lunes, 13 de enero de 2020

Richard Jewell (Clint Eastwood, 2019)


Título original: Richard Jewell. Dirección: Clint Eastwood. País: USA. Año: 2019. Duración: 131 min. Género: Drama.

Guión: Oscar Billy Ray. Fotografía: Yves Belanger. Música: Arturo Sandoval. Montaje: Oscar Joel Cox. Vestuario: Deborah Hoppe. Producción: Clint Eastwood, Tim Moore, Jessica Meier, Kevin Misher, Leonardo DiCaprio, Jennifer Davisson, Jonah Hill.

Nominada a la Mejor Actriz de Reparto (Kathy Bates) en los Oscars 2019 y en los Globo de Oro 2019. Nominada a Mejor Película extranjera en los Premios David di Donatello 2020.

Fecha del estreno: 1 Enero 2020 (España)


Reparto:
Paul Walter Hauser (Richard Jewell), Sam Rockwell (Watson Bryant),  Kathy Bates (Bobi, madre de Richard), Jon Hamm (Inspector jefe FBI), Olivia Wilde (Kathy Scruggs), Wayne Duvall, Dexter Tillis, Desmond Phillips, Nina Arianda, Ian Gomez, Randy Havens, Mike Pniewski, Niko Nicotera, Dylan Kussman, Beth Keener, Billy Slaughter, David Shae, Shiquita James, Deja Dee, Kendrick Cross, Jill-Michele Melean, Mitchell Hoog, David Lengel, Marc Farley, Victoria Paige Watkins, Charles Green, Shawn Weston Thacker. 

Sinopsis:
Richard Jewell era un guardia de seguridad en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, el cual descubrió una mochila con explosivos en su interior y evitó un número mayor de víctimas al ayudar a evacuar el área poco antes de que se produjera el estallido. En un principio se le presentó como un héroe cuya intervención salvó vidas, pero posteriormente Jewell pasó a ser considerado el sospechoso número uno y fue investigado como presunto culpable.

Comentarios:
Que se esté convirtiendo en una rareza el hecho de contar un relato a la perfección, fijando la mirada exclusivamente en el personaje, parece un fastidioso signo de los tiempos. En una época en la que otorgar un estilo identificable a cada obra parece un peaje obligatorio, cineastas como Clint Eastwood, apenas un puñado, contadores de historias a la manera clásica, ejercen de protectores de unas esencias en vías de extinción. En “Richard Jewell”, su último trabajo como director, basado en hechos reales, es consciente del lugar que debe ocupar, el del narrador de unos hechos más grandes que la propia vida: la de un hombre sencillo atropellado por las circunstancias; la de un ser humano de enorme complejidad, que pasa de héroe a villano en un santiamén a causa de las contradicciones de la sociedad.
Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. Un guarda de seguridad privado de peculiar personalidad, físico y actitud evita una masacre terrorista gracias a su diligencia. El heroísmo del Juan Nadie. Poco después, tras un cúmulo de circunstancias, unas quizá razonables (que se le investigara), otras seguramente injustas (que esas indagaciones se hicieran públicas), se convierte en sospechoso (y en acusado) por haber colocado la bomba que mató a una mujer y pudo acabar con cientos de personas. La villanía del acomplejado.
Con guion de Billy Ray, experto en los entresijos de las certezas mentirosas desde “El precio de la verdad” (2003), “Richard Jewell” es una obra sobre un personaje y unas eventualidades apasionantes, que se despliega como una fascinante reflexión sobre lo que parece y lo que es, y que acaba afectándonos porque te transmite una idea acerca de nosotros mismos. Y está la belleza del trabajo de cámara y de luz de Eastwood, que apenas se nota porque es invisible, pero que se siente.
La película parte de un prólogo formidable que define en apenas unos minutos a sus dos personajes principales, al héroe singular y al que después va a ser su abogado, interpretados por los magníficos Paul Walter Hauser y Sam Rockwell. Y a partir de ahí mezcla varios tiempos con la difícil facilidad del contador mayúsculo, en un tono que fusiona el drama, la comedia y la intriga judicial. Un relato con ecos de la fundamental “El gran carnaval” (Billy Wilder, 1951), con el que se han tomado ciertas licencias dramáticas convertidas en escandalosas, quizá olvidando que lo que ha hecho Eastwood no es ni un ensayo ni una investigación ni un documental, sino simplemente una (estupenda) película. (Javier Ocaña)
Recomendada.

sábado, 11 de enero de 2020

Audrey, diamante de Tiffany


¿Conoce usted esos días en que se ve todo de color rojo?”.


