martes, 4 de mayo de 2021

El juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2020)

 

Título original: The Trial of the Chicago 7. Dirección: Aaron Sorkin. País: Reino Unido, USA. Año: 2020. Duración: 129 min. Género: Drama.  

Guión: Aaron Sorkin. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: Daniel Pemberton. Canción: Celeste Waite. Montaje: Alan Baumgarten. Vestuario: Susan Lyall. Producción: Marc E. Platt, Stuart M. Besser, Matt Jackson, Marc Platt.

6 nominaciones a los Premios Óscar 2020 (incluida Mejor Película). Globo de Oro 2020 al Mejor Guión.

Fecha del estreno: 16 Octubre 2020 (Plataforma Netflix)

 

Reparto: Sacha Baron Cohen (Abbie Hoffman), Eddie Redmayne (Tom Hayden), Alex Sharp (Rennie Davis), Jeremy Strong (Jerry Rubin), John Carroll Lynch (David Dellinger), Noah Robbins (Lee Weiner), Daniel Flaherty (John Froines), Yahya Abdul-Mateen II (Bobby Seale), Mark Rylance (William Kunstler), Joseph Gordon-Levitt (Richard Schultz), Ben Shenkman (Leonard Weinglass), J. C. MacKenzie (Tom Foran), Frank Langella (Julius J. Hoffman), Kelvin Harrison Jr. (Fred Hampton), Michael Keaton (Ramsey Clark), John Doman (John N. Mitchell), Wayne Duvall (Paul DeLuca), Caitlin FitzGerald (Daphne O'Connor), Max Adler (Stan Wojohowski), C. J. Wilson (Scott Scibelli), Damian Young (Howard Ackerman), Alice Kremelberg (Bernardine), Alan Metoskie (Allen Ginsberg).

 

Sinopsis:

En 1969 se celebró uno de los juicios más populares de la Historia de Estados Unidos, en el que siete individuos detenidos durante una manifestación en contra de la guerra de Vietnam fueron juzgados tras ser acusados de conspirar en contra de la seguridad nacional. Su arresto se produjo a consecuencia de unos disturbios contra la policía y el juicio, impulsado por el nuevo fiscal general, fue claramente político, dando lugar a una serie de conflictos sociales -manifestaciones, movimientos ciudadanos, impulso de los derechos civiles- que pasarían a la posteridad en una época de grandes cambios en los Estados Unidos.

 

Comentarios:

Al menos dos de las mejores películas sobre juicios de las últimas décadas le deben gran parte de su maestría a la escritura de Aaron Sorkin. Un guionista superdotado que revolvió las aguas de uno de los grandes subgéneros de Hollywood con Algunos hombres buenos (1992), basada en su propia obra teatral y dirigida por Rob Reiner, y sobre todo con La red social, filme de David Fincher de 2010 sobre la fundación de Facebook y una prodigiosa disección del sustrato amoral del mundo que hoy pisamos. El juicio de los 7 de Chicago es una película que está bien pero que se queda lejos de esa altura pese a su oportunidad política, sus destellos y el trabajo de algunos de sus intérpretes, en especial el magnífico Mark Rylance en el papel del abogado defensor William Kunstler.

Por segunda vez en su carrera, Sorkin dirige uno de sus guiones, en un principio previsto para Steven Spielberg. En dos horas concentra uno de los episodios más simbólicos de la batalla política y cultural que se libró en su país en los años sesenta y que sentó en 1969 en un mismo banquillo a algunos de los líderes de la izquierda y de los movimientos civiles contra la guerra de Vietnam acusados de ser responsables de los graves disturbios callejeros ocurridos un año antes en Chicago durante la convención del Partido Demócrata.

Una película coral con un protagonista, el propio juicio, cuya tensión acaba deslucida por decisiones algo toscas y visualmente pobres, como el prólogo del filme presentando a los acusados, algunos flashbacks innecesarios o la historia de la policía infiltrada en el círculo de Jerry Rubin. No es solo que lo que se dice esté muchas veces por encima de lo que se ve, es que Sorkin se enreda en una explicación convencional del contexto, restando fondo a algunos personajes centrales y arrancando demasiado tarde.

