8 películas se estrenan
el 13 de abril de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos producciones
son francesas, una estadounidense, una británica, una italiana, una belga, una
islandesa y una mexicana. Variedad de nacionalidades y de propuestas. No
obstante, como ocurre siempre, esta semana se queda sin editar en Sevilla el interesante
thriller colombiano basado en hechos reales “Matar a Jesús” (Laura Mora Ortega,
2017), premio de la Juventud en el Festival de San Sebastián 2017. Otra
película que no nos llega a Sevilla es la canadiense “Los hambrientos” (Robin
Aubert, 2017), una película de terror ganadora del Premio a la Mejor Película Canadiense
en el Festival de Toronto 2017. También quedan fuera de la cartelera las
producciones españolas “El sueño de la lagartija” (Pedro Pérez Rosado, 2018) y
“Blue Rai” (Pedro B. Abreu, 2017). Lamentamos estas ausencias de la cartelera y
pasamos a nuestro repaso semanal de lo estrenado en Sevilla.
Alma Mater. (Bélgica, 2017). Dir. Philippe
Van Leeuw.
Premio del Público en el Festival de Cine Europeo de
Sevilla (SEFF 2017) y Premio del Público en la sección “Panorama” del Festival
de Berlín 2017.
Drama sobre la guerra de Siria interpretado por Hiam
Abbass, Diamand Bou Abboud, Juliette Navis y Mohsen Abbas.
Nadie sale indemne de una guerra. Quizá sí en lo físico,
pero nunca en lo moral. Y las mejores películas de la historia del cine
relacionado con las contiendas bélicas siempre son las que se acercan a las
decisiones más cotidianas, pero más complejas, en las que los personajes dudan,
cometen errores, y no las que mantienen a sus criaturas y a la propia historia
en un irreprochable ideal moral tan estimable como, en casi todos los casos,
poco convincente. Y en esa zona de nobleza y de verdad se sitúa la notable
película belga “Alma mater”, segundo trabajo de Philippe Van Leeuw, ambientada
en la guerra civil siria.
Los bombardeos, la destrucción, la muerte, y junto a
ellos, en el extremo más depravado de la naturaleza humana, los saqueos y las
violaciones. “Alma mater” ofrece dilemas perturbadores, huye de lo melifluo y,
entre el sonido de las bombas y los disparos de los francotiradores, está
ambientada en un escenario único: un piso de un edificio aún en pie, en el que
se han refugiado varios vecinos, con el dominio de esa madre coraje del título.
Un ecosistema imposible que ahora es zona de guerra, en el que se intenta
mantener una cierta organización. Aun a costa de la ética.
Van Leeuw, también guionista, reflexiona sobre la
vergüenza de huir, de dejar atrás a los tuyos, y sobre las terribles
situaciones en las que no caben la solidaridad y el heroísmo. O quizá sí,
aunque se trate de un coraje que no se pueda reclamar, porque nadie está
preparado para semejantes disyuntivas, y porque, si en todo caso se ejercita,
seguramente tenga mucho más que ver con un impulso natural que con una decisión
razonada.
En un emplazamiento asfixiante y limitado, el director
aplica una puesta en escena ágil pero sin aspavientos ni temblores de cámara.
Y, de un pasillo a otro, de una habitación a la siguiente, convierte una
vivienda y a un puñado de personajes en el centro del universo más espinoso de
la conducta humana. Recomendada.
Heartstone, corazones de piedra. (Islandia,
2016). Dir. Guðmundur Arnar Guðmundsson.
Drama de temática homosexual proyectado en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, interpretado por Baldur
Einarsson, Blær Hinriksson, Gunnar Jónsson, Søren Malling y Nína Dögg
Filippusdóttir.
Situado en los primeros compases de la adolescencia,
cuando la transformación del propio cuerpo lleva a anhelar, con urgencia, el
contacto con otras pieles (por leve que este sea, sus resonancias siempre serán
abrumadoras), Thor se entrega a un elocuente ritual en la soledad del cuarto de
baño: recoge de un cepillo los pelos que han dejado su madre y sus hermanas y,
con torpeza, se los coloca sobre su todavía despoblada zona púbica para
contemplarse en el espejo. “Heartstone, corazones de piedra”, primer largometraje
de Guõmundur Arnar Guõmundsson, es una historia de iniciación ambientada en una
zona remota del este de Islandia, que, hasta el momento, había sido territorio
virgen como localización cinematográfica.
La dureza del entorno geográfico, pero también la
severidad del clima social y las irradiaciones tóxicas de unos entornos
familiares desestructurados, condicionarán el fluir del proceso de crecimiento
vital. En cierto sentido, para los personajes de esta película lo que cuenta
–y, sobre todo, cómo lo cuenta- una película como la celebrada “Call me by your
name”, de Luca Guadagnino, debe de parecer un mensaje transmitido desde un
planeta extraterrestre: un universo arcádico, cuyo funcionamiento tiene muy
poco que ver con la hostilidad humana y ambiental que rodea el brote de deseo
homosexual, doliente y no asumido, que concentra los tonos dramáticos de este
trabajo que, definitivamente, no se ambienta en ningún mundo platónico de las
ideas, sino en un tangible territorio de desamparo, exclusión, aislamiento y
temperaturas extremas.
