sábado, 25 de mayo de 2019

Un hombre fiel (Louis Garrel, 2018)


Título original: L'homme fidèle. Dirección: Louis Garrel. País: Francia. Año: 2018. Duración: 76 min. Género: Comedia dramática.  
Irina Lubtchansky (Fotografía), Louis Garrel, Jean-Claude Carrière (Guión), Pascal Caucheteux, Gregoire Sorlat (Producción), Martine Cassinelli, Melissa Malinbaum (Producción ejecutiva), Christel Baras (Casting).
Premio al Mejor Guión en el Festival de Cine de San Sebastián 2018. Premio al Mejor Director en el Festival de Cine de Buenos Aires BAFIC 2019.
Estreno en Sevilla: 17 Mayo 2019.

Reparto:
Louis Garrel (Abel), Laetitia Casta (Marianne), Joseph Engel (Joseph), Lily-Rose Depp (Eve), Vladislav Galard, Bakary Sangaré, Kiara Carrière,  Dali Benssalah.

Sinopsis:
Marianne deja a Abel por Paul, su mejor amigo y padre del hijo que está esperando. Ocho años más tarde, Paul muere y Abel vuelve con Marianne. Esto provoca los celos del hijo de Marianne y de la hermana de Paul, Eva, enamorada en secreto de Abel desde su infancia.

Comentarios:
Louis Garrel, hijo de una de las figuras más indomesticables en la órbita de la Nouvelle Vague, es uno de esos franceses que parecen haber nacido con su propio Antoine Doinel interior. Doinel como un doble portátil –y un ancestro compartido- que quizá determina cada uno de sus pasos creativos y acaso también funcione como insidioso Pepito Grillo cada vez que el pobre incurre en una falta de respeto a la memoria colectiva de esa generación, ya sea al servicio de la falsa nostalgia –Soñadores (2003) de Bernardo Bertolucci- o del desacato de marketing –Mal genio (2017) de Michel Hazanavicius-. En “El hombre fiel”, su segundo largometraje como director, Garrel se entrega plenamente al armonioso diálogo con esa carga sentimental y cultural, y lo hace colocando “Besos robados” (1968) en lo más alto de su constelación referencial, pero sorteando los peligros de la mímesis y la vacua mitomanía.
En “Un hombre fiel”, Louis Garrel es Abel, un tipo que es presentado al espectador, sin más preámbulo, como víctima de una ruptura abrupta, cuando su compañera sentimental le comunica que está embarazada de un amigo de la pareja. Las mudanzas de este contrariado pupas sentimental serán uno de los leitmotivs de este relato que volverá a unir a los dos personajes, elipsis y funeral mediante, algunos años más tarde, sumando a la ecuación a un niño afecto al fantaseo criminal y a la hermana del padre difunto, enamoradísima de Abel desde su infancia. Con la colaboración en el guión del veterano Jean-Claude Carrière, Garrel juega en su conciso metraje con la multiplicación del punto de vista, dando voz a los tres vértices de este triángulo que se mueve con respiración de comedia ligera, sin que por ello se ahoguen o relativicen los punzantes latidos de los males de amor.
Cuando Eve (Lily-Rose Depp) le declara la guerra en plena calle a Marianne (Laetitia Casta), “Un hombre fiel” muestra otra valiosa carta: si muchos franceses llevan dentro un Antoine Doinel, no es menos cierto que, en el teatro sentimental parisino, parecen seguirse escuchando, aunque suavemente atenuados, los ecos de la novela libertina. (Jordi Costa)
Recomendada.

viernes, 24 de mayo de 2019

El libro del 60 aniversario de “Con faldas y a lo loco”.

 

Nunca tuvieron un buen final, y decidieron mantener el que había escrito, que copiaba el cierre de un chiste famoso en la época. Aquel "Nadie es perfecto" que responde Joe E. Brown a Jack Lemmon cuando este le revela que no es una mujer -como aparenta por su disfraz de Dafne- sino un hombre, Jerry, es el cierre a una comedia perfecta, “Con faldas y a lo loco”, de la que esta primavera se cumplen 60 años de su estreno en Estados Unidos. Obra de un cineasta excepcional, Billy Wilder, que, como aseguraba su esposa, tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar. Wilder era rápido de lengua, vivaz en los guiones, y discípulo aventajado de Ernst Lubitsch. De ese cóctel surgieron algunas de las más grandes películas de la historia del cine: “El apartamento”, “El crepúsculo de los dioses”, “Sabrina”, “Días sin huella”, “Uno, dos, tres…”, “La tentación vive arriba”, etc. Y muchas más. A “Con faldas y a lo loco” dedica ahora un libro colectivo, titulado como la película, la editorial Notorius, que realiza un amplio recorrido por la película, Wilder y sus influencias.

