lunes, 7 de septiembre de 2020

Annie Hall (Woody Allen, 1977)



Título original: Annie Hall. Dirección: Woody Allen. País: USA. Año: 1977. Duración: 94 min. Género: Comedia.
Guión: Woody Allen, Marshall Brickman. Fotografía: Gordon Willis. Música: Varios. Montaje: Wendy Greene Bricmont, Ralph Rosenblum. Vestuario: Ralph Lauren, Ruth Morlen. Producción: Charles H. Joffe, Jack Rollins.
Ganadora de 4 Oscars 1977 (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original y Mejor Actriz). Globo de Oro 1977 a la Mejor Actriz de Comedia/Musical (Diane Keaton). Premio BAFTA 1977 a la Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz (Diane Keaton).  
Estreno en España: 22 febrero 1978.

Reparto:
Woody Allen (Alvy Singer), Diane Keaton (Annie Hall), Tony Roberts (Rob), Carol Kane (Allison), Paul Simon (Tony Lacey), Shelley Duvall (Pam), Janet Margolin (Robin), Colleen Dewhurst (Sra. Hall), Christopher Walken (Duane Hall), Donald Symington (Sr. Hall), Helen Ludlam (Abuela de Annie), Laurie Bird (Novia de Tony), Marshall McLuhan (Él mismo).
      
Sinopsis:
Alvy Singer, un cuarentón bastante neurótico, trabaja como humorista en clubs nocturnos. Tras romper con Annie, reflexiona sobre su vida, rememorando sus amores, sus matrimonios, pero sobre todo su relación con Annie. Al final, llega a la conclusión de que son sus manías y obsesiones las que siempre acaban arruinando su relación con las mujeres.


Comentarios:
La escena inicial define lo que había sido la vida y obra de Woody Allen hasta ese momento y en lo que se iban a convertir una y otra a partir de esta película. Aparece él, en un plano medio corto, hablando directamente a la cámara. Cuenta un par de chistes, no los mejores de su repertorio, y de repente deja de jugar al comediante y se muestra preocupado: nos revela que cumplió cuarenta años y que su relación amorosa con Annie fracasó. Quiere que lo acompañemos a rememorar lo que pasó, en un viaje al pasado de su vida, que es así mismo el de su accidentada vida romántica. Ese viaje con nombre de mujer, llamado “Annie Hall”, cambió el curso de su cine e iba a entregarnos, a partir de allí, a un artista en pleno esplendor.
 
Sus películas previas se parecen a los chistes del inicio de esta escena. Parecía que el Woody Allen de “Bananas” (1971) y “El dormilón” (1973) estaba condenado a la comedia absurda, al slapstick burdo; mera disculpa para sus sketchs cómicos originados en las rutinas de stand up comedy que hizo antes de iniciarse en el cine. Pero tras “La última noche de Boris Grushenko” (1975) algo pasó. Camino al Damasco de los cómicos convencionales (extravagantes pero predecibles) Woody Allen tuvo una revelación. De ese modo supo expresar y verter en la pantalla sus angustias sexuales, religiosas, afectivas y personales a través del filtro de su ironía e inteligencia, pero (sobre todo) a través del tamiz de una humanidad de la que carecía su filmografía. Por eso su confesión en esta primera escena es tan conmovedora y honesta: Woody Allen, a quien conocíamos como payaso disparatado y neurótico, se nos muestra en su frágil condición humana. Es uno de nosotros, ¿cómo no oírlo?

 
En esa franqueza es fácil suponer que estamos ante un material de corte evidentemente autobiográfico, es más, Woody Allen tuvo una relación (que se rompió) con Diane Keaton, la coprotagonista del filme, cuyo nombre de pila es Diane Hall y era conocida como Annie. El personaje que Allen representa como actor en este filme es Alvy Singer, un comediante que oficia de escritor fantasma proveyendo de material a otros cómicos, mientras a la vez hace una carrera propia en el stand up comedy. En ese punto la frontera entre el personaje ficticio y el real se desvanece, pero Woody Allen (estamos seguros) no va a contarnos su propia vida. Es evidente que utiliza muchos elementos de ella para fines dramáticos, pero no en todo momento estamos presenciando algo que a él le pasó. Quizá estemos viendo lo que él hubiera querido que pasara. En una escena metacinematográfica al final del filme, Alvy ha convertido en un drama teatral su relación con Annie, pero a diferencia de lo que vimos que ocurrió (Alvy y Annie rompen definitivamente) aquí hay un final feliz. Alvy (sintiéndose descubierto, pues nosotros sabemos de dónde sacó el material original para su obra teatral) mira a la cámara y nos dice “¿Qué quieren? Era mi primer drama. Ustedes saben, uno está siempre tratando de que las cosas salgan perfectas en el arte, porque es realmente difícil en la vida”.