Con una cámara nerviosa al servicio de la brusca
fisicidad de sus personajes, el cineasta detalla la conflictiva gestión del
deseo homosexual por parte de Christian, el íntimo amigo del protagonista,
mientras éste parece ir abandonando esa zona de premeditado equívoco donde el
juego viril camufla, a duras penas, la curiosidad por un cuerpo ajeno. Con un
metraje generoso, pero rico en detalles reveladores, la película prefiere decir
la verdad, aunque sea incómoda, que seducir a toda cosa, como la mencionada
obra de Guadagnino. Quizá por eso tenga peor fortuna, sin merecerla. Saber
transmitir el valor de una caricia en pleno infierno vital es un logro
mayúsculo. Recomendada.
La delgada línea amarilla. (México, 2015).
Dir. Celso García.
Premio Especial del Jurado y Mejor Guión en el Festival
de Gijón 2015.
Road movie mexicana que nos llega con tres años de
retraso. La cinta está interpretada por Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Gustavo
Sánchez Parra, Silverio Palacios y Américo Hollande.
El score está compuesto por Daniel Zlotnik.
Sencilla, directa a pesar de su simbolismo, ya desde el
título, y profundamente honesta. Como su personaje central, jefe de obra de una
cuadrilla de trabajadores que pinta las discontinuas rayas centrales de unas
carreteras secundarias que no son sino la propia vida. Así es la mexicana “La
delgada línea amarilla”, película del debutante Celso García, coproducida por
Guillermo del Toro.
Relato de sueños y derrotas, de existencias entrecortadas
que a veces se tuercen y otras mantienen el pulso hasta recuperar el camino
recto, que gotean por el peso del pasado, la película está contada con la misma
profesionalidad que quiere ejercer a cada minuto, casi con amargo
empecinamiento, su protagonista. García aplica elegancia en el encuadre, con la
cámara en el lugar justo para la mejor expresividad del plano, y solo se
descarría un tanto en la innecesaria deriva amorosa del personaje más joven,
innecesaria, y que parece directamente de otra película, mucho más empalagosa y
facilona.
Sin embargo, es apenas un desliz, unos minutos en un
conjunto sobrio, con excelente banda sonora de Daniel Zlotnik, que circula por
el terreno de la road movie de carácter moral, pero que tiene incluso apuntes
de western, tanto en su tratamiento del paisaje como en su carácter
crepuscular. Y sin dejar en ningún momento de ser una película de personajes,
de grupo antagónico que encuentra en la solidaridad el mejor camino para
superar el impulso autodestructor. Recomendada.
La casa torcida. (Reino Unido, 2017).
Dir. Gilles Paquet-Brenner.
Adaptación de una novela de intriga de la británica
Agatha Christie, interpretada por Glenn Close, Terence Stamp, Christina
Hendricks, Gillian Anderson, Max Irons, Stefanie Martini y Amanda Abbington.
“Se trazó una trayectoria que siguió hasta el fin sin
ansias culturizantes ni innovadoras. Y el público no esperaba otra cosa de
ella. Sus lectores sabían lo que iban a encontrar en una novela de Agatha
Christie y no se sintieron nunca defraudados”, escribía Salvador Vázquez de
Parga en su divulgativo “Los mitos de la novela criminal”, fijando con
precisión el tipo de placeres que la llamada reina de la novela policiaca
proporcionaba a sus incondicionales: una garantía fundamentada en la
previsibilidad y la limpia resolución del enigma a partir de un limitado
repertorio de variables. En sus manos, el género era un artefacto tan despojado
de lo pulsional como un juego de mesa: no resulta extraño, pues, que la
especialidad de Miss Christie –la novela enigma- acabase inspirando una célebre
creación para dados y tablero –el Cluedo- que, precisamente, llegó al mercado
el mismo año -1949-, en la que la escritora publicaba “La casa torcida”, una de
las obras favoritas de su autora, que Gilles Paquet-Brenner ha llevado a la
pantalla bajo la convicción de que al potencial público de adaptaciones del
catálogo de la Dama del Crimen tampoco tienen en alta estima la innovación y la
sorpresa.
El ciclo de versiones cinematográficas que abrió “Asesinato
en el Orient Express” (1974), de Sidney Lumet, fijó un modelo que la nueva
lectura de Kenneth Branagh parecía revivir en clave manierista: producciones
con el crepuscular sentido del star-system de una película de catástrofes… sin
catástrofe. Paquet-Brenner se aplica a ese patrón sin atisbo de inspiración
expresiva, pero Glenn Close, Julian Sands y Gillian Anderson, entre otros, le
sacan las castañas del fuego con su colectivo retrato de una aristocracia
endogámica y monstruosa. Que, en este caso, el héroe no luzca particularidades
habilidades deductivas suma un punto de extrañeza al previsible mecanismo. Recomendada (con
reservas).
El buen maestro. (Francia, 2017).
Dir. Olivier Ayache-Vidal.
Comedia dramática sobre profesores, alumnos y centros de
enseñanza. Interpretada por Denis Podalydès, Abdoulaye Diallo, Pauline
Huruguen, Alexis Moncorgé, Tabono Tandia, Léa Drucker, Zineb Triki, Marie
Rémond, Charles Templon.
