viernes, 5 de enero de 2018

Los estrenos en Sevilla de 05-01-2018



5 películas se estrenan el 5 de enero de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Tres producciones estadounidenses, una canadiense y una española. Quedan sin editar en nuestra ciudad la comedia de cine independiente “Qué fue de Brad” (Mike White, 2017), protagonizada por Ben Stiller y la comedia belga “Entre ellas” (Solange Cicurel, 2017). Comencemos el año pidiéndoles a los Reyes Magos que se queden menos películas sin estrenar en Sevilla. Echemos un repaso a los 5 filmes estrenados.     

 

 

Wonderstruck: El museo de las maravillas. (USA, 2017). Dir. Todd Haynes.   

Drama de época (años 20 y años 70) protagonizado por Oakes Fegley, Julianne Moore, Michelle Williams y Amy Hargreaves.

El score lo compone Carter Burwell.

9ª película que se estrena en nuestra ciudad de la Sección Oficial del Festival de Cannes 2017.

Preciosísima doble historia en «Wonderstruck», la de una niña sordomuda en la década de los años veinte y la de un niño accidentalmente sordo en la de los setenta, que el guion irá puntuando de modo paralelo y dejando rastros y sentimientos entre uno y otro, ambos huidos a Nueva York en busca de referencias paternales.

Esa capacidad inigualable de Haynes para empapar de época y buen gusto su cine («Carol», «Lejos del cielo»…) produce aquí un magnifico pulso visual entre los dos tiempos de ese Nueva York, en blanco y negro, en color y musical. Y aunque el atado de hilos narrativos en el guion, ese enternecedor lazo entre las dos historias y sus protagonistas, deja ver el nudo con antelación, se construye el puzzle sentimental con gran eficacia y emoción.

Todd Haynes es un cineasta muy admirado por Almodóvar, y aunque «Wonderstruck» no participe del universo melodramático del gusto del director manchego, hay que dejarlo en salazón para que aguante sin caducar hasta el final, por si acaso. Recomendada.

 

 

Molly´s Game. (USA, 2017). Dir. Aaron Sorkin.

Drama basado en hechos reales protagonizado por Jessica Chastain, Idris Elba, Kevin Costner y Michael Cera. 

Nominada a Mejor Guión y Mejor Actriz de Drama (Jessica Chastain) en los Globos de Oro 2017.

Moly es el nombre de la planta mágica que Hermes entregó a Odiseo para poder derrotar a la maga Circe, que había animalizado a los miembros de su tripulación tras seducirles con los placeres de su palacio. Circe podría ser la santa patrona de todos los casinos y burdeles del planeta: la portadora de un inquietante secreto, consistente en haber contemplado el porcino mínimo común denominador de todo sujeto necesitado de sus servicios y su discreción. Una sola letra separa a la planta mágica del nombre de la protagonista de la ópera prima como director de Aaron Sorkin, guionista que, en ningún momento de su trayectoria, había levantado el más mínimo atisbo de duda sobre su poderosa autoría, pese a no haberse sentado hasta ahora en la silla de mando del cineasta. Si Molly Bloom fuese objeto de su invención, uno podría acusarle de sobrecargarlo todo de significado, pero el personaje interpretado por Jessica Chastain en “Molly’s Game”, deportista malograda que se reinventó como emprendedora del póker ilegal, es tan real como el libro de memorias del que ha partido Sorkin para este debut de brillantez tan avasalladora como previsible. Quizá la biografía de Bloom demuestra que la vida es más poderosa que la ficción, pero el trabajo del director guionista sobre esa vida también demuestra que uno de los usos de la ficción puede ser el de extraer y amplificar todas las potencialidades simbólicas de una vida. Así, en un momento de la película, Molly piensa en sí misma como Circe y el espectador puede pensar que sí, Molly es, a la vez, Circe y su moly; la maga y su integridad para proteger el secreto, aun a su pesar.