 
La anécdota de su frustrada relación con Annie es el telón de fondo para algo mucho más elaborado, pues más que filmar un diario intrascendente, en el que pudiera desquitarse con algunos y ofrecer disculpas a otros, lo que el director y guionista pretende es darnos su opinión sobre los avatares del amor en el mundo contemporáneo, lleno de angustias e interrogantes. ¿Es posible amar en estos tiempos? ¿Vale la pena arriesgarse? ¿Por qué el amor tiene fecha de caducidad? ¿Qué lo hace morir? Woody Allen aspira resolver preguntas como estas y a explicarnos su filosofía de la vida, mediante un ensayo cinematográfico, recurriendo a todas las posibilidades que le da el medio para exponer con claridad su tesis. Para lograrlo va a empezar por despojar al relato de linealidad narrativa, para quitarle importancia a la historia de la relación amorosa. Y esto lo consigue introduciendo constantes saltos entre el pasado, el presente y el futuro, en una libre asociación de remembranzas. Es más, no sabemos exactamente cuál es el presente, pues cuando la película empieza su romance con Annie ya ha concluido. Su personaje parece estar más allá de la diégesis del filme, oficiando de omnipotente maestro de ceremonias de su ensayo, pues es capaz de hablarle a la cámara, dejando a los demás personajes en el mundo de la película, mientras él se dirige a nosotros. Ese personaje (en homenaje al cine de su admirado Ingmar Bergman) logra también volver al pasado para observar, ya adulto, pasajes de su infancia, hacer comentarios al respecto y realizar proyecciones sobre lo que será la vida de aquellos a su alrededor.


Como vemos, las imágenes son aquí una especie de tablero fácil de borrar, en el que Allen va escribiendo lo que quiere explicarnos, recurriendo para sus fines expositivos a dividir la pantalla en dos e intercalar dos escenas que ocurren en un tiempo y en un espacio diferentes, (como ya hizo Elia Kazan en “El compromiso”); mostrarnos lo que los personajes piensan en contraposición a lo que dicen; abordando a desconocidos en la calle para interrogarlos sobre su vida y sobre la de él; llevando personas del mundo real a la ficción que nos muestra; o introduciendo una secuencia de animación basada en Blanca Nieves. A sus argumentos suma su deseo por enseñarnos sus gustos artísticos, cinéfilos y literarios, como una manera de decirnos que las dificultades y tristezas del existir pueden aliviarse, sino con el amor, con el bálsamo del arte. Hay alusiones al cine de Groucho Marx, Marcel Ophuls, Bergman, John Huston, Coppola, Fellini, Chaplin y Jean Renoir. También referencias a Samuel Beckett, Henry James, Sylvia Plath, Balzac, Henrik Ibsen, Kafka, Thomas Mann, Salinger; a obras de Ernest Becker y Jacques Choron; a las pinturas de Norman Rockwell y a la Sinfonía Júpiter de Mozart. Así mismo, Woody se muestra implacable con la seudo intelectualidad y con la banalidad artística, representada esta última en Hollywood, el cine comercial y la televisión.


El humor en “Annie Hall” está totalmente integrado al desarrollo explicativo propuesto y ese es uno de los mejores aciertos del filme. Alvy Singer no es un personaje de por sí gracioso (a veces es abiertamente patético), pero sus palabras, sus comentarios y respuestas sí lo son, aunque no pretenda que así sean. Tampoco se trata de bromas abiertas, son expresiones ingeniosas y agudas en el contexto en que son expresadas, algunas quizá un poco elevadas para el común de los espectadores, lo que ha hecho que muchos consideren difícil el cine de Allen. Lo que ocurre es que el director no va a rebajar, por ningún motivo, la calidad de su humor cerebral para ganar la complacencia del público. A ese humor inteligente hay que acercarse sintonizado en la misma frecuencia cultural, política, religiosa y artística de su autor, seguros de encontrar una recompensa intelectual que pocos cineastas ofrecen. Sus blancos favoritos de burla son el psicoanálisis, Freud y la religión judía. Judío de nacimiento y cliente habitual del diván psicoanalista, Allen ve en ambas instancias un filón inagotable de humor autoreferencial, que se suma a la descripción de sus angustias, traumas y complejos, muchos de los que al parecer se originaron en su infancia.


