8 películas se estrenan
el 16 de marzo de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos
producciones son españolas y las restantes de nacionalidades diferentes:
estadounidense, británica, francesa, húngara, japonesa y libanesa. Se queda sin
editar en Sevilla la estadounidense “Mi nombre es Ta Ata” (Nathan Frankowski,
2016), basada en hechos reales. Tampoco se estrena el interesante documental
español sobre naturaleza “100 días de soledad” (Gerardo Olivares y José Díaz,
2016) ni el thriller español “Bajo la rosa” (Josué Ramos, 2017). Fuera de
estreno en Sevilla se queda igualmente “Jeannette, la infancia de Juana de
Arco” (Bruno Dumont, 2017), una película musical con elementos históricos y
religiosos. Como se puede apreciar, muchos estrenos que se producen en España
quedan sin editar en Sevilla. ¡Habrá que resignarse! Vamos con nuestro repaso semanal
a los estrenos en Sevilla.
El insulto. (Líbano, 2017). Dir. Ziad
Doueiri.
Nominada a Mejor Película de Habla No Inglesa en los
Oscars 2017. Premio al Mejor Actor (Kamel El Basha) en el Festival de Venecia y
Premio del Público en la Seminci 2017.
Drama interpretado por Kamel El Basha, Christine
Choueiri, Adel Karam, Camille Salameh y Rita Hayek,
No pocas veces las vidas se hunden por una nimiedad. Un
pequeño accidente, una discusión absurda, una casualidad, un malentendido. Un
golpe del destino que, por culpa de nuestro orgullo, de nuestra terquedad, y de
un equivocado planteamiento hacia el fácil arreglo, va degenerando en un
problema más grande, mucho más complicado de erradicar, que revela prejuicios,
traumas interiores, resentimientos del pasado.
El insignificante chispazo de “El insulto”,
interesantísima parábola político-social de Ziad Doueiri, reciente candidata al
Oscar a la mejor película de habla extranjera, lo produce el canalón de una
casa. Uno de esos conflictos vecinales donde el absurdo cotidiano puede llevar
a la perdición. Un chorro de agua mal encauzado desde el balcón de la casa de
un cristiano libanés, que acaba cayendo sobre el capataz de una obra, y
palestino. Un cuento de horror histórico y religioso, una tragedia familiar, un
drama judicial que, desde lo más pequeño, alcanza lo más grande. Una disputa de
corto alcance que trasluce un ancestral combate entre pueblos. Y, como toda
fábula, con una enseñanza moral: la disculpa es una muestra de decencia y no un
motivo de debilidad.
Expuesta de un modo sencillo y explícito, y partiendo del
ámbito social, la película de Doueiri adquiere, sin embargo, una enorme
trascendencia en múltiples vertientes. En la política, con cargos electos que
solo se implican en los problemas reales de la gente cuando no hay temor a
mancharse. En la histórica del conflicto entre palestinos e israelíes, y su
influencia en países vecinos, como Líbano, con una frase insultante como
detonante —“Ojalá Ariel Sharon hubiera acabado con todos los palestinos” —, y
variadas tragedias detrás: del Septiembre Negro jordano, en aquel mes de 1970,
a la masacre de Damour, durante la guerra civil libanesa, en enero de 1976. En
la judicial, con algo tan actual y tan universal —también aquí, en España— como
el delito de odio, su necesidad, y también su peligro: “¿Qué será lo próximo,
penar los pensamientos, castigar los sueños?”. E incluso en una vertiente
perteneciente a la filosofía del Derecho: la violencia como hecho natural, o
como hecho histórico.
Doueiri, con películas importantes alrededor del
conflicto de Oriente Medio —“West Beirut” (1998), “El atentado” (2012)— expone
su relato de un modo en el que todos los personajes, en su ideología, en su
formación, en su religión, acaban encontrando razones convincentes para su
comportamiento. Y, más allá de su evidente humanismo y de su voluntad
regeneradora, deja que sea el espectador el que, en su vaivén emocional, acabe
siendo juez. El árbitro de las pequeñas grandes tragedias de nuestra existencia.
Recomendada.
1945. (Hungría, 2017). Dir. Ferenc
Török.
Presentada en la sección “Panorama” del Festival de
Berlín 2017.
Drama ambientado en la Segunda Guerra Mundial,
interpretado por Péter Rudolf, Tamás Szabó Kimmel, Dóra Sztarenki, Bence
Tasnádi y Ági Szirtes.
