martes, 17 de enero de 2023
lunes, 16 de enero de 2023
El agua (Elena López Riera, 2022)
Título
original: El agua. Dirección: Elena
López Riera. País: España. Año: 2022. Duración: 104 min. Género:
Drama.
Guión: Philippe Azoury, Elena
López Riera. Fotografía: Giuseppe
Truppi. Producción: Alina Film, Les Films du Worso, Suica Films.
Sección “Quincena de
Realizadores” del Festival de Cine de Cannes 2022. 2 nominaciones a los Premios
Goya 2022.
Fecha del estreno: 4 Noviembre 2022 (España).
Reparto:
Luna Pamiés, Bárbara Lennie, Nieve de
Medina, Alberto Olmo.
Sinopsis:
Es verano en un pequeño
pueblo del sureste de España. Una tormenta amenaza con volver a desbordar el
río que lo atraviesa. Una vieja creencia popular afirma que algunas mujeres están
predestinadas a desaparecer con cada nueva inundación porque tienen "el
agua adentro". Ana vive con su madre y con su abuela en una casa a la que
el resto del pueblo mira con suspicacia. En medio de la atmósfera eléctrica que
precede a la lluvia, Ana conoce a José a la vez que lucha por aventar a los
fantasmas.
Comentarios:
Elena López Riera llevaba tiempo avisando. Se acercaba una cineasta singular que, desde lo local, aspiraba a trascender hasta lo universal. Una mujer que hablaba del pueblo, del lugar de crianza, de lo terrenal, de la tradición, incluso de lo atávico, de un modo distinto al habitual. Documentales que parecían ficciones; ficciones con metodología documental. Siempre desde Orihuela, y hasta el mundo. Sus cortometrajes (y mediometrajes) lo habían apuntado, y con su debut en el largo, El agua, estrenado en la Quincena de Realizadores de Cannes —la ciudad del cine en la que ya había presentado una de sus piezas cortas, Pueblo—, demuestra su distinción en las formas y su sentido de la vida: natural, sensual, racial, poético, mágico.
En Pueblo (2014)
lanzaba un grito de pasión alrededor del regreso a casa. Ella que, profesora de
Cine y Literatura Comparada en la Universidad de Ginebra, tantas veces había
vuelto a sus orígenes, a su Orihuela, para confrontar con sus amigos el deseo
de (casi) todos de huir de allí. En Las vísceras (2016), estrenado en el
Festival de Locarno, el ritual de la matanza del conejo, sangre a borbotones,
columna y cráneo desmembrados, piel a tiras, se desplegaba con fuerza y rabia
ante la pasmada mirada infantil. En Los que desean (2018), premiado en
Locarno, se acercaba a los palomistas, dueños de palomos que persiguen a una
hembra en una suerte de competición a medio camino entre la colombicultura, el
deporte y la antropología.
Una práctica que
justamente recupera en una de las secuencias de El agua, como metáfora
de esa especie de caza de la hembra en la que demasiadas veces se convierte el
flirteo juvenil. Y aquí la nueva identidad femenina, libre y desprejuiciada,
lucha por romper tabúes, y por la emancipación. No solo del macho, sino también
de ese consejo de la destrucción que siempre es el chisme, ya sea de carácter
mágico, ya esté basado en lo puramente tangible. Tres mujeres supuestamente
malditas, abuela, madre e hija, más por la cerrazón del terruño que por la
fuerza del río y de la lluvia. Es decir, del agua del título. Un agua que es
rito, pero también herencia. Condenada herencia.
El agua
no es cine para mayorías. Como en sus cortos, la narración siempre es
heterodoxa, libre. Quizá difícil para esa parte del público que prefiere lo
convencional. Como en ciertas películas de Isaki Lacuesta (Entre dos aguas,
principalmente), como en Alcarràs, de Carla Simón, los intérpretes no
profesionales parecen hacer de sí mismos mientras, como en Nomadland, de
Chloé Zhao, las profesionales —en este caso, Bárbara Lennie y Nieve de Medina—
se infiltran en el ambiente del lugar; en los rostros de los mayores, ajados
por el trabajo; en los caminos destartalados hasta llegar a un simulacro de
discoteca de verano, hasta una rave entre matorrales; en las habladurías de
silla de enea en la puerta de casa al anochecer. Siempre con la naturalidad del
cine espontáneo y osado. Las mujeres del pueblo hablan a cámara como en un
documental. La chica protagonista se besa con su novio mientras ambos sueñan
con el futuro, entre la ligereza del verano y la amenaza de lo que se dice de
ciertas familias en los pueblos. Y López Riera introduce las imágenes reales de
las riadas, esas que todo lo anegan, la tierra y las mentes, filmadas en su día
en vídeo o con móviles, con la voluntad de ser específica en lo casi
sobrenatural.
