lunes, 8 de febrero de 2016

Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino



Título original: The Hateful Eight. Dirección: Quentin Tarantino. País: EE.UU. Año: 2015. Duración: 167 min. Género: Western, Intriga. Guión: Quentin Tarantino. Producción: Yohei Taneda (diseño). Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Música: Ennio Morricone. Dirección Artística: Richard L. Johnson. Estreno en España: 15 enero 2016.
Intérpretes: Samuel L. Jackson (Mayor Marquis Warren), Kurt Russell (John Ruth),  Jennifer Jason Leigh (Daisy Domergue), Bruce Dern (General Sanford Smithers), Tim Roth (Oswaldo Mobray), Demian Bichir (Bob), Walton Goggins (Sheriff Chris Mannix),  Michael Madsen (Joe Gage), Dana Gourrier, James Parks, Channing Tatum, Zoë Bell, Lee Horsley, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark y Belinda Owino.

Sinopsis:
Pocos años después de la Guerra de Secesión, una diligencia avanza a toda velocidad por el invernal paisaje de Wyoming. Los pasajeros, el cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) y su fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), intentan llegar rápidamente al pueblo de Red Rock, donde Ruth entregará a Domergue a la justicia. Por el camino, se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado de la Unión convertido en cazarrecompensas de mala reputación, y Chris Mannix (Walton Goggins), un renegado sureño que afirma ser el nuevo sheriff del pueblo. Como se aproxima una ventisca, los cuatro se refugian en la Mercería de Minnie, una parada para diligencias de un puerto de montaña. Cuando llegan al local se topan con cuatro rostros desconocidos. Bob (Demian Bichir), que se encuentra allí refugiado junto con Oswaldo Mobray (Tim Roth), verdugo de Red Rock, el vaquero Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Sanford Smithers (Bruce Dern). Mientras la tormenta cae sobre la parada de montaña, los ocho viajeros descubren que tal vez no lleguen hasta Red Rock después de todo...

Kurt Russell y Samuel L. Jackson en "Los odiosos oho"

Comentarios:
Con tres nominaciones a los Óscar 2016 se nos presenta esta nueva producción de Tarantino. En esta ocasión con un wester, cuya música elabora el gran Morricone con gran maestría y merecida es su nominación al Óscar a Mejor Banda Sonora Original. La nueva propuesta de Tarantino es un microscopio extraordinario de la condición humana, de las formas que tenemos con identificarnos y de movernos por la vida, de lo que las circunstancias extremas pueden hacer a la gente, y de la naturaleza cambiante de la lealtad y la traición. Todo con un envoltorio de western invernal muy gracioso y divertido que resulta muy auténtico y revelador de la naturaleza humana.
"La ausencia de pasión es la esencia de la justica. La justicia que no se sirve desapasionadamente corre el peligro de no ser justicia", se escucha a uno de los personajes de la cacofónica Los odiosos ocho y el crítico Luis Martínez se pregunta si lo que vale para tan noble causa no sirve también para el propio cine. Quizá no tan noble, pero causa al fin y al cabo. Y no, pocas artes tan injustas, cabría concluir, como el cine. Más allá de la pasión, por resumirlo mucho, nada.
La octava película de Tarantino es si se quiere la más irrelevante y, a la vez, la más entregada de toda su filmografía a explicar a su autor. La más 'pasionalmente' él. Para bien y para mal. Minimalista y, sin solución de continuidad, ampulosa hasta la enfermedad. Folclóricamente violenta y, quién lo iba a pensar, grave, conceptualmente ardua por comprometida. La más minuciosamente pensada y, quizá por ello, la menos espectacular. Toda ella vive en una calculada contradicción capaz de repeler con la misma fuerza que cautiva.
De entrada, el propio formato de la cinta invita a la sospecha. O al desconcierto. Rodada, tal y como pomposamente anuncian los créditos, en 65 milímetros con las lentes en peligro de extinción Ultra Panavision 70, el primer plano es una imagen estática sobre la que discurre la música, más sabia y profunda que nunca, de Ennio Morricone. Acto seguido, la mirada del espectador es enfrentada a la amplitud virgen de un paisaje irredento y eterno. El resto, una película encerrada. Siempre encerrada: primero en una diligencia y después en una cabaña acosada por la tempestad. Y así durante tres horas.
La obertura es ya toda ella una declaración de principios, un homenaje a la simple contradicción. Rodar lo más íntimo, tal vez insignificante, con la más exuberante de las herramientas. Y en ese juego entre lo inmenso y lo ridículamente enano se moverá el resto de una propuesta de estructura tan compleja como argumentalmente simple.