Woody Allen entiende que las relaciones afectivas tradicionales estaban ya agotadas y que nos enfrentábamos a un nuevo modelo, en el que cada cual pensaba primero en sus necesidades, antes que en las del otro. Su búsqueda de la mujer ideal, simbolizada en los dos matrimonios previos del personaje de Alvy, lo llevan a encontrar a Annie, una mujer ingenua a la cual modelar y poderle servir como mentor en temas como la vida en Nueva York, el cine, la política y el sexo. A la manera de un Pigmalión moderno, Allen le da alas a Annie, sin medir que su pupila va a reclamar una ganada y por fin comprendida libertad. Alvy Singer se queda solo, pues no es posible (en la óptica de Allen) atar a una mujer sólo por el hecho de amarla. Las coincidencias y puntos en común entre ambas vidas son los que sostienen la relación, pero la mujer ya no va a someterse a los planes que el hombre tenga para ambos, si estos no coinciden con su plan de vida, tema al que volvería en “Manhattan” (1979).


Actualización de la comedia romántica de los años cuarenta y filme inspirador de muchas otras comedias contemporáneas, “Annie Hall” marcó un antes y un después en la carrera de Woody Allen. A partir de aquí su cine se hizo más personal e intimista, hasta hacerse imprescindible como el gran relator de la comedia humana que dibuja día a día, como sin notarlo, la sociedad de los Estados Unidos. (Juan Carlos González)
Recomendada.


sábado, 5 de septiembre de 2020

Chicos del Este (Robin Campillo, 2013)


Título original: Eastern Boys. Dirección: Robin Campillo. País: Francia. Año: 2013. Duración: 128 min. Género: Drama.
Robin Campillo, Gilles Marchand (Guión), Jeanne Lapoirie (Fotografía), Arnaud Rebotini (Música), Hugues Charbonneau, Marie-Ange Luciani (Producción).
3 nominaciones a los Premios César 2014. Mejor Película Internacional en el Festival Internacional de Cine de Santa Bárbara, Premio “Horizontes” a la Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

Reparto: Olivier Rabourdin (Daniel), Kirill Emelyanov (Marek / Rouslan), Daniil Vorobyov, Edéa Darcque, Camila Chanirova, Beka Markozashvili, Bislan Yakhiaev, Mohamed Doukouzov, Aitor Bourgade.

Sinopsis:
Vienen de toda Europa del Este: Rusia, Ucrania, Rumanía, Chechenia... Son chicos del Este. El mayor no aparenta más de 25, y el más joven imposible saber qué edad tiene. Se pasean por la Estación del Norte de París. Algunos ejercen la prostitución. Muller, un hombre discreto de unos 50 años, se ha fijado en uno de ellos, Marek. Una tarde Muller se arma de valor y entabla conversación. El joven accede a visitar a Muller al día siguiente.

Comentarios:
Hace poco más de una década, el guionista y director francés Robin Campillo se adentró en el universo del largometraje con “Les Revenants”, una película con un trasfondo social y un mensaje interesante, así como un ritmo tan lento como los zombis que en ella aparecen. Involucrándose, cuatro años después, en el guión de “Entre les murs” de Laurent Cantet, su nombre fue pulido y algo más reconocido. A partir de este momento existen dos vías: caer al vacío o encumbrarte gracias a un proyecto arriesgado.
Así fue como Campillo tuvo que centrarse en la película ganadora del premio Orizzonti, “Eastern Boys”, una cinta dedicada al hombre solitario. Con una extensa carrera, el actor francés Olivier Rabourdin se mete en la piel de Daniel, un ejecutivo cincuentón que se fijará, dentro de un grupo de chicos de los países del este europeo que deambulan por la estación de París, en un joven ucraniano (Kirill Emelyanov). Tras una rápida y fría invitación a su piso de soltero, Daniel no encontrará lo que él esperaba cuando, al día siguiente, llaman a su puerta. En este punto vivimos la impotencia en primera persona a través del protagonista, como si de una escena al más puro estilo Haneke se tratara. La cinta queda dividida en cuatro capítulos, los cuales muestran diversos géneros cinematográficos, siendo muchos los temas tratados tales como el drama, la homosexualidad, la prostitución pero, sobre todo, la relación de los franceses con la inmigración ilegal.
Durante los encuentros sexuales se irá observando la soledad asemejada que viven los personajes, independientemente del estilo de vida y la diferencia de edad. Con una delicadeza soberbia, sin llegar a la pornografía, Campillo muestra la progresiva necesidad que los dos hombres ansían. Sin embargo, la cámara no sólo centra el objetivo en esta historia de pseudo-amor, pues la premisa la encontramos en la inmigración ilegal, los grupos sociales marginales que se forman y cómo terminan por convertirse en una mafia controladora que no dejará escapar a sus integrantes. De este modo, lo que comienza como un contrato verbal en el que “tú me pagas y yo me dejo hacer” termina convirtiéndose en la búsqueda de la libertad.


