viernes, 21 de octubre de 2011

Más allá de la "adaptación": "Medea", de Lars von Trier, en DVD



Título originalMedeaAño de producción: 1988, para Danmarks Radio (Dinamarca). Director: Lars von Trier. Guión: Lars von Trier, según un original de Preben Thomsen y Carl Th. Dreyer basado en Medea, de Eurípides. Fotografía: Sejr Brockmann. Música: Joachim Holbeck. Montaje: Finnur Sveinsson. Diseño de producción: Annelise Bailey. Intérpretes: Udo Kier, Kirsten Olesen, Henning Jensen, Sølbjorg Højfeldt, Baard Owe, Ludmila Glinska, Preben Lerdorff Rye.  Editado en España en DVD por “a contracorriente films” (2011).

A finales de los ochenta la radio pública danesa le encargó a Lars von Trier la tarea de llevar a la televisión Medea, una de las grandes tragedias del ateniense Eurípides (480-406 a.C).  Se trataba de rodar un guión adaptado de Preben Thomsen y del gran Carl Theodor Dreyer que en su momento se había quedado en mero proyecto por problemas presupuestarios.  Pero el joven director, al que sólo en segunda instancia se le encomendó por cierto el rodaje, no se limitó a hacer una lectura “plana” del guión de Dreyer.  Según nos anuncia en el texto que acompaña a los títulos iniciales, Medea es un homenaje a Dreyer, pero no una película de Dreyer.  Nos disponemos a ver, en efecto, una película arriesgada, personalísima, que aun “oliendo” al cine del viejo maestro –La pasión de Juana de Arco (1928) y, sobre todo, Gertrud (1964)–, anticipa lo más singular del estilo de Lars von Trier.

Irene Papas en Las Troyanas (1971) de Kakogiannis

La tragedia griega se ha beneficiado de grandes adaptaciones cinematográficas.  Recordemos, si no, el Edipo Re (1967) o la misma Medea (1969) de Pasolini, y la emocionante versión de Las Troyanas filmada en 1971 por Mijalis Kakogiannis.  Gracias a ellas, el espectador se asoma por medio del lenguaje del cine al corazón de los viejos mitos, al meollo que los hace intemporales por dejarnos entrever verdades terribles de la naturaleza humana.  Por “culpa” de estos cineastas, no podemos pensar en Edipo sin hacerlo también en el broche de Yocasta (Silvana Mangano), que abre el camino hacia el sexo culpable y hacia la ceguera del remordimiento; ni en el poder del amor, al que se rinde la espada de Menelao, sin recordar los ojos de Helena (Irene Papas) en la jaula que la encierra como a un animal peligroso.  Algo parecido ocurre después de ver la Medea de Lars von Trier: el espectador asociará para siempre la tragedia de la hija de Eetes con una colina coronada por un árbol muerto de cuyas ramas cuelgan dos cuerpecitos sin vida, una imagen plasmada en el diseño de las letras del cartel original. 

Picado de Kirsten Olesen sobre la arena (Medea)

El destino de Medea, sin cuya ayuda Jasón, el más gris de los héroes griegos, jamás se hubiera apoderado del vellocino de oro, ha inspirado a artistas y literatos a largo de los siglos.  Medea es la extranjera que tiene que sobrevivir en un mundo de griegos y la mujer enamorada que convierte su humillación en la más terrible de las venganzas.  Medea es, por lo tanto, un eco de las mujeres fuertes de Dreyer, sobre todo de Gertrud, y un adelanto de las “heroínas” sufridoras de Lars von Trier, de las protagonistas de Rompiendo las olas (1996), Bailando en la oscuridad (2000), y especialmente de Grace (Nicole Kidman), la némesis terrible que lleva la ruina al pueblo de Dogville  (2003).  Es curioso comprobar cómo un clásico tempranamente “revisitado” puede proporcionarnos las claves interpretativas de uno de los directores más admirados y oscuros del cine actual.