Kurt Russell y Jennifer Jason Lihg en "Los odiosos ocho"

Un cazarrecompesas (Kurt Russell en una caracterización cerca de Snake Plissken) lleva a su víctima (Jennifer Jason Leihg como nunca antes) a la horca en una diligencia. Por el camino se encontrarán al colega de sangre y de armas interpretado por Samuel L. Jackson en su mayor exhibición 'taratiniana' desde Pulp fiction. Si el primero deja que sea la horca la que termine con sus 'presas', el segundo mata siempre al primer contacto. Digamos que cada uno se sitúa a un lado de lo que el cartel de "Wanted" (Se busca) anuncia en su segunda línea: Vivo o muerto. Tras recoger a otro perdido más por el camino (el sheriff al que da vida Walton Goggins), el grupo acabará detenido por la borrasca en una especie de apeadero donde les aguardan todos los demás. Por allí, un mexicano (Demian Bichir), un presunto y fino inglés (Tim Roth), un viejo general confederado (Bruce Dern)... Y alguna sorpresa más. Muchas, de hecho.
Y en ese microcosmos, a puerta cerrada, el director elabora a la vez, y por orden: a) una delirante teoría racial sobre el nacimiento del Estado americano; b) un 'western' de cámara que hace coincidir el universo barroco de 'Django desencadenado' con la verborrea violenta de 'Reservoir dogs'; c) una novela inocente de misterio al estilo de Agatha Christie con la imaginación desgarrada de Stephen King; d) un pastiche de referencias cruzadas en el que se citan desde el género 'exploitation' a la reflexión existencial sin olvidar el más simple espectáculo de 'varietés gore', y e) un laberinto narrativo en el que nada acaba donde debería. Y así.
Si se quiere, y por ahorrar largas definiciones, Tarantino se somete él mismo al pulso de soportarse tal y como es. O, mejor, tal y como ha sido todo este tiempo. Cada plano está ahí para recordarnos quién es el autor en una exhibición de sí mismo tan florida como irrenunciable; tan cargante como hipnótica. Toda la película vive sometida al esfuerzo, tal vez impúdico, del más brutal exhibicionismo.
Y todo lo anterior, que sobre el papel puede causar cierta aprensión, en la pantalla adquiere el tacto magnético de lo único. Nadie que no sea él puede explicar de forma tan simple el conflicto racial de su país sin, acto seguido, ser apedreado. Pero él resiste en pie tanto a los que arremeten contra su 'cinerrea' como a los que le acusan de involucionismo, cansancio o repetición. Y lo hace porque, en esencia, Tarantino hace tiempo que ha dejado ser un simple director para alcanzar el grado de religión pagana.
De hecho, Los odiosos ocho es la película de toda su carrera (quizá junto a la obra maestra Death proof) que menos ideas narrativas posee y la más entretenida en su sentido más rústico. Cada uno de los largos, quizá eternos, monólogos cumple a su manera un propósito en la trama. Pocas veces antes había ocurrido algo así. En general, cuando uno de sus personajes habla para que se luzca el escritor el mundo se detiene. Ahora lo mismo, pero siempre con la intención de soportar en su justo sentido el desenlace que vendrá después.
Da la impresión, y así se respira en el final apocalíptico, que Tarantino ha llegado, por fin, a un punto de no retorno. Hace no mucho amagó con desaparecer, con dejar de hacer más cine. Y, de algún modo, esta película funciona como cierre y testamento de una manera extremada y extenuantemente peculiar de mirar al mundo, al cine y a sí mismo.
Sospechábamos que, pese a todo lo declarado y a pesar de tanto furor cinéfilo, el auténtico argumento de Tarantino era el propio Tarantino. Siempre ha sido así. La única pasión de Tarantino es él mismo convertido en cine. He aquí la prueba. Pasión por pasión, nada tan injustamente apasionado como el cine. Tarantino más 'tarantinizado' que nunca. Que ya es.
Por cierto, la película sólo se podrá ver tal y como ha sido pensada por el autor (es decir, íntegra) en un cine en Barcelona. Ya no hay cines capaces de respetar el cine de 70 milímetros en España. Tan triste. A lo mejor no todos los males vienen de la piratería.