Exhibida en la Berlinale, esta es la clásica película de
festival que puede tener una digna carrera comercial de cara a un público
interesado en el cine contemporáneo. Es húngara, menos original que «En cuerpo
y alma» y más accesible que «El hijo de Saúl», con la que comparte el tema del
Holocausto. Los críticos anglosajones la comparan con un western porque su
depurada fotografía en blanco y negro ayuda a visualizar una comunidad a la vez
concreta y universal, como los pueblos de la frontera del género nacional
norteamericano. Pero también evoca referencias más cercanas, como la novela de
García Márquez «Crónica de una muerte anunciada»; es mejor que la versión que
uno recuerda de Francesco Rosi, de hace 20 años.
Quiere decirse que estamos ante una comunidad que
comparte no sólo residencia sino un oscuro secreto, como una suerte de versión
inversa de Fuenteovejuna. Todos están unidos por esa herida que creen
cicatrizada hasta que un día llegan dos extraños en tren (como en una del
Oeste, si quieren) y la herida se abre bruscamente y la sangre sigue sin
secarse y algunas alianzas construidas sobre el silencio se ven amenazadas.
La acción transcurre en el verano de 1945, recién acabada
la guerra, y los dos extraños visten el atuendo de judíos ortodoxos, lo que da
una idea exacta del tipo de herida que mencionamos. Pero para ver cómo se
desmorona ese pequeño mundo, un microcosmos de lo que pasó en tantos otros
lugares de Europa, tendrán que mirar las imágenes, límpidas y precisas como una
pesadilla o una película de Bergman, que describen un horror que nunca se llega
a mencionar. Recomendada.
A silent voice. (Japón, 2018). Dir. Naoko
Yamada.
Película de animación manga sobre discapacidad juvenil.
Las fragilidades adolescentes son una inestable materia
prima que la animación japonesa utiliza a menudo para levantar discursos que,
lejos de simplificar el lenguaje de las emociones humanas, son capaces de
revelarlo sin renunciar a sus sutilezas. Makoto Shinkai, uno de los maestros en
la especialidad del anime poético y sensible, celebró el estreno de este tercer
largometraje de la animadora Naoko Yamada, que adapta un popular manga de
Yoshitoki Ǒima colocándose en una cierta línea de filiación con la poética del
autor de “Your Name” (2016).
En “Una voz silenciosa”, el adolescente que, tiempo
atrás, le había hecho la vida imposible a una compañera de clase sorda emprende
un camino de redención que le ayude a expiar su culpa y recomponer su
autoestima. Yamada saca mucho provecho de algunos eficaces recursos visuales,
como esas cruces que tachan los rostros de los compañeros de instituto del
protagonista y que van cayendo al suelo a medida que surgen brotes de empatía.
El cuidadoso trabajo de iluminación se pone siempre al servicio de la
percepción subjetiva de unos personajes que se ven condicionados por barreras
–morales o sensoriales- que les impiden mantener una relación natural con el
entorno. Con su desplazamiento del foco en una historia de acoso escolar que
desafía convenciones y su controlada estética de la fragilidad, Una voz
silenciosa acredita a Naoko Yamada como una de las miradas a tener muy en
cuenta en el paisaje de una moderna animación japonesa capaz de proponer una
épica de lo sentimental. Recomendada.
Perdido. (Francia, 2017). Dir. Christian
Carion.
Drama interpretado por Guillaume Canet, Mélanie Laurent,
Olivier de Benoist y Marc Robert.
La pura casualidad ha querido que el hecho trágico más
abordado por los medios de comunicación y llorado por la sociedad española en
mucho tiempo coincida con el estreno de una película francesa del año 2017, con
su fecha fijada para nuestros cines desde hace bastantes semanas, cuya historia
central coincide en temática, subtextos y, durante una parte de su relato,
incluso en particularidades familiares e investigadoras con el amargo tema en
boca de todos en los últimos días.
De modo que resulta imposible acercarse a “Perdido”, con
un niño de 7 años desaparecido en medio de la noche durante un campamento
infantil y sus inmediatas consecuencias respecto de padres y policías, sin que
el pensamiento del espectador se retuerza hasta alcanzar la dramática muerte
del niño Gabriel Cruz. Algo que no tiene por qué ser negativo, ni en lo
cinematográfico ni en lo social ni en lo moral, pues la película incluso puede
hacer más comprensibles ciertas emociones y comportamientos relacionados con
algo tan terrible como la desaparición de un hijo.
