martes, 11 de julio de 2017

Alguien voló sobre el nido del cuco

"Por lo menos lo he intentado"


La primera toma promete un idilio: una cadena de colinas suavemente ondulante, iluminada por los primeros rayos del sol naciente, se refleja en la superficie del agua, mientras se oye una música apacible. La película termina con una utopía: el jefe indio Bromden (Will Sampson), un gigantesco paciente de la institución psiquiátrica en régimen de internado emplazado en medio de este paisaje, rompe la ventana del baño y huye hacia la libertad como si flotara.



Entre estas imágenes, el director Milos Forman desarrolla una parábola sobre la impotencia y la presión de la adaptación del individuo en el contexto de un sistema represivo en forma de drama tragicómico sobre la vida, la muerte y la supervivencia puramente vegetativa en el manicomio. La casa de ventanas enrejadas registra un nuevo ingreso: Randle P. McMurphy (Jack Nicholson), un criminal condenado por violencia y estupro es internado para su observación; está bajo sospecha de fingir estar loco sólo para librarse del duro trabajo de un campamento penitenciario. Pronto queda claro que McMurphy es la única persona del lugar que todavía tiene suficiente fantasía e iniciativa para contrarrestar un poco el aburrimiento paralizante que predomina allí. Sin embargo, por ello entra en conflicto con la primera enfermera, Mildred Ratched (Louise Fletcher), que se ha propuesto organizar los días de forma tan vacía e insulsa como sea posible. McMurphy empieza a socavar su autoridad, bien en pequeñas cosas como el hecho de cuestionar el desarrollo siempre idéntico del día, bien con verdaderas malas pasadas (una escapada de la clínica que termina con una divertida excursión de pesca). Mientras que los pacientes experimentan, gracias a las actividades de McMurphy, un aumento de su autoestima, en la reacción de la enfermera Ratched y su negativa a no tolerar nada que no sea la rutina, se revela el carácter totalitario de su estricto régimen siempre atrincherado tras una conducta pseudodemocrática.


Interpretar la película como una crítica de la moderna psiquiatría supondría un malentendido. Es evidente que Milos Forman apunta más alto: se trata de una alegoría del poder y la sociedad. Una de las escenas clave de “Alguien voló sobre el nido del cuco” es el momento en que se hace evidente que la mayoría de los pacientes está en la clínica por propia decisión y que, por tanto, éstos se someten voluntariamente a la tiranía y a las humillaciones cotidianas. Contrasta con ello una escena en la que McMurphy, quien está encarcelado, fracasa en su intento de arrancar una tubería del cuarto de baño, tras lo cual comenta, nada resignado: “Por lo menos lo he intentado”. De hecho, el carterista McMurphy nunca se hace cargo de la seriedad de su situación, y se imagina que está en un juego hasta que ya es demasiado tarde para salir de él. En una ocasión, hacia el final de la historia, tiene la oportunidad de escapar: la ventana ya está abierta. La cámara enfoca largo rato el rostro de McMurphy hasta que se dibuja una sonrisa en sus labios: se queda y el “juego” continúa.



Pero lo cierto es que la broma no va a seguir por mucho tiempo, ya que el personal de la clínica responde con una violencia física y psíquica cada vez mayores a la creciente toma de conciencia de sí mismos y la consecuente rebeldía de los pacientes. Al final, McMurphy es sometido a una lobotomía y se convierte en un idiota que sonría apaciblemente. El jefe indio decide asesinar a su amigo y terminar por su cuenta lo que había comenzado.


Milos Forman, que había conseguido su fama de principal exponente de la “Nueva Ola” checa en los años sesenta, gracias a sarcásticos retratos de la vida cotidiana, orientó su adaptación de la novela de Ken Kesey (en la que la historia se cuenta desde el punto de vista del indio), sobre una suave sátira en favor del entretenimiento. La puesta en escena es más bien poco espectacular al fin y al cabo, “Alguien voló sobre el nido del cuco” funciona como cine de actores, en el que el absolutamente dionisíaco Nicholson tiene su contrapeso en la hipócrita amabilidad de Louise Fletcher y el estoicismo de Will Sampson. Sin embargo, el jefe indio Bromden es quien experimenta la mayor transformación: de ser un hombre que ha escogido el camino de la introversión y lo soporta todo en su supuesta condición de sordomudo pasa a convertirse en un rebelde activo en el que pervivirá el espíritu de su amigo muerto.



