martes, 27 de abril de 2021

American Psycho (Mary Harron, 2000)

 

Título original: American Psycho. Dirección: Mary Harron. País: USA. Año: 2000. Duración: 101 min. Género: Thriller.

Guión: Mary Harron, Guinevere Turner (basado en una novela de Bret Easton Ellis). Fotografía: Andrzej Sekula. Música: John Cale. Montaje: Andrew Marcus. Producción: Edward R. Pressman, Chris Hanley, Christian Halsey Solomon.

Premio especial (a la excelencia en dirección) en National Board of Review (NBR) 2000. Sección oficial del Festival de Sitges 2000.

Estreno en España: 29 Septiembre 2000.

 

Reparto:

Christian Bale (Patrick Bateman), Reese Witherspoon (Evelyn Williams), Chloë Sevigny (Jean), Justin Theroux (Timothy Bryce), Josh Lucas (Craig McDermott), Bill Sage (David Van Patten), Matt Ross (Luis Carruthers), Jared Leto (Paul Allen), Samantha Mathis (Courtney Rawlinson), Willem Dafoe (detective Donald Kimball), Cara Seymour (Christie), Guinevere Turner (Elizabeth), Krista Sutton (Sabrina), Reg E. Cathey (Al), Catherine Black (Vanden), Anthony Lemke (Marcus Halberstram), Stephen Bogaert (Harold Carnes).

 


Sinopsis:

En un mundo moralmente plano en el que la ropa tiene más sentido que la piel, Patrick Bateman es un espécimen soberbiamente elaborado que cumple todos los requisitos de Master del Universo, desde el diseño de su vestuario hasta el de sus productos químicos. Es prácticamente perfecto, como casi todos en su mundo e intenta desesperadamente encajar en él. Cuando más intenta ser como cualquier otro hombre adinerado de Wall Street, más anónimo se vuelve y menos control tiene sobre sus terribles instintos y su insaciable sed de sangre, que lo arrastra a una vorágine en la que los objetos valen más que el cuerpo y el alma de una persona.

 

Comentarios:

La novela American Psycho, una violentísima y sexualmente explícita sátira del entonces joven escritor Bret Easton Ellis, llegó a las librerías estadounidenses en 1991. Presentaba la narración en primera persona del presunto asesino en serie Patrick Bateman, un ejecutivo de banca de inversión que gasta cantidades ingentes de dinero en ropa y complementos de lujo con los que vestir su ausencia (casi) total de sentimientos.

De alguna manera, el libro servía para cerrar una época. La cultura yuppie, de tiburones encorbatados que se jactaban de comerse el mundo devorando a quien encontrasen en su camino, ya no despertaba admiración o envidia. En el ámbito audiovisual, las comedias que loaban a los arribistas de los negocios, como El secreto de mi éxito, fábula de meritocracia entendida a la manera neoliberal (es decir: con contactos y mucho morro), tendían a desaparecer. En las pantallas, aparecían esperpentos sobre la política económica reaganista, como aquella Están vivos donde los miembros de las élites son extraterrestres o humanos que colaboran con estos.

La mala imagen de los yuppies estaba tan arraigada que un thriller fantástico sin un especial componente satírico, Hidden: Lo oculto, se iniciaba con un extraterrestre homicida que se comportaba como un arquetípico ejecutivo de la época. La película comenzaba con el antagonista en un coche descapotable, esnifando masivamente cocaína mientras escuchaba música a todo volumen. Después llegaba la matanza en una tienda de discos, lugar que podría haber frecuentado un Bateman, también amante de los himnos pop.

 

 

En el mundo real, el yuppie quizá había dejado de presumir de su implacabilidad. Los vientos políticos habían cambiado en el ámbito de los discursos, pero no tanto en la administración real. Los cambios implementados por el gobierno Clinton, después de una larga etapa republicana (dos mandatos de Ronald Reagan, uno de George H. W. Bush) habían tenido un recorrido discutible. Algunos intentos progresistas, como una fracasada reforma del sistema sanitario o los gestos con Vietnam, estuvieron acompañados de desregulaciones del sector financiero y la banca de inversión.

