado dominar por esas formas; el creador de un estilo libérrimo ha sido privado de libertad por él, de tal manera que lo que en otras películas suyas era un prodigio de concreción, en Moros y cristianos se hace caída en la abstracción.

Me explicaré. En sus grandes obras, Berlanga alcanza un memorable acoplamiento entre el encuadre (una complicadísima concepción del plano-secuencia, en el que persigue los recovecos del grupo cómico con pasmosa fluencia) y el contenido de ese encuadre (un no menos complicado hervidero de acciones, tipos y situaciones expuestas veloz y torrencialmente), de modo que entre la cámara y los actores se establece una cordial e irresistible corriente de acuerdos o ajustes de precisión milimétrica.

Por el contrario, en Moros y cristianos no hay fusión entre la cámara y lo que la cámara muestra o, de haberla, es una fusión artificiosa, un mecanismo mal engrasado, que chirría al menor forzamiento. El grupo cómico actúa para la cámara, pero sin reciprocidad, sin lograr interrelación entre ella y los actores. Éstos actúan al servicio del encuadre, sin que éste se ponga al servicio de ellos. De ahí proviene el desequilibrio que atenaza al filme y hace de él una buena ambición convertida en mal resultado. Por ello la película tiene gracia en escasísimas ocasiones y poca o ninguna en las más, queriendo inútilmente tenerla siempre. Los actores, que en los filmes logrados de Berlanga alcanzan la plenitud, aquí sólo llegan a ella parcialmente como consecuencia de ese desequilibrio. Pajares, Forqué y Ponte funcionan bien. Pero el resto o lo hace a ráfagas o no lo hace nunca, moviéndose penosamente en busca de entrar a presión en los encuadres y en ellos decir agarrotados sus diálogos y ofrecer sin expresividad sus gestos. Y percibimos que la materia del filme (el grupo, el hormiguero humano, el bicho) se ha convertido en materia muerta, en el cadáver de un estilo que otras veces ha sido explosión de vida. (Ángel Fernández-Santos)

Recomendada (con reservas).




viernes, 16 de septiembre de 2022

42 segundos (Àlex Murrull, Dani de la Orden, 2022)

 

Título original: 42 segundos. Dirección: Àlex Murrull, Dani de la Orden. País: España. Año: 2022. Duración: 106 min. Género: Drama.  

Guión: Carlos Franco. Fotografía: Pau Castejón. Música: Oscar Araujo. Montaje: Alberto Gutiérrez. Producción: Alberto Aranda, Toni Carrizosa.

Fecha del estreno: 2 Septiembre 2022 (España)

 

Reparto: Álvaro Cervantes, Jaime Lorente, Tarik Filipovic, Cristian Valencia, Alex Maruny, Artur Busquets, Pep Ambròs, Santos Adrián, Marc Bonnin, Eduardo Castresana, Alfons Nieto, Roger Casamajor, Julia Lara, Elisabet Terri, Xesc Cabot, Bárbara Mestanza, Joan Sentís.

 

Sinopsis:

A pocos meses de las olimpiadas de Barcelona 92, la selección española de waterpolo tiene todos los números para pasar sin pena ni gloria. No están preparados y necesitan un golpe de efecto si no quieren hacer el ridículo jugando en su propia casa. Ese revulsivo llega en forma de nuevo entrenador con fama de duro y técnicas de trabajo más que cuestionables. Por si fuera poco, la selección cuenta con dos líderes enfrentados por su manera de entender este deporte: Manel Estiarte y Pedro García Aguado. Pero gracias a un esfuerzo sobrehumano, al trabajo en equipo y al apoyo de todo un país, demostrarán al mundo entero que se puede llegar más allá de donde nunca imaginaron.