Kirsten Olesen (Medea) y Udo Kier (Jasón) bajo la lluvia

Pero la Medea de Lars von Trier es algo más que la “adaptación” de un clásico a las inquietudes del espectador moderno, lo cual no deja de tener mérito cuando temas como la dialéctica entre occidental y extranjero (el enfoque en el que, por cierto, se recrea la versión de Pasolini) o la condición de la mujer en la sociedad patriarcal, se prestan fácilmente a lecturas “contemporáneas”.  La Medea de Eurípides es eso y mucho más, y el mérito del danés es utilizar los recursos del lenguaje cinematográfico para contarnos la historia con toda la complejidad del texto original.  El hombre frente a la mujer, el afán de poder frente al amor más entregado, el ciudadano frente al bárbaro...Medea también es todo esto, pero antes que nada se trata una historia ajena a toda “moralidad”, a toda “corrección política”, a toda “racionalidad, que nos pone en contacto directo con el “horror” sin tener que mostrar una sola gota de sangre.  Que se produzca o no la subsiguiente “catarsis” es algo que me contaréis después de ver la película.  Ni la más oscura de las películas de “terror” me ha producido jamás una “purificación” semejante.

La maravillosa fotografía –con un tratamiento filtrado de la luz muy del gusto del cine nórdico, con secuencias invadidas literalmente por la niebla–, y el sabio manejo de la cámara –con unos picados de Medea en la playa o sobre la tierra o unos contrapicados del cielo inolvidables y el protagonismo de los primeros planos– convierten el teatro en cine en estado puro, y la música, austera, casi imperceptible, subraya los momentos decisivos de la acción.  Todos estos recursos, finalmente, transforman en símbolo el entorno que rodea a los protagonistas: la naturaleza –las nubes, el agua que baña el cuerpo de Medea desde el mar o desde el cielo, los campos ondulados por el viento por los que se arrastra Jasón, enloquecido, en un círculo que nunca se acaba–, la herida en la pierna del hijo pequeño –que anticipa, por antítesis, su destino final–, o el caballo que galopa sin rumbo alcanzado por el veneno.

El caballo moribundo

En definitiva, una película sobresaliente, una obra excepcional digna de su director, de los guionistas y del poeta ateniense, y una sorprendente vía para conocer las pulsiones secretas del cine del maestro danés.


jueves, 20 de octubre de 2011

La novia de Frankenstein, James Whale, en CICUS



El próxima martes, 25 de octubre, nuestra Asociación “Linterna Mágica” comenzará su programación de actividades. Para inaugurar el curso hemos seleccionado una auténtica joya del cine clásico: La novia de Frankenstein (1935). La proyección de esta obra maestra tendrá lugar en el Auditorio del CICUS, en c/ Madre de Dios, a las 18,00 horas. Tras la proyección, una Mesa Redonda, repleta de interesantes comentarios sobre la película, conformará esta primera jornada organizada por la Asociación. 

Dentro del mítico ciclo de terror clásico de la Universal, La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935) es la primera continuación directa de uno de sus grandes títulos, El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931). La película, en la que se invirtieron 400.000 dólares y 46 días de rodaje, significó el pistoletazo de salida para las múltiples continuaciones y sagas que nos brindaría la mítica productora durante su edad dorada; y con mayor o menor acierto hasta mucho después de la misma.

La idea de rodar una continuación de Frankenstein, firmada también por James Whale, responsable de la primera parte, rondaba por la cabeza del impulsor de la saga y mandamás de la Universal, Carl Laemmle Jr., desde 1931. Pero para que el proyecto viera la luz definitivamente todavía faltaban algunos años, durante los cuales Whale empezó a perfilar totalmente su estilo con títulos tan remarcables como El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932) o El hombre invisible (The Invisible Man, 1933), en los que la mezcla entre lo terrorífico, lo insólito y el humor en pequeñas pinceladas empezaron a definir su modo de hacer.