Milos Forman retoma la tradición de exigir la libertad individual: siguiendo una ética que libera a las personas en lugar de sujetarlas a un sistema mediante exigencias. El modelo contrario y oculto de la película es un mundo en el que un tipo estrafalario no ha ingresado en la clínica psiquiátrica, un mundo en el que a nadie se le imponen roles ni reglas de juego y en el que no se considera peligroso a quien no se puede contar ni entre los locos ni entre los normales.


El “nido del cuco” que describe Forman es nuestro nido, es el mundo en el que vivimos, pobres locos, sometidos a la severa autoridad burocrática de unos, a las presiones económicas de otros; aquí la promesa de bienestar, allí estelas de libertad, pero siempre obligados a tragarse las píldoras amargas de miss Ratched.

Sobre Jack Nicholson diré que con su aspecto taimado, astuto y voluptuoso, su mímica y gestualidad agresiva y sus famosas muecas maliciosas, sigue siendo, hoy en día, el actor ideal para personajes cuya existencia no se ve determinada por el intelecto, sino por su instinto animal. En sus papeles más conocidos interpretó a rebeldes -Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), locos -El resplandor (1980)-, asesinos estúpidos -El honor de los Prizzi (1985)-, tenaces detectives privados –Chinatown (1974)- y, como apoteosis de sus creaciones, el malvado y siempre sonriente payaso asesino Joker en Batman (1988) de Tim Burton. El punto de inflexión en su carrera le llegó con su papel de abogado permanentemente alcoholizado en Easy Rider-Buscando mi destino (1969), el drama de Dennis Hopper sobre la pérdida del “sueño americano”, película de culto de toda una generación, que supuso para Nicholson una candidatura a los oscars. Desde entonces ha ganado ya tres oscars y ha dirigido varias películas.

Y ya para terminar os comento que este film cuenta con el privilegio de ser una de las tres películas ganadoras en los premios Oscar de las cinco estatuillas principales de la Academia: Oscar a la mejor película, Oscar al mejor director, Oscar al mejor actor, Oscar a la mejor actriz y Oscar al mejor guión adaptado. Esta hazaña sólo la igualaron las películas Sucedió una noche (1934) y El silencio de los corderos (1991), pero ésta que os reseño es la única de las tres en ganar esos cinco premios en los Globos de Oro de 1975. Os la recomiendo ver.



                                                                                                                         Virginia Rivas



viernes, 7 de julio de 2017

Los estrenos en Sevilla de 07-07-2017



7 películas se estrenan el 7 de julio 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos producciones son estadounidenses, una española, una francesa, una británica, una polaca y una finlandesa. Estamos en pleno verano y de la cartelera no afloran buenos títulos. Sólo una recomendación (y bajo sospecha). Lo demás, queda en sus tejados.    

Tom of Finland. (Finlandia, 2017). Dir. Dome Karukoski.
La brasa de un cigarrillo colocada a la altura de una entrepierna era un signo de invitación inequívoco en la oscuridad de los parques públicos del Helsinki de posguerra: un espacio público reciclado como zona de cruising en un contexto donde el deseo homosexual masculino se veía obligado a desarrollar sus propios códigos en clandestinidad, bajo la perpetua amenaza de la represión policial. Como si el deseo fuera algo parecido a los planos secretos que debía transportar un espía en zona hostil. Años más tarde, una ilustración de “Tom de Finlandia”, con sus musculados hombretones entregados a los más felices juegos lúbricos, colgada en el interior de la taquilla de un gimnasio sería otro mensaje en clave susceptible de propiciar complicidades inesperadas. El arte del finlandés Touko Laaksonen, alias Tom de Finlandia, proporcionó a la comunidad homosexual un imaginario que parecía una puerta abierta a un mundo ideal donde la sexualidad se vivía como incesante juego sin culpas, un espacio de edénica carnalidad en el que toda instancia represiva había sido radicalmente abolida. Los hombres de Tom de Finlandia, sancionados como carne pornográfica por casi toda mirada situada fuera del código, marcaron un punto de ruptura en el seno de una cultura homosexual que pudo contemplar cómo el talento de un único artista rompía con el tópico que asociaba la atracción de un hombre por otro con el afeminamiento. Sus personajes eran rabiosamente masculinos, obscenamente saludables y se entregaban a rituales de dominación y sumisión con la luminosa pureza de una pandilla de niños que saben que, en el fondo, todo es un juego y no hay nada sórdido mientras exista consenso y celebración igualitaria del placer. “Tom of Finland”, el biopic de Dome Karukoski, narra el camino entre la brasa del cigarrillo y el dibujo lúbrico en la taquilla del gimnasio como una aventura épica de camaradería y liberación colectiva. La película se divide entre el pulso contra la invisibilidad en un Helsinki iluminado con perpetuos tonos de Guerra Fría y la exaltación dionisíaca bajo el sol californiano a los sones de la música disco. El cineasta propone una solución brillante al puntuar, con planos detalle del sensual roce del lápiz sobre el papel, el encuentro con cada imagen inspiradora para este artista que valoraba sus resultados según la consistencia de sus erecciones. Su trazo idealizaba. El biopic como género, también. Ambas idealizaciones tienen aquí una clara intencionalidad política. Recomendada.
 