Decisiones que lastran el potencial del nudo, centrado en el crucial duelo entre las estrategias políticas del activista Tom Hayden, líder del partido de la nueva izquierda Students for a Democratic Society, y las del ácrata Abbie Hoffman, cabeza de los contraculturales yippies, interpretados respectivamente por Eddie Redmayne y Sacha Baron Cohen. Queda así también deslucido el crescendo final y su épica, una toma de conciencia personificada en el propio Hayden y en el joven fiscal que da vida Joseph Gordon-Levitt, personaje que apela de forma directa al presente en uno de los momentos clave del filme, la mordaza impuesta en pleno juicio por el juez Hoffman al cofundador de los Panteras Negras, Bobby Seale, y cuyo eco resuena en el atroz asesinato de George Floyd y el movimiento Black Lives Matter. (Elsa Fernández-Santos)

Recomendada (con reservas).




lunes, 3 de mayo de 2021

Tiempo de silencio (Vicente Aranda, 1986)

 

Título original: Tiempo de silencio. Dirección: Vicente Aranda. País: España. Año: 1986. Duración: 111 min. Género: Drama.

Guión: Vicente Aranda, Antonio Rabinad (basado en una novela de Luis Martín Santos). Fotografía: Juan Amorós. Música: Francisco Alonso. Montaje: Teresa Font. Maquillaje: Fernando García del Río. Vestuario: Gumersindo Andrés. Producción: Francisco Lara Polop.

Nominada a un Goya 1986 a la Mejor Actriz (Victoria Abril).

Fecha del estreno: 13 Marzo 1986 (España)

 

Reparto: Imanol Arias (Dr. Pedro Martín), Victoria Abril (Dorita), Charo López (Charo, madre de Matías), Francisco Rabal (Muecas), Juan Echanove (Matías). Francisco Algora (Amador), Joaquín Hinojosa (Cartucho), Diana Peñalver (Florita), Margarita Calahorra (Ricarda), Queta Claver (doña Luisa), María Isbert (madre de Cartucho), Sergio Mendizábal (El director general), Juan José Otegui (El comisario), Santiago Pons (Steinberg, pintor), Rosario García Ortega (dueña de la pensión).

 

Sinopsis:

Madrid, años 40. Pedro es un médico joven que trabaja en un centro oficial de investigación sobre el cáncer utilizando cobayas procedentes de Norteamérica. Cuando se queda sin los conejillos de Indias, el conserje del centro le aconseja que recurra a "El Muecas", un amigo suyo que ha criado una pareja de cobayas con el fin de venderla.  

 

Comentarios:

Un científico se queda sin ratones para seguir investigando un tipo específico de cáncer. Se han muerto rápidamente después de haberlos traído de Estados Unidos, y han costado un buen dinero al Estado. Quizá el frío del mal equipado laboratorio haya sido la causa, porque el Muecas, que vive en una chabola, ha conseguido que un par de esos mismos ratones, robados por un asistente del científico, procreen masivamente gracias al calor humano en el que han sido criados, el calor humano que suministra una familia —el Muecas, su mujer y dos hijas— que duerme hacinada en el mismo colchón junto a las jaulas de los ratones. Pedro, el científico, y Amador, su asistente, tendrán que acudir a él para continuar sus experimentos, adentrándose en un mundo que exterioriza la parte más oscura de una sociedad que a finales de los años cuarenta todavía está en quiebra material y moral.

Luis Martín-Santos (1924-1964) debió conocer de cerca la precariedad científica que vive su protagonista, pues trabajó en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en aquellos mismos años, antes de dedicarse profesionalmente a la psiquiatría. Pero su denuncia no se limita a ese ámbito académico que tanto evidenciaba lo lejos que España estaba de Europa, sino a toda una sociedad que se había dejado envilecer por guardar silencio ante un panorama presentado en esta su única novela —publicada en 1962— como esperpéntico. Desde el chabolismo a los prostíbulos, pasando por los cafés y las verbenas, todo huele a hipocresía y a miedo; pero el novelista, además, supo exponer sin parecer exagerado todo lo alucinado que podía ser aquel panorama.

La importancia de Tiempo de silencio como testimonio de una época es evidente, pero también ha pasado a la historia de la literatura por ser un arriesgado ejercicio formal, por romper los moldes del realismo de cariz objetivo que, como hemos visto en esta serie de artículos, predominó durante toda la posguerra. En su texto se entremezclan diversos puntos de vista y cambios de tono narrativo, pero destaca por un penetrante subjetivismo psicológico que consigue transmitir el estado de semilocura en la que viven los personajes, sacando provecho a los conocimientos psiquiátricos de su autor.