domingo, 7 de febrero de 2016

El hijo de Saúl, de László Nemes



Título original: Saul fia. Dirección: László Nemes. País: Hungría. Año: 2015. Duración: 107 min. Género: Drama. Guión: László Nemes y Clara Royer. Producción: Judit Stalter (ejecutivo) y László Rajk (diseño). Fotografía: Mátyás Erdély. Montaje: Matthieu Taponier. Música: László Melis. Sonido: Tamás Zányi. Estreno en España: 15 enero 2016.
Intérpretes: Géza Röhrig (Saul Ausländer), Levente Molnár (Abraham), Urs Rechn (Oberkapo Biedermann), Sándor Zsótér (Doctor), Todd Charmont (Braun), Christian Harting (SS Voss), Marcin Czarnik (Feigenbaum), Jerzy Walczac (Sonderkommando Rabbi), Björn Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz, Kamil Dobrowolski.

Sinopsis:
En el año 1944, durante el horror del campo de concentración de Auschwitz, un prisionero judío húngaro llamado Saul, miembro de los 'Sonderkommando' (encargados de quemar los cadáveres de los prisioneros gaseados nada más llegar al campo y limpiar las cámaras de gas), encuentra cierta supervivencia moral tratando de salvar de los hornos crematorios el cuerpo de un niño que toma como su hijo.

Fotograma de "El hijo de Saúl"

Comentarios:
Galardonada en el pasado Festival de Cannes, ésta producción húngara ha conseguido de nuevo para su país la nominación al Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. La cinta es un ambicioso largometraje producido con un presupuesto modesto que intenta introducir al espectador en lo más profundo de un campo de concentración nazi. Y lo hace des un lenguaje cinematográfico completamente novedoso, usando múltiples planos-secuencias, prolongados primeros planos y eliminando la profundidad de campo en todo momento. Es el sonido y no lo que vemos lo que hace perturbar al espectador. La ópera prima de este realizador húngaro, nacido en 1977 y alumno del gran Béla Tarr, nos ofrece fresca innovación a un tema quizás algo trillado.
Tratado por arriba y por abajo, del derecho y del revés, con grandilocuencia y con sencillez, con ética y con estética, incluso con esteticismo y sin ética, con justicia, con rigor, con ambigüedades, con poder didáctico, incluso con humor, el Holocausto en el cine, no pocas veces procedente de la literatura, parecía un tema agotado. Parecía. Hasta que llegó el húngaro László Nemes y lo puso patas arriba en el pasado Festival de Cannes. Una vez más. Porque la más terrible de las tragedias del siglo XX es un tema inagotable. Porque la actitud del ser humano resulta inabarcable. En cuestiones de fondo quizá esté todo dicho ya. Quizá. Pero en la forma quedaba aún un resquicio, al menos. Un resquicio brutal basado en una de las posibilidades del cine: el lugar de mostrar, intentar inmiscuir, introducir, involucrar al espectador; no solo mentalmente, sino casi físicamente. Literalmente, provocar a la platea la sensación de estar dentro de un barracón, de una fila de la muerte, de un socavón moral, de una guerra sin cuartel, con el infierno de los demás y con el de uno mismo. Es la extraordinaria El hijo de Saúl, un órdago a la cuestión del travelling como cuestión moral de Godard, un antídoto a la teoría de la abyección de Rivette, un listísimo anzuelo a los tabúes de representación de Lanzmann.
La película de Nemes, según Javier Ocaña, logra el objetivo a través de tres recursos aparentemente sencillos. Primero, un diseño de sonido hiperrealista en el que cada movimiento, cada roce, cada grito, cada disparo, cada respiración, parezca un navajazo en el estómago del que ve la película. Segundo, una cámara agilísima, casi siempre detrás del protagonista, un judío que trabaja en uno de los hornos crematorios de Auschwitz, que se mueva al ritmo de numerosos planos secuencia. Y tercero, una limitadísima profundidad de campo, de apenas un metro en muchos momentos. Solo importa lo que esté delante de las narices del personaje. Un procedimiento que, a la vez, ejerce de recurso formal ético y de metáfora de fondo. Porque la ambigüedad de la actitud de Saúl, poniendo en peligro a los vivos para poder honrar a un muerto, es el otro gran tema de la película. Nemes viene a hablarnos de la imposibilidad de tener una visión global del campo de exterminio en esas condiciones, y eso se transmite.
Las críticas morales desde el sofá de casa son fáciles. Lo terrible es estar ahí y tener que actuar, que tomar decisiones. Y eso es lo que presenta la película, lo que te hace sentir más que ver: el martirio físico y mental de habitar el infierno y querer mantenerte en pie.