De una belleza serena que
nace de sus acercamientos al formato corto, El agua es el debut de
alguien que ha mamado lo que cuenta. De alguien que se ha ido y que vuelve,
sintiéndose al mismo tiempo familia y forastera, auténtica y extraña. Y que lo
narra con dulce libertad. (Javier Ocaña)
Recomendada.
domingo, 15 de enero de 2023
The Last Days of Disco (Whit Stillman, 1998)
Título original: The Last Days of Disco. Dirección: Whit Stillman. País: USA. Año: 1998. Duración: 114 min. Género: Comedia dramática.
Guión: Whit Stillman. Fotografía: John Thomas. Música: Mark Souzzo, Varios. Montaje: Andrew Hafitz, Jay Pires. Vestuario: Sarah Edwards. Producción: Edmon Roch, Cecilia Kate Rogue (Castle Rock Entertainment).
Fecha del estreno: 5 Noviembre 1999 (España).
Reparto: Chloë Sevigny (Alice Kinnon), Kate Beckinsale (Charlotte Pingress), Robert Sean Leonard (Tom Platt), Jennifer Beals (Nina Moritz), Chris Eigeman (Des McGrath), Matt Keeslar (Josh Neff), Mackenzie Astin (Jimmy Steinway), Matt Ross (Dan Powers), Tara Subkoff (Holly), Burr Steers (Van), David Thornton (Bernie Rafferty).
Sinopsis:
Años ochenta. Alice y Charlotte son dos chicas jóvenes que se acaban de graduar de la Universidad de Hampshire. Apenas pueden sobrevivir con su pobre salario, así que se ven forzadas a compartir su vivienda con una tercera inquilina llamada Holly en un minúsculo apartamento en la sección de Yorkville en Manhattan.
Comentarios:
Una versión extendida de Doctor´s Orders –el éxito de mediados de la década de 1970– enlaza los créditos iniciales de The Last Days of Disco (1998) con su primera secuencia, donde se presenta a varios de los protagonistas in medias res, en una trepidante dispersión de subtramas que, al ritmo del hit interpretado por Carol Douglas, convergen hacia un epicentro común: la ruidosa discoteca de moda del momento en Nueva York, un lugar poco o nada indicado para la infatigable locuacidad y la capacidad de argumentación sin límites de los personajes de Whit Stillman. El cineasta washingtoniano soterra toneladas de ironía bajo sus planos y el hecho de arrojar de inicio a sus protagonistas a las puertas de una discoteca, con la voluntad de hacer lo indecible por acceder a su interior, no deja de ser una nota sarcástica acerca de la obsesión de sus jóvenes urbanitas por las prerrogativas de clase y las opciones de ascenso a élites superiores.
Una vez en el interior del recinto, mientras se van encadenando de fondo Heart of Glass de Blondie, Good Times de CHIC y otros temazos disco, los integrantes de la pandilla van entrelazando y deshilvanando sus vínculos sentimentales, profesionales o logísticos a lo largo de un guion que despliega una armónica coreografía de relaciones interpersonales. La película, a su vez, traza el declive de la era disco como final de una época, incluyendo imágenes de archivo de la Disco Demolition Night, el evento organizado en julio de 1979 por detractores de la música disco para quemar y destruir miles de vinilos al descanso de un partido de los Chicago White Sox. El presagio de un ocaso inminente es un tema central en el universo de Stillman, creador de caracteres dotados de un aura entre aristocrática y pedante, figuras condenadas a habitar una realidad decadente donde su estatus está amenazado y su coexistencia como grupo apunta a la desintegración. No es casual, por tanto, el choque conceptual que se produce en The Last Days of Disco entre la contemporaneidad de la música disco y la escenografía barroca de la discoteca, más propia de salones cortesanos de otra época, por los cuales podría deambular, camuflado entre los yuppies disfrazados, el Príncipe de Salina.
