miércoles, 28 de marzo de 2018

Los estrenos en Sevilla de 28-03-2018


5 películas se estrenan el 28 de marzo de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos producciones estadounidenses, una  francesa, una sueca y una española. Esta semana se queda sin editar en Sevilla la comedia francesa “Cosas de la edad” (Guillaume Canet, 2017), interpretada por el propio  Guillaume Canet y su esposa en la vida real, Marion Cotillard. Tampoco se estrena en Sevilla otra producción francesa titulada “Barbara” (Mathieu Amalric, 2017), que recibió en el último Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2017) el premio al Mejor Director. Tampoco encuentra sitio en Sevilla la producción “Veloz como el viento” (Matteo Rovere, 2016), que obtuvo 6 premios David di Donatello en Italia en 2016 (incluido al Mejor Actor: Stefano Accorsi). Reivindicadas las ausencias de estas producciones en la cartelera sevillana, vamos con nuestro repaso semanal a los estrenos en nuestra ciudad.      


El Cairo Confidencial. (Suecia, 2017). Dir. Tarik Saleh.
Ganadora de la Espiga de Oro, Mejor director y Mejor guion en la Seminci 2017 y Mejor película internacional en el Festival de Sundance 2017.
Thriller sueco interpretado por  Fares Fares, Tareq Abdalla, Yasser Ali Maher, Nael Ali, Hania Amar y Slimane Dazi.
“¿Alguien ha pedido mango?”, pregunta un empleado del servicio de habitaciones del Nile Hilton de El Cairo al entrar en una estancia especialmente concurrida. Una estancia que es una escena del crimen, con un cadáver manchando la moqueta de sangre. Quien ha pedido ese refrigerio es el jefe del equipo forense llegado al lugar, que, en un impulso que revela toda la sordidez del universo que captura Tarik Saleh en “El Cairo Confidencial”, ha decidido aprovechar el momento para tomarse un refrigerio a cuenta de la difunta.
Proyectando la memoria del cine negro de corte más clásico sobre la olla a presión, política y social, que era Egipto en los días previos al estallido de la Primavera Árabe, la película no contiene un plano o corte de montaje que, además de servir al relato con la mayor funcionalidad, no esté aportando valiosa información adicional sobre un contexto de corrupción generalizada, precariedad económica y miseria moral. Incluso el mismo protagonista, inspector de policía al que se le impondrá la exigencia ética de encontrar la verdad, es mostrado sisando unos cuantos billetes de la cartera de la muerta. Con el rostro limpio, Fares Fares aporta un aire a lo Robert Mitchum a este héroe a su pesar que se apaña mal con el manejo de Facebook y que deberá enfrentarse incluso a su propio tío, que garantizó su posición profesional, para desentrañar la madeja de podredumbre que atraviesa todos los estamentos de una sociedad en caída libre.
En “El Cairo Confidencial” la trama juega a revivir situaciones y arquetipos que remiten a la esencia de lo noir como instrumento cuestionador de la ciudad corrupta: aquí hay un asesinato en un hotel, fotos comprometedoras, extorsiones, políticos con trastienda y desclasados que intentarán sacar precarias ganancias del río revuelto. Al mismo tiempo, nada parece manido, porque el modo en que Tarik Saleh saca oro al relacionar un código tradicional con una realidad viva y tangible es modélico y aleja el discurso de lo puramente referencial para colocarlo en el ámbito de lo pertinente y revelador. Grafitero de referencia que, tras su paso al cine, ha recorrido los códigos de la animación distópica, el documental incómodo y el thriller, el sueco Tarik Saleh emprende aquí un viaje al origen de sus raíces culturales que, con total dominio del tono, reivindica la eterna vigencia de la serie negra como discurso y no como mera textura nostálgica. Recomendada.



