jueves, 28 de octubre de 2021
miércoles, 27 de octubre de 2021
Las leyes de la frontera (Daniel Monzón, 2021)
Título original: Las leyes de la frontera. Dirección: Daniel Monzón. País: España. Año: 2021. Duración: 129 min. Género: Drama, Cine Quinqui.
Guión: Jorge Guerricaechevarría, Daniel Monzón (basado en una novela de Javier Cercas). Fotografía: Carles Gusi. Música: Derby Motoreta's Burrito Kachimba. Producción: Atresmedia Cine, Ikiru Films, La Terraza Films.
Sección Oficial (fuera de concurso) del Festival de San Sebastián 2021.
Fecha del estreno: 8 Octubre 2021 (España)
Reparto: Marcos Ruiz (Ignacio Cañas), Begoña Vargas (Tere), Chechu Salgado (Zarco), Carlos Oviedo, Daniel Ibañez, Guillermo Lasheras, Santiago Molero, Ainhoa Santamaría, Xavier Martín, Pep Tosar, Xavi Sáez, Jorge Aparicio, Cintia García, Víctor Manuel Pajares, Diego Molina Garau, Elisabet Casanovas, Pep Cruz, Estefanía de los Santos, Enrique Martínez.
Sinopsis:
Verano de 1978. Ignacio Cañas es un estudiante de 17 años introvertido y algo inadaptado que vive en Girona. Al conocer al Zarco y a Tere, dos jóvenes delincuentes del barrio chino de la ciudad, se ve inmerso en una carrera imparable de hurtos, robos y atracos. Es la historia en la que Nacho se hace mayor, cruzando la línea que hay entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia...
Comentarios:
Cuando se habla de cine de época siempre pensamos en grandilocuencia, espacios palaciegos, vestuarios pomposos y espíritus social y moral tan alejados de nuestra contemporaneidad que cualquier relación sentimental transmite sin remedio las fórmulas del desuso. Y sin embargo, Las leyes de la frontera, séptimo largometraje de Daniel Monzón, podría configurarse como el perfecto paradigma de película de época pese a que su ambientación, a finales de los años setenta, no nos parezca tan lejana.
Poco o nada queda de aquello salvo, eso sí, las relaciones desbocadas, la furia juvenil, la desesperanza y la extrañeza de una adolescencia siempre al borde del barranco. Y ahí la película entra a degüello con elegancia, valga el contrasentido. El director de, entre otras, Celda 211 y El Niño parece querer llegar al nervio de la calle y al brío de la actitud salvaje desde lo impoluto de una producción y una película que optan por el remedo casi nostálgico. ¿Lo hace así porque lo quinqui ya no existe? Es posible, pero quizá también porque Monzón sabe que no puede (ni debe) intentar un documento de la época, sino más bien una emulación autoconsciente. De hecho, en cierto modo, la novela de Javier Cercas en que se basa la película también era así: escrita desde fuera de esos ambientes, y utilizando una voz y un estilo ajenos a la rabia y al cuchillo, los del Gafitas, el protagonista, chaval extraño en los círculos lumpen, que se ve abocado al delito y a la escapada más por rebeldía con su mundo de clase media que por instinto de supervivencia, y que además acaba engullido por esa cosa tan desmedida llamada primer amor.
La cuchara impregná de heroína, el dame veneno que quiero morir, dame veneno, y el si me das a elegir entre tú y ese cielo, me quedo contigo, modos de vida en el abismo, tuvieron la suerte de tener los mejores documentos cinematográficos posibles en forma de ficción. Pero una ficción extraña, por auténtica, espontánea y coetánea: José Antonio de la Loma, partiendo de una actitud conservadora, de una cierta denuncia sensacionalista; Eloy de la Iglesia, con una mirada más liberadora y procaz, desprejuiciada y carente de miedos; y el Carlos Saura de Deprisa, deprisa, como el perfecto epítome del movimiento, aunando la autoría artística y el desarraigo social, labraron lo quinqui sin saber aún que estaban haciendo historia de España.
La fórmula dramática de Cercas —relato desde un presente de madurez y desengaño para llegar, en forma de pesquisa entre lo policial y lo literario, hasta el volcán de la juventud— se comprime en la pantalla. Y Monzón, en una buena decisión, ha optado por rostros nuevos o relativamente desconocidos para sus intérpretes. Ahora bien, aunque los tres protagonistas estén muy bien, no dejan de ser efigies pulcras de mirada limpia, estilosos émulos de aquellos chavales que un buen mal día existieron, y nada pueden hacer en la lucha por la autenticidad con gente como José Luis Manzano, José Antonio Valdelomar, El Vaquilla o El Pirri, todos ellos muertos tras el cine, el jolgorio y la hecatombe. Marcos Ruiz, Begoña Vargas y Chechu Salgado, voces y miradas preciosas, son dulces reflejos de una época que ya solo se puede representar en una película romántica, intensa y bonita como esta, y en esa línea de melancolía incluso la energía sonora de los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba encaja a la perfección, con sus reminiscencias de Triana y la rumba taleguera, y su autodenominación musical como quinquidelia. (Javier Ocaña)
Recomendada.
martes, 26 de octubre de 2021
lunes, 25 de octubre de 2021
Titane (Julia Ducournau, 2021)
Título original: Titane. Dirección: Julia Ducournau. País: Francia. Año: 2021. Duración: 108 min. Género: Thriller, Drama.