Con apenas dos films previos –Metropolitan (1990) y Barcelona (1994)–, Stillman ya había apuntado unos rasgos autorales muy definidos. Un estilo asentado sobre largos diálogos de ecos literarios, una escenografía y un vestuario que potencian una extraña sensación de atemporalidad, unos personajes aferrados a un pasado idealizado –con referencias explícitas al universo literario de Jane Austen, tanto en la devoción de la protagonista de Metropolitan por la novela Mansfield Park como en la adaptación que realizaría el propio Stillman de Lady Susan en Amor y amistad (2016)–, y un espíritu gremial sintetizado visualmente en dos planos casi idénticos de Metropolitan y The Last Days of Disco, donde un travelling en retroceso encuadra al grupo caminando de noche por las calles de Nueva York.
Esta puesta en escena de carácter antinaturalista se completa con un trabajo actoral marcadamente impostado, más acentuado en los roles de actitud más amoral. Una artificiosidad que, confrontada con el tono aparentemente ligero de las obras del director americano, evoca un aroma similar al de los clásicos de enredos sentimentales de la screwball comedy. En un guion de Stillman, cualquier suceso trágico puede ser relativizado mediante la ingeniosa perorata del personaje más insolente de la trouppe. Como en Metropolitan y Barcelona, el actor Chris Eigeman es el encargado de preservar intacto el encanto amoral del dandi que combina una hipocresía zafia con la simpatía y la gracia del provocador nato. Stillman se deleita manteniendo en el alambre a sus cínicos encantadores, como demuestra el desarrollo interruptus de la escena de la cafetería de The Last Days of Disco, protagonizada por Des y Alice (Chloë Sevigny, en una evolución terrenal del idealizado papel de chica etérea y virginal que interpretaba Carolyn Farina en Metropolitan). En mitad de un cruel y manipulador monólogo sobre la salud mental de un amigo, Des se dispersa cuando se le ocurre que esnifar el café podría tener efectos neurológicos similares a los de la cocaína. Tras sorber de la taza y confirmarse la ridiculez del invento, Stillman mantiene el plano sobre el rostro de Des/Chris Eigeman durante unos segundos de más, mientras se seca de la nariz las gotas de café y se intuye que puede estar al borde de la carcajada. Al flirtear con la ruptura de la cuarta pared, Stillman exime ante el espectador de toda responsabilidad a su personaje por la diatriba anterior.
De este modo, la volubilidad de los caracteres y la levedad en el tratamiento evitan que el melodrama pueda desatarse. Las rupturas sentimentales, los despidos, las adicciones, las enfermedades de transmisión sexual y las tramas de evasión fiscal que en otros relatos ocuparían el centro dramático, en The Last Days of Disco permanecen en el trasfondo, mientras los protagonistas insisten en verbalizar constantemente sus deseos personales y sus aspiraciones sociales, autoanalizándose sin descanso –ya sea como individuos o como miembros de la clase social a la que pertenecen– y defendiendo con vehemencia sus fuertes convicciones hasta que las circunstancias les obligan a reconsiderarlas, sin que el peso de la transcendencia les haga desfallecer por el error de cálculo. Ni la egoísta y manipuladora compañera de Alice, Charlotte (interpretada por Kate Beckinsale, en lo que podría considerarse un esbozo de la maquiavélica Lady Susan a la que ella misma da vida en Amor y Amistad), que afirma desde el inicio del film que su firme propósito es mantener el control de su destino, perderá la esperanza e ilusión por el futuro cuando nada salga como ella esperaba.
El mundo de Stillman, un territorio proclive a las interconexiones –como las reapariciones en la discoteca de personajes de sus films anteriores–, es un hábitat inabarcable y lleno de vida propia, donde nada parece estar predeterminado y pueden abrirse nuevas subtramas cuando la lógica del relato pediría ir cerrando los cabos sueltos. En los instantes finales de The Last Days of Disco, el artificio se hace más explícito al virar hacia el musical y expandirse hasta el subsuelo, donde los anónimos pasajeros del metro de Nuevo York bailan Love Train, el tema de The O´Jays, mientras los títulos de crédito cierran el film. (Hugo Morales)
Recomendada.
sábado, 14 de enero de 2023
Suro (Mikel Gurrea, 2022)
Título
original: Suro. Dirección: Mikel Gurrea. País: España. Año: 2022. Duración: 116
min. Género: Drama, Thriller.
