jueves, 11 de octubre de 2018

Los estrenos en Sevilla de 11-10-2018



7 películas se estrenan el 11 de octubre de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Tres producciones son estadounidenses, dos francesas y dos españolas. Pero, lamentablemente, otras 3 películas se han estrenado en España y no nos ha llegado a nuestras salas sevillanas. Se quedan sin editar, por tanto: la brasileña “Pequeño secreto” (David Schurmann, 2017), la película de animación china “El reino de los elfos” (Yi Ge & Yuefeng Song, 2016) y el documental venezolano “El pueblo soy yo. Venezuela en populismo” (Carlos Oteyza, 2018). Pasemos a nuestro repaso semanal sobre los estrenos.  


Climax. (Francia, 2018). Dir. Gaspar Noé.
Mejor Película en la sección “Quincena de Realizadores” del Festival de Cine de Cannes 2018. Mejor Película del Festival de Sitges 2018.
Thriller psicológico interpretado por Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub y Kiddy Smile.
En esta película de Gaspar Noé, el realizador decide mostrar sus claves desde el principio, a la vista de todos, para que el buen entendedor pueda sumar dos y dos. Los bailarines callejeros que conforman el reparto de la película son entrevistados en un monitor enmarcado por un abigarrado conjunto de libros y películas. En sus lomos, algunos nombres quizá inevitables: Lang, Murnau, Cioran, Kafka, Bataille, La posesión de Andrzej Zulawski, Saló de Pasolini, Querelle de Fassbinder y, cómo no, Suspiria. ¿Está Noé intentando enmendarle la plana a Guadagnino antes de saber lo que el italiano ha hecho con la obra de Argento?
Basándose, supuestamente, en un caso real acaecido en los noventa –y que parece mantener una cierta analogía con las leyendas negras en torno al aliño de rave parties con estramonio-, Gaspar Noé plantea un radical filme-danza bombardeado por violentas transgresiones gráficas: los créditos finales desfilan al principio de la película, los seductores títulos de crédito parten el metraje en dos y unos rótulos entre lo godardiano y lo publicitario puntúan el recorrido con las cargas de pretensión nihilista que son marca de la casa. Y, entre impacto e impacto, los cuerpos bailan en virtuosos planos secuencia que permiten a la cámara desafiar la ley de la gravedad y recorrer viciosamente las pieles sudorosas al borde del éxtasis. Una sangría con aditamento lisérgico convertirá la fiesta en danza macabra en un crescendo arrebatado que casi culmina en cine puramente abstracto. Noé no es un maestro de la sutileza, pero es un fanático creyente en la forma como construcción de sentido y aquí ha logrado una obra única, una película-trance que intenta liberarse espasmódicamente de toda narrativa. Recomendada.



First Man (El primer hombre). (USA, 2018). Dir. Damien Chazelle.
Película de inauguración del Festival de Venecia 2018.
Cuenta la historia de la misión de la NASA que llevó al primer hombre a la luna, centrada en Neil Armstrong, interpretada por Ryan Gosling, Jason Clarke, Claire Foy y Kyle Chandler.
El score está compuesto por Justin Hurwitz.
Con “El Álamo” y “Apolo XIII” como exponentes máximos, el cine estadounidense, y ese modo de ser tan suyo, fundamentado en el orgullo, el patriotismo, la dignidad y la ética del trabajo, ha convertido no pocas veces sus derrotas históricas en películas victoriosas. Algo que, de todos modos, habitaba de forma intrínseca en las acciones y conductas de sus personajes, y que se dejaba traslucir en los subtextos de los relatos.
Sin embargo, lo que no habíamos visto tanto es la narración de un hecho glorioso con los modos y los matices de la derrota. Una celebración como la llegada del hombre a la Luna, narrada con la gravedad de un hecho luctuoso. Una película sobre la conquista, asentada en el irremediable trance de la muerte. Y así es “First man (El primer hombre)”, visión solemne de Damien Chazelle de la carrera espacial, centrada casi exclusivamente en la figura de Neil Armstrong, el ser humano que logró poner los pies en el satélite pero no pudo salvar la vida de su hija. La gloria de un funeral. El funeral de una gloria.
Chazelle, de nuevo fiel a una filmografía con la pérdida como eje central, ha rodado su película en formato panorámico, pero le ha dado al aspecto y la textura de una filmación casera de súper 8 o de 16 mm de aquella década de los sesenta: esquinas redondeadas a la manera de las diapositivas, fotografía de colores matizados, textura con cierto grano. La familia, y su destrucción a causa del fallecimiento por cáncer de una de las hijas del astronauta, sobrevuelan el relato con mayor esencialidad que la propia aventura. Y aunque ya desde la primera secuencia se intente trasladar a la platea las sensaciones físicas de opresión, agobio y peligro de los pioneros del espacio, como ya hizo la futurista “Gravity” (2013), llegado el momento del clímax, también reaparece el interior del propio personaje, su trauma, su obsesión.
La bellísima mirada de Claire Foy, de una admirable hermosura natural, complementa el discurso sobre la (im)potencia del ser humano en una aparente película sobre la fortaleza y el triunfo. Y apenas hay más personajes, porque los demás están expuestos a través de pinceladas impresionistas más que por medio de un desarrollo convencional.
El director de “Whiplash” y “La La Land” ha compuesto una película extraña, pero casi siempre fascinante, y desde luego chocante: un relato sobre la toma de los espacios abiertos, articulada en base a encuadres muy cerrados y a primerísimos planos. Y ha convertido una victoria colectiva en una odisea personal; el desafío del género humano y de un país, en el duelo de un solo hombre. Recomendada.