Cómo un simple encuentro entre dos personas que necesitan satisfacer su propio deseo sexual, disfrutar del contacto humano, sentirse queridos durante unos fugaces minutos, experimentar placer junto a una persona desconocida, algo tan complejo pero mundano a la vez, se retuerce en sí para dar lugar a una lucha trepidante contra la opresión y la manipulación. Daniil Vorobyov es el encargado de personificar el punto antagónico en el filme, con una actuación sobresaliente consigue dar la chispa necesaria, evitando que nos hartemos de tanto hastío y caras largas. Un actor revelación al que se le da de lujo hacer de cabrón.
Una película tan humana y provocativa obstaculiza su análisis debido a las múltiples lecturas que se le pueden dar. Eso sí, la dureza y el dramatismo que proyecta resulta incómodo de ver en ciertos momentos, así como el sentimiento de incapacidad ante lo que sucede, pues la empatía no nos libra de seguir observando la crueldad que nos brinda este mundo repleto de obstáculos. (Josué Castellano)
Recomendada.


jueves, 3 de septiembre de 2020

Tenet (Christopher Nolan, 2020)


Título original: Tenet. Dirección: Christopher Nolan. País: Reino Unido. Año: 2020. Duración: 150 min. Género: Ciencia-Ficción.  
Guión: Christopher Nolan. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Música: Ludwig Göransson. Montaje: Jennifer Lame. Vestuario: Jeffrey Kurland. Producción: Christopher Nolan, Emma Thomas.
Estreno en Sevilla: 26 Agosto 2020

Reparto: John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, Dimple Kapadia, Aaron Taylor-Johnson, Michael Caine, Clémence Poésy, Martin Donovan, Himesh Patel, Andrew Howard, Yuri Kolokolnikov, Fiona Dourif, Jonathan Camp, Wes Chatham, Marcel Sabat, Anthony Molinari, Rich Ceraulo, Katie McCabe, Mark Krenik, Denzil Smith, Bern Collaco, Laurie Shepherd.

Sinopsis:
Armado con tan solo una palabra –Tenet– el protagonista de esta historia deberá pelear por la supervivencia del mundo entero en una misión que le lleva a viajar a través del oscuro mundo del espionaje internacional, y cuya experiencia se desdoblará más allá del tiempo lineal.