El filme de Blake Edwards “Desayuno con diamantes” se estrenó el 5 de octubre de 1961. Estaba basado en una novela corta de Truman Capote, pero gracias a haberla adaptado muy libremente y a la presencia de Audrey Hepburn triunfó desde el mismo estreno mundial.
  
Un amanecer de verano en la Quinta Avenida de Nueva York; Manhattan despierta. En uno de los escaparates de la joyería Tiffany,s, conocida en todo el mundo, se refleja una figura femenina, delicada, casi frágil, el cabello recogido en un moño alto, los ojos ocultos detrás de unas grandes gafas de sol, un traje de noche que deja al descubierto los hombros, un vaso de café en una mano, una bolsa de papel con pastas en la otra: un desayuno con -o mejor aún, delante de- diamantes. Vemos a Holly Goligtly (Audrey Hepburn) mirando el lujo resplandeciente de las vitrinas; ella misma, con sus joyas, parece guarnecida como una pieza de exposición: un instante de cine mágico. Holly no forma parte de la jet set neoyorquina, de la clientela de la joyería, pero sus clientes sí, ya que la señorita Golightly (podría traducirse como “tómatelo con calma”), es una chica de compañía “de elegante delgadez”, como Truman Capote, el autor de la novela en que se basa la película, describe a la joven de dieciocho años con “un rostro que había salido de la infancia, pero no había llegado a ser de mujer”.


Escapando de un matrimonio prematuro con un veterinario bastante mayor, ha huido de provincias y ha llegado a Nueva York para buscar su felicidad y, sobre todo, una fuente de ingresos en el escenario de la bohemia, los playboys y los snobs, en el mundo de la propia escenificación, las máscaras, el fingimiento y la autocontemplación. En ocasiones, ese ambiente se le hace insoportable y la deprime; entonces sufre sus “mead reds” (el doblaje español habla de “días rojos” o resaca) y se la puede encontrar delante de Tifanny`s contemplándose. Vive sola con su gato en un edificio de apartamentos de Manhattan, y numerosos hombres maduros pagan por su compañía y por algo más. Por otro lado, cada semana va a visitar a Sally, un preso de Sing-Sing que la utiliza de correo de droga sin que ella se entere. Holly busca una relación sólida, a ser posible con un millonario que no pase de los cincuenta. Pero encuentra justo todo lo contrario: Paul Varjak (George Peppard), un escritor fracasado y sin recursos, que se ha convertido en su nuevo vecino. Holly tiene algo en común con Paul; él también se deja mantener para asegurar su precaria existencia; una mujer casada le sustenta como amante. La prostituta y el gigoló entablan conversación un día: a partir de ahí y poco a poco se desarrolla una relación con altibajos, durante la cual se van manifestando sus respectivas personalidades: momentos de revelaciones sinceras en el mundo de la superficialidad y la inconsciencia.


Desviándose de la novela, donde Holly pretende seguir a la caza de millones precisamente en África, las últimas imágenes de la cinta, que se cuentan entre los finales felices más célebres del cine, nos proponen un apasionado torbellino de emociones: Holly corre detrás de Paul, titubea y le abraza. Paul la besa y el gato, que se encuentra entre los amantes, completa la extravagante pareja. Llueve a cántaros, como si el tema musical "Moon River” que acompaña toda la película (oscars al compositor Henri Mancini y al letrista Johnny Mercer) se hubiera desbordado. Holly y Paul han conseguido la normalidad; se acabó el vacío existencial, el andar a ciegas, la huida y la vida “a la deriva” de dos personas. La película se anticipa así a los estudios sobre la búsqueda urbana de sentido y felicidad con la que Woody Allen tendría tanto éxito casi veinte años más tarde.