Un profesor de un prestigioso instituto parisino es transferido a una
escuela de la periferia y poco a poco, mientras logra que sus problemáticos
alumnos exploren su potencial y su interés en la literatura, él mismo aprenderá
a ser más persona. El filme acude a buena parte de los arquetipos del
subgénero, pero es sincera; sabedor de que juega en la liga del gran público,
Ayache-Vidal es tan convencional en la puesta en escena como resolutivo en su
didáctica cinematográfica. Historia con más corazón que tripa, y desde luego
entretenida, equilibrada en el drama y la comedia, útil y didáctica. La cinta
consigue conmover y mantener, aunque cálido, su frescor gracias al grupo de
jóvenes actores. Recomendada (con reservas).
Proyecto Rampage. (USA, 2018). Dir. Brad
Peyton.
Película de acción, ciencia-ficción y videojuego, interpretada
por Dwayne "The Rock" Johnson, Naomie Harris, Jeffrey Dean Morgan,
Malin Akerman y Joe Manganiello.
The Rock más efectos especiales. Este es el esquema
predilecto del rocoso actor Dwayne Johnson, simpático pero bastante limitado en
cuanto a registros. Con todo, siempre ofrece lo que se espera y nunca pretende
engañar al espectador: conoce sus limitaciones y no va a embarcarse en
películas en las que no pueda dar la musculosa talla. “Proyecto Rampage” está
en la línea del cine robusto-digital que el actor y el director Brad Peyton ya
han practicado juntos en “Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa” y
“San Andrés”.
Aquí añaden a la mezcla más testosterona fantástica, más
destrozos urbanos como si se tratara de una película de catástrofes –en “San
Andrés” estaba justificado por un terremoto, pero aquí es la presencia de
animales gigantescos que han mutado genéticamente y asolan la ciudad– y
singulares homenajes o citas a King Kong y todos sus derivados, ya que el
enorme gorila plateado con el que The Rock se hace unas bromas acaba asumiendo
las funciones del rey Kong del clásico fantástico.
“Proyecto Rampage” funde acción, aventuras, ciencia
ficción (la secuencia inicial en el espacio), fantástico con criaturas
terroríficas y cine de catástrofes, con toques de misantropía y ecologismo
producto de las buenas relaciones que el primatólogo protagonista entabla con
el gorila, no así con los humanos.
Este es el hábitat más natural para que The Rock,
convertido en sí mismo en un efecto especial, como se ha escrito con gracia,
combata monstruos de afiladas dentaduras y púas por todo el cuerpo y lobos
gigantes capaces de volar, pilote helicópteros, salte por edificios, dispare
balas o misiles y soporte el dolor tan estoicamente que se diría ungido por las
cualidades de un superhéroes de Marvel. Lo mejor del filme es un plano cenital
en el que el gorila se zampa a uno de los villanos de la función. No Recomendada.
Cariño, yo soy tú. (Francia, 2017).
Dir. Bruno Chiche.
Comedia francesa interpretada por Stéphane De Groodt,
Louise Bourgoin, Aure Atika y Ginnie Watson.
En “Dos veces yo” (1984), Carl Reiner daba una vuelta de
tuerca a un baqueteado tópico de la comedia –el trasvase de cuerpos, con
forzada y sobrenatural reasignación de género de por medio- y encontraba en
Steve Martin al instrumento perfecto no solo para sostenerlo, sino también para
retorcerlo: el cómico ponía su talento para la sobreactuación al servicio de un
delirante personaje, en cuyo interior convivían, a la vez, una identidad
masculina y otra femenina (que, además, se llevaban francamente mal). En “Cariño,
yo soy tú”, una pareja de amantes ve intercambiada súbitamente sus identidades,
sin que los tres guionistas hayan creído oportuno buscar ningún tipo de excusa
argumental –por insensata que fuera- para la pirueta: una comedia de high
concept que se olvida del high concept para poner en marcha su enredo,
fundamentado en el desplazamiento de gestualidades, como mero juego acotado
entre los límites de su escueto metraje.
El principal problema de la película, junto a la
rutinaria naturaleza de sus gags, es que resulta imposible ver a Louise
Bourgoin en el lenguaje corporal de Stéphane De Groodt (y viceversa) y,
constantemente, el espectador necesita ser alertado por las situaciones y los
diálogos para recordar que ella es él y él es ella. En defensa de este
sostenido tropiezo –que nada tiene que ver con la delicada poética de “Your
Name” (2016), de Makoto Shinkai- solo puede decirse que, por lo menos, no pone
su ocurrencia al servicio de ningún arco dramático de redención y crecimiento personal.
No Recomendada.
Leo Da Vinci: Misión Mona Lisa. (Italia,
2018). Dir. Sergio Manfio.
Película de animación italiana.
La chica que le gusta a Leo, Mona Lisa, está en apuros: alguien ha
quemado toda la cosecha de su familia. Para ayudarla en sus problemas
económicos, el joven tendrá una alocada pero divertida idea para la que contará
con la ayuda de su amigo Lorenzo: encontrar el barco pirata que se hundió años
atrás cerca de la Isla de Montecristo y recuperar el tesoro que dicen que
mantiene consigo. Por el camino van encontrándose con nuevos amigos como Agnes
o Nicolo, pero también con alguien que va en busca del tesoro: un malvado
pirata que hará lo posible para llegar a él antes que Leo. A lo largo de sus
aventuras se pueden ir viendo los diferentes ingeniosos inventos del chico, que
resultarán de lo más útiles para conseguir sus objetivos. No existen muchas
referencias sobre el filme, pero no nos
tiraremos a la piscina. No Recomendada.