La película arranca con un prólogo imposible pero encantador que sucede durante una de las legendarias veladas románticas entre el poeta Percy B. Shelley, su amante Mary Shelley y Lord Byron, entre otros, en Villa Diodati (Suiza). En la escena, Lord Byron alienta a la autora de la novela que nos ocupa, con la frase "cuéntanos tus infiernos mientras el cielo brama" (en referencia a la terrorífica tormenta que observamos a través de los ventanales). Lo curioso y aberrante del caso es que en lugar de proseguir con su novela, Whale y sus guionistas William Hurlbut y John L. Balderston deciden que Shelley continúe su narración donde se quedó la primera película; que en realidad supone una adaptación muy sui generis de la obra literaria, por medio de la versión teatral de la misma.

Elsa Lanchester y Boris Karloff

A los pocos minutos de metraje descubrimos que, al igual que la pequeña María, que creíamos muerta en el lago desde la primera parte, Frankenstein se salvó de su triste suerte al caer en un pozo de agua que se encontraba bajo el molino en llamas. En esta escena, en la que los antes enfurecidos lugareños, una vez disuelta la turba, se marchan abatidos ante la muestra de salvajismo que han protagonizado ellos mismos, ya se desvela fehacientemente el tono poético que envolverá toda la cinta, a pesar de tener que soportar a la cargante Una O'Connor, más lista que el hambre y convencida de que el monstruo sigue vivo, en uno de los mencionados y casi siempre incomprendidos toques de humor del director.

Otro de los grandes e ineludibles aciertos de la cinta es el doctor Pretorius, interpretado por Ernest Thesiger, a todas luces el auténtico monstruo de la función, el "Mister Hyde" de Henry Frankenstein, su otra cara, en definitiva, su complemento ideal.

Cabe destacar la extraña secuencia de los homúnculos en las botellas, en la que el doctor muestra sus pequeñas creaciones, encerradas en unos botes de cristal cilíndricos. En ellos observamos, igual de fascinados que Henry Frankenstein, unos diminutos personajes vivos que luchan por escapar de su encierro ante el placer de Pretorius. Lejos de lo que podría parecer al visionar esta curiosa escena, la película se basa en ideas de la escritora. Shelley ya hablaba de homúnculos en su novela, lo que, por otra parte, demuestra el gran conocimiento que tenían los guionistas y Whale sobre la obra.

Como nos cuentan muy acertadamente Tomás Fernández Valentí y Antonio José Navarro en su interesante ensayo sobre Frankenstein El mito de la vida artificial: "Los roles de cada uno de los homúnculos creados por Pretorius no son tan inocentes como parecen sino que, por el contrario, representan distintos estereotipos relacionados con el poder establecido y la dominación sexual, bien sea mediante la soberanía (ese rey, que por cierto, se escapa de su frasco buscando los favores de su azorada reina), las fantasías sexuales (la bailarina y la sirena), la tentación (el diablo), e incluso su represión moral institucionalizada (el arzobispo): poder y sexo que Pretorius desea canalizar creando a la criatura que mejor puede servir a sus ansias de notoriedad y, por qué no, quizá también a sus deseos más inconfesables: una mujer".

Dr. Frankenstein, la novia, el monstruo y el Dr. Pretorius

Aquí entendemos la importancia de esta escena, que aparte de inspirar a las posteriores creaciones de Dr. Cyclops [Ernest B. Schoedsack, 1940) o Muñecos infernales (The Devil-Doll, Tod Browning, 1936), nos resume el leit motiv de la obra en un instante prodigioso.

Continuando con las escenas magníficas (la película está repleta de ellas y es imposible enumerarlas todas aquí), el doctor Pretorius y la criatura, interpretada de nuevo por Boris Karloff, protagonizan uno de los momentos más intensos del filme, junto a la visita del monstruo al anciano ciego. Nos referimos a la que acontece en las catacumbas, donde se encuentran cara a cara los dos "monstruos", para brindar con vino por la creación de la vida a partir de la muerte. Esta escena, digna de pasar a los anales de la historia del cine como una de las mejores, supone una pieza soberbiamente iluminada, en la que Whale demuestra un sobrehumano dominio de la profundidad de campo, la fotografía y el encuadre. El instante en el que hace su aparición el monstruo, siendo iluminado por un haz de luz totalmente cenital, para acto seguido desaparecer por un momento hasta alcanzar el siguiente haz y entrar directamente en escena, es sencillamente perfecto.

