miércoles, 26 de junio de 2019

Pedro Almodóvar: León de Oro de Honor en el Festival de Venecia 2019


El cineasta español Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, 69 años) recibirá el León de Oro de Honor de la 76ª edición del Festival de Cine de Venecia. Almodóvar ha sido galardonado con este premio como reconocimiento a su carrera profesional, según anunciaron los organizadores del certamen, que se celebrará entre el 28 de agosto y el 7 de septiembre. La Bienal asegura en un comunicado que el director manchego es "el más grande e influyente" cineasta español desde Luis Buñuel. Almodóvar, por su parte, en otro mensaje, ha reconocido sentirse "muy emocionado" por el reconocimiento que le ha realizado el Festival en el que debutó internacionalmente.

El León de Honor se concede cada año a distintas personalidades del mundo del cine, no necesariamente a directores, como reconocimiento a su laureada trayectoria artística. En los últimos años, ha recaído en contadas ocasiones en realizadores. En 2017, el premio lo ganaron los actores estadounidenses Jane Fonda y Robert Redford, que ese año protagonizaron “Nosotros en la noche”, del director indio Ritesh Batra. Y un año antes, el galardón lo obtuvo el intérprete francés Jean-Paul Belmondo.

Almodóvar, cuya carrera como director arrancó a finales de los setenta, ha recordado que su debut internacional tuvo lugar precisamente en Venecia. "Me siento muy ilusionado y muy honrado con el regalo de este León de Oro. Guardo muy buenos recuerdos del Festival de Venecia. Debuté internacionalmente en 1983 con “Entre tinieblas” en este mismo certamen. Era la primera vez que una película mía salía fuera de España, Venecia supuso mi bautismo internacional y fue una experiencia maravillosa, igual que mi vuelta en 1988 con “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Este León se convertirá en mi mascota, junto a los dos gatos con los que ya vivo. Gracias de todo corazón al festival, por otorgarme este premio", ha asegurado el doble ganador del Oscar.

Almodóvar concursó el mes pasado en el Festival de Cannes con “Dolor y Gloria”, una especie de crónica de su memoria sentimental en la que el personaje del cineasta es interpretado por Antonio Banderas. El director manchego estuvo entre los favoritos a la Palma de Oro, pero finalmente fue el coreano Bong Joon-ho, con su filme “Parásitos”, quien obtuvo el gran premio. Banderas fue distinguido como mejor actor por ese Salvador Mallo alter ego de Almodóvar. “Dolor y gloria” lleva en España 920.000 entradas vendidas. En Italia, donde se estrenó hace varias semanas, ya ha tenido 450.000 espectadores.

Foto promocional de la película "Dolor y Gloria"

martes, 25 de junio de 2019

Adiós a la montadora Carmen Frías


Carmen Frías, una de las más prolíficas montadoras del cine español, falleció el pasado 31 de mayo de 2019 víctima de un cáncer a los 82 años. Ganadora de dos Goya por “El sueño del mono loco” y “Belle Époque”, fue también candidata por “La niña de tus ojos”, “Calle 54” y “El baile de la Victoria”, películas todas de Fernando Trueba, quien junto a Gerardo Herrero fueron los directores que más veces confiaron en su talento para la edición de cine.

En 2013 recibió el Premio Mujeres de Cine dentro del festival de Gijón, en homenaje a su currículo, compuesto por películas como “Los viajes escolares” (1974), de Jaime Chávarri; “Sé infiel y no mires con quién” (1985), de Trueba;  “El año de las luces” (1986), de Trueba; “Cómo ser mujer y no morir en el intento” (1991), de Ana Belén; “Lo más natural” (1991), de Josefina Molina; “Huevos de oro” (1993), de Bigas Luna; “La teta y la luna” (1994), de Bigas Luna; “Malena es un nombre de tango” (1995), de Gerardo Herrero; “Guantanamera” (1995), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío; “Las cosas del querer II” (1995), de Chávarri; “Territorio Comanche” (1997), de Herrero; “El alquimista impaciente” (2002), de Patricia Ferreira; “El embrujo de Shanghái” (2002), de Fernando Trueba; “El misterio Galíndez” (2003), de Herrero... y así hasta más de 80 productos audiovisuales entre cortos, series, documentales y largometrajes. Su hija Berta Frías también se dedicó durante un tiempo al montaje.

Carmen Frías recibiendo el Premio "Mujeres de Cine"

Hija del atrecista Manuel Frías, nació en Bétera (Valencia) por culpa de la Guerra Civil, aunque creció en Madrid. Por recomendación de su padre empezó a trabajar como meritoria de montaje con Petra de Nieva siendo aún adolescente, mientras De Nieva edita “Brindis al cielo” (1953), de José Buchs. Frías trabajó ya de ayudante con más montadores en los años cincuenta y sesenta, pero siempre aseguró que quien de verdad le enseñó a ir más lejos de la técnica fue Antonio Isasi-Isasmendi, que empezó en el montaje antes de escribir y dirigir sus propios filmes. "Con él yo me encontré por primera vez con 100.000 metros rodados cuando la media de las películas españolas era de 20.000 o como mucho 30.000. Fue ahí cuando cogí verdaderamente toda la experiencia. El propio Antonio cuando acabé me dijo: 'Ahora ya empiezas a ser una buena montadora”, contaba en 2013 tras recibir el Premio Mujeres de Cine.


