Título original: Les petits mouchoirs. Dirección: Guillaume Canet. País: Francia. Año: 2010. Duración: 154
min. Género: Comedia dramática.
Guión: Guillaume Canet. Fotografía: Christophe Offenstein. Montaje: Hervé de Luze. Diseño de producción: Philippe
Chiffre. Vestuario: Carine Sarfati.
Producción: Alain Attal.
2 nominaciones a los Premios
Cesar 2010. Nominada
a Premio del Público en los Premios del Cine Europeo 2011.
Fecha del estreno: 27 Mayo 2011 (España).
Intérpretes: François
Cluzet (Max), Marion Cotillard (Marie), Benoit Magimel (Vincent), Gilles
Lellouche (Éric), Jean Dujardin (Ludo), Laurent Lafitte (Antoine).
Sinopsis:
La historia nos presenta
a un grupo de amigos que tiene la costumbre de reunirse durante las vacaciones
de verano. Este año deciden no romper la tradición a pesar de que uno de ellos
ha sufrido un accidente en París unos días antes de partir. Ya en la playa, sus
contradicciones afloran y su amistad se pone a prueba. Juntos se verán obligados
a convivir con esas pequeñas mentiras sin importancia que se dicen cada día.
Comentarios:
El verano, la playa, los
amigos, el tiempo libre y la familia.
Momento de relajarse y divertirse. Pero, esta estación del año,
presidida por la luminosidad y el ocio, también puede ser propicia para
convulsiones afectivas. Parece que todo
aquello que nos hierve (¿será el calor que nos revoluciona?) y que hemos dejado
aparcado en la vida ordinaria, pugna por resolverse y salir. Pequeñas mentiras sin importancia, uno
de los mayores éxitos del cine francés del año 2010, nos habla de lo enunciado
a través de un grupo de amigos que, como viene siendo costumbre, pasan juntos
sus vacaciones en la casa de veraneo de uno de ellos, Max (la gran baza cómica
del film), el más adinerado y propietario de un hotel. Establecido el grupo
como si fuese una gran familia, estamos ante un film que habitualmente se le
denomina generacional, en cuanto busca establecer un mosaico lo más
representativo posible de personas de un mismo tramo de edad y condición
social, para facilitar una pronta conexión con la audiencia receptora. Pequeñas
mentiras sin importancia sigue la línea de películas como Reencuentro (The Big Chill, 1983), Los amigos de Peter (Peter's friends,
1992), Beautiful girls (1993), o No basta una vida (Saturno contro,
2007), sin añadir ninguna ruptura al conjunto donde se adscribe, pero donde se
pueden rastrear muchas constantes fílmicas que se dan en el país galo.
En esta ocasión, los
viejos amigos vienen sacudidos por el accidente de moto que tiene uno de ellos,
Ludo, figura de la que se sirve el realizador para presentarnos a los
personajes, además de actuar como catalizador para realizar un balance moral de
los integrantes. Porque, pese a unas débiles iniciales dudas de suspender los
planes, esta gente bien acomodada que ronda los cuarenta, finalmente prosigue
con su tradición de marcharse fuera de París, dejando al amigo convaleciente. A
partir de aquí, una vez que se marchan de la ciudad, Guillaume Canet se
centrará en las lógicas íntimas de los personajes, demostrando cómo la
cinematografía francesa sigue siendo una de las mejores para hablar de todo
ello.