En pleno 'Matrix' clintoniano, en pleno espejismo de crecimiento económico infinito con algunas medidas sociales complementarias, llegó la adaptación cinematográfica de American Psycho. Se trataba de un proyecto cuyo problemático desarrollo había consumido varios directores y actores. La realizadora Mary Harron y el intérprete Christian Bale habían sido descartados y recuperados después de intentos fallidos de fichar a Leonardo Di Caprio y otras estrellas. Finalmente, fueron ellos quienes lideraron una producción de presupuesto y expectativas comerciales moderadas.

Cuando la película se presentó internacionalmente en el festival de Berlín el 18 de febrero del año 2000, había transcurrido casi una década desde la polémica desatada a raíz del libro. A esas alturas, ya se había fijado la idea que Ellis había firmado una sátira sobre el capitalismo más caníbal con componentes de desespero existencial. Harron fue fiel a esa doble columna vertebral y firmó una comedia negra, inevitablemente marcada por las dosis de violencia y sexo, que retrataba un ejemplo extremo de vacuidad debajo de una máscara social (casi) impenetrable.

 

 

Harron y compañía usaron un gore más concebido como gag que busca la estupefacción que como experiencia verdaderamente perturbadora. Moderó la provocación y potenció ese vacío del personaje que Ellis tapaba (significativamente) con un torrente de marcas comerciales y referencias sustitutivas de una identidad ausente.

El protagonista es un camaleón capaz de pontificar sobre la necesidad de tomar medidas sociales y educar contra el materialismo (entre las risas de sus compañeros). Pero que en su fuero interno capturado por la voz en off, en cambio, solo cree en el ejercicio, en una dieta saludable y en los cuidados de la piel.

 

 

Rebajada esa vertiente hiperreferencial, Bateman se pierde entre ejecutivos que encargan tarjetas de visita fundamentalmente idénticas, que confunden sus nombres entre ellos y no parecen trabajar jamás. Dentro de este grupo de no-amigos está ese depredador que no tiene esa liturgia personal de tantos asesinos en serie del audiovisual, más allá de su gusto por ejercer la crítica musical de éxitos pop antes de los coitos y los crímenes. Bateman mata a cualquier tipo de víctima, a menudo abruptamente, empujado por una voracidad que remite a la insatisfacción permanente del consumismo. O, a veces, motivado por arrebatos de celos que sugieren una bajísima autoestima.

Entre tantos hombres huecos, receptáculos de codicia y narcisismo, algunos personajes femeninos aportan una cierta humanidad. La secretaria del protagonista ejerce de reserva de emotividad. También lo hace, a su manera depresiva, una prostituta desgastada que no deja de sentir la codicia (o la necesidad) de dinero: tiene miedo del protagonista pero acepta volver con él por los billetes que le ofrece.

 

 

Mientras tanto, la "máscara de cordura" del personaje principal, según sus propias palabras, está desprendiéndose. A medida que avanza la película, Bale despliega una actuación desatada, el aspecto más extremo de una narración que se mantiene dentro de una cierta convencionalidad. Papel en el que el galés cayó de pie y alcanzó el estrellato.

Después de que Bateman reconozca sus presuntos crímenes entre lloros aterrados que se alternan con carcajadas de vendedor de humo (o de terrenos sin valor, como en la obra teatral Glengarry Glen Ross y su correspondiente versión fílmica), afirma que la confesión "no ha significado nada". Y no tiene ningún efecto.

Como ya sugirió el clásico del expresionismo alemán El gabinete del doctor Caligari, otro filme donde se cuestionan las fronteras entre el relato subjetivo pero apegado a la realidad y una narración delirante, quizá vivimos en un mundo desquiciado donde un asesino en serie puede dirigir un psiquiátrico. O responsabilizarse de varios homicidios sin que nadie lo tome en consideración.

 

 

Transcurridos los años, el libro y la película de American Psycho pueden hablarnos también de la persistencia de un sistema de creencias y conductas muy fijado, por sociopático que nos pueda parecer. Quizá los yuppies habían perdido presencia en la cultura pop, pero ahí seguían cuando se tuvo que representar el crack financiero de 2008 en el cine. Incluso un relato algo apologético de la responsabilidad del sector financiero, el thriller artísticamente sólido pero políticamente flácido Margin call, reflejaba el desprecio de Wall Street hacia 'el hombre de la calle'.