También es crucial mencionar la interpretación; el grado de vileza, egoísmo y manipulación que alcanza Pretorius, en su irrefrenable carrera hacia sus objetivos, se retrata de una manera ejemplar, apoyada por la potente actuación del espectacular Boris Karloff. A partir de este momento, y por si nos quedaba alguna duda, estamos totalmente convencidos de que nada podrá detener la determinación del maléfico villano.

Pero acerquémonos por un momento al quid de la cuestión: la novia que nos prometía el título, como símbolo de la humanización del monstruo. Ésta aparece en escena entre impactantes explosiones eléctricas y rebuscados planos aberrados. Se trata de Elsa Lanchester, a quien ya habíamos visto como Mary Shelley en el prólogo de la cinta. Sus movimientos robóticos al surgir tras las vendas, su expresión de espanto inundando los enormes ojos, incapaces de descubrir al ser sensible que se esconde tras el monstruo y, cómo no, el peinado imposible con sus zigzagueantes mechas blancas, se han convertido por derecho propio en una imagen recurrente y obligatoria en la historia del cine.

La novia de Frankenstein, por muchos motivos, es una película muy superior a su predecesora. Cargada de poesía y genialidad, representa un extraño paréntesis en la no menos grandiosa producción de la Universal; alejada de todo cuanto la rodeaba, la película ha servido de inspiración y referente para multitud de directores y guionistas del cine actual. Una insólita y extravagante isla en un mar de grandes películas, que salió a flote gracias a un personaje como James Whale, que, al igual que el fascinante doctor Pretorius y sus botes de cristal, fue capaz de encerrar auténtica magia dentro de su película.

Nosotros, para ir abriendo boca, os invitamos a ver algunas imágenes de la película acompañadas por su banda sonora magnífica.

No os olvidéis, nos vemos el próximo martes para pasar un rato genial acompañados de la novia de Frankenstein. Hasta entonces.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Crazy, stupid, love, en cartelera



Título original: Crazy, stupid, love. Dirección: Glenn Ficarra y John Requa. País: USA. Año: 2011. Duración: 118 min. Género: Comedia dramática, romance. Guión: Dan Fogelman. Producción: Steve Carell y Denise Di Novi. Música: Christophe Beck y Nick Urata. Fotografía: Andrew Dunn. Montaje: Lee Haxall. Diseño de producción: William Arnold. Vestuario: Dayna Pink. Estreno en España: 7 Octubre 2011.
Intérpretes: Steve Carell (Cal Weaver), Ryan Gosling (Jacob Palmer), Julianne Moore (Emily), Emma Stone (Hannah), Marisa Tomei (Kate), Kevin Bacon (David Lindhagen), Josh Groban (Richard), Analeigh Tipton  (Jessica), John Carroll Lynch (Bernie), Joey King (Molly).

Sinopsis:
En esta película, el protagonista es un hombre (Steve Carell) cuya esposa (Julianne Moore) quiere divorciarse de él. Debido a su nueva situación, recurre a un especialista (Ryan Gosling) para que le ayude a relacionarse de nuevo con las mujeres. Marisa Tomei encarna a una de sus primeras citas.


Ryan Gosling y Steve Carrell


Calificación: 4, Deficiente.
Lo mejor de la película: Nos sorprende ver a buenos actores (Ryan Gosling, Kevi Bacon) y buenas actrices (Julianne Moore, Marisa Tomei) en este filme. Hacen lo que pueden, pero el guión no lo salva ni “Dios”.
Lo peor de la película: El personaje de Marisa Tomei es patético, pobre actriz. La película está exenta de originalidad y es un pelín misógina. Para colmo, con moralina.