A mediados de los sesenta se mudó a Cádiz siguiendo a su marido, que trabajaba allí. En 1971 decide regresar a Madrid y entra a trabajar en Televisión Española de donde la despiden al año siguiente, tras ser detenida por su pertenencia al Partido Comunista. Con la Transición volverá a TVE, de donde saldrá en los ochenta convencida por Fernando Trueba para que se dedique al cine en exclusiva. Frías definía así su lugar de trabajo: "La sala de montaje no es un confesionario, sino una sala de intimidad. Ahí se reescribe el guion de la película. Se va viendo cómo queda, cómo va a funcionar ante el público. El director está muy desnudo y se crea una relación muy estrecha. ¿Cuándo la relación funciona bien? Es una cuestión de piel. Si se tienen las mismas ideas enseguida se encuentran esos puntos en común. Si no surgen al principio, ya no se van a encontrar”. Al final, aseguraba, trabajaba para alguien que no le pagaba: "Cuando estoy montando una película trabajo a las órdenes del director y a las órdenes del productor en lo económico. Pero lo que yo tengo en la cabeza, en la frente, es el público. Puede parecer una tontería, pero realmente yo trabajo para el espectador. Nunca he dejado de ser espectadora”. 

Frías fue además Secretaria General del Sindicato de Técnicos Audiovisuales Cinematográficos del Estado Español (TACE), cargo al que no se presentó a una reelección en 2008, para dedicarse a la docencia.

Recordemos con este vídeo el feliz día en el que Carmen Frías recogió su Goya por “Belle Epoque”.




lunes, 24 de junio de 2019

Largo viaje hacia la noche (Bi Gan, 2018)


Título original: Di qiu zui hou de ye wan. Dirección: Bi Gan. País: China. Año: 2018. Duración: 133 min. Género: Drama.  
David Chizallet, Hung-i Yao (Fotografía), Bi Gan (Guión), Giong Lim, Point Hsu, Lim Giong, Point Hsu (Música), Huace Pictures, Zhejiang Huace Film & TV, Dangmai Films (Producción), Wuan Juan, Shen Yang (Producción ejecutiva), Yeh Chu-Chen, Li Hua (Vestuario).
Presentada en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2018.
Estreno en Sevilla: 14 Junio 2019.

Reparto:
Tang Wei (Wan Quiwen), Sylvia Chang (Madre de Wildcat), Meng Li, Huang Jue (Luo Hongwu), Chen Yongzhong, Lee Hong-Chi (Wildcat), Luo Feiyang (Wildcat joven).

Sinopsis:
Luo Hongwu regresa a Kaili, su ciudad natal, de la que huyó hace varios años. Comienza la búsqueda de la mujer que amaba, y a quien nunca ha podido olvidar. Ella dijo que su nombre era Wan Quiwen.

Comentarios:
En los últimos años un puñado de autores de todo el mundo y de variados estilos ha rescatado las posibilidades del formato cinematográfico para establecer metáforas sobre el relato en sí, para ahondar en la lógica interna y en el estado mental o social de sus personajes, para acompañar al fondo del asunto con algo tan, en principio, técnico como las condiciones de la proyección.
Con el formato académico 1,37:1 de “Ida”, hoy tan desacostumbrado, Pawel Pawlikowski encerraba a sus criaturas en una pantalla casi carcelaria de la que, como en la historia de fondo, les resultaba imposible salir, sumando además una puesta en escena donde los personajes ocupaban la parte inferior del encuadre, con mucho aire por arriba: acogotados por el formato y por la vida. De un modo semejante, el de la prisión social, Xavier Dolan filmó al protagonista de “Mommy” en un aún más extraño 1:1, configuración cuadrada de la que en un instante sublime escapaba gracias al ensanchamiento de la pantalla hasta un panorámico 1,85:1.
Y ahora el chino Bi Gan ha ido más allá con “Largo viaje hacia la noche”, una película marcada por una solución que trasciende la técnica para alcanzar el onirismo exacerbado y la inolvidable experiencia cinematográfica. Un cambio en el núcleo central del relato desde las habituales dos dimensiones hasta la tridimensionalidad, que se produce cuando el protagonista de la historia se pone unas gafas: es entonces cuando el espectador debe colocarse las suyas de 3D e iniciar así una vivencia poco común en la butaca. Un dispositivo en modo alguno caprichoso, que va acompañado de un recurso de puesta en escena que hace confluir a la perfección el fondo y la forma: 50 minutos de plano secuencia sin (aparentes) cortes de montaje. Así, el viaje del personaje por la desolación y la búsqueda, por el amor perdido, por un mundo al mismo tiempo real y ensoñador, es también el nuestro como espectadores. Una alucinación mental portentosa, expuesta con la milimétrica cadencia de movimientos que el director chino ya había demostrado en su primera película: “Kaili Blues”, de 2015.
Eso sí, independientemente del ensayo inmersivo, “Largo viaje hacia la noche” se puede hacer un tanto cuesta arriba porque Bi, también guionista, se regodea quizá en exceso con su concepto del tiempo, y ahí la secuencia de la manzana, de raíz bressoniana, quizá pueda resultar ejemplificadora junto a la de la partida de pimpón. Como Wong Kar-wai, referencia meridiana en muchos aspectos (el tratamiento del color y las texturas, cierta simbología), el cineasta chino acude a la presencia física del tiempo por medio de relojes y diálogos. Pero no se conforma con eso; también rescata su detención de la vida a través de una de sus imágenes insignia: la de la cabeza sobre el hombro y el pecho del amante, filmada con un plano frontal.
Hay en “Largo viaje hacia la noche” una magnífica introspección sobre la dicotomía entre el sueño y el recuerdo. Pero, quizá también, una rémora de autocomplacencia, de deleite excesivo en su propia capacidad para el asombro, que es mucha, dejando un tanto de lado su, en demasiados momentos, confusa narrativa. (Javier Ocaña).
Recomendada (con reservas).