También parece llovido del cielo el eco nominal joyceano en un trabajo dominado por la autoconciencia lingüística, donde los alcohólicos abren sus monólogos con hipotéticos títulos de novela negra o los jueces dictan sentencia como si pidieran un plato al camarero. El lenguaje, sinuoso como el recorrido de una esquiadora en una pista con baches, es el motor de este excepcional trabajo que, en su sentido cocainómano del montaje, sabe apropiarse de la vulgaridad de “El lobo de Wall Street” (2013) o “La gran apuesta” (2015) para subrayar que no es el glamour, sino la sordidez lo que está más cerca del dinero. Una brizna de integridad –el Santo Grial sorkiniano- aguarda en el último rincón del infierno materialista. Recomendada.



Que baje Dios y lo vea. (España, 2018). Dir. Curro Velázquez.

Comedia donde se mezcla la religión y el futbol, protagonizada por Karra Elejalde, Alain Hernández, J. M. Montilla "El Langui", Macarena García y  Tito Valverde.

El score lo compone Fernando Velázquez.

El costumbrismo suele tener siempre un as en la manga para proveerse indefinidamente de llamativos toques de atención: la realidad es un yacimiento inagotable para lo paradójico y lo aparentemente insensato. Así pues, la existencia de una Champions Clerum, competición deportiva que enfrenta a equipos de futbol sala europeos integrados por sacerdotes podría parecer la afortunada ocurrencia de un guionista con ganas de jugar a hacer una comedia de la Ealing, pero resulta que es material estrictamente proporcionado por la realidad: nacida en 2005, la competición ha obtenido sus puntuales y dispersos ecos informativos, ricos en la explotación de lo anecdótico –la querencia de los hombres de fe por el juego limpio y su resistencia a blasfemar en la cancha-, que atrajeron la atención del hasta ahora guionista Curro Velázquez a la hora de encontrar una premisa para su opera prima como director.

“Que baje Dios y lo vea” –proyecto que nació bajo el título de “Uno, equis, Dios”- se inscribe dentro de esa tradición de comedia deportiva que centra su atención en la superación de un reto colectivo desproporcionado en aras de una simbólica derrota del Bien contra el Mal: en este caso, los novicios de un monasterio amenazado por la especulación aspirarán a ese triunfo en la Champions Clerum que les garantizará la protección del territorio. Un buen material de partida para una comedia blanca que, no obstante, se malogra en un resultado que parece delatar un denso entramado de decisiones de productor caracterizadas por el automatismo y la mímesis irreflexiva de éxitos de taquilla precedentes.

Resulta desalentador que a un actor como Karra Elejalde no se le pida (o no se le deje) construir un personaje, porque lo que se busca no es a un actor que interprete a un monje, sino la inmediata comicidad derivada de un Karra –a poder ser, el mismo Karra de sus últimos trabajos- con hábito. Que la película conciba a los novicios como una suerte de tiernos inmaduros afectivos y que el camino a la victoria pase por la celebración de ese tan fastidioso factor identitario –los cojones- corona el desaliento. No Recomendada.



Insidious: La última llave. (USA, 2018). Dir. Adam Robitel.

Secuela de terror sobre elementos sobrenaturales, protagonizada por Lin Shaye, Angus Sampson, Leigh Whannell, Josh Stewart y Caitlin Gerard.

La cuarta entrega de 'Insidious' parece que deja a la franquicia sin ninguna parte a la que ir. Es extremadamente irregular y confusa y está mal desarrollada. Al ser la secuela de la precuela 'Insidious: Capítulo 3' (2015) –su relato, pues, habla de eventos justo anteriores a los narrados en 'Insidious' (2010)-, esta película intenta estrujar un poco más una saga ya gastada. El director Adam Robitel demuestra saber cómo construir tensión y despistar la atención del espectador, pero eso no evita que buena parte de los sustos sean predecibles en buena medida porque son los de siempre. Y la preocupación por conectar con la mitología preexistente resta foco a la historia y genera cierta sensación de rutina. Como resultado, 'La última llave' solo satisfará a completistas de la ficción seriada y a los más ávidos aficionados al género. No Recomendada.