Trailer de la película:

martes, 18 de octubre de 2011

Kevin Smith, ganador en Sitges 2011




El premio a la mejor película a Red State no sorprendió, estaba en la mayoría de quinielas de la 44 edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges. El jurado reconoce así la “resurrección” de Kevin Smith, autor de “Clerks”, Mallrats‘, ‘Persiguiendo a AmyoDogma‘, que atravesaba un bache creativo con películas decepcionantes como su pésimo anterior trabajo Vaya par de policías.

Se trata de la décima película que realiza Smith, conocido realizador independiente norteamericano. Su seña de identidad en prácticamente toda su filmografía es el abuso de un humor “burro” en situaciones absurdas, pero con las que al mismo tiempo es fácil verse identificado si te va su rollo. Esta película se anunciaba como un thriller opresivo y psicológico algo inaudito hasta la fecha para este realizador.


En esta película, Smith lanza un contundente ataque al fundamentalismo religioso, con claras alusiones a la actualidad y al auge de los grupos de extrema derecha estadounidense como el Tea Party.

Red State nos cuenta la historia de tres chavales que se ven envueltos en una emboscada y son secuestrados por una secta ultraconservadora.

Quim Casas, crítico de cine y miembro del jurado, apuntaba que «en momentos como el actual, este duro retrato sobre el fundamentalismo en la sociedad estadounidense cobra significativa importancia». El jurado también ha tenido en cuenta en su elección la intención de favorecer a una película que ha tenido enormes dificultades de distribución en Estados Unidos.

«Ha sido injustamente tratada, porque es una película incómoda que te lleva a terrenos que no te esperas», señalaba Juan Antonio Bayona, director y también miembro del jurado.

Otra de las grandes triunfadoras ha sido Attack the block, que ha arrasado con el premio especial del jurado, el de la crítica, el del público y el de mejor banda sonora. Esta comedia de ciencia ficción cuenta, con ritmo trepidante, frescura y desenfado, las peripecias de un grupo de jóvenes de un barrio marginal del sur de Londres que luchan contra una invasión alienígena. Casualmente se parecen mucho a los protagonistas de los altercados del pasado agosto en las calles de la capital británica.

El coreano Na Hong-jin consigue el premio al mejor director por The Yellow Sea, un intenso 'thriller' que relata la historia de un humilde taxista que acepta trabajar como sicario.

 

El premio al mejor actor ha sido para Michael Parks, magnífico en su interpretación del reverendo Cooper en Red State. Su personaje está inspirado en Fred Phelps, líder de la Iglesia Bautista de Westboro, que ha denunciado a Smith tras el estreno de la controvertida cinta en el Festival de Sundance.

Brit Marling se lleva el galardón a mejor actriz en la bellísima Otra Tierra, de Mike Cahill. La actriz estadounidense encarna a una inteligente joven que debe luchar contra su sentimiento de culpabilidad, tras atropellar en un accidente de coche a la mayoría de miembros de una familia. La aparición de un planeta idéntico a la Tierra ofrece a la protagonista una segunda oportunidad, un lugar para empezar de nuevo y enmendar los errores cometidos.

El cine español se ha ido casi de vacío. Sólo fue premiada Eva, de Kike Maíllo por sus efectos especiales. Al ser preguntado por la cuestión, el director del certamen, Ángel Sala recordó que apenas había películas españolas a competición y que en otras secciones su presencia española ha sido muy significativa. «El palmarés no es tan importante. El festival supone sobre todo una plataforma de promoción para estas cintas».

Este 44 Festival de Sitges demuestra una vez más la consolidación de un certamen que cada año rompe récords de asistencia, con más de 150.000 personas en esta edición.

domingo, 16 de octubre de 2011

La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944)

 

Título original: La torre de los siete jorobados. Dirección: Edgar Neville. País: España. Año: 1944. Duración: 81 min. Género: Terror, Fantástico.  

Guión: Edgar Neville, José Santugini (basado en la novela de Emilio Carrere). Fotografía: Henri Barreyre. Música: José Ruíz de Azagra. Montaje: Sara Ontañón. Maquillaje: Antonio Florido. Producción: Germán López Prieto, España Films-Germán López.