Guión: Julia Ducournau. Fotografía: Ruben Impens. Montaje: Jean-Christophe Bouzy. Música: Jim Williams. Decoraciones: Laurie Colson. Producción: Kazak Productions, Frakas Productions.
Palma de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cannes 2021. Premio del Público (Midnight Madness) en el Festival de Toronto 2021.
Fecha del estreno: 8 Marzo 2021 (España)
Reparto: Agathe Rousselle, Vincent Lindon, Garance Marillier, Myriem Akeddiou, Dominique Frot, Nathalie Boyer, Théo Hellermann, Anaïs Fabre, Mehdi Rahim-Silvioli, Lamine Cissokho, Céline Carrère, Mara Cisse.
Sinopsis: Un joven con la cara magullada es descubierto en un aeropuerto. Dice llamarse Adrien Legrand, un niño que desapareció hace 10 años. Para su padre, Vincent, esto supone el final de una larga pesadilla y lo lleva a casa. Simultáneamente, se suceden una serie de horribles asesinatos en la región.
Comentarios:
Es difícil escaparse de los efectos inmediatos de una película tan desconcertante y física como Titane, una catarsis que, literalmente, deja al espectador molido. Premiada con la Palma de Oro en el último festival de Cannes, la película de Julia Ducournau es una fascinante fábula oscura y metálica, capaz de enfrentar al espectador con los límites y contradicciones de su propio cuerpo. Una inmersión en una esquizofrenia poshumanista pasada por la teoría queer y con sabor a after a través del cuerpo de un personaje que se escapa a todo lo previsible. El resultado es una película tan osada y rabiosa que está llamada a conectar, como pocas recientes, con una sensibilidad importante del presente.
En Crudo (2016), su primer y sorprendente trabajo, Ducournau se quedaba algo corta en su conversión de una joven y disciplinada vegana en atormentada caníbal. En aquella película, como en esta, la familia representaba una losa, una taimada zona de dolor y peligro. Titane va mucho más allá: dinamita la convención sobre la que nos hemos construido. Desde su brutal prólogo, expone su animadversión a la figura paterna. Una niña que ruge como un motor enerva a su padre desde el asiento de atrás de un coche. El padre no la soporta, la rechaza y, seguramente, la teme y la odia. La niña ni se inmuta.
El titanio del título hace referencia a la placa que la andrógina protagonista lleva en su cabeza y cuya cicatriz Ducournau convierte en el símbolo de un cerebro averiado y enajenado que en muchos sentidos remite a una cumbre de la ciencia ficción y del expresionismo alemán, la María-robot del Metrópolis, de Fritz Lang. La presentación del personaje ya adulto en un intenso plano secuencia es el primero de una serie de zarandeos de vértigo. Cuesta no taparse la cara ante muchos momentos gore de Titane, pero también cuando una melena se enreda en el piercing de un pezón (aquí todo el dolor pasa por algún metal) o cuando la protagonista, cuyo erotismo solo entiende de coches, sangra combustible.
Aunque el verdadero dolor de esta película no va de vísceras y llega cuando aparece el personaje de Vincent Lindon, actor que convierte sus ojos claros fuera de órbita y sus bíceps en una desbocada expresión de una masculinidad ajada y herida que se nutre de anabolizantes, dopada por pura supervivencia. Es un padre ¡jefe de bomberos! que ha perdido a su hijo y que encuentra en un cuerpo mutante la respuesta a su vacío. Resuenan los ecos de Hulk (el cuerpo que revienta) en un hombre que encuentra su tabla de salvación en un hijo Frankenstein. Cargada de referentes (David Cronenberg, John Carpenter) aunque con una autenticidad pasmosa, Julia Ducournau llena su película de músculo visual y cerebro, y gracias a Lindon también de corazón. Su presencia en el imborrable plano final de Titane abre un debate precisamente sobre lo que representa la figura de ese nuevo ¿padre? dispuesto a abrazar un monstruo que después de pasar por las entrañas de esta película también es nuestro. (Elsa Fernández-Santos)
Recomendada.
domingo, 24 de octubre de 2021
Madres paralelas (Pedro Almodóvar, 2021)
Título original: Madres paralelas. Dirección: Pedro Almodóvar. País: España. Año: 2021. Duración: 123 min. Género: Drama.
Guión: Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Alberto Iglesias. Montaje: Teresa Font. Producción: Agustín Almodóvar, Esther Garcia.
Copa Volpi a la Mejor Actriz (Penélope Cruz) en el Festival de Venecia 2021.