El hombre del corazón de hierro. (Francia, 2017). Dir. Cédric Jimenez.
Ya sea por casualidad o por espionaje industrial, dos grandes producciones europeas, británica y francesa, respectivamente, han ido a poner su mirada en el mismo lugar y, casi, a la misma hora: con apenas unos meses de diferencia se han estrenado “Operación Anthropoid”, de Sean Ellis, y “El hombre del corazón de hierro”, de Cédric Jiménez, ambas asentadas en la figura del líder nazi Reinhard Heidrych y en el atentado sufrido en Praga, organizado por un comando de la resistencia checa entrenado en el Reino Unido. Cada una con puntos de vista diferentes, cada una con distintas calidades. “Operación Anthropoid”, centrada en los dos soldados encargados del ataque, con Heidrych como mero fantasma al fondo, era torpe en la puesta en escena y equivocada en su tono épico y melodramático; “El hombre del corazón de hierro”, asentada, en cambio, en la figura y personalidad del objetivo militar alemán, y que solo en su segunda mitad se ocupa del comando rebelde, tiene una apariencia cinematográfica más notable y un tratamiento, al menos en la primera parte del relato, mucho más interesante. De la llamada Operación Antropoide y sus trágicas consecuencias ya se habían ocupado una gran producción británica, “Siete hombres al amanecer” (Lewis Gilbert, 1970), un puñado de películas checoslovacas de los años 60 y 70 (“Atentát”, de Jiri Sequens; “Sokolovo”, de Otakar Vávra; “Klíc”, de Vladímir Cech) y otra reciente producción checa, “Lidice” (Petr Nikolaev, 2011), cada una intentando atrapar como eje central una de las múltiples vertientes del asunto, y de camino acabar abrazando, aun con meros apuntes, las demás. “El hombre del corazón de hierro” nace y muere con Heidrych, apodado el Carnicero de Praga, y fundamental en la arquitectura organizativa del Holocausto: desde sus inicios militares hasta su salvaje papel en el Protectorado de Bohemia y Moravia, pasando por su alistamiento en el nazismo, su paso por el espionaje de las SS y, sobre todo, el importante papel de su inquietante esposa, Lina Von Osten, en el adiestramiento político de una personalidad ya violenta de por sí. A pesar de una dirección demasiado deudora del estilo malick (cámara en perpetuo movimiento, utilización de los rayos del sol como elemento tonal, el cuerpo como tragedia lírica...), y de algún momento puntual en el que parece deleitarse en el espectáculo del horror, esa primera mitad logra atrapar la aparatosidad, y la esencialidad, de la parafernalia nazi, y retratar a un matrimonio de una aterradora complejidad. Sin embargo, llegada la segunda mitad, con el cambio de punto de vista hacia el comando checo, la película se torna un bélico convencional que, eso sí, al menos hurga en una herida en la que no quiso adentrarse demasiado “Operación Anthropoid”: la inutilidad del ataque y las terribles, y esperadas, represalias. Recomendada (con reservas).