 

Comentarios: 

Pocos equipos que acabaron sobresaliendo en la historia del deporte han tenido en su tejido humano un material dramático real tan complejo y con tantas posibilidades cinematográficas como la selección española masculina de waterpolo de los años noventa, y principalmente durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Manel Estiarte, su capitán y mejor jugador, arrastraba el fantasma de una tragedia familiar de proporciones mayúsculas, que no desvelaremos aquí, pese a que se ha publicado y documentado, en pos del interés emocional de los espectadores. Pedro García Aguado, posterior estrella de la televisión tras su rehabilitación, era alcohólico y cocainómano pese a estar entre los mejores jugadores de aquella selección. Y Jesús Rollán, su joven portero, se transformaba en todopoderoso en el agua, aunque fuera de ella nunca pudiera dejar de ser ese hombre que juega y triunfa como un niño, no sabe manejarse en la cúspide y aún menos a la hora del retiro, y acabara suicidándose en un centro de tratamiento para las adicciones.

Quizá por todo ello una película como 42 segundos, retrato del camino de vino y rosas de aquella selección durante los juegos del 92, que ganó medallas en campeonatos del mundo y sucesivas citas olímpicas, sabe un tanto a oportunidad perdida. No es una mala película, ni mucho menos. Es digna, correcta. Pero quizá también obvia dentro de los parámetros del cine deportivo: da lo que se espera de ella, pero muy poco más, quedando más cerca de los comerciales biopics deportivos producidos por Disney en, precisamente, los años noventa (aunque los hubo notables, como El milagro), que de los grandes dramas del cine que, partiendo del deporte, lo terminan trascendiendo, caso de Foxcatcher y La soledad del corredor de fondo, por citar dos títulos radicalmente opuestos en cuando a estilos y épocas.

Los extremos del alma humana, los más oscuros y los más luminosos, los de la frustración y los de la gloria, tanto en la vida privada como en la deportiva, se tocaban en aquel equipo de waterpolo. También ciertos matices sociales y culturales, con el choque inicial entre la gente de barrio, petulante y casi sinvergüenza del grupo de jugadores de Madrid, y la frialdad, elegancia y cierta indolencia de los catalanes. La película, codirigida por el debutante Àlex Murrull y el muy prolífico Dani de la Orden, apuesta por el retrato vistoso, comercial y poco sutil, y un reparto encabezado por dos actores tan populares como Jaime Lorente y Álvaro Cervantes: el primero, en la piel de García, mejor en la rabia, el enfado y el empuje que en la chulería algo tópica; y Cervantes como la figura Estiarte, tan cerebrales ambos. Aparte de ellos, no hay más personajes, y eso es un lastre. Ni siquiera Rollán, al que ni se intenta trazar. Si acaso, la figura algo esquemática aunque muy efectiva del entrenador de aquel equipo, el croata Dragan Matutinovich, interpretado por el bosnio Tarik Filipovic, el ogro de disciplina militar que los encauzó; y el clarísimo émulo físico y gestual del Jonah Hill de Moneyball que representa el ayudante de Matutinovich.

Los traumas de sus dos protagonistas centran el arco dramático, mientras el deportivo, es decir, los partidos, correctamente filmados, se centran en la parte final del relato. 42 segundos, el tiempo que a veces separa la conquista y la decepción, tiene esporádicos buenos detalles de guion (el pasillo final y creerse de verdad los mejores), entresacados de llamativas declaraciones de aquel equipo en excelentes documentos televisivos como el Informe Robinson dedicado a Estiarte. A veces es un poco burda, particularmente en el enfrentamiento inicial entre Barcelona y Madrid. Y siempre resulta interesante y entretenida. Sin embargo, la sensación de disparo al poste en la última jugada es constante; de oportunidad marrada teniéndolo todo para haberse convertido en una gran película deportiva. (Javier Ocaña)

Recomendada (con reservas).



jueves, 15 de septiembre de 2022

Una noche en Miami… (Regina King, 2020)

 

Título original: One Night in Miami... Dirección: Regina King. País: USA. Año: 2020. Duración: 110 min. Género: Drama.  

Guión: Kemp Powers (basado en una obra de Kemp Powers). Fotografía: Tami Reiker. Música: Terence Blanchard. Montaje: Tariq Anwar. Producción: Jess Wu Calder, Keith Calder, Jody Klein.

Sección oficial (fuera de concurso) en el Festival de Venecia 2020. 3 nominaciones a los Oscar 2020 (incluyendo Mejor Actor secundario: Leslie Odom Jr.). 3 nominaciones a los Globos de Oro 2020 (incluyendo Mejor Director). 1ª finalista a Mejor Película en el Festival de Toronto 2020.