Abril, mes del libro y de la lectura, nos parece un buen
momento para repasar algunas de las novedades editoriales que encontramos en la -cada vez más abultada- sección dedicada al Cine en nuestras librerías y
bibliotecas. Traemos aquí una pequeña muestra:
Historias de Cine. Relatos que inspiraron grandes películas
Edición de Juan Antonio Molina Foix.
Ediciones Siruela: 380 páginas, 21,95 €
Esta antología recoge once relatos de algunos de los
escritores más destacados de la literatura universal, que además de poseer en
sí mismos una calidad ejemplar, dieron lugar a indiscutibles obras maestras de
la gran pantalla. Contiene los siguientes relatos:
- "Rashomon" y "En la espesura del bosque", de Ryunosuke Akatagawa (Rashomon, Akira Kurosawa). - "La casa Tellier", de Guy de Maupassant (Le plaisir, Max Ophuls). - “La cabaña entre las cañas esparcidas” de Ueda Akinari
(Cuentos de la luna pálida, Kenji Mizoguchi).
- “Miedo” de Stefan Zweig (La paura, Roberto Rossellini).
- “El idilio de Miss Sarah Brown” de Damon Runyon (Ellos y
ellas, Joseph L. Mankiewicz).
- “Testigo de cargo” de Agatha Christie (adaptada con el mismo título,
por Billy Wilder).
- “El hombre que mató a Liberty Balance” de Dorothy M. Johnson
(idem, John Ford).
- “Los pájaros” de Daphne du Maurier (idem, Alfred
Hitchock)
- “Una historia inmortal” de Isak Dinesen (idem, Orson
Welles).
- “La sumisa” de Fiódor Dostoievski (Une femme douce, Robert Bresson)
- “Los muertos”, de James Joyce (Dublineses, John Huston)
Cada una de las historias va precedida de una breve
introducción, en la que se comenta el relato y se valora su adaptación cinematográfica.
Bette & Joan. Ambición Ciega
Guillermo Balmori
Ediciones Notorius: 220 páginas, 20,95 €
Bette Davies y Joan Crawford protagonizaron el mayor duelo
de divas de la historia del cine en "¿Qué fue de Baby Jane?" (Robert Aldrich, 1962), pero la
rivalidad entre ellas venía de lejos, alimentada por la ambición y los celos de
ambas y también por la ferocidad de Hollywood, que utilizaba y desechaba a las
actrices a partir de cierta edad.
A la revisión de esta relación que hemos visto en la serie "Feud", de HBO, se une ahora este libro, "Bette & Joan.
Ambición ciega", de Guillermo Balmori, experto en cine, escritor y
coeditor e Notorius Ediciones, que ahonda en sus causas y circunstancias.
Según el autor, la que fue estrella de la Metro, Joan Crawford,
siempre admiró a Bette Davies, pero no al revés. "Davies fue la gran sádica de
Hollywood y Crawford la gran masoquista", señala en las páginas del libro,
dando por buena una sentencia de un crítico de la época.
Muchas de las cosas que se han escrito sobre la mala
relación entre ambas, deben tomarse con cierta reserva, puesto que los reporteros
y columnistas de la época se encargaron de sacar toda la punta posible a una historia
muy del gusto del público; y por otro lado, la jefa de prensa de la película "¿Qué
fue de Baby Jane?", y las propias actrices contribuyeron a fomentar este circo.
Cine y navegación. Los 7 mares en 70 películas
Fernando
de Cea Velasco
Editorial Berenice: 400 páginas, 23,00 €
El cine ha expresado su fascinación por todo lo que tiene
que ver con la mar y los océanos, tal como demuestran los cientos de películas
que han tratado el tema, desde los comienzos del cinematógrafo hasta nuestros
días.
El autor de este original
libro, Fernando de Cea, une a su condición de marinola de crítico de cine, lo que le permite
hacer un análisis riguroso y documentando, a la vez que ameno, de la relación
del mar con el séptimo arte. Contiene una selección de reseñas de las setenta mejores
películas sobre navegación de todos los tiempos, con comentarios, datos
históricos y curiosidades propias del entorno marítimo. Se analizan tanto cintas
clásicas y modernas, películas que van desde “El capitán Blood”, “El motín del
Caine”, o “Capitanes intrépidos”, hasta “Piratas del Caribe”, “Capitán Phillips”
o “Master and Commander”, entre otros muchos títulos representativos del
género, con referencias a casi quinientas películas.
Una obra que gustará a los aficionados al cine y a la
historia, pero que también atraerá enormemente a quienes les interese todo lo
relacionado con la mar.