Estados Unidos del Amor. (Polonia, 2016). Dir. Tomasz Wasilewski.
Tercer largometraje del joven director polaco Tomasz Wasilewski tras “En una Habitación” (2012) y “Rascacielos Flotantes” (2013) en el que narra la historia de cuatro mujeres, de generaciones diferentes, cuyos deseos de cambiar la vida y de hacer realidad sus sueños, están enmarcados en una época de profundas transformaciones políticas en Polonia. La película obtuvo el Premio al Mejor Guion en el Festival de Cine de Berlín del año pasado, al tiempo que estuvo nominada al Mejor Guion en los Premios del Cine Europeo 2016. La película se pudo ver en el pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2016). La soledad, incluso en compañía, dentro de la propia familia es el denominador común de las cuatro vidas interpretadas de forma implacable por Dorota Kolak, Marta Nieradkiewicz, Julia Kijowska y Magdalena Cielecka, mujeres de diferentes generaciones en busca de una forma de salir de la rutina diaria. Soledad agravada por la ausencia de amor y la necesidad de amar, de ahí que el deseo sexual sea la forma de salir de esa prisión y su esperanza para otra vida mejor. Las cuatro están unidas por un dolor desgarrador provocado por esa desoladora y tremenda soledad. A destacar la bella fotografía de Oleg Mutu, responsable de la película “4 meses, 3 semanas, 2 días”, que retrata de forma magnífica un mundo sombrío y frío, pintado en colores pastel, en diferentes tonalidades de azules y grises. “Estados Unidos del Amor” contiene una alta dosis de ironía, la nueva apertura ha traído consigo la frustración, al tiempo que una amarga y dulce liberación de la mujer contra la continua opresión ejercida de los hombres. Recomendada (con reservas).


Día de patriotas. (USA, 2016). Dir. Peter Berg.
Estados Unidos, su sociedad y su cine siempre han tenido una capacidad especial para convertir las derrotas en triunfo, para agarrarse a algunos de los valores asociados a un determinado acontecimiento o suceso, rotar en el apartado afectivo, y que el recuerdo legado sea radicalmente opuesto a cómo apuntaban las cosas desde el inicio. Una teoría en la que podría ejercer de paradigma la derrota en la Batalla de “El Álamo”, llevada al cine por John Wayne en 1960, y convertida en mito de la resistencia y el compromiso a unos ideales. Una sistemática en la que pretende asentarse el director Peter Berg, con la ayuda de Mark Wahlberg en la interpretación y en la producción, que parece estar desempeñando el papel de nuevo apóstol de los valores del americano medio, del heroísmo cotidiano, de la solidaridad asociada al impulso en el gran instante, en la acción y no en el discurso. A “El único superviviente” (2013), ambientada en Afganistán, basada en hechos reales y documento ensalzador de los Navy Seals, y “Marea negra” (2016), de nuevo suceso real, loa al valiente anónimo en medio de una catástrofe medioambiental sin precedentes, Berg, que ha logrado domar la fiera audiovisual que lleva dentro, añade “Día de patriotas” (2016), gloria al espíritu de la ciudad de Boston tras el atentado durante la maratón del año 2013. Una película con la que incluso emociona. Con un estilo de puesta en escena, montaje y electricidad emocional que parte, en principio, de Michael Bay, Berg ha añadido unas gotas del lirismo de la violencia del Michael Mann más digital, y se adueña de la situación. Así, aunque la estructura y el retrato de personajes de “Día de patriotas” no vaya más allá de una puesta al día del cine de catástrofes de siempre, se atreve incluso a introducir al villano (en este caso, los terroristas y su familia) en forma de ser humano, y no de simple sombra sin matices. El director de “Very bad things” y “La sombra del reino” siempre ha sido un director de cine de acción, y la espectacular secuencia entre terroristas y policías enfrentados en Watertown así lo demuestra, pero esta vez integra, además, un sugestivo elemento nuevo en materia narrativa: las secuencias reales de las cámaras de seguridad, por las que los hermanos Tsarnaév fueron cazados. Una vigilante realidad reintroducida que nos lleva al momento más mágico, absurdo y doliente de la película: ver que un terrorista que acaba de provocar una masacre es capaz de salir de casa cuatro horas después para comprar un cartón de leche. Recomendada (con reservas).