jueves, 4 de febrero de 2016

"Una paloma se posó en una rama..." y con la crítica hemos topado

           Aunque me ha ocurrido a menudo desde que empecé a ver cine con asiduidad, últimamente –he de reconocerlo– la experiencia se está cronificando y esto empieza a parecerse al día de la marmota.  ¿Será que se agota mi pasión por el cine?  ¿O quizá que, contagiado por los subproductos que nos rodean, se me está embruteciendo el paladar?  Hace poco conversaba con una amiga de Linterna Mágica sobre una película que me había “dejado frío” y que los santones de la crítica exaltaban como lo mejor de los últimos tiempos, una película rica en todos los artificios del “experto en imágenes” pero que carecía de lo que para mí –que me perdone Wenders, al menos el teórico, muy inferior al cineasta– es más importante: una buena historia, algo verdadero –en el sentido más profundo de la palabra, que no tiene por qué ser realista– que contar.  Pero para explicaros esta inquietud por mi creciente mal gusto, por mi experiencia repetida de salir helado del cine y toparme con una crítica que me excomulga por ello, os voy a hablar de un caso más extremo: la última del sueco Roy Andersson, Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia, que después de discurrir por el Festival de Cine de Sevilla, obtuvo el León de Oro de Venecia y, este año pasado, el máximo galardón de los premios del cine europeo en el apartado de “comedia”.




            La película pretende ser una crítica de la alienación en la que vive la sociedad occidental a través de treinta y nueve cuadros estáticos de corte surrealista.  La cámara, que no se mueve un milímetro, se limita a contemplar cómo unos personajes embadurnados en maquillaje blanco –payasos tristes al parecer (nunca me han gustado los payasos, salvo “los de la tele”)– se mueven lentamente en situaciones de la vida cotidiana –desde una cafetería a una parada de autobús– sin percatarse de su propia inanidad, y no dejan de repetir a cada paso –vacíos de emociones y de inteligencia– la frase “me alegro de que todo te vaya bien”.  La unidad entre los treinta y nueve cuadros se consigue a través de una gran uniformidad estética (una fotografía en colores apagados a tono con el maquillaje y el ritmo cansino de los personajes) y de sus dos protagonistas: un par de representantes comerciales, expertos en espectáculos, que intentan vender sin éxito una y otra vez sus productos, entre los que se encuentran una “caja de la risa”, unos colmillos de vampiro y la careta “de tío del diente”.




            Cuando uno culmina la hazaña de terminar la película sin dormirse –¡Qué falta de gracia! ¡Qué ejercicio de onanismo intelectualoide! ¡Qué presunción de creer que por alterar la lógica puede asomar Viridiana! ¡Qué aburrimiento y qué forma de disfrazar la falta de ingenio con un “estilo” artificioso!–, cuando uno –digo– consigue levantarse del sillón para bucear por Internet y ver qué piensan los demás, resulta que los espectadores de a pie le dan, si acaso, un aprobado raspando en sus valoraciones –¡pobre chusma!–, mientras que los popes de la crítica”–grandes periódicos incluidos–, que la califican de obra maestra,  hablan de “un Jacques Tati de ultratumba”, de “un Buster Keaton escandinavo” y de que en la película se encuentran huellas de Ingmar Bergman –supongo que por lo sueco y por “los temas existenciales”–, de Kaurismaki –por lo nórdico, supongo, y por lo estático del ritmo y de los personajes (¿dónde quedan la gracia y la humanidad del finlandés?)– y de la “exuberancia a lo Federico Fellini” (sic).  Si tenéis la paciencia de leer cuatro o cinco críticas –es frecuente que se plagien entre ellas de forma más sutil o más burda–, comprobaréis cómo el supuesto estilo de Andersson es un compendio de lo mejor de la historia del cine en su género. 




