Título
original: X. Dirección: Ti
West. País: USA. Año: 2022. Duración: 105 min. Género:
Terror.
Guión: Ti West. Música: Tyler Bates, Chelsea Wolfe. Fotografía: Eliot Rockett.Producción:
A24, Bron Studios, MAD SOLAR.
Fecha del estreno: 29 Abril 2022 (España).
Reparto:
Mia Goth, Jenna Ortega, Brittany Snow, Kid
Cudi, Martin Henderson, Owen Campbell, Stephen Ure, Geoff Dolan, James Gaylyn,
Simon Prast.
Sinopsis:
En 1979, un grupo de
jóvenes cineastas se propusieron hacer una película para adultos en la zona
rural de Texas, pero cuando sus anfitriones solitarios y ancianos los atrapan
en el acto, el elenco pronto se encuentra en una lucha desesperada por sus
vidas.
Comentarios:
Hay una secuencia en X,
la nueva incursión en el género del terror de Ti West, director de La casa
del diablo, que concentra todo el poder visual de una película cuyas ideas
metafílmicas se evocan desde el humor, el sexo y la sangre. Se trata de un
momento tan cautivador como aterrador en el que la protagonista del filme, la
magnética Mia Goth, se baña desnuda en un pantano cercano a la granja donde
ella y un grupo de conocidos ruedan una película porno low cost. Como en
el icónico cuadro prerrafaelita Ofelia, de John Everett Millais, el cuerpo de
Goth flota desafiando a la naturaleza y la oscuridad. El espectador sabe que un
cocodrilo enorme la observa y va a por ella. Con sus peculiares cejas
transparentes y sus ojos pintados con una sombra azul eléctrico, uno de tantos
detalles que apelan a su belleza algo perversa y siempre contemporánea, Ti West
muestra la doble cara de un personaje tan inocente como fuerte y salvaje. El
ojo pintado frente al poder de un animal de otro tiempo.
X
es un filme-homenaje a las carreteras secundarias del cine de los años setenta,
con especial atención a dos películas de culto como La matanza de Texas
y Garganta profunda. Con esos mimbres, ofrece una original y muy
desatada inmersión en los peores miedos de la América profunda y sus
enrevesadas formas de paganismo puritano. La película consigue dar verdadero
mal rollo gracias a una ambientación especialmente afinada y a un humor que
hace digerible su banquete de vísceras.
La historia arranca en un
burdel del que salen dos strippers dispuestas a rodar una película porno de
autor. Goth, Brittany Snow y Jenna Ortega bordan sus papeles, especialmente la
primera, que compone ese personaje gélido y de fuego que se pasea por una
granja polvorienta y llena de secretos repulsivos en topless y con peto.
Ti West se adentra en la
típica carnicería de cuerpos jóvenes desde una perspectiva cada vez más
explorada en el cine de terror actual, la vejez. Esta vez, llevado al extremo
del voraz apetito sexual de una anciana. Es la parte menos convincente de una
película que, por el contrario, sí logra hacer metacine fresco e inteligente
sin caer en guiños fatuos. (Elsa Fernández-Santos)
Cuando
un cineasta muere, es muy fácil escribir sobre lo rompedor de sus películas y
lo avanzado que fue a su tiempo. Pero en el caso de Nicolas Roeg, fallecido el
23 de noviembre de 2018, a los 90 años, fue absolutamente cierto. Durante los
años setenta e inicios de los ochenta conformó un corpus autoral creativo,
distinto, que ha marcado las obras de cineastas posteriores como Paul Thomas
Anderson o Christopher Nolan, que impulsó lo visual por encima de lo narrativo
-influencia de su anterior labor como director de fotografía, en el que incidía
en el sexo, el terror o la locura, y que provocó enfrentamientos apasionados
entre detractores y fans de su trabajo. Como nota curiosa, en sus películas
actuaron músicos como Art Garfunkel, Mick Jagger y David Bowie.
Roeg
nació en 1928 en Londres. Al otro lado de su calle había un estudio de cine, y
allí empezó en 1947, tras hacer la mili, a trabajar como chico para todo. En su
escala en el cine pasó por operador de cámara hasta la dirección de fotografía.
En esas labores participó en Cruce de destinos, Lawrence de Arabia, Doctor
Zhivago, Fahrenheit 451, La venus de la ira, Lejos del mundanal ruido, Petulia
o incluso en un Bond: Casino Royale.
Pero
Roeg quería dirigir. Se coaligó con otro realizador, Donald Cammell, para
levantar Perfomance, protagonizada por Mick Jagger en un momento álgido
de la fama del cantante... lo que no impidió que la película estuviera sin
estrenarse dos años, de 1968, cuando se filmó, a 1970. El guion de Cammell, que
describe el encuentro entre una estrella del rock y un gánster ultraviolento
(encarnado por James Fox), y el estilo visual de Roeg atascaron la película en
algún almacén. Eso sí, cuando se estrenó, se convirtió en un título abanderado
de la contracultura inglesa. "Las películas no son guiones, las películas
son cine", contaba en una entrevista en The Guardian en 2006, y
defendió ese principio toda su vida.
