lunes, 18 de julio de 2011

Blackthorn. Sin destino (Mateo Gil, 2011)



Título original: Blackthorn. Dirección: Mateo Gil. País: España. Año: 2011. Duración: 98 min. Género: Western, Aventuras.  

Guión: Miguel Barros. Música: Lucio Godoy. Fotografía: J.A. Ruiz Anchía. Montaje: David Gallart. Dirección artística: Juan Pedro de Gaspar. Vestuario: Clara Bilbao. Producción: Andrés Santana, Ibon Cormenzana, Jerôme Vidal, Paolo Agazzi.

4 Premios Goya 2011 (Mejor Fotografía, Mejor Vestuario, Mejor Dirección Artística y Mejor Dirección de Producción). Sección Oficial del Festival de Tribeca 2011.

Fecha del estreno: 1 Julio 2011 (España)

 

Reparto: Sam Shepard (James Blackthorn), Eduardo Noriega (Eduardo Apocada), Stephen Rea (Mackinley), Magaly Solier (Yana), Nikolaj Coster-Waldau (James de joven), Padraic Delaney (Sundance), Dominique McElligott (Etta).

 

Sinopsis:

Tras su huida de los Estados Unidos, el legendario forajido Butch Cassidy y su amigo Sundance Kid murieron en Bolivia en 1908, en un tiroteo. Esto es lo que dice la versión oficial. Esta otra leyenda, en cambio, nos dice que Cassidy sobrevivió y que, después de vivir escondido durante veinte años, lo que deseaba era volver a su país. Sin embargo, cuando conoce a un joven ingeniero español que acaba de robar una mina que pertenece al empresario más importante de Bolivia, cambia sus planes.

 

Comentarios:

Si no existieran los títulos de crédito en Blackthorn o desconociera la nacionalidad de sus creadores, podría jurar sin margen de equivocación que esta película desprende el inconfundible aroma del mejor cine norteamericano, una temática, unos sentimientos, unos personajes y una forma de narrar con el sello de una tradición gloriosa, esa narrativa en la que todo resulta apasionante y veraz, sugerente e intenso, complejo y magnético. Adopta la estética y la geografía del western, un universo peligroso o probable carne de impostura cuando los que se acercan a él no están familiarizados con el ambiente y las claves de un género irrenunciablemente norteamericano. Hablo del western serio, no de aquellas populares y ralentizadas estupideces que se rodaban en Almería y conocidas como spaghetti-western. Aunque tampoco es necesario que el paisaje del western tenga que desarrollarse para ser creíble en Texas, Nuevo México, Arizona, Kansas y el Monument Valley. Basta con que contenga su genuino espíritu, sus reconocibles estética y ética.

Por ejemplo: Blackthorn se desarrolla en Bolivia a finales de los años veinte. Ni el escenario ni la época corresponden a la idea que poseemos del western, pero todo lo que vemos, oímos e intuimos lleva las características y la iconografía de los espacios abiertos, de jinetes en la tormenta o en la placidez, de la violencia vocacional o inevitable, de gente curtida y cansada intentando sobrevivir, de amaneceres y crepúsculos, de persecuciones a través de montañas y desiertos de sal, de despedidas provisionales o definitivas, de saloons en los que se bebe hasta el desmayo absenta local en vez de whisky y en los que puede estallar la violencia en cualquier momento, de soledades alrededor de una hoguera nocturna en las que sobriamente aparece la melancólica o dolorosa evocación del pasado, de villanos aparentes y villanos reales, de seres al margen de la ley que mantienen códigos intransferibles por los que deben pagar un precio muy alto.

