sábado, 3 de julio de 2021

Excelentísimos cadáveres (Francesco Rosi, 1975)

 

Título original: Cadaveri eccellenti. Dirección: Francesco Rosi. País: Italia. Año: 1975. Duración: 120 min. Género: Thriller.

Guión: Francesco Rosi, Tonino Guerra, Lino Iannuzzi (basado en una novela de Leonardo Sciascia). Fotografía: Pasqualino De Santis. Música: Piero Piccioni. Producción: Produzioni Europee Associati (PEA), Les Productions Artistes Associes.

Presentada en la sección oficial del Festival de Cannes 1976 (fuera de concurso). Premio a la Mejor Película y Mejor Director en los Premios David di Donatello 1975.

Fecha del estreno: 28 Octubre 1977 (España).

 

Reparto: Lino Ventura (Inspector Amerigo Rogas), Tino Carraro (Jefe de policía), Paolo Bonacelli (El vago), Alain Cuny (Juez Rasto), Maria Carta (Señora Cres), Luigi Pistilli (Cusan), Tina Aumont (La prostituta), Fernando Rey (Ministro de Seguridad), Max von Sydow (Presidente de la Corte Suprema), Charles Vanel, Marcel Bozzuffi, Renato Salvatori, Paolo Graziosi, Anna Proclemer.

 

Sinopsis:

En una región del Sur de Italia, un misterioso asesino mata sucesivamente a varios magistrados. Del caso se encarga el inspector Rogas, cuyas investigaciones lo llevan a seguir las huellas de Cres, un farmacéutico que ya había sido condenado por un caso de envenenamiento.

 

Comentarios:

Su primer contacto con el cine se produjo como ayudante de Luchino Visconti en La terra trema (1948), una de las cimas del neorrealismo, pero su debut en la dirección de largometrajes se produjo diez años después, cuando estrenó El desafío (La sfida, 1958). Desde aquel primer momento, hasta el final de su carrera, el cine de Francesco Rosi priorizó la realidad social indagando en hechos que la afectan, exponiéndolos a modo de crónica que analiza, profundiza y reflexiona sobre los mismos.

En su quinta colaboración con el guionista Tonino Guerra, la intención de Rosi parte de la intriga generada por los asesinatos de tres magistrados para adentrarse en la situación política de la Italia de la época, intención que enlaza a Excelentísimos cadáveres (Cadaveri eccellenti, 1975) con Salvatore Giuliano (1961), Las manos sobre la ciudad (Le mani sulla città, 1963), El caso Mattei (Il caso Mattei, 1971) y otras complejas y exhaustivas investigaciones cinematográficas del cineasta que permiten al público descubrir relaciones de poder ocultas que invitan a una reflexión propia, ya que el cine testimonio y denuncia de Rosi no pretende dar respuestas, ni imponer su verdad, así como tampoco ofrece soluciones, se limita a narrar los hechos desde su interpretación, también desde su posicionamiento como cronista del tiempo que le tocó vivir, aunque consciente de que su criterio no es el único válido.

Tres jueces asesinados, un inspector (Lino Ventura) que se traslada a Sicilia a investigar las muertes y a reconstruir las vidas de los fallecidos y del farmacéutico sospechoso, porque descubriendo quién es el hombre, la historia dejará de ser un proceso vacío y podrá encontrar las respuestas que le darán sentido. Su modo de llevar el caso contraría a su jefe (Tino Carraro), que le apremia para que encuentre a “ese loco”, pues “solo un loco furioso puede ir por ahí matando jueces”. De estas líneas argumentales parte la crónica cinematográfica que nos acerca a la Italia de la década de 1970, una Italia que observamos a través de la investigación del protagonista, quien responde a su superior que “si en realidad es locura, es la locura de un inocente” que pretende vengar su injusto encarcelamiento, pues sospecha, no sin motivo, que el responsable de las muertes es uno de los tres inocentes que fueron enviados a presidio por los magistrados fallecidos, y por un cuarto a quien visita antes de que también sea asesinado. A medida que Amerigo Rogas indaga sobre los crímenes se observa una nación al borde del desorden civil, cuyas calles se llenan de manifestantes y de las fuerzas del orden que intentan reprimir las protestas que tienen como fondo el acercamiento entre los comunistas y los demócratas-cristianos que llevan treinta años gobernando la República. Es un momento histórico de caos y de conflicto político-social, una época que esconde realidades más oscuras, aquellas que se oculta a la opinión pública, y que apuntan hacia las altas esferas políticas, donde se guardan las formas, al menos así lo observa el personaje interpretado por Ventura en la fiesta donde conversa con el ministro de seguridad (Fernando Rey), se silencian las escuchas ilegales o se lleva a cabo la conspiración que el inspector descubre y lo convierte en una molestia para un sistema que, en su afán de prevalecer, sobrepasa límites éticos y democráticos. (Antonio Pardines)

Recomendada.




viernes, 2 de julio de 2021

A un Dios desconocido (Jaime Chávarri, 1977)

 

Título original: A un Dios desconocido. Dirección: Jaime Chávarri. País: España. Año: 1977. Duración: 105 min. Género: Drama.   

