jueves, 4 de noviembre de 2021

Las páginas del libro de Satán (Carl Theodor Dreyer, 1921)

 

Título original: Blade af Satans bog. Dirección: Carl Theodor Dreyer. País: Dinamarca. Año: 1921. Duración: 167 min. Género: Drama, Cine Mudo.

Guión: Edgar Høyer (basado en la novela de Marie Corelli). Fotografía: George Schnéevoigt (B&W). Decorados: Carl Th. Dreyer, Axel Bruun, Jens G. Lind. Montaje: Carl Th. Dreyer. Producción: Nordisk Film.

Fecha del estreno: 24 Enero 1921 (Dinamarca)

 

Reparto: Helge Nissen, Halvard Hoff, Jacob Texiere, Hallander Helleman, Ebon Strandin, Johannes Meyer, Nalle Halden, Tenna Kraft, Viggo Wiehe, Emma Wiehe, Jeanne Tramcourt, Hugo Bruun, Elith Pio, Emil Helsengreen, Viggo Lindstrøm.

 

Sinopsis:

Satanás es un ángel caído que quiere agradar a Dios. Pero el Señor lo condena a vivir entre los hombres para tentarlos permanentemente; cada vez que provoque la condenación de un alma, la propia condena de Satán se alargará un milenio. En cambio si llega a hallar a un alma capaz de resistir sus tretas, logrará un mérito a su favor...

 

Comentarios:

La carnicería que supuso la Gran Guerra tuvo enormes repercusiones en lo que se refiere al desarrollo de un cine que comenzaba a entrar en la adolescencia con las inseguridades e indecisiones propias de este periodo vital. Y no nos estamos refiriendo tanto a la parcela estilística como al enfoque que adoptaría el séptimo arte a la hora de plasmar la nueva Europa que surgiría de las trincheras de Verdún y Somme. Si nos ceñimos a la filmografía centroeuropea, un esquema apresurado nos conduciría, por una parte, a un cine donde los miedos psicológicos se debatían de Caligari a Hitler a través de la fotografía expresionista o la crudeza moral de la nueva objetividad y, por otra, a un género cinematográfico que bebía en las fuentes del simbolismo bíblico pasado por el filtro protestante y la metáfora maniquea entre el Bien y el Mal de la que eran deudores La carreta fantasma (Körkarlen, 1921) de Sjöström o Las tres luces (Der müde Tod, 1921) languianas, por citar solamente dos ejemplos.

A esta última corriente pertenecería Las páginas del libro de Satán (Blade af Satans bog), una de las primeras películas del maestro danés, Carl Theodor Dreyer. En un intento por reducir su condena eterna el Diablo llegaba a un acuerdo con Dios con el objetivo de conseguir un alma que fuera capaz de resistir a sus tentaciones. La película, estructurada en cuatro cuadros históricos, seguía la senda episódica dejada por la aislacionista (por su mensaje pacifista) Intolerancia (Intolerance, 1916) de D. W. Griffith y adoptaba el código alegórico-religioso de otro de los grandes pioneros del cine como lo fue Thomas Ince en La cruz de la humanidad (Civilization, 1916). Sin embargo, en la película de Dreyer el enemigo ya no interpretaba a aquellos personajes malévolos que vestían el uniforme del Káiser y coronaban su cabeza con el famoso Pickelhaube sino que se encarnaba en la figura de Satán que convivía entre los hombres para poder tentarlos continuamente.

Si en el colofón final de La cruz de la humanidad Cristo guiaba al monarca belicista por los escenarios de la guerra, un infierno en la Tierra donde solo reinaban la desolación, el hambre de seres indefensos y la destrucción de pueblos y ciudades, en el primer episodio de Las páginas del libro de Satán, Judas traicionaba a su maestro por culpa de las artimañas de un Satán que se hacía pasar por un fariseo. En el segundo tramo histórico Dreyer estampaba en pantalla la Leyenda Negra simbolizada en la institución inquisitorial de una España prototípica, mezcla de monjes lujuriosos surgidos de la pluma de un Matthew Gregory Lewis y gitanos pintorescos de Mérimée y Bizet, sazonados a su vez con los vientos protestantes que se enfrentaban al oscurantismo de la contrarreforma católica. Y en medio de todo ello la historia de una joven, hija de un astrólogo hereje, que se convertía en la primera Juana de Arco de su director, condenada a la hoguera por Satán en la piel de un inquisidor.