Esta historia que retrata sin aspavientos ni énfasis ni impostura el ocaso, pero también el recuerdo de épocas vitalistas y plenas cuando se presiente la llegada de la definitiva oscuridad, ha sido escrita por Miguel Barros, un guionista español al que desconocía, pero en cuya personalidad cinéfila descubres que ha mamado con inteligencia, lucidez y admiración del mundo de Sam Peckinpah, de ese artista bronco y lírico que habló mejor que nadie de la violencia y del crepúsculo, de seres duros, llenos de cicatrices externas e internas, sin futuro, que no se llevan bien con los nuevos tiempos, expertos en supervivencia que pueden desatar el infierno y abrasarse en él en nombre de una moral y unos principios que no se rigen por lo establecido. Y la dirige Mateo Gil, ese enigmático señor cuyo mayor crédito artístico era el de ser coguionista en casi todas las películas de Alejandro Amenábar, de haber colaborado con sus ideas y con su escritura en un cine ajeno y de permanente éxito comercial y crítico. También había dirigido una intriga con vocación de negrura, ambientada en la Semana Santa y con el existencialista título de Nadie conoce a nadie, película que vi y escuché con cierto interés pero de la que me cuesta un notable trabajo recordar algo.

Sospecho que me va ocurrir todo lo contrario con la hermosa Blackthorn, centrada en la vejez y en la clandestinidad de un hombre que decidió 20 años antes que viviría sin excesivos sobresaltos el resto de su accidentada vida si sus eternos perseguidores se convencían de que había muerto. Era el legendario atracador Butch Cassidy, perseguido junto a su colega Sundance Kid hasta el fin del mundo por la implacable profesionalidad de la Agencia Pinkerton, tantas veces ridiculizada por ellos. Les acompañaba una mujer decidida y enamorada de ambos que un día se largó porque esperaba un hijo y tampoco quería ser testigo de su muerte. Ha llegado el invierno para Butch Cassidy. Aunque esté a gusto con su anonimato y su soledad, los recuerdos cada vez pesan más. Es la hora de partir. Se lo va a impedir alguien que no es lo que parece, circunstancias al límite en las que tendrá que tomar partido. Con su conciencia, con su irrenunciable sentido de la justicia, del bien y del mal, de la autenticidad y la impostura, de la lealtad y la traición

Mateo Gil maneja extraordinariamente todos los elementos de su película. Lo que cuenta y la forma de hacerlo posee cuerpo y alma. El campo hipnótico, la sutileza, la personalidad, la sabiduría y la presencia de ese señor llamado Sam Shepard impresionan. No respondo del doblaje. Y Noriega aguanta bien el tipo haciendo de sparring en reto tan desigual. Blackthorn es la mejor sorpresa que me ha dado en mucho tiempo el cine español. O el cine a secas. (Carlos Boyero)

Recomendada.




miércoles, 13 de julio de 2011

Fahrenheit 451: Truffaut, Bradbury, Herrmann y los hombres-libro.


Fahrenheit 451 es, además de la temperatura a la que entra en combustión el papel (233°C), el título de una célebre novela del escritor norteamericano Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) y de la película que, basándose en ella, realizó François Truffaut en 1966.  Las primeras noticias de Bradbury le llegaron al director francés unos años antes, cuando ya había publicado, además de Fahrenheit 451 (1953), dos colecciones de relatos que también serán llevados al cine: The Martian Chronicles (Crónicas marcianas, 1950) y The Illustrated Man (El hombre ilustrado, 1951).  Es fácil comprender que un hombre como Truffaut, apasionado por la literatura, se dejara fascinar por la historia de una sociedad futura que criminaliza la lectura y vive manipulada por pantallas panorámicas que la condenan a la sumisión acrítica al poder.


Fahrenheit 451 ha sido considerada por la crítica como una película “menor” del director o, directamente, como una película "fallida".  Y las circunstancias que la rodearon no fueron, desde luego, favorables.  Para empezar, los recelos iniciales de Bradbury, quien, curiosamente, se quedaría más satisfecho con el resultado final que el propio Truffaut.  También fue problemático el apartado de los actores.  Descartada Jean Seberg, las protagonistas femeninas iban a ser Jane Fonda y Julie Christie, pero Truffaut tomó al final la arriesgada decisión de darle a Julie Christie el doble papel de Linda –la esposa de Montag– y Clarisse –la vecina rebelde–.  En el apartado masculino, cayeron los nombres de Paul Newman y Terence Stamp, por lo que el director recurrió a Oskar Werner (protagonista de Jules et Jim) para encarnar al bombero Montag: fue el comienzo de un arduo rodaje lleno de enfrentamientos y provocaciones entre actor y director.  Y, por último, Truffaut nunca llegó a sentirse cómodo con el inglés ni con las rutinas de los estudios de Pinewood, en Londres, donde se rodó la película.