Un héroe singular. (Francia, 2017). Dir. Hubert Charuel.
Mejor Ópera Prima en los Premios César 2017.
Drama enclavado en la visa rural, interpretado por Swann Arlaud, Sara Giraudeau, Isabelle Candelier y Bouli Lanners.
Un joven se despierta, se despereza y se levanta de la cama, pero algo dificulta sus movimientos. Su habitación está llena de vacas, pero la intrusión no parece sorprenderle, ni alterarle el ánimo. Abriéndose paso entre los cuerpos rumiantes que ocupan el pasillo, avanza hacia la cocina, donde en compañía vacuna, se tomará el primer café de la mañana hasta que el sonido del despertador aclare ante nuestros ojos esa incongruencia que el personaje no ha asumido como tal. Todo era un sueño: durante el verdadero despertar, el muchacho se acerca a la ventana, descorre las cortinas y contempla a las vacas de su granja pastando en el exterior. Un arranque tan elegantemente anómalo abre una película que también se descubre como grata anomalía. Debut en la dirección de Hubert Charuel, también coguionista, “Un héroe singular” se aparta de la tradicional alabanza de aldea y menosprecio de corte de cierto cine francés tendente a la idealización rural para proponer un extraño cruce genérico, donde la minuciosa observación realista habilita un considerable espacio para las gratificaciones narrativas del suspense.
Rodada en la granja familiar del director, la película adopta el punto de vista de su protagonista, Pierre, un joven ganadero que asume su labor diaria anteponiendo el afecto (por sus animales) a la productividad. El avance de una enfermedad, anunciado por los vídeos de YouTube que cuelga en la red un ganadero belga arruinado, dispararán la señal de alarma: Pierre sabe que una sola vaca enferma pondrá en marcha el protocolo de seguridad de las autoridades sanitarias que implicará el sacrificio de todas sus reses. “Un héroe singular” acaba siendo la historia de una desesperada huida hacia adelante para salvar lo condenado. Valiente y precisa en su juego de tonos, antisentimental e implacable, esta sorpresa encuentra su voz propia sin afectaciones. Recomendada.



Lucha de gigantes. (España, 2018). Dir. Hernán Zin.
Documental español que aborda la pobreza en África.
Emilio Aragón y la ONG Acción contra el hambre presentan este documental en el que, rindiendo homenaje al tema escrito por Antonio Vega hace ya más de 30 años, se trata el tema de la lucha del mundo contra un problema gigante: el hambre. En él, se habla de la gente que lucha contra el hambre cada día por todas partes del mundo. Un ejercicio que intenta que el espectador se sume a la lucha contra el hambre, con la participación del periodista y escritor Martín Caparrós, del catedrático José Esquinas y la periodista de prestigio Àngels Barceló. Está dirigido por Hernán Zin, quien también es reportero de guerra y escritor de origen ítalo-argentino, con obras tan desgarradoras a sus espaldas como 'Nacido en Siria' o 'Nacido en Gaza'.
“El hambre no es que te suenen las tripas”, dice la periodista Àngels Barceló en este documental. Puede que ya no existen aquellas hambrunas que veíamos en los telediarios y hemos pasado de 1.200 millones de personas que sufren hambre a 800, pero aún se muere de hambre. Porque hambre no solo es no tener qué comer, también es alimentarse mal un día tras otro, como explica Martín Caparrós. Hambre es quedarse fuera del sistema, como todas esas personas en España que se han quedado sin trabajo, sin ayudas y acuden a comedores sociales. El hambre es causa principal de muerte en países en conflicto. 8.500 personas mueren cada día por desnutrición. 900 millones de personas no pueden comer todos los días y no es un problema de falta de alimentos: producimos el doble de lo necesario para alimentar a todo el planeta, el problema es la distribución. Se produce en unos lugares para venderlo en otros, en los mercados del primer mundo que desperdician casi tanto o más de lo que consumen.
Todos estos son datos que quizá cuanto más nos repiten, más fríos nos dejan. Desde la facilidad, como también apunta Barceló, de poder comer todos los días sin pensarlo, acabamos deshumanizados y, precisamente, lo que pretende este documental de Acción contra el hambre es volver a humanizar esos datos con historias en primera persona, grabadas con un móvil por familias en situaciones imposibles por todo el mundo. Desde Mahayí, Níger, donde la cooperante Maryan Aboubacar muestra los niños que pasan por el CRENI (Centro de Recuperación Nutricional Intensiva), a los olvidados campos de refugiados sirios de Líbano o los de rohinyás en Bangladesh; la familia Zorub que vive en Gaza entre un vertedero y un cementerio; o Amalia y Nur Nahar, dos mujeres en Filipinas que luchan por sacar adelante a sus seis y nueve hijos respectivamente.
La canción de Antonio Vega que da título al filme fue la inspiración para Aragón de este documental, y tras la película llegará un disco, un proyecto cultural total para homenajear gigantes. Recomendada (con reservas).