Este filme se caracteriza por dos peculiaridades que hacen que todavía merezca la pena verlo. Por un lado, apuesta por la moda: para el papel de Holly Golightly, la joven de dieciocho años, no se contrató a Marilyn Monroe, sino a Audrey Hepburn. Ésta, que ya había cumplido los treinta y dos, había sido modelo del modisto francés Hubert de Givenchy, quien con su musa acentuó un estilo de moda y un tipo de mujer cultivada, más bien discreta, delicada y juvenil, que relevó a las sex-symbols de grandes pechos de los años cincuenta. Audrey Hepburn llevó a la pantalla los rasgos típicos de la mujer elegante y de mundo de la década de los sesenta, que después Jacqueline Kennedy personificaría con tanta perfección.


Por otro lado, la película apuesta por los momentos, instantes cinematográficos intensos en el sentido más genuino de la palabra, cerrados en sí mismos y que van más allá de la narración. Holly Golightly sacando su zapato de un frutero, maniobrando con una boquilla de 40 cm. de largo entre los invitados de una fiesta, o cantando la canción “Moon river” a pelo en su ventana. Esas instantáneas quedan grabadas en la memoria. Pero la escena más hermosa es y seguirá siendo la que dá título a la película: Audrey Hepburn delante del escaparate de Tifanny. 


Edda Hepburn van Hemmstra nació en Bruselas en 1929, en el seno de una familia acomodada y distinguida: la madre era una baronesa holandesa y el padre un banquero británico. A los doce años, después de estudiar conforme a su posición social en un internado de Londres, se fue con su madre (que se había separado de su marido porque éste mantenía contactos con fascistas ingleses) a Amsterdam, donde ambas, madre e hija, colaboraron con el movimiento de resistencia contra la ocupación alemana.


Después de la guerra, desarrolló una carrera “de película”: en 1951, tuvo su primera actuación en el cine con un pequeñísimo papel, en "Risa en el paraiso" (dirigida por Mario Zampi) donde hace de cigarrera de un club nocturno y le dice a un señor mayor: "No soy una señora, soy una chica”. Después, la escritora francesa Colette la contrata para interpretar en Broadway el papel de Gigi en su obra de teatro homónima; 217 veces interpretó a la “casi” querida. A continuación, el director William Wyler se la llevó a Hollywood: en “Vacaciones en Roma” en 1953, Audrey Hepburn interpreta al lado de Gregory Peck el papel de niña-mujer que a pesar de toda su ingenuidad (o precisamente por ella) despierta deseos prohibidos. Delicada y frágil, con ojos castaños de cervatillo: un nuevo tipo de estrella releva a los mitos eróticos nacidos durante la guerra. Audrey recibió el oscar a la mejor actriz por su papel de princesa Ana en dicha película. 

Asímismo, gracias a su modisto Givenchy, se convirtió en una precursora de la moda que negaba los atractivos físicos propagados anteriormente: pelo cortado a lo chico o cola de caballo en vez de melena larga rubia, zapatos planos en vez de tacón de aguja, vestidos holgados anchos en lugar de jerséis ceñidos. 


A ésta le siguieron 26 películas más. Mis preferidas son: “Sabrina” (1954), de Billy Wilder; “My Fair Lady” (1964), de George Cukor y “Desayuno con diamantes” (1961) de Blake Edwards, claro. En “Para siempre” (1989),  de Steven Spielberg,  Audrey Hepburn hizo su última actuación en el cine cuatro años antes de su muerte, en el papel de ángel.   


                                                                                                     Virginia Rivas Rosa



jueves, 9 de enero de 2020

El oficial y el espía (Roman Polanski, 2019)


Título original: J'accuse. Dirección: Roman Polanski. País: Francia. Año: 2019. Duración: 126 min. Género: Drama.

