lunes, 2 de febrero de 2015

Por la Viena de "El tercer hombre"


    “No he llegado a conocer la alegre Viena de antes de la guerra, con su música y su mágico hechizo.  La conocí al terminar la guerra, cuando el mercado negro.  Allí se vendía de todo y uno podía comprar lo que fuese si lo necesitaba y tenía dinero para pagarlo.  Aquel comercio fácil era una tentación para los aficionados, pero los profesionales los quitaban pronto de en medio...  Viena no tenía peor aspecto que otras ciudades europeas en aquel entonces.  Bueno, un poco destruida por las bombas quizá”.
   

     Con estas palabras cargadas de cinismo y sobre las imágenes de la Viena de la ocupación, el narrador “en off” de El tercer hombre (“The Third Man”, 1949) introduce la historia de Holly Martins (Joseph Cotten), el escritor de novelas baratas que visita la ciudad para encontrarse con Harry Lime (Orson Welles), su viejo amigo de la infancia.  Lime y todo su entorno corrupto simbolizan en esos momentos, más que los valses de Strauss o el palacio de Schönbrunn, la Europa envilecida que malvive entre las ruinas de los bombardeos ajena a toda ética o estética.  Su aparición espectral en el escalón de un portal, cuando su gato lo delata y la luz indiscreta de una vivienda cercana le ilumina el rostro, es uno de los contraluces más famosos de la historia del cine y acontece en un lugar que todavía hoy permanece intacto: el llamado “Molkerbastei”, el único rincón de Viena que conserva un reducto de las antiguas murallas, justo enfrente de la universidad.  Eso sí, el pintado del edificio y, ya de noche, la iluminación urbana, amarillenta y uniforme, traicionan la fotografía original, que, con su blanco y negro y su encuadre siniestro, pertenece tan solo a la fantasía del amante del cine.




     Cuando Graham Greene recibió el encargo de preparar un guión sobre la Viena de la postguerra, optó por redactarlo inicialmente en forma de novela para plasmar adecuadamente el ambiente de la ciudad, que tuvo ocasión de visitar.  De este relato surgió, en segunda instancia, el guión propiamente dicho, para el que Greene contó con la colaboración de Alexander Korda, el productor, y de Carol Reed, el director.  A pesar de que las secuencias de interior se rodaron en los estudios de Shepperton (Londres), las tomas exteriores son de la auténtica Viena en ruinas de finales de los cuarenta, en la que trabajó todo el equipo –incluido Welles a pesar de sus reservas– durante seis semanas hasta diciembre de 1948.  Sin estos escenarios reales, que tantos iconos inolvidables han aportado a la memoria cinematográfica, la atmósfera de El tercer hombre jamás habría podido transmitir esa sensación de palacio en ruinas, de mansión ocupada por náufragos, testimonio de grandezas pasadas, en la que Europa se había convertido.  Entre estos iconos, el más célebre quizá es la noria del Prater en la que tiene lugar la entrevista entre Martins y Lime, que las autoridades de Viena han preservado aun rodeada por la vulgaridad de un soso parque de atracciones.
    



     A pesar que al viajero se le ofrece la posibilidad de visitar un “Museo de El tercer hombre”, lo cierto es que éste pasa desapercibido en una ciudad tan repleta de tesoros y de referencias históricas como Viena.  Es bien sabido, por otro lado, que el vienés, muy celoso de la belleza de su ciudad, no es nada proclive a rendirle culto a una película en la que ni ella ni él mismo salen favorecidos:  “Das DRITTE MANN Museum” queda relegado así a la trastienda de las guías turísticas al uso.  Pero cerca de allí, en un lugar ciertamente difícil de encontrar por tratarse de una isleta rodeada de tráfico, unas indicaciones le confirman al visitante que se encuentra justo frente a otro de los grandes iconos de la película: la entrada a las cloacas por las que penetran Welles y sus perseguidores en el desenlace del filme.  La mejor referencia para el viajero: está justo enfrente de uno de los mejores cafés del Viena, el “Café Museum”, a muy poca distancia del edificio del “Musikverein”.




     Por último, además de la aparición de Welles, de la noria y de las cloacas, el edificio con la fachada sostenida por las cariátides, la casa en la que vive Henry Lime antes de su supuesto atropello, es una de las imágenes más recordadas de El tercer hombre por los importantes hechos que acontecen dentro y fuera de ella, un edificio fácil de localizar en la Josefsplatz, en el conjunto monumental del Hofburg.
   




     En diversas publicaciones y en las recientes ediciones en DVD y Blu-ray de El tercer hombre se pueden encontrar listas detalladas de las localizaciones en las que tuvo lugar el rodaje de exteriores: callejuelas oscuras y escalinatas rotas entre iglesias, palacios y plazas convertidos en escombros, hoy desaparecidos, transformados o convenientemente remozados.  Pero además de todos los citados, hay un escenario muy particular, alejado del centro de la ciudad, en el que tiene lugar la secuencia que más me sobrecoge cada vez que veo la película: la avenida principal del cementerio histórico de Viena.  Por ella, flanqueada por tumbas y árboles sin hojas, realiza  su interminable caminata en dirección a la cámara Anna (Alida Valli) ante un Joseph Cotten que quema inútilmente su último cartucho apoyado en un carro y acompañado por la cítara incidental de Anton Karas.  Dicen que a Graham Greene le contrarió mucho este final desesperanzado, que él imaginó feliz en el guión original.  Pero es evidente que Reed estuvo acertado al imponer su criterio: Lime era un canalla despreciable, pero ella, que nada valía para él, lo amaba, mientras que Martins, a sus ojos, aunque la salvara de la deportación, no pasaba de ser sino el hombre que los traicionó. 


     El plano secuencia final de El tercer hombre, rodado con la cámara inmóvil en una de las largas avenidas del “Zentralfriedhof”, es una bellísima plasmación del despecho y, de paso, la negación del “final feliz” moralizante. Dramática negación de la  "justicia poética”, que alecciona sobre todo menos sobre lo que de verdad importa. 

                          


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