domingo, 23 de junio de 2019

El creyente (Cédric Kahn, 2018)


Título original: La prière. Dirección: Cédric Kahn. País: Francia. Año: 2018. Duración: 107 min. Género: Drama.  
Yves Cape (Fotografía), Fanny Burdino, Samuel Doux, Cedric Kahn (Guión), Nicolas Cantin, Sylvain Malbrant, Olivier Goinard (Música), Sylvie Palat, Benoît Quainon (Producción), Alice Cambournac (Vestuario).
Oso de Plata al Mejor Actor (Anthony Bajon) en el Festival de Cine de Berlín 2018.
Estreno en Sevilla: 7 Junio 2019.

Reparto:
Anthony Bajon (Thomas), Damiene Chapelle (Pierre), Alex Brendemühl (Marco), Louise Grinberg (Sybille), Zsolt Kovacs (Padre Luc), Antoine Amblard (Agnés), Magne-Havard Brekke (Olivier), Hannah Schygulla (Hermana Myriam).

Sinopsis:
Para superar su drogodependencia, Thomas, un joven de 22 años, se une a una comunidad religiosa aislada en el monte en la que los jóvenes se rehabilitan a través del recogimiento espiritual. Thomas habrá de pelear con sus demonios interiores, con su rechazo inicial y con la presencia de Sybille, de la que comienza a enamorarse. Solo venciendo esa lucha podrá descubrir los valores reales de la amistad, el trabajo, el amor y la fe.

Comentarios:
La música sacra y el technodance libran un conciso pulso por el alma de Thomas en un austero plano cerca del final de “El creyente”, particular ejercicio de estilo en torno a un cine de la trascendencia que firma Cédric Kahn. Es un momento que bordea lo risible y que, en realidad, no hace completa justicia a este trabajo que logra describir el funcionamiento de una comunidad aislada -un centro de desintoxicación que usa la plegaria para reconducir destinos-, pero esquiva una pregunta tan necesaria como insidiosa -¿no son acaso el ritual y la oración otro mecanismo de alienación?- y, sobre todo, no consigue transmitir con su esforzado juego caligráfico el proceso de redención espiritual que centra su relato. La obviedad de ese pulso entre lo sacro y el dance sirve de diagnóstico de las debilidades de la película: Kahn necesita recurrir a citas externas para enmascarar su pobreza léxica.
Thomas (Anthony Bajon) es un joven adicto a la heroína que llega a un centro rural de desintoxicación con enigmático bagaje vital a sus espaldas. Un plano que enfrenta su escorzo a un camino vacío, en el día de las visitas familiares, es la elegante manera que tiene Kahn de esquivar todo psicologismo. Sus dificultades de integración irán dando paso a una serie de momentos reveladores -la secuencia de la reparadora urgencia afectiva y sexual tras un súbito encuentro con la muerte transpira verdad- que desembocarán en una duda muy humana entre las posibilidades redentoras de la vocación o del amor.
Anthony Bajon es pura fisicidad con un cierto punto Dardenne. Los rostros de Álex Brendemühl y Hanna Schygulla delatan el buen ojo de Kahn: bajo su tranquilizador influjo uno incluso podría convertirse a una fe preconciliar. Pero el modo en que el cineasta invoca la larga noche oscura del alma de “Stromboli” (1950) y el largo y tortuoso camino de “Pickpocket” (1959) dejan claro lo lejos que estamos aquí de cineastas como Schrader, Dumont, Von Trier o Reygadas, capaces de someter a tensión (y no a mecánica reiteración) la estilística de la trascendencia. (Jordi Costa).
No Recomendada.