Sola en casa. (Canadá, 2017). Dir. Peter Lepeniotis.

Película de animación.

Que hay un universo creativo alejado de las grandes productoras de cine de animación infantil se demuestra con la ingente cantidad de películas del formato que se vienen estrenando cada año, sobre todo en época vacacional. Sin embargo, que en esos territorios y casas, ajenos a la enorme maquinaria inventiva y publicitaria de tótems como Pixar, Disney, DreamWorks o Sony, se circule completamente por libre, con ideas propias, sin referentes provenientes precisamente de esos emblemas del éxito, tanto en el dibujo como en la narrativa, es bastante más dudoso. Por suerte los hay, pero no tantos como sería de celebrar.

Y entre los que, desde su época de cortometrajista, han visto domesticadas sus ínfulas creadoras está el canadiense Peter Lepeniotis, director debutante con la digna pero convencional “Operación Cacahuete”, demasiado alejada en materia innovadora de su pieza inspiradora, que decidió mantenerse al margen en la reciente secuela, y que de nuevo aparece por los cines españoles con su nueva obra: “Sola en casa”, película de cierta apariencia en algunos aspectos, pero usual en otros, que deambula entre lo peculiar y lo mil veces visto, en torno al sempiterno trauma de los críos por las constantes mudanzas de sus padres —en este caso madre, en solitario— de ciudad en ciudad, y por tanto de amigos en amigos, de vida en vida.

Mezcla de cotidianidad y de fantasía, con una nueva casa atestada de bárbaros trolls y de bondadosos gnomos, la película de Lepeniotis, a pesar del aspecto un tanto mecánico de su animación digital, destaca por la eficacia de la expresión corporal y facial de su chica protagonista. Esas caídas de ojos hacia sus mayores, esos arqueos de ceja, entre la chulería, el pasotismo y el falso beneplácito, tan típicos de la pre-adolescencia, están clavados en un dibujo de personaje muy simpático, que se completa incluso en los gestos de piernas, brazos y cuello, realistas a pesar de no serlo, en esa estampa tan habitual con la mirada fija en el móvil o tableta y los auriculares en las orejas.

Y aunque la historia no muestre nada nuevo, se nota que hay alguien con gusto para la puesta en escena animada y su montaje, sencillos y elegantes, desde luego mucho más trabajados, cinematográficos y sugestivos que sus insípidos y olvidables villanos de turno. No Recomendada.



Dando la nota 3. (USA, 2017). Dir. Trish Sie.

“La La Land” fue apenas un espejismo. Un año después de su triunfo, cualquier rendija abierta para la resurrección del musical clásico parece haberse cerrado mientras una saga tan escuchimizada como “Dando la nota” anda ya por su tercera entrega. Si en la primera película de la serie, independientemente de sus virtudes musicales, que no eran demasiadas, al menos había rebeldía, refrescantes mensajes sobre la alienación juvenil, chistes escatológicos descacharrantes, incorrección política y procacidad juvenil y feminista, “Dando la nota 3” languidece ahora entre convencionalismo, falta de atrevimiento y mecánica musical de andar por casa.

Como en las dos primeras películas de la franquicia, Kay Cannon, artífice de aquellas gotas de cianuro en la lengua de la estrellitas de American Idol, sigue al frente del guion, pero nada recuerda ya a aquella bomba de relojería. Porque al brío en la puesta en escena de Jason Moore, director de musicales de Broadway y candidato al premio Tony, le sucedió sin fuste alguno la actriz y productora Elizabeth Banks en la segunda parte de la saga, y ahora la todavía más pedestre Trish Sie en la tercera. Que en cuatro años “Dando la nota” haya pasado de estar dirigida por un prestigioso director teatral a ser comandada por la artífice de “Step up: all in” solo es síntoma de los derroteros que a veces toman las vidas adultas en pos de la horterada y el encefalograma plano.