Fecha del estreno: 23 Noviembre 1944 (España)

 

Reparto: Antonio Casal (Basilio Beltrán), Isabel de Pomés (Inés), Guillermo Marín (Dr. Sabatino), Félix de Pomés (Don Robinson de Mantua), Julia Lajos (Madre de la 'Bella Medusa'), Julia Pachelo (Braulia), Manolita Morán (La 'Bella Medusa'), Antonio Riquelme (Don Zacarías), José Franco (Espectro de Napoleón).

 

Sinopsis:

En el Madrid castizo de finales del siglo XIX, el enigmático fantasma del doctor Mantua revela al joven Basilio la existencia de una ciudad subterránea en la que habitan unos siniestros personajes dedicados a actividades criminales. Basilio consigue dar con la Torre de Los Siete Jorobados, en cuyo interior permanece secuestrada e hipnotizada Inés, la sobrina del difunto doctor...

 

Comentarios:

Fantasmas, una judería subterránea, jorobados siniestros, control mental basado en la hipnosis, falsificación de moneda, una hermosa mujer amenazada… son algunos de los ingredientes presentes en esta obra dirigida por Edgar Neville (1899-1967) –un gato de pura cepa, a pesar de su nombre extranjero– y ambientada en un Madrid de finales del siglo XIX que destila genuino encanto kitsch. Un filme a redescubrir que brilla con potencia inusitada dentro del alicaído panorama del cine español de la posguerra.

Adaptación de la novela homónima de Emilio Carrere, La torre de los siete jorobados (1944) narra las peripecias de Basilio Beltrán (Antonio Casal), un joven algo ingenuo encaprichado de «La Bella Medusa» (Manolita Morán), la cantante de un espectáculo de variedades. Como conseguir la compañía de la muchacha (y de su tragona madre, que hace las veces de carabina) le sale bastante caro, trata de aumentar su pecunio jugando a la ruleta, consiguiendo en el juego la ayuda inesperada de un fantasma (Félix de Pomés). Pronto este, que se revelará como el espectro de don Robinsón de Mantua, un afamado arqueólogo, le pedirá como contrapartida a Basilio que proteja a su sobrina Inés (Isabel de Pomés), la cual se halla en un grave peligro.

Hijo de un ingeniero inglés y de una aristócrata española (de cuya familia heredaría el título de Conde de Berlanga del Duero), Edgar Neville compaginó sus estudios de abogado con una pasión creciente por las artes y el teatro que le hizo codearse con lo más granado de la intelectualidad de la época. Lorca, Manuel de Falla, Dalí o Buñuel… pero también con una generación de humoristas y escritores como Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Antonio Lara «Tono» o Miguel Mihura que, junto con el propio Neville, han sido etiquetados como «la otra Generación del 27».

 

 

Su trabajo como diplomático le permitió visitar Hollywood en 1928, donde entabló amistad con Charles Chaplin. Cediendo al poderoso influjo de la magia del cinematógrafo, Neville atrajo a un buen puñado de colegas a la «meca del cine» en pleno boom del sonoro, donde trabajaron principalmente en producciones de segunda fila: las versiones habladas en español que por aquel entonces realizaban las productoras estadounidenses para el mercado hispano.

Terminada la guerra civil, Neville se instala definitivamente en España consagrándose al cine, aunque sin dejar de lado otras disciplinas artísticas como la literatura, al teatro o la pintura. En 1944 realiza la que será su película más recordada: La torre de los siete jorobados. Otras muestras relevantes de su filmografía son La vida en un hilo (1945), El crimen de la calle Bordadores (1946), inspirado en el crimen de la calle Fuencarral, uno de los episodios más famosos de la crónica negra española, Domingo de carnaval (1947) y Nada (1947), adaptación de la novela de Carmen Laforet. Muchas de sus películas fueron protagonizadas por Conchita Montes, su compañera y musa desde los años treinta hasta su muerte.