Guión: Robert Harris, Roman Polanski, Robert Harris. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Alexandre Desplat, Michaël Laguens. Montaje: Herve de Luze. Sonido: Lucien Balibar, Aymeric Devoldere, Cyril Holtz. Maquillaje: Agathe Dupuis, Vesna Peborde, Cedric Kerguilec. Vestuario: Pascaline Chavanne. Peluquería: Agathe Dupuis, Vesna Peborde, Cedric Kerguilec. Producción ejecutiva: Roman Abramovich, Zbigniew Raczynski, Lukasz Raczynski, Kasia Nabialczyk, Constantino Margiotta. Producción: Alain Goldman.

Gran Premio del Jurado el Festival de Venecia 2019.

Fecha del estreno: 1 Enero 2020 (España)


Reparto:
Jean Dujardin (Picquart), Louis Garrel (Alfred Dreyfus), Emmanuelle Seigner (Pauline Monnier), Gregory Gadebois (Henry), Herve Pierre (General Gonse), Wladimir Yordanoff (General Mercier), Didier Sandre (General Boisdeffre), Melvil Poupaud (Letrado Labori), Eric Ruf (Sandherr), Mathieu Amalric (Bertillon), Laurent Stocker (General de Pellieux), Vincent Perez (Letrado Leblois), Michel Vuillermoz (du Paty de Clam), Vincent Grass (General Billot), Denis Podalydès (Letrado Demange), Damien Bonnard (Desvernine), Laurent Natrella (Esterhazy), Bruno Raffaelli (Juez Delegorgue).

Sinopsis:
En 1894, el capitán francés Alfred Dreyfus, un joven oficial judío, es acusado de traición por espiar para Alemania y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Entre los testigos que hicieron posible esta humillación se encuentra el coronel Georges Picquart, encargado de liderar la unidad de contrainteligencia que descubrió al espía. Pero cuando Picquart se entera de que se siguen pasando secretos militares a los alemanes, se adentrará en un peligroso laberinto de mentiras y corrupción, poniendo en peligro su honor y su vida.

Comentarios:
En este caso (no en el de la película, sino en el de escribir sobre ella), hay que prevenir de un par de detalles que no son baladís: el titulo original de la película es «J’acusse», que fue también el titular  del célebre artículo de Émile Zola en el que denunciaba la conspiración contra Dreyfus y que lo llevó a juicio, y el hecho de que el director de esta película sea Roman Polanski, cuyo eterno «caso» lo convierte, en cierto modo, en protagonista reverberado y especulado de la historia que se cuenta… Algo que, naturalmente, él niega.
La narración que aborda Polanski con enorme precisión, intriga y detalle tiene al fondo el conocido caso Dreyfus, y lo hace desde la perspectiva de la investigación que emprendió el coronel George Picquart, jefe del servicio de contraespionaje francés; y lo hace también con una extrema sabiduría de las posibilidades que le ofrecen los elementos más puros del cine clásico, combinados con una lectura rigurosa pero también dúctil e interesada de los hechos históricos y su adecuación al espíritu actual, donde operan conceptos tan líquidos como el de la «posverdad»…
Maravillosamente filmada, narrada e interpretada (también por los actores, pero referido aquí al modo en que el propio Polanski traduce lo que tiene de alegoría, de «chuche» rechupeteada por él y para su consuelo), «El oficial y el espía» es cine del grande, que transmite con minuciosidad lo transparente y lo opaco de sus líneas argumentales y de sus medidos entrelineados, que provoca sentimientos y que calcula los pesos y medidas de cada uno de los géneros de que se sirve, el drama, el suspense, lo judicial e incluso lo romántico.
También los pesos y medidas de cada uno de sus personajes y sus relaciones, pues deja al de Alfred Dreyfus en un segundo plano, se vuelca en el de George Picquart, y en cambio consigue que la relación entre ambos, brevísima, tenga una intensidad explosiva en lo esencial de la historia. Jean Dujardin y Louis Garrel captan lo sublime en su exigüidad. No alcanza ese grado de compenetración interior la relación sentimental con el personaje de Emmanuelle Seigner, que más parece ahí un ingrediente obligado en «chez Polanski». Pero, por lo demás, qué película tan buena e inteligente, y en la que quizá el «villano Polanski» suspira por un Picquart. (Oti Rodríguez Marchante)
Recomendada.