El pastor. (España, 2016). Dir. Jonathan Cenzual Burley.
Anselmo es un pastor solitario y taciturno que vive una vida espartana en una pequeña granja en las llanuras españolas. Su hogar y modo de vida se verán amenazados cuando unos promotores de la construcción se interesen por su tierra. Anselmo rechazará la oferta pero parece que todo el mundo a su alrededor tiene alguna participación en el desarrollo urbanístico y, con su oposición, Anselmo provocará las reacciones más extremas de sus vecinos. “El pastor” es un drama psicológico y una parábola sobre la avaricia corporativa dirigida por el cineasta español Jonathan Cenzual Burley. Siendo una película de ficción planteada con cierto estilo de documental, “El pastor” resulta más interesante en lo contemplativo, en el documento observacional de la vida cotidiana de un pastor de ovejas, que en lo narrativo y en el conflicto dramático, centrado en el enfrentamiento del protagonista con unos promotores de la construcción que quieren comprarle sus tierras para edificar una zona residencial. En cuanto a lo segundo, es un filme demasiado evidente, simple, con unas interpretaciones demasiado forzadas y unos diálogos algo impostados. En lo primero, une bien la contemplación de esos gestos rutinarios y la relación del personaje con ese mundo del que no quiere desprenderse. No Recomendada.


Baby Driver. (Reino Unido, 2017). Dir. Edgar Wright.
Baby (Ansel Elgort) es un joven conductor especializado en fugas que trabaja al ritmo de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo. Cuando un día conoce a la chica de sus sueños, Deborah (Lily James), Baby verá la oportunidad de dejar su vida de ladrón en el pasado y huir a un nuevo futuro. Pero, el jefe del crimen (Kevin Spacey) le forzará a un último trabajo en el que Baby tendrá que dar la cara cuando el golpe salga mal y amenace su vida, su amor y su libertad. El reparto lo completan Jamie Fox, Jon Hamm, Jon Bernthal y Eiza González. Edgar Wright, imaginativo y también pirotécnico, ha forjado su estilo entre la comedia, la fantasía y la acción trabajando codo con codo con los comediantes Simon Pegg (también coguionista) y Nick Frost en 'Zombies party', 'Arma fatal' y 'Bienvenidos al fin del mundo', aunque su mejor película la haya hecho sin ellos, la irónica meditación sobre el superheroísmo adolescente 'Scott Pilgrim contra el mundo'. En 'Baby driver' la historia flaquea y no están Pegg y Frost para redimirla a partir del gag más grotesco o corrosivo. La fórmula del filme es buena y funciona durante un rato, pero después se vuelve previsible: acción y música, persecuciones de coches y estándares de rock, gesto cómico y réplica dramática. Hay escenas punteadas solo a partir de la música: existen porque existen esas canciones. Otras son puro fuego de artificio con coches, derrapes y trombos. El envoltorio es vistoso, pero dentro no hay personajes sino figuras incorpóreas con pocos alicientes cómicos, el fuerte de Wright. No Recomendada.

Llega de noche. (USA, 2017). Dir. Trey Edward Shults. 
El director Trey Edward Shults que debutó con la multipremiada película “Krisha”, llega ahora con un nuevo trabajo en forma de thriller de terror psicológico, “Llega de Noche”, donde un adolescente se enfrenta a horrores cada vez peores tanto externos como internos, tras una gran catástrofe desconocida y muy virulenta. Una familia cree estar protegida en una casa aislada del mundo, pues una presencia misteriosa y malvada los acecha afuera en las sombras. No obstante, la frágil seguridad de su hogar se ve amenazada cuando una nueva familia les pide asilo con desesperación. A pesar de las buenas intenciones de ambas familias por llevarse bien y sobrevivir, las sospechas y la paranoia se apoderan del interior de la casa, mientras que afuera los horrores acechan más de cerca que nunca. La tensión de la situación despertará un monstruo desconocido en el padre de la familia, que hará lo que sea con tal de proteger a su mujer y a su hijo, a pesar del alto precio que tendrá que afrontar en consecuencia: la pérdida de su alma. En definitiva, el filme es aterrador y opresivo pese a recurrir apenas a las tácticas típicas del cine de terror. Su problema es que en realidad trata de ser algo más. No Recomendada.

viernes, 30 de junio de 2017

Los estrenos en Sevilla de 30-06-2017



7 películas se estrenan el 30 de junio 2017 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Tres producciones son estadounidenses, dos españolas, una francesa y una japonesa. Se queda esta semana sin editar en Sevilla la película polaca “Los últimos años del artista: Afterimage” (Andrzej Wajda, 2016). Afterimage sigue a uno de los artistas de vanguardia polacos más importantes: Wladyslaw Strzeminski. El título de la película hace referencia a las imágenes remanentes, a las ilusiones ópticas que continúan apareciendo bajo los párpados tras haber mirado un objeto que refleja la luz. Sobre los estrenos, sólo dos recomendaciones, una película española basada en hechos reales y una película de animación japonesa.   