En el tercer y cuarto episodio la película hacía mención a dos de las revoluciones más importantes de la historia como lo son la francesa y la rusa respectivamente. Con la trama secundaria de la ejecución de María Antonieta, la caída de la monarquía servía como marco para un relato ficticio de traiciones y lealtades, sobre la desaparición de un mundo aristocrático y decadente que daba paso a otro que comenzaba a extraer su cabeza de la intrahistoria a base de crueldades y venganzas contra los señoritismos y las realezas. Por su parte, el Terror Rojo se cebaba contra los nacionalistas finlandeses en un episodio contemporáneo de 1918 muy poco frecuentado en el cine.

 

 

Sin pretender analizar la película en sus aspectos formales donde destacaba, a rasgos generales, la fotografía en excelentes secuencias como las del prendimiento de Jesucristo en el Getsemaní, la puesta en escena en interiores con evidentes compromisos hacia la pintura y el teatro o la utilización de las masas que nada tenía que envidiar a los éxitos cosechados anteriormente en este campo por el cine italiano o americano, nuestra intención con esta película primeriza de Dreyer es constatar su perfección como modelo cinematográfico a la hora de reflejar el ambiente moral que se respiraba en la inmediata posguerra, considerando a este director, junto a nuestro Luis Buñuel, como uno de los grandes moralistas de la historia del cine europeo cuyos ecos todavía resuenan, por no alargarnos en demasía, en la obra actual de Haneke, Seidl o von Trier, que no han dejado de denunciar continuamente la sinrazón y las contradicciones propias de la naturaleza humana.

 

 

Por todo ello, Las páginas del libro de Satán es una película profundamente pesimista que no se puede entender sin su inclusión en un marco histórico concreto que viene dado por el cese de las hostilidades en los campos de batalla europeos. Satán pierde su apuesta con Dios pero, al mismo tiempo, observa cómo el ser humano no deja de caer una y otra vez en sus redes a través de la historia. La debilidad y las bajas pasiones pondrán en funcionamiento la maquinaria del Mal que llevará al límite de sus capacidades psicológicas a un Hombre dubitativo que, a partir de ese momento, comenzará a delinquir, renegar, delatar o traicionar a sus semejantes.

 

 

No nos gustaría terminar sin plantear una reflexión final a todos aquellos que hayan podido ver la película o que sientan curiosidad por verla. Satanás, en cada uno de los episodios, interpretaba nunca mejor dicho a un personaje diferente. En los dos primeros, como hemos venido comentando, encarnaba a un fariseo y a un inquisidor español. En los dos últimos, el Ángel Caído se materializaba en la figura de un revolucionario francés sanguinario y de un monje comunista de estirpe rasputiniana que ayudaba al Tribunal Popular a perseguir a grupos rebeldes finlandeses. Por tanto, todos estos personajes antagonistas (no por ello son seleccionados por el mismo Satanás) se relacionaban con el fariseísmo que siempre había entrado en conflicto con Jesús, con la intolerancia religiosa proveniente del sur de Europa que contrastaba con las reformas luteranas y calvinistas o con la anarquía que trajeron consigo las revoluciones rusa y francesa, siempre si nos atenemos a la imagen negativa que se nos muestra en pantalla de estos “salvajes” revolucionarios, sedientos de sangre cada vez que observan una peluca aristocrática o a un nacionalista. ¿Hasta qué punto compartía Dreyer la opinión de que aquellos movimientos revolucionarios trastocarían el orden social, económico y político europeo como lo había hecho la Revolución francesa con el sistema monárquico en el siglo XVIII? ¿Hasta qué punto Dreyer se ponía de parte del nacionalismo finlandés frente al internacionalismo ruso? ¿Hasta qué punto la figura del fariseo no enlazaba con el antisemitismo ancestral que desde el caso Dreyfus y la publicación de Los Protocolos de los Sabios de Sión iría creciendo descontroladamente en los países europeos a partir de los años treinta? ¿Hasta qué punto no era la visión de Dreyer, en definitiva, la de un tradicionalista en una Europa donde la rebelión de las masas orteguiana había cogido el testigo del mundo? Todas estas preguntas que explotan caóticamente en el aire nos tientan al error de afirmar que el maestro danés no solo se encargó de la dirección de la película sino también, parece ser, de aconsejar al mismo Diablo qué personajes (negativos) le venían como anillo al dedo… siempre acorde a sus ideas conservadoras, ratificadas por él mismo años más tarde. (Marco Da Costa)