De hecho, cuando las concomitancias entre la película y
nuestro hecho luctuoso son más sorprendentes en sus circunstancias —padres
divorciados pero que mantienen una buena relación; reticencias del niño con la
nueva pareja de la madre; comportamiento harto sospechoso de éste durante las
horas y días siguientes a lo que puede ser un secuestro, una huida o un
asesinato—, es justo cuando “Perdido” mantiene toda su fuerza y su interés
intacto. Ahí donde el drama exterior se une a cuestiones en principio ajenas al
caso, pero con evidentes rozaduras emocionales: los celos, la culpa, el
remordimiento, la misericordia, la impotencia.
Con cierto estilo visual, mantenimiento del punto de
vista en la figura del padre, aunque con el apoyo de un puñado de vídeos
domésticos, y un diseño sonoro y musical de corte minimalista, Christian
Carion, su director y guionista, conmueve, cautiva y se compromete. Sin
embargo, cuando la película desemboca, más que en el drama, en el thriller de
investigación y supervivencia, la película se torna más convencional. Más cerca
de un sucedáneo de la soberbia “Prisioneros” (Denis Villeneuve, 2013) que del
apasionado encontronazo con el resquemor que estaba siendo hasta entonces. No Recomendada.
La tribu. (España, 2018). Dir. Fernando Colomo.
Comedia basada en un guión del propio Colomo y de Yolanda
García Serrano y Joaquín Oristrell.
Interpretada por Carmen Machi, Paco León, Luis Bermejo,
Julián López, Bárbara Santa-Cruz, Manuel Huedo, Rebeca Sala, Manel Fuentes,
Horacio Colomé y Jorge Asín.
En 1987, Fernando Colomo se excusó en un género tan liviano
como la comedia de enredos para lanzar una agudísima sátira sobre la realidad
española. La película se tituló “La vida alegre” y, entre otras cosas, tal vez
sea el mejor papel de la carrera de Ana Obregón (lo que, convengamos, es decir
nada y es decir mucho). Esta “La tribu” tiene un inicio que parece recordar al
de aquella y situarse en el comentario crítico social. Es un espejismo. Tanto
la crisis económica como una irreconocible Badalona son solo un trampantojo.
Colomo ha entendido que debe adaptarse a un nuevo modelo de producción
industrial y, como quiera que ahora se depende del dinero de las privadas, el
atractivo principal del filme es el reencuentro de los dos habitantes más
famosos de la catódica Esperanza Sur: Aída y el Luisma.
La película, de hecho, está pensada para su lucimiento
personal; o, mejor dicho, para el lucimiento de sus pies y caderas, pues en
este Full Monty mediterráneo ambos deberán mostrar repetidas veces su
sobresaliente y meritoria pericia con el baile. Paco León incluso tiene tiempo
para ¡marcarse un ‘Spike Jonze’ en el supermercado! De un humor tan pegadizo
como el reggaeton que protagoniza León, las ocurrencias se intercalan con giros
de guion imposibles, lo cual no impedirá que haga mucho dinero en taquilla.
Puede que la vida ya no sea tan alegre, pero los espectadores siguen queriendo
reír. No Recomendada.
Tomb Raider. (USA, 2018). Dir. Roar
Uthaug.
Cine
de aventuras basado en un videojuego e interpretado por Alicia Vikander, Daniel
Wu, Dominic West, Walton Goggins y Kristin Scott Thomas.
El
mejor modo de valorar si una película o una saga cinematográfica merecen una
nueva versión o renacimiento, ya sea poco o mucho tiempo después, es regresar
al original y comprobar su vigencia, su vivacidad, su calidad.
El
recuerdo de “Lara Croft: Tomb Raider”, película del año 2001, dirigida por
Simon West al servicio de Angelina Jolie, e inspirada en el videojuego de Core
Design y Eidos Interactive, es que era una película que nació ya muerta.
Revisada esta semana, es directamente una momia. Sin fuste, ritmo ni estética.
Cine del jurásico, aunque no hayan pasado ni dos décadas.
Quizá
por ello el encuentro con “Tomb Raider”, en versión de 2018, con el noruego
Roar Uthaug al mando y Alicia Vikander como nueva heroína, es casi una sorpresa.
