miércoles, 7 de marzo de 2012

Recordando… Lirios rotos, de David W. Griffith


La reputación de D.W. Griffith en los ensayos sobre el arte cinematográfico, aunque algo exagerada, permanece inalterada. El cine estadounidense (y el mundial) sería muy diferente sin sus numerosas contribuciones. "El nacimiento de una nación" e "Intolerancia" son, por derecho propio, sus películas más famosas, recordadas por sus notables manipulaciones de la narración y el montaje. Pero "Lirios rotos", de 1919, siempre ha sido una de sus mejores películas y no cabe duda de que es la más hermosa.

Junto con "Gorriones", de William Beaudine, la gloriosa película hecha expresamente para Mary Pickford, "Lirios rotos" es el máximo ejemplo de lo que se conoce en Hollywood como "estilo blando". Fue lo último en hechizo fotográfico. Los directores de fotografía utilizaban todos los artificios disponibles (maquillaje, instrumentos especiales de iluminación, aceite para las lentes, incluso inmensas cortinas de raso transparente que colgaban del techo del estudio) para suavizar, resaltar y acentuar la belleza de sus estrellas. En "Lirios rotos", el rostro de la inmortal Lillian Gish resplandece con una luz fascinante, ultraterrena, que se impone a todos los demás elementos de la pantalla.

Hay que contemplar la belleza de "Lirios rotos" para saber hasta qué punto es asombrosa. Gish y su coprotagonista, el excelente Richard Barthelmess, se deslizan a través de un paisaje inglés definido por la niebla, las tétricas luces de los callejones y unos decorados de un orientalismo misterioso. La sencilla historia de un amor prohibido se contempla a la perfección con el enigmático y espléndido diseño de producción, creado por Joseph Stringer. Ninguna otra película tiene la imagen de "Lirios rotos".

La colaboración entre Griffith y Gish es una de las más fructíferas del cine estadounidense. Los dos trabajaron juntos en "Intolerancia", "El nacimiento de una nación", "Las dos huérfanas" y "Las dos tormentas", sin contar docenas de cortos. Esta colaboración entre estrella y director está a la altura de otras como las formadas por Scorsese y De Niro, Kurosawa y Mifune y Leone y Eastwood, por nombrar unas cuantas. En realidad, es la medida por la que deberían juzgarse las demás.

Lillian Gish

Griffith encuentra un equilibrio perfecto entre el patetismo de la historia y la sordidez del diseño de producción (gran parte de la película transcurre en fumaderos de opio y garitos portuarios). Es necesario un director seguro y experto, como Griffith en la cumbre de su talento, para controlar una división entre la forma y el contenido como esta. Es la tensión entre lo cotidiano y lo extraordinario lo que da impulso a "Lirios rotos" y le depara un lugar en la historia del cine.

La magistral interpretación que llevó a cabo Lillian Gish marcó un hito en su carrera. En esta película, la protagonista Lucy Burrows (Gish) no ha conocido la ternura. Su padre lleva tanto tiempo pegándole por el menor motivo que ha olvidado cómo se sonríe. Pero el amable misionero budista Cheng Huan (interpretado por el actor occidental Richard Barthelmess) descubre la belleza y la ternura oculta en la desaliñada muchacha y decide cuidarla y ayudarla a recuperar la salud llevándosela a su humilde casa. Cuando el padre de Lucy descubre que está viviendo con un “sucio amarillo”, destroza el apartamento de Cheng Huam y se lleva a su hija. Lucy sabe que esta vez su furia podría ser letal y le suplica que no la mate. Se esconde en un armario claustrofóbico y cierra la puerta. Una escena antológica en la Historia de Cine.

La interpretación de Gish en esta película es de una sensibilidad excepcional; de hecho, posiblemente sea el punto álgido de una carrera que era ya de por sí significativa y que duraría varias décadas.

El personaje de Lucy está dibujado con tremenda sutileza, como cuando intenta sonreír y para ello mueve las comisuras de la boca imitando la alegría con un gesto que resulta grotesco.

Pero la escena del armario es, sin lugar a dudas, el mejor momento de su interpretación. Mientras el padre golpea la puerta con un hacha, Lucy se aferra a su muñeca, se muerde los dedos como un animal atrapado y escarba las paredes en busca de una salida que le permita escapar de la inminente muerte. El espectador sufre por Lucy, el lirio roto cuyo único crimen ha sido buscar la compasión igual que una flor busca la luz del sol.

Os dejamos con esta secuencia que espero que la disfrutéis. 

1 comentario:

  1. Excelente película y sobrecogedora secuencia (el final es estremecedor cuando Lilliam Gish suplica clemencia intentando acariciar la cara de su padre). La parte en que este rompe la puerta con el hacha recuerda, por cierto, a la mítica secuencia de El Resplandor. Subrayaría también la excelente música. No hay que olvidar que Griffith tenía una formación musical y que concedía mucha importancia a la bandas sonoras.

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