En los últimos años quizá los amantes del pelotazo económico puedan ir en zapatillas deportivas y vender aplicaciones neoexplotadoras para el móvil en lugar de especular con movimientos bursátiles y fusiones empresariales, pero el panorama ideológico no parece haber cambiado mucho. Incluso un sujeto de admiración de Bateman e icono de los antropófagos años 80, Donald Trump, alcanzó la Casa Blanca con un lema calcado de una campaña de Ronald Reagan.

Definitivamente, la historia puede resultar algo caligariana y muy lampedusiana, conformada por cambios solo aparentes. Como dijo el protagonista de la distopía futurista 2013: Rescate en Los Angeles, ese Snake Plissken con un parche en el ojo y una frase cínica siempre a punto: "Cuanto más cambian las cosas, más siguen igual". (Ignasi Franch)

Recomendada.




lunes, 26 de abril de 2021

I care a lot (J Blakeson, 2020)

 

Título original: I care a lot. Dirección: J Blakeson. País: Reino Unido. Año: 2020. Duración: 118 min. Género: Thriller, Comedia dramática.  

Guión: J Blakeson. Fotografía: Doug Emmett, Mike Valentine. Música: Marc Canham. Montaje: Mark Eckersley. Producción: Teddy Schwarzman, Ben Stillman, Michael Heimler, J Blakeson.

Globo de Oro 2020 a la Mejor Actriz de comedia o musical (Rosamund Pike).

Fecha del estreno: 9 Abril 2021 (España)

 

Reparto: Rosamund Pike (Marla Grayson), Peter Dinklage (Roman Lunyov), Eiza González (Fran), Chris Messina (Dean Ericson), Dianne Wiest (Jennifer Peterson), Isiah Whitlock Jr. (Juez Lomax), Macon Blair (Feldstrom), Alicia Witt (Dra. Karen Amos), Damian Young (Sam Rice)


Sinopsis:

Marla Grayson no tiene escrúpulos a la hora de beneficiarse de los demás. Después de haberse aprovechado de docenas de jubilados como tutora legal, ella y su compañera Fran ven a Jennifer Peterson como la nueva víctima: una gallina de los huevos de oro a la que pueden desplumar fácilmente. Pero mientras intentan llevar a cabo su plan, Marla y Fran descubren que la señora Peterson no es lo que creían, y que sus actos han entorpecido la labor de un importante criminal.

 

Comentarios:

Terror en las residencias, pero no por el coronavirus, pues es tiempo prepandemia en I Care A Lot. El miedo lo provoca una villana bella y repugnante interpretada por Rosamund Pike: la mujer que comanda una red delictiva en la que andan metidos una investigadora policial, varios directores de hogares de mayores y una doctora en medicina con el fin de desplumar a los viejos a partir de una extrañísima fórmula legal estadounidense que les permite convertirse en sus tutores legales si un médico confirma que hay síntomas de deterioro mental.

El punto de partida, desde luego, es maquiavélico, y quizá lo más valiente de la película escrita y dirigida por J Blakeson sea que se desarrolle en clave de comedia negra, con evidentes matices de thriller. La segunda gran virtud de I Care A Lot es ese brillante colorido fotográfico que ilustra algo tan terrible y tan poco luminoso. Casi como unos hermanos Coen con menos humanismo y más mala leche.

Sin embargo, y aquí empiezan los problemas, la película se disuelve como un azucarillo demasiado pronto. A la media hora, con su primer giro, que convertirá en central el nuevo esquema, el grupo se equivoca de objetivo y lo que parecía ser un mirlo blanco de anciana no es más que la cima de una banda aún más profesional y criminal: una cordera convertida en león, según la dicotomía que domina el relato desde la frase inicial.

Es entonces cuando surge el dilema en el espectador, y el problema ético de Blakeson: ¿soy un cineasta amoral o simplemente voy de malote? Porque puede darse el extremo de que los integrantes de la sanguinaria mafia rusa nos parezcan los buenos de la historia cuando el director parece intentar llevarnos, sin conseguirlo del todo, a estar del lado de la pérfida y fantástica Pike, capaz en cada interpretación de ser un encanto ante el que rendirse o una serpiente de la que huir. Y Blakeson, finalmente, decide qué ser: un moralista disfrazado de provocador, que bien podría haberse ahorrado el remate final de su personaje. (Javier Ocaña)

Recomendada (con reservas).