Como cuenta al inicio del volumen Joaquín Vallet, Wilder no se entiende sin Lubitsch, pero a cambio llegó más lejos, incluyendo muchos elementos políticos y sociales donde el primero jugaba solo con la seducción. Ese toque Lubitsch "Wilder intentó definirlo de la siguiente manera: 'Al público no hay que dárselo todo masticado, como si fuera tonto. A diferencia de otros directores que dicen que dos y dos son cuatro, Lubitsch dice dos y dos... y eso es todo. El público saca sus propias conclusiones".

Wilder realizó “Con faldas y a lo loco” a finales de los años cincuenta, tras “Testigo de cargo” y antes de “El apartamento”. Con ella comenzaron sus colaboraciones con Jack Lemmon, con el que rodará seis películas más, y con el guionista I. A. L. Diamond. Diamond y Wilder habían trabajado juntos en “Ariane”; después, Wilder recurrió a otros escritores en “El héroe solitario” y “Testigo de cargo”, y volvió al talento de Diamond en “Con faldas y a lo loco”. Nunca más se separaron.


La fuente de inspiración procedía del cine, de la comedia alemana “Ellas somos nosotros” (1951), que a su vez se basaba en una película francesa, “Fanfare d’Amour”, de 1935. En ambos títulos los músicos protagonistas se disfrazaban por hambre y travestidos ligaban con una chica sexy. Wilder y Diamond vendieron la idea a los hermanos Mirisch —productores forrados de dinero gracias a sus inversiones en los caramelos y chocolates Hershey—, quienes aprobaron un presupuesto de tres millones de euros sin tener reparto. Y un buen día de febrero de 1958, Wilder se acercó a la mesa que ocupaba Jack Lemmon en el restaurante Domick’s y le soltó: “Tengo una idea para una película en la que me gustaría que intervinieras. Ahora no tengo tiempo, pero te digo de qué trata. Son dos hombres que huyen de unos gánsteres porque corre peligro su vida, se disfrazan con ropa de mujer y se unen a una orquesta femenina”. Wilder y Diamond cambiaron el hambre por la muerte, mejor, por la amenaza de ser asesinados, y por ello trasladaron la acción a 1929, a Chicago, a la matanza del día de San Valentín, de la que son testigos los dos protagonistas.

Según Tony Curtis, en el reparto inicial estaban él, Frank Sinatra y Mirzy Gaynor como trío protagonista. A Wilder le costó convencer a los Mirisch de que Lemmon era la mejor opción tras la deserción de Sinatra, que ni siquiera fue a las citas concertadas con el cineasta. Y en cuanto a Marilyn Monroe, entró al proyecto tras recordar por carta al director lo feliz que fue trabajando en “La tentación vive arriba”. Y Wilder lo tenía claro: “El papel de Sugar era el más flojo, así que el truco era que lo interpretara la actriz más fuerte”. Monroe firmó tras leer un resumen y sin darse cuenta de que la película sería en blanco y negro, cuando en sus contratos imponía filmar en color. El blanco y negro se usó para enmascarar el maquillaje de Lemmon y Curtis. La actriz accedió a cambio de un sueldo de 200.000 dólares más un 10% de los ingresos brutos.

Curtis recuerda en sus memorias: “Billy nos envió al baño de mujeres del estudio. Nos pusimos delante de un espejo a retocarnos el maquillaje mientras entraban y salían las chicas. Las saludábamos y ellas nos correspondían con risas. Tras un rato, sale la última, yo le suelto: ‘¡Adiós!’; y ella me mira y dice: ‘Hasta luego, Tony’. Aún me parto”. Al día siguiente, mejorado el maquillaje, ninguna mujer les reconoció, pensando que eran extras de una película de época. “La idea general era que yo acentuara un estilo Grace Kelly, y Jack... bueno, Jack debía acercarse a una prostituta”.