Un razón brillante. (Francia, 2017). Dir. Yvan Attal.
Ganadora del César 2017la Mejor Actriz Revelación: Camélia Jordana.
Comedia dramática francesa ubicada en el mundo de la enseñanza interpretada por Daniel Auteuil, Camélia Jordana, Jacques Brel, Serge Gainsbourg y Romain Gary.
“Es un gozo ver que (…) una novela pueda levantar unas polémicas profundas, animadversión, ira, rencores y amenazas (…) Creo que es el único país del mundo y, obviamente, es el país más bello precisamente por eso”, afirmaba Romain Gary en el espacio televisivo “Lectures pour tous”, a propósito de la controversia generada por su novela “Las raíces del cielo”, galardonada con el Goncourt en 1956. Sus declaraciones aparecen en el montaje de archivo que abre “Una razón brillante”. Junto a las palabras de Gary, una reflexión elegíaca de Claude Levi-Strauss, una insolencia de Serge Gainsbourg y la definición de Jacques Brel de la estupidez como el estado de conformidad de quien ya no siente curiosidad por nada. Todos los fragmentos sirven al mismo propósito: ofrecer una imagen de la cultura francesa como territorio ilustrado, donde toda disidencia y disensión puede ser razonada y argumentada. “Una razón brillante” no es la comedia francesa al uso para quien va a la sala de cine como quien va al salón de té. Con todo, algo traiciona la ambición de sus propósitos.
En la película, una estudiante universitaria de origen argelino (vital, estupenda Camélia Jordana) es humillada por un arrogante profesor (Daniel Auteuil, entre lo odioso y lo desvalido) en el primer día de clase. La dirección de la universidad decidirá unirles para su participación en un concurso de oratoria. Yvan Attal se planta, así, en un estimulante territorio, afín al teatro de ideas, donde la corrección política y el lenguaje ofensivo y excluyente podrían batirse en apasionante duelo. Lástima que, finalmente, prevalezca la plantilla de la comedia de contrarios que, obligados a un objetivo común, aprenderán a comprenderse. “Una razón brillante” es una película supuestamente ebria de alta cultura que sucumbe a las fórmulas de la cultura de multisalas. Y al chovinismo. No Recomendada.



Ready Player One. (USA, 2018). Dir. Steven Spielberg.
Aventuras, acción y ciencia-ficción en esta nueva película de Spielberg interpretada por Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn y Mark Rylance.
El score está compuesto por Alan Silvestri.
Solo unas semanas después de mostrarnos su perfil más serio y políticamente comprometido en “Los archivos del Pentágono”, Steven Spielberg nos recuerda ahora que en el fondo sigue siendo un niño hiperactivo gracias a “Ready player one”, su película más vocacionalmente lúdica en años: un deslumbrante espectáculo visual ambientado mayormente en el interior de un videojuego de realidad virtual, donde un héroe y sus secuaces emprenden una trepidante aventura en busca de un tesoro mientras se enfrentan a una oscura corporación.
Nuestra primera toma de contacto con ese hiperespacio es una persecución por una camaleónica ciudad de Nueva York, en la que el DeLorean de “Regreso al futuro” es perseguido no solo por el “Batmóvil” y la furgoneta de “El equipo A” y una motocicleta salida de “Akira” -entre otros vehículos-, sino también por “King Kong” y el T-Rex de “Parque Jurásico”. Y a partir de entonces la película va ofreciendo tantas referencias a iconos de la cultura pop -Michael Jackson, Alien, Chucky, Duran Duran, las Tortugas Ninja, Freddy Krueger, Fiebre del sábado noche- que por momentos funciona como una versión gigante del “Pokémon Go”. Para cazarlas todas harían falta varios visionados con un control remoto en mano.
Para vehicularlas, Spielberg nos ofrece una sucesión de enormes tiroteos y carreras capturadas por una cámara que desafía las leyes de la física y asombrosas secuencias de acción detrás de las que, en realidad, no hay gran cosa. Los mensajes sobre los peligros de nuestra obsesión por la tecnología y las redes sociales son obvios; sus personajes ni tienen fondo ni verdadero atractivo; y la hondura emocional que en el pasado elevó sus mejores incursiones en el terreno del blockbuster -escenas como las bicicletas voladoras de E.T. (1982)- es sustituida por simples fuegos artificiales. Y en parte es por eso que, por mucha que sea su obsesión por la nostalgia, es poco probable que “Ready player one” logre jamás entrar a formar parte del panteón de la cultura pop que con tanto detalle retrata. No Recomendada.