Guión: Mikel Gurrea, Francisco
Kosterlitz. Música: Clara Aguilar. Fotografía: Julián Elizalde. Producción:
Lastor Media, Malmo Pictures, Irusoin, ETB, TV3, Institut Català de les
Empreses Culturals.
Premio FIPRESCI y Premio
Cine Vasco en el Festival de Cine de San Sebastián 2022. Nominada a Mejor
Actriz (Vicky Luengo) y Mejor Dirección Novel en los Premios Goya 2022.
Fecha del estreno: 8 Julio 2022 (España).
Reparto:
Vicky Luengo, Pol López, Ilyass El Ouahdani,
Josep Estragués, David Parcet, Vicente Botella, Nelson Caballero, Joan
Carrillo, Fouad Lhaibi.
Sinopsis:
Helena e Iván se proponen
construir una nueva vida en los bosques de alcornoques, pero sus diferentes
puntos de vista sobre cómo vivir en la tierra emergen, desafiando su futuro
como pareja.
Comentarios:
Cada vez son más las películas españolas que vuelven a mirar al campo y a un mundo rural que, como la propia sociedad, ha sido cada vez más ajena a él. A partir de los años ochenta, el cine y sus creadores se volvieron más urbanitas y, en esa luna de miel con la taquilla que fueron los noventa, al público tampoco le interesaban especialmente los problemas que llegaban de los cada vez más remotos pueblos. ¿A quién le importaba la diferencia entre una acacia y un álamo? Pese a eso, la dicotomía campo-ciudad permaneció latente; el cine de Pedro Almodóvar es un claro reflejo de esta tensión cultural, pero es ahora cuando una nueva generación de cineastas vuelve a la tierra y a los orígenes en busca de historias que expliquen los profundos cambios del presente.
Películas como Alcarrás, de Carla Simón, o As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, son dos ejemplos de un interés creciente por los dramas asociados a los conflictos de un entorno sumido en los dilemas morales que encierran los cambios de la sociedad actual. La tierra, en su faceta más folklórica y fantástica, también está presente en otros dos filmes incluidos en la programación de San Sebastián: El agua, de Elena López Riera, y Secaderos, de Rocío Mesa. La ciudad, como dice uno de los personajes de Suro, ópera prima de Mikel Gurrea que ha sorprendido en el concurso de San Sebastián, ya solo es un lugar para turistas.
Suro (corcho en catalán) gira alrededor de una pareja joven que decide dejar Barcelona para instalarse a vivir en una vieja masía para reconstruirla y explotar de paso el bosque de alcornoques que la rodea. Ella está embarazada y sueña con una rehabilitación de revista de arquitectura y una piscina. Él parece más interesado en que el campo no sea una extensión de la vida que dejan atrás.
La película, tensa, oscura y muy sólida, sin innecesarios subrayados, llena de buenas elipsis, se centra en gran medida en la recogida del corcho de los alcornoques, una labor que se convierte en un campo de batalla social, racial y, también, de pareja. Los trabajadores del pueblo, el cacique de turno y los inmigrantes marroquíes, que tendrán un papel clave, son el telón de fondo de un paisaje bucólico más cercano al infierno que al paraíso. El fuego, por cierto, será una amenaza tan real como metafórica.
Escrita y dirigida por Gurrea, nacido en San Sebastián en 1985, Suro está interpretada en sus papeles principales por la actriz Vicky Luengo y el actor Pol López, quienes, junto a un elenco de intérpretes en su mayoría naturales, mantienen un pulso de poder perfectamente graduado a lo largo de la película. No se trata de quererse o no. Se trata de quién de los dos impone su forma de ver el mundo. Ella es la heredera de la finca y él es un hombre que se quiere implicar con sus propias manos en ese proyecto de nueva vida y hogar. Ella es pragmática mientras él defiende un trabajo en cooperativa, aunque no le quede otra que asumir a la vez el papel de patrón. Aun así, Suro no es una película de buenos y malos, sino de personas reales con las contradicciones de peso que arrastra cualquiera.