Con números musicales cada vez más anodinos, la película tiene además un hilo conductor que tampoco parece demasiado revolucionario: las chicas del grupo a capella cruzan el charco para cantar en las bases militares del ejército estadounidense en tierras europeas, entre ellas la de Rota. De modo que parte del metraje se ha ido resquebrajando entre pensamientos malsanos de una posible competición en carnavales con las chirigotas gaditanas. No Recomendada.

lunes, 1 de enero de 2018

La princesa prometida: Paseo a través del tiempo y las generaciones



Que mejor manera de despedir el año 2017 y recibir al 2018 que recordando “La princesa prometida” una película intemporal que pasa a través de los años y las generaciones y que acaba de cumplir 30 años de su estreno en España en este mes de diciembre (Su estreno fue el 18-12-1987).
Es uno de esos cuentos imperecederos que nos cautivaron, nos siguen cautivando y nos seguirán cautivando a nosotros y a nuestras futuras generaciones sin duda alguna. Parte de una base de la aventura como género, que nos  guía hacia una narración en la que también figuran el romance, el suspense, el terror y, por supuesto, la comedia, pasando de uno a otro terreno de forma fluida e imperceptible. “La Princesa prometida” es una película de culto con la que han crecido varias generaciones en todo el mundo, es una historia narrada entre dos generaciones (abuelo y nieto) con distintas sensibilidades, por ello nos remite a ese algo atemporal e intangible que es la narración verbal, las historias pasadas de abuelos a padres y nietos.


Lo primero a destacar en esta película es el guion, basado en una novela de William Goldman, escritor, novelista, guionista y articulista estadounidense nacido en 1931 que escribió la novela con el alias de Simon Morguestern y la publico en 1973, se comenta que era un cuento dedicado a sus dos hijas y tras preguntarles sobre que les gustaría que hable el cuento, una de ellas sugirió la palabra princesa y otra la palabra boda. Goldman ha sido uno de los guionistas cinematográficos más afamados del último cuarto del siglo XX, ganó el Oscar al mejor guion original por Dos hombres y un destino en 1970 y otro al mejor guion adaptado por Todos los hombres del presidente en 1977. Desde la publicación de la novela fueron varios los intentos de llevarla a la pantalla, ya en 1973, la 20th Century Fox pagó al escritor medio millón de dólares en derechos de adaptación y como pago por su labor de guionista, asignó a Richard Lester como director y la cinta estaba en un tris de hacerse realidad cuando el responsable de producción de los estudios fue despedido y todo se paralizó, el director ha comentado que el mismísimo François Truffaut estuvo interesado en el proyecto. A la vista de que no se ponía en marcha el proyecto, el propio autor recompró los derechos de vuelta años más tarde, contacto con Reiner, de cuyo padre era amigo y ambos consiguieron que el proyecto se reactivase.

La historia comienza con el recurso del abuelo que le lee un cuento al nieto diciéndole "Cuando yo tenía tu edad, los libros eran nuestra televisión. Y este es un libro especial. Es el libro que mi padre me leía cuando yo estaba enfermo y que yo solía leerle a tu padre. Y hoy voy a leértelo a ti". Desde el aburrimiento inicial que el niño manifiesta ante la lectura, pasa a estar atrapado por la pura aventura, con una fenomenal persecución en los Acantilados de la Locura, y una secuencia de esgrima de las mejores, más divertidas e ingeniosas de la historia del cine, siguiendo con pruebas de astucia y de fuerza, realizadas para conseguir rescatar a su amor verdadero. En realidad, hay dos partes bien diferenciadas, la primera hasta que la princesa es liberada por el hombre de negro, y la segunda el nuevo intento de rescate, con un enamorado hecho polvo y ayudado por los dos antiguos enemigos. Durante toda la película se habla de amor y de venganza, pero sin ñoñería, ni de violencia, consiguiéndose un gran equilibrio estético que conquista a personas de cualquier edad y de cualquier parte del mundo.