Fecha del estreno: 15 Enero 2021 (España)

 

Reparto: Kingsley Ben-Adir (Malcolm X), Eli Goree (Muhammad Ali), Aldis Hodge (Jim Brown), Leslie Odom Jr. (Sam Cooke), Lance Reddick (Brother Kareem), Nicolette Robinson (Barbara Cooke), Michael Imperioli (Angelo Dundee), Beau Bridges (Mr. Carlton), Marisa Miller, Joaquina Kalukango (Betty Shabaz), Jerome A. Wilson (Elijah Muhammad), Amondre D. Jackson (L.C. Cooke), Aaron D. Alexander (Sonny Liston), Christian Magby (Jamaal), Lawrence Gilliard Jr. (Drew Bundini Brown), Jeremy Pope (Jackie Wilson), Christopher Gorham (Johnny Carson).

 

Sinopsis:

A raíz de la victoria de Cassius Clay frente a Sonny Liston en 1964, el boxeador se reúne con el líder activista Malcolm X, el cantante Sam Cooke y el deportista Jim Brown en la habitación de un motel. Allí intercambiarán opiniones sobre la segregación de la población negra en el sur del país.

 

Comentarios:

Resultan algo chocantes las loas de buena parte de la crítica anglosajona al debut en la dirección de la actriz afroamericana Regina King. Una noche en Miami, adaptación convencional y sin ningún destello de la obra de teatro homónima de Kemp Powers, el coautor de Soul, recrea el supuesto encuentro en un motel de cuatro amigos, todos ellos absolutos ídolos de la cultura afroamericana. Estamos en 1964, Cassius Clay acaba de ganar su primer campeonato y pasa esa misma noche junto al líder político Malcolm X, el cantante Sam Cooke y el jugador de fútbol americano Jim Brown. A punto de transformarse en Muhammad Ali, el boxeador y sus amigos discuten sobre violencia, derechos civiles y activismo.

Cada uno de ellos pasa por un dilema personal y cada uno de ellos se enfrenta a los límites de su compromiso público. Con una estética de tienda de muebles vintage a lo Mad Men, lo mejor de la película ocurre entre las paredes del motel donde los cuatro personajes se reúnen para un combate verbal que en algunos momentos logra ser vibrante, pero que queda lastrado por concesiones a un público que reclama los mensajes más obvios y trillados. A la película no solo le sobran las ramplonas presentaciones de unos personajes archifamosos, sino que tampoco aporta nada demasiado original al intenso debate del Black Lives Matter.

La premiada actriz de Watchmen se detiene en cuatro hombres cuyas vidas cambiaron o se truncaron a partir de esa fecha. El duelo más interesante es entre los dos que murieron de forma violenta antes de tiempo. Apenas unos meses después, Sam Cooke (interpretado con convicción por Leslie Odom Jr) fue tiroteado hasta la muerte por una mujer en un extraño suceso ocurrido también en un motel, y Malcolm X, que en la película ya plantea su necesidad de abandonar la Nación del Islam, fue asesinado al año por uno de sus miembros. Encarnado por el actor británico Kingsley Ben-Adir, a su beligerancia le falta vigor. Eli Goree, quizá el mejor de los cuatro, logra hacer suyo el célebre histrionismo de Ali mientras que Jim Brown, encargado por Aldis Hodge, dota de un atractivo orgullo a un deportista que acabó su carrera como actor y activista.

Resulta extraño que en su debut, King haya optado por una historia 100% masculina después de sus sentidas promesas de paridad en sus proyectos cuando recibió el Globo de Oro de 2019 por su trabajo en El Blues de Beale Street, película que también la valió el Oscar a la mejor actriz secundaria. Nada que objetar a que todos los personajes de su ópera sean hombres si así lo requiere la historia, solo lamentar una vez más el activismo protocolario, de camiseta y alfombra roja. Dicho esto, Una noche en Miami es una película interesante y bien interpretada, poco más. (Elsa Fernández-Santos)

Recomendada (con reservas).