Wagner y el cine. De las películas mudas a la saga de Star
Wars
Edición de Jeongwon Joe y Sander L. Gilman
Ediciones Fórcola: 648 páginas, 39,50 €
La obra de Richard Wagner es fuente de continua
inspiración artística y de controversia ideológica, tanto en literatura y
filosofía como en las artes visuales, además de la música. El cine no es una
excepción. Sus dramas musicales, sus argumentos y sus personajes han influido
en artistas, poetas, en compositores y también en directores de cine. En Wagner
y el cine, un grupo de historiadores y musicólogos examina, de forma muy rigurosa, la
influencia del wagnerismo en el cine, desde la era de las películas mudas, hasta la
actualidad, y aporta ejemplos del empleo que los filmes han hecho
de Wagner.
La estética wagneriana, desde Fritz Lang a George
Lucas, ha motivado a multitud de artistas en el ámbito del cine. Su técnica
del leitmotiv ha sido recurrente en todos los géneros cinematográficos,
desde la comedia a los dibujos animados, pasando por la ciencia ficción o el de
terror. En este libro se analizan películas que van desde el primer biopic del
compositor, “Wagner” (1913) –protagonizada por Giuseppe Becce,
el «doble» de Wagner–, hasta films taquilleros y de acción como “Gladiator” (2000).
6 películas se estrenan
el 6 de abril de 2018 en la cartelera cinematográfica de Sevilla. Dos producciones
españolas, una estadounidense, una francesa, una alemana y una japonesa. Esta
semana se queda sin editar en Sevilla el documental estadounidense “Marea
humana” (Ai Weiwei, 2018) que estuvo presente en la sección oficial del
Festival de Venecia 2017 y “Mis Dalí” (Ventura Pons, 2018), basada en la biografía
de la hermana pequeña del pintor Salvador Dalí. Echando en falta estas
ausencias en nuestra cartelera, vamos con nuestro repaso semanal a los estrenos
de esta semana en Sevilla.
Campeones. (España, 2018). Dir. Javier
Fesser.
Comedia española interpretada por Javier Gutiérrez, Juan
Margallo, Luisa Gavasa, Jesús Vidal y Daniel Freire.
El talento de Javier Fesser es solo comparable a su
voluntad de riesgo, a su gusto por bailotear en el acantilado, y es más fácil
verlo y disfrutarlo desde cierta distancia que compartir el mareo, la filigrana
y las piruetas de vértigo y reflexión que su cine, aparentemente de «risa» y
singularmente «serio», produce en cualquiera de las modalidades que lo ofrezca,
en cortometrajes como «Bienvenidos» o «17 años juntos», en largometrajes como
«El milagro de P. Tinto» o «Camino», y hasta en spot publicitarios tan
originales como guasones.
Si el riesgo y la diversión son dos de las notas
esenciales del cine de Fesser, en «Campeones» las reúne de un modo asombroso al
irse a explorar con la indumentaria y utensilios de lo cómico en ese terreno
resbaladizo, quebradizo y emocional de las discapacidades intelectuales: el
hombre que mejor ha entendido y transfigurado el universo de Ibáñez, nos ofrece
ahora su mirada divertida, humana, ácida y audaz de ese mundo en el que las
limitaciones mentales y físicas suponen un aprendizaje, un sobresfuerzo y una
relación con el entorno especial. El argumento se centra en un entrenador de
baloncesto que por circunstancias deportivas (el arranque ya marca el tono
cómico y dramático de la historia) ha de encargarse de un grupo de chavales con
diversas discapacidades, y no excesivamente dotados para la práctica de ese
deporte rápido y espectacular que es el baloncesto.
Lo que sí es rápido y espectacular es la capacidad de
Fesser, o su película, de conectar todo con todo, entrenador, equipo, situaciones
y estado de ánimo del espectador, y demostrar que, como siempre, lo sencillo y
cercano es también lo más difícil de conseguir, y que las mezclas imposibles
tienen un encanto especial. Un actor tan profesional como Javier Gutiérrez se
tatúa con ese grupo de personas, no actores y dueños de sus propias
limitaciones, y asume el riesgo de transformar la incomodidad o la tristeza en
diversión. Hay también algo de Ibáñez en “Campeones” y mucha puntería al
disparar en la diana de las auténticas discapacidades sociales. Recomendada.
Un sol interior. (Francia, 2017). Dir.
Claire Denis.
Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF)
2017.
Drama interpretado por Juliette Binoche, Gérard
Depardieu, Valeria Bruni Tedeschi, Nicolas Duvauchelle, Josiane Balasko y
Xavier Beauvois.
Juliette Binoche es la protagonista absoluta de «Un sol
interior», de la veterana directora Claire Denis, que debutó con «Chocolat» dos
años antes del chocolate más famoso que preparó la actriz con Johnny Depp.
Casualidades del destino. Aquí la taza es más profunda y espesa. «Un sol
interior» narra el drama de una mujer madura, artista separada, en busca del
amor o en su defecto de algo de roce. La novela de Roland Barthès «Fragmentos
de un discurso amoroso» marca la pauta.
Como tributo femenino a un tipo de personaje que el cine
comercial desprecia, la cinta se merece un aplauso sonoro, aunque como
espectáculo cinematográfico llegue a producir un tedio sordo. Falla al
transmitir un estado de ánimo tan complejo, pese a contar con actriz tan
luminosa. El guión no le quita ojo, pero tampoco termina de ponerle alma, en
parte por lo errático de su comportamiento. «Ese es mi problema, nunca se sabe
lo que pienso», llega a decir. Peor es el decepcionante catálogo de hombres,
por más que el ser humano no aprenda ni con la edad a emparejarse. Depardieu
aparece a los postres y es el mayor farsante de todos. No Recomendada.