Verano 1993. (España, 2017). Dir. Carla Simón.
Carla Simón dirige su primer largometraje, “Verano 1993”, basado en su propia infancia. La conmovedora historia de una niña de seis años que acaba de perder a su madre, es por el momento la película española más galardonada del año, con los premios de Mejor Ópera Prima y el Gran Premio del Jurado Internacional de la Sección Gen. KPlus en el pasado Festival de Cine de Berlín, además de la Biznaga de Oro y el Premio Feroz de la crítica en el Festival de Málaga 2017. Frida (Laia Artigas), una niña de seis años, afronta el primer verano de su vida con su nueva familia adoptiva tras la muerte de su madre. Lejos de su entorno cercano, en pleno campo, la niña deberá adaptarse a su nueva vida. “Verano 1993” es una conmovedora historia magníficamente dirigida por una realizadora novel, Carla Simón, filmada con mucha sensibilidad y ternura, con unas soberbias actuaciones de las dos niñas, Laia Artigas y Paula Robles, y como broche de oro, posee una poderosa y hermosa escena final que describe de forma magistral todo el sentir de Frida. En resumen, una maravillosa película que seguramente después de los créditos finales, nos la llevaremos a casa con cariño guardada en nuestra mente. Recomendada.


En este rincón del mundo. (Japón, 2016). Dir. Sunao Katabuchi.
Las infinitas posibilidades del lenguaje audiovisual, aún inexploradas en muchos aspectos, te pueden dejar boquiabierto cuando se ejercitan en un sentido remoto al esperado. Es la magia cinematográfica, la del instante imperecedero, esa que surge en forma de explosión en tus ojos y en tu interior, trasladándote a un lugar que nunca habías visitado. Una emoción que puede gozarse justo en el momento más dramático de la película de animación japonesa “En este rincón del mundo”, cuando la tragedia, de pronto, lleva la pantalla a negro durante unos segundos con la práctica de un insólito fuera de campo mezclado con una elipsis, seguidos de un recurso de dibujo de trazo elemental. La película, y el espectador, alcanzan entonces la inocencia más pura. Tercer largometraje de Sunao Katabuchi, forjado en la televisión, y primero en estrenarse comercialmente en España, “En este rincón del mundo” está ambientado en los alrededores temporales y espaciales de la Hiroshima tristemente crucial a causa del lanzamiento de la bomba atómica, lo que hace que entronque, en tono y en sentido histórico, tanto con ciertas obras de ficción, caso de “La más bella” y de “Crónica de un ser vivo”, ambas de Akira Kurosawa, como con ineludibles referentes de la animación oriental. La conjunción del formato animado japonés y de la temática de la II Guerra Mundial tiene en la fundamental “La tumba de las luciérnagas” (Isao Takahata, 1988) una cima ineludible. Sin embargo, Katabuchi elude el exultante colorido de Takahata, con formas y personajes perfectamente trazados, con las tradicionales líneas negras de dibujo en los contornos de criaturas y objetos, junto al milimétrico trabajo de los fondos, y practica un tipo de animación más sencilla, más etérea, más pastel, con menos desarrollo en las formas y en los rostros, y sin tanta minuciosidad en los fondos. Es decir, en un territorio cercano a “El cuento de la princesa Kaguya”, también de Takahata, y lejos de los trazos de las cumbres del anime más conocidas por los no necesariamente especialistas en la materia: las películas de Hayao Miyazaki y de Satoshi Kon. Katabuchi utiliza además un tipo de movimiento de cadencia entrecortada, el que huye del realismo para atrapar la simplicidad. Una sistemática a menudo definida como limitada, que sin embargo nada tiene que ver con la baja calidad, pues es desarrollado así como método de narración, como modelo aparte de expresión visual. Quizá demasiado larga en cuanto a metraje, pero con un notable nivel medio, la película, desde luego, quedará en la retina por la valentía de un instante eterno. Recomendada.