Es cierto que, desde el punto de vista de la construcción del guión, la película tiene ciertas debilidades, e incluso produce a veces en el espectador, diría yo, un cierto distanciamiento.  Pero, además de la impronta de dos grandes secundarios como Cyril Cusack (el jefe de bomberos) y Bee Duffell (la mujer que arde con sus libros), y de secuencias inolvidables acompañadas por la maravillosa música de Bernard Herrmann (los títulos de crédito “ágrafos”, los trayectos del coche de bomberos, las escenas estáticas dentro del tren elevado, etc.), lo que a mí me fascina de Truffaut es su capacidad para convertir una novela de ciencia-ficción –un género que no es el suyo– en una obra enteramente personal en la que expresa su inmenso amor por los libros y aboga, frente a las relaciones virtuales (¿os suena esto de algo?), por la expresión directa de los afectos entre las personas. 

Por ello quiero terminar estas notas sobre Fahrenheit 451 con la secuencia más hermosa de la película, en la que encontramos la quintaesencia del estilo de Truffaut: esa afectividad, esa ternura, ese amor, en el fondo, por el ser humano, con el que nos presenta a personajes torturados por la pasión o, en este caso, viviendo exiliados de una sociedad barbarizada que los persigue.  En su diario de rodaje, Truffaut nos cuenta cómo descubrió casualmente el bosque de Black Park, cercano a los estudios, y cómo decidió situar allí a sus hombres-libro: la República de Platón, Ulises de Joyce, Don Quijote, Cumbres borrascosas, Esperando a Godot…  Os confieso que cuando la brújula se me estropea –algo muy habitual últimamente–, me pongo a menudo esta secuencia para disfrutar con Montag, con Clarisse, y con todos los hombres-libro, de un paseo por ese bosque marginal en el que se recupera la fe en el ser humano y en el valor del amor y de la cultura.  Y de ello, desde luego, tiene buena parte de culpa la música de Bernard Herrmann, que roza aquí verdaderamente el cielo.

martes, 12 de julio de 2011

Alex Maruny, nuevo rostro en el cine


Prestemos por un momento atención a este nuevo rostro televisivo. Actualmente hace furor en la serie “Ángel o demonio”. La cuestión es que cada vez está siendo más solicitado para la pantalla grande.
Alex Maruny estudió interpretación con Lorena García y, también, asistió a la Escuela de Eolia.
De momento, lo vimos en la infumable película “3 metros sobre el cielo”, dirigida por Fernando González Molina, cinta basada en una novela de Federico Moccia. En esa cinta, Alex quedaba casi desapercibido frente al musculitos Mario Casas y a la bella María Valverde.
También ha participado en  el cortometraje “Los ojos despiertos”, de Aline Casagrande.

 