Lo primero que nos revela
este tejido, a través de los hombres en la función, es una acuciante crisis de
masculinidad. Porque esas certezas externas y superficiales, sustentadas por la
situación socioeconómica de los integrantes, esconden en su seno una tónica
marcada por el desequilibrio y la desestabilización. Desde el mismo Max, en su
hipotético liderazgo en el grupo, gracias al poder económico superior que
sustenta, su perfil será cuestionado por su persistente estado iracundo y
alterado, síntoma del workaholic que desterrado de su aspecto profesional no
sabe gestionar su ocio con placidez. En contraposición, su mujer mostrará ser
el bastión fuerte y la que da cordura a la neurosis de su marido. Porque además
Max, en su peripatético personaje como si fuese el reverso caricaturesco de los
típicos personajes desquiciados que borda Mathieu Amalric, para más inri, tiene
que conciliar con la atracción repentina que siente por él su amigo íntimo de
toda la vida, Vicent. Ello dará no pocas fricciones y tensiones, además de los
consiguientes efectos colaterales, ya que la mujer de Vicent sufrirá en
silencio el lógico distanciamiento sexual de su marido. Como ya anunciaba otra
comedia francesa del 2000, con el sintomático título de La confusión de géneros (La confusion des genres), Pequeñas mentiras sin importancia no
deja ni rastro de ese ego fuerte, autónomo, individualista y dominante,
asociado al hombre occidental, algo que seguirá siendo explotado a través de
Éric (Gilles Lellouche), el eterno seductor depredador que se derrumba cuando
su chica le da viento, comprometiendo esa libertad desvinculada de la que hace
gala, hasta llegar a Antoine, monopolístico, anclado emocionalmente y plomizo
que es incapaz de asumir la ruptura con su novia de toda la vida. Así el
realizador no escatima en torpedear los perfiles masculinos para lanzar una
comicidad (hay que decirlo, funciona muy bien), que se basa precisamente en la
interrogación del hombre contemporáneo, sujeto a ilusiones cegadoras,
sentimientos intrusivos, o una excesiva dependencia del factor femenino. Para
más énfasis, en contraposición, el personaje de Marion Cotillard, dada su
condición estelar, es el rol femenino con mayor entidad, el cual también sufre
sus trasiegos internos. Gracias a las
excelentes dotes de la actriz nos permite contrastar la diferente forma, y más
madura, que tiene para afrontar similares agitaciones sentimentales que las que
sufren sus partenaires masculinos.

Por ello, las mentiras
del título hacen referencia tanto a las que se hacen ellos mismos, como las que
se dan en el seno de grupo, especie de acuerdos tácitos que se producen en la
interacción, por el bien de su funcionamiento. Indaga este doble registro, la
superficie que constituye la dinámica relacional, y la que forja las diversas
aleaciones sentimentales, para centrarse en la fisura de las apariencias y en
el abismo que existe entre los sentimientos (el dificultoso proceso de
evaluarlos, como regulación de su propia energía) y los actos, mediados por la
conducta. Por ello, la heurística de Canet se centra en los enmarañados
procesos psicoafectivos para así resumir la personalidad de cada uno de ellos.
La película tiene su acierto en la exploración de esa matriz y fílmicamente
resultan atinados como vectores dinámicos para dar vigor y sustento al
largometraje. Eso sí, Canet se erige en juez moralista (sanciona a los
personajes más hedonistas y frívolos, caso de Eric y Ludo, si bien premia al
romántico persistente, Eric), aunque el epílogo, lacrimógeno y redundante,
permite que esa severidad que ha aplicado con sus criaturas sea suavizada. Por
lo que les da opción de redimirse en el funeral final, para así confortar al
espectador que durante todo el metraje se ha encariñado con ellos.
En definitiva, Pequeñas mentiras sin importancia sigue
la línea de la cinematografía francesa visualizando las indefiniciones
interiores de sus personajes, y haciendo gala de una cierta desmesura e
incontinencia en la indagación, como en el cine de Arnaud Desplechin y su
torrente oral. Pero el modelo también bebe del cine de Judd Apatow en lo que
respecta a esa combinación del humor basado en el gag puro, conformando set pieces humorísticas (unas más
hiladas que otras en el arco argumental, aunque todas ellas divertidas) para
derivar en un sentimentalismo conservador, que acaba casi por contradecir la
irreverencia en el caso de Apatow, o el espíritu crítico en el caso de Canet.
Por ellos podemos situarla en un intersticio: entre la comercialidad bajo la
influencia norteamericana y la autoría francesa. En lo que respecta a las
pleitesías comerciales, aparte de ese vergonzoso final, es reseñable la forma
que utiliza las canciones. Son muy buenas, pero su tramo generoso de ellas
(algunas suenan íntegras), parecen que están adecuadas para vender la banda
sonora como un buen recopilatorio de canciones, más que para dar tonalidad
musical. No obstante, a pesar de todo ello, nos hace pasar un buen rato,
especialmente gracias a unos actores que saben darle fuerza a todo el conjunto.
(Manu Argüelles)
Recomendada (con reservas).