La sombra de la ley. (España, 2018). Dir. Dani de la Torre. 
Thriller policiaco ambientado en los años 20, interpretado por Luis Tosar, Michelle Jenner, Vicente Romero, Ernesto Alterio y Paco Tous.
Un cómic sobre la Barcelona de los asombros, la de 1921, con las torres de la Sagrada Familia alzándose hacia el cielo y Gaudí aún en vida, con una sociedad en combustión y un poder corrupto y violento. La ciudad de las reivindicaciones laborales en forma de huelga y la de los atentados anarquistas, la de los barrios obreros hambrientos y la burguesía del cava y el prostíbulo de lujo, la Barcelona de los prodigios y del caso Savolta, que tan magistralmente retrató Eduardo Mendoza en sendas novelas, la del progreso de unos pocos y el aplastamiento de otros muchos, la de los infiltrados y las palizas, la del puño cerrado de todos agrupados en la lucha final, y la del puño cerrado hacia la mandíbula de los opositores.
Suena bien, pero también a oportunidad perdida. O ganada, dirán algunos: los apóstoles de la pura comercialidad. “La sombra de la ley” es un relato al estilo penny dreadful, con todo lo que ello conlleva: superficialidad en la narración, en la composición, en el retrato, en el análisis. Una producción de lujo. Una película popular, a la manera de ciertas novelas gráficas, de ciertas series de televisión. La ha escrito Patxi Amezcua y la ha dirigido Dani de la Torre, revelación del thriller de entretenimiento con poso social en “El desconocido” (2015).
De la Torre busca una expresividad que quizá quiera ser artística pero solo es técnica, con una puesta en escena de apariencia espectacular que esconde un refrito de referencias obvias y nada originales. Un conjunto que apabulla, pero donde hay poco que rascar. Por momentos virtuoso, aunque (casi) nunca trascendente, pese a la época que describe, con apuntes del Desastre de Annual, de las guerras que enriquecen a los poderosos, de los golpes de estado provocados, de la información privilegiada. Incluso con posibles paralelismos con la Cataluña contemporánea. Sin embargo, todo queda un tanto empequeñecido por la falta de solidez. Aparecen las alcantarillas del poder, pero los personajes no pasan del esquema. No hay reflexión (ni lo pretende, lo que es una opción tan válida como otra cualquiera), solo apuntes históricos y sociales que ofrecen un marco para el espectáculo. Incluso con secuencias de peleas más cerca de las artes marciales que de la tosca turbamulta de toda la vida.
Una historieta de gran factura, pero historieta al fin, no historia. Y queda además el entretenimiento cinéfilo de ir descubriendo planos calcados de otras películas: la oficina de “El padrino”, la fila en pandilla de “Los intocables”, el atraco de “Heat”, el cenital de los sombreros de “Camino a la perdición”... Por homenajear, copiar, calcar, rememorar, incluso el mítico travelling por las mesas del restaurante de “Alas”, compuesto por William Wellman ¡en 1927! Entonces sí, de un modo insólito y con una expresividad artística. No Recomendada.



La casa del reloj en la pared. (USA, 2018). Dir. Eli Roth.
Cine fantástico de casas encantadas interpretado por Owen Vaccaro, Jack Black, Cate Blanchett, Kyle MacLachlan y Colleen Camp.
Por si alguien siente el impulso de pensar que Eli Roth pretende reinventarse como el nuevo Tim Burton o de sospechar que Amblin Entertainment está intentando clonar la mitología de Harry Potter, quizá sea necesario poner al lector en antecedentes. Detrás de una película tan inesperada en la carrera del director de “Hostel” (2005) como “La casa del reloj en la pared” hay, en realidad, un tributo a la memoria sentimental que viene de mucho más lejos: Roth nació un año antes de que el escritor John Bellairs debutase, tras transitar los registros de la literatura de humor y la fantasía, en el ámbito de la novela de terror para adolescentes con la primera aventura del huérfano Lewis Barnavelt. El minucioso, sofisticado y decadentista Edward Gorey fue escogido como portadista e ilustrador de esa obra que abriría una larga y fructífera relación profesional entre el artista y el escritor, que nunca llegaron a conocerse pese a la palpable afinidad de sus imaginarios. Frente a las populares aventuras de “Los Tres Investigadores”, de Robert Arthur, Jr., que, anticipando el patrón de Scooby-Doo trataban lo sobrenatural siempre como representación e impostura, los trabajos de Bellairs y Gorey no domesticaban las vetas de terror e irracionalidad que heredaban de la tradición gótica. En definitiva, “La casa del reloj en la pared” era literatura juvenil que creía, sin subterfugios ni medias tintas, en fantasmas, muertos vivientes, hechizos y casas embrujadas.
Es posible que Roth se criara con las novelas de Bellairs, como sin duda debieron de hacerlo Tim Burton, Lemony Snicket (Daniel Handler) y J. K. Rowling, cuyo empeño en sobreexplotar sus respectivas educaciones sentimentales tiene el indeseado efecto de hacer que esta reivindicación de las fuentes parezca la redundancia que no es. Con sus vitrales mudables, sofás vivientes, calabazas feroces y magos resurrectos y con un reparto que incluye a Jack Back como Pedro por su casa y a una Cate Blanchett sinuosa como gata de Angora, la película revela a un Roth a ratos titubeante como director de cine familiar, aunque la originalidad de la historia compensa sus episódicas caídas de energía. No Recomendada.



Smallfoot. (USA, 2018). Dir. Karey Kirkpatrick & Jason Reisig. 
Película de animación donde se da un giro a la leyenda de Bigfoot cuando un Yeti joven y listo se encuentra con algo que pensaba que no existía: un ser humano.
Creado hace tan solo cinco años, el sello Warner Animation Group es la división de Warner Bros responsable hasta la fecha, de cinco películas animadas. “The Lego Movie” (2014) y “The Lego Batman Movie” (2017) son sin duda sus películas más celebradas en términos de recepción, dejando “Gaviotas” (2016) y “The Lego Ninjago Movie” (2017) ligeramente por detrás. Ahora, es el turno de “Smallfoot”.
“Smallfoot” plantea un curioso oxímoron: es una película extremadamente ambiciosa y al mismo tiempo, enteramente predecible y conformista. Todo, absolutamente todo lo que aparece en la cinta se ha hecho ya. La historia de un yeti que descubre la existencia de humanos y se enfrenta a todo su pueblo para demostrar su honestidad podría ser la de unos monstruos que descubren que la risa de los niños es más poderosa que sus gritos. Su azucaradísima animación, histérica y rodeada de incontables secundarios (al salir no se acordarán del nombre de ninguno de los personajes) es si acaso un paso más de lo que ya nos propuso la trilogía de Hotel Transilvania.
Pero una vez sedimentan sus obviedades, “Smallfoot” edifica sobre esta acumulación con auténtico esfuerzo. Los más pequeños se lo pasarán en grande, sin duda. Para ello cuentan con un mensaje sentido y de fácil calado, numerosos y efectivos gags visuales y varios números musicales producidos con mimo y sin dejar nada al azar. El rap del Chojin sobre la auténtica historia de los Yetis quedará como la satisfacción más improbable del cine de animación infantil en 2018. No Recomendada.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1958)


“Te he estado buscando toda la noche, pero no te he encontrado”



Florence (Jeanne Moreau) y su amante Julien (Maurice Ronet) han planeado hasta el último detalle el asesinato del marido de Florence. Pero el plan se desbarata apenas perpetrado el sangriento crimen, encubierto de suicidio. Julien se queda encerrado en el ascensor del lugar del delito y, por si eso no bastara, una pareja de jóvenes le roba el coche. Cuando el cabriolé pasa por delante de Florence, que espera sin sospechar nada, la mujer empieza a dudar del amor de Julien. Mientras ella vaga por el París nocturno en busca de su amado y éste intenta liberarse en vano, el destino sigue su curso. Los dos jóvenes ladrones matan a una pareja de turistas alemanes. Y cuando, acto seguido, la policía inicia diligencias a gran escala, Julien está en lo más alto de la lista por ser el propietario del automóvil.

Los amantes, el marido fastidioso, un asesinato planeado minuciosamente y el poder destructivo del destino: no cabe duda de que se trata de un argumento cinematográfico viejo y conocido. Pero, en su época, sí pareció nuevo y excitante que Louis Malle modelara un drama existencial a partir de esos ingredientes clásicos del género policíaco. Ascensor para el cadalso fue el debut en el cine del director, que entonces tenía veinticinco años. Él mismo comentó en una ocasión que, en su ópera prima, había dudado entre realizar un thriller al estilo de Hitchcock o rendir homenaje a las películas impregnadas de filosofía de Robert Bresson, con el que había trabajado anteriormente de ayudante en Un condenado a muerte se ha escapado (1956). En realidad, ambas influencias se condensan en el film de Malle.



Después de un comienzo lleno de suspense, poco a poco la acción llega casi a estancarse. El director observa con  mirada fría y distanciada a sus protagonistas que, a medida que progresan los trabajos de investigación de la policía, parecen cada vez más recluidos en su soledad y desesperación existenciales. Igual que Bresson, Malle recurre una y otra vez a las metáforas correspondientes. Julien está encerrado en su ascensor-prisión y Florence, como si para ella tampoco hubiera escapatoria, vaga por las calles mojadas por la lluvia de un París laberíntico. La gran ciudad como símbolo del mundo moderno no promete ninguna libertad en la película de Malle. El brillo superficial de los escaparates resplandecientes remite de forma tanto más dolorosa al vacío emocional de los habitantes.



Si bien Malle remarcó  una y otra vez su distanciamiento del cine de la nouvelle vague, no puede desestimarse la importancia de Ascensor para el cadalso como modelo y fuente de inspiración del cine francés de finales de los años cincuenta. Puede que el tono de su película sea mucho más melancólico, pero manifiesta el mismo entusiasmo por las películas de serie B americanas que después mostrarían Al final de la escapada (1959) de Jean-Luc Godard o Tirad al pianista (1960) de François Truffaut.



El director de fotografía Henry Decaë plasmó el mundo sombrío del cine negro en inmensas imágenes en blanco y negro de Paris. Iluminada únicamente por las luces chillonas de neón de los cafés nocturnos y por faros deslumbrantes, la metrópoli se convierte en un paisaje difuso de almas, en el que Florence amenaza con perderse cada vez más.

El trabajo de dirección de Louis Malle nos impide tomar partido, pero nos permite participar del estado anímico excepcional de Florence, puesto que coloca sus pensamientos como monólogo interior en el rostro de Jeanne Moreau, marcado por el cansancio y la tensión. Su inseguridad se experimenta de forma francamente física gracias a la célebre banda sonora de Miles Davis. La agresividad agotadora de su trompeta de jazz traslada el nerviosismo del personaje a la sala de cine. El sonido estridente del instrumento es capaz de plasmar la concepción pesimista de Malle.



No cabe duda de que si Orson Welles dijo de Jeanne Moreau que era “la mejor actriz del mundo” no fue únicamente por su sorprendente capacidad de pasar de forma convincente en un instante, de una seriedad discreta a una alegría fascinante. De hecho, la actriz marcó como nadie el cine de autor.

Jeanne Moreau (Paris, 1928-2017) ya era una celebridad en los teatros antes de triunfar en el cine con “Ascensor para el cadalso” (1957). Su segundo trabajo con Louis Malle, “Los amantes” (1958), una película que supuso un escándalo en la época, le reportó la fama internacional y provocó que, a partir de ese momento, tuviera cierta reputación de libertina en el amor. Desde entonces, Moreau, que influyó de forma determinante en el cambio de imagen de la mujer en el cine de los años sesenta, también demostró su independencia al escoger sus proyectos. Moderato cantabile (1960), de Peter Brook, le supuso su primer gran premio, la Palma de oro a la mejor actriz, antes de convertirse en el icono de la nouvelle vague, gracias a su papel, quizás el más famoso, de la amante de dos amigos, tan liberal como enérgica, en Jules y Jim (1961) de François Truffaut.


La actriz despertó un gran interés en los medios de comunicación al actuar junto a Brigitte Bardot en “Viva María” (1965), una parodia del western dirigida por Malle. Otros directores importantes con los que trabajó fueron Michelangelo Antonioni (La noche), Joseph Losey (Eva), Luis Buñuel (Diario de una camarera), Jacques Demy (La bahía de los ángeles), Tony Richardson (El marino de Gibraltar), Elia Kazan (El último magnate), Margueritte Duras (Nathalie Grange), Rainer Werner Fassbinder (Querelle), Wim Wenders (Más allá de las nubes), François Ozon (El tiempo que queda), Agnes Varda (Las cien y una noches de Simón Cinema), Jean-Jacques Annaud (El amante), o Theo Angelopoulos (El paso suspendido de la cigüeña) entre otros. La actriz también ha dirigido varias películas: Lumière (1976) y El adolescente (1979) con Simone Signoret; rodó un documental sobre la actriz Lillian Gish y dirigió varias óperas. Paralelamente a su trabajo en el cine, Jeanne Moreau ha seguido una carrera de cantante plagada de éxitos, grabó discos y en 1984 cantó junto a Frank Sinatra en el Carnegie Hall.


VIRGINIA RIVAS ROSA



viernes, 5 de octubre de 2018

Los estrenos en Sevilla de 05-10-2018


7 películas se estrenan el 5 de octubre de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Pero, lamentablemente, otras 5 películas se han estrenado en España y no nos ha llegado a nuestras salas sevillanas. Se quedan sin editar, por tanto, bastantes películas: la francesa “Gauguin, viaje a Tahití” (Edouard Deluc, 2017), película biográfica sobre la vida del famoso pintor; el drama israelí “Aprendiendo a vivir” (Matan Yair, 2017); la película de animación española “Black is Beltza” (Fermín Muguruza, 2018); la película documental española “Querido Fotogramas” (Sergio Oksman, 2018), un homenaje al 70 aniversario de la icónica revista de cine “Fotogramas”; y el documental español de espionaje “Mudar la piel” (Ana Schulz, Cristóbal Fernández, 2018). Lamentamos todas estas ausencias de la cartelera sevillana y continuamos con nuestro repaso semanal a los estrenos.  


Viaje al cuarto de una madre. (España, 2018). Dir. Celia Rico.
Premio de la Juventud en el Festival de San Sebastián 2018.
Drama familiar protagonizado por Anna Castillo, Lola Dueñas, Pedro Casablanc, Adelfa Calvo y Marisol Membrillo.
Una película sobre la aventura de la vida que no discurre por territorios exóticos sino en apenas unas baldosas, las que separan la puerta de una casa que se está deseando abandonar y la habitación de una madre que siempre ha estado ahí para dar cobijo. ¿El calor conocido de dentro, el de esa mesa camilla con enagüillas, ese trabajo heredado y nunca querido, y los rincones de siempre del pueblo, del pueblo de siempre? ¿O el frío desconocido de fuera, el de la vida a la intemperie, la laboral, la social, la sentimental, a cientos de kilómetros de la calma chicha, donde quizá habite una nueva existencia?
Celia Rico, magnífica escritora y directora debutante, ha compuesto en “Viaje al cuarto de una madre” una oda a la trascendencia de la sencillez, a la complejidad de las relaciones familiares, expuesta a través de un estilo con la paradoja como marca de identidad: luminosa en su interior, su exterior formal es entre gris y marrón. El lúgubre colorido de una relación más allá de la vida y de la muerte.
Retrato invisible de la nueva emigración, la nuestra, la de muchos jóvenes españoles en busca de un idioma y una salida (cuidar niñas en Londres, lavar platos en Berlín), la película de Rico mantiene en todo momento el modo elíptico del exterior. Salvo una destartalada esquina nocturna de una calle, y un taller de confección inequívocamente español, el relato mantiene sin imágenes y sin apenas datos la épica del viaje, que llega al espectador, como si también nosotros fuéramos una madre, por medio del sonido de los wasaps y de la quizá mentirosa respiración al otro lado del teléfono. Un tratamiento de la información eludida que va en paralelo con todo lo relativo al padre de familia, nunca verbalizado ni revelado.
Y, sin embargo, la luz mortecina elegida por Rico y compuesta por Santiago Racaj encubre dos fogonazos de incandescencia: la de la hermosa relación entre la hija y la madre, entre una cierta vitalidad y una cierta amargura, que en cualquier momento pueden intercambiarse; y la de las rotundas interpretaciones de dos actrices maravillosas, Lola Dueñas y Anna Castillo, verdad en la mirada y en el gesto, en la victoria y en la derrota.
Historia de dolores escondidos, de sombras, y de sonidos para el recuerdo (la máquina de coser, el clic de encendido de un brasero eléctrico, el envasado al vacío del jamón), de los que definen un idilio familiar hasta la muerte, “Viaje al cuarto de una madre” es el arduo y feliz camino de aprendizaje de dos figuras casi mitológicas. Recomendada.


Ha nacido una estrella. (USA, 2018). Dir. Bradley Cooper.
Sección oficial (fuera de competición) del Festival de Venecia 2018.
Remake musical interpretado por Bradley Cooper, Lady Gaga, Sam Elliott, Rafi Gavron y Andrew Dice Clay.
La frase "Solo quería verte otra vez" (o sus variantes) atraviesa las cuatro versiones de “Ha nacido una estrella”, dejando claro que, por debajo de sus respectivas reflexiones sobre el estrellato y la industria del espectáculo, lo que siempre sigue ahí es la esencia del melodrama: la trágica historia de amor entre dos cuerpos que siguen trayectorias inversas –la ascendente y la descendente- y que quizá solo pudieron brillar juntos, e iluminarse mutuamente, en un momento efímero, condenado de antemano. Ahí reside el secreto de la inmortalidad de esta historia que ya resultó tan seductora en el momento de su aparición que, a pocos meses de su estreno, inspiró una imitación extraoficial: la deliciosa It Happened in Hollywood (1937) de Harry Lachman, uno de los primeros trabajos de Sam Fuller como guionista, que no sería descabellado considerar la principal fuente de inspiración del The Artist (2011) de Hazanavicius.
En la nueva encarnación de este mito que, además de los talentos obvios y visibles, ha tenido oficiantes tan ilustres y dispares como Dorothy Parker, Joan Didion y el fondo de armario de Barbra Streisand, las dos figuras principales –Lady Gaga y Bradley Cooper- invierten un considerable capital de riesgo: la nueva versión de “Ha nacido una estrella” tiene para ambos la evidente condición de bautismo de fuego –primer gran desafío como actriz dramática para ella, debut como director para él- y la tensión eléctrica del reto galvaniza la pantalla desde la primera imagen.
Cooper parte claramente de la versión de Frank Pierson de 1976, pero logra mejorarla rodeando a sus personajes principales de una serie de figuras secundarias que sustituyen el arquetipo por el personaje (cargado de historia): así ocurre con el hermano de Jackson Maine (Cooper) –un Sam Elliott que carga con el peso de ejercer de la figura paterna que nunca debió ser- y el padre de Ally (Gaga) –un sorprendente Andrew Dice Clay siempre rodeado de su afectuoso coro de chóferes-. La elegancia con la que el debutante resuelve el trágico final del protagonista parece anticipar que tras este debut no hay solo oficio, sino mirada. Y en esta película donde se habla de discurso e imagen, Lady Gaga, esa estrella que se dio a conocer disfrazada de instalación artística modelo Saatchi Gallery, demuestra que había verdad bajo la máscara, aunque la película desaproveche la ocasión de ahondar en la naturaleza de la nueva cultura de la fama. Recomendada.


Cold war. (Polonia, 2018). Dir. Pawel Pawlikowski.
Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes (2018).
Drama romántico ambientado en la Guerra Fría, interpretado por Joanna Kulig, Tomasz Kot y Agata Kulesza.
Pawel Pawlikowski es el director polaco que hizo «Ida», una brillantísima miniatura en blanco y negro sobre una novicia, con la que ganó el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. Era difícil que con su siguiente película consiguiera acercarse a la belleza y la profundidad de «Ida». Difícil, pero no imposible: en «Cold war» lleva la imagen (también en blanco y negro) y la música a lugares a los que la sensibilidad de uno tiene que ponerse de puntillas para alcanzar lo sublime de su altura. Dos conceptos, altura y profundidad, que parecen antagónicos pero que producen similar vértigo, y que Pawlikowski aplica a su cine por fuera y por dentro. La historia que cuenta en «Cold war» produce vértigo de altura en lo que ves, en lo que oyes, y profundo arrebato y mareo en lo que sientes.
Le dedica la película a sus padres, por lo que hay que sospechar que contiene algunos reflejos autobiográficos: el encuentro de un músico que dirige un programa de coros y músicas tradicionales (en la Polonia de postguerra) con una joven en posesión de una voz y una gracia infinitas es el punto de partida para narrar una historia más allá de lo romántico, tan cargada de pasión, amargores, encuentros y adioses, que está en cierto modo impregnada de «efecto Casablanca», y tan perfectamente encuadrada y musicada, dicha, sentida e interpretada, que no hay el menor resquicio en ella por el que escapar a su desesperado, volcánico y demoledor encanto.
El arranque es deslumbrante, con la mixtura de voces, coros e ideologías en esa Polonia soviética, y que forma un primer bloque (podría considerarse una historia en tres bloques y en dos miradas precisamente hacia los bloques) de reunión y separación. La secuencia del músico protagonista esperándola en la frontera para huir a París, absolutamente magistral, es un espejo con el mismo vaho que aquella espera de Rick a Ilsa para huir de París. En el segundo bloque cambia el paisaje y la música, pero no el agotador sentimiento de la historia entre la luz parisina y las notas del jazz, y se cabalga entre precisos y maravillosos planos hacia un final desesperado y de hermosura abrumadora.
La pareja protagonista, Tomasz Kot y Joanna Kulig, especialmente ella, se vierten el uno al otro tal cantidad de química y material inflamable, ese amor rotundo y sincopado, que la fascinante cámara de Pawlikowski los envuelve de ese tejido magnético que dura todos los siempres. No será este año cuando vean una película mejor. Recomendada.


Christopher Robin. (USA, 2018). Dir. Marc Forster. 
Cine familiar que mezcla elementos de animación, interpretada por Ewan McGregor, Hayley Atwell, Mark Gatiss y Adrian Scarborough.
El score lo compone Klaus Badelt.
¿Es realmente necesaria otra película más que nos recuerde la importancia de pisar el freno y disfrutar de la vida y contactar con el niño que llevamos dentro? Claro que no, pero en todo caso ese precisamente es el mensaje de esta secuela, parcialmente de acción real, de los 'cartoons' de Winnie the Pooh. Mientras trata de suministrarlo, el director Marc Forster se muestra menos interesado en hacer reflexiones de peso que en subrayar el sentimentalismo, del mismo modo que presta menos atención a sus personajes de carne y hueso que a los de trapo. Pero el gran problema de “Christopher Robin” es que es increíblemente aburrida, y que parece haber sido diseñada para no entretener ni a niños ni a adultos. No Recomendada.


Venom. (USA, 2018). Dir. Ruben Fleischer.
Película de la Factoría Marvel. Ciencia-ficción, superhéroes y aventuras interpretada por Tom Hardy, Riz Ahmed, Michelle Williams, Jenny Slate y Woody Harrelson.
Cuando, a mediados de los ochenta, la historieta de superhéroes experimentó una profunda renovación conceptual de la mano de un surtido grupo de dibujantes y guionistas –Miller, Sinkiewicz, Morrison, Moore, entre otros-, la entrada de un dibujante como Todd MacFarlane en la Marvel propuso otro camino posible. Mientras unos abogaban por dotar al género de un cariz autorreflexivo, crítico y en ocasiones marcadamente intelectualizado, McFarlane ofrecía un nuevo sentido de la espectacularidad, mediante un trazo de barroco detallismo que abrazaba la hipérbole visual como principio rector. La creación del supervillano Venom para las aventuras de Spiderman fue su declaración de principios: una poética de la carne mutante de inflexión oscura que, más tarde, sería amplificada en sus trabajos para el sello Image, con su infernal Spawn como gran figura tutelar.
Si el exceso formal fue siempre el distintivo del toque McFarlane, el hecho de que la primera película que concede un total protagonismo al personaje sea tan rutinaria en su estilo visual hace que salten las primeras señales de alarma, que el desarrollo de la trama no logra ni mucho menos silenciar. El “Venom” de Ruben Fleischer es una de esas películas Marvel cuyo diseño de producción parece haber sido confiado a un gerente, con especial debilidad por el diseño de oficinas como las que deben de haber acogido las reiteradas y tediosas reuniones de ejecutivos para intervenir en el guión con la misma alegría con que deslocalizarían una filial de empresa.
“Venom” no sabe si quiere ser una película sobre un superhéroe o sobre un supervillano. O una buddy movie de hombre y simbionte. Con un Tom Hardy que transpira incomodidad en la comedia física, el traspié parece deber su existencia a la decisión corporativa de improvisar un modesto elemento de cohesión en el subsector Sony del universo Marvel. No Recomendada.


Ola de crímenes. (España, 2018). Dir. Gracia Querejeta.
Comedia negra interpretada por Maribel Verdú, Juana Acosta, Paula Echevarría, Antonio Resines, Raúl Arévalo, Luis Tosar, Raúl Peña, Nora Navas, Montse Pla y Roberto Bonacini.
No son pocos los casos de directores españoles que, más debido a las complicadas circunstancias económicas y de producción de nuestra cinematografía que a un verdadero anhelo por encontrar nuevos caminos para el desarrollo de una obra más o menos amplia, han acabado haciendo películas impensables en el momento en que se iniciaron sus carreras, tanto para el espectador como seguramente para ellos mismos. Así ha sido demasiadas veces nuestro cine y volvemos a estar en una encrucijada respecto de lo que se supone que demanda el público y el coherente abono de una obra personal.
Si a la Gracia Querejeta de los años noventa, la de las complejas relaciones familiares y el rictus dibujado en sus armazones dramáticos, la de historias como “Una estación de paso” y “El último viaje de Robert Rylands”, le dicen que dos décadas y media después iba a estar haciendo comedias de ambiciones estrictamente comerciales, como es el caso de la deficiente “Ola de crímenes”, puede que se hubiera acordado de la larga lista de grandes cineastas que en su día también inclinaron la balanza hacia un territorio en principio insospechado: de Rafael Gil a Angelino Fons, pasando por Antonio del Amo, Pedro Lazaga, José María Forqué y Manolo Summers.
La secuencia de arranque ya hace saltar las alarmas: dos intérpretes tan formidables como Maribel Verdú y Javier Cámara, ambos de innegable vis cómica, sucumben ante un texto sin chispa ni calidad. Más que la situación en sí, son los diálogos los que encallan, las réplicas con pretensiones ocurrentes. Y a partir de ahí, en forma de largo flashback, la película se configura como una comedia negra de enredo, con muertes, sangre, sexo, violencia, corrupción, adulterios y hasta estupros. Un trabajo que pocas veces encuentra el tono.
Escrita en solitario por Luis Marías, “Ola de crímenes” tiene tramas y situaciones tan distintas que incluso los intérpretes se muestran a veces un tanto perdidos, con registros y momentos que mezclan como agua y aceite, lo que lleva a actuaciones que nunca acaban de casar en la misma película. Y ahí el estrambóticamente expansivo método de Juana Acosta y el tormento interior (y exterior) de Antonio Resines podrían ejercer de paradigmas. De modo que la película, que pretende ser negra y atrevida, va por rachas en lugar de aglutinarse en un tono uniforme. Un desajuste de base que termina hundiendo un libreto, de todos modos, con la gracia justa. No Recomendada.


Ánimas. (España, 2018). Dir. Laura Alvea y José F. Ortuño. 
Película española de terror, interpretada por Ángela Molina, Luis Bermejo, Chacha Huang y Clare Durant.
Es muy difícil hablar de esta película sin cometer spoiler, pero lo intentaremos. La cosa arranca dentro de los parámetros más manidos del subgénero de terror juvenil, con dos amigos desde la más tierna infancia, un chico y una chica, que empiezan a padecer fenómenos paranormales y se topan con apariciones inexplicables, que no son sino un mcguffin para que los directores, apoyándose en una banda sonora estridente y muchos ruidos, proporcionen al espectador un sobresalto tras otro.
Pero hete aquí que, de repente, cuando van dos tercios de cansino metraje, el guion da un giro copernicano y los sustos de porque sí dan paso a un thriller psicológico con cierta originalidad (incluido un retrato de personajes hasta ese momento ausente, del que, además, sacan buen partido los cuasidebutantes Iván Pellicer y Clare Durant) que es capaz de atrapar una atención que se iba dispersando por momentos y desemboca en un desenlace que deja buen sabor de boca. La lástima es que ese giro no se produjera mucho antes... No Recomendada.

jueves, 4 de octubre de 2018

La música en el Cine: Pedro Almódovar

Programa nº 016 de "La música en el Cine".
5 de octubre de 2018.  Radio Tomares (92.0 FM)



"La música en el Cine" es un programa de Linterna Mágica en Radio Tomares

lunes, 1 de octubre de 2018

Lecturas para el nuevo curso

Dada buena cuenta de las lecturas reservadas para el periodo estival, con la entrada del otoño y ante la proximidad del nuevo curso, apetece dar de nuevo un paseo por nuestras librerías, para hojear las novedades editoriales de la temporada, que no son pocas. Repasamos a continuación algunas de ellas:


Cineclub Vida. Cine para compartir


El Cineclub Vida de Sevilla a lo largo de sus holgados 60 años de trayectoria ininterrumpida ha cumplido su objetivo de "fomentar la dimensión crítica" de personas de varias generaciones. Esta institución cultural creada en 1957, una verdadera referencia a nivel nacional, es la protagonista de esta publicación, en la que se hace un repaso a la programación de los últimos dieciséis años, compilando todos los programas de mano editados para presentar los 131 ciclos realizados y las 375 películas proyectadas. Los textos, elaborados tanto por el padre Manuel Alcalá, como por otros colaboradores del Cineclub, analizan filmes de un amplio arco cronológico, desde "Amanecer" (Murnau, 1927), hasta "Sintiendo a Piazzolla" (Pablo Rho, 2016).