 

 

Inspirada en la novela homónima de 1924 firmada por Emilio Carrere –si bien el texto original, fragmentario e incompleto, fue finalizado por Jesús de Aragón, un «negro» contratado por la editorial para tal efecto–, otro autor que como Neville estuvo bien posicionado durante la dictadura de Franco, La torre de los siete jorobados supone una atípica combinación de cine negro, intriga policial, folletín romántico, fantastique y costumbrismo castizo. Un conjunto que Neville adereza con deudas evidentes del expresionismo alemán y grandes dosis del humor festivo tan característico de su obra, una comicidad que rebosa ingenuidad aunque no desdeña la crítica social (la insoportable cursilería de la madre de la cupletista o el afán del protagonista por aparentar poseer un mayor estatus económico) ni los guiños absurdos.

La torre de los siete jorobados constituye una pieza imprescindible dentro de la historia del cine fantástico español, si bien hay que decir que el tiempo ha sido poco benévolo con ella; su humor de sainete resulta demasiado candoroso, las interpretaciones son algo acartonadas, la oposición entre héroes «guapos» y villanos «feos» es como poco maniquea y la convencional historia de amor –inexistente en la novela e insertada en la más pura tradición del happy end de Hollywood– rezuma almíbar. Unos fallos que en ningún caso oscurecen los muchos logros de una cinta que se revela como una verdadera rara avis dentro de la raquítica industria cinematográfica española de la década de los cuarenta, un filme pionero en la temática fantástica que se adelantó a su tiempo y que fue castigado por ello a nivel de crítica y taquilla a pesar de que Neville limó las referencias mágicas y esotéricas del original a golpes de sentimentalismo y folklore.

La torre de los siete jorobados se estrenó el 23 de noviembre de 1944. En opinión de Juan M. Company «constituye, junto con El crimen de la calle de Bordadores (1946), una de las más sólidas aportaciones de Neville a la recreación de un imaginario matritense decimonónico (…) Ambos títulos –cabría añadir a la relación Domingo de carnaval (1945), donde se celebra el Madrid barriobajero de 1917, barojiano y solanesco– son emblemáticos de la singular operación significante de Neville en el cine español de la época, actuando a contracorriente del engolamiento y la ampulosidad frecuentes en diversos films históricos de la época (…). Estamos de acuerdo con Emilio Sanz de Soto cuando afirma que en La torre de los siete jorobados Neville logra conciliar el realismo del sainete matritense con el irrealismo del expresionismo cinematográfico alemán. La convencional trama policial del film es protocolo de escasa importancia para el realizador –más preocupado en fotografiar y conseguir «el espeso ambiente de la época», como él mismo declarara a la revista Primer Plano en octubre de 1946 (Pérez Perucha, 1982)– pero no lo es tanto el solapamiento de la misma con los abundantes elementos fantásticos y folletinescos».

«El hallazgo de la ciudadela subterránea –añade– resulta tan fascinante para Basilio Beltrán –el protagonista, cuyo punto de vista rige la acción– como para el espectador, contribuyendo a ello tanto la fotografía en claroscuro de Enrique Barreyre como el talante expresionista caligaresco de los decorados de Pierre Schild, Francisco Escriñá y Antonio Simont. Pero, convengamos en ello, la ciudadela es también cifra de un saber reprimido, sepultado: el de los judíos que la construyeron como refugio, desobedeciendo el decreto de expulsión. Saber que se manifiesta, en clave esotérica y nocturna, en la figura del Doctor Sabatino y de forma esclarecida y diurna –transmisible al mundo exterior– en la presencia de un ensimismado (y cantarín) arqueólogo (Don Zacarías, interpretado por Antonio Riquelme) donde Neville desarrolla, desde otra perspectiva, un personaje que en el original literario de Carrere tenía un sentido bien distinto» (Antología Crítica del Cine Español 1906–1995, Cátedra, Filmoteca Española, 1997). (Mª Dolores Clemente)

Recomendada.