Comentarios:
La relevancia del cine, o al menos de cierto cine, debería tener mucho más que ver con la trascendencia de lo contado, con la meta, que con la dificultad de su tratamiento, con el camino. Dicho de otro modo: se pueden desarrollar con sencillez los temas más profundos o, en cambio, exponer los más sencillos partiendo de la complicación. A estas alturas se puede afirmar que el siempre interesante director británico Christopher Nolan está en el segundo grupo.
“Origen” (2010) partía de una frase contundente: los parásitos más resistentes no son los virus sino las ideas; una vez se han apoderado del cerebro, es imposible erradicarlas. Un planteamiento fascinante de múltiples posibilidades políticas y sociales, que sin embargo Nolan narraba del modo más arduo posible, con continuos jeroglíficos, trucos y acertijos alrededor de los sueños y del tiempo, su gran tema, con los que aún hoy corren ríos de tinta acerca de sus significados, para llegar finalmente a una esencia sencilla: con tal de estar con nuestros hijos, nos da igual que sea en un sueño o en una realidad paralela. Con “Tenet”, su nuevo artefacto cinematográfico, elefantiásico, deslumbrante en su superficie y seguramente imposible de elucidar conforme transcurre, sucede más de lo mismo: la realidad puede ir hacia atrás y hay una reversión de las leyes de causa y efecto, pero en el fondo no es más que una película de espionaje con un villano que quiere acabar con el mundo y unos héroes que intentan evitar “una tercera guerra mundial”.
A Nolan le gusta complicar las cosas y a sus fanáticos les encanta que se las compliquen. Incluso el prólogo de Tenet, espectacular en su puesta en escena, resulta confuso en su narrativa. Con sus películas, desde la promoción de sus creadores y desde el marketing, se abre paso un lema: disfrútala la primera vez, y empieza a entenderla a partir de la segunda. O quizá tampoco. El problema es que ni “Origen” ni “Tenet” son tan relevantes en su contenido como para querer disfrutarlas cuando estás inevitablemente perdido. Y no hablamos tanto de que venga bien un curso acelerado de física antes de ir al cine, sino de que merezca la pena ese esfuerzo ante algo, en el fondo, tan nimio.
Es improbable que con la fuerza visual de ciertas imágenes y ese espectacular tratamiento sonoro y musical la película no te concierna. Pero lo hace solo en lo físico, por atronamiento, no en lo emocional, donde hay que esperar a sus últimos diez minutos para que te toque algo la fibra. Mientras, la conjunción de imágenes hacia delante y hacia atrás en un mismo plano, multiplicando los juegos temporales de su director y guionista, deben haber sido un reto. Pero eso inclusive está más relacionado con lo tecnológico que con lo artístico.
La posteridad es la gran palabra de la película: internamente, en el relato, y externamente, en cuanto a las supremas ambiciones de Nolan. Pero la posteridad, al menos en el aspecto cinematográfico, no tiene por qué ser un lío. (Javier Ocaña).
Recomendada (con reservas).


martes, 1 de septiembre de 2020

El apartamento (Billy Wilder, 1960)


Título original: The Apartment. Dirección: Billy Wilder. País: USA. Año: 1960. Duración: 125 min. Género: Comedia dramática.
Guión: Billy Wilder, I.A.L. Diamond. Fotografía: Joseph LaShelle. Música: Adolph Deutsch. Montaje: Daniel Mandell. Producción: B. Wilder, I. A. L. Diamond, Doane Harrison.
Ganadora de 5 Oscars 1960 (incluido Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Original). Globo de Oro 1960 a la Mejor Película, Mejor Actor de Comedia/Musical (Jack Lemmon) y Mejor Actriz de Comedia/Musical (Shirley MacLaine). Premio a la Mejor Actriz (Shirley MacLaine) en el Festival de Venecia 1960. Premio BAFTA 1960 a la Mejor Película.
Estreno en España: 19 diciembre 1962.

Reparto:
Jack Lemmon (C. C. "Bud" Baxter), Shirley MacLaine (Fran Kubelik), Fred MacMurray (Jeff D. Sheldrake), Ray Walston (Joe Dobisch), Jack Kruschen (Dr. Dreyfuss), David Lewis (Al Kirkeby), Edie Adams (Srta. Olsen), Hope Holiday (Sra. Margie MacDougall), Joan Shawlee (Sylvia), Naomi Stevens (Sra. Mildred Dreyfuss).
      
Sinopsis:
C.C. Baxter es un modesto pero ambicioso empleado de una compañía de seguros de Manhattan. Está soltero y vive solo en un discreto apartamento que presta ocasionalmente a sus superiores para sus citas amorosas. Tiene la esperanza de que estos favores le sirvan para mejorar su posición en la empresa. Pero la situación cambia cuando se enamora de una ascensorista que resulta ser la amante de uno de los jefes que usan su apartamento.