Guión: Elías Querejeta, Jaime Chávarri. Fotografía: Teodoro Escamilla.  Música: Luis de Pablo. Producción: Elías Querejeta.

Premio al Mejor Actor (Héctor Alterio) en el Festival de Cine de San Sebastián 1977. Hugo de Oro a la Mejor Película en el Festival de Chicago 1977.

Estreno en España: 16 Septiembre 1977

 

Reparto: Héctor Alterio (Jose), Xabier Elorriaga (Miguel), María Rosa Salgado (Adela), Mercedes Sampietro (Mercedes), Ángela Molina (Soledad joven), Marisa Porcel, Mirta Miller (Ana), Rosa Valenty (Clara), Margarita Mas (Soledad), José Pagán, Emilio Siegrist, José Joaquín Boza (Pedro), Antonio Bermejo, Yelena Samarina.

 

Sinopsis:

José, un mago homosexual de 50 años, vivió su infancia en Granada. Su padre era jardinero en la casa de los Buendía. Allí vio alguna vez a Federico García Lorca. Una noche de julio del 36, un grupo de fascistas asesinó al padre de José a las puertas del jardín. Hoy José siente la necesidad de volver al lugar de su niñez. Tal vez para recuperar la memoria, quizás para enterrarla definitivamente. Y también siente la necesidad de desvelar a Miguel, su actual amante, lo más recóndito de sus sentimientos.

 

Comentarios:

La cinematografía “nacional”, o como se llame ahora, atesora una buena cantidad de joyas que, en general, permanecen ocultas al gran público por culpa de la torpeza, la miopía, el desinterés o la imbecilidad manifiesta de quienes tienen las posibilidades de programarlo en salas comerciales o en televisión y no lo hacen. Una de estas pequeñas gemas es A un dios desconocido (fantástico título, por cierto), dirigida por el irregular (como casi todos los directores de su generación) Jaime Chávarri en 1977.

Una película sin duda valiente, estilosa y curiosa, por su tema (o, mejor dicho, sus temas) y por su tratamiento, en particular la pericia con la que Chávarri logra construir con solidez una obra más que estimable a pesar de no contar con una línea argumental clara, con una trama sometida a las reglas de principio, nudo y desenlace. Producida por Elías Querejeta, con guión escrito a medias con el propio Chávarri, la historia se concentra en dos momentos temporales. El primero de ellos en Granada, en el mes de julio de 1936: José es el hijo del jardinero de la casa de los Buendía, amigos de la familia García Lorca (de hecho, Federico comparte a menudo juegos, siestas y melodías de piano en los jardines de los Buendía). Junto a Pedro (José Joaquín Boza) y Soledad (Ángela Molina) suele recorrer los jardines, o refugiarse en ellos, o transitar de noche por las distintas estancias de la casa. Una de esas noches, Pedro, que hace a todo, después de haber seducido a Soledad, hace lo propio con el joven José… Otra noche, un grupo de hombres trajeados y armados con escopetas, cuyas implicaciones resultan ignoradas por los jóvenes, que viven al margen de la política y de los sucesos del país, penetra en el jardín en busca del padre de José, que intenta huir, pero es asesinado.

El segundo momento temporal traslada al espectador al presente (del 77): José (un inmenso Héctor Alterio, premiado en San Sebastián por su interpretación), de profesión mago, homosexual de cincuenta años cumplidos, hace un alto en sus espectáculos para regresar a Granada. Una fuerza imperiosa le lleva a hacer el viaje, a reencontrarse con Soledad (Margarita Mas) y recuperar el recuerdo de aquellos años, una vez que Federico y Pedro ya hace tiempo que han muerto. Al mismo tiempo, José comparte en Madrid estas memorias sentimentales con Mercedes (Mercedes Sampietro), y especialmente, aunque de manera truncada, interrumpida, anhelante incluso, con su amante Miguel (Xavier Elorriaga), un hombre algo más joven con aspiraciones políticas en un momento clave de la transición y con el que no termina de solidificar su relación debido a una tercera persona, Clara (Rosa Valenty), con la que Miguel parece mantener una estrecha amistad, si no algo más. El resto de la vida de José, solitaria y triste, lo ocupan su vecina del piso de abajo, Adela (María Rosa Salgado) y su hijo adolescente, y su compañera de espectáculo, Ana (Mirta Miller), que le sirve de asistente y ocasional objeto de sus mágicos trucos.