Otro de sus aspectos más interesantes es la descripción de cómo se saca la corteza de los alcornoques para fabricar el corcho. Una idea que conecta este filme con una tradición de películas sobre el trabajo tan intensas y violentas como Casta invencible (1971), de Paul Newman sobre una familia de leñadores de Oregón que se niegan a secundar una huelga enfrentándose ellos solos con el sindicato de su gremio. En aquella, Newman se detenía de forma obsesiva en las tareas del talado de los árboles y aquí Gurrea demuestra con un rigor inusual que también le importa la naturaleza de ese trabajo. Es curioso que, en ambos filmes, con todas las distancias obvias, sea tan crucial un trozo de carne rebanada. (Elsa Fernández-Santos)
Recomendada.
viernes, 13 de enero de 2023
Max Irons (1985-)
Max Irons no arrastra el apellido, sino que le saca lustre. Después de salir de Oxford con una marcada obsesión por el teatro y docenas de obras en el zurrón, a Irons le echó el lazo el fotógrafo Mario Testino. Por culpa del italiano, el hijo de Jeremy Irons y Sinead Cusack empezó una breve carrera como modelo para marcas como Burberry y Mango. Pero el gusanillo familiar era demasiado tentador y así empezaron a caer proyectos audiovisuales, a veces en la tele, a veces en la gran pantalla. Papeles pequeños hasta que llegó el Dios de la caja tonta y le puso en bandeja una oportunidad de oro: encabezar el reparto de una de las grandes series que ha dado el último lustro: Cóndor.
Nacido en Londres, en 1985, Max se une al legado de su familia para formar parte del mundo de la interpretación. Sus padres son Jeremy Irons y Sinead Cusack y su abuelo el gran actor irlandés Cyril Cusack. Irons se graduó en la Escuela de música y teatro The Guildhall School of Music and Drama en el verano de 2008.
En una entrevista le preguntaron si su padre, el gran actor Jeremy Irons, le dio algún consejo antes de estrenarse en el cine. A lo que respondió: “Sí. Me pidió que prestara atención a todo lo que estaba haciendo, que no se me olvidara que yo era un actor y que, durante el rodaje, nada más me importase que la interpretación. Me sugirió que disfrutara y no me tomara a mí mismo demasiado en serio. La verdad es que mis padres encajaron con mucha precaución mi decisión de convertirme en actor, y me confesaron que solo un 0,1 por ciento termina disfrutando del éxito. Ellos no se meten en mi carrera, aunque de vez en cuando mi padre me advierte sobre qué puedo esperar de una ciudad como Los Ángeles”.
Max Irons obtuvo una nominación al prestigioso premio Ian Charleson Award por su interpretación en Wallenstein de Friedrich Schiller en el Chichester Festival Theatre, lo que supuso su debut profesional en los escenarios. Ha aparecido en obras de teatro como Oedipus, The Revenger’s Tragedy, The Cherry Orchard, Plenty, The London Cuckolds, Twelfth Night, New Girl in Town, Under the Blue Sky, entre otras.
Irons ha sabido sacarle partido a su belleza física, trabajando como modelo para firmas tan conocidas como Burberry o Mango, después de ser descubierto por el famoso fotógrafo Mario Testino.
En el 2011 interpretó a Henry Lazar en la película Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) junto con Amanda Seyfried. Ese mismo año fue elegido como el número 2 en la lista de los 10 Mejores Nuevos Actores en Hollywood del News Junky Journal. En el 2013 se unió al elenco de la película La huesped, donde interpretó a Jared Howe. El film fue una adaptación del libro de Stephenie Meyer. Ese mismo año se unió al elenco principal de la serie La reina Blanca, donde interpretó al rey Edward IV de Inglaterra hasta el final de la serie.
Otras películas en las que ha intervenido son La dama de oro (Simon Curtis, 2015), La casa torcida (Gilles Paquet-Brenner, 2017) y La buena esposa (Björn Runge, 2017). En febrero del 2017 se anunció que se había unido al elenco de la nueva serie Condor donde dará vida a Joe Turner.
En cuanto a los actores que admira Max nos comenta: “Mi ídolo es James Dean. Me gusta la confianza en sí mismo que desprende y ese aire rebelde. De la época actual me quedo con Johnny Depp. Ambos son tipos que no temen expresarse a través de sus personajes. Son valientes, toman decisiones arriesgadas y la gente, aunque les considera un poco locos, les acepta y admira. Bueno, y el que más me ha inspirado es mi padre, naturalmente”.
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Max Irons junto a su padre, Jeremy Irons |