Verano de una familia en Tokio. (Japón,
2017). Dir. Yôji Yamada.
Comedia japonesa, tercera secuela “Una familia en Tokyo”,
interpretada por Satoshi Tsumabuki, Yû Aoi, Kazuko Yoshiyuki, Yui Natsukawa y
Isao Hashizume.
El cine es tan apasionante que la amplia línea que separa
una de las grandes películas familiares de Yasujiro Ozu de una de las malas de
Pedro Lazaga es capaz de cruzarla un director japonés en apenas un lustro, y
sin que algunos se den cuenta, invocadores impertinentes del espíritu del
maestro japonés cuando el que grita por ahí es Paco Martínez Soria. Con toda
seguridad Yoji Yamada no habrá visto “La ciudad no es para mí”, “Abuelo made in
Spain” y “El abuelo tiene un plan”, pero casi 50 años después está haciendo
películas de semejante corte y confección, aunque en idioma nipón. La última, “Verano
de una familia de Tokio”, tercera entrega de las desventuras de una prole de
idiotas de tres generaciones distintas, tras “Una familia de Tokio” (2013) y “Maravillosa
familia de Tokio” (2016), de notable éxito en los cines españoles de versión
original, y que ha provocado incluso un remake en China. "¿La cultura
popular?", que cantaba Siniestro Total. No, la tontería global de toda la
vida.
Lo que comenzó siendo una nueva versión de la intocable,
deslumbrante e imperecedera “Cuentos de Tokio” (Ozu, 1953) ha acabado, dos
películas después, con un anciano machista y faltón conduciendo por la ciudad
junto a una especie de doble narrativa de Florinda Chico a la japonesa. Yamada,
de 86 años y con casi cien películas a sus espaldas, ha compuesto una película
de anciano decrépito, chistes rancios y situaciones alargadas, rodada a la
ligera como una comedia de situación de canal televisivo de bajo coste, y en la
que se presenta un país en el que cualquier personaje que se presente por la
casa, ya sea un repartidor de comida rápida, un policía o un enfermero, no va
mucho más allá del encefalograma plano.
Algo que tendría cierta gracia si el retrato llevara
aparejado una crítica de algún tipo, un análisis certero del desvarío familiar,
de las sempiternas luchas de poder y las rencillas en cualquier casa de
vecinos, o, en fin, de la amarga vejez. Sin embargo, excepto un par de frases
en la parte final del relato, cuando abandona por un momento el vodevil para
acercarse al melodrama, “Verano de una familia de Tokio” es el escalón más bajo
de una saga que comenzó aspirando a la quietud, el humanismo y la depuración
estilística de Ozu y ha acabado soltando añejos improperios para las nueras.
Y no será la última, Yamada está en fase de posproducción
de la cuarta entrega. No Recomendada.
Inmersión. (Alemania, 2017). Dir. Wim
Wenders.
Película inaugural del Festival de San Sebastián 2017.
Película de intriga sobre terrorismo interpretada James
McAvoy, Alicia Vikander, Alexander Siddig, Celyn Jones y Reda Kateb.
El score está compuesto por Fernando Velázquez.
Cuenta Wim Wenders que el problema es nuestra incapacidad
para mirar adentro, para aceptar que la desilusión, la infelicidad tal vez, es
más realista y hasta deseable que su opuesto. "Nos sentimos tan contentos
con el espectáculo de la Tierra desde la Luna que nos negamos a mirar hacia
dentro", dice. La última película del alemán es básicamente eso: un viaje
a lo más hondo de sí mismo, allí donde habitan cada uno de los monstruos,
ángeles y demonios que configuran la filmografía del director de “París, Texas”.
No sería de recibo sorprenderse de lo pausado, quizá inmóvil, de cada uno de
los movimientos de cámara, de sus conversaciones labradas en el vacío, de sus
miradas intensas, de la quietud casi litúrgica de cada plano. Wenders no va a
dejar de ser él aunque cuente con los carismas, los talentos y los cuerpos de
James McAvoy y Alicia Vikander en el reparto. Él se limita a hundirse. Y con
él, todos los demás.
Sobre el papel, justo es admitirlo, estamos ante la
película más provocadoramente convencional del director en años. Él es espía y
ella, oceanógrafa. Él tiene por misión acabar con el yihadismo y ella, dar con
rastros de vida en lo más profundo del mar. Es decir, los dos se han marcado
como objetivo ir hasta el fondo. Sobre este presupuesto, lo han adivinado, todo
es metáfora, todo es hundirse. Y, así, la película discurre completamente ajena
a las motivaciones, los deseos o las aventuras de sus personajes. “Inmersión”
vive tan sólo pendiente de su rigor, de su extraño y pomposo empeño de
abstracción. Y claro, agota. Tan adentro no hay aire. No Recomendada.
Juego de ladrones. El atraco
perfecto. (USA, 2018). Dir. Christian Gudegast.