Recomendada.


miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mediterráneo (Marcel Barrena, 2021)

 

Título original: Mediterráneo. Dirección: Marcel Barrena. País: España. Año: 2021. Duración: 112 min. Género: Drama.  

Guión: Danielle Schleif (basado en una historia de Marcel Barrena, Óscar Camps). Fotografía: Kiko de la Rica. Música: Arnau Bataller. Vestuario: Despina Chimona. Dirección de producción: Albert Espel, Albert Espel. Producción: Tono Folguera, Adrià Monés, Ibon Cormenzana.

Fecha del estreno: 1 Octubre 2021 (España)

 

Reparto: Eduard Fernández (Óscar), Dani Rovira (Gerard), Anna Castillo (Esther), Sergi López (Nico), Àlex Monner (Santi), Melika Foroutan, Patricia López Arnaiz, Vassilis Bisbikis, Giannis Niaros, Drosos Skotis, Yiota Festa.

 

Sinopsis:

Otoño de 2015. Dos socorristas, Óscar y Gerard, viajan hasta la isla de Lesbos, en Grecia, impactados por la fotografía de un niño ahogado en las aguas del Mediterráneo. Al llegar descubren una realidad sobrecogedora: miles de personas arriesgan sus vidas cada día cruzando el mar en precarias embarcaciones y huyendo de conflictos armados. Sin embargo, nadie ejerce labores de rescate. Junto a Esther, Nico y otros miembros del equipo, lucharán por cumplir un cometido, dando apoyo a personas que lo necesitan. Para todos ellos, este viaje inicial supondrá una odisea que marcará sus vidas.

 

Comentarios:

Que una historia tan grande como la que cuenta Mediterráneo —la génesis de la ONG Open Arms, tan presente en el activismo social del último lustro, junto a los inicios de la crisis migratoria de 2015 en Europa, con la isla griega de Lesbos como centro de la tragedia—, acabe haciéndose fuerte en un tablero mucho más reducido, el de sus pequeñas historias de conquista del territorio personal, no deja de ser una virtud. Dominar el mundo a partir del individuo; lograr la justicia desde el gesto concreto del ser humano; y la emoción, desde la lucha con uno mismo y el encuentro con su lugar en la existencia. Así es la película de Marcel Barrena, la gran sorpresa en la terna de candidatas españolas al Oscar a la mejor película internacional.

De todos modos, las virtudes de Mediterráneo relucirían mucho menos sin el trabajo de su reducido grupo de intérpretes: Dani Rovira, Sergi López y Anna Castillo, con el imponente Eduard Fernández al mando, apabullante personalidad, y el apoyo de Àlex Monner, Patricia López Arnaiz y los puntuales intérpretes griegos. Todos perfectos. Filmados a apenas unos centímetros por Barrena, cada criatura muestra sus cicatrices interiores y exteriores con la verdad del sentimiento. Cada frase, cada reacción, cada mirada, es la del ser humano dispuesto a algo verdaderamente singular. Con ello, los resbalones de la película, que los tiene, quedan mucho más desdibujados.