 

 

La película no se limita a hacer memoria nostálgico-crítica del pasado político-social reciente en España, como es común mayoritariamente en el cine producido por Querejeta en aquellos años, sino que al mismo tiempo expone con desnudez y mirada compasiva la soledad absoluta de un hombre desorientado, perdido, de futuro incierto, que busca precisamente en su pasado personal sus propias huellas, pistas que le permitan averiguar quién es y hacia dónde va (magnífica la sugerencia de ese tren eléctrico en miniatura que ocupa una habitación entera de la casa de José, y que, puesto al límite de velocidad por este mientras realiza su circuito cerrado, una curva sin principio ni final, termina por descarrilar). Desencantado de las convulsiones políticas que Miguel representa, huye del presente en busca de un pasado que ya no existe, que se ha diluido, del que ya sólo Soledad (nombre nada casual) puede dar testimonio. Quizá es ese sentimiento, el ánimo de recuperar el pasado, lo que hace que José robe de la casa de Soledad la fotografía de Federico García Lorca que sobre una repisa acompaña a las de ella misma, Pedro o José cuando eran jóvenes. Una fotografía que José coloca en la mesilla de noche mientras realiza el ritual de desnudarse, ponerse el pijama, observarse la papada creciente en el espejo, y acostarse, mientras en el reproductor de música una cinta de su propia voz recitando poemas lorquianos de explícita sexualidad masculina constituye su única nana, su entrada al sueño. Significativamente, cuando Miguel le acompaña para alguna de sus noches de amor, José suele ocultar las cintas y la fotografía en un cajón, y será esta revelación final, la demostración de su ritual privado ante Miguel, su mayor muestra de sinceridad personal, sentimental, su forma de entregarse más limpia, abierta y auténtica, a su amante. Así, recorriendo estampas pasadas y la impregnación que aquellos momentos tienen en la actual vida de José (la reproducción, en cierto modo, con Adela y su hijo de la relación a tres bandas que mantuvo con Pedro y Soledad, su íntima relación con Mercedes, que no vacila en pasearse desnuda ante él, sabedora de que no existe peligro alguno de conmoción), la película consigue algunos momentos excelentes, homenaje cinéfilo incluido (la proyección de La palabra –Ordet-, dirigida por Carl Theodor Dreyer en 1955, en concreto de la secuencia final, la resurrección, tributo a aquellos cinefórum tan propios de la época, hoy desaparecidos o disueltos en las proyecciones de centro comercial…), con atmósferas sugerentes y misteriosas (las noches de los jardines granadinos, en el pasado y el presente, territorio abierto a la magia, a la sorpresa, al miedo y a los secretos, magnífica fotografía de Teo Escamilla, excepcional rúbrica estética al mejor cine español de los setenta), que encajan con el presente profesional de José y sus juegos de manos con el siete y el as de corazones, o miradas directamente nostálgicas (la visita a la antigua torre, desde la que Pedro observaba el mundo en sus últimos días), o en secuencias de amor furtivo desprovistas de erotismo, casi de deseo, mostradas con cierta frialdad, con distancia, desde luego sin ninguna pretensión de remover instintos ni de explotar el morbo sexual en la misma línea que otros cineastas de aquel día y de días posteriores.

 

 

Pero, por encima de todo, flotando sobre el conjunto, como un fantasma que susurra durante los 104 minutos de metraje, la imagen, el recuerdo, los ecos de Federico García Lorca, de su poesía, de su propia magia, los distintos tramos de su vida granadina maravillosamente sugeridos de forma implícita a través de su reflejo en las vidas y los momentos personales de sus amigos de juventud, los Buendía, piano, poesía, amor homosexual y un asesinato de corte político, y la permanencia de su poesía en el tiempo como acompañamiento, como legado, como guía de un personaje que, en el fondo, siente que él también murió un poco una noche de verano bajo los disparos que rompían la paz de un misterioso jardín granadino.

Recomendada.




jueves, 1 de julio de 2021

Por el ojo de la cerradura (Ferdinand Zecca, 1901)

Título original: Par le trou de serrure. Dirección: Ferdinand Zecca. País: Francia. Año: 1901. Duración: 2 min. Género: Comedia, Cortometraje, Cine Mudo.

Guión: Ferdinand Zecca. Producción: Pathé Frères.

Fecha del estreno: 1901.

 

Sinopsis:

El conserje de un hotel echa un vistazo por el ojo de las cerraduras de las habitaciones, para mirar a los huéspedes. Puede que descubra cosas interesantes... o tal vez no.

 

Comentarios:

Charles Pathé marca en Francia el inicio de la industrialización del cine. Funda la compañía Pathé Frères el 28 de septiembre de 1896. Pronto contratará para su compañía a Ferdinand Zecca, convirtiéndolo en su mano derecha y el director de cine más importante del momento.

En 1901, en los albores del cinematógrafo, Zecca filma esta auténtica joya que merece la pena descubrir.

Por el ojo de la cerradura (1901) es una breve peliculita que nos cuenta la historia de un botones que se anima a fisgonear, descubriendo y sorprendiéndose con lo que ocurre en el interior de las habitaciones del hotel.

La creatividad de Zecca junto con la visión comercial de Pathé llevará a la Compañía Pathé Frères hasta la cima del éxito tanto en Francia como en el resto del mundo.

Recomendada.