En
1971 estrenó su siguiente trabajo, un thriller desarrollado en Australia, Walkabout,
que incrementó su fama en círculos reducidos, pero que no encontró
espectadores. Por fin, con su tercera película, Roeg dio la campanada: Amenaza
en la sombra (Don't Look Now), con Donald Sutherland y Julie Christie, un
filme de terror psicológico basado en un cuento de Daphne Du Maurier. Fue
calificada X en Reino Unido, aunque en esta ocasión al menos le dejaron mostrar
el sexo que él quería en pantalla; en Perfomance, un técnico del
laboratorio, escandalizado, tiró a la basura las secuencias de mayor contenido
erótico. Así llegaron sus mejores trabajos: El hombre que cayó a la Tierra
(1976) -con David Bowie en su faceta más pop-, Contratiempo (1980) -otro
thriller erótico con músico, en este caso Art Garfunkel, y Theresa Russell.
Russell se casó años después con Roeg y juntos hicieron seis películas.
Su
carrera siguió con Eureka (1983), con Gene Hackman; Insignificancia
(1985), en la que cuatro iconos de los años cincuenta se reúnen en la
habitación de un hotel -por motivos legales no se podían nombrar, pero Russell,
por ejemplo, encarnó a Marilyn Monroe, y decayó con Robinson Crusoe por un
año (1986). En Ruta 29 (1988) llevó a la pantalla un guion de Dennis
Potter con Russell y Gary Oldman.
Mucho
más rara es en su filmografía La maldición de las brujas (1995), que
versionó un cuento de Roald Dahl con criaturas creadas por Jim Henson. El resto
de sus trabajos acabaron siendo thrillers de alto contenido erótico pero poca
sustancia y películas para televisión, entre las que destaca su adaptación
canónica de El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad, con Tim Roth
y John Malkovich. En 2007 llegó su último largometraje, Puffball, una
historia de brujería en la Irlanda rural. (Gregorio
Belinchón)
Título
original: Il buco. Dirección: Michelangelo
Frammartino. País: Italia. Año: 2021. Duración: 125 min. Género:
Drama.
Guión: Michelangelo Frammartino,
Giovanna Giuliani. Fotografía: Renato
Berta.Montaje: Benni Atria. Sonido: Simone Paolo Olivero. Dirección
de Arte: Giliano Carli. Producción: Marco Serrecchia, Michelangelo
Frammartino, Philippe Bober.
Premio Especial del
Jurado del Festival de Cine de Venecia 2021. Sección Oficial del Festival de
Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2021).
Fecha del estreno: 9 Septiembre 2022 (España).
Reparto:
Leonardo Larocca, Claudia Candusso, Mila
Costi, Carlos José Crespo, Antonio Lanza, Nicola Lanza.
Sinopsis:
En agosto de 1961, los
espeleólogos del floreciente norte de Italia llegan a una meseta de Calabria
donde el tiempo parece haberse detenido. Los intrusos descubren una de las
cuevas más profundas del mundo, el Abismo de Bifurto, bajo la mirada de un
viejo pastor, único testigo del territorio virgen.
Comentarios:
En el año 1961, un equipo
de espeleólogos del norte de Italia emprendió la exploración del abismo del
Bifurto, en el interior calabrés del monte Pollino, en busca de algo tan
hermoso como lo nunca visto. Un viaje al centro de la tierra, a través de una
sima indescifrable, que tras interminables días de inmersión alcanzó los 687
metros. Hacia abajo, claro. Y una aventura con la que el muy original director
Michelangelo Frammartino ha creado Il buco, libérrima aproximación a lo
sentido aquellos días, ganadora del premio especial del jurado en el festival
de Venecia de 2021.
Frammartino no es un
cineasta convencional. El italiano experimenta con los formatos articulando
relatos que sin ser documentales están asentados en buena parte de sus
técnicas, y siendo ficciones apenas se alimentan de diálogos o imágenes que
aspiren a doblegar de algún modo la realidad. Sus docudramas, término en desuso
que quizá sea el que mejor encaje con su obra, calan desde dentro de sus
ilustraciones para introducir al espectador en una realidad completamente
ajena, de la que pasa a formar parte como el más privilegiado de sus
observadores.
La utilización del sonido
ambiente ya resultaba descomunal en Le quattro volte (2010), estrenada
en la Quincena de Realizadores de Cannes y más tarde en los cines españoles,
película suicida en lo comercial e interesantísima en lo artístico acerca del
ciclo de la vida del animal, del vegetal y del mineral (y del ser humano), que
se centraba en un anciano, un abeto, una cabra y trozo de carbón. Para algunos
sonará delirante, pero seguro que hay lectores a los que les parecerá
apasionante. Lo era en buena parte, en una pieza artística sin una sola
palabra. La parsimonia se convertía en aventura, y era inolvidable el segmento
del viejo que para curarse la tos bebía cada noche un vaso de agua con polvos
recién recogidos del suelo de una iglesia por la señora de la limpieza. Se
moría, claro, pero qué muerte.
En Il buco, entre
la brisa, la niebla y la lluvia, otro anciano es el único personaje de una
película austera y rigurosa en la que también reina la ausencia de diálogos,
solo escuchados de fondo. Y él es el único al que Frammartino rueda de cerca,
en planos cortos, filmando los surcos de su rostro como el que retrata el
paisaje físico de la naturaleza en el abismo de la edad, al borde de la muerte.
El abismo, la palabra que domina las imágenes de un trabajo a contracorriente e
insólito, listo para el deleite o el suplicio, según se logre entrar (o no) en
su dinámica. Aunque el que esto escribe lo haya vivido con la pasión de un
relato de aventuras de Julio Verne destilado por el cine etnográfico de Jean
Rouch.
Con una bella fotografía
de exteriores y de interiores apenas iluminados por una pequeña llama o la luz
del casco de un espeleólogo, Frammartino conmueve con algo tan sencillo como la
naturaleza. Tan sencillo y tan misterioso. Una sima física que apela a lo
atávico y a lo cósmico, pero que no deja de ser plenamente contemporánea y
terrenal, como en esa mágica imagen de los dos hombres que juegan al fútbol,
lanzándose pases de un extremo a otro de la apertura de la gruta, como dos
niños felices incapaces de conocer los más oscuros secretos del universo. (Javier
Ocaña)
Título original: I Confess. Dirección: Alfred Hitchcock. País: USA. Año: 1953. Duración: 95
min. Género: Suspense.
Guión: George Tabori, William
Archibald (Novela: Paul Anthelme). Fotografía:
Robert Burks. Música: Dimitri
Tiomkin. Montaje: Rudi Fehr. Sonido: Oliver S Garretson. Ayudante de dirección: Don Page. Vestuario: Orry-Kelly. Producción: Alfred Hitchcock (Warner
Bros.).
Sección Oficial del
Festival de Cannes 1953.
Fecha del estreno: 12 Febrero 1953 (USA).
Reparto:
Montgomery Clift (Padre Michael William Logan), Anne Baxter (Ruth
Grandfort), Karl Malden (inspector Larrue), Brian Aherne (Willy Robertson),
O.E. Hasse (Otto Keller), Dolly Haas (Alma Keller), Roger Dann (Pierre
Grandfort), Charles André (padre Millars), Judson Pratt.
Sinopsis:
Un sacerdote escucha la
confesión de un criminal. Cuando las circunstancias implican al cura, y las
sospechas de la policía recaen sobre él, entonces tendrá que afrontar una
espinosa situación: no puede contar lo que sabe; tiene, pues, que encubrir al
culpable porque está obligado a respetar el secreto de confesión.
Comentarios:
‘Yo confieso’ (I
Confess’, Alfred Hitchcock, 1953) es otra de esas películas con las que el
maestro del suspense no estaba contento, incluso llegó a declarar que nunca
debió filmarse. Fueron muchos los problemas con los que tuvo que lidiar en la
producción de un film que adapta la obra teatral de Paul Anthelme de principios
de siglo, obra que no interesaba demasiado a Hitchcock y que alguien le vendió
con la idea de que tendría buen material para una de sus películas.
El film pretendía ser
mucho más atrevido de lo que finalmente vimos en pantalla. Debido a la historia
de un cura implicado en un asesinato por secreto de confesión, éste pasa a ser
el principal sospechoso, descubriéndose ciertos factores de su vida privada
pasada en la que consta un hijo con una mujer casada. La censura logró meter la
mano para anular dicho detalle, que sin duda habría sido muy polémico en la
trama. Hitchcok era católico y con razón, eso le habría dado igual. Sus
preocupaciones eran otras.
Para empezar quería que
el papel principal, el del cura, recayese en manos de actores como Cary Grant o
James Stewart, pero ambos lo rechazaron, no llevándose muy bien con Montgomery
Clift, ya que no le gustaban los actores de método. El actor se pasó buena
parte del rodaje borracho —en alguna secuencia incluso puede apreciarse, como
la del ferry—, y Hitchcock, que no era amigo de los enfrentamientos, pedía a
otros que hablasen con Clift al respecto de su estado.