            Dicho lo dicho, me animo a provocar la polémica con lo que voy a añadir a continuación, aunque tengo la tranquilidad de que no vivo de esto y me lo puedo permitir.  Creo que al amparo del cine se alberga mucho farsante que escribe porque no hay pena de cárcel por decir mamarrachadas.  Y creo además que estas mamarrachadas se reproducen y se multiplican en los diferentes foros “críticos” porque algunos creen que el número y la insistencia en las mismas valoraciones “respetables” –como el uso de la escritura o la sanción del Papa en la Edad Media– los inviste de autoridad.  Creo, además, que cuando nos adentramos en los niveles “profesionales” de buena parte de la crítica –de gente que vive de la cosa–, se ha creado una connivencia entre determinados círculos de los festivales, los “opinadores expertos”, muchos “creadores” y numerosos industriales que tienen que rentabilizar sus inversiones y no han dudado en acuñar la etiqueta de “cine de calidad” para dotar de dignidad artística a sus productos, no siempre infumables pero con frecuencia mediocres o, al menos, no tan excelentes como se nos hace creer.  Un espectador “que se precie” no puede disentir de su excelencia, al menos en público.

         Aguja para mareantes.  La mayoría de los aficionados al cine tienen suficientes herramientas críticas –más de las que creen– para valorar las películas desde su autenticidad y sin palabras o criterios prestados.  Siempre he admirado –y reconozco su mérito– a la persona que tiene que lanzarse al ruedo día tras día para dar su opinión en un medio público, por lo que está más expuesta que nadie a emitir un juicio equivocado.  Lo que sí cabe pedirle es autenticidad, un poco de humildad y menos poses sacerdotales. 

martes, 2 de febrero de 2016

Derecho y Cine: La dificultad de alcanzar la justicia. Doce hombres sin piedad (1957)



Proyección de la película “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957) seguida de Mesa Redonda. 


 Fecha: 2 de febrero de 2016 
Hora: 18,30
Lugar: Círculo Mercantil e Industrial (C/ Sierpes, nº 65)
Entrada libre hasta completar aforo

  


A menudo, en el cine se plantea la dificultad que existe para alcanzar la justicia. Son muchas las películas que ponen de manifiesto las trabas que surgen en un proceso judicial. Sin lugar a dudas, una de ellas, puede ser los prejuicios del jurado. Y nadie mejor que Lumet supo reflejar este aspecto del proceso judicial.
La actividad que plantea “Linterna Mágica” esta tarde es reflexionar sobre estos aspectos, tras la proyección de la obra maestra de Lumet. Basada en la obra teatral de Reginald Rose, está interpretada por Henry Fonda (8), Lee J. Cobb (3), E.G. Marshal (4), Jack Warden (7), Ed Begley (10), Martin Balsam (1), John Fiedler (2), Robert Webber (12), George Voskovek (11), Jack Klugman (5), Ed Binns (6), Joseph Sweeney (9).

Fotograma de "Doce hombres sin piedad"

“Doce hombres sin piedad” cuenta la historia de un chico de 18 años que es juzgado por el asesinato de su padre. El jurado debe emitir su veredicto en un caso en que todas las evidencias parecen condenar al acusado. Estos doce hombres, a los que el sistema presupone imparciales, comienzan a manifestar su personalidad a medida que deliberan, a petición de uno de ellos, sobre los testimonios que fueron presentados. La fuerza del diálogo y de la lógica va desmoronando la consistencia de esos testimonios que, una vez que son unidos como un puzzle, manifiestan su inconsistencia. La racionalidad del protagonista se va abriendo camino entre la niebla de los prejuicios, pasiones y motivaciones anímicas de los demás miembros del jurado. Uno a uno son incitados a reflexionar, comprender y aclarar lo que se esconde tras las apariencias del caso. En este proceso, son sus propias personalidades las que están siendo analizadas una vez que se embarcan en el ejercicio esclarecedor de la razón.

Lumet dando instrucciones a Henry Fonda

Nuestro  sistema judicial se basa en el principio que ya estableciera el derecho romano: in dubio, pro reo (ante la duda, a favor del reo). Esto significa que toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad. Sin embargo, en la sociedad suele ocurrir a menudo lo contrario, como se refleja aquí: el chico parece culpable, las evidencias tienden a enfocarlo así; el debate del jurado va desmoronando la consistencia de esas evidencias, hasta desembocar en una “duda razonable”, suficiente por ley para absolver a un acusado. Es importante destacar que no se demuestra la inocencia del chico: lo que se demuestra es el conjunto de pre-juicios que condicionan una apariencia de culpabilidad, de los cuales hay que desvincularse para juzgar fríamente si hay pruebas consistentes –no meramente circunstanciales–.

De todo ello hablaremos esta tarde en esta nueva actividad de nuestra Asociación “Linterna Mágica”. Mientras os dejamos con una sobraso secuencia de la película: