martes, 6 de octubre de 2015

La visita, de M. Night Shyamalan



Título original: The visit. Dirección y Guión: M. Night Shyamalan. País: EE.UU. Año: 2015. Duración: 94 min. Género: Terror. Producción: M. Night Shyamalan, Jason Blum, Marc Bienstock. Productores ejecutivos: Steven Schneider, Ashwin Rajan. Diseño de Producción: Naaman Marshall. Fotografía: Maryse Alberti. Supervisión musical: Susan Jacobs. Montaje: Luke Ciarrocchi. Montaje de sonido: Skip Lievsay. Diseño de vestuario: Amy Westcott. Estreno en España: 11 Septiembre 2015.
Intérpretes: Olivia DeJonge (Becca),  Ed Oxenbould (Tyler),  Deanna Dunagan (Nana),  Peter McRobbie (Pop Pop),  Kathryn Hahn (Mamá),  Celia Keenan-Bolger,  Samuel Stricklen,  Patch Darragh.

Sinopsis:
Una madre deja a sus dos hijos en la remota granja de sus abuelos, en Pensilvania, durante una semana. Cuando los niños descubren que la anciana pareja está metida en algo profundamente inquietante, se dan cuenta de que tienen pocas posibilidades de regresar a casa…

Fotograma de "La visita"

Comentarios:
El conocido director indio M. Night Shyamalan (Pondicherry, 1970) tuvo un debut cinematográfico muy dulce con “El sexto sentido”. Corría el año 1999 y fue nominado al Oscar al Mejor Director por su ópera prima. Todas las críticas eran favorables y comenzó un magnífico despegue profesional. A partir de ese momento, los presupuestos de sus siguientes proyectos ascendieron en la misma proporción que la calidad de las películas decrecieron (El protegido, Señales, El bosque, La joven del agua), por no hablar de sus últimas incursiones en la ciencia-ficción con “Airbender: el último guerrero” o “After Earth”.
Lo cierto es que la película que presentamos en esta ocasión ha supuesto para Shyamalan un auténtico regreso a sus raíces, a un cine sencillo y austero, un cine capaz de aterrorizar al espectador sin artificios grandilocuentes.
Una de las peculiaridades de Shyamalan a la hora de hacer cine y crear historias son los giros en el guión, aquí también hay un giro de guion que no es, precisamente, lo que mejor funciona de la propuesta y que, si se hubiese evitado, habría cristalizado en un trabajo más poderoso y perturbador.
Tal como afirma Jordi Costa, en La visita, el cineasta tantea los registros del terror de metraje encontrado, aportando una eficaz autoconciencia irónica a través de su protagonista femenina: una niña documentalista que piensa en términos de puesta en escena frente a un hermano banalizado por el desaliño formal de los realities. La historia se acerca a una relectura contemporánea del cuento de Hansel y Gretel, con dos niños atrapados en el hogar de un matrimonio aparentemente monstruoso –sus propios abuelos-, tras el que quizá no se oculte nada más que una pareja de ancianos aquejados de demencia senil. Concisa, eficaz, recorrida por un negrísimo sentido del humor, La visita devuelve a un Shyamalan en forma con ganas de jugar.


lunes, 5 de octubre de 2015

Una semana en Córcega, de Jean-François Richet



Título original: Un moment d'égarement. Dirección: Jean-François Richet. País: Francia. Año: 2015. Duración: 105 min. Género: Comedia. Guión: Lisa Azuelos, Claude Berri, Jean-François Richet. Producción: Thomas Langmann. Fotografía: Robert Gantz y Pascal Marti. Música: Philippe Rombi. Montaje: Hervé Schneid. Vestuario: Marité Coutard. Estreno en España: 11 Septiembre 2015.
Intérpretes: Vincent Cassel (Laurent),  François Cluzet (Antoine),  Alice Isaaz (Marie),  Lola Le Lann (Louna),  Philippe Nahon.

Sinopsis:
Antoine y Laurent, dos divorciados parisinos de cuarenta y tantos, deciden pasar las vacaciones en Córcega junto a sus respectivas hijas adolescentes. Lo que parecía una semana perfecta, se complica cuando Louna se enamora de Laurent y provoca todo tipo de enredos para intentar seducirle.

Fotograma de "Una semana en Córcega"

Comentarios:
En nuestro país, es extraña la producción francesa que no se estrene, quizás por la cercanía, cada semana asistimos a nuevos estrenos franceses en la cartelera. Desgraciadamente esto mismo no ocurre con las producciones de otros países. Lo malo de esta circunstancia es que nos llega, sin ningún tipo de filtro, tanto peliculones como verdaderos engendros vomitivos. La comedia gala que presentamos hoy es algo simplona, remake de un film de mismo título original dirigido en 1977 por Claude Berri, y que a su vez tuvo otra versión norteamericana en 1984, dirigida por Stanley Donen y ambientada en Río de Janeiro, con Michael Caine y Demi Moore.
Tal como sostiene Javier Ocaña, las películas con largos procesos de producción, con cambios de guionistas o con acumulación de reescrituras a cargo de manos diferentes no pocas veces llevan a una superposición de visiones que acaban perjudicando a algo intangible pero a veces importante en una obra: la identidad.
Una semana en Córcega, séptimo largometraje de Jean-François Richet, parte de una idea y una primera versión del libreto de Claude Berri (fallecido en 2009, a los 74 años), reelaborada más tarde por el propio Richet y por Lisa Azuelos. Y sin embargo, a simple vista, los cines de Berri, director de El manantial de las colinas, La venganza de Manon y Germinal, de fuerte carga literaria y fuerte peso en la Historia; Azuelos, especialista francesa en el universo femenino y adolescente con películas como Reencontrar el amor y LOL, y Richet, integrante con Asalto al distrito 13 y Mesrine de la penúltima ola francesa del cine de acción y criminal, no pueden estar más distantes. Tanto en estilo como en prioridades de fondo. 
El resultado es una película, protagonizada por dos maduros hombres y dos chicas adolescentes, padres e hijas, respectivamente, de vacaciones en la isla del título, en la que no parece difícil vislumbrar lo que ha aportado cada escritor, pero en la que los cambios de tono y de esencia distorsionan más que funden. Cuando Una semana en Córcega se centra en el enfrentamiento entre dos formas de educar, la tradicional, con la cuerda agarrada, y "la guay", como se dice textualmente, con libertad de movimientos, el relato se eleva. Sobre todo porque la mezcla de dulzura adolescente, caradura juvenil e ignorancia romántica en el retrato de la chica enamorada del maduro papá de su amiga está muy bien forjada. Sin embargo, cuando se empeñan en el enredo, casi en el vodevil, hasta François Cluzet comienza a sobreactuar, quizá mareado porque las secuencias parecen de películas distintas.


domingo, 4 de octubre de 2015

Premio del Público a la Mejor Película del Festival de Toronto 2015: Room, de Lenny Abrahamson.



Con el final del Festival de Toronto arranca extraoficialmente la carrera de los Oscar y Room, el drama del director Lenny Abrahamson, ya la domina al haberse alzado con el Premio del Público, el mayor galardón de este certamen.

Desde 2008, de los siete filmes ganadores de este premio, seis han llegado hasta la nominación de mejor película en los Oscar, y tres de ellas, lo ganaron: Slumdog Millionaire (2008), El discurso del Rey (2010) y 12 años de esclavitud (2013). Datos que recordaron durante la ceremonia de entrega el director artístico del Festival, Cameron Bailey; y el director de TIFF, Piers Handling; y de los que se sienten orgulloso porque les ha permitido ganar atención e importancia en el circuito internacional de festivales.

Room, que estaba en todas las quinielas del Festival, cuenta la historia de una mujer secuestrada y atrapada en una habitación con el hijo que tuvo con su captor desde hace cinco. La película arranca precisamente en el día en el que el niño, que jamás ha conocido un mundo fuera de esas cuatro paredes y una minúscula ventana en el techo, cumple cinco años y se desarrolla durante 45 minutos en ese espacio claustrofóbico. Está basada en la novela de Emma Donaghue que, a su vez, la escribió inspirándose en el caso del austriaco Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten, que encerró y violó a su hija durante 24 años y tuvo con ella siete hijos, tres de los cuales crecieron con la madre.

En la rueda de prensa del Festival, el director irlandés Lenny Abrahamson, quien el año pasado ya había llamado la atención de la crítica internacional con Frank, contó que la película no hacía referencia a ningún caso concreto porque la historia de amor entre la madre y el hijo está por encima del thriller.

Brie Larson (Las vidas de Grace) y el debutante de ocho años Jacob Tremblay interpretan a esa madre y su hijo que ya están en todas las quinielas de premios, en un año que, visto lo visto en este Festival, va a estar reñido.

Spotlight, de Tom McCarthy; y Angry Indian Goddessess, de Pan Nalin, se quedaron como finalistas en el Premio del Público del Festival. La primera ya ha generado también mucho ruido en su paso por Venecia y ahora en esta 40 edición de Toronto. Recrea la investigación que el Boston Globe llevó a cabo en 2001 sobre los abusos a menores de sacerdotes y cómo la iglesia los ocultó.

El Premio del Público al Mejor Documental fue para Winter on Fire: Ukraine's Fight For Freedom, de Evgeny Afineevsky; y This Changes Everything, de Avi Lewis y Naomi Klein quedó como finalista.
Como sostenía la corresponsal de El País en Toronto, Irene Crespo, el único premio en español fue el Fipresci a la Mejor Película para Desierto, de Jonás Cuarón, sobre el drama migratorio de la frontera entre EE.UU. y México. El realizador mexicano, hijo de Alfonso Cuarón, dedicó el premio a su actor “y mayor apoyo en el viaje”, Gael García Bernal, que le acompañaba en el escenario, recién llegado a Toronto. “Tengo una resaca, he aterrizado hace una hora”, dijo. “Pero es genial estar aquí y creo que la película va a tener una vida larga y fuerte. El problema de la inmigración lo conocemos todos, algunos más, otros menos, pero es una parte importante ahora mismo”. Le dedicó el premio “a todos los emigrantes que tienen que hacer ese viaje, no lo eligieron, por razones económicas, seguridad y ahora, desgraciadamente, también medioambientales”. “¡Que vivan los emigrantes!”, gritó el actor en español antes de irse.

Este año, por primera vez, el Festival reunió un jurado para entregar un nuevo galardón destinado a directores de todo el mundo con carreras no consolidadas, y que incluye un premio en metálico de 25.000 dólares. La cineasta polaca Agnieszka Holland, la francesa Claire Denis y el chino Jia Zhang-ke premiaron Hurt, de Alan Zweig, y además anunciaron menciones especiales para el brasileño Gabriel Mascaro, por Neon Bull; The Promised Land, de He Ping; y para El clan, del argentino Pablo Trapero, que ya venía con el León de Plata de Venecia bajo el brazo y compite en la Sección Perlas del Festival de San Sebastián.

Nada, como siempre, lo dicho, que nos lleguen todas estas pelis aquí y podamos disfrutar de ellas.

jueves, 1 de octubre de 2015

"The Wire": el mundo es Baltimore



          
     

El pasado mes de junio, con ocasión del anunciado regreso de “Twin Peaks”, dedicamos una entrada del blog a la serie de David Lynch.  Hoy retomamos esta línea, la de las series, y nos detenemos en una que también se ha convertido en otro clásico, como se dice ahora, “de culto”.  No han faltado buenos momentos de cine en este verano, pero os mentiría si no reconociera que lo que más me ha impactado ha sido el visionado tranquilo, refugiado en casa de la canícula, de “The Wire”, las serie escrita por David Simon y Ed Burns para la HBO y que se emitió durante cinco temporadas entre los años 2002 y 2008.




    

La verdad es que no soy un habitual de las series, por lo que ruego a los que sí lo seáis que me disculpéis: no pretendo redescubrir América ni añadir información adicional a todo lo que se puede encontrar en Internet o en las bibliotecas sobre “The Wire”, que se ha convertido a estas alturas, siete años después, en referencia y en objeto de estudio.  Lo que quiero transmitiros es la impresión que me ha producido esta obra de arte de sesenta capítulos que por la calidad de su guión (impecable y sin desmayos a lo largo de cinco temporadas), por su rodaje excepcional (a cargo de muy diversos directores, entre ellos nombres familiares para el cinéfilo como Agnieszka Holland o Milcho Manchevski), por la verdad de sus personajes (una extensa galería de tipos inolvidables interpretados por actores tan desconocidos como formidables), por todo esto y mucho más hace palidecer a cualquier película norteamericana de los últimos diez años si no más.  Y no exagero.


     












Decir que "The Wire” es una serie policíaca está muy bien a efectos clasificatorios, pero resulta tan insuficiente como despachar Don Quijote como “libro de caballerías”.  David Simon, que procedía profesionalmente de la prensa de Baltimore (la ciudad del estado de Maryland que es la verdadera protagonista de “The Wire”), y Ed Burns, su colaborador, antiguo policía y buen conocedor del cuerpo “desde dentro”, estructuran toda la serie en torno al trabajo de un grupo de policías que desarrolla su labor en una institución lastrada por la burocracia, el adocenamiento, la corrupción y la escasez de medios (el título, “The Wire”, es una referencia a las “escuchas” telefónicas que periódicamente y a duras penas logran practicar para capturar a los narcos).  Sin embargo, a partir de este núcleo policial, los guionistas, como en La Regenta o en Cien años de soledad –por citar dos clásicos muy nuestros– consiguen poner en pie un universo de múltiples caras en el que retratan con lucidez de cirujano, hondura crítica y espíritu humanista (ajeno, eso sí, a cualquier asomo de sentimentalismo) todas las facetas de una ciudad que, frente a sus hermanas Annapolis, capital del estado, y Washington, capital de la nación, representa la cara menos amable del estado de Maryland y, por ende, de la sociedad norteamericana.



      








Cada temporada “The Wire” se reinventa y nos sorprende con un cambio de rumbo: volvemos a encontrarnos con el núcleo de personajes con el que estábamos familiarizados, pero ahora con niveles diferentes de protagonismo y bajo un patrón argumental que se centra en otro eje temático.  Aunque la policía y el narcotráfico de las esquinas de West Baltimore son omnipresentes, nos sumergimos bien en el mundo de los sindicatos del puerto, con sus minorías raciales y nacionales, bien en el de la política municipal (donde el partido republicano es una referencia lejana –la del gobernador en Annapolis–, que se limita a ignorar a la ciudad), bien en el mundo de la enseñanza (la de los jóvenes sin esperanza y atrapados en el ghetto y, más tangencialmente, pero con fuerte carga crítica, la universitaria, no menos burocratizada ni inútil) bien, en la última temporada, en el ámbito de los medios de comunicación.  Y el caso es que en todos estos ambientes, aparentemente dispares, el espectador experimenta el conflicto entre la eficacia y la burocracia, entre la profesionalidad y las estadísticas, entre la corrección política y la brutalidad de la calle, entre la realidad y la apariencia en definitiva.









            





Porque más allá de la ciudad de Baltimore y de los personajes de este bestiario, lo que hace grande a “The Wire” es su validez universal.  Sus personajes –frente a lo que es usual en el mundo de las series o del cine de consumo– son de carne y hueso y presentan luces y sombras.  Nos identificamos con ellos más allá de sus decisiones porque sus conflictos y sus elecciones son los nuestros, y sus carencias, sus miserias y sus sueños también lo son, ya se trate de narcos, yonquis, policías, políticos, periodistas, abogados o profesores, hombres o mujeres, blancos o negros o hispanos, homosexuales o heterosexuales.  No hay lugar para la moral de catecismo ni para los héroes o los villanos de la ficción al uso.  Como en las grandes obras de arte, un recorrido por los mil recovecos de su complejo guión nos lleva a formularnos a cada paso, sin respuestas unívocas, las preguntas básicas de la naturaleza humana sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre el amor, el odio, el deseo, la vida, la muerte, la renuncia, la derrota, la traición, el sacrificio, el destino, la libertad, la limitación, la decepción, la esperanza, y todo ello en un paisaje urbano decadente que conocemos y nos interpela, porque es el de nuestro tiempo.  



Si tuviera que sintetizar los dos grandes temas que hacen de “The Wire” una obra universal, estos serían la contradicción entre la independencia personal y la promoción en cualquier tipo de carrera profesional (el viejo tema de “la prosperidad del malvado”) y la identidad de estructuras entre la delincuencia brutal y la corrupción “de guante blanco” (el viejo tema de La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht y Kurt Weill), tan genialmente encarnado en Stringer Bell, el capo del narco que estudia económicas para mejorar su “empresa” y se estrella con los políticos corruptos.  No dejo de preguntarme, una vez contemplado semejante fresco de “nuestro tiempo”, si una obra de estas características, tan brutal, tan sincera, ambientada no en Baltimore,  sino en nuestra España o en nuestra Andalucía, sería no ya producida sino emitida por cualquiera de nuestras televisiones, controladas por el partido o por el lobby mediático de turno.