Barrena rueda a ras de tierra y, sobre todo, a ras de agua. Las secuencias de rescate en el mar, los ahogamientos y el miedo de los migrantes tienen credibilidad. Pero el lugar en que mejor se mueve su historia es el de las decisiones individuales de sus protagonistas, en sus discusiones, en sus bromas, en sus terrores. Así, se acaban perdonando los detalles excesivamente melodramáticos (la trama de la hija de la doctora y su camiseta del Barça de los setenta), o la ocasional aparición del trazo grueso (el retrato burdo del mecánico de los 3.000 euros y su redención final exprés). Porque, pese a todo, Barrena, especialista en historias de superación, ha aquilatado la quizá excesiva carga de sentimentalismo de 100 metros, su anterior largo. Lo logra, una vez más, con una historia de hoy mismo; con el vértigo de la acción y, aún más, con el vértigo de la conversación. (Javier Ocaña)

 

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

¡Más arsénico, por compasión!

 


Una historia de Halloween en Brooklyn, donde todo puede ocurrir y por lo general ocurre”. Así comienza “Arsénico por compasión”, la de historia Mortimer Brewster, un famoso crítico de teatro que, en contra de sus prejuicios contra el matrimonio, acaba casándose con la bella Elaine Harper, y antes de emprender su luna miel decide hacer una parada en casa de sus adorables tías. Descubre allí que las dos cándidas viejecitas acostumbran a practicar una caridad poco ortodoxa: matar por compasión a las pobres almas de este mundo.


Capra se rodeó de un elenco de actores de altísimo nivel para dar vida cinematográfica a los personajes salidos de la obra teatral de Kesserling. Un joven Cary Grant encarna al protagonista con magnífica soltura, demostrando buenas dotes para la comedia y sin resultar exagerado a pesar del alocado guión. Su compañera femenina es interpretada por Priscilla Lane, rostro muy reconocido ya por aquel entonces por éxitos como “Los violentos años veinte”. Josephine Hull y Jean Adair ponen piel al dúo de tías tan enternecedoras como psicópatas. Es complicado contener la risa con su sola aparición en escena. La película goza de secundarios de lujo, como Peter Lorre haciendo del doctor Einstein y Raymond Massey, que interpreta al terrorífico Jonathan Brewster, hermano de Mortimer, y a quien se maquilló para que se pareciera lo máximo posible a Boris Karloff, que hacía el mismo papel en la obra de Broadway.


Mención aparte merece el rol de Teddy Brewster, el otro hermano de Mortimer, un desequilibrado que cree ser Theodore Roosevelt; personaje, interpretado por John Alexander, que rezuma comedia pero también cierta melancolía. Al fin y al cabo, es una persona que vive en una ilusión porque, según sus propias tías, "es más feliz así".


Arsénico por compasión” es auténtico teatro cinematográfico, se apoya en los pilares fundamentales del cine: grandes interpretaciones, un guión sólido y una buena dirección. Es una película nada arrogante que cumple con su propósito, entretener al espectador y contar una buena historia. Su sencillez aparente encierra la complejidad de convertir en obra maestra algo que parece simple.

Se basa en la obra de teatro del mismo título de Joseph Kesserling, y aunque fue rodada en 1941, no se estrenó hasta 1944, una vez finalizadas las representaciones de la obra en Broadway. Para adaptar a la gran pantalla la exitosa obra de teatro Capra contó con el trabajo de los hermanos Epstein, conocidos por haber participado en el guión de la mítica “Casablanca”, que sacan el máximo partido a un libreto repleto de gags memorables y consiguen que el espectador encadene una carcajada tras otra.

Este título contrasta enormemente con el resto de la filmografía de Frank Capra, lejos del tono moralizante de obras como “Caballero sin espada”, “El secreto de vivir” o “¡Qué bello es vivir!”, “Arsénico por compasión” es una obra maestra del género de la screwball comedy o comedia alocada. Un título imprescindible dentro del cine clásico por el que no ha pasado el tiempo.

Aprovechemos hoy la oportunidad de verla de nuevo, en La 2 de Televisión Española, dentro del ciclo que el espacio “Días de Cine Clásico” está dedicando a Cary Grant.