Esperemos que sus próximos trabajos para la gran pantalla sean más interesantes. De momento, Alex acaba de terminar la película nº 24 del director catalán Ventura Pons. Se trata de “Año de gracia”, donde Ventura Pons vuelve a contar con Rosa María Sardá, regresando a un género en el que se siente muy cómodo, la comedia. “Any de Gràcia” nos llevará al barrio de Gracia de Barcelona, donde Pons vivió hasta los 24 años, para presentarnos a una vieja cascarrabias y gruñona que convive con un joven estudiante, inconformista. En esta ocasión no habrá ningún tipo de morbo sexual. La producción es de Els films de la Rambla, la productora de Ventura y en el reparto, además de Maruny y Sardá están también Oriol Pla, Amparo Moreno, Diana Gómez, Santi Millán y la cantante Nuria Feliu.
Por otro lado, en junio empezó a trabajar a las órdenes de Javier Ruiz Caldera, en el filme “Promoción fantasma”, producido por Ciskul, Think Studio, Mod Producciones e Ikiru Films. El guión lo han escrito Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, gira en torno al personaje de Modesto, un mediocre maestro con un don que sólo le ha traído problemas en vida: ve fantasmas desde los quince años, lo que le ha convertido en un excéntrico. Su suerte cambia cuando es contratado en la mejor escuela de la ciudad, en la que tendrá una peculiar responsabilidad: deberá garantizar que cinco alumnos particularmente problemáticos pasen sus exámenes y finalmente dejen la escuela. El protagonista es el perfecto candidato para trabajar con ellos, ya que sus pupilos llevan muertos 25 años. Junto a Alex Maruny encontraremos a Raúl Arévalo, Alexandra Jiménez, Aura Garrido, Jaime Olías, Ana Fernández, Anna Castillo, Silvia Abril y Luis Varela. “Promoción fantasma” será el segundo largometraje que acometa Javier Ruiz Caldera, tras la parodia “Spanish Movie”.
Ya veis, el muchachito está que no para. Yo que vosotros/as prestaría atención a este nuevo rostro en el cine.


Alex en la serie de televisión "Ángel o demonio"

lunes, 11 de julio de 2011

Blitz (Elliott Lester, 2011)

Título original: Blitz. Dirección: Elliott Lester. País: Reino Unido. Año: 2011. Duración: 97 min. Género: Thriller.  

Guión: Nathan Parker (basado en la novela de Ken Bruen). Fotografía: Rob Hardy. Música: Ilan Eshkeri. Montaje: John Gilbert. Diseño de producción: Max Gottlieb. Vestuario: Suzie Harman. Producción: Steve Chasman, Zygi Kamasa, Donald Kushner, Brad Wyman.

Fecha del estreno: 23 Junio 2011 (España)

 

Reparto: Jason Statham (Tom Brant), Paddy Considine (Porter Nash), Aidan Gillen (Barry Weiss), Luke Evans (Craig Stokes), Zawe Ashton (Elizabeth Falls), David Morrisey (Harold), Richard Riddell (McDonald), Mark Rylance (James Roberts).

 

Sinopsis:

Blitz es un asesino en serie de Londres que está matando a agentes de la policía. El inspector jefe Roberts y el sargento Brant, un duro, inflexible y políticamente incorrecto detective de la policía, se encargarán de intentar detener al psicópata. Al parecer, Blitz comete los crímenes para convertirse en una estrella de los tabloides, pues cuanto más mata más famoso se hace.

 

Comentarios:

"¡Anda, alégrame el día!", decía Harry el Sucio a un delincuente (negro, cómo no) en una mítica secuencia de Impacto súbito, incitándole a que utilizara su pistola contra un rehén para poder hacer uso él de la suya, evitar comisarías, interrogatorios y abogados, y así aplicar la justicia del ojo por ojo. Un concepto, el del policía violento que barre la mugre de las calles, para siempre instalado en el personaje de Clint Eastwood, que sin embargo casi queda a la altura de la santidad al lado del interpretado por Jason Statham en la británica Blitz, una puesta al día del rol, al que ni siquiera el carisma del reparto (Statham, mucho más que un héroe de acción para habitantes de multisalas; Paddy Considine y el Aidan Gillen de The Wire) redime de su zafiedad moral y de sus chistes de taberna.

Eso sí, la introducción de ciertos elementos sociopolíticos (la adicción a las drogas, la crítica de los tabloides británicos...) provoca que la película quede lejos de los habituales vehículos de patadón y fuegos artificiales al servicio de Statham, lo que en realidad puede ir en contra de su posible triunfo comercial, al quedar en tierra de nadie: poca acción (aunque tremebunda, casi cercana a las salvajadas de Irreversible) para los fanáticos de las explosiones y del Dolby Surround, y ausencia absoluta de trascendencia para los buscadores de policiacos británicos con brío, al estilo Get Carter. (Javier Ocaña)

No Recomendada.