Con todo hay que decir
que Clift, uno de los actores de moda en aquel entonces, está fantástico en el
personaje de cura que conoce la identidad de un asesino cuyo nombre no puede
desvelar por el secreto de confesión. El rostro del actor refleja a la perfección
el estado de ánimo de un personaje recto, justo y que prefiere sufrir un
calvario antes que traicionar sus principios y creencias. Son dos los instantes
en los que Hitchcock enlaza a Clift con una imagen de Jesucristo, comparando
ambos sufrimientos.
Para el papel femenino de
Ruth, la única persona que puede demostrar la inocencia del padre Logan
(Clift), el director británico quería a toda costa a la actriz sueca Anita
Björk, pues le había impresionado mucho con su interpretación en ‘La señorita
Julie’ (‘Fröken Julie’, Alf Sjöberg, 1951), pero el estudio no estaba dispuesto
a respaldar a una madre soltera —eran otros tiempos, y cierta historia con
Roberto Rossellini e Ingrid Bergman ya había sido un sonado escándalo—, así que
Hitchcock tuvo que conformarse con Anne Baxter, aprovechando el reciente éxito
de ‘Eva al desnudo’ (‘All About Eve’, Joseph L. Mankiewicz, 1950).
Tal vez la actriz no esté
a la altura de Clift, quien no necesita un solo diálogo para transmitir, pero
al menos posee cierto feeling. Al lado brilla como el asesino que se esconde
tras una confesión, O.E. Hasse, alguien de quien en un principio uno se apiada,
pero poco a poco, remordido por la conciencia y por la sospecha de que el padre
Logan contará todo a la policía, va envenenándose como ser humano hasta
terminar siendo maldad pura. Karl Malden, otro actor muy de moda en aquellos
años, es el policía que sospecha de Logan y hace todo lo posible por
inculparlo; un personaje ciertamente tópico, pero que gracias al gran actor
logra apartarse del cliché.
Toda la película navega
alrededor de un hecho que para muchos, incluido el propio director, es
insostenible: el padre Logan aguantando ser acusado y juzgado de asesinato
cuando sabe perfectamente quién es el asesino. El público no católico de la
época, por razones obvias, no se creyó lo del secreto de confesión, y si lo
pensamos bien es un poco ridículo. Pero ahí está la película más de cincuenta
años después, ganando con el paso del tiempo y fortaleciéndose en muchos
aspectos.
Para empezar, el relato
es de lo más oscuro, aunque por el medio nos introduzcan un largo flashback
—filmado con claro tono onírico en alguno de sus momentos— que supone la
historia de amor entre Logan y Ruth. El inicio, de claro carácter expresionista,
con una impecable fotografía de Robert Burks, que desde el trabajo anterior de
Hitchcock se convertiría en habitual de éste, con un marcado blanco y negro
adelanta lo terrible de la premisa y cómo se precipitarán los acontecimientos
hasta un punto en el que no parece haber salida.
En ‘Yo confieso’ la
máxima del suspense que practicaba el orondo director es llevada hasta sus
últimas consecuencias. Un asesinato, un asesino y un falso culpable que lo
pasará muy mal, el espectador sabe desde el inicio lo sucedido, pero por una
vez va por detrás de los personajes al desconocer su pasado y relación. Este
tratamiento del suspense fue explotado hasta la extenuación en series de
televisión como ‘Lost’ (2004-2010), y que aquí alcanza el paroxismo a raíz del
silencio del padre Logan.
La puesta en escena de
Hitchcock esta vez se centra en las reacciones de los personajes. Abundan los
primeros planos de los rostros de los actores, sobre todo Clift, y consigue
momentos prodigiosos con la cámara, la composición del plano y los rostros. Por
ejemplo, el instante en el que la mujer del asesino sirve el desayuno al padre
Logan y dos curas más, sin quitarle ojo al hombre que ha oído en confesión a su
marido y que desconoce su posible reacción ante tal secreto. O sin ir más
lejos, ese instante de Karl Malden mirando por encima del hombro para ver al
padre Logan cerca y empezar a sospechar —años más tarde Steven Spielberg rindió
un sentido homenaje en ‘Tiburón’ (‘Jaws’, 1975)—.
Hitchcok siempre se quejó
de que esta película tuviese muy poco humor, más bien nada —salvo por el
personaje del fiscal, interpretado por Brian Aherne, que en sociedad aparece
jugando con tenedores y vasos, siempre riendo y divirtiéndose, y en la sala de
juicios no muestra la más mínima piedad ni con sus amigos más cercanos—, pero
creo precisamente que ese es otro de sus puntos fuertes. Además existe una gran
ironía, muy típica de su director, en el hecho del padre Logan confesando al
asesino que le librará de un chantajista. Una coincidencia de lo más malsana e incluso
divertida sobre el papel, pero trágica y triste en imágenes. (Alberto Abuín)