Colossal. (USA, 2016). Dir. Nacho Vigalondo.
La distancia entre una idea aparentemente insensata y una potente imagen poética, capaz de justificarse por sí sola y de sostener toda una ficción, puede ser muy corta, tal y como demuestra “Colossal”, cuarto largometraje de Nacho Vigalondo y, probablemente, su obra más contundente, inapelable y madura hasta la fecha. Una rima improbable se convierte en el precario punto de partida de este trabajo que, entre otras muchas cosas, arroja benéfica luz sobre la trayectoria anterior del director, desvelando una férrea coherencia interna bajo lo que podría parecer una sucesión de arbitrariedades, algunas más afortunadas que otras: los pasos erráticos de una treintañera alcohólica en una pequeña localidad estadounidense encuentran su inesperada, delirante correspondencia con las destructivas apariciones de un monstruo gigante sobre la ciudad de Seúl. Que “Colossal” se levante sobre la fragilidad de esa idea, que convierta en absolutamente irrelevante todo empeño de justificación racional y que, finalmente, acabe construyendo un emotivo, poderoso y humanísimo discurso sobre el poder interior (o la toxicidad moral) de sus desamparados personajes no es ya meritorio, sino una jugada triunfal en toda regla. La imagen que precede a los títulos de crédito –Anne Hathaway asomada al abismo del abandono, mientras sus amigos se organizan a fondo de plano para seguir disfrutando de la empalmada etílica- fija el tono de lo que va a venir a continuación: un equilibrado híbrido donde los tonos, en principio, irreconciliables de la comedia dramática de filiación indie y del kaiju-eiga –el género oriental de películas protagonizadas por monstruos hiperbólicos- se mezclan en inesperada armonía. En el cine de Vigalondo, la memoria de los géneros y los pequeños desvelos humanos se reparten un territorio común e interactúan desde sus dispares escalas: “Extraterrestre” (2011), película donde una invasión alienígena no era necesariamente más importante que los daños colaterales del polvo de una noche, permitía entender a la perfección una estrategia que “Colossal” eleva y sofistica. Películas como “Monstruoso” (2008), de Matt Reeves, y “Monsters” (2010), de Gareth Edwards, intentaron corregir la dificultad del kaigu-eiga para integrar el factor humano desplazando su punto de vista al sujeto a pie de catástrofe. Vigalondo hace algo muy distinto: proponer que lo apocalíptico no es sino la amplificación de lo íntimo y lo subjetivo, logrando que una película donde una catástrofe remota define la línea de bajo encuentre su melodía épica entre supuestos fracasos personales, envenenados regresos a casa y asfixiantes relaciones tóxicas. Recomendada (con reservas).


Un don excepcional. (USA, 2017). Dir. Marc Webb.
No parece buena señal que un espectador se pase buena parte de la proyección de una película pensando en otra. En otra que encarna todo lo que esta no es: un discurso que se plantea problemas, que se pone obstáculos y desafía constantemente ese impulso primario y conservador de agarrarse a los más elementales procesos de identificación, de recibir, en forma más o menos pre-masticada, pistas claras sobre cómo posicionarse ante los conflictos planteados. Viendo “Un don excepcional”, película muy convencional de ese Marc Webb que debutó alterando las convenciones de un género en la ingeniosa “(500) días juntos” (2009), no se puede parar de pensar en “La profesora de parvulario” (2014), gran confirmación del talento provocador y el gusto por la complejidad del israelí Nadav Lapid. En ambas hay niños prodigio y adultos que toman decisiones bien para proteger su inocencia, su frágil humanidad, bien para salvaguardar la llama de su genio en un mundo hostil. Mientras Lapid abría nuevos interrogantes ante cada nuevo gesto de sus personajes, Webb recurre a lo sentimental como salvoconducto. Es cierto que “Un don excepcional”, película con niña superdotada que podría emular el destino trágico de su madre matemática, maneja con cierta prudencia las potencialidades de su material para el burdo golpe de efecto, pero queda en manos del umbral de tolerancia de cada espectador decidir si uno está dispuesto a conformarse con tan poco. Siempre habrá quien prefiera que le sobreexciten el corazón a que le estimulen la cabeza. Recomendada (con reservas).