El director Rob Reiner nos remite de una manera muy simple a valores universales y fácilmente comprensibles para cualquier generación, el amor y el honor. El amor se nos transmite como algo que no entiende de razas, ni clases sociales, ni género, ni de nada más que de sí mismo, ya que nos cuenta el amor de la pareja formada por Buttercup y Westley, pero también el de un abuelo por su nieto, y el que existe entre Fezzik el gigante, con su alma sensible capaz de concebir ingeniosas rimas mientras emplea su gran fuerza para salvar a sus amigos de cualquier peligro, y su inseparable amigo Íñigo Montoya, este peculiar dúo nos demuestra la importancia de la amistad para superar los obstáculos que se nos presenten en nuestras aventuras por la vida.
El honor, lo encarna Iñigo Montoya, un buscavidas que lleva veinte años intentando vengar la muerte de su padre, asesinado por un hombre con seis dedos en la mano derecha y no descansará hasta alcanzar su meta haciendo gala de unos modales excelentes como espadachín. La frase “Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre. Prepárate a morir" que Iñigo pronuncia repetidamente es mítica en el ideario cinéfilo. 
La película está filmada en impresionantes paisajes de Inglaterra e Irlanda, magníficamente fotografiada por Adrian Biddle (director de fotografía de Alien y de Willow). Esta acompañada por una maravillosa banda sonora realizada por Mark Knopfler, de Dire Straits, sin esa música no sería la película lo que es. No olvidarnos del diseño de vestuario de Phyllis Dalton, toda una leyenda de su oficio, con títulos como Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago a sus espaldas. Pero es el reparto en el que finalmente recae el hacer creíbles a esos personajes, siendo en general los actores unos casi desconocidos protagonistas, Robin Wright y Cary Elwes como Buttercup y Westley que nada o muy poco habían hecho para el cine, dos caras más familiares como Fred Savage y Peter Falk (nieto y abuelo), Billy Cristal irreconocible como el extravagante personaje de Vizzini,  Chris Sarandon muy poco conocido en aquella época como príncipe Humperdinck y  Mandy Patinkin que venía del mundillo de Broadway como Iñigo Montoya.

La princesa prometida no fue un éxito en su momento, aunque tampoco un fracaso, recaudó poco más de 30 millones de dólares, una suma aceptable, pero muy alejada de los más de 300 millones que logró Atracción fatal ese mismo año. Fue el vídeo quien la encumbró, el boca a oreja, la mejor campaña de marketing de las buenas películas hizo su trabajo y la convirtió en la película de culto que es hoy en día.

Es una película que emociona, que nunca cansa y siempre sorprende, que no envejece y que es objeto de culto y veneración por todos los amantes del cine que siguen creyendo en los cuentos de hadas. Si volvéis a verla reconoceréis cada pasaje y cada diálogo como el primer día y descubriréis de nuevo, que es una de esas películas que se mantienen en forma con el paso del tiempo.

En palabras de un crítico “Si alguien se pregunta por qué seguimos hablando de La princesa prometida treinta años después de su estreno, la respuesta es que la película de Rob Reiner es cine total, es familiar y adulta, autoconsciente sin ser paródica, respetuosa, humilde, tierna y profundamente honesta



viernes, 29 de diciembre de 2017

Los estrenos en Sevilla de 29-12-2017



6 películas se estrenan el 29 de diciembre de 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Tres producciones estadounidenses, una francesa, una británica y una alemana. Ningún estreno español para esta semana y se queda sin editar la interesante cinta alemana “Recuerdos desde Fukushima” (Doris Dörrie, 2016). La película estuvo nominada a Mejor Película en los Premios del Cine Alemán 2016 y trata sobre una joven alemana que entabla amistad con una mujer mayor japonesa durante un tour por la región de Fukushima, una zona afectada por el terremoto en del 2011 en Japón. Por otro lado, destacar el reestreno de “Gremlins” (Joe Dante, 1984). Un éxito ochentero reeditado. Apostamos por el reestreno de los clásicos y no por los absurdos remakes que dejan mucho de desear. Echemos un repaso a los seis filmes estrenados.     