Película de acción, robos y atracos, interpretada por Gerard
Butler, Pablo Schreiber, O'Shea Jackson Jr., Curtis '50 Cent' Jackson y Sonya
Balmores.
El score está compuesto por Cliff Martinez.
La influencia de “Heat” en el cine mundial de los últimos
25 años es tan grande que ha llegado un momento en el que ciertos directores ni
siquiera hacen el menor esfuerzo por enmascararlo. Van a por el estilo Michael
Mann con la escuadra y el cartabón de la emulación, tanto en el fondo como en
la forma, en lugar de dejarse atraer por un sentido del thriller de atracos
que, partiendo de su base, intente alcanzar nuevos territorios. Y donde no hay
nuevos caminos, todo es dirección prohibida, porque el modelo es para (casi)
todos demasiado inalcanzable.
Christian Gudegast, hasta ahora guionista de dos extraños
productos con apariencia de serie B pero plagados de estrellas —Diablo y
Objetivo: Londres—, más dotados para el banal fuego de artificio que para la
atmósfera de energía y desesperanza con la que Mann suele abastecer a sus
thrillers, parece haber estudiado a fondo “Heat” para componer “Juego de
ladrones. El atraco perfecto”. Ese retrato compacto del grupo de bandidos,
solidario, fiel e incluso ético dentro de la ilegalidad. Esos criminales que
gozan de lazos familiares, que llevan una vida de moral intachable, que
provocan empatía, mientras el otro lado, el del grupo de policías, viene
comandado por un borracho infiel con demasiados problemas personales y
sociales.
Y también en su estilo. Con esas tomas aéreas, nocturnas,
calmadas de la ciudad de Los Ángeles, con música envolvente y las luces de los
automóviles como una forma de estética de la desolación entre la jungla de
asfalto, tan propias de otra obra maestra de Mann: “Collateral”. Y, sin
embargo, pese a sus toques de western urbano y a su metraje más allá de las dos
horas, inflado hasta la hinchazón, nunca es Mann, nunca se llega a ese estado casi
etéreo de su cine, a la profundidad de sus diálogos. Quizá Gudegast piense que
con un tratamiento de sonido semejante en los tiroteos se roza el espectáculo.
Pero no basta. Porque no es solo el ruido. Es el ruido y la furia. Y aquí no
hay más que bisutería, y un cierto hastío. No Recomendada.
Resort Paraiso. (España, 2016). Dir.
Enrique García.
Thriller andaluz interpretado por Nora Aguirre, Susana
Almahano, Rafa Castillo-Romero y Virginia de Morata.
Tuvo su puesta de largo en la anterior edición del
Festival de Cine Español de Málaga, dentro de la sección “Estrenos Especiales”,
y ahora, por fin, llega a las salas comerciales “Resort Paraíso”, el segundo
largometraje del malagueño Enrique García, quien sorprendiera gratamente hace
unos años con “321 días en Míchigan”. De aquel drama carcelario salta García a
la acción y el terror, manteniendo una constante: todo, 100x100 made in Málaga.
La habitación 738, la más lejana a la recepción del hotel
Resort Paraíso, es la elegida por Pablo (Rafa Castillo) y Eva (Virginia de
Morata) para esconderse tras perder su casa y trabajo. Pero, alojarse en un
establecimiento cerrado durante la temporada invernal, puede convertirse en una
pesadilla para este matrimonio en crisis, que tendrá que enfrentarse a un
psicópata (Héctor Medina) para poder sobrevivir. Se trata de que el público
«disfrute sufriendo», asegura García, quien cuenta con mucha sangre y acción a
raudales para que mantener a los espectadores pegados a la butaca. Rodada en Torremolinos, en plena Carihuela, y con algunas
secuencias en Benaoján, la película es, sobre todo, una apuesta arriesgada:
demostrar que en Málaga se puede rodar una película comercial con un
presupuesto muy escaso. Veinticinco jornadas de continuo rodaje (exactamente
las mismas que “321 días en Míchigan”), en las que luchaban por «ganar horas al
día», además de la dificultad logística, provocaron que el cansancio fuese
haciendo mella en los protagonistas. «Caídas, carreras, largas secuencias bajo
el agua y mucho frío hicieron que el rodaje fuese duro en algunos momentos»,
reconoció De Morata. Y es que, como recordaba la actriz, más de uno sufrió
algún percance que le dejó secuelas físicas. Sin embargo, la unión que surgió
entre el equipo facilitó mucho el trabajo, «nos sentimos muy arropados y
apoyados y eso fue fundamental» afirmaban.
La película es pionera en España en el uso de la neurociencia durante su
proceso de creación, una tecnología que permite medir las respuestas
emocionales del espectador durante su visionado utilizando una serie de
sensores. En el caso de 'Resort Paraíso' la técnica de neuromárketing empleada
ha mezclado un sistema alemán de análisis ocular –eye traking– con un método
norteamericano de respuesta emocional, que sustituye el tradicional casco por
un minimalista arco que rodea la cabeza con 14 sensores. A pesarde todo ello, no nos arriesgamos a recomendarla.
No Recomendada.
“Los mejores no vendrán por dinero”, ¡vendrán por
mí!”