Al menos en su primera mitad, en la que las variaciones sociales y la energía
en la puesta en escena y el montaje la hacen despegar. Así, el prólogo pijo de
la película de 2001, con Lara entrenando en su mansión, con mayordomo, robots y
empleado tecnológico a su servicio, da paso en el nuevo estreno a una chica
jugándose la vida en Londres a cada minuto, dándose de tortas al kickboxing en
un gimnasio de barrio y bregando con la tristeza laboral contemporánea en un
trabajo basura como repartidora. Una buena presentación de personajes y
conflicto, que además va acompañada de cierto sentido del humor y un par de
secuencias espectaculares de persecución: una con bicis por las calles de la
capital británica, y otra a la carrera, entre los barcos de un paupérrimo
puerto oriental.
Sin
embargo, es llegar a la isla donde la protagonista va a reencontrarse con su
padre, y la película se torna convencional, se derrumba entre un océano de
mitos que no importan a nadie y unas sobadas secuencias de suspense aventurero
a lo Indiana Jones. Y, elefantiásica como buena parte del cine de hoy, eso
significa otra hora de metraje, que no salvan ni el buen trabajo de Vikander,
ni el carisma de ese gran secundario que es Walton Goggins. No Recomendada.
María Magdalena. (Reino Unido, 2018).
Dir. Garth Davis.
Película biográfica bíblica que cuenta la historia de
María Magdalena, interpretada Rooney Mara, Joaquin Phoenix, Chiwetel Ejiofor,
Tahar Rahim y Denis Menochet.
En cuanto a estilo, la biografía parcial de María
Magdalena sigue la tradición de gravedad impostada del cine de Semana Santa,
con imágenes de paisajes pedregosos y callejas empinadas para endurecer el
peregrinaje a Jerusalén y el vía crucis. La novedad está en tres
reivindicaciones que parecen más obedientes a la corrección ideológica que a la
veracidad histórica.
Desde el título, se anuncia el protagonismo de María
Magdalena, que pasa a ser la primera apóstol de Jesucristo -sentada a su
derecha en la última cena, al borde de caer en la herejía o algo peor- y casi
su enamorada; la segunda consiste en presentar a un San Pedro, segundo a estas
alturas de la jerarquía cristiana, de raza negra y la tercera, a un Judas que,
lejos de codicioso y traidor, demuestra un fervor tal que le conduce al error.
Desde el inicio, con unas imágenes subacuáticas que se suponen una metáfora no
aclarada más que por la voz en off y un inexplicable repudio, la película es
una losa. No
Recomendada.
The best day of my life. (España, 2018). Dir.
Fernando González Molina.
Documental sobre homosexualidad con música de Lucas
Vidal.
Tomadas una por una, las historias que narra este
documental no solo son interesantes: las hay que piden a gritos un filme para
ellas solas, como la de la joven ugandesa que se juega la vida con su
militancia, la del saltador de trampolín sordomudo o la de esas dos amigas
transgénero tan distintas en origen social y carácter. Pero, en conjunto, “The best
day of my life” no funciona ni como documento sobre la vida (o la
supervivencia) LGBT en el mundo ni como vistazo a la edición 2017 del evento
WorldPride, celebrada en Madrid.
El filme de Fernando González Molina (“3 metros sobre el cielo”, “El
guardián invisible”) cae en el mismo pecado que muchos otros testimonios sobre
sexualidades no normativas: aspira a la sensibilidad, y se agradece que evite
lo atormentado o lo miserable, pero con tanta cámara lenta, tanta puesta de sol
y tanta cuerda melancólica en la banda sonora acaba transmitiendo sensiblería.
Algo más de gamberrismo y de espíritu inquisitivo hubieran venido muy bien,
porque donde “The best day of my life” despierta auténticos reparos es en su
actitud. ¿Podemos permitirnos una celebración acrítica de Madrid como ciudad
LGBTfriendly? ¿No admite ningún “pero” la gentrificación del barrio de Chueca?
¿Por qué las actividades académicas y deportivas del WorldPride apenas llaman
la atención del público o los medios? ¿No está ya muy gastado el “A quién le
importa” de Alaska y Dinarama como himno del colectivo? La película no plantea
ninguna de estas preguntas: todas corren por cuenta del espectador. No Recomendada.