El rodaje, que comenzó el 4 de agosto de 1958, fue un infierno por culpa de Marilyn Monroe. Para el plano en que llama a una puerta y dice: “Soy yo, Sugar”, necesitó 47 tomas. Wilder llegó a escribirle la frase en una pizarra. Aunque la leyenda crece en el momento en que en el hotel Sugar entra en una habitación y mientras busca entre sus cajones pregunta: “¿Dónde está el burbon?”. Cuatro palabras. Empezaron por la mañana, siguieron por la tarde y llenaron los cajones de letreros con la frase. Según unas fuentes rodaron 59 tomas, otras aumentan a 83. Y aún así, en la película Monroe está de espaldas, truco para añadir su frase en posproducción. Wilder contaba esto de la actriz: “Tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató a las seis de la mañana cada día, y sería capaz de recitar los diálogos incluso al revés... pero, ¿quién querría verla? De todos modos, mientras todos los del equipo esperábamos a Marilyn, no perdíamos completamente el tiempo. Incluso pudimos hacernos con una cultura; yo, sin ir más lejos, tuve la oportunidad de leer Guerra y paz y Los miserables”.


En septiembre, cuando se trasladaron a Coronado, San Diego, al hotel Del Coronado, que recreaba los exteriores de una playa de Florida, la cosa fue a peor. Al séquito de Monroe, encabezado por Paula Strasberg como consejera interpretativa, se sumó un ginecólogo, Leon Krohn. La actriz estaba embarazada y tenía miedo de volver a perder al posible hijo, como le había ocurrido en ocasiones anteriores. Por eso el dramaturgo Arthur Miller, su marido, le pidió a Wilder que la actriz trabajara solo por las mañanas. “Dijo que estaba demasiado agotada para someterse al trabajo al aire libre bajo el sol de la tarde. ‘¿Por la mañana? ¡Si nunca aparece hasta después de las doce! ¡Arthur, tráemela a las nueve y podrás llevártela a las once y media!’. Trabajábamos con una bomba de relojería, llevábamos veinte días de retraso, y sabe Dios cuánto nos habíamos excedido del presupuesto [al final el sobrecoste superó los 500.000 dólares], y ella tomaba montones de pastillas. Pero trabajábamos con Monroe, y ella era una rubia platino..., y no solo era el pelo, ni su éxito de taquilla. Lo que veías en pantalla no tenía precio”, comentaba el director. Como ejemplo de la inmensa inteligencia de Wilder, en la secuencia en la que Jerry le cuenta a Joe que se ha comprometido con un millonario, el director le dio unas maracas a Lemmon. cada vez que dice un chiste, las toca como reflejo de su felicidad. En realidad, lo hace para que el público pueda reírse y no tapar la siguiente broma.

Marilyn perdió el bebé el 16 de noviembre y su relación con Wilder se deterioró. Por eso, en las fotos de promoción de la película, Jack Lemmon y Tony Curtis posan con una rubia que no es Monroe, sino Sandra Warner, una de las chicas de la banda, cuyo rostro después fue sustituido por el de la protagonista. Monroe sí estuvo en cambio en la gira durante febrero y marzo de promoción del filme, primero en Nueva York y posteriormente por Estados Unidos, y se comportó de manera profesional. No pasaron por Kansas, donde la película fue prohibida por “peligrosa”. 

El filme ganó, tras un arranque taquillero flojo, una cantidad increíble de dinero. Cuando se retiró de cartel cuatro años después, había superado los 8 millones de dólares. Con sus ganancias, Wilder aumentó su colección de arte con una pintura y un dibujo de Paul Klee, un cuadro de Egon Schiele y otro de Braque. Como remata en el libro Teresa Llácer, "Some Like It Hot se revela como toda una grieta en el conservador muro de la doble moral estadounidense sobre el sexo, el amor y el travestismo que quebró gran parte de los preceptos de la censura para terminar arrasando en taquilla y convirtiéndose en una de las mejores comedias de la historia del cine".


jueves, 23 de mayo de 2019

Adiós a John Singleton


Pocos cineastas han dado un golpe en la mesa tan rotundo con su primera película como lo hizo John Singleton con tan solo 23 años cuando estrenó en 1991 “Los chicos del barrio (Boyz N The Hood)”, con la que logró ser el primer cineasta afroamericano y el realizador más joven en ser candidato al Oscar a la mejor dirección y además sumó otra candidatura al guion original. No ganó, fue el año de “El silencio de los corderos”, pero Singleton entró en la industria por la puerta grande, y así inició una carrera en la que prefirió anteponer la calidad a la cantidad. Por eso, había mucho interés en varios proyectos con los que se relacionaba su nombre, el de un creador con solo 51 años, y que se pararon el pasado 17 de abril, cuando Singleton se acercó a realizarse un chequeo al hospital Cedars-Sinai en Los Ángeles y allí sufrió un derrame cerebral, probablemente relacionado con su hipertensión. En estos momentos, más allá de varios rumores sobre sus próximos proyectos, Singleton estaba produciendo la tercera temporada de Snowfall para la cadena FX.

Singleton, angelino, estudió Escritura Cinematográfica en la Universidad de California del Sur y obtuvo varios galardones universitarios, como el Premio Jack Nicholson (1989) y el Premio Robert Riskin (1990). Era un chaval con un gran guion bajo el brazo en el momento en que Spike Lee también estaba comiéndose el cine independiente y Columbia Pictures encontró en Singleton el perfecto director afroamericano: agresivo en su cine pero con clarividencia para entender las posibilidades que se le abrían en el sistema. Con su debut con “Los chicos del barrio”, realizado a los 23 años, se convirtió en el primer realizador afroamericano y el cineasta más joven -lo fue con 24 años- de la historia en ser candidato al Oscar a la mejor dirección, y de paso también le fue al mejor guion. “Los chicos del barrio” se basaba en sus propias experiencias en el barrio de South Central y Singleton recordaba años después que fueron sus padres, al mantenerle alejado de la calle, los que le salvaron de ser un delincuente más. "¿Sabe por qué me critican en Estados Unidos y me acusan de hacer cine violento? Porque soy negro. En mi país no les gusta que un negro haga algo bien", decía Singleton. Se convirtió en una voz poderosa en su comunidad.

A ese arranque excepcional le siguieron más películas sobre dramas urbanos en los barrios negros: “Justicia poética” (1993), “Semillas de rencor” (1995) o “Baby Boy” (2001), junto a denuncias sobre el racismo en Estados Unidos, como “Rosewood” (1997) sobre un linchamiento ocurrido en 1923. Singleton demostró también buenas manos para el blockbuster, como quedó claro en “Shaft: The Return” (2000), en el que el mítico personaje resucitaba con el rostro de Samuel L. Jackson, o “2 Fast 2 Furious: a todo gas 2” (2003).

Le gustaban los wésterns -de ahí su característica toma de cámara que rodea a los protagonistas y su película favorita, “El pistolero”, de Henry King- y se convirtió en padrino de varios raperos que con él se convirtieron en actores: el mejor ejemplo es Ice Cube, al que conoció cuando Singleton era becario en el programa de televisión “The Arsenio Hall Show” y escribía “Los chicos del barrio”. Convenció a Cube de que hiciera una prueba de cámara.

En 1995 aseguraba en una entrevista: "En la industria del cine de Estados Unidos no hay dinero para los negros; si no escribes, produces, y diriges tú mismo, no trabajas y si no trabajas, no comes". O: "La superioridad negra en todos los campos de Estados Unidos es apabullante. Los negros son los que marcan la pauta en el deporte, la música, el lenguaje, la moda, el baile, y puedo seguir... Lo próximo será el cine". Pero los estudios cerraron el grifo, y en 2014 Singleton seguía luchando para que la generación posterior a la suya, como la de Jordan Peele, pudiera desarrollar su arte con más libertad y presupuestos.
 
Fotograma de "Cuatro hermanos"
El nombre de Singleton aparece detrás de distintos proyectos que han dirigido otros o directamente malogrados. Amigo de Tupac Shakur, que actuó bajo sus órdenes, en 2013 parecía que iba a filmar el biopic del rapero, asesinado en 1996, hasta que por diferencias creativas con la empresa productora se salió del proyecto. Produjo para Craig Brewer un drama sobre un proxeneta que deviene en rapero, “Hustle & Flow” (2005). Fue un éxito, lo que no repitió con sus últimos esfuerzos como director: “Cuatro hermanos” (2005) y “Sin salida” (2011), un trabajo alimenticio. En la televisión encontró mejores proyectos, y con ellos estaba cuando sufrió el derrame cerebral. 

En definitiva, nos dejó un director que como nadie supo plasmar la vida en el gueto. Descanse en paz.