Fecha del estreno: 8 Octubre 2021 (España)
Reparto: Penélope Cruz (Janis Martínez Moreno), Milena Smit (Ana Manso Ferreras), Israel Elejalde (Arturo), Aitana Sánchez-Gijón (Teresa Ferreras), Rossy de Palma (Elena), Julieta Serrano (Brigida), Adelfa Calvo, Ainhoa Santamaría, Daniela Santiago, Julio Manrique, Inma Ochoa, Trinidad Iglesias, Carmen Flores, Arantxa Aranguren, José Javier Domínguez, Chema Adeva, Ana Peleteiro.
Sinopsis:
Dos mujeres coinciden en una habitación de hospital donde van a dar a luz. Ambas están solteras y se quedaron embarazadas por accidente. Janis, de mediana edad, no se arrepiente y está exultante. La otra, Ana, una adolescente, está asustada, arrepentida y traumatizada. Janis intenta animarla mientras pasean por los pasillos del hospital. Las pocas palabras que intercambien en esas horas crearán un vínculo muy estrecho entre las dos, que por casualidad se desarrolla y se complica, afectando a sus vidas de forma decisiva.
Comentarios:
Hace cinco años, en el marco de una masterclass en el Círculo de Bellas Artes, Pedro Almodóvar explicaba que, en sus películas, iniciadas en la efervescencia de la transición y tras la terrible dictadura, se impuso una norma: “Escribo como si no hubiéramos vivido esos 40 años, como si no hubieran dejado recuerdos, sombras ni fantasmas. Es mi modo de vengarme de la memoria de Franco”. No se refería a que su cine no fuera político, pero sí a que la sombra del dictador no aparecía. No se le mencionaba. Y de alguna forma esa máxima se había cumplido… hasta ahora.
En Madres Paralelas, su nueva película que inauguró el Festival de Cine de Venecia, Almodóvar mira de frente a la dictadura y a la Guerra Civil. O más bien, a todas las heridas de la dictadura que siguen abiertas y supuran en forma de fosas comunes. Han pasado más de 20 películas, pero por fin se ha visto con la confianza narrativa y autoral suficiente para afrontar un tema tan espinoso en una de sus obras.
Lo hace con un filme en el que, realmente, de lo que se habla, es de la verdad. La verdad íntima y la verdad histórica. La verdad para seguir adelante, o cómo decía el título del documental en el que Rociíto contó los años y años de maltrato por parte de su expareja, “contar la verdad para seguir vivo”. Eso es lo que une las dos tramas narrativas de Madres Paralelas, la necesidad de contar la verdad como única forma de cerrar las heridas. España no ha contado la verdad. Somos el segundo país del mundo con más muertos en fosas, sólo superado por Camboya. El personaje de Penélope Cruz tampoco cuenta la verdad sobre su hija. Y la mentira reconcome, te pudre por dentro.
Madres Paralelas cuenta la historia de dos madres -Cruz y Milena Smit- que coinciden en el paritorio. El destino marcará sus vidas para siempre. El personaje de Penélope Cruz, Janis, empezará a sospechar que su hija no es de ella. Además, Janis vive con una obsesión, exhumar los restos de su bisabuelo de la fosa común de su pueblo.
De alguna forma Almodóvar, en su película más austera visualmente, más entregada a lo narrativo que a lo estético, recupera un término que ha estado de moda en los últimos meses, el de Matria. Para Pedro Almodóvar España es un país de madres. Madres solteras, madres sufrientes. Mujeres que recogen los platos rotos de los hombres. Los platos rotos del fascismo. Mujeres que no han podido llorar a sus muertos. Madres como la que interpreta de forma brillante Aitana Sánchez-Gijón, que pone su vocación por encima de su hija.
Hasta llegar a que las dos historias engarcen hay un peaje costoso y hasta extraño. Madres Paralelas comienza errática, fuera de tono. La primera conversación sobre la memoria histórica del personaje de Penélope Cruz e Israel Elejalde suena demasiado impostada. Ocurre lo mismo con los primeros compases del filme, hasta a Cruz parece costarle encontrar el tono a su personaje.
Todo cambia en el momento en el que el personaje de Milena Smit se reencuentra con el de Penélope Cruz. Ahí la película da un giro de 180 grados y Madres Paralelas es la película que quiere ser. Un filme emocionante, comprometido y valiente en cómo afronta un tema tan espinoso como la memoria histórica desde lo íntimo, con una interpretación central de Penélope Cruz apabullante con tres escenas que quitan el habla y agarran el corazón.
Una vez ocurre eso vemos al mejor Almodóvar, que se arriesga despojándose de artificios y desnudando su película para basarse en la palabra y en el poder de lo que cuenta. Así se llega a un final arrollador y tremendamente conmovedor. Un cierre con las fosas como centro y en el que viajamos con el personaje de Penélope Cruz hacia ese momento desgarrador. Puede que Madres Paralelas no sea el filme más redondo de Pedro Almodóvar, pero sí uno de los más valientes. Es admirable que decida dedicar su madurez a un tema que el cine no suele mirar, que suele estar arrinconado en las tertulias políticas y en los periódicos. Y lo hace manteniéndose fiel a sus temas, y demostrando que, más que nunca, lo íntimo siempre es político, y que como Rociíto, España tiene que contar la verdad para seguir viva. (Javier Zurro)
Recomendada.