“Soy un caso aparte”, anuncia Thomas Edward Lawrence (Peter O´Toole) ya al principio de la película, cuando intenta explicarle a un beduino la diferencia entre él y la gente de su tierra: “un país rico, de gente muy gorda”. Diferente sí, pero ¿en qué sentido? ¿Quién fue realmente el oficial británico de Oxford que durante la Primera Guerra Mundial levantó a las tribus árabes contra los turcos aliados de Alemania y Austria?, ¿un soñador idealista?, ¿un narcisista megalómano?, ¿un sadomasoquista homosexual?. No lo sabemos -dicen al unísono sus superiores y conocidos tras su muerte temprana en un accidente de moto- apenas lo conocimos.
Lawrence tampoco sabe demasiado sobre su propia forma de ser-y cuando más tarde se conoce mejor tiene miedo de sí mismo-, de eso trata la monumental biografía de David Lean, que muestra las distintas facetas de ese personaje extraño, aunque sin querer resolver realmente el enigma de Thomas Edward Lawrence. “Lawrence de Arabia” no es una película sobre la guerra, la política y la historia colonial británica, se trata más bien del viaje de una persona para descubrirse a sí mismo. Plasmado en imágenes poderosas, la epopeya de un ser al borde de la locura, al que solamente le atraen los desafíos imposibles: Lawrence cruza desiertos que nadie había cruzado antes y planea ataques por sorpresa a guardia turcos en apariencia invencibles. Forja alianzas frágiles entre tribus árabes enemistadas y acaba por tomar Damasco con su ejército árabe. Pero las expediciones más mortificantes no van acompañadas de una purificación del alma -a la pregunta de qué le gusta tanto del desierto, Lawrence responde en una ocasión: “está limpio”-, sino de la pérdida de la inocencia: alentado al principio por el ideal de ayudar a los árabes a conseguir la independencia, Lawrence acaba dándose cuenta de que sus patrones, los ingleses, nunca lo permitirán. Por eso, al final, el señor Dryden (Claude Rains) de la oficina árabe del gobierno británico le reprocha que diga “medias mentiras” y opina que eso es peor que faltar del todo a la verdad por razones políticas.
Sin embargo, a esas alturas, la motivación de Lawrence ya no gira en torno a la política: la fuerza de voluntad y el apasionamiento del británico han impresionado tanto a los árabes que le han dado el título de honor, y el narcisista Lawrence se solapa en la gloria de sus éxitos y de su popularidad, cada vez es más megalómano y se comporta como si fuera el Mesías del pueblo árabe. Además, en sus campañas ha aprendido a matar y el poder que ejerce al hacerlo le produce placer. En una ocasión , los turcos lo hacen prisionero, lo torturan y lo violan; y, también eso, así lo insinúa tímidamente la película, parece provocarle algo más que repugnancia. El príncipe Feisal (Alec Guinnes) describe a su compañero de armas en presencia del reportero estadounidense Jackson Bently (Arthur Kennedy) de la siguiente manera: “En el comandante Lawrence la clemencia es una pasión; en mí, sólo buena educación. Juzgue usted cuál de los dos motivos es más digno de confianza”. Lawrence tiene motivos para preocuparse por sus inclinaciones: cuando rechazan su súplica desesperada por un “puesto vulgar”, su siguiente misión se convierte en una carnicería demente contra un regimiento turco agotado, en lo que Lawrence se enfrasca en un auténtico delirio homicida.
El director David Lean y el cámara Freddie Young le dieron un marco espectacular a Peter O´Toole, por entonces casi todavía un completo desconocido, en uno de sus papeles de carácter moldeados con sus máximos méritos artísticos: en Tecnicolor y SuperPanavisión 70, se despliegan grandes panorámicas del desierto, tan bello como inmisericorde, con esferas solares ardientes, tormentas de arena y un horizonte que se extiende como una línea. El rodaje duró en total dos años, de ellos, diez meses se pasaron realizando tomas sólo en Jordania. En una ocasión, parece que un barco cruce el desierto: Lawrence ha llegado al Canal de Suez. Igual de impactante es la llegada de Sherif Ali Ibn El Kharish (Omar Sharif) a su primer encuentro con Lawrence: un espejismo que, de repente, cristaliza una persona real.
El hecho de que, sin embargo, la puesta en escena no se base en valores visuales por sí mismos y de que, a pesar de las imponentes imágenes de paisajes y escenas de batallas, siempre permanezca en un primer plano, el drama de un personaje fascinante, interpretado por un elenco de primera clase, convierte por último a “Lawrence de Arabia” en uno de los mejores filmes monumentales de todos los tiempos.
El desierto sirve para reflejar el estado anímico del protagonista; si al principio aún seduce romántico en tonos vivos amarillos, naranjas y rojos, con la creciente desilusión palidece en un blanco grisáceo calizo y acaba en un gris amarillento sucio. El desierto tiene vida: el amigo más fiel de Lawrence: Sherif Ali Ibn El Kharish le reportó a Omar Sarhif el éxito internacional como actor. Un aliado de poco fiar, Auda Abu Tayi (Anthony Quinn) considera las campañas militares de Lawrence como correrías. El papel que dá título al film catapultó en 1962 a Peter O´Tool, que entonces tenía 29 años, a la primera fila de estrellas internacionales de la época.