El gran showman. (USA, 2017). Dir. Michael Gracey. 
Nominada a Mejor Película de Comedia en los Globos de Oro 2017.
Cuando, en 1980, Cy Coleman y Michael Stewart estrenaron en Broadway un musical inspirado en la figura de P. T. Barnum, la crítica dictaminó que a la propuesta le sobraba moderación y le faltaba sentido del exceso para hacer justicia al personaje, célebre empresario que fundó el flameante Barnum & Bailey Circus tras convertir la exhibición de fenómenos humanos en rentable negocio. Nadie acusará de lo mismo a esta película que se sirve del mismo tema para ofrecer algo que, por lo menos hasta “La La Land”, llevaba tiempo siendo la más improbable de las atracciones de multisala: un musical escrito directamente para la pantalla.
Han sido, de hecho, Benj Pasek y Justin Paul, compositores de “La La Land”, los responsables de escribir el conjunto de exultantes números musicales que convierten “El gran 'showman'” en agotador concentrado de show-stoppers: hay una épica marcadamente OT en estas canciones que avanzan en perpetuo crescendo hasta la anhelada ovación y que celebran en Barnum la figura de un idealista romántico antes que al empresario al que se le atribuyó la agria frase “nace un tonto a cada minuto”. En un momento que da la medida del tono, Hugh Jackman, desaforado como un obús canoro, se desgañita a todo correr por las calles, se sube a un tren en marcha y continúa con el himno desde el último vagón.
“El gran 'showman'” acaba siendo un imponente objeto kitsch dotado con un gratificante poder de seducción si uno se entrega a sus barrocos encantos. Al contrario que en la película de Damien Chazelle, no son ni la puesta en escena, ni la coreografía los vectores dominantes de este musical que confía demasiado en el montaje, pero el recorrido está sembrado de ideas visuales que van de la eficaz obviedad –el plano que relaciona unas oficinas con un camposanto- a la brillantez –la transformación de unas sábanas tendidas en espectral cuerpo de baile, el uso rítmico de martillos en la pegada de carteles o los golpes de chupito sobre barra cantinera-. La energía de Hugh Jackman merecía este campo de juegos. Recomendada.


The Disaster Artist. (USA, 2017). Dir. James Franco.
Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián 2017 y nominada a Mejor Película de Comedia en los Globos de Oro 2017.
El actor y director James Franco encuentra, igual que encontró Tim Burton con «Ed Wood», una extraña y maravillosa forma de cantarle su amor al cine mediante el retrato, tan ridículo como encantador, de uno de los más penosos directores que han existido, Tommy Wiseau, autor de un título ya de culto y que pasa por ser la peor película de la historia, «The Room». Si Burton hallaba poesía y clima en su deleznable director Ed Wood, Franco lo que le encuentra al suyo es una incontenible gracia desquiciada, la cual adorna con enormes dosis de vitriolo e ínfulas que lo convierten en un impresionante merluzo, pero también un entrañable y descacharrante merluzo.
James Franco y su hermano Dave componen a los dos personajes de la historia, a Wiseau y a su protagonista, Greg Sestero, sin duda el peor actor que ha tenido enfrente cámara alguna, y autor del libro en el que se basa esta película. La genialidad de James Franco se aprecia en todo el desarrollo de la historia, pero especialmente en las escenas que se ofrecen en paralelo del rodaje real de «The Room», clonadas aquí de manera asombrosa.
Pero lo increíble es que Franco consigue mediante la sátira, la caricatura sin piedad y la risa más explosiva inocular algo parecido al respeto y la admiración por sus personajes y su desquiciada aventura cinematográfica, y que su película clonada sea el mejor ejemplo de eso que tan solo está a la altura de los genios y que, dicho mal y pronto, consiste en convertir la mierda en arte. Una película en la que solo dejas de sorprenderte, de mondarte, para hacerle un hueco en tu corazón a semejantes inútiles y soñadores. Recomendada.