Autoras: Aurora Villalobos Gómez y Evangelina de las Heras Pérez
Editorial: Fundación Cajasol. Año: 2018
ISBN: 978-84-8455-374-8
Páginas: 284. Precio: 10 €. 


Anatomía de un fantasma. Historia clínica del cine español


Francisco Elías Riquelme, el director de cine onubense pionero del cine sonoro español ("El misterio de la Puerta del Sol", 1929), terminó sus memorias en octubre de 1971, seis años antes de morir. Ninguna editorial estuvo interesada en que salieran a la luz, pues no estaban en la línea ideológica «políticamente correcta» de aquel período entre el tardofranquismo y la Transición democrática. 

Inéditas hasta hoy, las reveladoras memorias de Elías, que él mismo tituló "Anatomía de un fantasma. Historia clínica del cine español", se estructuran en tres partes: una autobiográfica, una descriptiva sobre la industria del cine y, finalmente, una crítica en la que expone cómo veía el futuro de nuestra cinematografía. Con esta publicación, anotada por su amigo y confidente, Josep Maria Caparrós, y coeditada por el biógrafo de Elías, Enrique Sánchez Oliveira, se pretende resarcir una injusticia —al margen de la ideología del autor— y contribuir a completar la historia del cine español.

Autor: Francisco Elías
Editorial: Universidad de Sevilla. Año: 2018
ISBN: 978-84-9168-056-7
Páginas: 260. Precio: 25 €


Mi último suspiro


Estas Memorias de Buñuel, publicadas por primera vez en 1982, constituyen el fruto de dieciocho años de trabajo y amistad entre Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière. Juntos hicieron seis obras maestras del cine: "Diario de una camarera", "Belle de jour", "La Vía Láctea", "El discreto encanto de la burguesía", "El fantasma de la libertad" y "Ese oscuro objeto del deseo". El libro nació espontáneamente de sus entrevistas en España y México, durante los intervalos de las sesiones de trabajo; el uno evocando sus recuerdos y el otro recogiendo las palabras del amigo y anotándolas.

"Mi último suspiro" recoge la voz y las propias palabras de Luis Buñuel, y nos da una particular visión del genial cineasta y de su mundo más personal. El prólogo de esta nueva edición corre a cargo de David Trueba.

Autor: Luis Buñuel
Editorial: Taurus. Año: 2018
ISBN:  978-84-306-1987-0
Páginas: 328. Precio: 19,90 €


El mundo actual a través del cine. 25 historias de película


"El Mundo Actual a través del cine" reúne una selección de películas que reflejan algunos de los principales acontecimientos históricos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hay espacio para el mccarthysmo, la guerra de Vietnam, la China de Mao, la caída del muro, las guerras de Irak y Afganistán, el 11-S, la Cuba de Fidel, el genocidio de Ruanda o la crisis financiera, por citar algunos ejemplos. 

Todos los títulos de esta rigurosa selección, realizada y comentada por el profesor de secundaria Tomás Valero, tienen además en común el haber sido realizados en el siglo XXI, por lo que la perspectiva sobre los temas abordados es completamente actual, son títulos como "El buen pastor", "El puente de los espías", "Diarios de motocicleta", "Munich", etc. Estas películas, además de por su rigor histórico, han sido elegidas atendiendo a su valoraciones en bases de datos como Filmaffinity e IMDB; de modo que el libro puede constituir una guía amena para cualquier aficionado al cine y a la historia y, al mismo tiempo, una eficaz herramienta para docentes y estudiantes.

Autor: Tomás Valero
Editorial: Alianza. Año: 2018
ISBN:  978-84-9181-149-7
Páginas: 312. Precio: 13,50 €


El cuerpo erótico de la actriz bajo los fascismos. España, Italia, Alemania (1939-1945)


Durante los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia y el franquismo en España, ejercieron un severo control sobre sus respectivas cinematografías, que afectaba no sólo a los contenidos políticos e ideológicos, sino también al erotismo y la sexualidad. Las estrellas femeninas de los fascismos trabajaron en connivencia, más o menos explícita, con la ideología de los estados en los que desarrollaron su filmografía, ofreciendo con sus cuerpos mensajes a menudo contradictorios con la moral imperante.

Este libro propone un estudio de la gestualidad de dichos cuerpos, y se interroga sobre la tensión subyacente entre feminidad servil y feminidad liberada, entre sexualidad negada y afirmación erótica. Analiza la relación de lo actoral y lo erótico en las filmografías de Imperio Argentina, Estrellita Castro, Ana Mariscal, Conchita Montenegro, Conchita Montes, Mercedes Vecino y Amparo Rivelles para la cinematografía española; Clara Calamai, Luisa Ferida, Anna Magnani, Isa Miranda, Assia Noris y Alida Valli en el contexto italiano, y Zarah Leander, Marika Rökk y Kristina Söderbaum para el caso alemán.

Autores: Núria Bou y Xavier Perez (coodinadores)
Editorial: Cátedra. Año: 2018
ISBN: 978-84-376-3841-6
Páginas: 300. Precio: 20 €