GRU 3: Mi villano favorito. (USA, 2017). Dir. Kyle Balda, Pierre Coffin y Eric Guillon.
Es sin duda meritorio que la saga Gru -también su 'spin-off' 'Los Minions' (2015)- haya logrado hacer tanto dinero en taquilla pese a no ser particularmente graciosa o inventiva. Lo mismo puede decirse de su nueva entrega. Menos una película que una colección de cortos superpuestos, en lugar de gags o escenas de acción que resulten memorables se limita a recurrir al 'slapstick' más obvio y los chistes de pedos y mucho grito y mucho frenetismo e inevitables dosis de sensiblería. Su mera existencia parece asumir que a estas alturas el público empatizará por inercia con lo que sucede en pantalla a pesar de que ninguno de sus autores se esforzó lo más mínimo para que así fuera. No Recomendada.


Despido procedente. (España, 2017). Dir. Lucas Figueroa.
El argentino afincado en España Lucas Figueroa dio hace casi una década con esa entelequia tan buscada como poco vista, e incluso indemostrable a posteriori, llamada fórmula del éxito: una presumible fusión entre temática, estilo y tono, que confluía en una pequeña pieza titulada “Porque hay cosas que nunca se olvidan”, asentada en el fútbol, y aún más en la nostalgia de la infancia, que, acompañada de un engranaje formal de gran vistosidad cercana a la grandilocuencia, fue inscrita hasta en el Libro Guinness de los récords: casi 300 premios en certámenes nacionales e internacionales de cortometrajes. Sin embargo, el cine nunca fue cuestión de números y, en los años siguientes, Figueroa no acabó de despegar en el largometraje. Tardó cinco años en poder debutar, y lo hizo con “Viral”, una vulgar película de terror de bajo presupuesto, con más pinta de operación comercial publicitaria de una famosa empresa especializada en venta de cultura y tecnología que de verdadero producto de fuste creativo. Y han debido pasar otros tres para llegar a la coproducción entre España y Argentina “Despido procedente”, comedia de acción con ilustre reparto, que aspira a retratar el estado de histeria social provocado por los desmanes de las grandes compañías y la crisis económica y laboral, de la que solo sale indemne su reparto, con viejos zorros como Imanol Arias y Darío Grandinetti, capaces de aterrizar de pie en una película que nace resquebrajada por su desastroso guion. Poco o nada se comprende de la trama empresarial que mueve a los personajes, una especie de mcguffin al que Figueroa, también escritor, dedica demasiado tiempo y esfuerzo, giros y revueltas, con los que ni siquiera logra hacerse entender. De modo que, si acaso, hay que quedarse con el relato de hostigamiento del alto ejecutivo al que le ha salido un grano en el culo en forma de acosador social, como un cabo del miedo con derivaciones cómicas. Sin embargo, con gags que no pasan del chascarrillo entre argentinos y gallegos, dos convencionales tramas sentimentales, y una perenne banda sonora de Federico Jusid, excelente músico, aquí desatado, sin dejar a la película una mínima rendija de silencio, “Despido procedente” es un continuo subidón sin tempo cómico ni altura social. Una obra que puede señalar a Figueroa como un técnico pero nunca como un narrador. No Recomendada.

Aurora (Jamais contente). (Francia, 2016). Dir. Emilie Deleuze. 
La adolescencia son esos años en los que tu abuela te dice que estás en una edad muy difícil. Aurora tiene el espíritu rebelde subido y el colegio le da igual. Su vida se desliza hacia el sumidero de la edad adulta, apenas protegido por un maestro sensible. El cine francés es rico en hermosas películas sobre la educación, pero Emilie Deleuze no logra colocar este aceptable título en la excelencia académica que inauguró -hasta donde alcanza la memoria- «Los cuatrocientos golpes», de Truffaut. Léna Magnien, prometedora actriz, carece del carisma necesario para involucrarnos de verdad en su viaje interior. Menos perdonable es que el guión, a partir de la novela de Marie Desplechin, se conforme con una foto fija de la muchacha sobre un marco insulso. No Recomendada.