Una bolsa de caninas. (Francia, 2017). Dir. Christian Duguay.
Las tendencias son demasiadas veces imposibles de cuantificar, y está bien que sea así. Sobre todo si esa corriente orientada hacia un determinado tipo de dirección está relacionada con el cine, con mucho de negocio en su base, pero también con una evidente cuota de arte, ya sea mayor o menor. Sin embargo, demasiadas veces también, las inclinaciones artísticas y comerciales pueden medirse en términos numéricos: y ocho millones de franceses son muchos franceses. Justo los que vieron en el año 2004 la película “Los chicos del coro”, en la que Christophe Barratier supo aplicar ingredientes en su precisa medida para que aquella epopeya educativa y musical se convirtiera en una obra a la que imitar. Desde entonces, no menos de una decena de producciones francesas han ido aplicando semejante engranaje formal, narrativo y tonal a sus relatos ambientados en agitados tiempos históricos. Y “Una bolsa de canicas”, nuevo trabajo del veterano e impersonal director canadiense Christian Duguay, es la última de ellas.
Duguay, que comenzó su carrera en los primeros años noventa con dos inservibles secuelas de “Scanners”, de David Cronenberg, ha venido trabajando en Canadá, Reino Unido, Estados Unidos y Francia, casi siempre en torno al cine de acción, sin que ninguna de sus obras descollara. Sin embargo, es muy posible que la aplicación de las convenciones impuestas por el acercamiento de Barratier le hayan llevado a su mejor película, sin que esta sea nada del otro mundo. A saber: didáctica histórica para primerizos, fuerte componente melodramático, mínima trascendencia, personajes con capacidad para la empatía, protagonismo infantil, aliento humanista, control del ternurismo, suspense dramático y leves toques de humor, quizá el único componente que está cerca de enrojecer a la platea a causa de su impostura.
Ambientada en la Francia ocupada por los nazis, basada en una novela publicada en 1973 por su niño protagonista, de familia judía, e inspirada por tanto en su propia peripecia de éxodo, escondrijo y reencuentro, “Una bolsa de canicas” puede ser una película agradable incluso dentro de su propia tragedia. Con la dureza suficiente como para no ser acusada de meliflua, pero con el sosiego suficiente como para no enturbiar incluso una tarde de cine en familia. Así, en términos pedagógicos y éticos, casi podría configurarse como la película perfecta para un novel acercamiento a la muy compleja Francia de Vichy, prescrita para adolescentes de primer año.  Recomendada (con reservas).


El arte de la amistad. (Reino Unido, 2017). Dir. Stanley Tucci.
La historia del pintor suizo y escultor Alberto Giacometti.
Cuando Giacometti le pidió a su amigo y biógrafo James Lord que permaneciese un par de días más en París para realizarle un retrato, quizá no estaba tan preocupado por gratificar a su interlocutor como por resolver un nuevo pulso personal con un siempre esquivo ideal artístico. Sobre esos dos días que, finalmente, se convirtieron en dos semanas levanta Stanley Tucci un quinto largo como director que, antes que evidenciar un claro interés por los secretos y claroscuros de la creación artística, lo que acaba haciendo es delatar sus propias limitaciones como retratista.
El sentido del espectáculo recae aquí sobre una de esas interpretaciones camaleónicas y pirotécnicas que Geoffrey Rush ha convertido en marca de fábrica: el problema es que su Alberto Giacometti, huraño, putero y despreocupado del vil metal, acaba pareciendo la versión high-class de un celebrities televisivo inconfundiblemente chanante, contemplado por un Armie Hammer que parece un arqueo de ceja (o un maniquí de Cortefiel) hecho hombre. Divertido es, pero ¿se trataba de eso? No Recomendada.