La adaptación cinematográfica difícilmente podía aspirar a plasmar su atrevimiento formal si quería ser un producto comercial, por lo que, acertadamente, Vicente Aranda optó por una realización clásica sustentada en el entramado narrativo y los diálogos de la novela, es decir, prescindiendo de la complejidad de su estructura enunciativa. Era preferible centrarse en el aspecto testimonial, en la descripción de los esperpénticos personajes que había ideado Martín-Santos, y aun así conseguir ofrecer en imágenes un retrato verosímil del Madrid de finales de los años cuarenta. Por tanto, apenas hay cambios en una trama perfectamente condensada en un guion muy ágil, que solo se permite cierto atrevimiento cuando Aranda decide que varios personajes secundarios sean interpretados por la misma actriz, lo que incide en el extrañamiento psicológico del protagonista.

El Pedro de Vicente Aranda, interpretado por Imanol Arias, seguramente sea más atractivo de lo que se desprende de la lectura de la novela, pero en cualquier caso consigue vehicular todos los temores de una sociedad silenciada, capada, según dice el propio personaje, al mismo tiempo que conformista con la situación que le toca vivir, seguramente por la comprensible necesidad de sobrevivir aunque sea a costa de perder la salud moral y mental. (Rafael Nieto)

Recomendada.




sábado, 1 de mayo de 2021

Los Durrell en Corfú

 

Yo tenía una villa en Corfú, al pie de una colina apuntalada por cipreses...


En estos tiempos de pandemia descubrir y emocionarse con ‘Los Durrell’ cuyas cuatro temporadas emite Movistar+ y Filmin es una de las mejores cosas que nos pueda haber pasado. Corfú, la más conocida de las islas Jónicas, aquella que sirvió de última parada a Ulises en su viaje a Ítaca, se nos antoja como un refugio en el que comenzar una nueva vida.




Ambientada en plenos años 30, justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, ‘Los Durrell’ adapta con soberbia elegancia y maestría, la ‘Trilogría de Corfú’, los entrañables libros autobiográficos del naturalista Gerald Durrell: ‘Mi familia y otros animales’, ‘Bichos y demás parientes’, y El jardin de los dioses’. El peso de la serie, que consta de cuatro temporadas, recae sobre un personaje divino y carismático, sin aristas ni fisuras, que no es otro que Louisa Durrell. Viuda con cuatro hijos y muy adelantada a su tiempo, esta valiente mujer harta de la conservadora sociedad británica en la que le ha tocado vivir, rompe con todo y pone rumbo, justo a sus vástagos, a la recóndita y paradisíaca isla griega de Corfú. Es el punto de partida de esta bonita historia que transcurre deliciosamente a orillas del mar Jónico.


Libro "Trilogía de Corfú", y fotografía de su autor Gerald Durrel con un mono al hombro

Desde el momento que pisan la isla, la vida de toda la familia da un giro copernicaco de 180 grados. En medio de semejante remanso de paz e insultante belleza de la naturaleza, cada uno de ellos intentará dar un nuevo sentido a su vida. Louisa a quien interpreta la actriz Keeley Hawes buscará el amor, mientras educa en libertad a sus cuatro hijos a cual más excéntrico: Gerald, el pequeño es un obsesionado por los animales; Lawrence, el mayor, un joven escritor sediento de éxito literario que nunca se separa de su máquina de escribir; Leslie, un cabezota que al contrario que su hermano, se conforma con bien poco; y, por último, la bella Margo, siempre en la parra y bañada por la frivolidad. Los cinco miembros que componen la familia Durrell y todos los personajes secundarios que les acompañan, enamoran por igual en medio de las tramas más inverosímiles, absurdas y divertidas que uno pueda imaginar.


Larry Durrell en la serie (Josh O’Connor) y en la realidad en su barco Van Norden 



Gerry Durrell en la serie (Milo Parker) y de niño con un tortuga


Margo y Leslie Durrell en la serie (Daisy Waterstone y Callum Woodhouse)


La serie se completa con una amalgama de personajes peculiares como el taxista Spiros, la criada Lugaretzia, la tía Florence, el doctor Petridis, el criador de cabras Sven, el monje Pavlos y muchos más. Es imposible no enamorarse de las locuras y cotidianidades de este nutrido abanico de personajes carismáticos y excéntricos.


Spiros y Louisa Durrell en la serie (Alexis Georgoulis y Keeley Hawes)

La ausencia de conflictos es otra de las señas de identidad de ‘Los Durrell’. Todo el mundo es bueno, no hay maldad, ni personajes que quieran hacer daño. La serie es un canto a la vida y al optimismo, a la alegría de vivir, narrado con sumo ingenio y sin hacer concesión alguna a la cursilería.


En estos tiempos debería ser obligatorio ver ‘Los Durrell’ como una de las mejores terapias, una serie que tiene la fuerza de transportarnos directamente al verano, a unas vacaciones eternas, donde el tiempo transcurre más despacio y los problemas se minimizan al máximo.