El justiciero. (USA, 2018). Dir. Eli Roth.
Remake de una novela de acción y crímenes de Brian Garfield interpretada por Bruce Willis, Vincent D'Onofrio, Elisabeth Shue, Dean Norris y Kimberly Elise.
El score está compuesto por Ludwig Göransson.
Cuando, en 2007, James Wan adaptó en “Sentencia de muerte” la novela que Brian Garfield escribió en 1975 como secuela del libro que inspiró “El justiciero de la ciudad” (1974) de Michael Winner, no era complicado adivinar sus propósitos: en pleno hype generado por el “Grindhouse” (2007) de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, el cineasta se lanzaba a elaborar un seco y extemporáneo ejercicio de estilo en torno a uno de los subgéneros –el thriller con vigilante- que nutrían esas salas consagradas al goce pulsional del espectador. Once años más tarde, uno de los directores invitados al proyecto Grindhouse, Eli Roth, se descuelga con una adaptación de la primera novela protagonizada por Paul Benjamín, aquí rebautizado Paul Kersey y reconvertido en acomodado cirujano. Once años que alteran profundamente el contexto: ahora, el gesto que Roth reivindicará como políticamente incorrecto tiene lugar en un país cuyo presidente propone armar al profesorado para atajar la violencia en institutos.
Al igual que hizo Wan, Roth evita la distancia postmoderna, pero enriquece la acción con abundantes detalles que ofrecen una precisa visión de una sociedad donde la violencia se ha infiltrado en todos los aspectos de lo cotidiano: los tutoriales de Internet sobre manejo de armas, la publicidad de una tienda armamentística, la amabilidad de la vendedora de esa tienda y la reacción de un personaje ante unos cazadores furtivos demuestran que, tras el gesto de niño malote, hay humor e inteligencia en la aproximación de Roth a un material de partida tan abrasivo.
Con una violencia seca y en absoluto tibia, Roth cumple con la satisfacción de los bajos instintos de sus espectadores, pero el hecho de que la película asocie la criminalidad a las comunidades latina y afroamericana coloca su modulación de la incorrección política del lado de lo que, ahora mismo, son los discursos del poder en la sociedad norteamericana. Su película funciona, pero malinterpreta a Garfield del mismo modo en que lo hizo Winner. Y quizá no estaría de más que, a la hora de ser incorrecto, un director como Roth se preguntara quién le va a reír las gracias. No Recomendada.



El club de los buenos infieles. (España, 2017). Dir. Luis Segura.
Comedia española interpretada por Fele Martínez, Jordi Vilches, Hovik Keuchkerian, Raúl Fernández y Eszter Tompa. 
En tiempos del #MeToo, de manifestaciones multitudinarias de mujeres, de transversales y justas reivindicaciones feministas, aquí llega una comedia sobre un grupo de amigos cuarentones que monta una asociación secreta para ser infieles a sus esposas y así recuperar la pasión perdida, porque igual es que no hay otro modo. La idea, que parece salida de un filósofo de forocoches, es, desde luego, valiente. Quizá resultona, dependiendo del tono utilizado y del desarrollo que se le otorgue a la historia y a los personajes. Culminada la película, eso sí, se puede decir que no solo es suicida sino también profundamente machista.
Muy bien construida en su estructura, alzándose por encima de sus dificultades presupuestarias con un formato de falso documental, entrevistas a cámara, infografías, ralentís, cambios de formato, buena música, interpretaciones notables y excelente montaje, “El club de los buenos infieles” parece la fusión entre “El club de la lucha” y “Resacón en Las Vegas”, con ecos del gurú de la autoayuda que interpretaba Tom Cruise en “Magnolia”. Sin embargo, aquí lo que acaba decidiendo es el tono. Y el impuesto por el debutante en la dirección Lluís Segura, compañero de escritura de J. A. Bayona en sus inicios como cortometrajista —Mis vacaciones, Los perros de Pavlov, El Hombre Esponja—, y sus tres compañeros de guion —Sara Alquézar, Ingride Santos y Enric Pardo—, acaba teniendo una simpatía excesiva por sus patéticos personajes.
Que sus protagonistas son siete cafres, a los que van siguiendo otros cuantos cafres, y así hasta acabar conformando una verdadera legión de cabrones, no hay quien lo niegue. Que la película es una alegoría, con sus dosis de exageración, tampoco. Pero el cariño por sus criaturas es palmario y el desenlace debería haber inclinado la balanza en lugar de ser, en cierto modo, peligrosamente equidistante. Y basta con analizar el comportamiento de las (pocas) mujeres que salen en la historia.
“El club de los buenos infieles” apunta maneras en los momentos contados en los que se acerca a la ridiculización —“yo es que no lo entendía mucho, porque hablaba muchas partes en inglés, pero luego se notaba que era… como de Jaén”—, y es nefasta cuando se deja llevar por la chanza zafia que contarían sus personajes: esos dos chistes cuarteleros seguidos, que parecen incluidos para la provocar la risa de sus espectadores objetivos, justo los que se parecen a sus personajes. De modo que, como reza la canción generacional que mueve a la pandilla, En el límite del bien y del mal, de La Frontera, solo queda que cada cual asuma sus compromisos: artísticos, cómicos y éticos. No Recomendada.

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