Comentarios:
Billy Wilder inició su carrera como guionista, y es coautor del guion de todas sus películas como director. No es de extrañar por ello que concediera siempre gran importancia al proceso de escritura de sus películas, tendiendo a una puesta en escena “invisible” que permite que sus historias fluyan con gran facilidad ante el espectador. Sin embargo, esto no significa que Wilder no impregne sus mejores películas de un personalísimo estilo que las hace perfectamente reconocibles también en el aspecto formal. “El apartamento” es uno de los mejores ejemplos de esta perfecta armonía entre guion y puesta en escena en la obra de Wilder.
Tercer trabajo en colaboración con el guionista I.A.L. Diamond, después de “Ariane” (1957) y la magistral “Con faldas y a lo loco” (1959), y afianzando una fructífera relación profesional que se iba a prolongar hasta prácticamente el final de la carrera de ambos, con ocho títulos en total, “El apartamento” narra la patética historia de C.C. "Buddy" Baxter (Jack Lemmon) un miserable oficinista que cede su apartamento para las aventuras extramatrimoniales de sus superiores, con la vana esperanza de obtener un ansiado ascenso. A partir de esta rocambolesca línea argumental, Wilder nos ofrece una amarga comedia en la que salen a flote algunos de los peores defectos de la sociedad norteamericana (y de cualquier sociedad del mundo occidental), como son el egoísmo, la hipocresía, el materialismo o la insolidaridad.
Ya en el arranque de la película, y aprovechando al máximo las posibilidades del formato panorámico, Wilder plasma de manera  ejemplar el que va a ser uno de los temas puntales del film: la soledad del hombre en la sociedad moderna. Una soledad que se manifiesta tanto en la inmensa oficina en la que Baxter trabaja rodeado de una multitud de oficinistas anónimos (aquí una soledad “psicológica”, entre una multitud deshumanizada), como en el magnífico plano del mismo Baxter recostado en plena noche en el banco de un parque desierto, a la espera de poder regresar a su apartamento. Únicamente un espacio va a quedar al margen de esta puesta en escena “deshumanizadora”: el pequeño reducto del ascensor comandado por Fran Kubelik (Shirley MacLaine). Es allí donde Wilder se permite ubicar la cámara a la altura de los ojos de sus personajes, encuadrándolos en un plano corto que los aísla del resto de “pasajeros”, para así individualizarlos con respecto a la masa informe. Y es que Baxter y Fran, personajes de una ingenuidad conmovedora, representan para Wilder la última posibilidad de esperanza frente a la sociedad materialista y deshumanizada que la película retrata.


“El apartamento” es en este sentido una ‘comedia triste’, que sitúa al espectador en una incómoda posición entre la hilaridad y la compasión que provoca su protagonista. Esto es evidente en la mayoría de escenas de la primera parte del film: los malentendidos con el matrimonio vecino de Baxter (que le tienen por un juerguista empedernido), los desesperados intentos de éste por “cuadrar la agenda” de reservas de su apartamento, o la escena en la que el protagonista es seducido por una solitaria y madura mujer (magnífica Hope Holiday) durante la noche de navidad. Escenas todas ellas rodadas desde una actitud de profunda complicidad por parte del director, en las que el humor surge casi ‘a pesar’ de los personajes. Todo lo contrario a lo que ocurre con la implacable mirada de Wilder hacia los personajes del entorno laboral de Baxter, especialmente hacia Jeff D. Sheldrake (Fred MacMurray), un individuo despreciable y carente de escrúpulos para el cual el director no reserva la más mínima indulgencia (una mirada muy distinta a la que aplica a buena parte de los personajes “negativos” de su filmografía: piénsese sin ir más lejos en los mafiosos de “Con faldas y a lo loco”, a los que Wilder retrata con mucha más simpatía).


De hecho, a medida que el conflicto sentimental entre el triángulo Baxter-Fran-Sheldrake va tomando protagonismo, la película se va despojando del tono de comedia inicial y adopta las formas de un peculiar melodrama con tintes de cuento infantil (hay un poco del personaje de la Cenicienta, en la combinación de la pareja protagonista), lo que permite a Wilder justificar un indudable maniqueísmo en el dibujo de los personajes (la cándida inocencia de Baxter y Fran en contraposición a la mezquindad de Sheldrake y del resto de jefes del departamento). Un tono de cuento que explica asimismo la completa ausencia de referencias sexuales en la relación entre la pareja protagonista, tanto por lo que vemos en la película como por lo que el desenlace de la misma nos deja adivinar: seguramente Baxter no despierta grandes pasiones físicas en Fran (en un momento de la película ella se lamenta ante el pobre Baxter de “no poder enamorarse de alguien como él”) pero al final la bondad y la honestidad del protagonista se imponen a otras pulsiones más perentorias y la bella ascensorista decide jugar la partida de cartas que le propone el bueno de Baxter, tal como vemos en el magnífico final de esta espléndida película. (David Vericat)
Recomendada.