Olvídate de Nick. (Alemania, 2017). Dir. Margarethe von Trotta.
Cuando en 1989 Danny de Vito estrenó la estupenda “La guerra de los Rose”, puso sobre la mesa un modelo de comedia que, amparado en los estereotipos de género, llevaba el dolor del pasado romántico común hasta la imposibilidad de un presente —y un futuro— en compañía. Una obligación de convivencia en el hogar de la felicidad de antaño, provocada por circunstancias legales, que recupera ahora la desigual comedia alemana “Olvídate de Nick”, escrita por Pam Katz y dirigida por la veterana Margarethe Von Trotta, que la pareja creativa lleva hasta el terreno de una doble lucha de géneros.
En primer lugar, la de las dos ex-esposas del tal Nick, que deben compartir la casa que, de forma consecutiva, ha amparado una parte de sus existencias junto al marido de sus actuales desvelos, y que se ha largado con una tercera, 20 años más joven. Es decir, una brega de mujer contra mujer, cada una con estilos vitales radicalmente opuestos. Y en segundo lugar, la de la mujer, en toda su extensión, contra el macho que, en diferentes circunstancias, ha acabado sepultándolas en un segundo plano desde el que ahora han decidido revelarse.
Partiendo de la base de que lo relacionado con la comedia de enredo y, sobre todo, con la comedia más física, lindando con el slapstick americano, es directamente atroz, hay en cambio muchas y variadas reflexiones interesantes en el guion de Katz, que ya escribió para Von Trotta la fascinante “Hannah Arendt” (2012). Consideraciones sobre el triunfo y la competitividad a la que parece abocada la sociedad contemporánea; sobre el ideal de belleza y sobre la moda —a la que se dedica profesionalmente una de las ex-esposas, primero como modelo y ahora como diseñadora—; sobre el poder de la mujer, los efectos de la maternidad y, en fin, la necesaria insurrección femenina contra el rastrero concepto de su fecha de caducidad para según qué aspectos de la vida.
Sin embargo, a pesar de sus dos nobles retratos de mujer, Katz y Von Trotta han olvidado algo importante: que el dibujo que han compuesto del hombre de sus desgracias, pero también de algunos de los grandes momentos de sus vidas, resulta patético, sin un síntoma, sin una esquirla, que deje adivinar dónde radicaba el interés para dos mujeres tan cerca de lo apasionante. Así, ese perfume llamado Feminista, que la diseñadora lanza al mercado, queda configurado como bendita metáfora, pero sin el imprescindible ingrediente que evite que esa necesaria lucha de poder resulte lineal y subrayada, queda también modelado como un andamiaje sin recovecos, sin sutilezas, y sin verdadero análisis. No Recomendada.


Dando la nota 3. (USA, 2017). Dir. Trish Sie.
“La La Land” fue apenas un espejismo. Un año después de su triunfo, cualquier rendija abierta para la resurrección del musical clásico parece haberse cerrado mientras una saga tan escuchimizada como “Dando la nota” anda ya por su tercera entrega. Si en la primera película de la serie, independientemente de sus virtudes musicales, que no eran demasiadas, al menos había rebeldía, refrescantes mensajes sobre la alienación juvenil, chistes escatológicos descacharrantes, incorrección política y procacidad juvenil y feminista, “Dando la nota 3” languidece ahora entre convencionalismo, falta de atrevimiento y mecánica musical de andar por casa.
Como en las dos primeras películas de la franquicia, Kay Cannon, artífice de aquellas gotas de cianuro en la lengua de la estrellitas de American Idol, sigue al frente del guion, pero nada recuerda ya a aquella bomba de relojería. Porque al brío en la puesta en escena de Jason Moore, director de musicales de Broadway y candidato al premio Tony, le sucedió sin fuste alguno la actriz y productora Elizabeth Banks en la segunda parte de la saga, y ahora la todavía más pedestre Trish Sie en la tercera. Que en cuatro años “Dando la nota” haya pasado de estar dirigida por un prestigioso director teatral a ser comandada por la artífice de “Step up: all in” solo es síntoma de los derroteros que a veces toman las vidas adultas en pos de la horterada y el encefalograma plano.
Con números musicales cada vez más anodinos, la película tiene además un hilo conductor que tampoco parece demasiado revolucionario: las chicas del grupo a capella cruzan el charco para cantar en las bases militares del ejército estadounidense en tierras europeas, entre ellas la de Rota. De modo que parte del metraje se ha ido resquebrajando entre pensamientos malsanos de una posible competición en carnavales con las chirigotas gaditanas. No Recomendada.